15/07/05

Anacrusa


Existe un serio riesgo en perseguir los niveles más altos: el de alcanzar uno cuya obtención fuera imposible en nuestro entorno más próximo y quedar después suspendido en el vacío, sin chance de compensar la soledad espantosa tras el final de la experiencia.* Tal circunstancia me sobrevino en noviembre de 1989, luego de vivir una relación de casi 12 meses con Oona Holst, una muchacha de Tübingen. Algunos días antes de que se fuera, el 7 de noviembre, ella cumplió 24 años; yo, en agosto, había alcanzado los 40.
Pocas veces el desconsuelo asumió características de tan desoladora regularidad en mi corazón, como en aquellos extraños días del estío a comienzos de 1990. Desde la ventana del departamento recién alquilado en Autonomía contemplaba el extendido barrio de familias pobres que habían dado en llamar Villa del Carmen, donde al son de la inquietante Lambada dos descamisados ebrios peleaban, mientras un revuelo de mujeres trataba de separarlos entre la polvareda. Contemplaba aquello una tarde, solo, pues Lucía con las chiquitas habían viajado a Bell Ville y mi corazón volaba indiferente por encima de los sucesos pero a la vez cruelmente tironeado, como un Túpac Amaru, hacia la muchacha que ya estaría reacostumbrándose a los aires del Neckar, por una parte, y mis tres hijitas, sin quienes para mí no existiría la vida. En tanto los robustos borrachos eran separados, regresaban a sus casuchas arrastrados entre tropezones por mujeres y amigos, sólo para aparecer a los pocos minutos, revolcándose y arrancándose a golpes chispazos de sudor, bajo el visceral afrodisíaco de la Lambada, emergiendo procaz del horizonte, ya rojizo frente a la penosa huída del sol.
Ella nos había mandado una fotografía de Charles Chaplin en un sobre sellado por el Correo de Buenos Aires. En esos para mí torturantes días que siguieron a su partida me había ido de casa, una siesta, luego de la horrible disputa verbal con Lucía, debida a su intercepción de una carta que nunca me mostró y por la cual dijo descubrir aquella relación. Me fui, sólo para volver algunas horas más tarde, con la excusa de que no podía encontrar una pensión para trasladarme, pero rendido en verdad ante la evidencia de que mi alma no podría soportar el alejamiento de mis hijitas y me moriría.
Qué sucedía adentro: me encontraba, por enésima vez, ante la evidencia de que no éramos compatibles con Lucía, incluso hasta éramos particularmente adversos, me encontraba con que maravillosamente se había abierto ante mí la oportunidad de amar a alguien con toda mi alma, alguien que a la vez era extraordinariamente afín... pero no podía hacerlo, pues para luchar por este amor debía irme, trasladar este cuerpo lejos de mis hijas; y en verdad eso para mí resultaba sencillamente imposible. Así que decidí quedarme, padecer -u obligar a Lucía a padecer- nuestra mutua aversión, pero salvar ese derecho que tenían nuestras hijas a contar con su padre y su madre, no simbólicamente, sino a su lado, protegiéndolas y amándolas cada minuto de sus vidas mientras lo necesitaran. Mi corazón se llenaba de alegría sólo con pronunciar los nombres de nuestras hijas, con mirarlas, con procurar cada día algún pequeño elemento que las niñas necesitaran; así es que no era para mí este aspecto de la empresa un sacrificio, sino por el contrario, representaba más bien una gozosa redención -superior incluso a cualquier pena, por intensa que esta fuera.
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* Como un pez que ha sido secuestrado del ancho océano para encerrarlo en una esfera de cristal, yo andaba los primeros días, después de su partida, por las ajenas calles de Santiago, sintiendo los ruidos de los autos y la gente como si transcurrieran separados de mí, en planos atmosféricos de diferente densidad, tanto como podrían serlo ante el pez la atmósfera exterior en comparación al agua donde ahora dificultosamente se desplazaba, confinado.
** Deberíamos relacionar quizás tales sentimientos con la horrorosa experiencia vivida durante mi juventud, al provocar un aborto que terminó con las vidas de mi novia Laura y nuestra hijita. Luego de que todo pasara sentí tanto dolor y remordimiento, que nada de lo ocurrido en el resto de mi vida fue tan difícil de soportar como los días en que, convertido en zombie, deambulaba por las calles de Córdoba con el corazón partido, sin poder parar de sangrar. Como si me arrastrara con la cabeza gacha, de rodillas, y estas en carne viva, frotando contra el pavimento tras el pantalón roto, no había calma ni absolución para mi espíritu abominable en aquellos tiempos. Luego de que sensaciones muy intensas y posteriormente la cárcel -era el período de nuestra lucha armada contra el ejército capitalista- hubiesen ordenado -si no apaciguado- tal dolor, acomodando su existencia junto a una serie de asuntos sentimentales que en mi vida debería encaminar, pude tomar nuevamente el timón de mi alma, llevándola poco a poco a una navegación segura, aunque todavía se presentaran otras tormentas en su exterior. Así, el milagro de nuestras hijas fue como un amanecer glorioso para mi existencia, luego de once años cuyas zozobras y quebrantos serían difíciles de enumerar, aunque en tal propósito ocupara quinientas hojas. Se comprenderá pues cómo, del mismo modo que el fugitivo de Cayena, quien luego de arrastrarse por un largo túnel ha emergido ante un día luminoso, a la orilla de un dulce mar, me cuidara desde entonces cual convicto de cualquier tropezón que pudiera precipitarme hacia atrás. Mi corazón había venido a encontrar la calma y la felicidad, por primera vez luego de todos esos años, en la existencia de mis tres hijas.

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