12/07/05
Anexo II - NOUÉ
Aquel niño se nos acercó precisamente cuando bajamos las gradas y nos enfilábamos con mis hijitas por el pasillo angosto que llevaba a la salida. El circo estaba lleno de niños, pero aquél se vino derecho a mí, como fascinado. Estiró la mano y me tocó la cara, parecía que algo en ella brillaba, semejante al uranio en la oscuridad; la acción del niño fue como la de quien trata de tocar un banco de niebla o un reflejo. Qué brillaba en mí no lo sé. No puedo olvidar esa situación pues tampoco tengo cómo explicarla, aunque pensé en ella muchas veces. El dolor de la partida de Oona, esa elección a que me había visto cruelmente sometido pero que resolví... satisfactoriamente... gracias a Dios, los quebrantos cotidianos a que me sometía una existencia llena de pruebas, pruebas pequeñas pero lacerantes, cierta mediocridad que envolvía mis asuntos exteriores mientras mi alma volaba y caía ensangrentada una y otra vez, gestaba quizás un ser atravesado por las espinas de las horas, los minutos y los días pero insuflado de una creciente luz que iba surgiendo de aquellos vuelos poco a poco más altos, más serenos, del fénix que resucitaba reproduciéndose en imágenes semejantes, más sutiles, menos graves.
Contar lo objetivo sería algo muy difícil en estos casos. Recuerdo que una tarde cuando caminaba con Lucía por una vereda de la calle La Plata desde la vereda de enfrente me dijo Irene que tenía un sobre para mí en la librería. Un poco porque supuse una de las invitaciones a esos actos "culturales" otro poco por la aversión que Lucía sentía por Irene apuré el paso y casi descortésmente contesté sin detenerme que ya pasaría por allí. No lo hice por varios días. Cuando fui, como dos semanas después, mi corazón palpitó en falso al reconocer en el sobre la letra de Oona. Adentro había sólo una postal. No recuerdo lo que decía, además de "voy a estar allí el 15 de abril, me quedaré cuatro semanas y quiero encontrarme contigo". Me quedé helado. Era 13 ya. ¡Pasado mañana!
Una especie de temulencia me agarrotó por dentro. Después que había logrado encaminar nuestras vidas por un curso gris, despojado de todo sobresalto y de todo color pero más soportable que la horrible inestabilidad familiar que había dejado el extenso episodio anterior, ella volvía... ¡de Alemania! Demasiado lejos para que esto continúe, habíamos pensado los dos, al despedirnos. Aquella noche tersa y tensa, durante la cual muchas veces sorbíamos nuestras lágrimas, donde pretendíamos también sorber con desesperación lo que por inexperiencia, prejuicios, especulación, miedos, repugnancia a una situación inusual, habíamos rechazado, maldiciendo nuestra mora anterior y devorados por los minutos que se iban y la luminosidad inexorable del alba que avanzaba y en este caso temíamos cual vampiros porque nos alejaba, definitivamente -creíamos-; la última noche, la única en que fuimos capaces de decirnos con convicción definitiva "te quiero...", ahogándote con las lágrimas me decías "te quiero". Oona. Te quedaste asomando tu cara a la puerta los ojos y la nariz se te habían puesto colorados tus azules ojos tan claros se alejaban el que me lleva dentro subiendo a la camioneta con Mércuri y atrás cargando a nuestro perro Facundo -ladraba, también despidiéndose, también para no volver-, tu pelo como el oro más fino, tan suave como jamás toqué pegándose en el rostro mojado tus labios rojos carnosos temblando temblando y yo debía fingir normalidad y conversar con Mércuri, en el acto me salió sobre el labio superior una erupción, una raya roja como una serpiente que me subía hasta la nariz.
Ariel Doria se había peleado conmigo por mis críticas a la SADE. En el bar de los Cabezones él me había dicho: "estoy cansado de ser un boludo utopista y francotirador, ahora voy a entrar en esta comisión a tratar de modificar las cosas de adentro"; yo le pregunté: "¿Qué puesto te dan?", "Vocal", me dijo. Yo le dije, "Ariel, vocal, con toda tu trayectoria, no mereces ésto... además te van a utilizar, no vas a cambiar un carajo, esto es una ilusión, no participes". No me escuchó. Más tarde yo denuncié públicamente de fraudulenta a la SADE y él se enojó. Algún tiempo después de que él me había acusado de faltar a la amistad y yo le había dicho indignado que ya no me importaba una amistad así él se había ido apaciguando, y poco a poco volvió a hablarme. Una tarde en Dimensión -donde yo trabajaba por un sueldo pequeñísimo pero solventaba al menos la comida de mis hijas- me dijo que le habían encontrado "una piedrita" en un riñón, le contesté en broma "vete haciendo el testamento", pero después me arrepentí porque efectivamente se murió en menos de un año. Uno de los últimos días, cuando ya estaba solamente postrado, me llamó por teléfono su esposa brasileña para decirme que Ariel quería verme, que al único tipo en el mundo que quería ver era a mí y eso era importante pues estaba tan mal que esa misma noche podía morir, dijo preocupada y llorando, yo trabajaba en el diario en ese tiempo, eran las 7 y media de la noche, invierno, afuera estaba oscuro y ya había pasado lo de Pascua y efectivamente fueron los últimos días de Ariel. Lo que había pasado era que Oona había venido, aterrorizado al principio yo no había querido verla, me negaba a encontrarme con ella y así transcurrieron muchos días y ella aquí, en Rodeo, con otros alemanes, apiñada en una casita redonda que había sido en otro tiempo la de Jörg Kolschröder.
Yo había estado pensando y trabajando todos esos días en la edición de los suplementos culturales y ellos salían impregnados de esos sentimientos extraños que nos separaban o unían fluctuantes. Escribía sobre la Ununa, cierto espectro perezoso, pálido y lánguido, que supuestamente andaba apareciendo por la zona de Rodeo, y ella creyó que la aludía -pues además Schmergen, que no la quería bien, para suscitar su dolor le decía que yo estaba burlándome-; en Rodeo una mujer pasando por la calle le había espetado "mejor te vas a tu país antes de venir aquí a quitar maridos", de todo eso yo no sabía nada aún pero sentía el dolor, la tensión de esos días y la grisura, jueves santo, viernes, me había hecho avisar con mi mediohermano que el sábado por la noche vendría y quería verme, pero cómo salir sin despertar las sospechas de Lucía, yo no salgo nunca de noche. Decidí no salir; aún esa noche fue Pío a casa y cuando consiguió estar a solas conmigo me preguntó: "¿Y?, ¿vas a ir?". No, le dije. "¿Qué le digo?", preguntó susurrando. "Que no puedo. Que es inútil, no vamos a poder vernos esta vez", dije. En realidad estaba abrumado, y no sé cómo podía soportarlo. Uno de esos días se suscitó una pelea horrible con Lucía, porque ella había ido a ver al conjunto Markama sin avisarme, llevándose a las chiquitas. La cuestión es que cuando regresé del trabajo, encontré la casa vacía y pensé que se había ido para siempre, llevándose a las chiquitas. No comí y hasta alrededor de las dos de la madrugada, en que volvieron, estuve angustiado, en una feísima duermevela, y de tan malhumor que le grité y cuando ella me contestó con un desplante verbal le pegué. Una sola cachetada, pero tan fuerte -o eso me pareció- y delante de mis chiquitas, que en el acto sentí una angustia insostenible casi hasta el punto de desmayarme. No me desmayé pero prometí en silencio no volver a hacerlo nunca más. Por suerte lo cumplí; pero aquello ya estaba hecho, y hasta el día de hoy me causa vergüenza.
Esa misma noche que debía encontrarme con Oona y había decidido no ir. No sentía dolor, ni pena, sólo una espantosa indiferencia. Veía los sucesos como puede hacerlo un pequeño animal perseguido desde el hueco en una colina. Me salieron estigmas en una mano y en un pie. Estaba leyendo en la habitación donde dormía solo como siempre un libro de Eliphas Levi alternándolo con otro de los Rosacruces, cuando sentí una picazón en la palma de la mano izquierda. Me rasqué pero al hacerlo vi que en el mismo medio de la palma tenía un punto rojo, como un absceso. Era un pequeña, rara herida, de donde manaba un hilito de sangre. Más tarde fui a bañarme y vi que tenía el mismo tipo de herida sobre el empeine del pie izquierdo. Esas llagas duraron tres días, coincidiendo con el final de la Semana Santa. Luego desaparecieron sin dejar huella.
Verdaderamente estaba agobiado. Hacía poco que había comenzado a trabajar en el diario -unos tres meses-, algunos aspectos del trabajo aún me costaban (particularmente las entrevistas políticas, u otras notas que debía hacer además del suplemento). Una tarde, como a las seis, estaba particularmente atareado cuando me dijeron por el teléfono interno que me buscaban en la puerta. Con la cabeza en otra cosa pero suponiendo que sería alguno de esos frecuentes "colaboradores" voluntarios trayendo alguna de sus "poesías", salí. Allí estaba Oona. Nos saludamos un poco torpemente por la turbación, y la hice pasar. En esos tiempos el programa "Estudiar con el Diario" ocupaba un rinconcito al costado de la escalera que lleva al archivo. Como no había nadie allí, la invité a entrar y cerré la antigua puerta. Escritorio de por medio, atribulados, estremecidos por los sentimientos, conversamos. Yo estaba acuciado por dos condicionamientos perentorios: por un lado, Lucía había decidido salir al centro justamente esa tarde y, aunque jamás viene a mi trabajo salvo que yo se lo pida, sentía terror de que se le ocurriera hacerlo (tiempo después, en una discusión, ella me espetó: "la vi de lejos a esa perra alemana, se metió corriendo a la librería de tu amiga Irene, se cagó, porque sabía que si se acercaba la iba a reventar"). Por otro lado, Pandolfi me había encargado un artículo bastante extenso que debía hacer "ya" pues tenía que salir mañana. Ella me reclamó allí por mis chanzas en ciertos bocadillos semanales que publicaba con el nombre de "El arte de las Calles". Como decía que se trataba de una mujer muy rubia y ella era la única que había en Rodeo, los vecinos la chanceaban. Comprendí su fastidio, pero le aseguré que no había la menor alusión a ella... era una especie de chiste pergeñado sobre la cantante sueca Roxette, que en ese momento actuaba en Buenos Aires... al contrario, yo la amaba tanto... no se lo dije, tal vez debería habérselo dicho, pero creo que Oona lo sintió; en ese momento llegó Rita, la secretaria; nos miró con cierto asombro pero no quiso ocupar su escritorio y con exquisita amabilidad subió al archivo para dejarnos solos. Oona quería conversar un rato conmigo y yo le dije que viniera a las ocho de la mañana del día siguiente. No podía (no sé que compromiso había asumido); finalmente lo dejamos para el siguiente (jueves 14, lo cual me permite discernir que la tarde del reencuentro fue entonces la del 12, el 12 de mayo de 1992). Reencuentro breve, tenso, encadenados por este campo de concentración de los prejuicios, los compromisos forzados, rodeados por los alambres erizados con las púas del temor, el cansancio, la culpa por los errores cometidos durante toda una vida llenándonos de prevenciones contra nosotros mismos; reencuentro estremecido, enervados igual como en la despedida, hacían dos años y medio ya, temblando por los nervios y el desgaste de esos días, ella fumando un cigarrillo tras otro; reencuentro doloroso pero con los corazones llenos de ese amor que sobrenadaba aunque quisiéramos ahogarlo.
Ella apareció a las 8 y 10 y estuvo un momento compungida por los diez minutos de tardanza; aunque había salido a las cinco de la mañana de Rodeo no había conseguido un colectivo que llegara antes. Yo fui un momento al baño y cuando regresé encontré una escena extraña y linda. Había llegado Ramón Buitrago y estaban, Ramón y Oona, mirándose con los ojos muy abiertos, asombrados el uno del otro, ella en mi escritorio él en el suyo separados por algunos metros y de frente; me encantó esa escena con aquel muchacho de tez oscura y armónicos rasgos negroides y la muchacha con cabellos de oro luciente y ojos de un azul clarísimo, brillantes, mirándose fijamente, como fascinados el uno por el otro (en el acto se me antojó hacer un afiche para la UNESCO, broma interior, no quise bromear con Oona porque estaba muy sensible). Recién al salir ella me preguntó humildemente si no me molestaba ir a un bar para tomar algo pues no había desayunado y yo me di cuenta de que estaba transida por el frío, su rostro y las manos casi como un papel; sentí otra vez culpa y pena (lo digo porque podría haberla invitado a tomar algo en la cantina del diario pero no lo hice por miedo y también porque sabía que estaba así debido a todas las incomodidades que había debido soportar por mí). Pero no encontrábamos un bar, dimos vueltas por la Roca hasta la Jujuy y desde allí hasta la 9 de Julio, preguntamos en una pizzería pero no servían café, hasta que al fin terminamos metiéndonos en un incómodo barcito para médicos y enfermos al lado del sanatario Norte. Allí, al lado de unos tipos que nos miraban de arriba a abajo, ella se atrevió a preguntarme luego de un rato de conversación: "¿Pero cómo puedes soportar el vivir así?" (refiriéndose a mi hostil convivencia con Lucía), y yo le contesté: "Por mis hijas; debo soportar cualquier cosa, por mis hijas; ya lo intenté y no puedo irme, no puedo irme. Voluntariamente he renunciado a la libertad" *.
(Siempre estoy pensando que ya tuve la oportunidad de enamorarme, primero con Laura luego con Oona y mi ciclo vital en este sentido quedó cancelado. Ambas fueron experiencias tan intensas -aunque la primera apagada, cerrada en sí misma aun antes de la muerte de Laura mientras que la segunda inconclusa, palpitante como una herida en un costado del corazón, pero me digo también si no serán ilusiones, malabarismos de los sentidos, excitados por la velocidad de los acontecimientos.)
Más tarde fuimos a caminar por el parque. Como si voláramos nos introducimos por los caminos de laja entre las frondas reverberantes de sol. El sol se insinuaba dulcísimo desde la costanera por entre las hojas oscuras de los chopos, los sicomoros, los eucaliptos; por los costados, los alambres tejidos guardaban monitos, serpientes, cabras, tortugas; los hombres rudos que comenzaban a barrer hojas secas con escobas artesanales nos saludaron con sorpresa amable; había alegría en sus ojos, ¡cómo alegra ver a dos enamorados!; éramos felices, y hacíamos felices a quienes nos miraban...
Caminamos hasta encontrar un banquito recoleto, en una bajante muy cerca del costado final del zoológico, junto a la acequia que limita del verde ascenso hacia la avenida de circunvalación y el río. Bajo de un árbol me preguntó por cierta foto que había salido en uno de mis libros, que ella llevara a una editorial alemana. Casualmente la tenía allí, se la mostré. Oona contempló la foto con mucho cariño, "Si te sobra una, puedes dármela", me dijo, pero no se la di; era la única que tenía. Como de tantas cosas luego me arrepentiría, sintiéndome estúpidamente mezquino. Pero le había preparado una copia del video sobre la presentación de ese libro.
No sabíamos qué hacer. No sabíamos qué decir. Entonces nos besamos. Larga, dulcemente, nos besamos. Sentí sobre mi rostro nuevamente sus lágrimas. Por arriba transcurrían los autos. Le pedí que me dejara cortar un mechoncito de sus queridos cabellos, lo hice con un poco de brusquedad y a ella le dolió. Pero se prestó con dulce sumisión a esa molestia. Por esos tiempos yo estaba estudiando un poco de magia y quería hacer sortilegios con su pelo para que no me olvidara y de hecho más tarde los hice, pero enseguida me preguntaba ¿para qué? Ni siquiera sé lo que va a ser de mi vida hoy.
Estuvimos allí hasta cerca de las diez de la mañana, entonces sugerí que debíamos volver. Regresamos por otro camino pisando las hojas doradas, ella estaba feliz, lo noté... yo también. Al salir por un angosto sendero Oona se agachó para tomar agua desde una canilla en el suelo... llevado por la inercia caminé unos pasos más, luego me volví... justamente para encontrar su figura larga que se extendía hacia mí echándome agua con la mano para hacerme una broma... un instante este movimiento bellísimo quedó suspendido con lentitud contra la cortina de árboles, entre cuyas hojas filtraban espadas de sol... las gotas avanzando lentamente hacia mí y transparentando el sol, ella desenvolviéndose graciosamente en un paso de baile avanzando con su torso y su mano derecha hacia mí, su pelo a través de las gotas, entre un as de luz... su sonrisa... su amor... éramos felices, oh qué felices fuimos en esos extensos segundos.
Caminamos luego contándonos chistes por el angosto sendero que pasa frente a la Industrial, yo me subí al cordón mientras nos acordábamos de sucesos chistosos de nuestro pasado común... recordé una noche en que, mientras trataba de escalar la ventana de la habitación donde dormía Oona salió un tipo y se puso a mear... de repente levantó la cabeza somnolienta y me vio... ¡se quedó desconcertado! Durante unos largos segundos estuvo dudando, con el pito en la mano acerca de qué hacer... los dos mirándonos; yo sin dejar de subir, llegué al ancho alfeizar... entonces el tipo resolviendo de golpe, como quien espanta un ensueño con un manotazo, se dio vuelta bruscamente y entró. Nos reímos de la anécdota que compartíamos por primera vez.
Cuando llegamos a la esquina de Libertad y 25 de Mayo venía un auto lujoso desde el norte... nos detuvimos en la esquina... pero el hombre que guiaba -alto, maduro- nos miró como sorprendido, y con un gesto de respetuosa cortesía, detuvo el vehículo en medio de la esquina para dejarnos pasar... nos miraba como asombrado.... ¡brillábamos!...
Al llegar a la puerta nos despedimos. Con un abrazo. Oona me dijo "Te quiero... -susurrando después: -¡mi amigo!..."
Subí a la sala de dibujo donde por entonces armábamos los originales del suplemento cultural, del cual prefería ocuparme personalmente. Era una tarea artesanal, había que pegar imágenes y textos en una plantilla que luego sería fotografiada, y con su negativo harían una plancha, para imprimirla por miles después, ya sobre el papel. Estaba tan soliviantado por los sentimientos que mi cuerpo parecía flotar. Abismado, me puse a trabajar en la página que interrumpiera la tarde anterior, entonces noté que por una casualidad la semana anterior Ariel Doria me había dado un poema que como estaba en su lecho de muerte yo quería publicar inmediatamente (además no abundan los poetas en Santiago); la leí y nuevamente el corazón me dio un salto... ¡parecía hablar de nosotros! "Hoy, jueves...", decía... ¡y era precisamente jueves!... Hoy, jueves, /...no sé si te quedaste conmigo/o si yo salí contigo... **
Noté que tenía el cuerpo como insensibilizado, me sentía incorpóreo, un puñado de energía evanescente, pugnando por desintegrarse, sin masa... no expresaba nada, posiblemente, hacia el exterior, estaba como sumido en esa maraña voltaica en que me había convertido... tenía el rostro ardiente... me quedé allí, armando la página cultural y escuchando música a un volumen muy alto -para que nadie me hablase- hasta el mediodía.
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* Sin embargo... sin embargo... Creo que constantemente he estado haciendo esfuerzos para amar a Lucía. Seguramente insuficientes, pues no solamente jamás conseguí suscitar en mí esa espontaneidad necesaria al amor de pareja, tampoco logré hacerla verdaderamente feliz con cierta constancia. Sí, debo felicitarme por haber logrado su sonrisa o cierta felicidad en muchos momentos, esto es justo. Ello era mi propósito deliberado. Varias veces me cuestioné acerca de esta actitud, diciéndome que era una especie de actuación teatral y por lo tanto mentirosa. Sin embargo, dependía de su eficiencia la estabilidad emocional de nuestra familia. ¿Puedo buscar mi propia felicidad si con ello pongo en peligro la de mis hijas? (Además, ¿no será esto el verdadero amor? ¿Acaso no es el amor la absoluta voluntad de darse, sin importar las aspiraciones o falta de ellas que puedan existir en nuestro interior?, me preguntaba.) Rudolf Steiner dice que las impulsiones de Lucifer actúan desde dentro de nosotros, llevándonos a desear ciertos objetivos que nos prometen satisfacción. ¿No será lo que llamamos "amor" (esa atracción ingobernable que sentimos por el sexo opuesto) tan sólo un engaño de Lucifer? Y el verdadero amor, la voluntad de hacer el bien y dar felicidad a quien se ha asociado con nosotros para construir una familia, a pesar de que no nos atraiga. Y ese mismo concepto, nuestro rechazo de la mujer con quien convivimos, quizá sea sólo una excusa para liberar los deseos más brutales y egoístas de un sentimiento de culpa. Tales eran algunos de los argumentos para sostener mi doloroso compartir la casa jornada tras jornada con Lucía. Pero ello tuvo sus frutos deliciosos, felices, durante la mayor parte del año 1995. Liberado de vínculos ocultos, aquel periodo quedaría en mi vida como un amanecer
...fulgurante (intenté describir su esencia, en Fulgor de los Damascos, 1998):
Un pote de miel, un platito de cerámica portando nueces, un paquetito con un compact adentro y junto a él un papel florido, escrito con un mensaje amoroso, todo ello sobre el pequeño mantel. La disposición de los objetos ha consistido para mí otro lenguaje aprendido a lo largo de toda la vida -una vida moldeada en sus inicios por las artes visuales. Esta disposición me emociona, es pura armonía, condición que devela siempre al amor. Amor no merecido (siento, aunque no quiero decírmelo, temo con ello mancillar el don impalpable, ese magnetismo inmanente de la disposición cósmica de los objetos que dicta en las manos, para componer, el amor). En realidad nada de lo más hermoso que nos sucede puede ser merecido, esto es, no puede ser premio a nuestro afán por obtenerlo, pues el solo habernos propuesto obtenerlo degradaría su calidad, convirtiéndolo en mero objeto de nuestro egoísmo. Por ello sorprende, suscita esa sensación de bondad infinita y pequeñez, torpeza extrema, desvalida inepcia y nuestros ojos lloran. El paquete tiene un compact de Miles Davis que de inmediato pongo (en el ínterin he trasladado el reproductor portátil hasta bien cerquita de donde ya he puesto la pava -sobre una esterilla artesanal-, y el mate, y la cucharita para tomar la miel); los primeros sonidos -perfectos, vibrantes-, vuelven a emocionarme mojando otra vez mis pestañas (todo muy en voz baja, todo con meticulosa prudencia pues Lucía y las cuatro chiquitas duermen). Chiquitas digo pero la mayor (la de antes de la cárcel) ya cumple 23 años y las que siguen (las de después de la cárcel) tienen 14, 13 y 10. Estas tres últimas no han presentado esa actitud extremadamente individualista de los adolescentes, sino conservan la unidad magnética de los equipos armónicos, bien constituidos. Ellas duermen pero han dejado las cosas dispuestas para que yo a las seis de la mañana sea feliz con el mate, el disco y la tarjeta que me han regalado, con su amor flotando alrededor y dentro de mí: es el día del Padre (luego vendrán más regalos, más afecto: veo en la elección del disco también un gesto generosamente conciliatorio, mi esposa no puede haber olvidado que es uno de los músicos cuyos temas me regalase, para su furia, aquella muchacha alemana que casi desbarata nuestra familia, no puede haber olvidado Lucía el haberme obligado a quemar toda aquella música sólo seis años atrás).
** ... La cuestión es que te estoy
hablando todo el tiempo con amor y
bronca por esta lluvia que no me deja
oír tu regreso...
21:10 Anotado en Books | Permalink | Comentarios (0) | Email esto | Tags: enespañol


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