<?xml version="1.0" encoding="utf-8"?>
<?xml-stylesheet title="XSL formatting" type="text/xsl" href="/atom.xsl" ?>
<feed xmlns="http://www.w3.org/2005/Atom" xml:lang="es">
<title>Un largo adiós</title>
<link rel="self" type="application/atom+xml" href="http://adios.blogspirit.com/atom.xml"/>
<link rel="alternate" type="text/html" href="http://adios.blogspirit.com/" />
<subtitle>Julio Carreras (h) - Novela</subtitle>
<updated>2005-07-15T05:40:00-03:00</updated>
<rights>All Rights Reserved blogSpirit</rights>
<generator uri="http://www.blogspirit.com/" version="6.0">blogSpirit</generator>
<id>http://adios.blogspirit.com/</id>
<entry>
<author>
<name></name>
<uri>http://adios.blogspirit.com/about.html</uri>
</author>
<title>Anacrusa</title>
<link rel="alternate" type="text/html" href="http://adios.blogspirit.com/archive/2005/07/15/anacrusa1.html" />
<id>tag:adios.blogspirit.com,2005-07-15:211457</id>
<updated>2005-07-15T05:40:00-03:00</updated>
<published>2005-07-15T05:40:00-03:00</published>
<category term="Blog" scheme="http://www.blogspirit.com/ns/types#category" />
<category term="Blogs en Español" scheme="http://www.blogspirit.com/ns/types#tag" />
<summary>     E   xiste un serio riesgo en perseguir los niveles más altos: el de...</summary>
<content type="html" xml:base="http://adios.blogspirit.com/">
&lt;br /&gt; &lt;font color=&quot;#000000&quot;&gt;&lt;b&gt;E&lt;/b&gt;&lt;/font&gt;&lt;i&gt;xiste un serio riesgo en perseguir los niveles más altos: el de alcanzar uno cuya obtención fuera imposible en nuestro entorno más próximo y quedar después suspendido en el vacío, sin chance de compensar la soledad espantosa tras el final de la experiencia.* Tal circunstancia me sobrevino en noviembre de 1989, luego de vivir una relación de casi 12 meses con Oona Holst, una muchacha de Tübingen. Algunos días antes de que se fuera, el 7 de noviembre, ella cumplió 24 años; yo, en agosto, había alcanzado los 40.&lt;br /&gt; Pocas veces el desconsuelo asumió características de tan desoladora regularidad en mi corazón, como en aquellos extraños días del estío a comienzos de 1990. Desde la ventana del departamento recién alquilado en Autonomía contemplaba el extendido barrio de familias pobres que habían dado en llamar Villa del Carmen, donde al son de la inquietante Lambada dos descamisados ebrios peleaban, mientras un revuelo de mujeres trataba de separarlos entre la polvareda. Contemplaba aquello una tarde, solo, pues Lucía con las chiquitas habían viajado a Bell Ville y mi corazón volaba indiferente por encima de los sucesos pero a la vez cruelmente tironeado, como un Túpac Amaru, hacia la muchacha que ya estaría reacostumbrándose a los aires del Neckar, por una parte, y mis tres hijitas, sin quienes para mí no existiría la vida. En tanto los robustos borrachos eran separados, regresaban a sus casuchas arrastrados entre tropezones por mujeres y amigos, sólo para aparecer a los pocos minutos, revolcándose y arrancándose a golpes chispazos de sudor, bajo el visceral afrodisíaco de la Lambada, emergiendo procaz del horizonte, ya rojizo frente a la penosa huída del sol.&lt;br /&gt; Ella nos había mandado una fotografía de Charles Chaplin en un sobre sellado por el Correo de Buenos Aires. En esos para mí torturantes días que siguieron a su partida me había ido de casa, una siesta, luego de la horrible disputa verbal con Lucía, debida a su intercepción de una carta que nunca me mostró y por la cual dijo descubrir aquella relación. Me fui, sólo para volver algunas horas más tarde, con la excusa de que no podía encontrar una pensión para trasladarme, pero rendido en verdad ante la evidencia de que mi alma no podría soportar el alejamiento de mis hijitas y me moriría.&lt;br /&gt; Qué sucedía adentro: me encontraba, por enésima vez, ante la evidencia de que no éramos compatibles con Lucía, incluso hasta éramos particularmente adversos, me encontraba con que maravillosamente se había abierto ante mí la oportunidad de amar a alguien con toda mi alma, alguien que a la vez era extraordinariamente afín... pero no podía hacerlo, pues para luchar por este amor debía irme, trasladar este cuerpo lejos de mis hijas; y en verdad eso para mí resultaba sencillamente imposible. Así que decidí quedarme, padecer -u obligar a Lucía a padecer- nuestra mutua aversión, pero salvar ese derecho que tenían nuestras hijas a contar con su padre y su madre, no simbólicamente, sino a su lado, protegiéndolas y amándolas cada minuto de sus vidas mientras lo necesitaran. Mi corazón se llenaba de alegría sólo con pronunciar los nombres de nuestras hijas, con mirarlas, con procurar cada día algún pequeño elemento que las niñas necesitaran; así es que no era para mí este aspecto de la empresa un sacrificio, sino por el contrario, representaba más bien una gozosa redención -superior incluso a cualquier pena, por intensa que esta fuera.&lt;/i&gt;**&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; * Como un pez que ha sido secuestrado del ancho océano para encerrarlo en una esfera de cristal, yo andaba los primeros días, después de su partida, por las ajenas calles de Santiago, sintiendo los ruidos de los autos y la gente como si transcurrieran separados de mí, en planos atmosféricos de diferente densidad, tanto como podrían serlo ante el pez la atmósfera exterior en comparación al agua donde ahora dificultosamente se desplazaba, confinado.&lt;br /&gt; ** Deberíamos relacionar quizás tales sentimientos con la horrorosa experiencia vivida durante mi juventud, al provocar un aborto que terminó con las vidas de mi novia Laura y nuestra hijita. Luego de que todo pasara sentí tanto dolor y remordimiento, que nada de lo ocurrido en el resto de mi vida fue tan difícil de soportar como los días en que, convertido en zombie, deambulaba por las calles de Córdoba con el corazón partido, sin poder parar de sangrar. Como si me arrastrara con la cabeza gacha, de rodillas, y estas en carne viva, frotando contra el pavimento tras el pantalón roto, no había calma ni absolución para mi espíritu abominable en aquellos tiempos. Luego de que sensaciones muy intensas y posteriormente la cárcel -era el período de nuestra lucha armada contra el ejército capitalista- hubiesen ordenado -si no apaciguado- tal dolor, acomodando su existencia junto a una serie de asuntos sentimentales que en mi vida debería encaminar, pude tomar nuevamente el timón de mi alma, llevándola poco a poco a una navegación segura, aunque todavía se presentaran otras tormentas en su exterior. Así, el milagro de nuestras hijas fue como un amanecer glorioso para mi existencia, luego de once años cuyas zozobras y quebrantos serían difíciles de enumerar, aunque en tal propósito ocupara quinientas hojas. Se comprenderá pues cómo, del mismo modo que el fugitivo de Cayena, quien luego de arrastrarse por un largo túnel ha emergido ante un día luminoso, a la orilla de un dulce mar, me cuidara desde entonces cual convicto de cualquier tropezón que pudiera precipitarme hacia atrás. Mi corazón había venido a encontrar la calma y la felicidad, por primera vez luego de todos esos años, en la existencia de mis tres hijas.
</content>
</entry>
<entry>
<author>
<name></name>
<uri>http://adios.blogspirit.com/about.html</uri>
</author>
<title>Capítulo 1</title>
<link rel="alternate" type="text/html" href="http://adios.blogspirit.com/archive/2005/07/15/capítulo-14.html" />
<id>tag:adios.blogspirit.com,2005-07-15:211455</id>
<updated>2005-07-15T05:40:00-03:00</updated>
<published>2005-07-15T05:40:00-03:00</published>
<category term="Blog" scheme="http://www.blogspirit.com/ns/types#category" />
<category term="Poesía" scheme="http://www.blogspirit.com/ns/types#tag" />
<summary>  Cómo empezó esta historia    Oona Holst llegó de Alemania el 10 de...</summary>
<content type="html" xml:base="http://adios.blogspirit.com/">
&lt;p&gt;&lt;b&gt;Cómo empezó esta historia&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt; Oona Holst llegó de Alemania el 10 de noviembre de 1988. Al día siguiente estaba en Rodeo. Yo me enteré de su llegada -aunque no de su nombre- por Lucía, quien hizo algunos comentarios cáusticos sobre ella antes del almuerzo. Por esto me puse alerta sin demostrarlo: si le había caído mal a Lucía probablemente era linda. -Típica alemana: grandota, cara de boba, horriblemente pálida, ojos celestes deshabridos; su castellano da risa- había comentado Lucía, sin asignarle demasiada importancia. Me quedé tranquilo, no me precipité a verla. Sabía que por mi responsabilidad -director del Centro de Capacitación- tarde o temprano debería encontrarme con ella, pues venía a trabajar como maestra jardinera.&lt;br /&gt; Esto sucedió al día siguiente. Teníamos una reunión del consejo directivo, donde yo ocupaba ahora el puesto de primer vocal y se haría en la casa que fuera de Jörg Kolschröder -expulsado por mi anterior lucha-, ahora espacio de reunión y alojamiento para huéspedes. Habíamos venido bromeando con Helga Zummerling -otra alemana, casada con un santiagueño y desde hacía mucho tiempo habitando en La Banda-, al llegar ya estaban Peter Schmergen con los otros miembros de la comisión, un ingeniero y un maduro profesor. Apenas entrar la vi en el rincón más penumbroso, encima de un ancho sillón de algarrobo y cuero. Peter dijo quién era y ella apenas se incorporó, extendiendo una mano larga para saludarnos. Era muy alta. Parecía agobiada y asustada, con la expresión de quien se da cuenta, tarde, de haberse metido en un lío. Comprendí que el brusco cambio de clima no le había caído bien; aún parecía presentar los signos del cansancio por el largo viaje. Vestida de blanco -chaqueta holgada y pantalón ancho, ambos de hilo-, los dedos de sus pies, largos, emergían de dos rústicas sandalias.&lt;br /&gt; Junto al extremo de la mesa, de espaldas a ella, se habían colocado el profesor Di Mateo y el ingeniero Ruiz, los otros miembros del directorio. Sin hacerle mucho caso nos sentamos con Helga ante el extremo opuesto de la mesa; yo quedé justo frente a la nueva alemana, aunque a unos cuatro metros de distancia. Por la ventana, meticulosamente protegida por mallas metálicas, filtraba el sol del verano. El pelo rubio, ensortijado, de Helga y sus anteojos de oro brillaban por los reflejos, se sonrojaba, una y otra vez. Ella era por entonces una mujer como de 34 años; nos regalábamos, en cada encuentro, un juego de sutiles afectuosidades, consistente en hacer chistes, generar códigos privados, minúsculas complicidades, pero principalmente en demostrar la alegría chispeante que nos embargaba con sólo vernos. No pasaba de esto, por respeto a nuestra condición de casados, o tal vez porque ninguno de los dos consideraba la mutua atracción tan indeclinable como para saltar los límites. Festejábamos, pues, a la menor oportunidad y nos sentábamos juntos en casi todas las reuniones.&lt;br /&gt; A lo largo del tiempo que estuvimos allí Oona no había dejado de mirarnos. Lo hacía con una expresión fija, como abombada; su nariz me pareció larga, sus labios singularmente rojos, anchos, pulposos, recordándome al cuerpo sin caparazón de una langosta de mar. Sus cabellos, extremadamente rubios, caían planos, por los costados de un rostro de contorno muy germano. Físicamente, representaba a la perfección lo que desde Theodor Poesche y Wagner, en el siglo XIX, fuese llamado &quot;pureza aria&quot;. Tentado estuve de darle la razón a Lucía, sobre la vacuidad de los ojos celestes. Parecía haber sólo bruma atrás. Algo me llamó la atención: el fragmento de sus sólidas piernas que se veía, entre los tobillos y la bocamanga del pantalón, estaba cubierta de pelusa dorada. Al parecer no tenía el hábito de depilarse, como las mujeres conocidas por mí.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;b&gt;Una fiesta infantil&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt; Recién dos o tres días después volví a encontrarme con ella, para planear el trabajo de la guardería. Prácticamente no hablaba castellano, por lo cual la comunicación se hacía bastante difícil. Schmergen actuaba como traductor, pero era un tipo muy ocupado, así que deberíamos arreglarnos como pudiéramos en lo sucesivo. Habían citado a la maestra local que se contrataría para servir de ayudante: era una chica bastante linda, como de 19 años, ansiosa por trabajar y ganarse su propio sueldo, así que se esforzaba por quedar bien con la alemana. Se llamaba Lorena. En el ínterin ya había regresado de su expedición al norte Holger Bewerloh, otro huésped de la casa que ahora llamábamos &quot;comunitaria&quot;, pero en realidad se usaba casi únicamente para alojar a alemanes. Holger era un estudiante de ciencias sociales que viniera unos meses atrás para cumplir con una pasantía. Alto, con barba y largos cabellos marrones, ojos oscuros medio cruzados bajo anteojos de vidrios gruesos, la piel quemada por el sol, no denotaba su condición de alemán salvo cuando empezaba a hablar.&lt;br /&gt; Como una semana después volvimos a reunirnos, Oona, Lorena y yo; la alemana pidió inspeccionar nuestra guardería en construcción. Había avanzado algo -aunque muy poco- en su manejo del castellano, lo suficiente para lanzar algunas advertencias en un tono autoritario que no me agradó. Cosas como que &quot;allí se cumpliría estrictamente con la disciplina&quot;, que todos &quot;debíamos trabajar ordenadamente&quot; y que &quot;ella fijaría las tareas a realizar&quot;, parecieron mostrar una faceta rígida de su personalidad. Luego de mi primer rechazo interior comprendí que había sido adoctrinada por Schmergen. Eran aquellos prejuicios los que se expresaban a través de su boca; ellos unidos a la aversión que por entonces me tenía, debido a su creencia -por otra parte absolutamente injustificada- de que yo intentaba disputarle la supremacía en la organización. Me propuse no perder la paciencia, y aunque Schmergen tenía la ventaja sobre mí del idioma alemán, en el cual podía transmitir a sus connacionales ideas que no siempre podía conocer, acepté también en este espacio nuevo que se abría, la disputa entablada durante los últimos meses. Además -aunque todavía ni a mí mismo me lo confesaba- Oona me gustaba mucho, ya. Me gustaba y me desafiaba. Su personalidad era muy independiente, a diferencia de las mujeres argentinas, sin perder por ello un elevado refinamiento en sus modales. A diferencia, otra vez, de las mujeres argentinas, que creían afirmar su personalidad actuando groseramente, mientras en lo más íntimo seguían dependiendo lastimosamente de los hombres, en cuestiones vitales.&lt;br /&gt; A pocos días de su llegada le pedí que me acompañara a una fiesta para niños que se hacía en un club de la ciudad. De paso, me ayudaría llevando a una de mis hijitas en su bicicleta. A la hora fijada, siete menos cuarto, estuvo en casa. Ella cargó a Angelita en su portaequipajes, yo a Sol. Pasamos un rato muy lindo, mirando los payasos y otros juegos para chicos de la fiesta. Pese a que ella casi no entendía el castellano, y había demasiado ruido como para conversar, nos entendimos. Al regreso, compramos unas latitas de gaseosa para mis hijas en un almacén que estaba a la salida. Tres sudorosos muchachones sin camisa tomaban cerveza, sentados en el suelo. Se notaba que habían salido de trabajar y se refrescaban. Uno de ellos me estiró la botella: la acepté, e hice un largo trago. Luego se lo agradecí con cortesía. Oona, desde su bicicleta junto al cordón, nos observaba sin perderse un detalle.&lt;br /&gt; Una de esas primeras noches fuimos a cenar; por esos tiempos solíamos comer mucho, tomando bastante vino. Nos sentamos en la vereda de un pequeño restaurante, y pedimos milanesas a la napolitana. Noté que ella trataba de hacer, por cortesía, lo que nosotros. Entonces la obligué, malignamente, a comer y a tomar más de lo que necesitaba, sólo por divertirme con su cara, que se había puesto hinchada, como si estuviera a punto de vomitar. ¿Por qué actué así? No lo sé. Toda nuestra relación durante aquellos casi doce meses estuvo salpicada por arrebatos de crueldad encubierta en algunas de mis conductas hacia ella, debido a cierta inexplicable necesidad de lastimarla que me sobrevenían. También ella tendría, bueno es decirlo, actitudes crueles hacia mí (iba a reconocerlo, dos años después, en una carta). El día siguiente a aquella cena -a la cual habíamos ido con las chiquitas, Lucía y Holger- Oona no pudo levantarse hasta el atardecer por un ataque al hígado. Su cortesía la llevó a asegurarme que no había sido la comida, sino el no haberse aclimatado del todo aún al calor de Santiago, y mi cinismo a aceptar que así debía ser, cuando sabía perfectamente que estaba de tal forma por mi pesada broma de obligarla a comer sin necesidad.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; &lt;b&gt;La corrupción argentina&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt; Algunos días después tuve oportunidad de reivindicarme y no la desaproveché. Su padre le había enviado un sobre acolchado que contenía una remera -pues sabía que en Argentina empezaba el verano- y un perfume. El sobre llegó abierto y adentro sólo había una carta... ¡donde entre otras cosas reiteraba que venían, junto con ella, la remera y el perfume! Pues en la carátula del sobre llevaba, aunque en alemán, la aclaración de su contenido, y más abajo, en castellano, una nota mencionando los objetos. ¡Nada les había importado a los empleados del correo, y con todo desparpajo le habían entregado a Oona el gran sobre prácticamente vacío!... Me indigné por esta perversidad padecida por mí en numerosas oportunidades, pero particularmente porque se trataba de una extranjera, ante quien estos imbéciles nos desprestigiaban brutalmente -por si hiciera falta aún más. Ella había venido a consultarme, acompañada con un profesor, acerca de cómo hacer el reclamo. Le dije que iríamos inmediatamente al correo. Tomé la camioneta, entonces, y unos cinco minutos después estábamos ante el jefe de la delegación local del Correo. Se disculpó pero dijo que él nada podía hacer, más que elevar una nota a Tucumán, donde estaba la aduana.&lt;br /&gt; -¿Pero no está la aduana en Buenos Aires? -pregunté.&lt;br /&gt; -Bueno, desde allí la mandan a Tucumán, para un segundo control. Recién luego de revisada, llega a la sucursal Santiago, y luego aquí.&lt;br /&gt; -¿Qué debemos hacer, entonces? -pregunté-: ¡Esta situación es vergonzosa, la señorita es europea, hace apenas unos días ha llegado a nuestra patria, mire la idea de nosotros que les estamos dando!...&lt;br /&gt; Oona nos miraba alternativamente, quizá sin entender todo lo que yo decía pues hablaba muy rápido, mas seguramente se daba cuenta de mi indignación.&lt;br /&gt; -Presente una nota, dirigida al jefe de Distrito, en Santiago. Aunque, mire, entre nosotros, yo creo que las cosas las han robado en la misma aduana del correo, en Tucumán.&lt;br /&gt; -¿Usted está dispuesto a denunciar eso en Santiago? -le pregunté. El tipo me miró como si fuera estúpido.&lt;br /&gt; -¿No le dije acaso &quot;entre nosotros&quot;? -recalcó.-Es una suposición. Pero es lo que pasa siempre. ¿Y quiere que le diga más? Va a ser muy difícil que puedan recuperar algo.&lt;br /&gt; Esa actitud resignada ante la corrupción de nuestra sociedad me hizo hervir la sangre. Sin inmutarse en absoluto, un funcionario del Correo me estaba diciendo ¡que no valía la pena intentar aclarar un robo en su propia institución, porque era algo habitual!... Se mostraba impaciente, además, como si por una cuestión nimia estuviésemos distrayéndolo de sus importantes ocupaciones. No disimulaba su deseo de que nos fuéramos de una buena vez. -Entonces haremos la denuncia en la policía -amenacé.&lt;br /&gt; -Usted es dueño de hacerla, profesor -contestó el hombre, que me conocía. Pero bajó los párpados, y por su expresión comprendía que estaba pensando &quot;no van a conseguir nada&quot;.&lt;br /&gt; Enfurecido enfilé a toda velocidad con la camioneta hacia la policía. Oona corría tras de mí cuando caminábamos y soportaba estoicamente las bruscas aceleradas, a mi lado en la camioneta y los portazos que daba al subir o bajar -como si de ese modo pudiera obtener mejores resultados. En realidad estaba tratando desesperadamente de indicar que no todos los argentinos éramos como esos hijos de puta del correo de Tucumán, o de donde mierda fuera quienes le habían robado. *&lt;br /&gt; En la comisaría nos atendió un gordo suboficial con bigotes de vizcachón. El escepticismo del dependiente de correos tenía su paralelo en el escribiente que nos tomó la declaración. Oona firmó como denunciante, yo como testigo.&lt;br /&gt; Y allí terminó la historia. Jamás conseguimos resultado alguno, ni siquiera que determinaran el lugar aproximado donde los objetos habían desaparecido, pese a que fuimos dos o tres veces más a la policía, y preguntábamos cada vez que pasábamos a retirar otra correspondencia en la delegación postal. Finalmente nos ganaron por cansancio.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; * Este tipo de violaciones en el Correo Argentino me ha ocurrido en numerosas oportunidades, con libros, cartas u otros envíos. Pese a sufrir mucho con ellas, me había resignado en parte atribuyéndolas al brutal sistema de espionaje que sobreviviera intacto luego de la dictadura militar. Obviamente controlarían la correspondencia de quien había sido un revolucionario conspicuo. Cuando sucedió lo de Oona, constaté que todos estábamos sometidos a este humillante tratamiento por parte de los empleados del correo, y ya no creí que fuesen únicamente los esbirros quienes nos lo aplicaran a los sufridos usuarios. Por si hiciera falta subrayarlo aún más, en el año 1996 sufrí el robo de un CD de cierto envío mensual que me efectuaban de Italia. Era la segunda vez. La primera -el mes anterior- me habían robado el sobre completo. Reclamé a Italia, y me lo mandaron de nuevo, esta vez por un correo privado que lo trajo a mi casa envuelto como si fuese material radioactivo. Me dio vergüenza de que los italianos tuviesen que apelar a semejantes prevenciones, con un gasto muchísimo mayor para sus envíos. La segunda oportunidad en que la revista mensual con los CD a que estaba suscripto no llegó, fui al Correo Argentino por centésima vez en mi vida con el ánimo protestar. Debido principalmente a que durante algún tiempo había sido proveedor de impresiones para ellos y me tenían cierto respeto -por mi trayectoria pública como escritor y periodista- conseguí luego de pasar de un burócrata a otro que el Jefe de Depósitos me concediera entrar aquella tarde para buscar yo mismo entre la correspondencia desechada... allí encontré el grueso sobre con mi nombre y dirección, abierto, solamente con la revista mensual sobre música que recibía -manoseada, arrugada- pero sin los CD que habitualmente traía. Buscando un poco más, encontramos uno de ellos... Era indignante: la durísima envoltura de plástico que aislaba la revista y los CD había sido completamente desgarrada, luego de abrir el sobre brutalmente, para robar su contenido. En su portada la revista anunciaba claramente que traía dos CD... se lo hice notar al Jefe. Este todavía me miraba como si yo fuese un impertinente, como si en vez de haberme perjudicado ellos a mí yo los estuviese molestando, agraviando... La corrupción de este país ha llegado a todos los ámbitos de nuestra sociedad: he ahí una de las causas principales de nuestra decadencia en picada de los últimos años. Podría contar cientos de situaciones sucedidas sólo con el Correo... pero basta.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; &lt;br /&gt; &lt;b&gt;Aquella vieja canción&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt; Una tarde, mientras seccionaba mosaicos para el piso de la guardería junto a los albañiles, se cortó la punta del dedo con una máquina. Me avisaron y fui a auxiliarla. Me impresionó bastante ver aquello pues se había rebanado literalmente un pedazo de la yema del índice izquierdo. La acompañé a su casa y la curé, desinfectando la herida con agua oxigenada y envolviéndola luego con gasa, que pegué con cinta adhesiva. En el ínterin ella sufrió una leve descompensación, por lo cual la ayudé a ponerse en cama, como estaba (con su pantalón ancho y su chaqueta blancos un poco manchados de tierra, con sandalias). Discretamente me senté en un rincón y otra vez la tuve mirándome como entre brumas, los cabellos en desorden un poco mojados en transpiración. Sentí piedad -mezclada con afecto- hacia aquella muchacha de expresión desolada, y se me ocurrió cantarle algo pues había allí una guitarra. El único tema que me salía aceptablemente era una vieja balada romántica de Luis Aguilé, que decía &quot;Siento que no escuchas, ni siquiera mi canción... ella fue testigo, de todo mi dolor&quot;, y en el estribillo declaraba la imposibilidad de vivir sin el amor de una muchacha ideal. Oona abrió mucho los ojos, sorprendida, pero cambió su expresión, volvió a ponerse un poco ruborosa, y a medida que avanzaba la canción noté que mi música la regocijaba. Terminé el tema y guardé la guitarra, levantándome para dejarla descansar, según alegué. Me despedí dándole un beso en la frente y acariciando apenas sus cabellos, que me parecieron extraordinariamente suaves. Desde aquel momento ya no pude olvidarla.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; &lt;b&gt;La música del alma&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt; Ya no pude dejar de pensar en ella a pesar de que lo intentaba constantemente. Por lo demás la veía a cada tanto, de lejos, ir y venir, saliendo o entrando de la casa, cruzándose hacia la guardería -que estaba en un punto intermedio entre nuestra casa y la de ella, a unos cien metros de cada una, junto a la casa de los alumnos, formando un ángulo más o menos de 75 grados entre las cuatro.&lt;br /&gt; Una mañana la vi entrar en la guardería casi terminada, y me fui enseguida pues además yo tenía que salir pasando por allí. Entré, ella estaba acomodando unos pequeños muebles que habían traído de la carpintería. En el acto se me ocurrió decirle &quot;¡Feliz cumpleaños!&quot;, y antes que pudiera reaccionar tomé su rostro entre mis manos y la besé en los labios. Fue un dulzor breve; ella me apartó pronto aunque sin brusquedad, diciendo, perpleja:&lt;br /&gt; -¡Pero hoy no es mi cumpleaños!&lt;br /&gt; A lo que contesté.&lt;br /&gt; -Ah, ¿no? ¡Pero podemos empezar a celebrarlo!&lt;br /&gt; -¡Schaize!-, murmuró ella torciendo la cara, aunque con expresión divertida, en una actitud que iba a repetirse luego ante mis salidas inesperadas. Yo no tenía la menor idea de cuándo era su cumpleaños, se me había ocurrido la treta en aquel instante.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Por las noches no podía dormir pensando en algo que se imponía a mi imaginación: ir a buscarla. Una y otra vez me veía atravesando el campo y acercándome a su ventana, para pedirle que me dejara entrar. Sería muy riesgoso hacer esto, pues en la habitación de al lado dormía Holger, al cual se había agregado por esos días otro alemán que iba a estar tres semanas. Un domingo por la noche no resistí más y me lancé a la aventura. Había preparado la situación yendo a dormir en la casa de los alumnos; esta poseía una habitación para el preceptor, que nadie usaba. Los chicos habían estado diciendo en esos días que tenían miedo, pues escuchaban ruidos de noche: eran muy supersticiosos, temían a los aparecidos (almas en pena y esas cosas). Con ese pretexto dije que iría a acompañarlos. Lo que me proponía en realidad era poder salir, sin que Lucía se enterase, para buscarla a Oona. Se me había ocurrido la loca idea de invitarla a caminar por el campo, bajo la luna. Soñaba con eso. Y nos veía a los dos, sentándonos a la orilla del ancho canal, entre los eucaliptus y los álamos.&lt;br /&gt; Como se recordará teníamos unos diez alumnos, de entre 14 y 18 años, escogidos de entre familias muy pobres, aborígenes, del norte de Salta. Ellos estaban becados por la Stiftung para hacer un aprendizaje agrotécnico en nuestras instalaciones y vivían allí. Con impaciencia mordiente esperé que todos se durmieran. Eran como las doce y media cuando me escabullí sin hacer ruido. Atravesé el extenso campo abierto como quien pisa un espacio minado, pero nadie me vio. Por fin llegué a su ventana. Todo estaba bastante iluminado, pero sobre aquel sector caía la suave sombra de un ciprés. Esa noche era más peligroso aún hacer mucho ruido, pues como había habido una fiesta o algo así, se había quedado a dormir también uno de los profesores en la otra habitación, junto con los alemanes. Cuando recuperé el aliento, empecé a rascar la tela metálica de la ventana, entonces, y a llamarla.&lt;br /&gt; -¡Oona! ¡Oona! -susurraba, sintiéndome asustado y ridículo a la vez. Nadie me contestaba. Pero escuché el leve sonido de su cuerpo moviéndose en la cama, y comprendí que estaba despierta. Se ve que había decidido no atenderme, sin embargo, pues se mantuvo en silencio, hasta que consideré demasiado riesgo el continuar allí y me retiré.&lt;br /&gt; A la mañana siguiente debía viajar a Santiago, pero antes de salir -muy temprano- decidí pasar a saludarla. Ella estaba preparando algunos papeles cuando entré. Me miraba con expresión asombrada, curiosa e inquisitiva. En cierto momento me preguntó: -¿Vos has estado en mi ventana anoche?&lt;br /&gt; Yo le contesté, simplemente:&lt;br /&gt; -Sí.&lt;br /&gt; -¡Oh!-dijo ella-. ¿Y por qué?&lt;br /&gt; Miré un instante para otro lado, hacia el resplandor del sol que comenzaba a entrar, reflejado, por la ventana. Sin contestar me despedí, presuroso, dándole un beso en la mejilla. Ese día anduve en Santiago haciendo trámites para la Stiftung pero sin poder olvidar cada detalle de ese breve encuentro, el dulce rostro de Oona que a la sazón se había vuelto sonrojado y vital, sus ojos celestes tan luminosos, su pelo como una lluvia de oro suavísimo cayendo en graciosa melenita a los lados, y sus labios, tan carnosos, de dibujo tan exquisito, tan expresivos. Su voz que parecía musicalizar cada palabra, pronunciada en un tono deliciosamente culto sin jamás levantar la voz ni proferir en ningún momento la menor desarmonía. Su voz era suave, su tono tenía ciertos matices sentenciosos, modulaba los sonidos de tal forma que parecían llegar a través de un filtro acuático.&lt;br /&gt; Por otra parte, su personalidad era encantadora; exhibía modales de un refinamiento natural, sin el menor asomo de afectación, y enseguida comprobé que su inteligencia era tan aguda que le permitía comprender la sensibilidad de todas las personas a su alrededor para evitar provocarles incomodidad, cosa que la preocupaba especialmente. No había nadie poco importante para ella, a todos trataba con exquisita dedicación y cortesía. Todo esto era lo que me iba enamorando irresistiblemente, y no sólo una belleza física, como podría haber sido en una situación vulgar. Volvía de Santiago y quería verla. Salía al patio y quería verla. En todo momento quería verla; mi vida se convirtió entonces en una búsqueda incesante de oportunidades para estar cerca de ella, o al menos mirarla de lejos si no lograba algún pretexto para compartir un lugar juntos. No se presentaba muy fácil ahora, dado que mi área estaba relacionada únicamente con los pupilos adolescentes, un pequeño grupo; la guardería era, por decisión del directorio, autónoma. Trataba de participar, pese a ello, de alguna actividad relacionada con los últimos preparativos. Se planeaba ponerla en funcionamiento más o menos en tres meses, así que aquello era un constante ir y venir de albañiles, carpinteros, pintores, soldadores de metal, en el medio de los cuales siempre se destacaba la figura esbelta y grácil de Oona. Yo ardía en deseos de poder mirar su cuerpo, y una tarde, conversando brevemente con ella desde mi bicicleta le pregunté si no acostumbraba usar shorts. Me contestó que no, dejándome decepcionado. Iba y venía casi todo el tiempo con ropas claras y muy anchas, de hilo o algún material semejante.&lt;br /&gt; Una y otra vez nos encontrábamos, incidentalmente; yo atesoraba en la imaginación esos encuentros, repitiéndolos en mi interior cada vez que podía. Cierta mañana fui al correo y pasé a preguntarle si quería que trajese también su correspondencia. Estaba escuchando atentamente algo, con auriculares, cuando entré; se los quitó un momento para atenderme. Le pregunté si era música. &quot;¿Quieres escuchar?&quot;, invitó, extendiéndome el aparatito: &quot;toma&quot;. &quot;Toma&quot; repitió, &quot;llévalo&quot;. &quot;¿Y vos?&quot;, me preocupé. &quot;No importa&quot;, dijo. &quot;¡Llévalo! Es mejor así.&quot;&lt;br /&gt; Era un día algo caluroso, de viento norte. Salí a la ruta en mi bicicleta, con los auriculares calzados... y enseguida me pareció volar. La música que escuché me transportó inmediatamente a un nivel suprafísico. Era el Köln Concert, aunque por entonces increíblemente yo no lo conocía.* Esa música me tuvo mucho tiempo extraordinariamente ensoñado, era como si me hubiese infundido alguna poción en la sangre.&lt;br /&gt; Holger por ese entonces pasaba mucho tiempo con ella, era evidente su inquietud por cuidarla (especialmente de algunas acechanzas masculinas como la mía). Primero con la excusa de la traducción -pues ella no manejaba con fluidez aún nuestro lenguaje- iba a casi todos los lugares públicos adonde la invitaban. Luego se hizo habitual su aparición sin que lo llamaran. Pero Oona, a quien no le agradaban los pegotes, pronto empezaría a quitárselo de encima.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;* Keith Jarret, piano. The Köln Concert. January 24, 1975. Recorded live at the opera in Köln, Germany. Enginer: Martin Wieland, Photos: Wolfgang Frankestein, Cover Design: B&amp;amp;B Wojirsch, Produced by Manfred Eicher. ECM Records, 1975.&lt;br /&gt; ** Algunos años después comprendería que la música consistía para Oona en parte sustancial de su manera de hacer el amor, como una prolongación suprafísica, que iba envolviendo en un densísimo abrazo etéreo a quien ella solía dirigir sus atenciones. Estas consistían en darte a escuchar tal o cual tema musical o -como ocurriría más adelante conmigo- en regalártelos grabados por ella misma, en cassettes, cuyas carátulas artesanales armaba recortando figuras de revistas, a las cuales agregaba toques personales, sea por medio de collages, sea por medio de dibujos. Esto explicaba su desdén hacia los métodos tradicionales de encantamiento propios de las mujeres bellas, esto es, insinuar partes de su cuerpo, usar actitudes o miradas cargadas de sensualidad. Oona poseía un otro cuerpo, muy poderoso, que no se podía ver con ojos físicos. La música, actuaba, entonces, para ese otro cuerpo, como los tentáculos pudieran hacerlo en un calamar. Si ella quería decir: &quot;te amo&quot;, imprimía no sé de qué manera tales sentimientos en los temas musicales, que grababa con gran meticulosidad, y al escucharlos sentías constantemente una susurrada voz, y a su cuerpo abrazándote y acariciándote desde el aire. La música iba a jugar, pues, un rol vitalísimo en todo nuestro corto -y largo- romance.&lt;/p&gt;
</content>
</entry>
<entry>
<author>
<name></name>
<uri>http://adios.blogspirit.com/about.html</uri>
</author>
<title>Capítulo 2</title>
<link rel="alternate" type="text/html" href="http://adios.blogspirit.com/archive/2005/07/15/capítulo-2.html" />
<id>tag:adios.blogspirit.com,2005-07-15:211436</id>
<updated>2005-07-15T05:20:22-03:00</updated>
<published>2005-07-15T05:20:22-03:00</published>
<category term="Books" scheme="http://www.blogspirit.com/ns/types#category" />
<category term="Literatura" scheme="http://www.blogspirit.com/ns/types#tag" />
<summary>  Más alemanes    Cerca de las fiestas de Fin de Año vinieron otros alemanes,...</summary>
<content type="html" xml:base="http://adios.blogspirit.com/">
&lt;p&gt;&lt;b&gt;Más alemanes&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt; Cerca de las fiestas de Fin de Año vinieron otros alemanes, dos jóvenes y una muchacha, cuyos nombres no llegué a registrar en mi memoria pues permanecieron en la Stiftung poco tiempo. La tarde de Nochebuena la había pasado preparando nuestro arbolito de Navidad. Había ideado decorar un eucalipto joven, transplantado recientemente con éxito desde otro lugar, colgando muchos globos inflados en vez de los habituales ornamentos, para nosotros muy caros. Teníamos también varias ristras de luces, algunas sobrantes de fiestas anteriores y otras adquiridas, a las cuales había agregado baterías de focos comunes, pintados con témpera, dispuestos de tal manera que envolvían estratégicamente al árbol, prendiendo y apagando más o menos con rapidez, pues los había conectado a un mecanismo intermitente. Como estaríamos solamente los cuatro miembros de nuestra familia -Lucía, Sol, Ángela, Julita y yo-, cenaríamos en la galería, frente a nuestro original arbolito. Estaba allí haciendo las últimas pruebas, sudoroso y un poco sucio por toda una jornada de tareas, cuando se acercaron los alemanes, emergiendo de entre las penumbras del monte. Habían estado paseando por el campo, los guiaba Oona. &quot;Qué lindo&quot;, dijo ella, deteniéndose para contemplarlo. Y enseguida conversaron un rato sobre el arbolito en aquel idioma que yo no entendía, haciendo de vez en cuando algún comentario cortés en pésimo castellano.&lt;br /&gt; Aquella visita fugaz me hizo desear constantemente que regresaran a la medianoche, antes de irse a un baile como nos habían comentado que harían. Pero no sucedió. Esa Nochebuena la pasamos serenamente y felices con nuestras hijitas, en un ambiente para mí maravilloso como eran las noches del campo, entre las estrellas y las altas copas de los árboles que rodeaban a nuestra casa *. Sólo una levísima melancolía me cosquilleaba en lo interior. Ya no podía verla unos minutos sin desear irresistiblemente que se quedara junto a mí, o irme yo con ella (pero a la vez quería conservar a mis hijas cerca). Al día siguiente nos comentaron los peones que habían hecho el ridículo en el baile, por esa patética inhabilidad para el chamamé que manifiestan casi todos los alemanes.&lt;br /&gt; * Lucía se aburrió mortalmente y se fue a dormir temprano, con las chiquitas. Ella se condolía también, aunque más o menos secretamente, de lo que consideraba su patética suerte. Odiaba el campo, incluso su aspecto exterior -desaliñado- expresaba aquel rechazo que muchos años después seguiría creando entre nosotros un distanciamiento profundo. Así, muchos de los recuerdos amables para mí (el monte, los horizontes vertiginosos del campo) serían rechazados con fastidio por ella. Aquella noche del 31 de diciembre de 1988, en tanto, yo me quedé todavía en la veranda, por bastante tiempo, tranquilo y feliz, contemplando las estrellas y tomando despaciosamente unas cuantas copas más de vino tinto.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; &lt;b&gt;Solo con mi corazón&lt;/b&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; El periodo festivo puso alguna distancia entre nosotros, pues ella estuvo más tiempo con los alemanes. El Año Nuevo pasó de un modo aún menos conspicuo que la Navidad (por mi religiosidad, para mí la anterior era la verdadera Fiesta). Pero al día siguiente me ocurrió un grave percance. Teníamos un pozo para la basura, que había cavado algo alejado de la casa. No era muy hondo, tal vez un metro y medio. Esa mañana, un poco adormilado aún fui a tirar allí lo que sobrara de la noche anterior. Para hacerlo me acerqué demasiado, pisando el borde, que cedió. Caí parado, pero en el acto sentí un agudo dolor. Mi peso había quebrado una gruesa botella de vidrio con el pie derecho, que llevaba calzado apenas con una abierta hojota. Salí de allí con esfuerzo, y caminé hasta la casa dejando un reguero de sangre y sintiendo que me desvanecía. Metí el pie en un fuentón con agua y sal gruesa, hasta que pasó la lipotimia. Cuando se levantó Lucía me puso una venda sobre la herida: me había cortado profundamente, en la justa unión entre el dedo gordo y la planta; el vidrio había llegado hasta el hueso. No quise ir al médico, sin embargo, confié en que sólo lavándome bien y echándome sulfatiazol me iba a curar. El resultado fue, pues, que por algunos días debería cambiarme las vendas y caminar rengo, lo menos posible.&lt;br /&gt; Para esa misma tarde estaba previsto que Lucía viajara con nuestras tres hijitas a Bell Ville, para pasar quince días -sus vacaciones- en casa de su mamá. Como ya teníamos los pasajes comprados, el viaje no se podría postergar (tampoco yo quería que lo hicieran, ciertamente). El colectivo pasaba por Rodeo, había que esperarlo a un costado de la ruta. Pese a mi herida a las dos de la tarde las llevé en la camioneta y me quedé con ellas hasta verlas subir en ese inmenso buque sobre ruedas como era el expreso Tucumán-Mar del Plata. Cuando el vehículo se perdió en lontananza, regresé.&lt;br /&gt; Quedar solo -librarme por unos días de la presencia de Lucía- era un alivio anhelado por mí con ansia desde que saliéramos de la cárcel y concertáramos sin convicción -al menos de mi parte- convivir otra vez. Anhelaba pasar muchos días solamente con las chiquitas pues había entre nosotros perfecta armonía, pero lamento decir que ni uno completo con Lucía. Ya he descrito en otros textos* la insatisfacción mutua, la rivalidad, el rencor refrenado con gran dificultad, que nos separaban, que hacían cada minuto transcurrido juntos por momentos asfixiante, casi insoportable. No repetiré aquí esas descripciones, que tiñen mi alma también de taciturna frustración. Lo cierto es que cada vez que se iba a visitar a su madre, me sentía provisoria y milagrosamente libre otra vez, vivo, por un período maravilloso, hasta el momento de su regreso, el cual me sumía nuevamente en la tumba gris donde vegetaba gran parte de mi carácter, dado que había aceptado continuar este matrimonio coaccionado por una serie de presiones, religiosas, éticas, familiares -al nacer las niñas, gracias a Dios se introdujo un estímulo maravilloso y un compromiso que me hacía feliz, quitándome en gran parte el dolor de esta exasperante contratación-. Apenas me sentía completamente solo, pues, me paseaba desnudo por la casa a veces, o dormía desnudo sobre el piso en el verano, otras veces salía a caminar, otras veces hacía locuras -gestos y piruetas, solo, en la madrugada o a la siesta; en fin, miles de acciones irracionales que constituían la manifestación más exterior de una catarsis que necesitaba, luego de haber acumulado por tan largos períodos amargura y frustración. También escuchaba música o leía, sin ver a nadie, encerrado o caminando por lugares apartados, a veces por días enteros, hasta saciarme. O rezaba. Cuando estaba solo con frecuencia me parecía estar más cerca de Dios. En realidad todo lo descripto anteriormente llevaba esa finalidad.&lt;br /&gt; La mañana siguiente al día en que se fueron anduve hasta las cabinas del centro en bicicleta, para constatar por teléfono que mis niñas habían llegado bien. Luego de que lo supe, me relajé. Comía tomates con frecuencia, juntándolos del campo y echándoles sólo un poco de aceite y sal. Un día de muchísimo calor como a las doce y media estaba preparando la mesa para almorzar cuando golpearon las manos. Abrí un poco: había un hombre de grueso corpachón, con anteojos pesados, en el patio.&lt;br /&gt; -Buen día, ¿qué necesita? -pregunté sin abrir del todo. El sol golpeaba esa parte de la casa y era muy fuerte. El hombre se había parado bajo nuestro eucalipto.&lt;br /&gt; -Busco a Andrés Barela, el escritor -contestó con voz gruesa y tonada porteña.&lt;br /&gt; -Bueno, aquí estoy -dije.&lt;br /&gt; Lo hice pasar. Lo invité a sentarse ante la mesa y compartir mi almuerzo aunque era modesto en extremo: apenas una fuente con tomates cortados en rodajas, brillantes de aceite y sal, además un poco de pan, agua. No aceptó, pero me dijo que comiera yo. El se quedaría sólo unos pocos minutos. Finalmente nos sentamos a conversar, yo no comí y él encendió su segundo cigarrillo desde que estaba allí, por lo cual entendí que se trataba de un fumador. Dijo que era viajante. Representaba a una marca de productos químicos. Conocía a José Miguel Armendáriz. Él le había dicho que vivía en Rodeo. Luego había averiguado en el pueblo; de tal modo llegó aquí. Me miraba con curiosidad mientras hablaba y fumaba. Tenía ojos agudísimos bajo los gruesos cristales en marcos muy gruesos. Su corte, su peinado, su vestuario, le hubieran permitido pasar perfectamente por uno de esos detectives norteamericanos clásicos, mostrados por las películas de los 50. Transpiraba mucho, le pregunté si había venido caminando desde el centro. &quot;No&quot;, contestó. &quot;Dejé mi vehículo en la entrada, pues me avisaron que no podía ingresar en automóvil hasta aquí&quot;. Me sorprendí pero no lo demostré, preguntando enseguida: &quot;¿Quién le avisó?&quot; &quot;Una señorita... parece extranjera...&quot; informó el hombre. ¡Oona! ¡Le había hecho una broma, tal vez porque lo veía muy gordo, para divertirse! ¡Pero con semejante calor!... Cambié de tema. Hablamos de literatura. Era una situación surrealista. Él buscando conocer un escritor, cuyos libros leyera, el escritor descalzo, vestido únicamente con una vieja malla de baño, disponiéndose a comer, directamente desde una fuente enlozada, sólo tomates cortados. Se quedó unos quince minutos; luego de dejarme su dirección y prometer cartas, nos despedimos.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Así entonces. Todo iba sucediendo con fortuna. Estaba solo y feliz cambiándome las vendas cada tarde, la herida no me fastidiaba. Un sereno equilibrio se aposentó en mi alma y sentía no necesitar nada. Ante la atracción hacia Oona que unos días antes me obsesionara adquirí entonces un perfecto control. La coloqué en un sitio definido, en el armonioso concierto de árboles, melilotes en flor, campos sembrados, acequias, regadíos y sol que me rodeaban. Y todo adquirió un sentido levemente sobrenatural. No afecté inclinación a hacer nada, pues lo que iba a suceder debería integrarse en aquel devenir extraordinario, inaugurado con el arribo de un nuevo estado de mi conciencia. Un dato: no sé en qué momento, Oona había depilado sus piernas. Ya nunca más las vería con aquella pelambrera de la primera vez.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; * &lt;i&gt;Fulgor de los damascos. El misterio del mal&lt;/i&gt;.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; &lt;br /&gt; &lt;b&gt;Anapaula&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt; Uno de esos días tuve ganas de acostarme con una mujer y me acordé que Anapaula me había dado su dirección en Santiago.* Me acordé también que algunos meses antes -en agosto- habíamos conversado largamente, pero las constantes presencias que se insinuaban desde fuera de nuestra casa nos habían impedido otra cosa que sospechar algo más que mera simpatía en las miradas húmedas o halagos mutuos que nos prodigábamos. Anapaula era una muchacha de 21 años a quien yo conocía desde sus 19. La causa de esta frecuentación estaba en que durante algún tiempo había sido novia de Horst, otro alemán que estuviera un par de años en la Stiftung. Era una de esas muchachas altamente karmáticas, condición manifestada en parte por la fatalidad de un cuerpo espectacularmente dotado para la sexualidad. Hija de una mujer escandinava y un turco adinerado, su padre la reconoció pero no pudo criarla pues ya estaba casado. Pese a ello tuvo con la escandinava otras dos hijas -muy bellas, como Ana- quienes al llegar a una edad juvenil se casaron a su vez con nuevos turcos ricos de la ciudad. La única rezagada era esta muchacha: luego de su ruptura traumática con Horst, había permanecido casi un año en Buenos Aires, para volver de allí embarazada. Al momento yo sabía por su madre -quien trabajaba como cocinera de la Stiftung- que tenía ya una hijita de cuatro meses, y vivía en una casa alquilada por su tío, según decían para &quot;ayudarla&quot;; pero yo veía en la &quot;ayuda&quot; de ese otro turco rico, cuarentón, de cuya lubricidad se narraban anécdotas, algo sospechoso. Al menos era un sibarita higiénico y buen mozo -me decía en sordina vaga una voz tenue, cuando la perspectiva de compartir con él a Anapaula sobrepasaba por descuido las psicológicas barreras de mi orgullo. De todos modos había desestimado sin siquiera considerarlo el comprometerme con la muchacha en caso de que se diera algún tipo de intercambio sexual. Fue lo que sucedió.&lt;br /&gt; La tarde en que salí pensando en Anapaula, Oona trabajaba con los carpinteros. Como debía pasar por allí, nos estuvimos viendo durante varios minutos, despaciosamente, pues para llegar hasta el galpón debía trazar un radio cercano a los doscientos metros sobre el principal patio redondo. Rengueaba por la herida abierta unos días atrás, lo cual hacía bastante lento el proceso. Ella levantaba la cabeza un momento para constatar mis avances y la volvía a inclinar luego hacia unas maderas que alisaba con cepillo de carpintero. Oona llevaba como casi siempre un pantalón y chaqueta blancos, constelados de virutas, pues pulía pequeñas sillas, destinadas a los futuros niños de su guardería. Por mi parte me había bañado escrupulosamente, me había afeitado a conciencia, calzándome luego una camisa ocre, frisada, metida bajo un pantalón de hilo color africano, con un cinto fabricado especialmente para mí por Lisandro, el maestro curtidor de la Stiftung. Los zapatos eran blandos, abotinados, marrones oscuros, por cierto alemanes, como la demás ropa. Ella me miró con un poco de admiración y también sorna, pero en el acto leí en sus ojos que sabía adonde me dirigía y lo que pensaba hacer, ¡lo sabía! ¿Cómo lo supo? No tengo la menor idea. Estoy seguro que lo supo, desde ese momento, y lo supo después, como me lo haría notar al día siguiente cuando nos encontráramos de nuevo.&lt;br /&gt; Para hacerla corta diré sólo que me acosté con Anapaula, y todo fue bastante mágico también. Encontré sin mucha dificultad su linda casita, justo en el ángulo sur del barrio Autonomía. Ella amamantaba a su chiquita con la puerta abierta cuando me presenté como una aparición en la entrada del jardín. No hizo falta explicar a qué iba. Comimos una pizza muy sabrosa con cerveza, nos bañamos juntos, y enseguida nos tiramos desnudos sobre un gran colchón que había en el suelo, mientras su chiquita dormía apaciblemente. Luego fuimos a dormir en su pequeña cama, junto a la cunita, pero yo me sentí incómodo enseguida y me fui como a las cinco. Desayuné en casa de mi padre y regresé a Rodeo enseguida.&lt;br /&gt; Pasé a saludar a Oona que me miraba de arriba a abajo, de soslayo, y me hacía saber sin necesitar del idioma que se daba cuenta de todo... y no lo aprobaba. Aunque también quería mostrarse indiferente al asunto, como diciendo: &quot;allá él&quot;.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Se hizo frecuente en las noches posteriores que fueran a mi casa a cenar &quot;a la canasta&quot; Oona, Holger, Lorena, con acompañantes que variaban (profesores de visita, apicultores, socios, amigos, miembros de la comisión directiva, otros alemanes, etcétera). Había sido una iniciativa de ellos que aparentemente se proponían institucionalizar. A la cuarta vez el asunto me hartó; yo tenía interés en Oona pero no en convertir mi preciosa soledad en una jarana, con un montón de tipos y tipas que me molestaban, quedándose hasta la una o dos. Así que luego de eso comencé a eludir el dispensamiento de mi casa, y tampoco acepté cuando me invitaban a otro lugar. Una tarde, como a las seis, había cerrado la puerta delantera y me había puesto a mirar mis ojos con un espejo redondo, apoyándome sobre la mesa de dibujo. Eran muy oscuros, desde la infancia mentados como extrañamente magnéticos. Levantando la mano, traté de aplacar mi peinado. Mis pelos eran como mis pensamientos. Desordenados, en ondas que se elevaban formando agudas olas, representaban por aquellos tiempos el caos que se movía en mi interior. Mi rostro, por lo demás, estaba tan quemado por el sol que casi alcanzaba el marrón, al igual que el resto de mi cuerpo. Estaba sólo con el calzoncillo puesto. No imaginé que alguien podría dar la vuelta, por eso no me había molestado en cerrar la puerta de madera. Me sobresalté cuando Oona asomó la cabeza, acompañada por Holger. Ella preguntó con regulada timidez si íbamos a cenar juntos aquella noche.&lt;br /&gt; -No, gracias, quiero estar solo...- contesté, un poco fastidiado. De tal modo cesaron pues las concurridas reuniones nocturnas, a muy poco de haber comenzado.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;* Debo aclarar esta frase para evitar confusión. No era habitual que &quot;tuviese ganas de acostarme con una mujer&quot; e inmediatamente la obtuviera. Por el contrario, a principios de 1989, venía de un largo período en el cual:&lt;br /&gt; 1) Desde 1976 a fines de 1982 -siete años- los había pasado en la cárcel, sin relación sexual ni sentimental con mujeres de ningún tipo.&lt;br /&gt; 2) Salí de allí sólo para restablecer mi convivencia con Lucía, un acuerdo efectuado por deber, durante cuya duración -pese a mis esfuerzos en contrario- no me sentía atraído en absoluto por ella (y por tanto los esporádicos acoplamientos con mi esposa legal constituían otras tantas frustraciones, sólo justificadas en mi consciencia por el posterior nacimiento de mis tres hijas).&lt;br /&gt; 3) Durante los primeros cinco años desde mi salida de la cárcel resistí con estoicismo toda oportunidad de relacionarme sentimentalmente con otra mujer que no fuese Lucía (pese a que tenía frecuentes oportunidades, debido a mis trabajos como profesor y artista). Sólo en 1987 establecí una brevísima relación con una hermosísima mujer de 30 años -yo tenía 37 entonces-, bonaerense, que fue como una iluminación (descripta en El Veranito de San Juan): estaba desperdiciando mi vida, pensé. Pues aunque no hubiese tenido relación alguna con muchachas en todo el lapso anterior, Lucía me atormentaba con sus celos (más que ellos creo que era su indignada reacción a la sola posibilidad de que alguien osara codiciar un &quot;objeto&quot; -yo- que consideraba de su propiedad). Entonces me liberé.&lt;br /&gt; Mas tampoco es que salí a buscar mujeres -mucho menos prostitutas, actitud que desde la adolescencia había eludido con repugnancia-, sino solamente cambié de actitud. En ese panorama es que apareció Anapaula, a quien conocía desde unos cuatro años antes -cuando era una muchachita apenas de diecisiete años, hermosa, rotunda, novia de Horst, el alemán que viajara con nosotros al Norte-; nuestra relación se había ido haciendo cada vez más fraterna, primero; luego decidimos ceder, de común acuerdo, a la atracción complementaria que entre nosotros surgía. Por una sola vez... y es la que se menciona un poco al pasar en este capítulo. Luego nos encontraríamos en la calle, esporádicamente. Hasta el día de hoy -aunque muy pocas veces nos vemos- seguimos tratándonos con el mayor respeto y el afecto que corresponde a una amistad que ninguno de los dos consideró vulnerada. Creo que aquel leve intento de su madre por &quot;responsabilizarme&quot;, narrado aquí, fue sólo una reacción espontánea de Anapaula, quien no podía ignorar mi creciente atracción hacia Oona, y actuó como una bella mujer desairada.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; &lt;b&gt;En el rubor de la oración&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt; Una tarde, luego de que ella guiara en un breve paseo a cierto grupo de alemanes jóvenes que habían llegado de paso, logramos escaparnos por un rato solos hacia el canal. Era un momento magnífico, aquel en que las luces del día comienzan a difuminarse bajo el tenue abrazo del crepúsculo; las plantas parecían respirar aliviadas luego de un día caluroso, algunas garzas se elevaban graciosas indicando la presencia de esteros entre la vegetación, la vida de los millones de insectos, pájaros, pequeños armadillos, cuises, ranas, bullía con suave ronroneo a nuestro alrededor. Caminando serenamente extasiados por el momento llegamos al hermoso canal, casi tan ancho como un río, por donde transcurría un agua procelosa, transparente, con apenas perceptible rumor. No habíamos terminado de situarnos en el lugar, contemplando los hermosos colores rojizos, amarillentos, violáceos del cielo, no había terminado de preguntarle de qué signo era y me preparaba para empezar a profundizar un poco, al fin libres de los acechos y acosos constantes que nos rodeaban todo el tiempo, nuestra evidente afinidad, cuando escuchamos un tumultuoso repiquetear de cascos, un fragor de ramas quebradas, y vimos una polvareda que precedió a la aparición de dos jinetes, en la ribera opuesta, uno de ellos que nos gritaba:&lt;br /&gt; &quot;¡Al fin los encontramos! ¡Los estábamos buscando!&quot;&lt;br /&gt; Era el imbécil de Holger, montando un caballo, acompañado por Lisandro en otro, que nos urgía:&lt;br /&gt; &quot;¡Regresen! ¡Regresen enseguida! ¡Pronto va a oscurecer!&quot;&lt;br /&gt; ¿Necesitábamos que algún estúpido nos avisara que iba a oscurecer? Comprendí sin embargo que el milagroso momento estaba roto; me entregué a la fatalidad, y cabizbajo, rengueando un poco aún junto a ella, regresé. Un pensamiento fugaz se introdujo de improviso en mi imaginación. ¿Y si ella era una reencarnación de Laura?... ¿Esto era posible?... ¡Sus fechas de nacimiento casi coincidían: Oona, el 9 de octubre; Laura: el 10!... Por ese entonces no sabía casi nada sobre la reencarnación, pero por un momento me sugestionó la idea.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; &lt;b&gt;Una noche de luna&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt; Pocos días después iba a suceder uno de los momentos más hermosos. Fue, si la memoria no me falla, el 14 de enero. ¿En qué momento habíamos concertado cenar juntos, solos ella y yo? No puedo precisarlo. El plomo de Holger había tenido que viajar a Tucumán, por algunos días. Tampoco estaban los otros alemanes, que se habían ido a Santiago. Por las vacaciones no había alumnos ni profesores.&lt;br /&gt; Sólo recuerdo que esa tarde, cuando ella pasó en bicicleta por la oficina de la curtiembre, donde yo trabajaba, me preguntó si me gustaban los panqueques, pues proyectaba preparar eso para convidarme. Le dije que sí, me encantaban. Entonces se fue a buscar su correspondencia, y comprar los ingredientes necesarios, hermosa con su pelo recién lavado, la mochila negra cruzada a la espalda, cual libélula antropomórfica en su bicicleta de carrera, que la obligaba a agacharse un poco para volar contra el fulgor del horizonte, por la ancha avenida de tierra apisonada que conducía a la ciudad. Debía esperarla en casa a las ocho y media, me pidió que preparase una sartén.&lt;br /&gt; Puse la mesa en el patio trasero, allí donde a cincuenta metros comenzaba el monte. Guardé dos porrones de cerveza en el congelador.&lt;br /&gt; A las ocho y media en punto llegó, pero para decirme que mejor fuéramos a comer en su casa, pues había invitado también a Peter Schmergen. Me fastidió tanto que no lo pude disimular.&lt;br /&gt; -¿Por qué a Peter?- pregunté, escandalizado.&lt;br /&gt; -No pude evitarlo... me vio llegar con los huevos y preguntó qué iba a hacer... me dijo que la Chicha había viajado y él también está solo... entonces le he dicho &quot;ven a comer&quot;...&lt;br /&gt; -Escuchame bien, Oona, yo quiero cenar con vos y no con Peter Schmergen... -mascullé, rencoroso- así que decile a Peter Schmergen cualquier cosa y venite a comer aquí, como me lo habías prometido -la intimé.&lt;br /&gt; -Oh, me da mucha pena de él...&lt;br /&gt; -No se va a morir por comer solo -minimicé-. Pero bueno, haz lo que quieras. Si quieres vete a cenar con él, no te preocupes por mí. Vete tranquila -espeté, dando por terminada la discusión.&lt;br /&gt; -Veré qué hago -dijo y se fue.&lt;br /&gt; Como a los diez minutos regresó, trayendo una bolsa con los ingredientes para cocinar. Con mucha eficacia hizo todo; enseguida los panqueques estaban listos para servirlos. Fuimos al patio, pues; para entonces, la luna alumbraba tenuemente, coronando de plata las copas de los árboles.&lt;br /&gt; En esos días había comenzado a transmitir una FM en Rodeo. Fue un regalo de los cielos. Desde las 9.00 ponían música suave, romántica, boleros o rock lentos, con bastante gusto. La fidelidad era perfecta.&lt;br /&gt; Hablamos de pocos temas, con alguna dificultad, pues ella aún tenía problemas con el lenguaje. Le ofrecí ayudarle a manejar el castellano, que practicaba con un manual. Concertamos encontrarnos para ello dos veces a la semana, desde las 8, en mi casa. Pusieron &quot;Toda una noche contigo&quot;, de Banana Pueyrredón y la invité a bailar. Nos levantamos, yo con alguna molestia en el pie aún, y tomándonos suavemente bailamos con lentitud bajo la luna, sobre el piso de tierra, unos dos metros cuadrados que separaban la mesita con la puerta. Veinte centímetros nos hubieran bastado, pues apenas nos movíamos, cadenciosamente, casi en el mismo lugar. La música era una excusa para abrazarnos. (Oona no se pintaba. No usaba perfumes. Sólo se lavaba al parecer con esencias vegetales que guardaba cuidadosamente, traídas consigo al viajar a la Argentina. Por alguna referencia casual sé también que de vez en cuando las recibía de su padre, por correo. De su cuerpo emanaba pues un aroma suavísimo, en todo armonioso con el de la tierra y los árboles.) Con dulzura, ella fue reclinando su cabeza sobre mi hombro. Nacho Rasquides * se portaba como un dios, lanzando temas uno tras otro, sin la más mínima interrupción. La selección era extraordinaria: Daniel Río Lobos, Roberto Yanés, Tito Rodríguez... Estuvimos allí... cerca de media hora, sin separarnos. En cierto momento su cabello suavísimo se metió en mi boca; ella lo notó y para apartarlo movió un poco la cara: su mejilla ardía. Con este movimiento la comisura derecha de sus labios quedó exactamente rozando los míos: entonces corrí un poco la cara y puse con serena determinación mi boca a cubrir la suya. Fueron instantes, minutos, no sé cuánto tiempo de elevación celestial. Hasta que repentinamente ella se separó y se sentó ante la mesa, a llorar.&lt;br /&gt; Le caían las lágrimas suavemente, mojando el bello rostro, que se le había puesto carmesí. Farfullaba palabras alemanas junto con otras españolas en confusión, mientras trataba de secarse el incesante flujo con un pañuelo pequeñito.&lt;br /&gt; -¡Estoy mal!... ¡mucho tiempo lejos de mi tierra!... ¡He hecho esto porque me siento sola! -más o menos es lo que intentaba decir (o al menos lo que yo entendí). Pero, ¡mucho tiempo lejos de su tierra! Si había pasado menos de un mes y medio desde que viniera...&lt;br /&gt; -Debo irme ahora-, expresó al fin, levantándose. Entró a la cocina y se puso a embolsar sus cosas. Cuando hubo terminado se dio vuelta para retirarse. Pero yo, que la ayudaba desde su costado, con aquel giro quedé frente a ella; y otra vez, tomándola por la cintura, la besé. Otra vez se abandonó al dulzor, una nueva corriente de energía benéfica nos recorrió, pero sólo por unos pocos segundos; nuevamente brotaron las lágrimas.&lt;br /&gt; -¡No llores, por favor!... -le rogué.&lt;br /&gt; -¡No! ¡no!-, decía-: ¡yo no puedo hacer esto!...&lt;br /&gt; -¿Tienes novio? -le pregunté.&lt;br /&gt; -¡Sí! ¡Tengo novio! ¡En Alemania! -contestó.&lt;br /&gt; Finalmente salió con rapidez y se fue. Logré llegar a la puerta para ver su esbelta figura blanca perderse en la oscuridad, entre los árboles que bordeaban el puente, camino a su casa.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; * El dueño de la nueva radio.&lt;/p&gt;
</content>
</entry>
<entry>
<author>
<name></name>
<uri>http://adios.blogspirit.com/about.html</uri>
</author>
<title>Capítulo 3</title>
<link rel="alternate" type="text/html" href="http://adios.blogspirit.com/archive/2005/07/15/capítulo-3.html" />
<id>tag:adios.blogspirit.com,2005-07-15:211433</id>
<updated>2005-07-15T05:16:46-03:00</updated>
<published>2005-07-15T05:16:46-03:00</published>
<summary>  Mis hijas    Eran chiquitas. Eran hermositas. Eran mis hijitas. El amor...</summary>
<content type="html" xml:base="http://adios.blogspirit.com/">
&lt;b&gt;Mis hijas&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt; Eran chiquitas. Eran hermositas. Eran mis hijitas. El amor fraterno y el amor a Dios de que habla Erich Fromm se habían concentrado en mi alma hacia ellas. El amor a la vida, el amor a la naturaleza, la quintaesencia de tales sentimientos animaban mi corazón con relación a ellas.&lt;br /&gt; Eran tres chiquitas hermosas, vitales, sanas. Lo eran también porque las amaba -las amábamos- sin condicionamientos.&lt;br /&gt; Las amaba tanto por haber conocido el miedo, la culpa, la muerte. Por haber padecido el dolor infinito de haber hecho daño y haber sufrido el horror hasta abismos tan crueles, que la existencia pasó a convertirse para mí en un perpetuo milagro.&lt;br /&gt; Lucía las amaba por haberlas llevado dentro, por conocer también el dolor extremo, la prisión, el terror. Al igual que yo había pagado un alto precio para aprender que el amor debe cumplir determinados requisitos para llegar a hacerse eficaz. Y no quería por nada dejar de aplicar las enseñanzas que la existencia había grabado con fuego en su conciencia. En esto nos parecíamos extraordinariamente.&lt;br /&gt; Ningún itinerario de existencia que no incluyera a nuestras hijas tenía sentido, en mis pensamientos. Por ello también la imposibilidad de alejarme de Lucía, aunque me doliera hasta la médula cada hora compartida, por causa de nuestra aversión. Se explica también que me estaba vedado cualquier proyecto individual, tanto en el plano de los sentimientos como en cualquier otro de la actividad humana, salvo que pusiera a mis hijas como su centro.&lt;br /&gt; Es oportuno agregar que las diferencias con Lucía no eran porque yo la considerase una mala persona. No me cansaré de decir que Lucía es una mujer excepcional. En todo sentido. Lo nuestro era algo diferente. Podríamos haber sido amigos, compañeros de militancia -como lo fuimos- o de trabajo -formábamos un excelente equipo-; pero no un matrimonio. El vernos obligados a convivir en matrimonio era precisamente lo que provocaba el sufrimiento mutuo, no alguna característica maligna de ninguno de los dos.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; &lt;b&gt;Se acumulan las energías&lt;/b&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Una mañana la cocinera escandinava me increpó en el pueblo. Accidentalmente pasé por cerca de su casa y me detuvo con gesto decidido. Era una mujer delgada, fuerte, debió de haber sido atractiva antes de que la edad o los contratiempos la convirtieran en este ser nudoso, fumador, tenso, como ahora se la conocía. Pese a ello se había dado maña para enmaridarse con un policía, su pareja estable hoy, un tipo grandote, gordo, sucio y bonachón que le había dado otro hijo.&lt;br /&gt; Sus ojos muy azules se proponían dominarme cuando habló:&lt;br /&gt; -Me ha dicho la Anita que usted anduvo en su casa unas noches atrás.&lt;br /&gt; -Así es -contesté, sin bajarme de la bicicleta.&lt;br /&gt; -También me ha dicho que ha intentado propasarse con ella. Yo no sé qué va a decir doña Lucía si le comunico esto.&lt;br /&gt; -Mire, lo que diga doña Lucía le corresponde a ella y me tiene sin cuidado -repliqué con tono cortante-. Si usted quiere decirle algo, sabe dónde encontrarla. En cuanto a su hija, tiene 21 años. Ya es mayor de edad. No hablaré con usted nada más sobre esto.&lt;br /&gt; Ella se quedó sin palabras. Consciente de mi victoria psicológica, me despedí con helada formalidad. Que me tuviera sin cuidado la reacción de Lucía era una gigantesca mentira. Por el contrario, tiemblo sólo en pensar el escándalo que hubiese hecho si hubiera sabido de esto. Pero la parada me salió bien, y la mujer no insistió.&lt;br /&gt; Anapaula no era una meretriz; por el contrario, su belleza y cierta &quot;alcurnia&quot; familiar la ponían en condiciones de integrarse sin dificultades a los sectores medios de la sociedad. Hasta en su fugaz encuentro conmigo se manifestó su karma, sin embargo. Pues en vez de constituir para mí un elemento importante como se merecía, dado que era una hermosa mujercita, educada y joven, nuestro acoplamiento fue un juego casual; nunca más regresé, ni afecté el menor interés por ella cuando eventualmente la encontré por ahí. Mi imaginación o afanes se orientaban con naturalidad, tal como lo harían las partículas de una tolvanera, únicamente hacia Oona. Como en el Mäelstrom, el vórtice de mi energía psíquica personal giraba entonces con ella ubicada en el centro, sin que yo pudiera -ni me propusiera- evitarlo. El infortunio atávico de Anapaula había determinado, pues, que su vigencia efímera coincidiese justamente con el inicio de aquel altísimo condensador de energía biológica que se estaba formando tras el encuentro entre Oona y yo. Pequeña competencia, por otra parte, resultaba la muchacha de Beltrán, corporalmente codiciable, pero de baja irradiación psíquica e inteligencia difusa, ante la vertiginosa luminosidad natural de la alemana y el gigantesco poder de su pensamiento.&lt;br /&gt; Al regresar Lucía y las niñas desde Córdoba, la ecuación psíquica ya entablada había puesto en movimiento una intensísima corriente cósmica tendiente a unirnos, mientras que debido a los sucesos recientes o dudas conceptuales nuestros cuerpos ofrecían tenaz resistencia logrando -como la espiral de alambre que detiene un flujo de electricidad- sólo multiplicar la potencia acumulativa de aquella atracción.&lt;br /&gt; Durante un breve periodo nos evitamos, yo con un poco de vergüenza y temor de que Lucía notase mi embeleso, ella tal vez por prudencia, por lealtad a su novio alemán, por escrúpulos de su conciencia católica... no sé, nunca me lo dijo. Pero pronto se presentaría otra oportunidad de estar muy cerca.&lt;br /&gt; Con Lucía y las chiquitas había venido Daniela, hija que no criáramos pues habíamos estado presos casi desde que naciera hasta sus siete años. Al momento tenía trece, y aún vivía con su abuela en Córdoba. Para agasajarla, quise llevarla un sábado por la noche al Festival del Tomate que se hacía en Forres, a unos quince kilómetros de distancia. Por casualidad Oona y Holger habían invitado al mismo festival a tres alemanes jóvenes que nos visitaban. Decidimos ir juntos. Esa noche tomamos bastante, y pese a que ella se resistía, la saqué a bailar apenas pusieron música (chamamé, cumbias, etcétera). Aprovechando su torpeza en el baile, la apretaba mucho -y ella trataba de evitarlo. Tanto Holger como Daniela notaron mis intenciones; el alemán nos sacó muy temprano de la fiesta -a eso de las tres-. Eso me enfureció. Ya caminando por el húmedo césped de la banquina hacia nuestras casas, protesté a Oona mi insatisfacción, por haber tenido tan poca oportunidad de estar con ella esa noche.&lt;br /&gt; -La vida tiene muchos días-, dijo suavemente. Esa respuesta me encantó, me hizo pensar que quienes deben aprender nuestro idioma con esfuerzo pueden manejar con mayor precisión y belleza las palabras.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Habíamos seguido cumpliendo los compromisos asumidos: por ejemplo, las clases de castellano. Fue precisamente durante una de ellas que se suscitó una escena incómoda con Lucía y tal vez su primera sospecha de un afecto especial entre Oona y yo. Había llegado a las 8 de la mañana -Lucía salía a las ocho menos cinco hacia las oficinas, a unos trescientos metros de distancia. Estuvimos trabajando sobre los verbos y su conjugación. Hasta que nos perdimos en nuestras auras. Yo tenía una oficinita que había construido en la casa junto al dormitorio grande -para Lucía y las chiquitas- y al mío. En aquella oficinita sólo había libros ordenados en estantes, y una mesita angosta donde escribía. En aquella parte de la casa la pared se combaba, insinuando un abrazo sobre nosotros, que sentados una frente al otro recibíamos la luz de la mañana por una ventana gótica que nos mostraba el panorama bellísimo de la acequia, los árboles florecidos, el campo, donde crecían miles de plantitas de cebolla, tomates, alfalfa, frutillas, ordenados en anchos recuadros, en el caso de las frutillas cubiertas por prolijas casitas artificiales. Nos habíamos sentado sólo con la angosta mesita en medio, por lo cual sus piernas largas se apoyaban de vez en cuando contra las mías. Yo las mantenía abiertas, y ella había ocupado el espacio colocando sus piernas allí. Como nos sucedía cuando estábamos juntos perdimos la noción del tiempo. Pasaron las nueve, hora en que debía irse, cuando dejamos completamente de hablar y nuestros cuerpos etéricos se fundieron, bajo el resplandor del aire matinal filtrado por una malla blanca puesta en la ventana para evitar bichitos. Mudos, nos limitábamos a mirarnos, sin atrevernos a hacer otra cosa. Sus piernas se abandonaron contra las mías por debajo de la mesa. Era el único contacto corporal que teníamos pese a que sus manos, sobre la mesa, estaban apenas a uno o dos centímetros de las mías. Sus ojos celestes muy abiertos se fijaban sin pestañear sobre mis ojos, sus labios se abandonaban en una dulce expresión de paz; nada más que eso, pero éramos felices, magnéticamente unidos; habíamos logrado el equilibrio perfecto que buscan los&amp;nbsp; yogas, la beatitud, entre los dos.&lt;br /&gt; En ese momento entró Lucía.&lt;br /&gt; Se detuvo como si hubiese chocado con un muro transparente, en la puerta. Luego profirió, dirigiéndose a mí con tono casi de insulto:&lt;br /&gt; -¿Qué esperas para ir a la oficina? Son las nueve y veinte. Hay apicultores esperándote allí.&lt;br /&gt; Ni Oona ni yo hicimos comentarios. El día se había nublado, había un vientecillo agradable y mucha electricidad en el aire. Todavía un poco absortos, ella caminó hacia su casa; yo tomé una bicicleta para llegar más rápido a las oficinas.
</content>
</entry>
<entry>
<author>
<name></name>
<uri>http://adios.blogspirit.com/about.html</uri>
</author>
<title>Capítulo 4</title>
<link rel="alternate" type="text/html" href="http://adios.blogspirit.com/archive/2005/07/15/capítulo-4.html" />
<id>tag:adios.blogspirit.com,2005-07-15:211427</id>
<updated>2005-07-15T05:15:06-03:00</updated>
<published>2005-07-15T05:15:06-03:00</published>
<category term="Books" scheme="http://www.blogspirit.com/ns/types#category" />
<category term="Arte" scheme="http://www.blogspirit.com/ns/types#tag" />
<summary>  Pequeñas contrariedades    Después de esa mañana Lucía se puso más agresiva...</summary>
<content type="html" xml:base="http://adios.blogspirit.com/">
&lt;b&gt;Pequeñas contrariedades&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt; Después de esa mañana Lucía se puso más agresiva y desconfiada. Oona se dio cuenta y suspendió las clases de castellano, con la excusa de que debía trabajar mucho para inaugurar la guardería a fin de mes.&lt;br /&gt; Por otra parte, era cierto que mi carácter había cambiado demasiado como para que mi esposa no sospechara. De hosco y antisocial, me había vuelto abierto a las visitas ahora, extraordinariamente dispuesto para salidas o fiestas. Claro, cada reunión me permitía nuevas oportunidades para estar con ella.&lt;br /&gt; Pese a ello traté de reducir mi participación en sus reuniones. La contención actuó como un disparador posiblemente, pues una noche en que Oona había organizado unos inocentes juegos, destinados a niños, pero invitándonos a participar a Peter Schmergen y a mí, luego de unos minutos de aceptación desbaraté con toda conciencia las normas, ridiculizando como si fuese una estupidez todo aquello, y sin escuchar sus dolidas protestas me fui.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; &lt;b&gt;La Tablada&lt;/b&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Enero terminó peligrosamente para nuestra familia. De una manera que nos resultó pasmosa, un grupo de guerrilleros jóvenes había intentado tomar un regimiento en Buenos Aires; se había suscitado una carnicería. Lo peor era que conocíamos a esos guerrilleros: hasta poco más de un año atrás habíamos integrado su movimiento -incluso, uno de ellos se había alojado en nuestra casa. Recién luego de algunas horas llegamos a tomar conciencia de la gravedad de la situación.&lt;br /&gt; Estábamos en el complejo principal de la Stiftung, Lucía en las oficinas, yo revisando con los obreros un cargamento de pieles, o algo así, cuando escuché por la radio las primeras noticias sobre un enfrentamiento armado en un regimiento importante. Pedí al curtidor que subiese el volumen, pero difundieron muy poca información; todo era confuso, la policía había rodeado el lugar, se tiroteaban con los atacantes, que resistían desde el interior del cuartel. Era temprano: como las ocho y media.&lt;br /&gt; Como hacía poco se habían sucedido los levantamientos militares conducidos por los coroneles Rico y Seineldín, quienes no habían sido castigados severamente, además de mantener su estructura de poder militar intacta, di por sentado que se trataba de ellos otra vez.&lt;br /&gt; Pero a las diez de la mañana el tiroteo continuaba; a la policía se habían sumado fuerzas del ejército, bombardeaban con bazukas a los atrincherados, los helicópteros artillados les lanzaban ráfagas; ese lugar de la ciudad era un infierno. Regresé a casa y encendí el televisor. Las imágenes que vi me sobrecogieron: pronto iban a salir los combatientes vencidos, se había llegado a un acuerdo, luego de haberlos cercado. Pero sobre los senderos del regimiento habían quedado numerosos cadáveres, de hombres y mujeres muy jóvenes, de civil. Las cámaras comenzaron a mostrar algunos rostros de los muertos y se difundieron sus nombres. Me estremecí al reconocer entre ellos a varios de mis compañeros del movimiento Todos por la Patria. ¡Cómo podía ser! ¡Nunca se había hablado de construir una guerrilla, mientras permaneciéramos allí! Pero recordé que una de las causas de nuestro alejamiento había sido precisamente el reconocer un cierto tufillo belicista en el lenguaje de algunos dirigentes, que lo habían sido a su vez del ERP, varios años atrás. ¡Oh, ¿podían ser tan locos?! No me cabía en el pensamiento esa posibilidad, pero era real, las imágenes de la televisión mostraban aquella trágica posibilidad concretada, evidentemente.&lt;br /&gt; Comencé a caminar meditabundo pues la noticia me había conmocionado. Oona forraba carpetas con figuras para sus niños cuando entré. Quería hablar con alguien. Esta vez no sentía la menor inclinación afectiva hacia ella, mi mente había suspendido toda sensación salvo el preciso discurrir de los razonamientos, ahora necesitaba un interlocutor para ordenar un poco más las ideas. Oona no sabía nada del asunto. Tuve que explicarle que nosotros habíamos estado presos siete años durante la dictadura militar por nuestra actividad revolucionaria (bueno, eso ya lo sabía, dijo, &quot;¿estos son tus compañeros?&quot;). Había comprendido, por fin. Ese era el asunto. Eran mis compañeros. Y ahora quienes estaban o estuvimos relacionados con ellos, corríamos peligro en todo el país. Conocíamos por haberla padecido la ferocidad de la represión; miles de compañeros y compañeras desaparecidas, torturadas, asesinadas sin piedad por los militares no permitían imaginar un desenlace idílico para esta emergencia. Me fui tal como vine pues quería sintonizar alguna radio de Santiago. La policía estaba actuando rápido: ¡habían allanado la sede del MTP! Por el momento no habían detenido a nadie pero sus dirigentes permanecían bajo vigilancia.&lt;br /&gt; Mi relación con este movimiento había surgido al reencontrarme con un viejo compañero de militancia en Buenos Aires, durante un viaje que hiciera hacia fines de 1985. Por entonces tratábamos de construir en Santiago, con algunos dirigentes agrarios, un partido nuevo. Por nuestra debilidad se había aceptado un frente con el Partido Intransigente, pequeño también aunque con una estructura nacional, pero la gente del MTP fue terminante a la hora de fijar condiciones para nuestra incorporación: debían cortarse los lazos con el PI, &quot;un partido burgués&quot;. Tampoco les interesaban alianzas con otros sectores de la izquierda, comunistas o del MST: &quot;reformistas superados por la dinámica revolucionaria ya en los años 70&quot;. Sabía que eran los mismos compañeros con quienes emprendiéramos nuestras gestas veinteañeras, mejor dicho, sus sobrevivientes. La cuestión me entusiasmó, por orgullo ante la capacidad de recuperación de nuestras fuerzas, a las que prácticamente se había considerado aniquiladas, pero también porque veía un programa mucho más maduro en la construcción de este nuevo movimiento.&lt;br /&gt; En la Argentina se había necesitado un nuevo movimiento político desde los años 60. Nosotros fuimos ese movimiento, pero el adherirnos fatalmente a una política armada había permitido nuestra derrota. Los mismos políticos corruptos que gobernaban el país cuando intentáramos cambiar las condiciones que nos llevaban indefectiblemente al abismo, los Cafiero, los Ruckauf, los Storani, habían regresado con las elecciones, dotados de mayores mañas y endurecidos por su connivencia de casi una década con los asesinos militares.&lt;br /&gt; Reiniciar la lucha, a tan poco tiempo de terminada la tragedia, era entonces no sólo una magnífica demostración de valentía, sino tenía un contenido político que abría grandes posibilidades de crecimiento entre el pueblo. Ello fue así, precisamente. Me impresionó mucho, a fines de 1986, comprobar la masividad que estaba adquiriendo el MTP en Córdoba y en Buenos Aires.&lt;br /&gt; Hacia abril de 1987 mi instinto me avisó que algo inconveniente sucedía, sin embargo. Y durante un viaje a Córdoba se confirmaron mis temores. Me encontré con un compañero que había sido un alto dirigente del ERP en la década pasada, y su discurso me erizó la piel. Hablaba constantemente de que los militares se preparaban para dar un golpe... y de que había que pararlos. Me pareció decodificar de entre sus palabras que ese &quot;pararlos&quot; representaba algún tipo de voluntad armamentista, pues hacía alusiones veladas a que &quot;a algunos compañeros es difícil contenerlos&quot; y de rumores acerca de ciertas regionales que habían decidido acopiar armas (por cierto, &quot;para defenderse&quot;). Espantado, apenas regresé le dije a Lucía que debíamos alejarnos de este movimiento. Esa misma tarde, cuando nos visitó un dirigente del partido local le comunicamos esta decisión, alegando cuestiones de trabajo, de mis novelas sin terminar, de las necesidades familiares, en fin. No le gustó nada; habíamos recorrido el campo durante todo el año pasado organizando trabajosamente nuestro partido. Insistí afirmando que era mejor que nos alejáramos, antes de continuar a desgano. Lo entendió finalmente, y no regresaron.&lt;br /&gt; Pero ¿sabría esto la policía?... Mi nombre había aparecido en durísimas solicitadas, repudiando los intentos militares, como dirigente del MTP. Y como dije, en todas las actividades públicas del partido había participado... hasta 1987. Sin embargo, mi alejamiento no era algo que se hubiera hecho público. Al menos eso era lo que yo creía.&lt;br /&gt; Mi preocupación iba adquiriendo mayor intensidad a medida que avanzaba el día y las noticias adquirían una trágica precisión. Ellas mostraban la horrible masacre sucedida luego del asalto al cuartel por unos 50 guerrilleros, armados como nunca lo habíamos estado en la etapa anterior, con ametralladoras pesadas ¡y bazukas lansamisiles! En el acto se me despertó un pálpito: ¡Gorriarán Merlo!..&lt;br /&gt; &quot;¡Maldito demente!&quot;, pensé. Él era el único capaz de haber organizado esto. Había huido indemne de la lucha durante la dictadura militar, para ir a combatir con mucho armamento en África, en Nicaragua. Más tarde con su grupo habían destrozado a Somoza, haciéndole una emboscada callejera en Paraguay. Precisamente el remate lo dio de un bazukazo que lo desintegró, un santiagueño, el &quot;Colorado&quot; Irúrzun. Pronto se comprobaría que Gorriarán Merlo había dirigido la operación por radio, desde una camioneta estacionada en un lugar suficientemente a salvo. Me sentí traicionado por este personaje, a quien consideraba un inmaduro, quizás por no haber padecido, como nosotros, la cárcel. De momento mis inquietudes fueron aumentando, y repentinamente me acordé que en la oficina tenía una gran cantidad de revistas, folletos, documentos de izquierda. Incluso varios del MTP. Corrí a buscarlos... los quemaría, pues si nos allanaban la casa -cuestión que evitaba pensar pero se presentaba como muy posible-, iban a ser pruebas en nuestra contra.&lt;br /&gt; Desde 1986 recibía regularmente varias revistas de Cuba; las consideraba un pequeño tesoro y las había coleccionado ordenándolas por temas en un estante especial. Me dolió mucho desprenderme de ellas. Pero lo hice. Como a las seis de la tarde, una oscura humareda se elevaba de mi pozo para la basura. Poco después no quedaba en nuestra casa ningún vestigio escrito de que alguna vez hubiésemos sido personas con ideas de izquierda.&lt;br /&gt; Hacia 1993 un policía de los Servicios de Investigación se vanagoloriaría, durante un encuentro que no pude evitar en la plaza de Santiago, que si no me habían detenido aquella vez se lo debía a él. Según fanfarroneó, apenas se produjo lo de La Tablada lo llamaron por teléfono para saber si consideraba conveniente que me fuesen a buscar. Siempre de acuerdo con su narración él les había dicho que no. Que mi esposa y yo éramos personas inofensivas, dedicados por entero a nuestros trabajos, a nuestra familia. Que hubiese sido un error molestarnos. Él nos conocía muy bien.&lt;br /&gt; Con su esposa se habían acercado a mí en 1986, durante la presentación de uno de mis libros. Ella era una maestra muy bondadosa y sensible, que escribía poemas bastante aceptables. Él me había dicho con brutal desparpajo que trabajaba en el D2 (el tenebroso Departamento de Informaciones, donde habían torturado y asesinado salvajemente a muchachos y chicas durante la dictadura). Pero en Rodeo estaba &quot;fuera de servicio&quot;, así que era como &quot;otra persona&quot;, según decía. En su repentino &quot;sinceramiento&quot; de la plaza me confesaría que en realidad le habían encomendado la tarea de vigilarme. Practicaba magia negra. No quise evitar el acoso a que nos sometía, por instinto de supervivencia, pero particularmente porque no había modo, sin ser grosero, de rechazar la relación profesional con su esposa. Jamás pudimos confiar en ellos, sin embargo. Todos sentíamos que nuestra ceremoniosa amistad era sumamente artificial.&lt;br /&gt; Lo más probable es que él pidiera instrucciones a sus jefes, apenas sucedió lo de La Tablada. Si le hubiesen ordenado que me detuviera, lo hubiera hecho en el acto - quizá con ese doliente placer que aqueja en apariencia a esta clase de tipos cuando cometen sus enfermizas crueldades-. Pero mi tío era asesor principal del gobernador y mi padre Secretario de Educación y Cultura en el Gobierno Provincial. Demasiado poderosos como para lanzarse contra alguien de su familia. Creo que eso fue lo que verdaderamente impidió que cayéramos en la cárcel por segunda vez.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Nota: Para más detalles sobre los sucesos de La Tablada, ver Anexo I.
</content>
</entry>
<entry>
<author>
<name></name>
<uri>http://adios.blogspirit.com/about.html</uri>
</author>
<title>Capítulo 5</title>
<link rel="alternate" type="text/html" href="http://adios.blogspirit.com/archive/2005/07/15/capítulo-5.html" />
<id>tag:adios.blogspirit.com,2005-07-15:211423</id>
<updated>2005-07-15T05:12:56-03:00</updated>
<published>2005-07-15T05:12:56-03:00</published>
<category term="Blog" scheme="http://www.blogspirit.com/ns/types#category" />
<category term="enespañol" scheme="http://www.blogspirit.com/ns/types#tag" />
<summary>  Disputas de carnaval    Habíamos entrado en febrero ya, había llegado el...</summary>
<content type="html" xml:base="http://adios.blogspirit.com/">
&lt;p&gt;&lt;b&gt;Disputas de carnaval&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt; Habíamos entrado en febrero ya, había llegado el carnaval. También otro alemán. Había venido solo, se quedaría dos o tres días pues proyectaba seguir hacia los cerros de Tucumán. Era prolijo, vestía como un oficinista y presentaba cierto parecido con Freddy Mercury. Me dio un poco de celos ver cómo mi amiga lo atendía, pero me lo tragué como pude. La primera noche de carnaval se generó un incidente desagradable. Para agasajarlo, Oona había organizado una fiesta en su casa. Luego de cenar y tomar mucho, nos pusimos a jugar con agua. Comenzamos tirándonos chorros de soda, con los sifones; luego los más jóvenes -dos profesores del pueblo que habíamos invitado, Lorena y una amiga-, tomaron baldes. Mojándonos así estuvimos un rato, hasta que a alguien se le ocurrió traer harina. En pocos minutos estábamos todos blancos. La redonda casita &quot;comunitaria&quot; se había convertido en un caos, corriendo unos tras otros -particularmente los hombres a las mujeres, pero también ellas a nosotros a veces- alrededor, para embadurnarnos y mojarnos más y más. Descansábamos apenas unos minutos para tomar cerveza y continuar. Hacía mucho calor. Alguien descubrió una caja con témperas y recomenzó el jolgorio, animados ahora por la posibilidad de pintarrajearnos unos a otros. Así lo hicimos hasta liquidar los pomos. Al alemán oficinista no le había gustado mucho el asunto, desde el principio. Yo había observado que Oona y Holger parlamentaban con él cuando empezamos a tirarnos agua, y también más tarde, para convencerlo de entrar en el juego. Al acabar con las témperas, noté que él llamó aparte a Oona y enseguida ella vino a anunciar que ... (no recuerdo cómo se llamaba) iría a bañarse, también se cambiaría y volvería para continuar con nosotros, pero solicitaba no jugar más.&lt;br /&gt; Ya lo habíamos olvidado cuando reapareció. Se había puesto una camisa mangas cortas, muy limpia, un pantalón claro, de raya impecable, atado con cinto de piel de serpiente, calzaba lustrosos mocasines, también de serpiente. Apenas apareció, Lorena -que estaba un poco borracha- gritó: &quot;a mojarlo, a mojarlo&quot;. El alemán se puso pálido, con desagrado farfulló algo en su idioma; nos dimos cuenta de que era algo agresivo porque Oona y Holger discutieron un poco molestos con él. De repente voló una bombita desde algún lugar; fue a pegarle justo en el pecho. Su camisa floreada adquirió súbitamente una oscura mancha, que se extendió enseguida hacia su vientre. El tipo gritó y se enojó mucho. Entonces le llegó otra bombita que esta vez pasó por cerca de su cabeza. Esto actuó como una señal, pues en el acto comenzaron a llover bombitas de todos lados sobre el alemán. Entonces sucedió una escena patéticamente risible. El hombre -de unos treinta años-, sufrió un ataque de histeria. Se tiró al suelo, comenzó a mezarse sus lacios pelos castaños mientras gritaba, voces que únicamente entendían Oona, Holger y los otros cinco alemanes -cuatro varones, una mujer-; los diez o doce argentinos que estábamos allí nos habíamos quedado quietos, sorprendidos. De repente se levantó, entró corriendo a la casa, y luego de unos cinco minutos emergió, otra vez cambiado, portando su maleta. Farfullando en su idioma descendió por el sendero que llevaba hacia el lejano portón con gran velocidad. Oona corrió tras él, llamándolo por su nombre. Cerca de la casa de Peter logró detenerlo unos minutos. Los vimos dialogar rápidamente, Oona empeñada en disuadirlo, él muy alterado. Finalmente giró bruscamente y se fue. Vimos a la muchacha rubia regresar cariacontecida para decirnos:&lt;br /&gt; -Se va definitivamente. Dice que irá a un hotel.&lt;br /&gt; A decir verdad yo me sentí aliviado. Porque me había molestado mucho verla conversar con él, varias veces, y llevarlo a pasear.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Hacia el fin del carnaval se suscitó otro incidente violento, esta vez con Lucía. Habíamos ido al corso. Estábamos Lucía, Daniela, las dos chiquitas y yo con una familia amiga, cuando vimos pasar a Oona, Holger y otros dos alemanes por el frente, entre la multitud. Enseguida empecé a porfiar para que fuésemos hacia aquel lado, y Lucía se enojó. Me dijo palabras agresivas, por lo cual, sin darnos cuenta casi estuvimos en cuestión de segundos enredados en una discusión a los gritos -pues la música fortísima de los parlantes, los tambores de las comparsas que desfilaban por la calle, los gritos de quienes dirigían el corso, impedían escucharnos lo suficiente. Con arrebato grosero la tomé del brazo, en cierto momento, e intenté arrastrarla hacia donde quería ir. Entonces noté que quienes fueran con nosotros (el policía civil y su esposa), su hijo y dos hijas adolescentes, junto a Daniela, nos miraban asustados. Las chiquitas ni se habían dado cuenta del asunto al parecer, divertidas por las comparsas. Con mucha vergüenza, solté el brazo de mi esposa, pero era tarde. Ellos habían escuchado nuestra violenta disputa, la salida se había arruinado. En todo el trayecto de regreso hacia su casa -pues las chicas, de su edad, habían invitado a Daniela a quedarse a dormir con ellas- sobrevoló el amargor de aquel incidente.&lt;br /&gt; Al día siguiente fui a buscar a Daniela, y la invité a desayunar en una confitería. Intenté explicarle por qué se suscitaban violentos incidentes entre Lucía y yo. Para ello historié mi terrible sentimiento de culpa cuando muriera Laura, lo cual, según mi análisis me había empujado irreflexivamente a casarme con la siguiente novia en gran parte para no correr riesgos de hacerle daño otra vez. Pero me enredé y terminé lagrimeando. Cuando creía que dentro de todo había explicado más o menos satisfactoriamente la cuestión, Daniela&amp;nbsp; hizo un comentario que me dejó descolocado:&lt;br /&gt; -Es linda Oona, ¿no?&lt;br /&gt; Se había dado cuenta de que me había enamorado de la alemana. ¡Seguramente todos se daban cuenta! Entonces me acometió una oleada de remordimiento. Lucía tenía razón, yo la estaba ofendiendo con mis actitudes públicas... ¡no tenía derecho a hacerlo! Me sentí muy mal. Estaba actuando como un crápula. Eso sentí. Entonces decidí -por primera vez- renunciar a Oona.&lt;br /&gt; No iba a poder. Nunca pude.&amp;nbsp;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;b&gt;Los artesanos&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt; En noviembre de 1986 habíamos viajado con Peter Schmergen, Horst y un estudiante salteño a los cerros Calchaquíes, llegando después hasta el norte de Salta. El objetivo principal era recoger piezas para exportar, que Schmergen compraba recorriendo diferentes comunidades marginales, desde los aborígenes wichi-matacos y tonocotés, hasta los artesanos que vivían, huyendo de la civilización consumista, dispersos entre los cerros. De paso dejaríamos a Horst en una pequeña comunidad hippie entre los cerros, donde estaba ayudando a construir una casa de piedra para un matrimonio, de quienes se había hecho amigo. Luego dejaríamos al alumno -cuyo nombre no recuerdo- con su familia, en Salta. Veríamos a Héctor Tuma en Amaicha del Valle, pasaríamos por las ruinas de Quilmes, donde había otra comunidad de artesanos. Nuestro itinerario debía continuar con la visita a un hermano de la esposa de Peter, en la ciudad de Salta. De allí teníamos que seguir hasta la Frontera de Salta, donde encontraríamos varias reservas de aborígenes de diversas etnias, hasta Mosconi, en el límite con Bolivia. En todas partes Schmergen tenía socios o personas conocidas que nos darían alojamiento. Entre los mencionados puntos principales, debíamos tocar una gran cantidad de pequeños pueblos, comunidades, o casas de artesanos aislados, que también esperaban nuestra visita. Nosotros les dejaríamos dinero, ellos entregarían diferentes artesanías: en plata, cobre, madera; tapices, hierbas medicinales, ropas de todo tipo, etcétera. Todo esto lo cumplimos sin problemas, salvo un accidente con la camioneta que me costó la quebradura de un dedo, al regreso.&lt;br /&gt; Empezamos por Tafí del Valle. A la hora que llegamos, luego de un largo trayecto por entre montañas con una vegetación paradisíaca, ya hacía bastante rato que había anochecido. Entre los cerros, reunidos alrededor de una alta fogata entre las piedras, parecían meditar un grupo de hippies, hombres y mujeres jóvenes, de aspecto taciturno, ateridos por el frío. De cabellos largos, casi todos pertenecían a razas de inmigrantes; provenían de Rosario, Córdoba, Buenos Aires. De eso me enteraría después. Muchachos rubios y castaños, mujeres de ojos claros. Todo se animó al llegar nosotros, pues Schmergen anunció que teníamos un chanchito en la camioneta, listo para ponerlo en la parrilla. Aunque casi todos eran vegetarianos dejaron sin remordimiento su dieta. Parece que habían trabajado todo el día y la comida les resultó muy suscinta: he ahí la razón de su saudade, pues apenas el humo del chanchito perfumó la atmósfera limpia bajo las estrellas, cundió la alegría y con una guitarra se pusieron a cantar temas emblemáticos de los `70 pacifistas. Estuvimos allí aquella noche y el día siguiente, partimos al atardecer. Por la mañana temprano las mujeres fueron a bañarse al río, que pasaba por entre las piedras unos cien metros para abajo. Ellos ponían a alguien de vigilancia para impedir que los extraños fuesen a mirar.&lt;br /&gt; Era un lugar paradisíaco. En aquella cova vivían tres familias, pero por separado -tal como si fuesen vecinos en la ciudad, sólo que con mayor distancia entre las viviendas. Por todos los cerros calchaquíes habían cientos de estas familias, viviendo con una actitud de respeto a la ecología, muchas veces vegetarianos o macrobióticos; huían de los reglamentos fijados por la civilización. Eran generalmente pacifistas, pero eventualmente ocurrían entre ellos reyertas graves, como se verá. Los más jóvenes iban desde los 19 a los 27 años,los mayores andaban por los cincuenta. Muchos niños habían nacido allí; eran criados bajo concepciones budistas, hippies, naturalistas, védicas o cristianas, como un grupo que visitaríamos más tarde. Solían ser muy individualistas, por lo cual evitaban normalmente las agrupaciones de más de tres o cuatro familias, y esto manteniendo una prudente distancia, como dijimos, entre sus moradas. Respetaban sus soledades, cada uno de ellos había tenido experiencias traumáticas en las grandes ciudades de donde provenían, por lo que solían ser hipersensibles. Los hombres usaban el pelo largo y barbas naturales; al igual que las mujeres, llevaban vestidos artesanales, anchos, floreados, casi todos fabricados por ellos. Normalmente iban un poco sucios -allí es imposible mantener el tipo de prolijidad acostumbrada en las ciudades-, algunos tenían el pelo apelmazado, lo cual fue tomado por mí como una increíble falta de higiene (muchos años más tarde mis hijas me explicarían que a esto llamaban &quot;rasta&quot; y era un tipo de ungüento que pegaba los pelos, dándole esa apariencia de grumo a los mechones). De tanto en tanto podían encontrarse entre aquellos cerros a suizos, alemanes, franceses, en fin, otros parias del modo de vivir occidental refugiados allí.&lt;br /&gt; Dentro de lo posible trataban de abastecerse de alimentos trabajando la tierra -también criando animales, en el caso de quienes no eran vegetarianos-, pero por fuerza necesitaban comprar algunas cosas, como harina, azúcar, a veces leche para los niños, remedios, en fin. Para ello trasegaban los cerros buscando piedras preciosas, que luego engarzaban en anillos, pendientes, collares, etcétera, hábilmente trabajados en bronce, cobre o plata. De vez en cuando se veían obligados a bajar a las ciudades, entonces, para ofrecer su mercadería.&lt;br /&gt; Schmergen les había solucionado en gran medida el problema -suscitado principalmente por su aversión a la gente de las ciudades -donde por otra parte solían ser discriminados u objeto de burla-, comprándoles dos o tres veces por año grandes cantidades de artesanías. Enseguida supe que se las adquiría a precio vil, comparado con lo que él obtendría luego en Alemania. Eran objetos de alta calidad artesanal, pues cada una de esas personas era un artista, amante de lo que hacía (muchos de ellos son, además, pintores, escultores, poetas, músicos) cosa muy evidente al ver las piezas y altamente valorada por el público europeo. Así, un anillo que Schmergen compraba a cinco dólares, por dar un ejemplo, era vendido allá por cuarenta, por lo menos. Al valor artesanal de la pieza Schmergen agregaba el sentimental, pues todo esto era presentado en Alemania como &quot;apoyo para una fundación que ayudaba a los pobres y aborígenes de América Latina&quot;, lo cual dotaba al negocio de un aura irresistible para sensibilizar alemanes con inquietudes de conciencia o sencillamente de personalidad generosa.&lt;br /&gt; Así es que Schmergen, dos o tres veces por año, recorría los cerros de Tucumán, Catamarca, Salta y a veces Jujuy y el Chaco, acumulando hermosas artesanías, para llenar los espacios que restaban en el contenedor tras cargar la miel de los apicultores miembros de la Stiftung.&lt;br /&gt; Hacer ese itinerario era una experiencia extraordinaria. Además de los lugares bellísimos, las originales personalidades de los artesanos creaban en cada caso situaciones particulares. Ello requería de gran elasticidad conceptual para quien debía visitarlos, pues encontraba circunstancias bastante diversas a cortas distancias, lo cual obligaba a adecuarse conceptualmente en muy poco tiempo. Por ejemplo, apenas luego de haber visitado a una familia de criollos oriundos del lugar, donde tomáramos mate con tortillas entre los cerezos -que allí crecían de un modo natural- entramos a la casita de una pareja de rubísimos hippies, quienes con cuyos tres hijitos tan rubios como ellos perfectamente podrían haber sido holandeses. Sus paredes presentaban grandes posters con las efigies de Jefferson Airplaine, Jimi Hendrix, The Doors, mezclados con tapices de la India. Su discoteca estaba colmada de discos en inglés.&lt;br /&gt; Pronto llegamos a Amaicha del Valle, el &quot;imperio&quot; de Tuma. Héctor Tuma era un hombre como de cuarenta años y, a diferencia de muchos indios había tomado con firmeza al destino en sus propias manos. Muy alto, buenmozo, fuerte, era broncíneo, hermoso exponente de una raza aborigen con alto grado de pureza. Había construido una especie de castillo incaico entre los cerros, que explotaba como restaurante y hotel. Además explotaba una fábrica de artesanías, donde trabajaban decenas de teleras y artesanos, elaborando tapices, frazadas, ponchos, ruanas, miles de objetos de cerámica de bellísimo diseño, que acrisolaban en grandes hornos bajo su dirección. Estos trabajos eran altamente valorados en Europa. Su prestigio había llegado ya a los Estados Unidos; cuatro o cinco años después me enteraría por una revista que iba a exponer algunos de esos tapices en el Museo de Arte Moderno de Nueva York.&lt;br /&gt; Analfabeto, se había criado en la calle, lustrando zapatos durante toda su infancia. Tuma tenía una esposa bella, también de rasgos finamente indios, morenísima, unos dieciocho años menor que él, quien se ocupaba de leer y mantener la correspondencia personal y administración general del artista-empresario. Un maestro porteño, descendiente de italianos, había venido a vivir muy cerca de él, para actuar como &quot;asesor cultural&quot;. Él se encargaba de inculcar a los Tuma la superidad de las razas aborígenes sobre la calamitosa combinación de pieles blancas altamente vulnerables a los elementos con mentes neuróticas y angustiadas de los europeos que habían fundado la civilización occidental. Lo singular es que el mismo tipo que sostenía tal cosa era un rubio de ojos claros, también. Nos prestaron para que nos alojáramos una casa bellísima, antigua, que poseían sin habitar en el pueblo cercano, luego de agasajarnos con una exquisita cena. Ya habíamos dejado a Horst atrás, por lo cual en ese momento éramos tres, con el estudiante salteño, quien jamás decía nada sin que se le preguntara -según la costumbre de la gran mayoría de aquellos paisanos.&lt;br /&gt; Al día siguiente visitamos las ruinas de Quilmes, pues debíamos pasar por allí para ir a la morada de otro proveedor de la Stiftung. Con estremecimiento, pisé esas gigantescas piedras, imaginando los espaciosos ámbitos donde desarrollaban su vida comunitaria los aborígenes de aquella raza bravísima, los últimos en ser sometidos por el conquistador (recién a fines del siglo XVIII).&lt;br /&gt; Luego de salir de allí y recorrer unos cincuenta kilómetros estuvimos sobre un panorama completamente distinto. Era una región más terrosa, de vegetación árida. Nos detuvimos en un pequeño pueblo muerto, compuesto por grandes casas de ladrillo, totalmente deshabitadas y en ruinas. En una de estas vivía Juan Lugarini, con su familia. Ella estaba compuesta por su esposa, una hija de quince años y un muchachito como de siete. El viento levantaba remolinos de tierra en aquel caserío fantasma. El hombre que nos recibió era sumamente delgado, de tez muy oscurecida por el sol. Llevaba el pelo extremadamente largo, como la barba, y al igual que su mujer, le faltaban muchos dientes. Nos invitó a pasar; en las pocas habitaciones que conservaban algo de techo, habían acomodado sin mayor orden sus pobrísimas pertenencias: sillas de metal sin respaldo, dos o tres mesas mal reconstruidas con alambres, sobre las cuales trabajaban fabricando sus artesanías de arcilla. Por todos los rincones de las ruinas se percibían colgajos de telarañas, impregnadas de tierra. El aspecto de todo aquello era depresivo. Pese a esto, Lugarini nos dijo que estaban luchando por conservarlo, pues habían aparecido unos &quot;dueños&quot; del sitio que vivían en Tucumán, y querían echarlos. En ese momento se oyó un galope y apareció la hija, montada en un caballo flaco. Era una muchacha bonita, pero su piel estaba tan arruinada por la intemperie, sus cabellos tan desteñidos por el sol, sus pies, descalzos, y sus manos, tan ásperas, amarronados por la tierra, que difícilmente hubiese suscitado la menor inquietud sexual en alguien civilizado. Inmediatamente le tuve lástima, pensé en mis hijas, me dije que jamás las condenaría a una vida que pudiera obligarlas a pasar su adolescencia de tal manera. Esto alimentó la eterna contradicción en que se debatía mi alma, entre el rechazo profundo que me suscitaba la existencia febril de las ciudades, lo irritante que me resultaba su estética y la comprobación frecuente de lo difícil de una existencia familiar en el campo, si no se tenía acceso a recursos técnicos creados precisamente en -y para-las ciudades. Y el otro tema: para un joven -como se sabe- es vital cierta alternación con otros de su edad. En medios como el que transitábamos, casi no habíamos encontrado jóvenes... barridos por el éxodo hacia las ciudades, habían convertido a estos lugares -paradisíacos algunos, pero sin posibilidades de progreso económico- en espacios habitados mayoritariamente por niños, adultos y ancianos. (O esa otra sub-especie que ya hemos descripto, los rechazados por la civilización, quienes a su vez rechazaban a los que no fueran más o menos parecidos a ellos.)&lt;br /&gt; Juan Lugarini era un &quot;evangelista&quot;, según se definía. Nos dijo que la comunidad que integraba era grande, pretendían vivir como verdaderos cristianos; para ello debían evitar las ciudades.&lt;br /&gt; -Un solo hermano por vez viaja a la ciudad, cuando se lo necesita -dijo- debe vender nuestras artesanías y comprar cosas para todos... harina, yerba, azúcar... Ahora mismo ha viajado un hermano a Salta, y estamos todos orando por él constantemente, para que nada malo le pase... en las ciudades, reina Satán -afirmó.&lt;br /&gt; Le pregunté de dónde había venido él.&lt;br /&gt; -De Buenos Aires -contestó.&lt;br /&gt; -¿Y vuelves a tu ciudad alguna vez? -quise saber. Me miró como si lo hubiese insultado. Luego dijo con ahogada furia:&lt;br /&gt; -Ninguno de nosotros, ¿entiendes?, ninguno va jamás a esa concentración del mal que es Buenos Aires... ni iremos aunque nos maten. Ella es la prostituta mayor, la reina del mal, allí impera sin competencias Satán.&lt;br /&gt; Me sentí incómodo ante él. Por una parte me atraían su opción de vida y en general sus conceptos. Por otra, veía un altísimo grado de fanatismo en sus ojos, que no eran mansos, sino alucinados, como los de quien odia, y me parecía muy cruel imponer a los niños una forma de vida infrahumana, sirviendo a una concepción fundamentalista... Conocería después a otros miembros de la comunidad de Juan, que no vivían de un modo tan áspero como él, aunque sustentaban una paranoia similar. Nunca resolví del todo esta contradicción interna, pues conocería a otros pobladores de las sierras -o el mismo campo de Tucumán, Salta, Catamarca o Santiago- que por el contrario parecían vivir muy felices y prósperos (aunque siempre con cierta aspereza) en lugares en absoluto carentes de la tecnología occidental.&lt;br /&gt; De allí fuimos a Salta. Después, recorrimos cuatro o cinco pueblitos donde visitamos artesanos de la región, u otros como Juan Lugarini o los hippies, fugitivos de la gran ciudad. Cerca del crepúsculo llegamos a las comunidades indígenas. Pernoctamos en una de ellas, inmensa, extraordinariamente organizada pero así también muy pobre, cuyas matriarcas eran tres maduras monjas alemanas.&lt;br /&gt; Por fin, llegamos a Mosconi. Nos alojamos en la comodísima escuela agrotécnica, un complejo edificado en tiempos de Perón. Su director nos obsequió un avestruz y una pareja de pecaríes que habían capturado en la selva, pues con los alumnos pasaban mucha tensión. A veces se escapaban, eran animales peligrosos, por lo cual debía mantenérselos alejados en lo posible del contacto con humanos. En un aparte aconsejé a Schmergen que no los aceptara -pensaba en nuestros alumnos, pero particularmente en mis hijitas-; como era habitual en el ex cura, no me hizo el menor caso. &quot;¡Vamos a empezar a formar mi zoológico!&quot;, exultó. Desde hacía tiempo que hablaba de crear un zoológico en la Stiftung, este obsequio le daba oportunidad de concretarlo. Además Schmergen era incapaz de rechazar un obsequio. Todo lo que viniera gratis lo regocijaba. Con los hijos del director, fuimos una tarde a llevar cartas al correo de un pueblo boliviano, cerca del límite. Con los pocos australes que tenía, pude comprar regalos para Lucía y mis hijas, pues el cambio nos favorecía mucho por entonces.&lt;br /&gt; En Mosconi estaba la más grande reservación de aborígenes. Cientos de ellos, con sus familias, se habían colocado ordenadamente a las puertas de sus chozas, con una mesita donde exhibían sus trabajos. Lo hacían exclusivamente para nosotros, pues se les había avisado que veníamos. Schmergen elegía: esto sí, esto no, los aborígenes por turno trataban de vender más artesanías, Schmergen alegaba falta de dinero; finalmente terminaba sacándoles las cosas por menor precio. Una indígena bellísima, como de dieciocho años, de ojos color miel, me suscitó un comentario elogioso. &quot;Debe ser mezcla con europeo&quot;, me contestó Schmergen. Le dije que eso era un prejuicio infundado. &quot;Una aborigen no puede ser así&quot;, insistió, pero sin fundamentarlo. Todas las razas que llegan a dominar el aspecto económico de la existencia humana se ilusionan con la propia superioridad. Otrora los egipcios, luego los japoneses, ahora los anglosajones o germanos -reflexioné.&lt;br /&gt; Al regreso, le rogué a Schmergen que no manejara de noche, pues casi no habíamos parado aquel día: encima, tuvimos que cargar las pesadísimas jaulas de madera con los animales, que llevábamos atrás, junto a una inmensa cantidad de cajas con artesanías, que llegaban hasta más arriba del techo, atándolas y reatándolas con gruesas sogas. Para variar, no me hizo caso. Tampoco aceptó que nos turnáramos para manejar. Como a las tres de la madrugada, iba él manejando, al medio otro estudiante que llevábamos de regreso a la Stiftung, y yo del lado de afuera, cuando se nos cruzó una tropilla de caballos. Schmergen cabeceaba sobre el volante. Yo también dormitaba, pero el instinto me advirtió. Grité; Schmergen dio un tirón al volante que hizo zigzaguear brutalmente a la camioneta; la puerta de mi lado se abrió; para no volar despedido por la gran velocidad y la succión exterior, me aferré con la mano derecha al techo de la camioneta; se oyó un golpe fortísimo, luego sentí otro golpe y un agudo dolor en la mano; me di vuelta: atrás había quedado un caballo retorciéndose sobre el pavimento, pero alcancé a ver que se incorporaba, atontado, y seguía a sus hermanos. Milagrosamente, habíamos pasado por en medio de la tropilla, sin embestirlos, pero por efecto de la frenada y el zigzag se había abierto la puerta, la cual chocó en la cabeza de un caballo y regresó con gran potencia, aplastándome la mano. Ello me provocó la quebradura de un dedo. No lo sabría hasta llegar a Tucumán, pues Schmergen insistió en que debía aguantar el dolor, para no parar -sospecho también que para no caer en el riesgo de gastar algo de dinero en medicamentos. En Tucumán el hospital público estaba tan lleno, que a pesar de haber logrado entrar con una artimaña en la sala de guardia, desistí de hacerme un estudio serio, por lo cual, recién al llegar a Santiago, en el hospital Regional, el médico me aplicó un precario entablillamiento de plástico. Debido a este suceso, el dedo anular de mi mano derecha quedaría torcido para siempre.&lt;br /&gt; Bueno, por causa de esta relación comercial aparecían cada tanto por la Stiftung muchos de estos artesanos, quienes cuando tenían dificultades económicas peregrinaban hasta Rodeo, para pedir un anticipo a Schmergen, aprovechando para cambiar sus artesanías por miel u otros alimentos que llevaban, de nuestro campo, para sus familias. A veces se quedaban por algún tiempo.&lt;/p&gt;
</content>
</entry>
<entry>
<author>
<name></name>
<uri>http://adios.blogspirit.com/about.html</uri>
</author>
<title>Capítulo 6</title>
<link rel="alternate" type="text/html" href="http://adios.blogspirit.com/archive/2005/07/15/capítulo-6.html" />
<id>tag:adios.blogspirit.com,2005-07-15:211420</id>
<updated>2005-07-15T05:09:01-03:00</updated>
<published>2005-07-15T05:09:01-03:00</published>
<category term="Blog" scheme="http://www.blogspirit.com/ns/types#category" />
<category term="Literatura" scheme="http://www.blogspirit.com/ns/types#tag" />
<summary>  Inauguración de la guardería    Todo estuvo listo para inaugurar la...</summary>
<content type="html" xml:base="http://adios.blogspirit.com/">
&lt;p&gt;&lt;b&gt;Inauguración de la guardería&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt; Todo estuvo listo para inaugurar la guardería a principios de marzo. El edificio, muy espacioso, era el más sólido que se había construido hasta el momento allí. Constaba de una sola, gigantesca cúpula, subdividida interiormente en cuatro espacios. Los más grandes se ubicaban hacia el frente, mirando al oeste; eran un amplio salón y a su lado, los baños, dotados de mesadas con piletas para lavar ropas u otros usos, varios retretes y duchas. Hacia atrás, al este, había una pequeña habitación, pensada originalmente para apartar un poco a los niños que se durmieran, junto a una larga salita donde se debía preparar las comidas (frugales, pues los niños estarían allí solamente por las mañanas). El proyecto -diseñado por Oona y Peter- se orientaba a recoger allí niños de mujeres humildes, obligadas a trabajar en el campo, que no tenían familiares que pudiesen ocuparse de sus niños hasta que ellas regresaran. Se admitirían niñitos de dos a cuatro años, edad en que ya podrían ingresar al jardín de infantes. Por cierto del emprendimiento también sacaba mucho partido Peter Schmergen, dado que las donaciones para su construcción y funcionamiento provenían de generosos alemanes, a quienes había bombardeado con las fotografías de niños pobres con que contaba en gran abundancia dentro de su cartera, cada vez que iba. También había fotografiado hasta el hartazgo el edificio, en cada paso de su construcción, pues con esas pruebas obtenía mayores recursos, demostrando lo caro que significaba atender a los niños del Tercer Mundo correctamente.&lt;br /&gt; No sin conflictos se efectuaría la fiesta convocada para un domingo por la tarde. Todo comenzaría a las ocho, para lo cual, debíamos tener el gran patio regado, mesas y sillas dispuestas formando un círculo, para una concurrencia calculada en doscientas personas, y la amplificación, para difundir música y proveer de un micrófono fiel que permitiera un desempeño cómodo a los oradores. Este fue otro motivo para fogonear el disgusto de Peter hacia mí, poco antes de empezar con el acto. Con su habitual actitud de mezquinar el centavo, él había hablado a un amigo que tenía en la ciudad de Santiago del Estero, quien le prometió venir con su amplificador y aportarlo sin cobrar nada. Esta persona -a quien también yo conocía- se conformaba con haber sido invitado a la fiesta, donde comería asado y departiría con sus amigos alemanes. Por mi parte desconfiaba de estos acuerdos gratuitos, pues al no pesar la obligación de un contrato, en un alto porcentaje de oportunidades solían resultar fallidos. Precisamente lo contrario de lo que necesitábamos: teníamos que garantizar estrictamente la música, desde las seis de la tarde, y también muy especialmente los micrófonos, pues se sabe que sin micrófonos un acto masivo y al aire libre resulta desastroso. Estaba prevista la actuación de un conjunto folklórico, uno que otro solista, y Tomás, un artesano que accidentalmente nos visitaba, quien se había ofrecido a cantar acompañándose con guitarra. Esa misma tarde había llegado Pedro, otro artesano que también tocaba la quena y el sikus; se conocían, de tal modo que actuarían juntos. Habían estado durante toda la mañana y parte de esa tarde ensayando. Debido a estas consideraciones, me tomé la atribución de contratar a un amplificador profesional de Rodeo, quien por cierto iba cobrar una tarifa razonable. Al fin y al cabo yo era el director del área educativa, aunque Peter jamás reconociera del todo ese título, al cual agregaba indefectiblemente la palabra &quot;interino&quot;, pese a que su otorgamiento a mí había sido una exigencia de los alemanes (en una decisión que me sorprendiera y cuyas motivaciones jamás llegué a conocer claramente). Bien, esta vez como en otras, aún sabiendo que esto iba a provocar roces, yo había tomado la decisión de disponer un gasto que me parecía necesario.&lt;br /&gt; A eso de las siete y media de la tarde el espacio estaba casi cubierto por el público, compuesto principalmente por personas que habían venido de la ciudad de Rodeo. Los más humildes habitantes de los alrededores, hacia quienes iban dirigidos los propósitos de la guardería, eran los menos representados. Esto por una frecuente condición de los pobres, quienes se sienten intimidados ante la presencia de personas económicamente superiores, en varios casos familiares de los mismos patrones para quienes ellos trabajaban. Pero los niños sí habían concurrido masivamente. Esa tarde se les serviría gaseosas y sandwiches, así que el estímulo era importante.&lt;br /&gt; Oona estaba muy nerviosa. Primero se mostró con un vestido azul oscuro, de noche, y zapatos negros. Un rato después de haberse perdido en la casa donde aún moraba, reapareció con un traje sastre, de color sepia, entallado, y zapatos al tono. Tenía esta vez aspecto de azafata alemana. Como la pollera dejaba sus piernas a la vista de las rodillas hacia abajo, por primera vez observamos que sus pantorrillas eran muy robustas; esto, unido a su largor, provocaba la impresión de ser &quot;toda piernas&quot;. Pues en lo referido a cuerpos, la percepción suele transmitir proporciones, no tamaños. Ello suscitó comentarios irónicos de Daniela, esta vez dirigidos a congraciarse con Lucía. &quot;Con razón no usa pollera nunca&quot;, dijo. Era verdad. Por primera vez aparecía ante nosotros así.&lt;br /&gt; Peter Schmergen -a quien la gente, que no podía pronunciar su nombre, había rebautizado &quot;Pedro Meguen&quot;- andaba un poco amoscado. Prácticamente no había aparecido en toda la tarde, cosa extraña en él pues solía participar en todo. Su actitud anunciaba tormentas.&lt;br /&gt; A las ocho menos cinco se ubicó discretamente junto a su familia en una mesa distante. Cuando llegó la hora del acto, lo invité a pasar al micrófono. Hizo un discurso de circunstancias pues además de no ser hispano tampoco era buen orador. Luego comprendería que hasta el contraste en ese plano conmigo, que por falta de locutor había tomado el micrófono desde el primer momento, sería un elemento utilizado para exacerbar el resentimiento ya sustentado hacia mí. Luego habló Oona, quien tampoco se destacó por su discurso, muy breve, pero en su caso no era necesario, pues ella misma constituía una atracción. En el momento en que explicaba los objetivos de la guardería vi llegar a una camioneta cargada con grandes baffles atrás. El amigo de Schmergen, con su equipo, había llegado. Era un individuo rústico, de mentalidad simple, que desde su adolescencia trabajaba en la verdulería de su padre y sostenía un conjunto de música popular. Lo vi bajar con su familia, vi apresurarse recibiéndolo a Schmergen, los vi deliberar unos minutos, vi al recién llegado ascender otra vez a la camioneta con su esposa y un hijo, e irse. &quot;Más líos&quot;, pensé. Nadie me dijo nada, sin embargo, pero ello no me engañó. Seguramente el haber desairado a quien se tomaba el trabajo de venir cargando por cincuenta kilómetros su equipo, sólo para encontrarse con que no se lo necesitaba, tampoco se me perdonaría, llegado el momento del juicio -que se acercaba.&lt;br /&gt; Lo que siguió fue la fiesta, con gente comiendo a más no poder todo lo que se distribuía -sandwiches, asado, carne de cerdo, empanadas- y tomando vino, cerveza y gaseosas en cantidad. Era una noche muy agradable, estrellada, primaveral. Invité a bailar a Lucía, pero por alguna razón que no entiendo ella nunca bailaba conmigo más de dos o tres piezas. Lo peor era que se molestaba si yo iba a bailar con alguna mujer joven. Razón por la cual para mí, pues me gusta mucho bailar, concurrir con ella a un sitio donde se bailase era un problema. Debía quedarme sentado toda la noche, o de otro modo soportar durante varios días sus taciturnos latigazos verbales, un castigo que no era para despreciar. Ello me indujo tal vez aquella noche a beber demasiado.&lt;br /&gt; Como a las cuatro de la mañana habíamos quedado únicamente Lucía, mis hijas, Oona y uno de los artesanos, que se puso a cantar desde el escenario exclusivamente para nosotros. Sus canciones fueron tan dulcemente tristes, haciendo alusión además a los desaparecidos, tantos jóvenes asesinados durante la guerra que poco tiempo atrás hubiéramos padecido, estaba tan cerca lo de La Tablada... quién sabe cuáles otros factores sutiles de mis sentimientos fueron tocados por las canciones, lo cierto es que me puse a llorar. Sucedió blandamente, sin grandes exteriorizaciones, sencillamente las lágrimas comenzaron a correr sobre mi cara sin que pudiera evitarlo, y aún más, cuando trataba de hacerlo, restregando desesperadamente mi pañuelo contra el rostro y luego, mojado este ya, quería disimular mis lágrimas con la mano, estas parecían tomar más fuerza. Lucía estaba incómoda, no me miraba; simulaba, con expresión adusta, no haberse dado cuenta; Oona, por el contrario, me observaba asombrada, todo el tiempo y parecía también muy conmovida. Luego de la actuación de Tomás apagamos los equipos y nos fuimos todos a dormir.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; &lt;b&gt;Hippies, trashumantes, marginales&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt; Lucía reprobaba a los artesanos (los englobados en el genérico de &quot;hippies&quot;, esto es, individuos de clase media huídos de las ciudades). Sustentaba hacia ellos un rechazo que le resultaba difícil de ocultar. No así respecto de los campesinos o teleras que proveían ocasionalmente sus trabajos para exportar, pero estos no venían jamás a la Stiftung, salvo que se los invitara especialmente para una fiesta o una asamblea (y aún así, viajaban sólo quienes vivían más o menos cerca). Los artesanos que Lucía repudiaba eran los renegados de la civilización, esos que echaban pestes en contra de la cultura de las ciudades o su consumismo, pero al parecer tampoco podían pasarlo bien sin ellas. Esa era precisamente la crítica más sólida que mi esposa hacía a estos parias: el no ser capaces de sustentar una forma de existencia que les permitiera vivir coherentemente. Se convertían, entonces, en seres molestos, desintegrados. En la ciudad eran extraños, provocaban rechazo con sus olores o sus costumbres impertinentes, además de que la mayoría de ellos circulaba con un airecillo de superioridad displicente, manifestando cada vez que podía lo pobres tipos y tipas que eran quienes se sometían a la esclavitud del sistema. En ocasiones, como una vez que nos visitaba uno de ellos con sus hijitos, a quienes convidáramos con sustanciosas meriendas, su actitud solía tornarse agresiva. El hombre, de unos cuarenta y cinco años, rubio y pecoso, de pequeñísimos ojos azules, llevaba el largo cabello crespo y la barba muy apelmazados, el cuerpo con muchos tatuajes; colgaban de sus brazos numerosas pulseras trenzadas con cintas. Hiperkinético, daba la impresión de estar impaciente en todo momento. Lucía se había compadecido de sus hijitos, pues al parecer el padre, que los había arrastrado desde los cerros calchaquíes hasta Rodeo -unos 400 kilómetros de distancia- no había previsto su alimentación. Por cierto, tal solía ser su desenfado, el artesano aceptó como algo natural la leche con chocolate que Lucía le colocó sobre la mesa, junto a la de sus hijos, y comió rico pan casero con miel, manteca, dulce de leche y mermelada hasta hartarse. Hacía poco que habíamos adquirido un televisor color, lo cual representaba para nosotros un extraordinario avance, ya que el viejísimo blanco y negro donde veíamos los escasos programas interesantes o los dibujitos animados para las chiquitas, mucho tiempo atrás se había convertido en un cascajo que apenas arrojaba sombras fantasmagóricas. Quizá por eso cada vez que tenía tiempo de quedarse en casa Lucía lo conectaba. Luego de lanzar un disimulado eructo el artesano, hasta el momento repantigado junto a la mesa, se despachó contra el aparato:&lt;br /&gt; -¡Cómo pueden soportar eso! -estalló-. ¡Esa pantalla lastima la vista!... ¡Y esos sonidos! ¡Cacofónicos! ¡Hacen mal al cerebro!...&lt;br /&gt; Nos miramos con Lucía, desconcertados por la desfachatez del tipo quien se permitía, luego de recibir nuestra desinteresada hospitalidad, despotricar de tal modo contra algo que para nosotros resultaba muy útil. No fue todo. Inmediatamente nos largó una filípica pseudocientífica sobre los rayos catódicos, el efecto que producen los rebotes de ondas y emanaciones magnéticas de la pantalla, etcétera.&lt;br /&gt; -Hermano -le dije parándome junto a la puerta y señalando hacia fuera el brazo extendido-: aquí tienes 250 hectáreas de monte y tierra virgen, sin televisores. Si no te gusta estar aquí, pues puedes irte... no te faltará espacio para escapar a las radiaciones.&lt;br /&gt; El tipo enmudeció como si le hubiera pegado un golpe en la cara. Se levantó, tomó a sus hijos, y sin siquiera insinuar una disculpa se largó.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Otra artesana, Blanca, la concubina de Tomás, había dejado cierta experiencia que Lucía señalaba como paradigmática. Sabíamos que llegaría en el tren del mediodía. Blanca venía con su hijita en brazos, a quien amamantaba; Peter nos había pedido que la atendiéramos, pues la casa comunitaria y los otros albergues estaban totalmente ocupados (era impensable alojarlos en su casa, por la repugnancia que les tenía la Chicha, quien no los dejaba acercar más de cinco metros ante su puerta). Por cortesía fui a buscarla en la camioneta a la estación, la traje hasta nuestra casa, en ella almorzó, antes de aposentarse tranquilamente en un catre, especialmente preparado para ella dentro de la oficina donde habitualmente yo escribía. En los dos días que estuvo, Blanca no hizo siquiera el amago de ayudar a Lucía en la cocina, aunque más no fuera barrer un poco o lavar los platos; tampoco las tazas que usaba para desayunar o merendar o los demás utensilios. Aparte de ello, constantemente se me insinuaba, mostrándome los pechos cargados de calostro en toda oportunidad, innecesariamente, al desabrocharse la camisa entera (no llevaba corpiño) supuestamente para amamantar al crío, mientras su otra teta quedaba colgando al aire y ella mirándome, con sonrisa cómplice. No le presté atención, pese a ser bella -aunque con un toque siniestro en sus expresiones. Por si todo lo narrado fuese poco, al irse dejó la habitación hecha un caos, con pañales descartables usados dispersos por todo el suelo, la cama destendida, los libros y revistas, que había tomado de los estantes, desparramados aquí y allá. Desde aquella vez -primera y última- Lucía se negó a alojar artesanos en nuestra casa. Como se comprenderá, entonces, las prevenciones de Lucía respecto de estos imprevisibles personajes no eran infundadas.*&lt;br /&gt; Muy excepcionalmente, también nos visitaban los discípulos de Juan Lugarini. Su puritanismo fanático nos recordaba al de los esenios: todo lo habitual para nosotros les parecía pecaminoso, practicaban -o al menos predicaban- una moral que imponía temor. Uno de ellos, tomando la merienda en nuestra casa -siempre llegaban con hambre- nos habló durante un rato de su pasado judío. Esto me develó en el acto la razón de su particular aspecto. Llevaba oscuras trenzas en su cabello ensortijado y su barba, con un aire perfecto a los sefaradíes. Vestía como un hippie, pero en tonalidades grises. A diferencia de los otros, iba completamente aseado, y en su ropaje prevalecía el negro. La voz se le endureció al mencionar su antigua religión, y el desprecio con que habló de ella expresaba un típico fanatismo con que suelen mirar al pasado, normalmente, los conversos. De rasgos cultos, nos confió que su esposa y él habían sido seleccionados por la comunidad &quot;evangélica&quot; para mantener relación con el exterior debido a su &quot;fortaleza para tratar con personas impuras&quot;. Lo dijo sin inmutarse, como si fuésemos una especie de cavernícolas, incapacitados para captar sutilezas -aunque aquello bajo ningún aspecto lo era. Me reí interiormente, pues este era el esposo de aquella mujer que se alojara, por una noche, con Oona. Aquella que debió haber escuchado nuestros cuchicheos y otros sonidos inocultables cuando yo entré&amp;nbsp; por la ventana (esto será narrado enseguida), sin importarme su contigua presencia, para acostarme con la alemana. ¿Le habría contado a su marido esa experiencia? Seguramente. En tal caso adquiriría sentido una chicana. Bueno, me decía yo: parece que la leche caliente, los chipacos, moroncitos y la miel de nuestra casa&amp;nbsp; no le parecen impuros, pues los devora sin objeción.&amp;nbsp; Estuve tentado de bromear sobre su moral porque, pese a su abandono del judaísmo,&amp;nbsp; parecía impregnada de Levitismo. **&lt;br /&gt; Obligada a tolerarlos, dado que ella debía efectuarles los pagos por sus mercaderías, Lucía procuraba mantenerse en lo posible a prudente distancia de ellos cuando aparecían.&lt;br /&gt; &amp;nbsp;&lt;br /&gt; * Varios años después, ya viviendo en la ciudad, encontré nuevamente a Blanca. Me costó muchísimo reconocerla: abandonando el aspecto hippie, se presentaba como una mujer &quot;normal&quot;; llevaba una pollerita marrón, camisa celeste y, aunque algo deslucida por lo modesto de las prendas, además de su piel aún con huellas de intemperie, era evidente que buscaba cambiar. Me dijo que había abandonado a Tomás, y trasladándose con su hija a esta ciudad, pretendía consolidar una situación estable. Había obtenido una colocación en los escritorios de la Federación de Clínicas y Sanatarios. A lo largo del tiempo, vi que evolucionaba en su aspecto exterior, hacia las formas usuales de aquel mundillo frívolo donde se mueven los médicos y el resto de la pequeña burguesía acomodada de Santiago. Todavía unos años más adelante, me sorprendí al encontrar su foto en el diario, junto a un grupo de elegantes, sonrientes personajes. Ella, junto a otra menos joven, eran las únicas mujeres entre unos diez hombres. El título de la nota decía: &quot;Empresarios anuncian nueva cámara del sector&quot;.&lt;br /&gt; ** Levítico. Libro que contiene la Ley de los israelitas. De acuerdo a la tradición, fue otorgado a Moisés en sus retiros de la montaña. Contiene instrucciones muy rígidas -a veces crueles-, como:&lt;br /&gt; &quot;Ustedes tendrán por impuros a todos los animales que tienen pezuña no partida en dos uñas y no rumian; todo aquel que los toque quedará impuro. Ustedes tendrán por impuros a todos los cuadrúpedos que andan sobre las plantas de sus patas. El que toque sus cadáveres quedará impuro hasta la tarde. El que levante el cadáver de uno de ellos tendrá que lavar sus vestidos, y quedará impuro hasta la tarde. Estos animales son impuros para ustedes. [...] El que levante el cadáver de uno de ellos tendrá que lavar sus vestidos, y quedará impuro hasta la tarde. Estos animales son impuros para ustedes. Estos son los reptiles que andan arrastrándose por el suelo y que serán impuros para ustedes: la comadreja, el ratón, el lagarto en sus diversas especies, la musaraña, el camaleón, la salamandra, la lagartija y el topo. Ustedes tendrán por impuros a todos esos reptiles. El que toque sus cadáveres quedará impuro hasta la tarde. Quedará impuro cualquier objeto sobre el que caiga uno de sus cadáveres, ya sea un artefacto de madera, o un vestido, una piel, un saco o cualquier utensilio. Será metido en agua y quedará impuro hasta la tarde; después quedará puro. Si cae uno de estos cadáveres en una vasija de barro, cuanto haya dentro de ella quedará impuro y habrá que romper la vasija. Toda cosa comestible preparada con dicha agua será impura y toda bebida que se tome en una de esas vasijas será impura. Cualquier objeto sobre el que caiga alguno de esos cadáveres quedará impuro: el horno y el doble fogón serán derribados; son impuros y los tendrán por impuros.&quot; (11,26:35)&lt;br /&gt; O esta otra:&lt;br /&gt; &quot;El hombre que tenga derrame seminal lavará con agua todo su cuerpo y quedará impuro hasta la tarde. Toda ropa y todo cuerpo sobre los cuales se haya derramado el semen serán lavados con agua y quedarán impuros hasta la tarde. Cuando una mujer ha tenido relaciones sexuales con un hombre, ambos deben lavarse con agua y quedan impuros hasta la tarde.&lt;br /&gt; &quot;La mujer que ha tenido sus reglas será impura por espacio de siete días [...] Quien la toque será impuro hasta la tarde. Todo aquello en que se acueste durante su impureza quedará impuro, lo mismo que todo aquello sobre lo que se siente. Quien toque su cama deberá lavar sus vestidos y luego bañarse, y permanecerá impuro hasta la tarde. Quien toque un asiento sobre el que se ha sentado deberá lavar sus vestidos y luego bañarse, y quedará impuro hasta la tarde.&lt;br /&gt; &quot;Quien toque algo que se puso sobre el lecho o sobre el mueble donde ella se ha sentado quedará impuro hasta la tarde. Si un hombre se acuesta con ella a pesar de su impureza, comparte su impureza y queda impuro siete días; toda cama en que él se acueste será impura.&lt;br /&gt; &quot;Si una mujer tiene derrame de sangre durante muchos días, fuera del tiempo de sus reglas, o si éstas se prolongan, quedará impura durante todo este tiempo, como en los días del derrame menstrual. Toda cama en que se acueste mientras dure su derrame será impura, como la cama en la que estuvo en tiempo de sus reglas, y cualquier mueble sobre el que se siente quedará impuro igual. Quien los toque quedará impuro; deberá lavar sus vestidos y bañarse, y quedará impuro hasta la tarde.&quot; (15,16:27)&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; &lt;b&gt;La novela de Perón&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt; &lt;i&gt;Camino por la senda angosta con el libro en la mano, sobre el césped amarillento por el otoño y las pisadas. Admiro la elegancia regular de los álamos, que van hacia el horizonte, elevándose imperturbables junto a la acequia. El sol, ya arriba, no caldea sin embargo como en los días del verano. Son como las once, anoche hubo fiesta en la Fundación. Hoy es domingo. Los álamos plateados, particularmente, son mi admiración. Pensando en ellos llego al alambrado, que limita el fin de mi campo, con la franja de camino comunal. Por allá pasa el canal; debido a esto, cualquier vecino de Rodeo tiene derecho a transitar por allí, en busca de agua. A los lados del ancho curso de agua se abren dos franjas, de tierra, muy espaciosas, como para dejar pasar dos carros muy anchos o un camión por ejemplo. Pocas veces entran vehículos con motor, por ahí. Más allá del camino, hacia el Norte, la tierras de la Fundación continúan, por un trecho relativamente corto: una diez hectáreas; luego se extienden hacia el Sur. Camino por la senda bordeada de paja seca y melilotes hacia el norte, con el libro de Tomás Eloy Martinez, La novela de Perón, buscando el monte. Atravieso el alambrado, doblo a la izquierda, busco un lugar reparadito entre los árboles y me siento a leer. La bocatoma provoca una especie de catarata artificial que me atrae por un rato. Luego me concentro en la lectura. Una pareja de montoneros dialoga sobre la psicología de Perón... en la cama, como corresponde a una novela de Tomás Eloy Martínez. Leo prestando atención al estilo, con la intención lateral de aprender técnicas. Se lee fácil la Novela de Perón, está hecha para ello. Frases breves, estilo periodístico, recursos calcados de Cortázar, García Márquez, Gudiño Kiefer... Eloy Martínez ha hecho un compendio de la literatura latinoamericana del boom, en este libro. El producto final resulta hierático, demasiado profesional, demasiado pulido, como un automóvil de plástico. Me paro un momento para cambiar de lugar, con los muslos un poco adormecidos por la posición de cuclillas, y la veo a Oona, salir con Holger, de la Guardería. Uno en cada extremo, acarrean la mesa que han traído la noche anterior para la fiesta. Me sorprendo de distinguirlos perfectamente, bajo el sol. Nos separan unos quinientos metros de distancia. Me sorprendo de la potencia de mis ojos: he leído durante toda mi vida, he dibujado desde pequeño, en la cárcel solía alarmarme por el dolor de mis ojos, debido a tanta lectura y escritura; sin embargo, hoy, a los 40 años, tengo una visión perfecta, no uso anteojos. Pero debe de darse un fenómeno especial, pienso, pues ocurre como si estuviesen a poca distancia, en un globo de cristal. Con su sayo blanco hasta las caderas y el ancho pantalón, también blanco, Oona presenta una figura desgarbada. El pelo le cae sobre la cara, no lo ha acomodado siquiera, parece que se hubiera levantado de dormir para ponerse a la tarea de trasladar sillas, mesas, cajones con botellas vacías, con Holger. No sabe que alguien la mira: no está actuando. Entonces aparece desgarbada. La descubro poco atractiva: demasiado larga, me recuerda a Shenanigans (el personaje de Sargento Kirk). Cuando desaparecen de la escena, sigo un poco con la lectura. Y luego regreso, por la misma sendita primorosa de junto a los álamos, que me lleva a casa.&lt;/i&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; &lt;br /&gt; &lt;b&gt;Las chiquitas&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt; Nuestras hijas crecían en ese medio agreste con extraordinaria vitalidad. Sol y Angelita trepaban a los árboles, y nadaban en las hondas aguas del canal como pequeños anfibios. Por las mañanas, temprano, enfilaban hacia el rancho de los Garzón. Allí, rodeadas de una pandilla de niños, hacían tortitas de barro, conocían todo tipo de bichitos, jugaban con las cabras, los caballos, las vacas. Cada una tenía un potrillito, &quot;de su propiedad&quot;. Los habían bautizado con nombres sonoros: &quot;Chacho&quot;, &quot;Emiliano&quot;, &quot;Lautaro&quot;... Julita, en tanto, solía quedarse aún en casa. Mientras yo escribía, en mi oficina, andaba por nuestro patio, la cocina, o en la galería, constantemente custodiada por alguna empleada.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&lt;br /&gt; &lt;b&gt;Las mujeres también silban&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt; El enfriamiento de nuestras relaciones que intentábamos costaba demasiado. Nos esforzábamos por actuar &quot;con juicio&quot;, &quot;como personas sensatas&quot;; fingíamos constantemente una actitud &quot;profesional&quot; para nuestros diálogos, tanto en público como en las contadas oportunidades en que podíamos conversar a solas. Pero bastaba la menor distracción para que nos quedáramos mirándonos, absortos, por unos segundos... hasta que reaccionábamos. O que cuando, durante algún trabajo en común o reunión, accidentalmente se rozaran nuestras piernas, o nuestras manos, ninguno del los dos se apurase por retirarlas.&lt;br /&gt; Como los alemanes eran una atracción en Rodeo, los invitaban a muchas fiestas. Un viernes por la mañana, Oona me preguntó si me habían invitado a cierto cumpleaños, que se celebraba con una cena, esa noche. Le dije que sí, pero no tenía ganas de ir. Entonces me preguntó si tal vez querría acompañarla a tomar un buen vino tinto que tenía, esa misma noche, en su casa. Pues -argumentó- tampoco le interesaba quedarse para la cena, que seguramente iba a estar aburrida. Por cortesía, iba a estar sólo un rato allí.&lt;br /&gt; Pese a que me entusiasmó soberanamente la invitación, procuré no demostrar eso. Le pregunté a qué hora podíamos encontrarnos. Calculó que a las once estaría de regreso. Entonces dije que la esperaría, a esa hora, en el portón de entrada de la Stiftung. Agregué que no era conveniente dejar a una muchacha cruzar sola tanta oscuridad.&lt;br /&gt; -He andado muchas veces en la oscuridad, así que puedes venir directamente a casa si quieres -ofreció.&lt;br /&gt; Yo reafirmé mi postura caballerosa, ella no hizo más comentarios.&lt;br /&gt; Nuevamente tuve que apelar a la excusa de &quot;cuidar a los alumnos&quot;. Difícilmente hubiese podido justificar de otro modo una salida a esa hora. Como a las diez ya estaba impaciente por irme; dije que no tenía hambre, vagamente mencioné la posibilidad de comer algún sándwich en la Casa de los Alumnos y salí.&lt;br /&gt; A las once menos cuarto estuve junto al travesaño del gigantesco portón fabricado en quebracho. La anchísima calle estaba muy oscura; sobre la ruta, que pasaba perpendicularmente como a medio kilómetro, aparecían y desaparecían cada tanto resplandores de los vehículos, mayormente colectivos de larga distancia y camiones, que pasaban con rumor asordinado. Estuve allí cavilando durante esos quince minutos y empecé a sentir un incómodo desasosiego. &quot;Mi esposa no merece esto&quot;, sentí. &quot;Puede ser cierto que no tengamos una buena relación, pero no debería andar en aventuras con otra mujer, sin separarme de ella previamente&quot;. Mas volvía la contradicción irresoluble: si me separaba, ¿qué sería de mis hijas? Había jurado criarlas personalmente, no abandonarlas ni un minuto hasta que fuesen grandes y pudieran bastarse solas. Sería imposible cumplir con esta promesa sin continuar la convivencia con Lucía. Lo había pensado muchas veces ya: la única vía posible era componérmelas de algún modo para soportar este desafortunado matrimonio hasta el momento oportuno (por lo cual debería adoptar las más variadas tácticas, para evitar el alejamiento hasta muchos años después). Todo esto pensaba, y de repente me vinieron ganas de irme. No usaba reloj habitualmente, pero me había puesto uno para controlar el horario de esta cita. Inesperadamente empecé a desear que Oona no viniera. Que se entusiasmara con la fiesta, y olvidara, o no quisiera cumplir con nuestro compromiso. Luego de mis disquisiciones me sentía tan culpable que sólo quería regresar a la casa de los alumnos y dormirme hasta la mañana. Miré el reloj: las once y tres minutos. Bruscamente me dije: &quot;Ya no vendrá&quot; Y dándome vuelta comencé a caminar rápidamente hacia las casas. Había hecho tal vez unos treinta pasos sobre la ancha avenida, cuando escuché un silbido, suave. No me di vuelta repentinamente: había sido como cuando los muchachos expresan su admiración o molestan a una chica bonita pasando por una vereda. Entonces me silbó otra vez. Era ella: presurosa en sus ropas claras, a las que había agregado un chalequito africano, con sus cabellos dorados absorbiendo reflejos de los dispersos faroles, se acercaba emergiendo de la oscuridad con la brisa fresca.&lt;br /&gt; -Las mujeres también silban- dijo al llegar a mí. Luego aceptó mi beso en la mejilla y me lo devolvió apenas.&lt;br /&gt; Como atrapado en una travesura caminé a su lado hacia la casa. No hubo ninguna mención a la causa por la que estaba volviendo sin esperarla. Solo caminamos hacia su casita, ella había preparado una mesa afuera para la ocasión. Me invitó a sentarme y esperar allí hasta que trajese un mantel, vasos y cubiertos de adentro. Accidentalmente tomé la silla de la cabecera -sólo había dos-, dando la espalda a la casa de Schmergen, con cierta ilusión de evitar que me reconocieran si me veían, pues había poca distancia desde allí. Entonces vi con toda nitidez la galería de mi casa. Era el único rectángulo iluminado en el horizonte. A pesar de que estaba por lo menos a cien metros de distancia, se veía con perfecta claridad lo que allí pasaba. ¡Lucía lavando pañales!... Me sentí espantosamente mal... creí que me iba a descomponer... ¡Mi esposa lavando pañales, a esa hora, para nuestras hijas, y yo de jarana aquí con una muchacha! ¡Qué vil, qué repugnante, qué hipócrita despiadado me sentí en ese instante! Mientras tanto, no podía apartar la mirada de Lucía... En ese momento reapareció Oona, con el mantel. No alcanzó a tenderlo sobre la mesa:&lt;br /&gt; -Por favor vamos adentro... me hace un poco de frío...- mentí.&lt;br /&gt; -Está lindo aquí... -protestó ella, sentándose a mi lado pero sin desplegar el mantel.&lt;br /&gt; -No, no, no me gusta permanecer aquí, a la vista de todos, además...- insistí, molesto.&lt;br /&gt; Creo que entendió perfectamente lo sucedido, pues apenas objetó con un murmullo esta vez, antes de levantarse obediente. Pasamos, pues, y nos sentamos ante una pesada mesa redonda, que otrora fuese también de Kolschröder. Ella trajo un vino caro; no le permití que lo destapara por considerar esto tarea de hombre, lo cual me costó un poco; mientras colocó sobre la mesa unos salames en conserva, aceitunas, queso de Alemania, algunos pimientos en aceite. Pero todo estaba resultando un fiasco. Fumamos. Ella rubios, yo mis habituales Parissiennes. Por esos tiempos había perdido un poco el ajustado control que otrora llevase, me desbarrancaba con mucha facilidad, tanto en el vino como en el fumar. &quot;Demasiadas reuniones festivas&quot;, me dije para atenuar.&lt;br /&gt; No teníamos mucho de qué hablar, me había deprimido demasiado la situación anterior, me mostraba taciturno, no se me ocurrían temas interesantes, más bien por el contrario, toda palabra pronunciada se me antojaba una frivolidad. Y de hecho lo era: la posibilidad de conversar sin apuros nos colocaba también ante la patética limitación de su castellano, por lo cual solamente podíamos entendernos en argumentos muy sencillos... Con el diálogo penosamente trabado, avanzando en él por mera voluntad, a tropezones, el queso que no me gustaba, el sentimiento de culpa impregnando mi interior, el salame que me parecía muy grasoso, el vino que aumentaba la honda pesadumbre que en ese momento sentía, quise salir del pantano como tantas veces, esto es de un modo semejante a los perros que usan en los circos para romper un parche de papel sobre un aro metálico: lanzándome con fuerza hacia adelante. Entonces me levanté, con movimiento particularmente extemporáneo, y acercándome a Oona, pretendí besarla.&lt;br /&gt; Ella me apartó, sin brusquedad, pero evidentemente fastidiada:&lt;br /&gt; -Conversemos... conversemos... -me decía- ¿por qué no podemos conversar? En Alemania he pasado muchas veces así, sólo tomando algo y conversando con amigos, toda la noche... ¿por qué no podemos hacerlo así ahora? ¡Vos sólo quieres besarme!...&lt;br /&gt; -Ya sabes que me gustas -dije.&lt;br /&gt; -Pero podemos ser amigos...-insistió.&lt;br /&gt; -No.- Dije, parándome-. No podemos ser amigos. Y no tenemos nada que conversar.&lt;br /&gt; Luego de lo cual, me di vuelta, abrí la puerta y me fui.&lt;br /&gt; Me sentí muy estúpido, muy hijo de puta, muy desubicado -al fin y al cabo era un tipo de treintainueve años-, mal con Oona, mal con Lucía, mal con mis hijas, y no pude dormir, enfurecido conmigo, desde las doce y media (hora en que llegué a la pequeña habitación en la Casa de los Alumnos) hasta cerca de las dos de la madrugada.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; &lt;b&gt;La antología de Neruda&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt; A unos trecientos metros de mi casa, junto a la acequia, hay un seibo muy particular. Gigantesco, ha crecido con forma de S. Visto desde nuestro campo, está invertida: primero ha criado una panza hacia el sur, luego, describiendo una ancha curva, se ha dirigido al norte; para regresar finalmente en su original dirección, y elevarse dignísimo enanchándose en redonda copa, constelada de &quot;gallitos&quot;. Allí me siento a leer: allí van a jugar los niños, es un lugar preferido, por la comodidad con que puede usarse la parte baja de la S como si fuera un asiento, y porque está rodeado de otros árboles y vegetación, junto al suave rumor del agua mansa, que pasa gravísima por la acequia, bajo nuestros pies. Uno queda suspendido sobre el agua allí, en un microclima afectuoso. Estoy leyendo la antología de Neruda que hizo Rafael Alberti. Antiguos poemas, que modelaron mi alma desde la infancia, cuando apenas al despertar, entre las telarañas penumbrosas del amanecer oía a mi padre recitando, mientras se afeitaba para ir al trabajo:&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; &lt;i&gt;Amiga, no te mueras.&lt;br /&gt; Óyeme estas palabras que me salen ardiendo,&lt;br /&gt; y que nadie diría si yo no las dijera.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; ...Yo soy el que te espera en la estrellada noche.&lt;br /&gt; El que bajo el sangriento sol poniente te espera.&lt;br /&gt;&lt;/i&gt;&lt;br /&gt; Han vuelto a mí los versos de Neruda, conteniéndome en este periodo, luego de Maia, luego de Eufemia, luego de Geraldine *, una etapa nueva que exploro con el asombro abierto. El espíritu encuentra una comodidad particular, me arrellano en la S del seibo rugoso y amable, me concentro. Veo llegar a Oona, entre los melilotes, como una Reina del Bosque. Vacila pero se detiene. ¿Qué lees, me dice, desde el otro lado de la pequeña acequia, hay un alambrado allí. &quot;Neruda&quot;, le contesto. &quot;¿Lo conoces?&quot; &quot;Creo que sí&quot;, dice dubitativa, &quot;Mercedes Sosa lo nombra&quot;. Todos los alemanes conocen a Mercedes Sosa. &quot;¿Quieres que te lea algo?&quot;, pregunto. &quot;Puedes hacerlo&quot;, dice. Le leo en voz alta lo que estaba leyendo para mí antes:&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; &lt;i&gt;Te recuerdo como eras en el último otoño.&lt;br /&gt; Eras la boina gris y el corazón en calma.&lt;br /&gt; En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.&lt;br /&gt; Y las hojas caían en el agua de tu alma.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Apegada a mis brazos como una enredadera,&lt;br /&gt; las hojas recogían tu voz lenta y en calma.&lt;br /&gt; Hoguera de estupor en que mi sed ardía.&lt;br /&gt; Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:&lt;br /&gt; boina gris, voz de pájaro y corazón de casa&lt;br /&gt; hacia donde emigraban mis profundos anhelos&lt;br /&gt; y caían mis besos alegres como brasas.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Cielo desde un navío. Campo desde los cerros.&lt;br /&gt; Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en calma!&lt;br /&gt; Mas allá de tu voz ardían los crepúsculos.&lt;br /&gt; Hojas secas de otoño giraban en tu alma.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;/i&gt; Ella me ha mirado con ojos muy abiertos mientras leía, sin moverse en absoluto. Sé que mi voz es grave y modelada, he practicado lectura de poesías. Quedo esperando su aprobación. No llega. Sólo silencio. Entonces le pregunto: &quot;¿Qué te pareció?&quot;. &quot;No tengo mucho conocimiento del idioma como para comprender poesía&quot;, me dice. Me deja decepcionado. Como ninguno de los dos acierta en hallar algo para decir, se va: &quot;Puedes seguir leyendo, ¿eh?&quot;, me dice, &quot;yo iré a pasear&quot;. &quot;Bueno, gracias&quot;, le contesto: &quot;adiós&quot;.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; * Cuentos escritos por este autor en 1988.&lt;/p&gt;
</content>
</entry>
</feed>