15/07/05

Anacrusa


Existe un serio riesgo en perseguir los niveles más altos: el de alcanzar uno cuya obtención fuera imposible en nuestro entorno más próximo y quedar después suspendido en el vacío, sin chance de compensar la soledad espantosa tras el final de la experiencia.* Tal circunstancia me sobrevino en noviembre de 1989, luego de vivir una relación de casi 12 meses con Oona Holst, una muchacha de Tübingen. Algunos días antes de que se fuera, el 7 de noviembre, ella cumplió 24 años; yo, en agosto, había alcanzado los 40.
Pocas veces el desconsuelo asumió características de tan desoladora regularidad en mi corazón, como en aquellos extraños días del estío a comienzos de 1990. Desde la ventana del departamento recién alquilado en Autonomía contemplaba el extendido barrio de familias pobres que habían dado en llamar Villa del Carmen, donde al son de la inquietante Lambada dos descamisados ebrios peleaban, mientras un revuelo de mujeres trataba de separarlos entre la polvareda. Contemplaba aquello una tarde, solo, pues Lucía con las chiquitas habían viajado a Bell Ville y mi corazón volaba indiferente por encima de los sucesos pero a la vez cruelmente tironeado, como un Túpac Amaru, hacia la muchacha que ya estaría reacostumbrándose a los aires del Neckar, por una parte, y mis tres hijitas, sin quienes para mí no existiría la vida. En tanto los robustos borrachos eran separados, regresaban a sus casuchas arrastrados entre tropezones por mujeres y amigos, sólo para aparecer a los pocos minutos, revolcándose y arrancándose a golpes chispazos de sudor, bajo el visceral afrodisíaco de la Lambada, emergiendo procaz del horizonte, ya rojizo frente a la penosa huída del sol.
Ella nos había mandado una fotografía de Charles Chaplin en un sobre sellado por el Correo de Buenos Aires. En esos para mí torturantes días que siguieron a su partida me había ido de casa, una siesta, luego de la horrible disputa verbal con Lucía, debida a su intercepción de una carta que nunca me mostró y por la cual dijo descubrir aquella relación. Me fui, sólo para volver algunas horas más tarde, con la excusa de que no podía encontrar una pensión para trasladarme, pero rendido en verdad ante la evidencia de que mi alma no podría soportar el alejamiento de mis hijitas y me moriría.
Qué sucedía adentro: me encontraba, por enésima vez, ante la evidencia de que no éramos compatibles con Lucía, incluso hasta éramos particularmente adversos, me encontraba con que maravillosamente se había abierto ante mí la oportunidad de amar a alguien con toda mi alma, alguien que a la vez era extraordinariamente afín... pero no podía hacerlo, pues para luchar por este amor debía irme, trasladar este cuerpo lejos de mis hijas; y en verdad eso para mí resultaba sencillamente imposible. Así que decidí quedarme, padecer -u obligar a Lucía a padecer- nuestra mutua aversión, pero salvar ese derecho que tenían nuestras hijas a contar con su padre y su madre, no simbólicamente, sino a su lado, protegiéndolas y amándolas cada minuto de sus vidas mientras lo necesitaran. Mi corazón se llenaba de alegría sólo con pronunciar los nombres de nuestras hijas, con mirarlas, con procurar cada día algún pequeño elemento que las niñas necesitaran; así es que no era para mí este aspecto de la empresa un sacrificio, sino por el contrario, representaba más bien una gozosa redención -superior incluso a cualquier pena, por intensa que esta fuera.
**

* Como un pez que ha sido secuestrado del ancho océano para encerrarlo en una esfera de cristal, yo andaba los primeros días, después de su partida, por las ajenas calles de Santiago, sintiendo los ruidos de los autos y la gente como si transcurrieran separados de mí, en planos atmosféricos de diferente densidad, tanto como podrían serlo ante el pez la atmósfera exterior en comparación al agua donde ahora dificultosamente se desplazaba, confinado.
** Deberíamos relacionar quizás tales sentimientos con la horrorosa experiencia vivida durante mi juventud, al provocar un aborto que terminó con las vidas de mi novia Laura y nuestra hijita. Luego de que todo pasara sentí tanto dolor y remordimiento, que nada de lo ocurrido en el resto de mi vida fue tan difícil de soportar como los días en que, convertido en zombie, deambulaba por las calles de Córdoba con el corazón partido, sin poder parar de sangrar. Como si me arrastrara con la cabeza gacha, de rodillas, y estas en carne viva, frotando contra el pavimento tras el pantalón roto, no había calma ni absolución para mi espíritu abominable en aquellos tiempos. Luego de que sensaciones muy intensas y posteriormente la cárcel -era el período de nuestra lucha armada contra el ejército capitalista- hubiesen ordenado -si no apaciguado- tal dolor, acomodando su existencia junto a una serie de asuntos sentimentales que en mi vida debería encaminar, pude tomar nuevamente el timón de mi alma, llevándola poco a poco a una navegación segura, aunque todavía se presentaran otras tormentas en su exterior. Así, el milagro de nuestras hijas fue como un amanecer glorioso para mi existencia, luego de once años cuyas zozobras y quebrantos serían difíciles de enumerar, aunque en tal propósito ocupara quinientas hojas. Se comprenderá pues cómo, del mismo modo que el fugitivo de Cayena, quien luego de arrastrarse por un largo túnel ha emergido ante un día luminoso, a la orilla de un dulce mar, me cuidara desde entonces cual convicto de cualquier tropezón que pudiera precipitarme hacia atrás. Mi corazón había venido a encontrar la calma y la felicidad, por primera vez luego de todos esos años, en la existencia de mis tres hijas.

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Capítulo 1

Cómo empezó esta historia

Oona Holst llegó de Alemania el 10 de noviembre de 1988. Al día siguiente estaba en Rodeo. Yo me enteré de su llegada -aunque no de su nombre- por Lucía, quien hizo algunos comentarios cáusticos sobre ella antes del almuerzo. Por esto me puse alerta sin demostrarlo: si le había caído mal a Lucía probablemente era linda. -Típica alemana: grandota, cara de boba, horriblemente pálida, ojos celestes deshabridos; su castellano da risa- había comentado Lucía, sin asignarle demasiada importancia. Me quedé tranquilo, no me precipité a verla. Sabía que por mi responsabilidad -director del Centro de Capacitación- tarde o temprano debería encontrarme con ella, pues venía a trabajar como maestra jardinera.
Esto sucedió al día siguiente. Teníamos una reunión del consejo directivo, donde yo ocupaba ahora el puesto de primer vocal y se haría en la casa que fuera de Jörg Kolschröder -expulsado por mi anterior lucha-, ahora espacio de reunión y alojamiento para huéspedes. Habíamos venido bromeando con Helga Zummerling -otra alemana, casada con un santiagueño y desde hacía mucho tiempo habitando en La Banda-, al llegar ya estaban Peter Schmergen con los otros miembros de la comisión, un ingeniero y un maduro profesor. Apenas entrar la vi en el rincón más penumbroso, encima de un ancho sillón de algarrobo y cuero. Peter dijo quién era y ella apenas se incorporó, extendiendo una mano larga para saludarnos. Era muy alta. Parecía agobiada y asustada, con la expresión de quien se da cuenta, tarde, de haberse metido en un lío. Comprendí que el brusco cambio de clima no le había caído bien; aún parecía presentar los signos del cansancio por el largo viaje. Vestida de blanco -chaqueta holgada y pantalón ancho, ambos de hilo-, los dedos de sus pies, largos, emergían de dos rústicas sandalias.
Junto al extremo de la mesa, de espaldas a ella, se habían colocado el profesor Di Mateo y el ingeniero Ruiz, los otros miembros del directorio. Sin hacerle mucho caso nos sentamos con Helga ante el extremo opuesto de la mesa; yo quedé justo frente a la nueva alemana, aunque a unos cuatro metros de distancia. Por la ventana, meticulosamente protegida por mallas metálicas, filtraba el sol del verano. El pelo rubio, ensortijado, de Helga y sus anteojos de oro brillaban por los reflejos, se sonrojaba, una y otra vez. Ella era por entonces una mujer como de 34 años; nos regalábamos, en cada encuentro, un juego de sutiles afectuosidades, consistente en hacer chistes, generar códigos privados, minúsculas complicidades, pero principalmente en demostrar la alegría chispeante que nos embargaba con sólo vernos. No pasaba de esto, por respeto a nuestra condición de casados, o tal vez porque ninguno de los dos consideraba la mutua atracción tan indeclinable como para saltar los límites. Festejábamos, pues, a la menor oportunidad y nos sentábamos juntos en casi todas las reuniones.
A lo largo del tiempo que estuvimos allí Oona no había dejado de mirarnos. Lo hacía con una expresión fija, como abombada; su nariz me pareció larga, sus labios singularmente rojos, anchos, pulposos, recordándome al cuerpo sin caparazón de una langosta de mar. Sus cabellos, extremadamente rubios, caían planos, por los costados de un rostro de contorno muy germano. Físicamente, representaba a la perfección lo que desde Theodor Poesche y Wagner, en el siglo XIX, fuese llamado "pureza aria". Tentado estuve de darle la razón a Lucía, sobre la vacuidad de los ojos celestes. Parecía haber sólo bruma atrás. Algo me llamó la atención: el fragmento de sus sólidas piernas que se veía, entre los tobillos y la bocamanga del pantalón, estaba cubierta de pelusa dorada. Al parecer no tenía el hábito de depilarse, como las mujeres conocidas por mí.

 

Una fiesta infantil

Recién dos o tres días después volví a encontrarme con ella, para planear el trabajo de la guardería. Prácticamente no hablaba castellano, por lo cual la comunicación se hacía bastante difícil. Schmergen actuaba como traductor, pero era un tipo muy ocupado, así que deberíamos arreglarnos como pudiéramos en lo sucesivo. Habían citado a la maestra local que se contrataría para servir de ayudante: era una chica bastante linda, como de 19 años, ansiosa por trabajar y ganarse su propio sueldo, así que se esforzaba por quedar bien con la alemana. Se llamaba Lorena. En el ínterin ya había regresado de su expedición al norte Holger Bewerloh, otro huésped de la casa que ahora llamábamos "comunitaria", pero en realidad se usaba casi únicamente para alojar a alemanes. Holger era un estudiante de ciencias sociales que viniera unos meses atrás para cumplir con una pasantía. Alto, con barba y largos cabellos marrones, ojos oscuros medio cruzados bajo anteojos de vidrios gruesos, la piel quemada por el sol, no denotaba su condición de alemán salvo cuando empezaba a hablar.
Como una semana después volvimos a reunirnos, Oona, Lorena y yo; la alemana pidió inspeccionar nuestra guardería en construcción. Había avanzado algo -aunque muy poco- en su manejo del castellano, lo suficiente para lanzar algunas advertencias en un tono autoritario que no me agradó. Cosas como que "allí se cumpliría estrictamente con la disciplina", que todos "debíamos trabajar ordenadamente" y que "ella fijaría las tareas a realizar", parecieron mostrar una faceta rígida de su personalidad. Luego de mi primer rechazo interior comprendí que había sido adoctrinada por Schmergen. Eran aquellos prejuicios los que se expresaban a través de su boca; ellos unidos a la aversión que por entonces me tenía, debido a su creencia -por otra parte absolutamente injustificada- de que yo intentaba disputarle la supremacía en la organización. Me propuse no perder la paciencia, y aunque Schmergen tenía la ventaja sobre mí del idioma alemán, en el cual podía transmitir a sus connacionales ideas que no siempre podía conocer, acepté también en este espacio nuevo que se abría, la disputa entablada durante los últimos meses. Además -aunque todavía ni a mí mismo me lo confesaba- Oona me gustaba mucho, ya. Me gustaba y me desafiaba. Su personalidad era muy independiente, a diferencia de las mujeres argentinas, sin perder por ello un elevado refinamiento en sus modales. A diferencia, otra vez, de las mujeres argentinas, que creían afirmar su personalidad actuando groseramente, mientras en lo más íntimo seguían dependiendo lastimosamente de los hombres, en cuestiones vitales.
A pocos días de su llegada le pedí que me acompañara a una fiesta para niños que se hacía en un club de la ciudad. De paso, me ayudaría llevando a una de mis hijitas en su bicicleta. A la hora fijada, siete menos cuarto, estuvo en casa. Ella cargó a Angelita en su portaequipajes, yo a Sol. Pasamos un rato muy lindo, mirando los payasos y otros juegos para chicos de la fiesta. Pese a que ella casi no entendía el castellano, y había demasiado ruido como para conversar, nos entendimos. Al regreso, compramos unas latitas de gaseosa para mis hijas en un almacén que estaba a la salida. Tres sudorosos muchachones sin camisa tomaban cerveza, sentados en el suelo. Se notaba que habían salido de trabajar y se refrescaban. Uno de ellos me estiró la botella: la acepté, e hice un largo trago. Luego se lo agradecí con cortesía. Oona, desde su bicicleta junto al cordón, nos observaba sin perderse un detalle.
Una de esas primeras noches fuimos a cenar; por esos tiempos solíamos comer mucho, tomando bastante vino. Nos sentamos en la vereda de un pequeño restaurante, y pedimos milanesas a la napolitana. Noté que ella trataba de hacer, por cortesía, lo que nosotros. Entonces la obligué, malignamente, a comer y a tomar más de lo que necesitaba, sólo por divertirme con su cara, que se había puesto hinchada, como si estuviera a punto de vomitar. ¿Por qué actué así? No lo sé. Toda nuestra relación durante aquellos casi doce meses estuvo salpicada por arrebatos de crueldad encubierta en algunas de mis conductas hacia ella, debido a cierta inexplicable necesidad de lastimarla que me sobrevenían. También ella tendría, bueno es decirlo, actitudes crueles hacia mí (iba a reconocerlo, dos años después, en una carta). El día siguiente a aquella cena -a la cual habíamos ido con las chiquitas, Lucía y Holger- Oona no pudo levantarse hasta el atardecer por un ataque al hígado. Su cortesía la llevó a asegurarme que no había sido la comida, sino el no haberse aclimatado del todo aún al calor de Santiago, y mi cinismo a aceptar que así debía ser, cuando sabía perfectamente que estaba de tal forma por mi pesada broma de obligarla a comer sin necesidad.

La corrupción argentina

Algunos días después tuve oportunidad de reivindicarme y no la desaproveché. Su padre le había enviado un sobre acolchado que contenía una remera -pues sabía que en Argentina empezaba el verano- y un perfume. El sobre llegó abierto y adentro sólo había una carta... ¡donde entre otras cosas reiteraba que venían, junto con ella, la remera y el perfume! Pues en la carátula del sobre llevaba, aunque en alemán, la aclaración de su contenido, y más abajo, en castellano, una nota mencionando los objetos. ¡Nada les había importado a los empleados del correo, y con todo desparpajo le habían entregado a Oona el gran sobre prácticamente vacío!... Me indigné por esta perversidad padecida por mí en numerosas oportunidades, pero particularmente porque se trataba de una extranjera, ante quien estos imbéciles nos desprestigiaban brutalmente -por si hiciera falta aún más. Ella había venido a consultarme, acompañada con un profesor, acerca de cómo hacer el reclamo. Le dije que iríamos inmediatamente al correo. Tomé la camioneta, entonces, y unos cinco minutos después estábamos ante el jefe de la delegación local del Correo. Se disculpó pero dijo que él nada podía hacer, más que elevar una nota a Tucumán, donde estaba la aduana.
-¿Pero no está la aduana en Buenos Aires? -pregunté.
-Bueno, desde allí la mandan a Tucumán, para un segundo control. Recién luego de revisada, llega a la sucursal Santiago, y luego aquí.
-¿Qué debemos hacer, entonces? -pregunté-: ¡Esta situación es vergonzosa, la señorita es europea, hace apenas unos días ha llegado a nuestra patria, mire la idea de nosotros que les estamos dando!...
Oona nos miraba alternativamente, quizá sin entender todo lo que yo decía pues hablaba muy rápido, mas seguramente se daba cuenta de mi indignación.
-Presente una nota, dirigida al jefe de Distrito, en Santiago. Aunque, mire, entre nosotros, yo creo que las cosas las han robado en la misma aduana del correo, en Tucumán.
-¿Usted está dispuesto a denunciar eso en Santiago? -le pregunté. El tipo me miró como si fuera estúpido.
-¿No le dije acaso "entre nosotros"? -recalcó.-Es una suposición. Pero es lo que pasa siempre. ¿Y quiere que le diga más? Va a ser muy difícil que puedan recuperar algo.
Esa actitud resignada ante la corrupción de nuestra sociedad me hizo hervir la sangre. Sin inmutarse en absoluto, un funcionario del Correo me estaba diciendo ¡que no valía la pena intentar aclarar un robo en su propia institución, porque era algo habitual!... Se mostraba impaciente, además, como si por una cuestión nimia estuviésemos distrayéndolo de sus importantes ocupaciones. No disimulaba su deseo de que nos fuéramos de una buena vez. -Entonces haremos la denuncia en la policía -amenacé.
-Usted es dueño de hacerla, profesor -contestó el hombre, que me conocía. Pero bajó los párpados, y por su expresión comprendía que estaba pensando "no van a conseguir nada".
Enfurecido enfilé a toda velocidad con la camioneta hacia la policía. Oona corría tras de mí cuando caminábamos y soportaba estoicamente las bruscas aceleradas, a mi lado en la camioneta y los portazos que daba al subir o bajar -como si de ese modo pudiera obtener mejores resultados. En realidad estaba tratando desesperadamente de indicar que no todos los argentinos éramos como esos hijos de puta del correo de Tucumán, o de donde mierda fuera quienes le habían robado. *
En la comisaría nos atendió un gordo suboficial con bigotes de vizcachón. El escepticismo del dependiente de correos tenía su paralelo en el escribiente que nos tomó la declaración. Oona firmó como denunciante, yo como testigo.
Y allí terminó la historia. Jamás conseguimos resultado alguno, ni siquiera que determinaran el lugar aproximado donde los objetos habían desaparecido, pese a que fuimos dos o tres veces más a la policía, y preguntábamos cada vez que pasábamos a retirar otra correspondencia en la delegación postal. Finalmente nos ganaron por cansancio.

* Este tipo de violaciones en el Correo Argentino me ha ocurrido en numerosas oportunidades, con libros, cartas u otros envíos. Pese a sufrir mucho con ellas, me había resignado en parte atribuyéndolas al brutal sistema de espionaje que sobreviviera intacto luego de la dictadura militar. Obviamente controlarían la correspondencia de quien había sido un revolucionario conspicuo. Cuando sucedió lo de Oona, constaté que todos estábamos sometidos a este humillante tratamiento por parte de los empleados del correo, y ya no creí que fuesen únicamente los esbirros quienes nos lo aplicaran a los sufridos usuarios. Por si hiciera falta subrayarlo aún más, en el año 1996 sufrí el robo de un CD de cierto envío mensual que me efectuaban de Italia. Era la segunda vez. La primera -el mes anterior- me habían robado el sobre completo. Reclamé a Italia, y me lo mandaron de nuevo, esta vez por un correo privado que lo trajo a mi casa envuelto como si fuese material radioactivo. Me dio vergüenza de que los italianos tuviesen que apelar a semejantes prevenciones, con un gasto muchísimo mayor para sus envíos. La segunda oportunidad en que la revista mensual con los CD a que estaba suscripto no llegó, fui al Correo Argentino por centésima vez en mi vida con el ánimo protestar. Debido principalmente a que durante algún tiempo había sido proveedor de impresiones para ellos y me tenían cierto respeto -por mi trayectoria pública como escritor y periodista- conseguí luego de pasar de un burócrata a otro que el Jefe de Depósitos me concediera entrar aquella tarde para buscar yo mismo entre la correspondencia desechada... allí encontré el grueso sobre con mi nombre y dirección, abierto, solamente con la revista mensual sobre música que recibía -manoseada, arrugada- pero sin los CD que habitualmente traía. Buscando un poco más, encontramos uno de ellos... Era indignante: la durísima envoltura de plástico que aislaba la revista y los CD había sido completamente desgarrada, luego de abrir el sobre brutalmente, para robar su contenido. En su portada la revista anunciaba claramente que traía dos CD... se lo hice notar al Jefe. Este todavía me miraba como si yo fuese un impertinente, como si en vez de haberme perjudicado ellos a mí yo los estuviese molestando, agraviando... La corrupción de este país ha llegado a todos los ámbitos de nuestra sociedad: he ahí una de las causas principales de nuestra decadencia en picada de los últimos años. Podría contar cientos de situaciones sucedidas sólo con el Correo... pero basta.


Aquella vieja canción

Una tarde, mientras seccionaba mosaicos para el piso de la guardería junto a los albañiles, se cortó la punta del dedo con una máquina. Me avisaron y fui a auxiliarla. Me impresionó bastante ver aquello pues se había rebanado literalmente un pedazo de la yema del índice izquierdo. La acompañé a su casa y la curé, desinfectando la herida con agua oxigenada y envolviéndola luego con gasa, que pegué con cinta adhesiva. En el ínterin ella sufrió una leve descompensación, por lo cual la ayudé a ponerse en cama, como estaba (con su pantalón ancho y su chaqueta blancos un poco manchados de tierra, con sandalias). Discretamente me senté en un rincón y otra vez la tuve mirándome como entre brumas, los cabellos en desorden un poco mojados en transpiración. Sentí piedad -mezclada con afecto- hacia aquella muchacha de expresión desolada, y se me ocurrió cantarle algo pues había allí una guitarra. El único tema que me salía aceptablemente era una vieja balada romántica de Luis Aguilé, que decía "Siento que no escuchas, ni siquiera mi canción... ella fue testigo, de todo mi dolor", y en el estribillo declaraba la imposibilidad de vivir sin el amor de una muchacha ideal. Oona abrió mucho los ojos, sorprendida, pero cambió su expresión, volvió a ponerse un poco ruborosa, y a medida que avanzaba la canción noté que mi música la regocijaba. Terminé el tema y guardé la guitarra, levantándome para dejarla descansar, según alegué. Me despedí dándole un beso en la frente y acariciando apenas sus cabellos, que me parecieron extraordinariamente suaves. Desde aquel momento ya no pude olvidarla.

La música del alma

Ya no pude dejar de pensar en ella a pesar de que lo intentaba constantemente. Por lo demás la veía a cada tanto, de lejos, ir y venir, saliendo o entrando de la casa, cruzándose hacia la guardería -que estaba en un punto intermedio entre nuestra casa y la de ella, a unos cien metros de cada una, junto a la casa de los alumnos, formando un ángulo más o menos de 75 grados entre las cuatro.
Una mañana la vi entrar en la guardería casi terminada, y me fui enseguida pues además yo tenía que salir pasando por allí. Entré, ella estaba acomodando unos pequeños muebles que habían traído de la carpintería. En el acto se me ocurrió decirle "¡Feliz cumpleaños!", y antes que pudiera reaccionar tomé su rostro entre mis manos y la besé en los labios. Fue un dulzor breve; ella me apartó pronto aunque sin brusquedad, diciendo, perpleja:
-¡Pero hoy no es mi cumpleaños!
A lo que contesté.
-Ah, ¿no? ¡Pero podemos empezar a celebrarlo!
-¡Schaize!-, murmuró ella torciendo la cara, aunque con expresión divertida, en una actitud que iba a repetirse luego ante mis salidas inesperadas. Yo no tenía la menor idea de cuándo era su cumpleaños, se me había ocurrido la treta en aquel instante.

Por las noches no podía dormir pensando en algo que se imponía a mi imaginación: ir a buscarla. Una y otra vez me veía atravesando el campo y acercándome a su ventana, para pedirle que me dejara entrar. Sería muy riesgoso hacer esto, pues en la habitación de al lado dormía Holger, al cual se había agregado por esos días otro alemán que iba a estar tres semanas. Un domingo por la noche no resistí más y me lancé a la aventura. Había preparado la situación yendo a dormir en la casa de los alumnos; esta poseía una habitación para el preceptor, que nadie usaba. Los chicos habían estado diciendo en esos días que tenían miedo, pues escuchaban ruidos de noche: eran muy supersticiosos, temían a los aparecidos (almas en pena y esas cosas). Con ese pretexto dije que iría a acompañarlos. Lo que me proponía en realidad era poder salir, sin que Lucía se enterase, para buscarla a Oona. Se me había ocurrido la loca idea de invitarla a caminar por el campo, bajo la luna. Soñaba con eso. Y nos veía a los dos, sentándonos a la orilla del ancho canal, entre los eucaliptus y los álamos.
Como se recordará teníamos unos diez alumnos, de entre 14 y 18 años, escogidos de entre familias muy pobres, aborígenes, del norte de Salta. Ellos estaban becados por la Stiftung para hacer un aprendizaje agrotécnico en nuestras instalaciones y vivían allí. Con impaciencia mordiente esperé que todos se durmieran. Eran como las doce y media cuando me escabullí sin hacer ruido. Atravesé el extenso campo abierto como quien pisa un espacio minado, pero nadie me vio. Por fin llegué a su ventana. Todo estaba bastante iluminado, pero sobre aquel sector caía la suave sombra de un ciprés. Esa noche era más peligroso aún hacer mucho ruido, pues como había habido una fiesta o algo así, se había quedado a dormir también uno de los profesores en la otra habitación, junto con los alemanes. Cuando recuperé el aliento, empecé a rascar la tela metálica de la ventana, entonces, y a llamarla.
-¡Oona! ¡Oona! -susurraba, sintiéndome asustado y ridículo a la vez. Nadie me contestaba. Pero escuché el leve sonido de su cuerpo moviéndose en la cama, y comprendí que estaba despierta. Se ve que había decidido no atenderme, sin embargo, pues se mantuvo en silencio, hasta que consideré demasiado riesgo el continuar allí y me retiré.
A la mañana siguiente debía viajar a Santiago, pero antes de salir -muy temprano- decidí pasar a saludarla. Ella estaba preparando algunos papeles cuando entré. Me miraba con expresión asombrada, curiosa e inquisitiva. En cierto momento me preguntó: -¿Vos has estado en mi ventana anoche?
Yo le contesté, simplemente:
-Sí.
-¡Oh!-dijo ella-. ¿Y por qué?
Miré un instante para otro lado, hacia el resplandor del sol que comenzaba a entrar, reflejado, por la ventana. Sin contestar me despedí, presuroso, dándole un beso en la mejilla. Ese día anduve en Santiago haciendo trámites para la Stiftung pero sin poder olvidar cada detalle de ese breve encuentro, el dulce rostro de Oona que a la sazón se había vuelto sonrojado y vital, sus ojos celestes tan luminosos, su pelo como una lluvia de oro suavísimo cayendo en graciosa melenita a los lados, y sus labios, tan carnosos, de dibujo tan exquisito, tan expresivos. Su voz que parecía musicalizar cada palabra, pronunciada en un tono deliciosamente culto sin jamás levantar la voz ni proferir en ningún momento la menor desarmonía. Su voz era suave, su tono tenía ciertos matices sentenciosos, modulaba los sonidos de tal forma que parecían llegar a través de un filtro acuático.
Por otra parte, su personalidad era encantadora; exhibía modales de un refinamiento natural, sin el menor asomo de afectación, y enseguida comprobé que su inteligencia era tan aguda que le permitía comprender la sensibilidad de todas las personas a su alrededor para evitar provocarles incomodidad, cosa que la preocupaba especialmente. No había nadie poco importante para ella, a todos trataba con exquisita dedicación y cortesía. Todo esto era lo que me iba enamorando irresistiblemente, y no sólo una belleza física, como podría haber sido en una situación vulgar. Volvía de Santiago y quería verla. Salía al patio y quería verla. En todo momento quería verla; mi vida se convirtió entonces en una búsqueda incesante de oportunidades para estar cerca de ella, o al menos mirarla de lejos si no lograba algún pretexto para compartir un lugar juntos. No se presentaba muy fácil ahora, dado que mi área estaba relacionada únicamente con los pupilos adolescentes, un pequeño grupo; la guardería era, por decisión del directorio, autónoma. Trataba de participar, pese a ello, de alguna actividad relacionada con los últimos preparativos. Se planeaba ponerla en funcionamiento más o menos en tres meses, así que aquello era un constante ir y venir de albañiles, carpinteros, pintores, soldadores de metal, en el medio de los cuales siempre se destacaba la figura esbelta y grácil de Oona. Yo ardía en deseos de poder mirar su cuerpo, y una tarde, conversando brevemente con ella desde mi bicicleta le pregunté si no acostumbraba usar shorts. Me contestó que no, dejándome decepcionado. Iba y venía casi todo el tiempo con ropas claras y muy anchas, de hilo o algún material semejante.
Una y otra vez nos encontrábamos, incidentalmente; yo atesoraba en la imaginación esos encuentros, repitiéndolos en mi interior cada vez que podía. Cierta mañana fui al correo y pasé a preguntarle si quería que trajese también su correspondencia. Estaba escuchando atentamente algo, con auriculares, cuando entré; se los quitó un momento para atenderme. Le pregunté si era música. "¿Quieres escuchar?", invitó, extendiéndome el aparatito: "toma". "Toma" repitió, "llévalo". "¿Y vos?", me preocupé. "No importa", dijo. "¡Llévalo! Es mejor así."
Era un día algo caluroso, de viento norte. Salí a la ruta en mi bicicleta, con los auriculares calzados... y enseguida me pareció volar. La música que escuché me transportó inmediatamente a un nivel suprafísico. Era el Köln Concert, aunque por entonces increíblemente yo no lo conocía.* Esa música me tuvo mucho tiempo extraordinariamente ensoñado, era como si me hubiese infundido alguna poción en la sangre.
Holger por ese entonces pasaba mucho tiempo con ella, era evidente su inquietud por cuidarla (especialmente de algunas acechanzas masculinas como la mía). Primero con la excusa de la traducción -pues ella no manejaba con fluidez aún nuestro lenguaje- iba a casi todos los lugares públicos adonde la invitaban. Luego se hizo habitual su aparición sin que lo llamaran. Pero Oona, a quien no le agradaban los pegotes, pronto empezaría a quitárselo de encima.

* Keith Jarret, piano. The Köln Concert. January 24, 1975. Recorded live at the opera in Köln, Germany. Enginer: Martin Wieland, Photos: Wolfgang Frankestein, Cover Design: B&B Wojirsch, Produced by Manfred Eicher. ECM Records, 1975.
** Algunos años después comprendería que la música consistía para Oona en parte sustancial de su manera de hacer el amor, como una prolongación suprafísica, que iba envolviendo en un densísimo abrazo etéreo a quien ella solía dirigir sus atenciones. Estas consistían en darte a escuchar tal o cual tema musical o -como ocurriría más adelante conmigo- en regalártelos grabados por ella misma, en cassettes, cuyas carátulas artesanales armaba recortando figuras de revistas, a las cuales agregaba toques personales, sea por medio de collages, sea por medio de dibujos. Esto explicaba su desdén hacia los métodos tradicionales de encantamiento propios de las mujeres bellas, esto es, insinuar partes de su cuerpo, usar actitudes o miradas cargadas de sensualidad. Oona poseía un otro cuerpo, muy poderoso, que no se podía ver con ojos físicos. La música, actuaba, entonces, para ese otro cuerpo, como los tentáculos pudieran hacerlo en un calamar. Si ella quería decir: "te amo", imprimía no sé de qué manera tales sentimientos en los temas musicales, que grababa con gran meticulosidad, y al escucharlos sentías constantemente una susurrada voz, y a su cuerpo abrazándote y acariciándote desde el aire. La música iba a jugar, pues, un rol vitalísimo en todo nuestro corto -y largo- romance.

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Capítulo 5

Disputas de carnaval

Habíamos entrado en febrero ya, había llegado el carnaval. También otro alemán. Había venido solo, se quedaría dos o tres días pues proyectaba seguir hacia los cerros de Tucumán. Era prolijo, vestía como un oficinista y presentaba cierto parecido con Freddy Mercury. Me dio un poco de celos ver cómo mi amiga lo atendía, pero me lo tragué como pude. La primera noche de carnaval se generó un incidente desagradable. Para agasajarlo, Oona había organizado una fiesta en su casa. Luego de cenar y tomar mucho, nos pusimos a jugar con agua. Comenzamos tirándonos chorros de soda, con los sifones; luego los más jóvenes -dos profesores del pueblo que habíamos invitado, Lorena y una amiga-, tomaron baldes. Mojándonos así estuvimos un rato, hasta que a alguien se le ocurrió traer harina. En pocos minutos estábamos todos blancos. La redonda casita "comunitaria" se había convertido en un caos, corriendo unos tras otros -particularmente los hombres a las mujeres, pero también ellas a nosotros a veces- alrededor, para embadurnarnos y mojarnos más y más. Descansábamos apenas unos minutos para tomar cerveza y continuar. Hacía mucho calor. Alguien descubrió una caja con témperas y recomenzó el jolgorio, animados ahora por la posibilidad de pintarrajearnos unos a otros. Así lo hicimos hasta liquidar los pomos. Al alemán oficinista no le había gustado mucho el asunto, desde el principio. Yo había observado que Oona y Holger parlamentaban con él cuando empezamos a tirarnos agua, y también más tarde, para convencerlo de entrar en el juego. Al acabar con las témperas, noté que él llamó aparte a Oona y enseguida ella vino a anunciar que ... (no recuerdo cómo se llamaba) iría a bañarse, también se cambiaría y volvería para continuar con nosotros, pero solicitaba no jugar más.
Ya lo habíamos olvidado cuando reapareció. Se había puesto una camisa mangas cortas, muy limpia, un pantalón claro, de raya impecable, atado con cinto de piel de serpiente, calzaba lustrosos mocasines, también de serpiente. Apenas apareció, Lorena -que estaba un poco borracha- gritó: "a mojarlo, a mojarlo". El alemán se puso pálido, con desagrado farfulló algo en su idioma; nos dimos cuenta de que era algo agresivo porque Oona y Holger discutieron un poco molestos con él. De repente voló una bombita desde algún lugar; fue a pegarle justo en el pecho. Su camisa floreada adquirió súbitamente una oscura mancha, que se extendió enseguida hacia su vientre. El tipo gritó y se enojó mucho. Entonces le llegó otra bombita que esta vez pasó por cerca de su cabeza. Esto actuó como una señal, pues en el acto comenzaron a llover bombitas de todos lados sobre el alemán. Entonces sucedió una escena patéticamente risible. El hombre -de unos treinta años-, sufrió un ataque de histeria. Se tiró al suelo, comenzó a mezarse sus lacios pelos castaños mientras gritaba, voces que únicamente entendían Oona, Holger y los otros cinco alemanes -cuatro varones, una mujer-; los diez o doce argentinos que estábamos allí nos habíamos quedado quietos, sorprendidos. De repente se levantó, entró corriendo a la casa, y luego de unos cinco minutos emergió, otra vez cambiado, portando su maleta. Farfullando en su idioma descendió por el sendero que llevaba hacia el lejano portón con gran velocidad. Oona corrió tras él, llamándolo por su nombre. Cerca de la casa de Peter logró detenerlo unos minutos. Los vimos dialogar rápidamente, Oona empeñada en disuadirlo, él muy alterado. Finalmente giró bruscamente y se fue. Vimos a la muchacha rubia regresar cariacontecida para decirnos:
-Se va definitivamente. Dice que irá a un hotel.
A decir verdad yo me sentí aliviado. Porque me había molestado mucho verla conversar con él, varias veces, y llevarlo a pasear.

Hacia el fin del carnaval se suscitó otro incidente violento, esta vez con Lucía. Habíamos ido al corso. Estábamos Lucía, Daniela, las dos chiquitas y yo con una familia amiga, cuando vimos pasar a Oona, Holger y otros dos alemanes por el frente, entre la multitud. Enseguida empecé a porfiar para que fuésemos hacia aquel lado, y Lucía se enojó. Me dijo palabras agresivas, por lo cual, sin darnos cuenta casi estuvimos en cuestión de segundos enredados en una discusión a los gritos -pues la música fortísima de los parlantes, los tambores de las comparsas que desfilaban por la calle, los gritos de quienes dirigían el corso, impedían escucharnos lo suficiente. Con arrebato grosero la tomé del brazo, en cierto momento, e intenté arrastrarla hacia donde quería ir. Entonces noté que quienes fueran con nosotros (el policía civil y su esposa), su hijo y dos hijas adolescentes, junto a Daniela, nos miraban asustados. Las chiquitas ni se habían dado cuenta del asunto al parecer, divertidas por las comparsas. Con mucha vergüenza, solté el brazo de mi esposa, pero era tarde. Ellos habían escuchado nuestra violenta disputa, la salida se había arruinado. En todo el trayecto de regreso hacia su casa -pues las chicas, de su edad, habían invitado a Daniela a quedarse a dormir con ellas- sobrevoló el amargor de aquel incidente.
Al día siguiente fui a buscar a Daniela, y la invité a desayunar en una confitería. Intenté explicarle por qué se suscitaban violentos incidentes entre Lucía y yo. Para ello historié mi terrible sentimiento de culpa cuando muriera Laura, lo cual, según mi análisis me había empujado irreflexivamente a casarme con la siguiente novia en gran parte para no correr riesgos de hacerle daño otra vez. Pero me enredé y terminé lagrimeando. Cuando creía que dentro de todo había explicado más o menos satisfactoriamente la cuestión, Daniela  hizo un comentario que me dejó descolocado:
-Es linda Oona, ¿no?
Se había dado cuenta de que me había enamorado de la alemana. ¡Seguramente todos se daban cuenta! Entonces me acometió una oleada de remordimiento. Lucía tenía razón, yo la estaba ofendiendo con mis actitudes públicas... ¡no tenía derecho a hacerlo! Me sentí muy mal. Estaba actuando como un crápula. Eso sentí. Entonces decidí -por primera vez- renunciar a Oona.
No iba a poder. Nunca pude. 

 

Los artesanos

En noviembre de 1986 habíamos viajado con Peter Schmergen, Horst y un estudiante salteño a los cerros Calchaquíes, llegando después hasta el norte de Salta. El objetivo principal era recoger piezas para exportar, que Schmergen compraba recorriendo diferentes comunidades marginales, desde los aborígenes wichi-matacos y tonocotés, hasta los artesanos que vivían, huyendo de la civilización consumista, dispersos entre los cerros. De paso dejaríamos a Horst en una pequeña comunidad hippie entre los cerros, donde estaba ayudando a construir una casa de piedra para un matrimonio, de quienes se había hecho amigo. Luego dejaríamos al alumno -cuyo nombre no recuerdo- con su familia, en Salta. Veríamos a Héctor Tuma en Amaicha del Valle, pasaríamos por las ruinas de Quilmes, donde había otra comunidad de artesanos. Nuestro itinerario debía continuar con la visita a un hermano de la esposa de Peter, en la ciudad de Salta. De allí teníamos que seguir hasta la Frontera de Salta, donde encontraríamos varias reservas de aborígenes de diversas etnias, hasta Mosconi, en el límite con Bolivia. En todas partes Schmergen tenía socios o personas conocidas que nos darían alojamiento. Entre los mencionados puntos principales, debíamos tocar una gran cantidad de pequeños pueblos, comunidades, o casas de artesanos aislados, que también esperaban nuestra visita. Nosotros les dejaríamos dinero, ellos entregarían diferentes artesanías: en plata, cobre, madera; tapices, hierbas medicinales, ropas de todo tipo, etcétera. Todo esto lo cumplimos sin problemas, salvo un accidente con la camioneta que me costó la quebradura de un dedo, al regreso.
Empezamos por Tafí del Valle. A la hora que llegamos, luego de un largo trayecto por entre montañas con una vegetación paradisíaca, ya hacía bastante rato que había anochecido. Entre los cerros, reunidos alrededor de una alta fogata entre las piedras, parecían meditar un grupo de hippies, hombres y mujeres jóvenes, de aspecto taciturno, ateridos por el frío. De cabellos largos, casi todos pertenecían a razas de inmigrantes; provenían de Rosario, Córdoba, Buenos Aires. De eso me enteraría después. Muchachos rubios y castaños, mujeres de ojos claros. Todo se animó al llegar nosotros, pues Schmergen anunció que teníamos un chanchito en la camioneta, listo para ponerlo en la parrilla. Aunque casi todos eran vegetarianos dejaron sin remordimiento su dieta. Parece que habían trabajado todo el día y la comida les resultó muy suscinta: he ahí la razón de su saudade, pues apenas el humo del chanchito perfumó la atmósfera limpia bajo las estrellas, cundió la alegría y con una guitarra se pusieron a cantar temas emblemáticos de los `70 pacifistas. Estuvimos allí aquella noche y el día siguiente, partimos al atardecer. Por la mañana temprano las mujeres fueron a bañarse al río, que pasaba por entre las piedras unos cien metros para abajo. Ellos ponían a alguien de vigilancia para impedir que los extraños fuesen a mirar.
Era un lugar paradisíaco. En aquella cova vivían tres familias, pero por separado -tal como si fuesen vecinos en la ciudad, sólo que con mayor distancia entre las viviendas. Por todos los cerros calchaquíes habían cientos de estas familias, viviendo con una actitud de respeto a la ecología, muchas veces vegetarianos o macrobióticos; huían de los reglamentos fijados por la civilización. Eran generalmente pacifistas, pero eventualmente ocurrían entre ellos reyertas graves, como se verá. Los más jóvenes iban desde los 19 a los 27 años,los mayores andaban por los cincuenta. Muchos niños habían nacido allí; eran criados bajo concepciones budistas, hippies, naturalistas, védicas o cristianas, como un grupo que visitaríamos más tarde. Solían ser muy individualistas, por lo cual evitaban normalmente las agrupaciones de más de tres o cuatro familias, y esto manteniendo una prudente distancia, como dijimos, entre sus moradas. Respetaban sus soledades, cada uno de ellos había tenido experiencias traumáticas en las grandes ciudades de donde provenían, por lo que solían ser hipersensibles. Los hombres usaban el pelo largo y barbas naturales; al igual que las mujeres, llevaban vestidos artesanales, anchos, floreados, casi todos fabricados por ellos. Normalmente iban un poco sucios -allí es imposible mantener el tipo de prolijidad acostumbrada en las ciudades-, algunos tenían el pelo apelmazado, lo cual fue tomado por mí como una increíble falta de higiene (muchos años más tarde mis hijas me explicarían que a esto llamaban "rasta" y era un tipo de ungüento que pegaba los pelos, dándole esa apariencia de grumo a los mechones). De tanto en tanto podían encontrarse entre aquellos cerros a suizos, alemanes, franceses, en fin, otros parias del modo de vivir occidental refugiados allí.
Dentro de lo posible trataban de abastecerse de alimentos trabajando la tierra -también criando animales, en el caso de quienes no eran vegetarianos-, pero por fuerza necesitaban comprar algunas cosas, como harina, azúcar, a veces leche para los niños, remedios, en fin. Para ello trasegaban los cerros buscando piedras preciosas, que luego engarzaban en anillos, pendientes, collares, etcétera, hábilmente trabajados en bronce, cobre o plata. De vez en cuando se veían obligados a bajar a las ciudades, entonces, para ofrecer su mercadería.
Schmergen les había solucionado en gran medida el problema -suscitado principalmente por su aversión a la gente de las ciudades -donde por otra parte solían ser discriminados u objeto de burla-, comprándoles dos o tres veces por año grandes cantidades de artesanías. Enseguida supe que se las adquiría a precio vil, comparado con lo que él obtendría luego en Alemania. Eran objetos de alta calidad artesanal, pues cada una de esas personas era un artista, amante de lo que hacía (muchos de ellos son, además, pintores, escultores, poetas, músicos) cosa muy evidente al ver las piezas y altamente valorada por el público europeo. Así, un anillo que Schmergen compraba a cinco dólares, por dar un ejemplo, era vendido allá por cuarenta, por lo menos. Al valor artesanal de la pieza Schmergen agregaba el sentimental, pues todo esto era presentado en Alemania como "apoyo para una fundación que ayudaba a los pobres y aborígenes de América Latina", lo cual dotaba al negocio de un aura irresistible para sensibilizar alemanes con inquietudes de conciencia o sencillamente de personalidad generosa.
Así es que Schmergen, dos o tres veces por año, recorría los cerros de Tucumán, Catamarca, Salta y a veces Jujuy y el Chaco, acumulando hermosas artesanías, para llenar los espacios que restaban en el contenedor tras cargar la miel de los apicultores miembros de la Stiftung.
Hacer ese itinerario era una experiencia extraordinaria. Además de los lugares bellísimos, las originales personalidades de los artesanos creaban en cada caso situaciones particulares. Ello requería de gran elasticidad conceptual para quien debía visitarlos, pues encontraba circunstancias bastante diversas a cortas distancias, lo cual obligaba a adecuarse conceptualmente en muy poco tiempo. Por ejemplo, apenas luego de haber visitado a una familia de criollos oriundos del lugar, donde tomáramos mate con tortillas entre los cerezos -que allí crecían de un modo natural- entramos a la casita de una pareja de rubísimos hippies, quienes con cuyos tres hijitos tan rubios como ellos perfectamente podrían haber sido holandeses. Sus paredes presentaban grandes posters con las efigies de Jefferson Airplaine, Jimi Hendrix, The Doors, mezclados con tapices de la India. Su discoteca estaba colmada de discos en inglés.
Pronto llegamos a Amaicha del Valle, el "imperio" de Tuma. Héctor Tuma era un hombre como de cuarenta años y, a diferencia de muchos indios había tomado con firmeza al destino en sus propias manos. Muy alto, buenmozo, fuerte, era broncíneo, hermoso exponente de una raza aborigen con alto grado de pureza. Había construido una especie de castillo incaico entre los cerros, que explotaba como restaurante y hotel. Además explotaba una fábrica de artesanías, donde trabajaban decenas de teleras y artesanos, elaborando tapices, frazadas, ponchos, ruanas, miles de objetos de cerámica de bellísimo diseño, que acrisolaban en grandes hornos bajo su dirección. Estos trabajos eran altamente valorados en Europa. Su prestigio había llegado ya a los Estados Unidos; cuatro o cinco años después me enteraría por una revista que iba a exponer algunos de esos tapices en el Museo de Arte Moderno de Nueva York.
Analfabeto, se había criado en la calle, lustrando zapatos durante toda su infancia. Tuma tenía una esposa bella, también de rasgos finamente indios, morenísima, unos dieciocho años menor que él, quien se ocupaba de leer y mantener la correspondencia personal y administración general del artista-empresario. Un maestro porteño, descendiente de italianos, había venido a vivir muy cerca de él, para actuar como "asesor cultural". Él se encargaba de inculcar a los Tuma la superidad de las razas aborígenes sobre la calamitosa combinación de pieles blancas altamente vulnerables a los elementos con mentes neuróticas y angustiadas de los europeos que habían fundado la civilización occidental. Lo singular es que el mismo tipo que sostenía tal cosa era un rubio de ojos claros, también. Nos prestaron para que nos alojáramos una casa bellísima, antigua, que poseían sin habitar en el pueblo cercano, luego de agasajarnos con una exquisita cena. Ya habíamos dejado a Horst atrás, por lo cual en ese momento éramos tres, con el estudiante salteño, quien jamás decía nada sin que se le preguntara -según la costumbre de la gran mayoría de aquellos paisanos.
Al día siguiente visitamos las ruinas de Quilmes, pues debíamos pasar por allí para ir a la morada de otro proveedor de la Stiftung. Con estremecimiento, pisé esas gigantescas piedras, imaginando los espaciosos ámbitos donde desarrollaban su vida comunitaria los aborígenes de aquella raza bravísima, los últimos en ser sometidos por el conquistador (recién a fines del siglo XVIII).
Luego de salir de allí y recorrer unos cincuenta kilómetros estuvimos sobre un panorama completamente distinto. Era una región más terrosa, de vegetación árida. Nos detuvimos en un pequeño pueblo muerto, compuesto por grandes casas de ladrillo, totalmente deshabitadas y en ruinas. En una de estas vivía Juan Lugarini, con su familia. Ella estaba compuesta por su esposa, una hija de quince años y un muchachito como de siete. El viento levantaba remolinos de tierra en aquel caserío fantasma. El hombre que nos recibió era sumamente delgado, de tez muy oscurecida por el sol. Llevaba el pelo extremadamente largo, como la barba, y al igual que su mujer, le faltaban muchos dientes. Nos invitó a pasar; en las pocas habitaciones que conservaban algo de techo, habían acomodado sin mayor orden sus pobrísimas pertenencias: sillas de metal sin respaldo, dos o tres mesas mal reconstruidas con alambres, sobre las cuales trabajaban fabricando sus artesanías de arcilla. Por todos los rincones de las ruinas se percibían colgajos de telarañas, impregnadas de tierra. El aspecto de todo aquello era depresivo. Pese a esto, Lugarini nos dijo que estaban luchando por conservarlo, pues habían aparecido unos "dueños" del sitio que vivían en Tucumán, y querían echarlos. En ese momento se oyó un galope y apareció la hija, montada en un caballo flaco. Era una muchacha bonita, pero su piel estaba tan arruinada por la intemperie, sus cabellos tan desteñidos por el sol, sus pies, descalzos, y sus manos, tan ásperas, amarronados por la tierra, que difícilmente hubiese suscitado la menor inquietud sexual en alguien civilizado. Inmediatamente le tuve lástima, pensé en mis hijas, me dije que jamás las condenaría a una vida que pudiera obligarlas a pasar su adolescencia de tal manera. Esto alimentó la eterna contradicción en que se debatía mi alma, entre el rechazo profundo que me suscitaba la existencia febril de las ciudades, lo irritante que me resultaba su estética y la comprobación frecuente de lo difícil de una existencia familiar en el campo, si no se tenía acceso a recursos técnicos creados precisamente en -y para-las ciudades. Y el otro tema: para un joven -como se sabe- es vital cierta alternación con otros de su edad. En medios como el que transitábamos, casi no habíamos encontrado jóvenes... barridos por el éxodo hacia las ciudades, habían convertido a estos lugares -paradisíacos algunos, pero sin posibilidades de progreso económico- en espacios habitados mayoritariamente por niños, adultos y ancianos. (O esa otra sub-especie que ya hemos descripto, los rechazados por la civilización, quienes a su vez rechazaban a los que no fueran más o menos parecidos a ellos.)
Juan Lugarini era un "evangelista", según se definía. Nos dijo que la comunidad que integraba era grande, pretendían vivir como verdaderos cristianos; para ello debían evitar las ciudades.
-Un solo hermano por vez viaja a la ciudad, cuando se lo necesita -dijo- debe vender nuestras artesanías y comprar cosas para todos... harina, yerba, azúcar... Ahora mismo ha viajado un hermano a Salta, y estamos todos orando por él constantemente, para que nada malo le pase... en las ciudades, reina Satán -afirmó.
Le pregunté de dónde había venido él.
-De Buenos Aires -contestó.
-¿Y vuelves a tu ciudad alguna vez? -quise saber. Me miró como si lo hubiese insultado. Luego dijo con ahogada furia:
-Ninguno de nosotros, ¿entiendes?, ninguno va jamás a esa concentración del mal que es Buenos Aires... ni iremos aunque nos maten. Ella es la prostituta mayor, la reina del mal, allí impera sin competencias Satán.
Me sentí incómodo ante él. Por una parte me atraían su opción de vida y en general sus conceptos. Por otra, veía un altísimo grado de fanatismo en sus ojos, que no eran mansos, sino alucinados, como los de quien odia, y me parecía muy cruel imponer a los niños una forma de vida infrahumana, sirviendo a una concepción fundamentalista... Conocería después a otros miembros de la comunidad de Juan, que no vivían de un modo tan áspero como él, aunque sustentaban una paranoia similar. Nunca resolví del todo esta contradicción interna, pues conocería a otros pobladores de las sierras -o el mismo campo de Tucumán, Salta, Catamarca o Santiago- que por el contrario parecían vivir muy felices y prósperos (aunque siempre con cierta aspereza) en lugares en absoluto carentes de la tecnología occidental.
De allí fuimos a Salta. Después, recorrimos cuatro o cinco pueblitos donde visitamos artesanos de la región, u otros como Juan Lugarini o los hippies, fugitivos de la gran ciudad. Cerca del crepúsculo llegamos a las comunidades indígenas. Pernoctamos en una de ellas, inmensa, extraordinariamente organizada pero así también muy pobre, cuyas matriarcas eran tres maduras monjas alemanas.
Por fin, llegamos a Mosconi. Nos alojamos en la comodísima escuela agrotécnica, un complejo edificado en tiempos de Perón. Su director nos obsequió un avestruz y una pareja de pecaríes que habían capturado en la selva, pues con los alumnos pasaban mucha tensión. A veces se escapaban, eran animales peligrosos, por lo cual debía mantenérselos alejados en lo posible del contacto con humanos. En un aparte aconsejé a Schmergen que no los aceptara -pensaba en nuestros alumnos, pero particularmente en mis hijitas-; como era habitual en el ex cura, no me hizo el menor caso. "¡Vamos a empezar a formar mi zoológico!", exultó. Desde hacía tiempo que hablaba de crear un zoológico en la Stiftung, este obsequio le daba oportunidad de concretarlo. Además Schmergen era incapaz de rechazar un obsequio. Todo lo que viniera gratis lo regocijaba. Con los hijos del director, fuimos una tarde a llevar cartas al correo de un pueblo boliviano, cerca del límite. Con los pocos australes que tenía, pude comprar regalos para Lucía y mis hijas, pues el cambio nos favorecía mucho por entonces.
En Mosconi estaba la más grande reservación de aborígenes. Cientos de ellos, con sus familias, se habían colocado ordenadamente a las puertas de sus chozas, con una mesita donde exhibían sus trabajos. Lo hacían exclusivamente para nosotros, pues se les había avisado que veníamos. Schmergen elegía: esto sí, esto no, los aborígenes por turno trataban de vender más artesanías, Schmergen alegaba falta de dinero; finalmente terminaba sacándoles las cosas por menor precio. Una indígena bellísima, como de dieciocho años, de ojos color miel, me suscitó un comentario elogioso. "Debe ser mezcla con europeo", me contestó Schmergen. Le dije que eso era un prejuicio infundado. "Una aborigen no puede ser así", insistió, pero sin fundamentarlo. Todas las razas que llegan a dominar el aspecto económico de la existencia humana se ilusionan con la propia superioridad. Otrora los egipcios, luego los japoneses, ahora los anglosajones o germanos -reflexioné.
Al regreso, le rogué a Schmergen que no manejara de noche, pues casi no habíamos parado aquel día: encima, tuvimos que cargar las pesadísimas jaulas de madera con los animales, que llevábamos atrás, junto a una inmensa cantidad de cajas con artesanías, que llegaban hasta más arriba del techo, atándolas y reatándolas con gruesas sogas. Para variar, no me hizo caso. Tampoco aceptó que nos turnáramos para manejar. Como a las tres de la madrugada, iba él manejando, al medio otro estudiante que llevábamos de regreso a la Stiftung, y yo del lado de afuera, cuando se nos cruzó una tropilla de caballos. Schmergen cabeceaba sobre el volante. Yo también dormitaba, pero el instinto me advirtió. Grité; Schmergen dio un tirón al volante que hizo zigzaguear brutalmente a la camioneta; la puerta de mi lado se abrió; para no volar despedido por la gran velocidad y la succión exterior, me aferré con la mano derecha al techo de la camioneta; se oyó un golpe fortísimo, luego sentí otro golpe y un agudo dolor en la mano; me di vuelta: atrás había quedado un caballo retorciéndose sobre el pavimento, pero alcancé a ver que se incorporaba, atontado, y seguía a sus hermanos. Milagrosamente, habíamos pasado por en medio de la tropilla, sin embestirlos, pero por efecto de la frenada y el zigzag se había abierto la puerta, la cual chocó en la cabeza de un caballo y regresó con gran potencia, aplastándome la mano. Ello me provocó la quebradura de un dedo. No lo sabría hasta llegar a Tucumán, pues Schmergen insistió en que debía aguantar el dolor, para no parar -sospecho también que para no caer en el riesgo de gastar algo de dinero en medicamentos. En Tucumán el hospital público estaba tan lleno, que a pesar de haber logrado entrar con una artimaña en la sala de guardia, desistí de hacerme un estudio serio, por lo cual, recién al llegar a Santiago, en el hospital Regional, el médico me aplicó un precario entablillamiento de plástico. Debido a este suceso, el dedo anular de mi mano derecha quedaría torcido para siempre.
Bueno, por causa de esta relación comercial aparecían cada tanto por la Stiftung muchos de estos artesanos, quienes cuando tenían dificultades económicas peregrinaban hasta Rodeo, para pedir un anticipo a Schmergen, aprovechando para cambiar sus artesanías por miel u otros alimentos que llevaban, de nuestro campo, para sus familias. A veces se quedaban por algún tiempo.

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Capítulo 6

Inauguración de la guardería

Todo estuvo listo para inaugurar la guardería a principios de marzo. El edificio, muy espacioso, era el más sólido que se había construido hasta el momento allí. Constaba de una sola, gigantesca cúpula, subdividida interiormente en cuatro espacios. Los más grandes se ubicaban hacia el frente, mirando al oeste; eran un amplio salón y a su lado, los baños, dotados de mesadas con piletas para lavar ropas u otros usos, varios retretes y duchas. Hacia atrás, al este, había una pequeña habitación, pensada originalmente para apartar un poco a los niños que se durmieran, junto a una larga salita donde se debía preparar las comidas (frugales, pues los niños estarían allí solamente por las mañanas). El proyecto -diseñado por Oona y Peter- se orientaba a recoger allí niños de mujeres humildes, obligadas a trabajar en el campo, que no tenían familiares que pudiesen ocuparse de sus niños hasta que ellas regresaran. Se admitirían niñitos de dos a cuatro años, edad en que ya podrían ingresar al jardín de infantes. Por cierto del emprendimiento también sacaba mucho partido Peter Schmergen, dado que las donaciones para su construcción y funcionamiento provenían de generosos alemanes, a quienes había bombardeado con las fotografías de niños pobres con que contaba en gran abundancia dentro de su cartera, cada vez que iba. También había fotografiado hasta el hartazgo el edificio, en cada paso de su construcción, pues con esas pruebas obtenía mayores recursos, demostrando lo caro que significaba atender a los niños del Tercer Mundo correctamente.
No sin conflictos se efectuaría la fiesta convocada para un domingo por la tarde. Todo comenzaría a las ocho, para lo cual, debíamos tener el gran patio regado, mesas y sillas dispuestas formando un círculo, para una concurrencia calculada en doscientas personas, y la amplificación, para difundir música y proveer de un micrófono fiel que permitiera un desempeño cómodo a los oradores. Este fue otro motivo para fogonear el disgusto de Peter hacia mí, poco antes de empezar con el acto. Con su habitual actitud de mezquinar el centavo, él había hablado a un amigo que tenía en la ciudad de Santiago del Estero, quien le prometió venir con su amplificador y aportarlo sin cobrar nada. Esta persona -a quien también yo conocía- se conformaba con haber sido invitado a la fiesta, donde comería asado y departiría con sus amigos alemanes. Por mi parte desconfiaba de estos acuerdos gratuitos, pues al no pesar la obligación de un contrato, en un alto porcentaje de oportunidades solían resultar fallidos. Precisamente lo contrario de lo que necesitábamos: teníamos que garantizar estrictamente la música, desde las seis de la tarde, y también muy especialmente los micrófonos, pues se sabe que sin micrófonos un acto masivo y al aire libre resulta desastroso. Estaba prevista la actuación de un conjunto folklórico, uno que otro solista, y Tomás, un artesano que accidentalmente nos visitaba, quien se había ofrecido a cantar acompañándose con guitarra. Esa misma tarde había llegado Pedro, otro artesano que también tocaba la quena y el sikus; se conocían, de tal modo que actuarían juntos. Habían estado durante toda la mañana y parte de esa tarde ensayando. Debido a estas consideraciones, me tomé la atribución de contratar a un amplificador profesional de Rodeo, quien por cierto iba cobrar una tarifa razonable. Al fin y al cabo yo era el director del área educativa, aunque Peter jamás reconociera del todo ese título, al cual agregaba indefectiblemente la palabra "interino", pese a que su otorgamiento a mí había sido una exigencia de los alemanes (en una decisión que me sorprendiera y cuyas motivaciones jamás llegué a conocer claramente). Bien, esta vez como en otras, aún sabiendo que esto iba a provocar roces, yo había tomado la decisión de disponer un gasto que me parecía necesario.
A eso de las siete y media de la tarde el espacio estaba casi cubierto por el público, compuesto principalmente por personas que habían venido de la ciudad de Rodeo. Los más humildes habitantes de los alrededores, hacia quienes iban dirigidos los propósitos de la guardería, eran los menos representados. Esto por una frecuente condición de los pobres, quienes se sienten intimidados ante la presencia de personas económicamente superiores, en varios casos familiares de los mismos patrones para quienes ellos trabajaban. Pero los niños sí habían concurrido masivamente. Esa tarde se les serviría gaseosas y sandwiches, así que el estímulo era importante.
Oona estaba muy nerviosa. Primero se mostró con un vestido azul oscuro, de noche, y zapatos negros. Un rato después de haberse perdido en la casa donde aún moraba, reapareció con un traje sastre, de color sepia, entallado, y zapatos al tono. Tenía esta vez aspecto de azafata alemana. Como la pollera dejaba sus piernas a la vista de las rodillas hacia abajo, por primera vez observamos que sus pantorrillas eran muy robustas; esto, unido a su largor, provocaba la impresión de ser "toda piernas". Pues en lo referido a cuerpos, la percepción suele transmitir proporciones, no tamaños. Ello suscitó comentarios irónicos de Daniela, esta vez dirigidos a congraciarse con Lucía. "Con razón no usa pollera nunca", dijo. Era verdad. Por primera vez aparecía ante nosotros así.
Peter Schmergen -a quien la gente, que no podía pronunciar su nombre, había rebautizado "Pedro Meguen"- andaba un poco amoscado. Prácticamente no había aparecido en toda la tarde, cosa extraña en él pues solía participar en todo. Su actitud anunciaba tormentas.
A las ocho menos cinco se ubicó discretamente junto a su familia en una mesa distante. Cuando llegó la hora del acto, lo invité a pasar al micrófono. Hizo un discurso de circunstancias pues además de no ser hispano tampoco era buen orador. Luego comprendería que hasta el contraste en ese plano conmigo, que por falta de locutor había tomado el micrófono desde el primer momento, sería un elemento utilizado para exacerbar el resentimiento ya sustentado hacia mí. Luego habló Oona, quien tampoco se destacó por su discurso, muy breve, pero en su caso no era necesario, pues ella misma constituía una atracción. En el momento en que explicaba los objetivos de la guardería vi llegar a una camioneta cargada con grandes baffles atrás. El amigo de Schmergen, con su equipo, había llegado. Era un individuo rústico, de mentalidad simple, que desde su adolescencia trabajaba en la verdulería de su padre y sostenía un conjunto de música popular. Lo vi bajar con su familia, vi apresurarse recibiéndolo a Schmergen, los vi deliberar unos minutos, vi al recién llegado ascender otra vez a la camioneta con su esposa y un hijo, e irse. "Más líos", pensé. Nadie me dijo nada, sin embargo, pero ello no me engañó. Seguramente el haber desairado a quien se tomaba el trabajo de venir cargando por cincuenta kilómetros su equipo, sólo para encontrarse con que no se lo necesitaba, tampoco se me perdonaría, llegado el momento del juicio -que se acercaba.
Lo que siguió fue la fiesta, con gente comiendo a más no poder todo lo que se distribuía -sandwiches, asado, carne de cerdo, empanadas- y tomando vino, cerveza y gaseosas en cantidad. Era una noche muy agradable, estrellada, primaveral. Invité a bailar a Lucía, pero por alguna razón que no entiendo ella nunca bailaba conmigo más de dos o tres piezas. Lo peor era que se molestaba si yo iba a bailar con alguna mujer joven. Razón por la cual para mí, pues me gusta mucho bailar, concurrir con ella a un sitio donde se bailase era un problema. Debía quedarme sentado toda la noche, o de otro modo soportar durante varios días sus taciturnos latigazos verbales, un castigo que no era para despreciar. Ello me indujo tal vez aquella noche a beber demasiado.
Como a las cuatro de la mañana habíamos quedado únicamente Lucía, mis hijas, Oona y uno de los artesanos, que se puso a cantar desde el escenario exclusivamente para nosotros. Sus canciones fueron tan dulcemente tristes, haciendo alusión además a los desaparecidos, tantos jóvenes asesinados durante la guerra que poco tiempo atrás hubiéramos padecido, estaba tan cerca lo de La Tablada... quién sabe cuáles otros factores sutiles de mis sentimientos fueron tocados por las canciones, lo cierto es que me puse a llorar. Sucedió blandamente, sin grandes exteriorizaciones, sencillamente las lágrimas comenzaron a correr sobre mi cara sin que pudiera evitarlo, y aún más, cuando trataba de hacerlo, restregando desesperadamente mi pañuelo contra el rostro y luego, mojado este ya, quería disimular mis lágrimas con la mano, estas parecían tomar más fuerza. Lucía estaba incómoda, no me miraba; simulaba, con expresión adusta, no haberse dado cuenta; Oona, por el contrario, me observaba asombrada, todo el tiempo y parecía también muy conmovida. Luego de la actuación de Tomás apagamos los equipos y nos fuimos todos a dormir.

Hippies, trashumantes, marginales

Lucía reprobaba a los artesanos (los englobados en el genérico de "hippies", esto es, individuos de clase media huídos de las ciudades). Sustentaba hacia ellos un rechazo que le resultaba difícil de ocultar. No así respecto de los campesinos o teleras que proveían ocasionalmente sus trabajos para exportar, pero estos no venían jamás a la Stiftung, salvo que se los invitara especialmente para una fiesta o una asamblea (y aún así, viajaban sólo quienes vivían más o menos cerca). Los artesanos que Lucía repudiaba eran los renegados de la civilización, esos que echaban pestes en contra de la cultura de las ciudades o su consumismo, pero al parecer tampoco podían pasarlo bien sin ellas. Esa era precisamente la crítica más sólida que mi esposa hacía a estos parias: el no ser capaces de sustentar una forma de existencia que les permitiera vivir coherentemente. Se convertían, entonces, en seres molestos, desintegrados. En la ciudad eran extraños, provocaban rechazo con sus olores o sus costumbres impertinentes, además de que la mayoría de ellos circulaba con un airecillo de superioridad displicente, manifestando cada vez que podía lo pobres tipos y tipas que eran quienes se sometían a la esclavitud del sistema. En ocasiones, como una vez que nos visitaba uno de ellos con sus hijitos, a quienes convidáramos con sustanciosas meriendas, su actitud solía tornarse agresiva. El hombre, de unos cuarenta y cinco años, rubio y pecoso, de pequeñísimos ojos azules, llevaba el largo cabello crespo y la barba muy apelmazados, el cuerpo con muchos tatuajes; colgaban de sus brazos numerosas pulseras trenzadas con cintas. Hiperkinético, daba la impresión de estar impaciente en todo momento. Lucía se había compadecido de sus hijitos, pues al parecer el padre, que los había arrastrado desde los cerros calchaquíes hasta Rodeo -unos 400 kilómetros de distancia- no había previsto su alimentación. Por cierto, tal solía ser su desenfado, el artesano aceptó como algo natural la leche con chocolate que Lucía le colocó sobre la mesa, junto a la de sus hijos, y comió rico pan casero con miel, manteca, dulce de leche y mermelada hasta hartarse. Hacía poco que habíamos adquirido un televisor color, lo cual representaba para nosotros un extraordinario avance, ya que el viejísimo blanco y negro donde veíamos los escasos programas interesantes o los dibujitos animados para las chiquitas, mucho tiempo atrás se había convertido en un cascajo que apenas arrojaba sombras fantasmagóricas. Quizá por eso cada vez que tenía tiempo de quedarse en casa Lucía lo conectaba. Luego de lanzar un disimulado eructo el artesano, hasta el momento repantigado junto a la mesa, se despachó contra el aparato:
-¡Cómo pueden soportar eso! -estalló-. ¡Esa pantalla lastima la vista!... ¡Y esos sonidos! ¡Cacofónicos! ¡Hacen mal al cerebro!...
Nos miramos con Lucía, desconcertados por la desfachatez del tipo quien se permitía, luego de recibir nuestra desinteresada hospitalidad, despotricar de tal modo contra algo que para nosotros resultaba muy útil. No fue todo. Inmediatamente nos largó una filípica pseudocientífica sobre los rayos catódicos, el efecto que producen los rebotes de ondas y emanaciones magnéticas de la pantalla, etcétera.
-Hermano -le dije parándome junto a la puerta y señalando hacia fuera el brazo extendido-: aquí tienes 250 hectáreas de monte y tierra virgen, sin televisores. Si no te gusta estar aquí, pues puedes irte... no te faltará espacio para escapar a las radiaciones.
El tipo enmudeció como si le hubiera pegado un golpe en la cara. Se levantó, tomó a sus hijos, y sin siquiera insinuar una disculpa se largó.

Otra artesana, Blanca, la concubina de Tomás, había dejado cierta experiencia que Lucía señalaba como paradigmática. Sabíamos que llegaría en el tren del mediodía. Blanca venía con su hijita en brazos, a quien amamantaba; Peter nos había pedido que la atendiéramos, pues la casa comunitaria y los otros albergues estaban totalmente ocupados (era impensable alojarlos en su casa, por la repugnancia que les tenía la Chicha, quien no los dejaba acercar más de cinco metros ante su puerta). Por cortesía fui a buscarla en la camioneta a la estación, la traje hasta nuestra casa, en ella almorzó, antes de aposentarse tranquilamente en un catre, especialmente preparado para ella dentro de la oficina donde habitualmente yo escribía. En los dos días que estuvo, Blanca no hizo siquiera el amago de ayudar a Lucía en la cocina, aunque más no fuera barrer un poco o lavar los platos; tampoco las tazas que usaba para desayunar o merendar o los demás utensilios. Aparte de ello, constantemente se me insinuaba, mostrándome los pechos cargados de calostro en toda oportunidad, innecesariamente, al desabrocharse la camisa entera (no llevaba corpiño) supuestamente para amamantar al crío, mientras su otra teta quedaba colgando al aire y ella mirándome, con sonrisa cómplice. No le presté atención, pese a ser bella -aunque con un toque siniestro en sus expresiones. Por si todo lo narrado fuese poco, al irse dejó la habitación hecha un caos, con pañales descartables usados dispersos por todo el suelo, la cama destendida, los libros y revistas, que había tomado de los estantes, desparramados aquí y allá. Desde aquella vez -primera y última- Lucía se negó a alojar artesanos en nuestra casa. Como se comprenderá, entonces, las prevenciones de Lucía respecto de estos imprevisibles personajes no eran infundadas.*
Muy excepcionalmente, también nos visitaban los discípulos de Juan Lugarini. Su puritanismo fanático nos recordaba al de los esenios: todo lo habitual para nosotros les parecía pecaminoso, practicaban -o al menos predicaban- una moral que imponía temor. Uno de ellos, tomando la merienda en nuestra casa -siempre llegaban con hambre- nos habló durante un rato de su pasado judío. Esto me develó en el acto la razón de su particular aspecto. Llevaba oscuras trenzas en su cabello ensortijado y su barba, con un aire perfecto a los sefaradíes. Vestía como un hippie, pero en tonalidades grises. A diferencia de los otros, iba completamente aseado, y en su ropaje prevalecía el negro. La voz se le endureció al mencionar su antigua religión, y el desprecio con que habló de ella expresaba un típico fanatismo con que suelen mirar al pasado, normalmente, los conversos. De rasgos cultos, nos confió que su esposa y él habían sido seleccionados por la comunidad "evangélica" para mantener relación con el exterior debido a su "fortaleza para tratar con personas impuras". Lo dijo sin inmutarse, como si fuésemos una especie de cavernícolas, incapacitados para captar sutilezas -aunque aquello bajo ningún aspecto lo era. Me reí interiormente, pues este era el esposo de aquella mujer que se alojara, por una noche, con Oona. Aquella que debió haber escuchado nuestros cuchicheos y otros sonidos inocultables cuando yo entré  por la ventana (esto será narrado enseguida), sin importarme su contigua presencia, para acostarme con la alemana. ¿Le habría contado a su marido esa experiencia? Seguramente. En tal caso adquiriría sentido una chicana. Bueno, me decía yo: parece que la leche caliente, los chipacos, moroncitos y la miel de nuestra casa  no le parecen impuros, pues los devora sin objeción.  Estuve tentado de bromear sobre su moral porque, pese a su abandono del judaísmo,  parecía impregnada de Levitismo. **
Obligada a tolerarlos, dado que ella debía efectuarles los pagos por sus mercaderías, Lucía procuraba mantenerse en lo posible a prudente distancia de ellos cuando aparecían.
 
* Varios años después, ya viviendo en la ciudad, encontré nuevamente a Blanca. Me costó muchísimo reconocerla: abandonando el aspecto hippie, se presentaba como una mujer "normal"; llevaba una pollerita marrón, camisa celeste y, aunque algo deslucida por lo modesto de las prendas, además de su piel aún con huellas de intemperie, era evidente que buscaba cambiar. Me dijo que había abandonado a Tomás, y trasladándose con su hija a esta ciudad, pretendía consolidar una situación estable. Había obtenido una colocación en los escritorios de la Federación de Clínicas y Sanatarios. A lo largo del tiempo, vi que evolucionaba en su aspecto exterior, hacia las formas usuales de aquel mundillo frívolo donde se mueven los médicos y el resto de la pequeña burguesía acomodada de Santiago. Todavía unos años más adelante, me sorprendí al encontrar su foto en el diario, junto a un grupo de elegantes, sonrientes personajes. Ella, junto a otra menos joven, eran las únicas mujeres entre unos diez hombres. El título de la nota decía: "Empresarios anuncian nueva cámara del sector".
** Levítico. Libro que contiene la Ley de los israelitas. De acuerdo a la tradición, fue otorgado a Moisés en sus retiros de la montaña. Contiene instrucciones muy rígidas -a veces crueles-, como:
"Ustedes tendrán por impuros a todos los animales que tienen pezuña no partida en dos uñas y no rumian; todo aquel que los toque quedará impuro. Ustedes tendrán por impuros a todos los cuadrúpedos que andan sobre las plantas de sus patas. El que toque sus cadáveres quedará impuro hasta la tarde. El que levante el cadáver de uno de ellos tendrá que lavar sus vestidos, y quedará impuro hasta la tarde. Estos animales son impuros para ustedes. [...] El que levante el cadáver de uno de ellos tendrá que lavar sus vestidos, y quedará impuro hasta la tarde. Estos animales son impuros para ustedes. Estos son los reptiles que andan arrastrándose por el suelo y que serán impuros para ustedes: la comadreja, el ratón, el lagarto en sus diversas especies, la musaraña, el camaleón, la salamandra, la lagartija y el topo. Ustedes tendrán por impuros a todos esos reptiles. El que toque sus cadáveres quedará impuro hasta la tarde. Quedará impuro cualquier objeto sobre el que caiga uno de sus cadáveres, ya sea un artefacto de madera, o un vestido, una piel, un saco o cualquier utensilio. Será metido en agua y quedará impuro hasta la tarde; después quedará puro. Si cae uno de estos cadáveres en una vasija de barro, cuanto haya dentro de ella quedará impuro y habrá que romper la vasija. Toda cosa comestible preparada con dicha agua será impura y toda bebida que se tome en una de esas vasijas será impura. Cualquier objeto sobre el que caiga alguno de esos cadáveres quedará impuro: el horno y el doble fogón serán derribados; son impuros y los tendrán por impuros." (11,26:35)
O esta otra:
"El hombre que tenga derrame seminal lavará con agua todo su cuerpo y quedará impuro hasta la tarde. Toda ropa y todo cuerpo sobre los cuales se haya derramado el semen serán lavados con agua y quedarán impuros hasta la tarde. Cuando una mujer ha tenido relaciones sexuales con un hombre, ambos deben lavarse con agua y quedan impuros hasta la tarde.
"La mujer que ha tenido sus reglas será impura por espacio de siete días [...] Quien la toque será impuro hasta la tarde. Todo aquello en que se acueste durante su impureza quedará impuro, lo mismo que todo aquello sobre lo que se siente. Quien toque su cama deberá lavar sus vestidos y luego bañarse, y permanecerá impuro hasta la tarde. Quien toque un asiento sobre el que se ha sentado deberá lavar sus vestidos y luego bañarse, y quedará impuro hasta la tarde.
"Quien toque algo que se puso sobre el lecho o sobre el mueble donde ella se ha sentado quedará impuro hasta la tarde. Si un hombre se acuesta con ella a pesar de su impureza, comparte su impureza y queda impuro siete días; toda cama en que él se acueste será impura.
"Si una mujer tiene derrame de sangre durante muchos días, fuera del tiempo de sus reglas, o si éstas se prolongan, quedará impura durante todo este tiempo, como en los días del derrame menstrual. Toda cama en que se acueste mientras dure su derrame será impura, como la cama en la que estuvo en tiempo de sus reglas, y cualquier mueble sobre el que se siente quedará impuro igual. Quien los toque quedará impuro; deberá lavar sus vestidos y bañarse, y quedará impuro hasta la tarde." (15,16:27)

La novela de Perón

Camino por la senda angosta con el libro en la mano, sobre el césped amarillento por el otoño y las pisadas. Admiro la elegancia regular de los álamos, que van hacia el horizonte, elevándose imperturbables junto a la acequia. El sol, ya arriba, no caldea sin embargo como en los días del verano. Son como las once, anoche hubo fiesta en la Fundación. Hoy es domingo. Los álamos plateados, particularmente, son mi admiración. Pensando en ellos llego al alambrado, que limita el fin de mi campo, con la franja de camino comunal. Por allá pasa el canal; debido a esto, cualquier vecino de Rodeo tiene derecho a transitar por allí, en busca de agua. A los lados del ancho curso de agua se abren dos franjas, de tierra, muy espaciosas, como para dejar pasar dos carros muy anchos o un camión por ejemplo. Pocas veces entran vehículos con motor, por ahí. Más allá del camino, hacia el Norte, la tierras de la Fundación continúan, por un trecho relativamente corto: una diez hectáreas; luego se extienden hacia el Sur. Camino por la senda bordeada de paja seca y melilotes hacia el norte, con el libro de Tomás Eloy Martinez, La novela de Perón, buscando el monte. Atravieso el alambrado, doblo a la izquierda, busco un lugar reparadito entre los árboles y me siento a leer. La bocatoma provoca una especie de catarata artificial que me atrae por un rato. Luego me concentro en la lectura. Una pareja de montoneros dialoga sobre la psicología de Perón... en la cama, como corresponde a una novela de Tomás Eloy Martínez. Leo prestando atención al estilo, con la intención lateral de aprender técnicas. Se lee fácil la Novela de Perón, está hecha para ello. Frases breves, estilo periodístico, recursos calcados de Cortázar, García Márquez, Gudiño Kiefer... Eloy Martínez ha hecho un compendio de la literatura latinoamericana del boom, en este libro. El producto final resulta hierático, demasiado profesional, demasiado pulido, como un automóvil de plástico. Me paro un momento para cambiar de lugar, con los muslos un poco adormecidos por la posición de cuclillas, y la veo a Oona, salir con Holger, de la Guardería. Uno en cada extremo, acarrean la mesa que han traído la noche anterior para la fiesta. Me sorprendo de distinguirlos perfectamente, bajo el sol. Nos separan unos quinientos metros de distancia. Me sorprendo de la potencia de mis ojos: he leído durante toda mi vida, he dibujado desde pequeño, en la cárcel solía alarmarme por el dolor de mis ojos, debido a tanta lectura y escritura; sin embargo, hoy, a los 40 años, tengo una visión perfecta, no uso anteojos. Pero debe de darse un fenómeno especial, pienso, pues ocurre como si estuviesen a poca distancia, en un globo de cristal. Con su sayo blanco hasta las caderas y el ancho pantalón, también blanco, Oona presenta una figura desgarbada. El pelo le cae sobre la cara, no lo ha acomodado siquiera, parece que se hubiera levantado de dormir para ponerse a la tarea de trasladar sillas, mesas, cajones con botellas vacías, con Holger. No sabe que alguien la mira: no está actuando. Entonces aparece desgarbada. La descubro poco atractiva: demasiado larga, me recuerda a Shenanigans (el personaje de Sargento Kirk). Cuando desaparecen de la escena, sigo un poco con la lectura. Y luego regreso, por la misma sendita primorosa de junto a los álamos, que me lleva a casa.


Las chiquitas

Nuestras hijas crecían en ese medio agreste con extraordinaria vitalidad. Sol y Angelita trepaban a los árboles, y nadaban en las hondas aguas del canal como pequeños anfibios. Por las mañanas, temprano, enfilaban hacia el rancho de los Garzón. Allí, rodeadas de una pandilla de niños, hacían tortitas de barro, conocían todo tipo de bichitos, jugaban con las cabras, los caballos, las vacas. Cada una tenía un potrillito, "de su propiedad". Los habían bautizado con nombres sonoros: "Chacho", "Emiliano", "Lautaro"... Julita, en tanto, solía quedarse aún en casa. Mientras yo escribía, en mi oficina, andaba por nuestro patio, la cocina, o en la galería, constantemente custodiada por alguna empleada.


Las mujeres también silban

El enfriamiento de nuestras relaciones que intentábamos costaba demasiado. Nos esforzábamos por actuar "con juicio", "como personas sensatas"; fingíamos constantemente una actitud "profesional" para nuestros diálogos, tanto en público como en las contadas oportunidades en que podíamos conversar a solas. Pero bastaba la menor distracción para que nos quedáramos mirándonos, absortos, por unos segundos... hasta que reaccionábamos. O que cuando, durante algún trabajo en común o reunión, accidentalmente se rozaran nuestras piernas, o nuestras manos, ninguno del los dos se apurase por retirarlas.
Como los alemanes eran una atracción en Rodeo, los invitaban a muchas fiestas. Un viernes por la mañana, Oona me preguntó si me habían invitado a cierto cumpleaños, que se celebraba con una cena, esa noche. Le dije que sí, pero no tenía ganas de ir. Entonces me preguntó si tal vez querría acompañarla a tomar un buen vino tinto que tenía, esa misma noche, en su casa. Pues -argumentó- tampoco le interesaba quedarse para la cena, que seguramente iba a estar aburrida. Por cortesía, iba a estar sólo un rato allí.
Pese a que me entusiasmó soberanamente la invitación, procuré no demostrar eso. Le pregunté a qué hora podíamos encontrarnos. Calculó que a las once estaría de regreso. Entonces dije que la esperaría, a esa hora, en el portón de entrada de la Stiftung. Agregué que no era conveniente dejar a una muchacha cruzar sola tanta oscuridad.
-He andado muchas veces en la oscuridad, así que puedes venir directamente a casa si quieres -ofreció.
Yo reafirmé mi postura caballerosa, ella no hizo más comentarios.
Nuevamente tuve que apelar a la excusa de "cuidar a los alumnos". Difícilmente hubiese podido justificar de otro modo una salida a esa hora. Como a las diez ya estaba impaciente por irme; dije que no tenía hambre, vagamente mencioné la posibilidad de comer algún sándwich en la Casa de los Alumnos y salí.
A las once menos cuarto estuve junto al travesaño del gigantesco portón fabricado en quebracho. La anchísima calle estaba muy oscura; sobre la ruta, que pasaba perpendicularmente como a medio kilómetro, aparecían y desaparecían cada tanto resplandores de los vehículos, mayormente colectivos de larga distancia y camiones, que pasaban con rumor asordinado. Estuve allí cavilando durante esos quince minutos y empecé a sentir un incómodo desasosiego. "Mi esposa no merece esto", sentí. "Puede ser cierto que no tengamos una buena relación, pero no debería andar en aventuras con otra mujer, sin separarme de ella previamente". Mas volvía la contradicción irresoluble: si me separaba, ¿qué sería de mis hijas? Había jurado criarlas personalmente, no abandonarlas ni un minuto hasta que fuesen grandes y pudieran bastarse solas. Sería imposible cumplir con esta promesa sin continuar la convivencia con Lucía. Lo había pensado muchas veces ya: la única vía posible era componérmelas de algún modo para soportar este desafortunado matrimonio hasta el momento oportuno (por lo cual debería adoptar las más variadas tácticas, para evitar el alejamiento hasta muchos años después). Todo esto pensaba, y de repente me vinieron ganas de irme. No usaba reloj habitualmente, pero me había puesto uno para controlar el horario de esta cita. Inesperadamente empecé a desear que Oona no viniera. Que se entusiasmara con la fiesta, y olvidara, o no quisiera cumplir con nuestro compromiso. Luego de mis disquisiciones me sentía tan culpable que sólo quería regresar a la casa de los alumnos y dormirme hasta la mañana. Miré el reloj: las once y tres minutos. Bruscamente me dije: "Ya no vendrá" Y dándome vuelta comencé a caminar rápidamente hacia las casas. Había hecho tal vez unos treinta pasos sobre la ancha avenida, cuando escuché un silbido, suave. No me di vuelta repentinamente: había sido como cuando los muchachos expresan su admiración o molestan a una chica bonita pasando por una vereda. Entonces me silbó otra vez. Era ella: presurosa en sus ropas claras, a las que había agregado un chalequito africano, con sus cabellos dorados absorbiendo reflejos de los dispersos faroles, se acercaba emergiendo de la oscuridad con la brisa fresca.
-Las mujeres también silban- dijo al llegar a mí. Luego aceptó mi beso en la mejilla y me lo devolvió apenas.
Como atrapado en una travesura caminé a su lado hacia la casa. No hubo ninguna mención a la causa por la que estaba volviendo sin esperarla. Solo caminamos hacia su casita, ella había preparado una mesa afuera para la ocasión. Me invitó a sentarme y esperar allí hasta que trajese un mantel, vasos y cubiertos de adentro. Accidentalmente tomé la silla de la cabecera -sólo había dos-, dando la espalda a la casa de Schmergen, con cierta ilusión de evitar que me reconocieran si me veían, pues había poca distancia desde allí. Entonces vi con toda nitidez la galería de mi casa. Era el único rectángulo iluminado en el horizonte. A pesar de que estaba por lo menos a cien metros de distancia, se veía con perfecta claridad lo que allí pasaba. ¡Lucía lavando pañales!... Me sentí espantosamente mal... creí que me iba a descomponer... ¡Mi esposa lavando pañales, a esa hora, para nuestras hijas, y yo de jarana aquí con una muchacha! ¡Qué vil, qué repugnante, qué hipócrita despiadado me sentí en ese instante! Mientras tanto, no podía apartar la mirada de Lucía... En ese momento reapareció Oona, con el mantel. No alcanzó a tenderlo sobre la mesa:
-Por favor vamos adentro... me hace un poco de frío...- mentí.
-Está lindo aquí... -protestó ella, sentándose a mi lado pero sin desplegar el mantel.
-No, no, no me gusta permanecer aquí, a la vista de todos, además...- insistí, molesto.
Creo que entendió perfectamente lo sucedido, pues apenas objetó con un murmullo esta vez, antes de levantarse obediente. Pasamos, pues, y nos sentamos ante una pesada mesa redonda, que otrora fuese también de Kolschröder. Ella trajo un vino caro; no le permití que lo destapara por considerar esto tarea de hombre, lo cual me costó un poco; mientras colocó sobre la mesa unos salames en conserva, aceitunas, queso de Alemania, algunos pimientos en aceite. Pero todo estaba resultando un fiasco. Fumamos. Ella rubios, yo mis habituales Parissiennes. Por esos tiempos había perdido un poco el ajustado control que otrora llevase, me desbarrancaba con mucha facilidad, tanto en el vino como en el fumar. "Demasiadas reuniones festivas", me dije para atenuar.
No teníamos mucho de qué hablar, me había deprimido demasiado la situación anterior, me mostraba taciturno, no se me ocurrían temas interesantes, más bien por el contrario, toda palabra pronunciada se me antojaba una frivolidad. Y de hecho lo era: la posibilidad de conversar sin apuros nos colocaba también ante la patética limitación de su castellano, por lo cual solamente podíamos entendernos en argumentos muy sencillos... Con el diálogo penosamente trabado, avanzando en él por mera voluntad, a tropezones, el queso que no me gustaba, el sentimiento de culpa impregnando mi interior, el salame que me parecía muy grasoso, el vino que aumentaba la honda pesadumbre que en ese momento sentía, quise salir del pantano como tantas veces, esto es de un modo semejante a los perros que usan en los circos para romper un parche de papel sobre un aro metálico: lanzándome con fuerza hacia adelante. Entonces me levanté, con movimiento particularmente extemporáneo, y acercándome a Oona, pretendí besarla.
Ella me apartó, sin brusquedad, pero evidentemente fastidiada:
-Conversemos... conversemos... -me decía- ¿por qué no podemos conversar? En Alemania he pasado muchas veces así, sólo tomando algo y conversando con amigos, toda la noche... ¿por qué no podemos hacerlo así ahora? ¡Vos sólo quieres besarme!...
-Ya sabes que me gustas -dije.
-Pero podemos ser amigos...-insistió.
-No.- Dije, parándome-. No podemos ser amigos. Y no tenemos nada que conversar.
Luego de lo cual, me di vuelta, abrí la puerta y me fui.
Me sentí muy estúpido, muy hijo de puta, muy desubicado -al fin y al cabo era un tipo de treintainueve años-, mal con Oona, mal con Lucía, mal con mis hijas, y no pude dormir, enfurecido conmigo, desde las doce y media (hora en que llegué a la pequeña habitación en la Casa de los Alumnos) hasta cerca de las dos de la madrugada.

La antología de Neruda

A unos trecientos metros de mi casa, junto a la acequia, hay un seibo muy particular. Gigantesco, ha crecido con forma de S. Visto desde nuestro campo, está invertida: primero ha criado una panza hacia el sur, luego, describiendo una ancha curva, se ha dirigido al norte; para regresar finalmente en su original dirección, y elevarse dignísimo enanchándose en redonda copa, constelada de "gallitos". Allí me siento a leer: allí van a jugar los niños, es un lugar preferido, por la comodidad con que puede usarse la parte baja de la S como si fuera un asiento, y porque está rodeado de otros árboles y vegetación, junto al suave rumor del agua mansa, que pasa gravísima por la acequia, bajo nuestros pies. Uno queda suspendido sobre el agua allí, en un microclima afectuoso. Estoy leyendo la antología de Neruda que hizo Rafael Alberti. Antiguos poemas, que modelaron mi alma desde la infancia, cuando apenas al despertar, entre las telarañas penumbrosas del amanecer oía a mi padre recitando, mientras se afeitaba para ir al trabajo:

Amiga, no te mueras.
Óyeme estas palabras que me salen ardiendo,
y que nadie diría si yo no las dijera.

...Yo soy el que te espera en la estrellada noche.
El que bajo el sangriento sol poniente te espera.

Han vuelto a mí los versos de Neruda, conteniéndome en este periodo, luego de Maia, luego de Eufemia, luego de Geraldine *, una etapa nueva que exploro con el asombro abierto. El espíritu encuentra una comodidad particular, me arrellano en la S del seibo rugoso y amable, me concentro. Veo llegar a Oona, entre los melilotes, como una Reina del Bosque. Vacila pero se detiene. ¿Qué lees, me dice, desde el otro lado de la pequeña acequia, hay un alambrado allí. "Neruda", le contesto. "¿Lo conoces?" "Creo que sí", dice dubitativa, "Mercedes Sosa lo nombra". Todos los alemanes conocen a Mercedes Sosa. "¿Quieres que te lea algo?", pregunto. "Puedes hacerlo", dice. Le leo en voz alta lo que estaba leyendo para mí antes:

Te recuerdo como eras en el último otoño.
Eras la boina gris y el corazón en calma.
En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.
Y las hojas caían en el agua de tu alma.

Apegada a mis brazos como una enredadera,
las hojas recogían tu voz lenta y en calma.
Hoguera de estupor en que mi sed ardía.
Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.

Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:
boina gris, voz de pájaro y corazón de casa
hacia donde emigraban mis profundos anhelos
y caían mis besos alegres como brasas.

Cielo desde un navío. Campo desde los cerros.
Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en calma!
Mas allá de tu voz ardían los crepúsculos.
Hojas secas de otoño giraban en tu alma.

Ella me ha mirado con ojos muy abiertos mientras leía, sin moverse en absoluto. Sé que mi voz es grave y modelada, he practicado lectura de poesías. Quedo esperando su aprobación. No llega. Sólo silencio. Entonces le pregunto: "¿Qué te pareció?". "No tengo mucho conocimiento del idioma como para comprender poesía", me dice. Me deja decepcionado. Como ninguno de los dos acierta en hallar algo para decir, se va: "Puedes seguir leyendo, ¿eh?", me dice, "yo iré a pasear". "Bueno, gracias", le contesto: "adiós".

* Cuentos escritos por este autor en 1988.

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Capítulo 7

Un cabito de chupetín

La guardería comenzó a funcionar de inmediato. Oona estaba satisfecha con lo que consideraba su obra. Se la veía distendida y autosuficiente. Hasta que una tarde, se presentó escandalizada. Por casualidad yo estaba conversando con Lorena, en el justo lugar donde bajaba un lindo caminito desde el edificio para los niños hacia el ancho patio, cuando apareció acalorada y nerviosa, hablando de una manera excepcional.
-Hemos discutido con Peter... -decía- esto es imposible... -se asombraba- me echan de la casa... debo trasladarme a la guardería con todas mis cosas...
Se notaba que había llorado. Estaba desconsolada, miraba de pronto hacia el este, como pensando en irse para siempre, el viento norte le echaba cabellos en la cara.
-Tendré que traer mis cosas -dijo de pronto y empezó a caminar hacia lo que hasta entonces fuera su casa.
-Te ayudaremos -dijo Lorena - y fuimos tras ella.
También un peoncito ayudó y en quince minutos habíamos trasladado las pertenencias de Oona a la habitación anteriormente destinada a dormitorio de los niños, en la guardería. ¿Qué había ocurrido? Katy, una solterona integrante de la comisión directiva, había trabajado a Chicha, la agria mujer de Peter Schmergen, para obtener la cesión de la casita con el propósito de habitarla ella. Luego de varios meses de adulación pertinaz, había logrado su cometido. Nadie sabía del asunto, debido a lo cual Oona había sido tomada por sorpresa. Ahora bien, yo no veía justificadas las quejas ni comprendía que se sintiera tan humillada por esto. Me guardé de expresarlo, por cierto, al contrario, adopté una actitud solidariamente compungida ante la situación. Pero por dentro empecé a sentirme feliz: tenía un plan.
De un modo imprevisto, el repentino traslado de Oona a la guardería venía a facilitar una solución para mis constantes lucubraciones, respecto de cómo hacer para introducirme en su dormitorio. No había cesado en mis propósitos, pese al fracaso de aquella noche en que intentara persuadirla llamándola desde la ventana. Luego del fracaso, había buscado la oportunidad de obtener una llave de la puerta, pues era el único modo de entrar en la casa sin su consentimiento. Las ventanas estaban sólidamente defendidas por mallas metálicas, que permitían el ingreso únicamente del aire. Pensé algunas alternativas y se me ocurrió tomar a la llave una impresión en masilla para encargar una copia. Una mañana antes de viajar a Santiago, lo hice, pero más tarde desistí del propósito. Suponiendo que lograra entrar sin hacer ruido, era excesivamente peligroso tener que sortear las camas de otros alemanes, que normalmente dormían diseminados en el amplio salón. Pero una vez llegado a la habitación de Oona, me encontraría con más problemas: ella dormía echando llave por dentro a su puerta. ¿Cómo entraría allí? Finalmente deseché toda posibilidad de ingresar. Me quedé bloqueado.
En cambio tenía todas las llaves de la guardería. Alguna intuición me había llevado a pedirle las copias a Oona, pues al momento no me imaginaba que ella terminaría viviendo tan cerca. Me agradaba, pese a ello, poder visitar en cualquier rato aquellos ámbitos donde mi codiciada amiga pasaba la mayor parte de sus horas. El motivo era aprovechar las espaciosas duchas, para que los alumnos pudieran higienizarse, antes de ir a dormir. Esa misma tarde, mientras ayudábamos a trasladar el equipaje de Oona pensé en esperar apenas un tiempo prudencial para que se tranquilizara e intentar, ahora con mejores perspectivas, entrar en su habitación. Otro factor que me favorecía -y también había permitido el cumplimiento de las ambiciones de Katy- era que algunos días atrás Holger había regresado definitivamente a Alemania. Por una parte me dolió un poquito, porque era un buen chico y se había acercado bastante a nosotros. No era un alemán común. Pero también me alegró. Pues, dándose cuenta de mi interés por Oona, constantemente (no sé si lo hacía con consciencia) se había interpuesto entre ella y yo.
Al día siguiente -un domingo por la tarde- estaba escribiendo un sencillo registro que llevaba, en la habitación del preceptor, en la casa de los alumnos, cuando entró Oona. Yo había adoptado aquella pequeña habitación casi como mía, pues iba a dormir con frecuencia allí. Ella necesitaba desahogarse un poco, así que le ofrecí mi silla. Desde la cama, bastante más baja, tuve entonces una vista privilegiada de su cuerpo. Por primera -y última- vez la veía con calzas, de un verde casi blanco, muy ajustadas, que permitían admirar al detalle la opulenta perfección de sus piernas larguísimas. Llevaba unas pequeñas hojotas de hilo que se quitó para poner uno de sus muslos contra el pecho y envolverla con los brazos. Arriba llevaba una camisa suelta, de un tono también verde, semitransparente. Sentí que el corazón desbordaba mi pecho por la excitación. Era bellísima y ese toque de tristeza en su rostro la hacía aún más suave, tan deseable. Me levanté y la besé. Fue muy breve. Ella se levantó también de repente y fue casi corriendo al baño: lloraba otra vez. La seguí, guardando una cierta distancia. Después de lavarse un poco, se acercó a mí... no podía contener las lágrimas, que seguían manando sobre su cara... entonces ocurrió algo grotesco y gracioso. Como un buen caballero extraje el pañuelo que siempre llevaba en el bolsillo de atrás y se lo di para que enjugara sus lágrimas... ¡olvidé que estaba resfriado!... Ella tomó el pañuelo, mojado con mis mucosidades y lo llevó a sus ojos... en el momento de apoyarlo sobre sus párpados cerrados sintió su humedad; lo miró, y haciéndose cargo en el acto del problema me lo devolvió como impelida por un resorte... Me quedé sin saber qué hacer un instante; ella salió... y ya no me atreví a seguirla, por temor a resultar pesado.
La primera consecuencia pública de nuestro creciente afecto iba a derivar de este encuentro dominical. Preparando el matecocido para los niños en la cocina, al día siguiente, Oona me contó que la Atina, una muchachita con deficiencias mentales, había comentado en el barrio el habernos visto besándonos. La cocinera lo había repetido a su vez en la Stiftung, la cierto es que se difundió en cuestión de minutos y había llegado hasta Lorena, quien a su vez se lo transmitió a su jefa. La Atina era una de las hijas de una deficiente mental que habitaba un rancho espantoso a pocos metros de la salida de la Stiftung. Schmergen la había fotografiado a todo lo largo de su evolución -si puede llamársela así-, casi desde que naciera hasta ahora, en que debía de tener unos doce o trece años. Era un arquetipo de niña subdesarrollada, ideal para conmover alemanes que pudiesen aportar donaciones. ¿En qué momento nos había visto? Recordé entonces que la divisé pasando sigilosa, como un animalito salvaje, entre las penumbras del atardecer, hacia la acequia que corría por detrás de las casas. Se había quedado entonces por allí, a espiarnos. Aconsejé a Oona desestimar el asunto sin explicaciones, dada la condición de nuestra denunciante. Por suerte el chisme no se difundió más -o los pobladores, por nuestro carácter de "gente importante", no se atrevieron a comentarlo, al menos ante otras personas de nuestra condición.
Cuando hubo pasado poco más de una semana y me pareció que Oona se había acostumbrado a su nueva habitación, decidí ir a visitarla en su cama. Elegí una noche de jueves. Sólo por intuición. Luego de cenar, anuncié a Lucía que dormiría en la casa de los alumnos. De allí me quedaban apenas unos pocos metros hasta la guardería.
Con toda paciencia esperé que se acostaran todos, y cuando escuché algunos silbos y ronquidos, salí. Era una noche oscurísima, de luna nueva. Pese a ello, mis ojos acostumbrados a la oscuridad divisaban todo con bastante nitidez.
No las tenía todas conmigo, debo confesarlo. Hacía poco, Oona nos había dicho que llevaba un aerosol con ácido en la cartera, para defenderse de posibles ataques. ¿Y si decidía usarlo conmigo? Aún suponiendo que no lo tuviera, ¿si gritaba, pidiendo ayuda? Estas reflexiones se me ocurrieron recién luego de que todo ocurriese, en realidad, pues esa noche yo estaba completamente decidido y la voluntad me arrastraba, sin que mis sentidos se ocupasen de otra cosa que no fuese el encontrar las mejores maneras de cumplir con el objetivo. Era un tigre avanzando hacia una gacela, nada me hubiese detenido. Llegué a la enorme y ancha puerta de algarrobo y con todo cuidado traté de introducir la llave... algo ofreció resistencia. Había otra llave, por dentro... Intenté por segunda vez, pero no logré que el obstáculo se moviera. ¿Qué podía hacer? Miré hacia el suelo, quién sabe por qué... había allí un cabito de plástico, residuo de uno de los chupetines que saboreaban los chicos en la guardería. Su blancor se destacaba nítidamente sobre el ancho umbral. Lo tomé, y con suavidad operé sobre la llave para que abandonara su posición, un poco cruzada, que impedía el paso de la otra desde fuera. De pronto se escuchó un "¡clink!", fuerte, que resonó como un golpe de charleston en el absoluto silencio de esa noche. El obstáculo había caído hacia dentro. Alborozado introduje mi llave, abrí rápidamente y con fuerza la pesada puerta, al tiempo que escuchaba algún ruido proveniente de la habitación final, la ocupada por Oona... Continué rigurosamente con mi plan: me quité con rapidez las alpargatas y el vaquero; aún no había terminado de sacarme la camisa, cuando se encendió la luz de su habitación... y la vi, parada en la puerta. Vacilaba con una mano adentro aún, apoyándose contra el marco... dijo algo en alemán, y se lanzó hacia mí, por el pasillo, exclamando: "No no, no no..."
Con una patada cerré la puerta de afuera y me lancé a mi vez hacia ella. En silencio la abracé fuertemente y comencé a besarla, sin dejar de quitarme la camisa, que finalmente fue parar en el camino; mientras, ella cerraba la boca e intentaba impulsarme hacia la puerta de salida; yo la empujaba en sentido contrario, hacia la habitación, completamente desnudo, sin dejar de besarla y sin permitir que sus brazos se liberaran lo suficiente de los míos como para poder apartarme. Ella llevaba un pijama plateado, semitransparente, que consistía en un saquito abotonado y un ancho pantalón. Se había puesto hojotas, pero las perdió en el retroceso forzado. No pudo ofrecer resistencia a mi vigor, pese a ser tan alta, y pronto la había conducido hacia el lecho. Cuando llegamos a su borde, un empujón combinado con el tropezón de su pierna contra el travesaño la derribó, y yo fui encima. Forcejeaba muchísimo, resistiendo, pero a la vez yo sentí que no usaba todas sus fuerzas en ello. Entre sus manotazos y pataleos fui desprendiendo el saquito de su pijama hasta que emergieron los pechos turgentes. Jamás había sentido sobre mi piel pechos tan sólidos. Estaban muy calientes. Ella siguió forcejeando y cerrando la boca bajo mi boca pero aquello me enardecía más a cada segundo y me excitaba extraordinariamente. Con brutalidad creciente logré quitarle enseguida también el pantalón. Al quedarse en slip, sus piernas durísimas, caldeadas, se restregaron contra las mías en movimientos que tenían por objeto quitarme de encima pero resultaban más y más excitantes. Entonces casi se me fueron las cabras y me detuve, bruscamente. Quedamos un momento quietos, ante la inesperada suspensión de las acciones, mas luego ella me empujó otra vez y yo me levanté. Empezó a vestirse rápidamente. Por mi parte, deshice recogiendo la ropa y vistiéndome también el camino hacia la puerta principal. Ella me había seguido a prudente distancia. Me di vuelta y quise besarla: "No, no", me dijo "¡vete ya!"...

La vi nuevamente muy temprano, por la mañana. La guardería abría a las ocho; receloso, no me acerqué. Ella trajinaba sin apartarse mucho de la puerta, dirigiendo el tránsito de mujeres y niños, yo observaba desde un ángulo cercano a la ventana de la cocina, en la casa de los becados. Al rato, mandó a un peón con el mensaje de que le enviara las llaves de la guardería. Le dije que se las llevaría yo mismo, enseguida. Eso hice. Suspendió su clase un momento, y se acercó mirándome con rencor.
-¿Te parece bien lo que has hecho? - preguntó. Tenía los labios rojísimos, irritados. Bajé los ojos sin contestar, con el manojo de llaves en las manos. Ella extendió la suya y con toda sumisión se las devolví.
-Mira-, dijo señalándose un pañuelo azul que llevaba atado al cuello - esto es tu culpa. Se bajó un poco el pañuelo y vi que tenía un ancho medallón, morado, como el que se forma en las camisetas cuando las atan por partes con hilos para teñirlas con anilina. ¿Yo había hecho eso? ¿En qué momento? ¡No me acordaba! Me dieron ganas de reír y sentí vergüenza al mismo tiempo, pero bajé los ojos otra vez, poniendo la mejor cara de velorio que me salió.
-Bueno, puedes irte ya, ahora tengo que trabajar -dijo, imperiosa, para rematar: -y mejor que desde ahora mantengamos distancia, ¿eh? ¡Distancia!
Me quedé preocupado, y con el paso de las horas esta preocupación fue creciendo. La había visto muy seria. Tenía temor de que me denunciara ante la comisión directiva. En ese caso, las consecuencias podían ser graves. Mi trayectoria conflictiva de los últimos meses, la aversión que me había tomado ya por entonces Peter Schmergen, la condición de obsecuencia del santiagueño medio, que ostentaban casi todos los miembros del grupo directivo, hacían casi segura mi expulsión. Pero a decir verdad me preocupaba todavía más la reacción de Lucía. Ella tenía un carácter fortísimo y decidido, además de que me consideraba su patrimonio personal hasta tal punto, que me había torturado con infundadas sospechas con cada muchacha bonita que se acercara, desde que nos casamos. El solo reflejo de que quisiera irse llevando consigo a las chiquitas, me provocaba un vuelco en el corazón. ¡Yo no podría vivir sin mis hijitas!... De repente tomé conciencia de lo atrevido, temerario, irresponsable, que había sido; comencé a arrepentirme, torturándome por ello. Y por primera vez se suscitó una reacción que iba a repetirse durante el año que comenzaba: empecé a echarle la culpa a Oona y buscar motivos para odiarla.
-¡Pelotudo!- me decía- ¡pierdes la cabeza por una estúpida alemana!... ¡Es humillante! ¿Dónde queda tu nacionalismo? -me censuraba-: el amor a tu raza, a tu identidad... se cae muy fácilmente apenas ves un culo imperialista, un par de tetas suabas, las mismas razas que de la boca para afuera siempre declaraste decadentes... ¡Y ella te hizo pisar la trampa! ¡Es una hija de puta!... Te ha seducido, ha venido a vos con calzas, para engancharte y joderte... juega con vos, y vos como un pendejo pelotudo caes entre sus patas... ¡Ahora se hace la condesa ofendida y hasta capaz que te denuncia, jodiéndote para siempre!.... Eso pensaba.
Oona en el aire

El otoño es la mejor estación en Santiago. Las plantas aún conservan los colores, sin aquella áspera prepotencia impuesta por el plutónico sol de nuestros veranos. Las hojas de los melilotes, apenas verdidoradas, cubrían el campo hasta donde la vista no alcanzaba, con sus florecillas blancas oscilando acompasadamente bajo la brisa como en un mar calmo. Los seibos, enormes, sus gruesos troncos formando actitudes esculturales, los álamos, apartándose hacia el horizonte, para terminar ese tramo que separaba nuestra casa del alambre, cinco hectáreas más allá, con una hilera de la especie plateada, delgadísimos, amables, vibrando en todo tiempo sus manos, representadas para la imaginación por las gráciles hojas, tan dúctiles al viento como si se ocuparan constantemente de esparcir polvillos al aire. En ese momento de la tarde en que el fulgor delicuescente va escondiendo su origen la vi pasar, como una fantasía, por entre las espigas del campo. Iba sumida en su mente, los brazos cruzados sobre el pecho, en actitud de profundísima introspección. Yo acababa de escribir un capítulo de cierta novela, que me había dejado transido por una nube de sentimientos, y había salido, descalzo, en short y encima una remera vieja, con el pelo desordenado, a la galería, pero ella ni notó mi presencia. Como a cuarenta metros de mí me pareció flotando, tal era la cadencia suave con la que se desplazaba, hacia el monte. Entonces, más que nunca, la amé. No me atreví a seguirla, quedándome allí durante un largo rato a esperar su regreso. Pero este no ocurrió hasta el caer de las primeras sombras. O quizás ella volviera por otro camino, pues ya no la vi.

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13/07/05

Capítulo 14

Me expulsan de la Stiftung

En septiembre se efectuó la Asamblea de la Stiftung, convocada de urgencia para tratar mi caso. Si bien había otros temas, el principal sería la propuesta de Schmergen para expulsarme. Advertido de eso, había preparado mis fuerzas leales, de manera que opusiéramos resistencia o al menos denunciáramos las manipulaciones del ex sacerdote alemán. Mi oposición a tales manejos era la verdadera razón de lo que allí se resolvería, esto es, alejarme definitivamente. Mi padre, mi tío, algún otro amigo de los que me quedaban entre los socios al día habían concurrido para no dejarme completamente solo. Mi mencionado compadre, el que intentara birlarme las preferencias de Oona, se desempeñaba por entonces como redactor agropecuario del diario El Siglo. Por su iniciativa, habíamos pergeñado una estrategia para apoyar mi causa: en carácter de cronista, participaría de la Asamblea. Luego publicaría la noticia, según él, "con ecuanimidad", para que la población tuviese conocimiento de los argumentos de uno y otro, cosa que, naturalmente me favorecería pues mis argumentos eran los más sólidos. Finalmente ocurrió todo lo contrario: se publicaron sólo los argumentos de Schmergen. La segunda parte de la información, donde supuestamente debían publicarse los míos, jamás salió. Más tarde este hombre pretendió que me entrevistara con el director del diario, para pedirle que se diera a conocer esta otra parte, pero no lo hice. Así que este mal compadre, como lo haría otras veces luego, terminó perjudicándome.
La asamblea comenzó más o menos puntualmente (había un asado después, y los numerosos socios convocados en gran parte por el estímulo del asado que se serviría después, no querían postergar demasiado este punto del temario). Se usó para ello un gigantesco galpón, nuevo, muy sólido, que se había construido para almacenar toneles de miel y cajas de mercadería para exportación. A las diez y media estábamos ya en plena deliberación. Me sorprendió que no se habían hecho presentes ninguno de mis amigos alemanes. Mientras Schmergen comenzaba la lectura de los temas y sus informes económicos, me deslicé entre el gentío para apurar la venida de Oona, de quien descontaba que por su honestidad debía apoyarme. Cuando entré luego de golpear, estaba escribiendo.
-No voy a ir -me dijo.
-¡Pero debes participar... vos conoces de cerca los manejos incorrectos de Peter Schmergen y es tu obligación testimoniar! -la urgí.
-Él es amigo de mi padre... fue su sacerdote... no quiero perjudicarlo, tampoco quiero perjudicarte a vos, por eso permaneceré distante... -dijo.
Me decepcionó tanto, que después de eso la odié. Mascullando en contra de ella regresé a la asamblea, sólo para escuchar acusaciones.
Nadie me defendió, tampoco mi padre, quien por dignidad sólo guardó silencio. Pero mi alocución fue contundente. Tanto que nadie se atrevió a contestarme. Entre un silencio compungido, salí, luego de afirmar:
-Sé que me van a expulsar. Háganlo, pero en mi ausencia. Pues me retiraré inmediatamente de la asamblea, para no presenciar este fraude, que los denigra únicamente a ustedes.
Ese mediodía almorzamos en mi casa, con nuestros familiares. Pese a lo que yo consideraba una defección, Oona fue a comer con nosotros, en el patio. Triste, pero muy calmado -después de todo esto le daba una salida clara a un conflicto que ya se había hecho muy largo- la perdoné en mi fuero íntimo-. "Al fin y al cabo -pensé- ni a mí mismo me interesaba mucho ya permanecer en la Stiftung, en estas condiciones". En efecto, ni siquiera mi propia esposa estaba de mi parte en esta brega, por lo cual lo más sensato era pensar que debía estar equivocado, o de no, a la postre mi causa era perjudicial para la mayor parte de mis allegados.
La Asamblea proveyó finalmente de una salida clara para este largo conflicto. Me quitaba en realidad, un peso de encima. Yo no quería en el fondo hacerme cargo de la Stiftung. No era el hombre indicado, y lo sabía perfectamente. Si continuaba en la lucha, era por soberbia y obstinación. Lo que sentí, entonces, al conocer esa misma tarde lo resuelto luego de las deliberaciones, fue una gran sensación de alivio. Al día siguiente Schmergen me invitó a reunirme con él y otros miembros de la Comisión Directiva, para proponerme un arreglo.
-Mira, puedes venderme otra vez tu campo e irte tranquilamente-me dijo.
En un arranque de absoluta desilusión, furia, angustia provocada por el largo stress de esta situación desgastante que atravesaba, desde hacían varios meses, decidí abandonar toda lucha. "Ma sí", dije en mi fuero interno: "¿para qué obtener la intervención, y hacerme cargo de todo, si ni siquiera mi esposa me apoya"; es más, "todo será una farsa, el mismo gobierno me pegará una patada, cuando no me necesiten, ellos no ignoran que no soy de su palo, me quieren usar sólo para apropiarse de la fundación", reflexioné. "Además, mis propias hijas me lo podrían reprochar, el día de mañana. Pronto, ni siquiera la Oona estará aquí; ¿cómo aguantaré tanta insastifacción, rodeado por fuerzas hostiles? Mejor renuncio a todo, acepto una buena suma de dinero por nuestro campo y las llevo a vivir a las chiquitas en la ciudad. Allá tendrán acceso a un mejor standard educacional y otros bienes, necesarios, para el periodo de sus vidas que se avecina."
Pero la cantidad que me ofreció no me convencía. Debía alcanzarme para comprar otra vez una pequeña casita o un departamento, en Santiago, o en el mismo Rodeo (aún no habíamos decidido del todo adónde ir, y como apenas podíamos hablar con Lucía sin entrar enseguida en durísimas agresiones verbales, en los hechos debía ser yo quien tomara las decisiones, o al menos las propusiera ya con elementos concretos). Finalmente, luego de regatear mucho y durante casi una semana de idas y venidas, el alemán terminó aceptando pagarme treinta mil dólares por el campo, incluyendo la casa. Como yo debía veinte mil, que había usado para la construcción tomándolo de los fondos disponibles cuando me desempeñaba como tesorero, recibiría efectivamente sólo diez mil. Esto me pareció un buen arreglo, pues con esa suma se podía adquirir una vivienda aceptable en la ciudad, por aquellos tiempos. Me mandó el cheque con Lucía, pero al recibirlo me indigné: lo había librado en pesos... en octubre de 1989 el dinero argentino era una hoja en la tormenta, devaluándose constantemente... la acción de Schmergen era propia de una mezquindad grosera, casi una estafa. Golpeé la puerta de su casa y cuando me atendió le dije:
-Cambiame inmediatamente este cheque por uno en dólares.
Farfulló algunas excusas pero me hizo pasar en el acto a su escritorio, temeroso de mis reacciones, que conocía muy bien, y sacando su chequera del Deutsche Bank hizo un nuevo cheque, esta vez, por diez mil dólares y me lo entregó.
-El problema es que deberás viajar a Buenos Aires a cambiarlo... -me dijo- no tengo dólares aquí... por eso te había hecho el cheque en pesos...
-Yo me arreglaré -contesté.
A los pocos días, Oona viajó a Buenos Aires, para comprar su pasaje. El diez de noviembre, exactamente un año después de su llegada, quería regresar a Alemania. Faltaba poco más de un mes y medio. Ella cambió nuestro cheque, y me entregó el dinero al regresar.

Una ilusión ocasional

Había una fiesta en el barrio pobre. Se inauguraba un Jardín de Infantes. Con cariñoso esmero, las madres apoyadas por las maestras municipales habían decorado el modesto edificio para la ocasión. A las once de la mañana, llegamos con Lucía, Sol, Angelita, Julita y Oona. El ancho patio abierto en medio del monte estaba cubierto de mesas y sillas de las que se usan para los bailes de campaña. Obsequiosos, los vecinos nos guiaron hasta una ubicación especial, que habían reservado especialmente para nosotros.
Éramos personajes importantes para aquella sociedad. Noté que de todas partes nos miraban, con afecto, y bastaba que percibieran algún deseo por parte nuestra para que se apresuraran a servirnos. Comimos asado, las chiquitas prefirieron sandwiches de jugosos bifes, menos Julita, para quien había que cortar la carne en pedacitos y dársela en pequeñas dosis, con una cucharita. Las tres niñas recibían esmerada atención, en la que se empeñaban tanto Lucía como Oona. En un momento de aquella fiesta, gratificado por la tranquila armonía que allí reinaba, tuve la ilusión de constituir todos una familia feliz. "Hermoso sería -pensé- que las normas legales permitieran a un hombre en mi caso la opción de concertar matrimonio con dos mujeres". ¡Qué bien parecían complementarse Oona y Lucía! Conversando animadamente, se ocupaban de las chiquitas como si ambas fuesen sus madres. A cada tanto lanzaban una carcajada, festejando alguna salida ingeniosa sin duda, la cual por el volumen de la música no había alcanzado a escuchar. ¡Y qué bellas eran ambas!... De rasgos nobles, las mujeres que ante mí departían, olvidándome -para mi beneficio, pues ello me permitía contemplarlas- constituían una combinación de lo mejor que podía exponer cada raza. De rasgos aquilinos y frente ancha, ojos oscuros de expresión insondable, luminosos, el cuerpo de Lucía era exquisitamente proporcionado: todas sus partes, desde las manos hasta sus pequeños pies, formaba un conjunto elástico, elegante, que transmitía como en un aura la firmeza digna de su personalidad. Por su parte, Oona, desde su cabeza rubia, su cuello largo, pasando por el alargado cuerpo hasta los blancos pies, constituía la otra belleza, la de los países nórdicos, en su expresión más refinada.
Recordé entonces lo que Oona me había dicho, hacía poco, durante una ocasional conversación a solas:
-Lucía te ama.
Como la expresión había resultado inesperada, por lo fuera contexto, pregunté:
-¿Por qué dices eso? ¿Vos cómo lo sabes?
-Las mujeres nos damos cuenta de esas cosas -afirmó, usando el tono sentencioso que le era propio cuando se refería a cuestiones consideradas como serias.
-No creo que ella me ame -cuestioné-. Más bien creo que me considera su propiedad. Por eso tal vez parezca cuidarme.
-No -había insistido la bella muchacha de Tübingen-: Ella te ama. Estoy segura de eso.
Una ventolera repentina nos obligó a regresar. Lucía cargó a Sol, yo a Angelita, Oona a Julita. Con ellas en brazos, nos alcanzó un temporal fortísimo de tierra cruzando el monte. Pero llegamos enseguida a nuestra casa, que estaba muy cerca. Oona no tenía muchas ganas de irse, pero finalmente lo hizo, cuando amainó un poco el viento. Durante gran parte de aquella tarde estuve acariciando aquella fantasía que se me había ocurrido en la fiesta. La de que pudiésemos formar una familia unida que incluyese a Oona. Así, tal vez, podríamos ingresar a una forma perfecta de concordancia, de felicidad.

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Capítulo 18

Un largo adiós

Algunos días después llegó aquella foto de Chaplin, impresa en una cartulina grande. Al reverso, breves consideraciones circunstanciales, saludos para todos. Sonaban frías. Había comenzado el proceso de lo que llamaba "tomar distancia".
Mi situación emotiva tocó un fondo y lo que antes fuera un torbellino vertical ahora se presentaba como frías ráfagas, compuestas por fino granizo, que atravesaran un ámbito crepuscular. ¡Cómo estaba!... (¡Cómo estás!... me decía con repugnancia, Lucía. A mi derrumbamiento interior -que se manifestaba en una palidez amarillenta, ojeras negras, talante mortuorio- se agregaba el constante hostigamiento de mi esposa, quien ahora sin la peligrosa presencia de Oona se lanzaba con toda su furia contra mí, segura de haberse alejado la posibilidad de que, dando un portazo, abandonara esta convivencia absurda marchándome con quien consideraba su rival.) No sé en qué momento Lucía interceptó aquella carta, que nunca leí, pero en la cual, según mi esposa, Oona decía recordar la sensación de sus dedos enredándose entre mis cabellos. Pese a esto -siempre según Lucía- "la alemana te sugiere que no te hagas ilusiones, que eso fue un rato agradable y nada más" (já, já. Lo de siempre. Vienen estas perras de afuera, basta que sean inglesas, francesas, alemanas, y los colonizados mentales se vuelven locos, ellas los joden, los usan, los dejan, y los boludos quedan aquí hechos mierda... como vos). El mismo sobre contenía algunas fotos, en las cuales aparecía ella pero dando los primeros planos a nuestras chiquitas. Me las entregó, la carta se la guardaría -según dijo- como prueba para iniciar el juicio de divorcio. Allí comenzó un periodo de crueles confrontaciones, mayormente psíquicas, cuyo pico máximo llegaría al irme a buscar alojamiento, una siesta tórrida, pues no podía soportar más tal constancia en la mutua agresión. En Santiago nadie atiende el timbre a la siesta, así que trajiné inútilmente por todos los sitios donde podría haber conseguido una habitación barata. Ahora pienso que hice esto porque de un modo subconsciente no quería irme. Parcialmente desalentado ya en mi decisión, acudí a buscar consuelo en la casa de mi hermano, quien como se recordará había sido sacerdote católico. Mi hermano es calmo como un estanque, pero además fríamente racional. No se necesitaba demasiada racionalidad sin embargo para aconsejarme como él lo hizo:
-Pero si el problema es la alemana... y ella se ha ido lejos, tal vez nunca más se verán... renuncia a ella, dando seguridades a Lucía de que será definitivo; dale muestras de estar genuinamente dispuesto a ello, y el problema se terminará...
Mi mente entorpecida por las devastadoras emociones no había acertado a esta solución tan sencilla, que agradecí. Mi hermano me acompañó hasta la parada del colectivo. Como otras veces, sentía que atravesaba un nuevo segmento odiseico de mi existencia. Sedado, como si me hubiesen infundido un temperante, regresé a casa pues y, sin aceptar pese a ello que hubiese mantenido relación sentimental alguna con Oona, ofrecí a mi esposa cortar mis comunicaciones con ella, borrarla completamente de nuestra existencia, como prenda de conciliación. Ella avanzó más y me impuso quemar todas sus fotos, cartas, notas y también, ya que estábamos, una hermosa foto de Mariana * que yo había dejado irresponsablemente en mi agenda. Así lo hice, sin chistar. En la hoguera cayeron también aquellas donde estaban nuestras hijitas ("pues venían impregnadas con su éter") cosa de la cual me arrepentiría amargamente luego. Pese a que insinuó hacer lo mismo con los cassettes, no se atrevió a presionar sobre esto. Percibía claramente mis sentimientos, luego de tantos años juntos, por lo cual supo que la música iba a ser el último rincón donde iría mi alma a refugiarse, y no debía avanzar sobre este espacio.

* Ver El Veranito de San Juan

Epílogo

El verano pasó, con lluvias cada tanto, y yo me sentí aún adolorido pero también aliviado. La situación económica no nos daba tregua mientras tanto, por lo cual tampoco disponíamos de demasiado tiempo para lamernos las heridas: debíamos avanzar cada día con el compromiso asumido, el de mantener un vivac protector en torno a nuestras hijas. En eso triunfábamos, inalterablemente. Ninguna fisura se abría en las gruesas paredes o el techo blindado con el que cubríamos en todo tiempo a nuestras hijas; ellas crecían absolutamente despreocupadas de lo que sucedía, o mejor dicho, lo que sucedía a su alrededor era siempre grato, siempre alentador, pues coincidíamos completamente con Lucía en brindarles cariño, atención permanente, alimentación suficiente, juguetes, elementos para estimular su creatividad, en fin, los innumerables aspectos sutiles o los elementos necesarios para que un niño crezca saludablemente y feliz eran el centro de nuestra existencia, de nuestros afanes. Había un pacto entre nosotros, en el sentido de hacer sus existencias sagradas, así tuviésemos que entregar nuestra sangre para ello si era necesario. No había ninguna hora de la jornada, fuese de día o de noche, en que alguna de nuestras hijitas nos llamara y no pudiese contar, en el acto, con alguno de nosotros. Todo lo demás, fuese personal o colectivo, se ubicaba entonces en planos subordinados.
Paulatinamente nuestra situación económica mejoró. Luego de un periodo trabajando en la librería de mi amiga Irene, me ofrecieron el puesto de encargado de la sección cultural en el diario El Siglo. Por cierto acepté, con la fortuna de que apenas unos días después de haber ingresado el Jefe de Redacción me ofreció ampliar mis actividades periodísticas con el rango de redactor permanente, lo cual nos dotaría de estabilidad laboral y un mejor sueldo.
Cuando estaba consolidando mi situación personal, reapareció Oona. Para las Pascuas de 1992, decidió venir a visitarnos por cuatro semanas. Había comprado en Buenos Aires, apenas al llegar, las obras completas de Hölderlin, en edición bilingüe, para regalarme. Constituía otro de los objetos destinados a caer en la pira inquisitorial de Lucía, aunque en ese momento, por cierto, no lo suponíamos. Una descripción sucinta de esta incursión puede leerse en el Anexo II, "NOUÉ". Tal vez aquella fue la última llama, agónica, de nuestra pasión. Ella me escribió después, ya desde Alemania, manifestándome sus emociones y sugiriendo una continuidad -aunque siempre ambigua- de nuestras relaciones sentimentales. Para mis cumpleaños, o en las Navidades, me enviaba regalos: siempre algún cassette, con música grabada por ella y envoltura artesanal, hecha con primor por sus manos. A mediados de 1994, me sorprendió con una carta donde me decía que había aceptado un puesto de maestra jardinera en un complejo educacional de Bolivia. La carta estaba fechada en La Paz, me indicaba una dirección para contestar. Anunciaba además que si todo andaba de acuerdo a sus planes, para agosto tenía previsto visitarnos. Preguntaba si había alguna familia amiga dispuesta a brindarle alojamiento por algunos días. Sí la había: la de Irene, cuya hija mayor estudiaba alemán y quería hacer lazos con gente de allá, con el propósito de viajar igualmente alguna vez. Eso le contesté. Pero a esta altura de nuestra relación, que avanzaba otra vez a pasos muy sólidos hacia convertirse en algo presente, mi inquietud aumentaba. ¿Qué era esto? No soy de aquellos que soportan ni justifican "relaciones paralelas". Tampoco podía entregarme por completo a mis sentimientos hacia Oona; ello hubiera supuesto el abandono de mis hijitas, algo que ni amenazado de muerte estaba dispuesto a hacer. Así que poco tiempo después, durante los primeros días de agosto de 1994, cuando se aproximaba la fecha fijada para su viaje a la Argentina, escribí una carta a Oona, a su domicilio circunstancial en La Paz, pidiéndole que no viniera. Era una nota hecha a mano, de una sola página, con caracteres grandes como acostumbro, en tinta azul. "No vengas". Más o menos así le decía. "Para que nuestra relación permanezca como un hermoso recuerdo, no debemos intentar prolongarla en el plano físico. Lo que nos enamoró en su momento fue la belleza de nuestros cuerpos, el encanto tal vez de un amor exótico. Todo esto es sólo ilusión, que el tiempo diluye. Pero solamente nos traerá más dolores, si persistimos en ella: no solamente a nosotros, sino a otros seres, quienes, de verdad, nos aman".
Así terminó en apariencia esta relación. Pues ella no contestó. Tampoco vino a Santiago. Durante un periodo yo me sentí libre y feliz, pues pese a que la recordaba cada día -debo admitirlo- su imagen había terminado despojándose de la angustiosa energía, inductora de anhelos, que otrora poseyese. Fue por entonces ya sólo una suave brisa colorida acariciando la imaginación, al acostarme, cuyas consecuencias prácticas se limitaban a suscitar una leve sonrisa, segundos antes de alcanzar el sueño. * En este periodo pude emprender difíciles empresas y obtener grandes logros personales, tanto en lo profesional como en lo económico, pero especialmente en lo espiritual.
En diciembre de 1993 no pude más con mi arrepentimiento, que llevaba adentro de una manera confusa y se había vuelto un fuego ardiente a la altura de mi laringe. Fui a La Banda para confesarme con un sacerdote amigo, un hombre de raza negra, refinado y sensible como pocos, quien me atendió con deferencia. Narrándole mi relación con Oona me fue imposible evitar el llanto; en un momento de la narración los sollozos me cerraron la garganta, casi no podía hablar. Él me perdonó. Y me aconsejó no angustiarme demasiado por esos actos: "Aunque hayas estado con tu amante a dos cuadras de la Iglesia, no dejes de venir a la Iglesia... ¡eso es lo importante!" La recomendación me pareció un poco pueril; sentí un alivio grande, pese a ello.
Una revaloración de nuestra familia emergió de ese reconocimiento. Consideré al compromiso matrimonial como el centro de mi existencia, y me dije que el amor no es la atracción hacia una bella mujer sino la capacidad de hacer feliz a la persona elegida para compartir nuestra existencia. Dotado de estos principios recuperados me lancé entonces a intentar otra vez construir un espacio de amor genuino con mi esposa legítima.
Viajamos a Italia, pues la Universidad me había invitado a dar una conferencia allá y participar de un encuentro con escritores europeos. Al entrar en Roma en un lujoso Alfa Romeo sport que manejaba un amigo, mis ojos se llenaron de lágrimas inesperadamente al divisar, bajando por un declive, al Coliseo.
Mientras yo me confesaba con el sacerdote de La Banda Oona comenzaba una relación sentimental con un joven alemán. No sé si es el mismo con el que finalmente, en 2002, quedaría embarazada antes de casarse. Las vagas referencias de su existencia durante esos años giran casi únicamente alrededor de sus viajes: como una adicción, volvía infaliblemente a Latinoamérica. Cada año viajó a Bolivia, México, Perú... al parecer el resto del tiempo se la pasaba juntando dinero para poder efectuar esos viajes, de gran valor para ella, durante las vacaciones.
Por mi parte escribí más novelas, me debatí sin poder publicar las más largas, pero fue posible ver la edición de dos de mis libros más queridos. Tuvimos prosperidad económica y la manejamos con mesura, compartiendo siempre lo mejor que pudimos con los más necesitados. Hacia 1999 la prosperidad se acabó, pero seguimos tratando de mantener un buen nivel ya adquirido, siempre bajo el principio de "nuestras hijas primero".

* Cada noche de las que pasaron desde aquel noviembre de 1989 en que se fue, la he recordado, de una u otra manera. Siempre se ha presentado su rostro, entre mis pensamientos, cualesquiera fuese el tema que ellos siguieran. A veces me costaba cierta dificultad reconstruir sus ojos, su boca. Pero finalmente ella aparecía ante mí -como en los lejanos tiempos de la cárcel se llenaba mi mente con el rostro venerado de mi abuela: es que mi abuela representó para mí la paz, y esa paz ahora me la proporcionaba el recuerdo de esta muchacha-; con el tiempo comprendí que era la segunda vez en mi vida en que me enamoraba. La primera había sido de Laura y todo había terminado muy mal. Ahora, ella estaba ausente, pero viva, y su presencia en mi cerebro me colmaba de alegría; me proporcionaba serenidad, y con su imagen suave, cada noche, fuera esta del invierno o el verano, me dormía tranquilamente hasta el amanecer.

 

El día 18 del primer mes en el tercer milenio, apareció un mensaje en mi casilla de correo electrónico que decía:
"¡Hola Andrés! !Feliz 2000! He visto tu dirección en la Internet. Es demasiado tiempo que no sé nada de vos. ¿Puedes contarme algo, quizás?"
Era Oona.
Ya en el año 1998 había recibido un e-mail sospechoso, de alguien que firmaba como "Andrea". Su redacción era la típica de los extranjeros que aprenden nuestro idioma. Me preguntaba "qué música nueva está saliendo Santiago", para terminar "Desde acá se extraña mucho el Sur". Uno de los cassetes que me enviara de regalo cuando aún no habíamos cortado nuestra comunicación, precisamente había sido la banda musical de la película Sur. Ella fue a ver la película, como hacía con casi todas las argentinas o de Latinoamérica que estrenaban en Alemania. Es evidente que aquel primer viaje de 1998 a nuestra cultura había calado muy hondo en su corazón.
* A partir de este mensaje, pues, hasta el 2002, mantuvimos intercambios esporádicos, a través del e-mail -medio al que parecía allanarse con dificultad. Ella parecía desconfiar de mí: percibía un cierto rencor suave por debajo de sus textos, siempre muy breves. No puedo -sería irresponsable además- determinar cuáles fueron los sentimientos que la llevaron a reiniciar esta comunicación luego de tanto tiempo. ¡Habían pasado 12 años ya desde que nos conociéramos! En un tramo de este intercambio, extremadamente sucinto, me confesó que estaba muy mal. Era invierno allá -muy crudo según sus palabras- me habló de su noviazgo -convivencia-, al parecer frustrante al momento de escribirme, de sus viajes anuales a México, los cuales, en apariencia, tampoco le daban finalmente lo que andaba buscando.
Pero, ¿qué buscaba? ¿Qué busca? No lo sé. Tal vez nunca lo sepa. Pues nuestra relación tuvo por fin una resolución específica . En septiembre de 2002, respondiendo a una nota donde le pedía mayores precisiones sobre su existencia personal, ella me escribió que esperaba un bebé... y por causa de ello, se había casado, con un alemán.** Algún tiempo después, y también por pedido mío, me envió una foto... se veía que él es un muchacho muy alto. Pero no estaba clara, y la borré.

* Por su parte, Lucía jamás me perdonó este amor. No sólo me hostigó duramente apenas Oona se fuese, en 1989, sino continuó mencionando el asunto a cada diferencia que entre nosotros surgía. Por un carril paralelo, narró a su manera el asunto cuando se quedaba sola con las chiquitas, por lo cual ellas solían despotricar, para agradar a su madre contra "las putas alemanas". Yo me reía interiormente de su ingenuidad, y resistía. Pese a haber sufrido mucho, lo viví como una extraordinaria escuela: poco a poco fui aprendiendo a no reaccionar ante las agresiones de Lucía, cualesquiera fuese la intensidad que estas asumieran. Y luego de la última acción de este tipo, que contra ella tuviese en 1992 -ya narrada- nunca más me descontrolé. Suspendimos por completo nuestras relaciones sexuales, en 1998, momento en el que habían disminuido ya casi hasta la extinción. Desde entonces, hasta hoy, hemos convivido en relativa paz, aunque tratando de evitar en lo posible actividades en común, salvo aquel voluntarioso intento del año 95, que también fracasó. (Post-data, escrita en enero de 2004).

**Anexo III: "e-mails"

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Un largo adiós - Anexo I - LA TABLADA

23 de enero de 1989
(Fragmentos de la version oficial, comunicado de los guerrilleros)

Comunicado de las fuerzas policiales y militares

Copamiento del Regimiento de Infantería Mecanizado 3 General Belgrano y del Escuadrón de Exploración de Caballería Blindado 1

El 23 de enero de 1989 a las 06:15 un grupo de 45 a 50 personas, entre las cuales se incluían varias mujeres, irrumpió en los cuarteles de la unidad y subunidad señaladas, tras embestir y derribar el portón de entrada de la guarnición, utilizando un camión de transporte de gaseosas -que había sido secuestrado minutos antes- y cinco o seis automóviles. En dicha operación inicial resultó muerto el soldado de guardia apostado en la entrada. Acto seguido fue tomado el local de la guardia de prevención, permaneciendo en él varios guerrilleros, mientras el resto ingresaba con los vehículos al interior del cuartel.
En esta operación participaron dos grupos: uno que ingresó al cuartel en la forma ya indicada y otro, no identificado, que actuó fuera de las instalaciones militares, en actividades de hostigamiento (francotiradores), como así también en agitación popular y apoyo sanitario, llevadas a cabo por guerrilleros mimetizados entre la población civil que rodeaba a los cuarteles.
Las acciones posteriores tuvieron como objetivos prioritarios, además de la tarea inicial de la guardia de prevención, apoderarse de las instalaciones de la plana mayor de la unidad de infantería, los casinos (oficiales y suboficiales) y una o más subunidades, con la finalidad de sustraer armamento y municiones. Inicialmente sólo pudieron concretar la toma del edificio de la plana mayor, donde resultó muerto el 2do. jefe del Regimiento 3, mayor Horacio Fernández Cutiellos y del casino de suboficiales, en el que mantuvieron como rehenes un número importante de suboficiales y soldados. El grupo guerrillero logró el copamiento de la unidad militar en un reducido lapso, explotando el factor sorpresa y la capacidad de fuego con que contaban.
El concepto de esa operación, planeada y comandada desde fuera de las instalaciones militares por Enrique Gorriarán Merlo, fue claramente determinado por la documentación secuestrada durante y después de las acciones de recuperación de las instalaciones militares, entre la cual se encontraba la proclama inicial que pretendían difundir por emisoras radiales, previo copamiento de éstas; una segunda proclama en la cual se instrumentaba un plan de emergencia luego que el "gobierno del pueblo" accediese al poder.
En dicho plan se incluía la disolución de las FF. AA. y su reemplazo por las milicias populares; por último, una serie de comunicados en los cuales se detallaban las organizaciones políticas, gremiales, estudiantiles y educacionales que se adherían al movimiento insurreccional subversivo y a la toma del poder nacional.
Consolidada la primera fase de la operación (toma del cuartel) comenzaría la fase agitación popular con la ayuda de altavoces que poseía el grupo de apoyo externo, argumentando que la toma de la unidad militar era para desalojar a rebeldes adictos al ex teniente coronel Rico y al coronel Seineldín. Estos militares, que se habían insurreccionado anteriormente con resultados sangrientos, tenían el propósito, según el Movimiento Todos por la Patria (MTP), de dar un golpe de estado. El grupo de guerrilleros portaba volantes con textos falsos, atribuidos a los militares Rico y Seineldín, que debían distribuir luego de haber copado el cuartel.
A partir de lo planificado y con posterioridad a la toma del cuartel, la agitación popular que pretendían lograr estaba destinada a convocar una marcha multitudinaria, desde varios puntos de la Capital Federal, Gran Buenos Aires y aun del interior del país, para dirigirse a Plaza de Mayo y ocupar la Casa Rosada. Ésto se haría para evitar un posible golpe de estado de Seineldín y de Rico.
Si esta operación hubiera tenido éxito, igual actitud se habría adoptado en otras zonas del país, particularmente en Rosario y Córdoba, lugares donde se comprobó que existían grupos similares al que actuó en La Tablada el 23 de enero.
La reacción inicial de la Policía de la Provincia de Buenos Aires que de inmediato estableció un cerco de las unidades tomadas, y la progresiva participación de personal militar destinado a la unidad y subunidad del cuartel, utilizando vehículos blindados, impidieron concretar la parte inicial del plan subversivo previsto que, sintéticamente, consistía en tomar la unidad, apoderarse de armamento y munición, distribuir panfletos y posteriormente retirarse del cuartel para iniciar la segunda fase: agitación popular.
Encontrándose cercados los elementos subversivos, el Estado Mayor General del Ejército, con autorización del Sr. presidente de la Nación, Dr. Raúl Alfonsín, ordenó el traslado y posterior empleo de efectivos militares y de Gendarmería Nacional bajo las órdenes de un comando unificado, en la persona del general de brigada Alfredo Arrillaga, quien se desempañaba como Inspector General del Ejército.
Las acciones militares se llevaron a cabo durante todo el día 23 y hasta las 10:30 hs. del día 24 de enero, oportunidad en que, ya abatidos la mayor parte de los subversivos que siguieron combatiendo hasta la hora indicada, se materializó la rendición de 14 de ellos, uno de los cuales (una mujer) falleció a los pocos minutos como consecuencia de las heridas recibidas. Junto con esta rendición se produjo la liberación de los rehenes (suboficiales) que mantenían en su poder los integrantes del MTP que aún permanecían con vida.
Por orden del Presidente de la Nación, el personal detenido fue puesto a disposición del juez federal correspondiente, Dr. Larrambebere, quien de inmediato se hizo presente en el lugar de los hechos.
El saldo de muertos en las fuerzas represivas fue de nueve integrantes del Ejército Argentino y dos de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. La cantidad de heridos y mutilados alcanzó a treinta y siete hombres, algunos de ellos de suma gravedad y otros con lamentables mutilaciones corporales (pérdida de ambas piernas, pérdida de un ojo, etcétera).
La identificación de muertos y detenidos, secuestro de documentación, armamento y munición utilizada -en su mayoría de origen ruso y chino- y gran cantidad de bibliografía y material ideológico capturado a los subversivos, permitieron determinar fehacientemente que el grupo, integrado en su mayoría por el Movimiento Todos por la Patria (MTP), era un desprendimiento del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), liderado por Enrique Gorriarán Merlo y con la participación, en este operativo, de elementos pertenecientes a las siguientes organizaciones:

* Partido de la Liberación (PL)

* Movimiento de Liberación 29 de Mayo (ML-29)

* Montoneros (Columna Sur-Oeste)



Proclama de los guerrilleros

El ejército de Seineldín y Rico, se sublevó de nuevo. Quieren dar un golpe de estado. Quieren asesinar a todos los que no aceptan vivir bajo las botas. En la medianoche de hoy, los carapintadas se sublevaron en el Regimiento Tres de Infantería de La Tablada. Allí se preparaban y habían empezado a marchar contra la Casa Rosada. Iban a asesinar a todos los que se le opusieran. Como ya mataron a más de 30 mil compatriotas durante la dictadura militar. Todos sabían que los milicos conspiraban y preparaban esto. Pero nadie hacía nada en concreto para pararlos.
Ya estamos hartos de la prepotencia de los milicos. Hartos de sus crímenes y de sus robos, que después tenemos que pagar todos. Hartos que nos impongan la injusticia social. Hartos de que no nos dejen vivir en paz. El pueblo se alzó contra ellos. El pueblo de los alrededores de La Tablada ya ha recuperado el cuartel sublevado. Lo dirige este Frente de la Resistencia Popular que se formó allí mismo. Tomamos las armas de los amotinados y les incendiamos su cuartel. Basta de milicos asesinos. En Semana Santa, en Villa Martelli, cantábamos: "Si se atreven les quemamos los cuarteles". Los milicos empezaron de nuevo, y esta vez sí les quemamos el cuartel de La Tablada
Como siempre en la historia de la Patria, el pueblo hizo verdaderas proezas. Al saber que los carapintadas lo habían tomado, el pueblo entró en masa al cuartel. Mujeres, jóvenes, hombres del pueblo atacaron con revólveres, con escopetas, con piedras y palos. Hicieron trincheras, tiraron bombas molotov. Frente a tanto heroísmo, algunos de los soldados y algunos suboficiales dieron vuelta sus armas y junto al pueblo participaron de la ejecución de los oficiales traidores.
Una columna de carapintadas había salido del cuartel con rumbo a la Casa de Gobierno. Pero el pueblo armado levantó barricadas y luego la aniquiló.
Ahora es el pueblo el que ha ocupado la casa Rosada. Vamos a impedir que Seineldín, Rico y los otros traidores den el golpe de Estado. Vamos a impedirles que remachen la injusticia social, que le impongan más hambre todavía al pueblo. Vamos a impedirles repetir lo que hicieron en el 30, en el 55, en el 66 y en el 76.
El pueblo quiere un nuevo sistema de libertad y de justicia social. Sin milicos asesinos, ni políticos corruptos, ni ladrones de la patria financiera. Vamos a formar un verdadero gobierno del pueblo. Para que no se avergüence y no arruge ante los militares. Ni de cuatro ladrones de las mesas de dinero, que se hacen ricos a costa de nuestro sudor. Vamos a hacer un gobierno del pueblo que garantice el trabajo, la producción y la dignidad de la inmensa mayoría de los argentinos. Vamos a terminar con este Ejército que no sirve para nada, que sólo tiene coraje con la picana eléctrica en la mano y se caga y se rinde ante los ingleses en Malvinas. Vamos a terminar con este Ejército que sólo sirve para esclavizarnos y para asesinarnos. El gobierno del pueblo declara disuelto el Ejército profesional y traidor. Ahora lo reemplaza el pueblo en armas. Los soldados y suboficiales únanse al pueblo; ejecuten a sus oficiales traidores. O váyanse de los cuarteles. El que se quede en un cuartel está con los verdugos del pueblo.
Este Frente de la Resistencia Popular exhorta a todos a cumplir con el artículo 21 de la Constitución Nacional, que manda: "Todo ciudadano está obligado a armarse en defensa de esta Constitución". Vamos a armarnos a los cuarteles y a terminar para siempre con esta lacra. Vamos a imponer para siempre en la Argentina la soberanía del pueblo, sólo la voluntad del pueblo. No hay nada por encima de ella en la Nación. Vamos a la Plaza de Mayo para empezar una nueva Argentina, sin milicos traidores y asesinos. Sin políticos corrompidos.
Vamos pueblo argentino, con dignidad y sin miedo, que somos más fuertes que ellos y que la historia nos da la razón. Vamos a Plaza de Mayo. Llamamos a todos, a todos:
a las madres que no quieren ver de nuevo caer a sus hijos bajo la represión o desaparecidos, ni vendidos por jefes cobardes en otra guerra como la de Malvinas;
a los jóvenes que no pueden estudiar ni trabajar porque el actual sistema no les da cabida y sólo se acuerda de ellos para perseguirlos en los barrios o asesinarlos;
a los jóvenes que estudian o trabajan, pero saben que no tienen ningún futuro; que el título que obtengan no les va a servir para nada y que van a tener que trabajar como esclavos para mal vivir;
a los trabajadores que viven cada vez más en la miseria, amargados porque no pueden hacer vivir con dignidad a su familia, no la pueden alimentar ni vestir bien, que gastan gran parte de su salario sólo en viajar, que no pueden pagar la luz, que ahora tampoco tienen, que ven a sus hijos expuestos a las enfermedades, morir por el agua contaminada, que viven desesperados porque sus fábricas cierran mientras se enriquecen los ladrones, la mafia de las mesas de dinero;
a los desocupados, que necesitan trabajar para poder cuidar de su familia, para poder ser seres humanos;
a los jubilados, que después de trabajar toda la vida reciben una jubilación o una pensión de hambre, y que quieren pasar con decoro sus últimos años;
por nuestro hijos, que necesitan crecer con afecto y seguridad, para no heredar toda esta tremenda injusticia;
a los industriales nacionales, que se ven absorbidos por las grandes corporaciones, por los monopolios y que están ahorcados por las altas tasas de interés;
a los productores agropecuarios, que reciben una paga miserable por su producción y que son explotados por los intermediarios, que se enriquecen a costa del duro trabajo del hombre de campo;
a los habitantes de los asentamientos, que les niegan el techo y la tierra para levantar una casa para su familia;
a los comerciantes, que son víctimas de los precios abusivos de los intermediarios y los monopolios que dominan el mercado;
a los profesionales y técnicos, que necesitan que el país se desarrolle para prestar sus servicios y vivir con honradez;
a los intelectuales y artistas, a los que los milicos siempre les quitan la libertad para expresarse en sus canciones, sus películas, sus libros y sus pinturas;
a todos, a todos los que quieren vivir en paz para siempre, con justicia social y con libertad garantizadas para siempre;
a todos, a todos los convocamos a reunirse en Plaza de Mayo para imponer el gobierno del pueblo; a rodear los cuarteles, cortarles el agua y la luz; impedir que los milicos asesinos salgan de ellos, levantar barricadas, controlar las calles y los barrios, hacerse cargo del poder en todas partes, unidos contra el golpe de Estado, unidos por la justicia social y la libertad."

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