15/07/05
Capítulo 2
Más alemanes
Cerca de las fiestas de Fin de Año vinieron otros alemanes, dos jóvenes y una muchacha, cuyos nombres no llegué a registrar en mi memoria pues permanecieron en la Stiftung poco tiempo. La tarde de Nochebuena la había pasado preparando nuestro arbolito de Navidad. Había ideado decorar un eucalipto joven, transplantado recientemente con éxito desde otro lugar, colgando muchos globos inflados en vez de los habituales ornamentos, para nosotros muy caros. Teníamos también varias ristras de luces, algunas sobrantes de fiestas anteriores y otras adquiridas, a las cuales había agregado baterías de focos comunes, pintados con témpera, dispuestos de tal manera que envolvían estratégicamente al árbol, prendiendo y apagando más o menos con rapidez, pues los había conectado a un mecanismo intermitente. Como estaríamos solamente los cuatro miembros de nuestra familia -Lucía, Sol, Ángela, Julita y yo-, cenaríamos en la galería, frente a nuestro original arbolito. Estaba allí haciendo las últimas pruebas, sudoroso y un poco sucio por toda una jornada de tareas, cuando se acercaron los alemanes, emergiendo de entre las penumbras del monte. Habían estado paseando por el campo, los guiaba Oona. "Qué lindo", dijo ella, deteniéndose para contemplarlo. Y enseguida conversaron un rato sobre el arbolito en aquel idioma que yo no entendía, haciendo de vez en cuando algún comentario cortés en pésimo castellano.
Aquella visita fugaz me hizo desear constantemente que regresaran a la medianoche, antes de irse a un baile como nos habían comentado que harían. Pero no sucedió. Esa Nochebuena la pasamos serenamente y felices con nuestras hijitas, en un ambiente para mí maravilloso como eran las noches del campo, entre las estrellas y las altas copas de los árboles que rodeaban a nuestra casa *. Sólo una levísima melancolía me cosquilleaba en lo interior. Ya no podía verla unos minutos sin desear irresistiblemente que se quedara junto a mí, o irme yo con ella (pero a la vez quería conservar a mis hijas cerca). Al día siguiente nos comentaron los peones que habían hecho el ridículo en el baile, por esa patética inhabilidad para el chamamé que manifiestan casi todos los alemanes.
* Lucía se aburrió mortalmente y se fue a dormir temprano, con las chiquitas. Ella se condolía también, aunque más o menos secretamente, de lo que consideraba su patética suerte. Odiaba el campo, incluso su aspecto exterior -desaliñado- expresaba aquel rechazo que muchos años después seguiría creando entre nosotros un distanciamiento profundo. Así, muchos de los recuerdos amables para mí (el monte, los horizontes vertiginosos del campo) serían rechazados con fastidio por ella. Aquella noche del 31 de diciembre de 1988, en tanto, yo me quedé todavía en la veranda, por bastante tiempo, tranquilo y feliz, contemplando las estrellas y tomando despaciosamente unas cuantas copas más de vino tinto.
Solo con mi corazón
El periodo festivo puso alguna distancia entre nosotros, pues ella estuvo más tiempo con los alemanes. El Año Nuevo pasó de un modo aún menos conspicuo que la Navidad (por mi religiosidad, para mí la anterior era la verdadera Fiesta). Pero al día siguiente me ocurrió un grave percance. Teníamos un pozo para la basura, que había cavado algo alejado de la casa. No era muy hondo, tal vez un metro y medio. Esa mañana, un poco adormilado aún fui a tirar allí lo que sobrara de la noche anterior. Para hacerlo me acerqué demasiado, pisando el borde, que cedió. Caí parado, pero en el acto sentí un agudo dolor. Mi peso había quebrado una gruesa botella de vidrio con el pie derecho, que llevaba calzado apenas con una abierta hojota. Salí de allí con esfuerzo, y caminé hasta la casa dejando un reguero de sangre y sintiendo que me desvanecía. Metí el pie en un fuentón con agua y sal gruesa, hasta que pasó la lipotimia. Cuando se levantó Lucía me puso una venda sobre la herida: me había cortado profundamente, en la justa unión entre el dedo gordo y la planta; el vidrio había llegado hasta el hueso. No quise ir al médico, sin embargo, confié en que sólo lavándome bien y echándome sulfatiazol me iba a curar. El resultado fue, pues, que por algunos días debería cambiarme las vendas y caminar rengo, lo menos posible.
Para esa misma tarde estaba previsto que Lucía viajara con nuestras tres hijitas a Bell Ville, para pasar quince días -sus vacaciones- en casa de su mamá. Como ya teníamos los pasajes comprados, el viaje no se podría postergar (tampoco yo quería que lo hicieran, ciertamente). El colectivo pasaba por Rodeo, había que esperarlo a un costado de la ruta. Pese a mi herida a las dos de la tarde las llevé en la camioneta y me quedé con ellas hasta verlas subir en ese inmenso buque sobre ruedas como era el expreso Tucumán-Mar del Plata. Cuando el vehículo se perdió en lontananza, regresé.
Quedar solo -librarme por unos días de la presencia de Lucía- era un alivio anhelado por mí con ansia desde que saliéramos de la cárcel y concertáramos sin convicción -al menos de mi parte- convivir otra vez. Anhelaba pasar muchos días solamente con las chiquitas pues había entre nosotros perfecta armonía, pero lamento decir que ni uno completo con Lucía. Ya he descrito en otros textos* la insatisfacción mutua, la rivalidad, el rencor refrenado con gran dificultad, que nos separaban, que hacían cada minuto transcurrido juntos por momentos asfixiante, casi insoportable. No repetiré aquí esas descripciones, que tiñen mi alma también de taciturna frustración. Lo cierto es que cada vez que se iba a visitar a su madre, me sentía provisoria y milagrosamente libre otra vez, vivo, por un período maravilloso, hasta el momento de su regreso, el cual me sumía nuevamente en la tumba gris donde vegetaba gran parte de mi carácter, dado que había aceptado continuar este matrimonio coaccionado por una serie de presiones, religiosas, éticas, familiares -al nacer las niñas, gracias a Dios se introdujo un estímulo maravilloso y un compromiso que me hacía feliz, quitándome en gran parte el dolor de esta exasperante contratación-. Apenas me sentía completamente solo, pues, me paseaba desnudo por la casa a veces, o dormía desnudo sobre el piso en el verano, otras veces salía a caminar, otras veces hacía locuras -gestos y piruetas, solo, en la madrugada o a la siesta; en fin, miles de acciones irracionales que constituían la manifestación más exterior de una catarsis que necesitaba, luego de haber acumulado por tan largos períodos amargura y frustración. También escuchaba música o leía, sin ver a nadie, encerrado o caminando por lugares apartados, a veces por días enteros, hasta saciarme. O rezaba. Cuando estaba solo con frecuencia me parecía estar más cerca de Dios. En realidad todo lo descripto anteriormente llevaba esa finalidad.
La mañana siguiente al día en que se fueron anduve hasta las cabinas del centro en bicicleta, para constatar por teléfono que mis niñas habían llegado bien. Luego de que lo supe, me relajé. Comía tomates con frecuencia, juntándolos del campo y echándoles sólo un poco de aceite y sal. Un día de muchísimo calor como a las doce y media estaba preparando la mesa para almorzar cuando golpearon las manos. Abrí un poco: había un hombre de grueso corpachón, con anteojos pesados, en el patio.
-Buen día, ¿qué necesita? -pregunté sin abrir del todo. El sol golpeaba esa parte de la casa y era muy fuerte. El hombre se había parado bajo nuestro eucalipto.
-Busco a Andrés Barela, el escritor -contestó con voz gruesa y tonada porteña.
-Bueno, aquí estoy -dije.
Lo hice pasar. Lo invité a sentarse ante la mesa y compartir mi almuerzo aunque era modesto en extremo: apenas una fuente con tomates cortados en rodajas, brillantes de aceite y sal, además un poco de pan, agua. No aceptó, pero me dijo que comiera yo. El se quedaría sólo unos pocos minutos. Finalmente nos sentamos a conversar, yo no comí y él encendió su segundo cigarrillo desde que estaba allí, por lo cual entendí que se trataba de un fumador. Dijo que era viajante. Representaba a una marca de productos químicos. Conocía a José Miguel Armendáriz. Él le había dicho que vivía en Rodeo. Luego había averiguado en el pueblo; de tal modo llegó aquí. Me miraba con curiosidad mientras hablaba y fumaba. Tenía ojos agudísimos bajo los gruesos cristales en marcos muy gruesos. Su corte, su peinado, su vestuario, le hubieran permitido pasar perfectamente por uno de esos detectives norteamericanos clásicos, mostrados por las películas de los 50. Transpiraba mucho, le pregunté si había venido caminando desde el centro. "No", contestó. "Dejé mi vehículo en la entrada, pues me avisaron que no podía ingresar en automóvil hasta aquí". Me sorprendí pero no lo demostré, preguntando enseguida: "¿Quién le avisó?" "Una señorita... parece extranjera..." informó el hombre. ¡Oona! ¡Le había hecho una broma, tal vez porque lo veía muy gordo, para divertirse! ¡Pero con semejante calor!... Cambié de tema. Hablamos de literatura. Era una situación surrealista. Él buscando conocer un escritor, cuyos libros leyera, el escritor descalzo, vestido únicamente con una vieja malla de baño, disponiéndose a comer, directamente desde una fuente enlozada, sólo tomates cortados. Se quedó unos quince minutos; luego de dejarme su dirección y prometer cartas, nos despedimos.
Así entonces. Todo iba sucediendo con fortuna. Estaba solo y feliz cambiándome las vendas cada tarde, la herida no me fastidiaba. Un sereno equilibrio se aposentó en mi alma y sentía no necesitar nada. Ante la atracción hacia Oona que unos días antes me obsesionara adquirí entonces un perfecto control. La coloqué en un sitio definido, en el armonioso concierto de árboles, melilotes en flor, campos sembrados, acequias, regadíos y sol que me rodeaban. Y todo adquirió un sentido levemente sobrenatural. No afecté inclinación a hacer nada, pues lo que iba a suceder debería integrarse en aquel devenir extraordinario, inaugurado con el arribo de un nuevo estado de mi conciencia. Un dato: no sé en qué momento, Oona había depilado sus piernas. Ya nunca más las vería con aquella pelambrera de la primera vez.
* Fulgor de los damascos. El misterio del mal.
Anapaula
Uno de esos días tuve ganas de acostarme con una mujer y me acordé que Anapaula me había dado su dirección en Santiago.* Me acordé también que algunos meses antes -en agosto- habíamos conversado largamente, pero las constantes presencias que se insinuaban desde fuera de nuestra casa nos habían impedido otra cosa que sospechar algo más que mera simpatía en las miradas húmedas o halagos mutuos que nos prodigábamos. Anapaula era una muchacha de 21 años a quien yo conocía desde sus 19. La causa de esta frecuentación estaba en que durante algún tiempo había sido novia de Horst, otro alemán que estuviera un par de años en la Stiftung. Era una de esas muchachas altamente karmáticas, condición manifestada en parte por la fatalidad de un cuerpo espectacularmente dotado para la sexualidad. Hija de una mujer escandinava y un turco adinerado, su padre la reconoció pero no pudo criarla pues ya estaba casado. Pese a ello tuvo con la escandinava otras dos hijas -muy bellas, como Ana- quienes al llegar a una edad juvenil se casaron a su vez con nuevos turcos ricos de la ciudad. La única rezagada era esta muchacha: luego de su ruptura traumática con Horst, había permanecido casi un año en Buenos Aires, para volver de allí embarazada. Al momento yo sabía por su madre -quien trabajaba como cocinera de la Stiftung- que tenía ya una hijita de cuatro meses, y vivía en una casa alquilada por su tío, según decían para "ayudarla"; pero yo veía en la "ayuda" de ese otro turco rico, cuarentón, de cuya lubricidad se narraban anécdotas, algo sospechoso. Al menos era un sibarita higiénico y buen mozo -me decía en sordina vaga una voz tenue, cuando la perspectiva de compartir con él a Anapaula sobrepasaba por descuido las psicológicas barreras de mi orgullo. De todos modos había desestimado sin siquiera considerarlo el comprometerme con la muchacha en caso de que se diera algún tipo de intercambio sexual. Fue lo que sucedió.
La tarde en que salí pensando en Anapaula, Oona trabajaba con los carpinteros. Como debía pasar por allí, nos estuvimos viendo durante varios minutos, despaciosamente, pues para llegar hasta el galpón debía trazar un radio cercano a los doscientos metros sobre el principal patio redondo. Rengueaba por la herida abierta unos días atrás, lo cual hacía bastante lento el proceso. Ella levantaba la cabeza un momento para constatar mis avances y la volvía a inclinar luego hacia unas maderas que alisaba con cepillo de carpintero. Oona llevaba como casi siempre un pantalón y chaqueta blancos, constelados de virutas, pues pulía pequeñas sillas, destinadas a los futuros niños de su guardería. Por mi parte me había bañado escrupulosamente, me había afeitado a conciencia, calzándome luego una camisa ocre, frisada, metida bajo un pantalón de hilo color africano, con un cinto fabricado especialmente para mí por Lisandro, el maestro curtidor de la Stiftung. Los zapatos eran blandos, abotinados, marrones oscuros, por cierto alemanes, como la demás ropa. Ella me miró con un poco de admiración y también sorna, pero en el acto leí en sus ojos que sabía adonde me dirigía y lo que pensaba hacer, ¡lo sabía! ¿Cómo lo supo? No tengo la menor idea. Estoy seguro que lo supo, desde ese momento, y lo supo después, como me lo haría notar al día siguiente cuando nos encontráramos de nuevo.
Para hacerla corta diré sólo que me acosté con Anapaula, y todo fue bastante mágico también. Encontré sin mucha dificultad su linda casita, justo en el ángulo sur del barrio Autonomía. Ella amamantaba a su chiquita con la puerta abierta cuando me presenté como una aparición en la entrada del jardín. No hizo falta explicar a qué iba. Comimos una pizza muy sabrosa con cerveza, nos bañamos juntos, y enseguida nos tiramos desnudos sobre un gran colchón que había en el suelo, mientras su chiquita dormía apaciblemente. Luego fuimos a dormir en su pequeña cama, junto a la cunita, pero yo me sentí incómodo enseguida y me fui como a las cinco. Desayuné en casa de mi padre y regresé a Rodeo enseguida.
Pasé a saludar a Oona que me miraba de arriba a abajo, de soslayo, y me hacía saber sin necesitar del idioma que se daba cuenta de todo... y no lo aprobaba. Aunque también quería mostrarse indiferente al asunto, como diciendo: "allá él".
Se hizo frecuente en las noches posteriores que fueran a mi casa a cenar "a la canasta" Oona, Holger, Lorena, con acompañantes que variaban (profesores de visita, apicultores, socios, amigos, miembros de la comisión directiva, otros alemanes, etcétera). Había sido una iniciativa de ellos que aparentemente se proponían institucionalizar. A la cuarta vez el asunto me hartó; yo tenía interés en Oona pero no en convertir mi preciosa soledad en una jarana, con un montón de tipos y tipas que me molestaban, quedándose hasta la una o dos. Así que luego de eso comencé a eludir el dispensamiento de mi casa, y tampoco acepté cuando me invitaban a otro lugar. Una tarde, como a las seis, había cerrado la puerta delantera y me había puesto a mirar mis ojos con un espejo redondo, apoyándome sobre la mesa de dibujo. Eran muy oscuros, desde la infancia mentados como extrañamente magnéticos. Levantando la mano, traté de aplacar mi peinado. Mis pelos eran como mis pensamientos. Desordenados, en ondas que se elevaban formando agudas olas, representaban por aquellos tiempos el caos que se movía en mi interior. Mi rostro, por lo demás, estaba tan quemado por el sol que casi alcanzaba el marrón, al igual que el resto de mi cuerpo. Estaba sólo con el calzoncillo puesto. No imaginé que alguien podría dar la vuelta, por eso no me había molestado en cerrar la puerta de madera. Me sobresalté cuando Oona asomó la cabeza, acompañada por Holger. Ella preguntó con regulada timidez si íbamos a cenar juntos aquella noche.
-No, gracias, quiero estar solo...- contesté, un poco fastidiado. De tal modo cesaron pues las concurridas reuniones nocturnas, a muy poco de haber comenzado.
* Debo aclarar esta frase para evitar confusión. No era habitual que "tuviese ganas de acostarme con una mujer" e inmediatamente la obtuviera. Por el contrario, a principios de 1989, venía de un largo período en el cual:
1) Desde 1976 a fines de 1982 -siete años- los había pasado en la cárcel, sin relación sexual ni sentimental con mujeres de ningún tipo.
2) Salí de allí sólo para restablecer mi convivencia con Lucía, un acuerdo efectuado por deber, durante cuya duración -pese a mis esfuerzos en contrario- no me sentía atraído en absoluto por ella (y por tanto los esporádicos acoplamientos con mi esposa legal constituían otras tantas frustraciones, sólo justificadas en mi consciencia por el posterior nacimiento de mis tres hijas).
3) Durante los primeros cinco años desde mi salida de la cárcel resistí con estoicismo toda oportunidad de relacionarme sentimentalmente con otra mujer que no fuese Lucía (pese a que tenía frecuentes oportunidades, debido a mis trabajos como profesor y artista). Sólo en 1987 establecí una brevísima relación con una hermosísima mujer de 30 años -yo tenía 37 entonces-, bonaerense, que fue como una iluminación (descripta en El Veranito de San Juan): estaba desperdiciando mi vida, pensé. Pues aunque no hubiese tenido relación alguna con muchachas en todo el lapso anterior, Lucía me atormentaba con sus celos (más que ellos creo que era su indignada reacción a la sola posibilidad de que alguien osara codiciar un "objeto" -yo- que consideraba de su propiedad). Entonces me liberé.
Mas tampoco es que salí a buscar mujeres -mucho menos prostitutas, actitud que desde la adolescencia había eludido con repugnancia-, sino solamente cambié de actitud. En ese panorama es que apareció Anapaula, a quien conocía desde unos cuatro años antes -cuando era una muchachita apenas de diecisiete años, hermosa, rotunda, novia de Horst, el alemán que viajara con nosotros al Norte-; nuestra relación se había ido haciendo cada vez más fraterna, primero; luego decidimos ceder, de común acuerdo, a la atracción complementaria que entre nosotros surgía. Por una sola vez... y es la que se menciona un poco al pasar en este capítulo. Luego nos encontraríamos en la calle, esporádicamente. Hasta el día de hoy -aunque muy pocas veces nos vemos- seguimos tratándonos con el mayor respeto y el afecto que corresponde a una amistad que ninguno de los dos consideró vulnerada. Creo que aquel leve intento de su madre por "responsabilizarme", narrado aquí, fue sólo una reacción espontánea de Anapaula, quien no podía ignorar mi creciente atracción hacia Oona, y actuó como una bella mujer desairada.
En el rubor de la oración
Una tarde, luego de que ella guiara en un breve paseo a cierto grupo de alemanes jóvenes que habían llegado de paso, logramos escaparnos por un rato solos hacia el canal. Era un momento magnífico, aquel en que las luces del día comienzan a difuminarse bajo el tenue abrazo del crepúsculo; las plantas parecían respirar aliviadas luego de un día caluroso, algunas garzas se elevaban graciosas indicando la presencia de esteros entre la vegetación, la vida de los millones de insectos, pájaros, pequeños armadillos, cuises, ranas, bullía con suave ronroneo a nuestro alrededor. Caminando serenamente extasiados por el momento llegamos al hermoso canal, casi tan ancho como un río, por donde transcurría un agua procelosa, transparente, con apenas perceptible rumor. No habíamos terminado de situarnos en el lugar, contemplando los hermosos colores rojizos, amarillentos, violáceos del cielo, no había terminado de preguntarle de qué signo era y me preparaba para empezar a profundizar un poco, al fin libres de los acechos y acosos constantes que nos rodeaban todo el tiempo, nuestra evidente afinidad, cuando escuchamos un tumultuoso repiquetear de cascos, un fragor de ramas quebradas, y vimos una polvareda que precedió a la aparición de dos jinetes, en la ribera opuesta, uno de ellos que nos gritaba:
"¡Al fin los encontramos! ¡Los estábamos buscando!"
Era el imbécil de Holger, montando un caballo, acompañado por Lisandro en otro, que nos urgía:
"¡Regresen! ¡Regresen enseguida! ¡Pronto va a oscurecer!"
¿Necesitábamos que algún estúpido nos avisara que iba a oscurecer? Comprendí sin embargo que el milagroso momento estaba roto; me entregué a la fatalidad, y cabizbajo, rengueando un poco aún junto a ella, regresé. Un pensamiento fugaz se introdujo de improviso en mi imaginación. ¿Y si ella era una reencarnación de Laura?... ¿Esto era posible?... ¡Sus fechas de nacimiento casi coincidían: Oona, el 9 de octubre; Laura: el 10!... Por ese entonces no sabía casi nada sobre la reencarnación, pero por un momento me sugestionó la idea.
Una noche de luna
Pocos días después iba a suceder uno de los momentos más hermosos. Fue, si la memoria no me falla, el 14 de enero. ¿En qué momento habíamos concertado cenar juntos, solos ella y yo? No puedo precisarlo. El plomo de Holger había tenido que viajar a Tucumán, por algunos días. Tampoco estaban los otros alemanes, que se habían ido a Santiago. Por las vacaciones no había alumnos ni profesores.
Sólo recuerdo que esa tarde, cuando ella pasó en bicicleta por la oficina de la curtiembre, donde yo trabajaba, me preguntó si me gustaban los panqueques, pues proyectaba preparar eso para convidarme. Le dije que sí, me encantaban. Entonces se fue a buscar su correspondencia, y comprar los ingredientes necesarios, hermosa con su pelo recién lavado, la mochila negra cruzada a la espalda, cual libélula antropomórfica en su bicicleta de carrera, que la obligaba a agacharse un poco para volar contra el fulgor del horizonte, por la ancha avenida de tierra apisonada que conducía a la ciudad. Debía esperarla en casa a las ocho y media, me pidió que preparase una sartén.
Puse la mesa en el patio trasero, allí donde a cincuenta metros comenzaba el monte. Guardé dos porrones de cerveza en el congelador.
A las ocho y media en punto llegó, pero para decirme que mejor fuéramos a comer en su casa, pues había invitado también a Peter Schmergen. Me fastidió tanto que no lo pude disimular.
-¿Por qué a Peter?- pregunté, escandalizado.
-No pude evitarlo... me vio llegar con los huevos y preguntó qué iba a hacer... me dijo que la Chicha había viajado y él también está solo... entonces le he dicho "ven a comer"...
-Escuchame bien, Oona, yo quiero cenar con vos y no con Peter Schmergen... -mascullé, rencoroso- así que decile a Peter Schmergen cualquier cosa y venite a comer aquí, como me lo habías prometido -la intimé.
-Oh, me da mucha pena de él...
-No se va a morir por comer solo -minimicé-. Pero bueno, haz lo que quieras. Si quieres vete a cenar con él, no te preocupes por mí. Vete tranquila -espeté, dando por terminada la discusión.
-Veré qué hago -dijo y se fue.
Como a los diez minutos regresó, trayendo una bolsa con los ingredientes para cocinar. Con mucha eficacia hizo todo; enseguida los panqueques estaban listos para servirlos. Fuimos al patio, pues; para entonces, la luna alumbraba tenuemente, coronando de plata las copas de los árboles.
En esos días había comenzado a transmitir una FM en Rodeo. Fue un regalo de los cielos. Desde las 9.00 ponían música suave, romántica, boleros o rock lentos, con bastante gusto. La fidelidad era perfecta.
Hablamos de pocos temas, con alguna dificultad, pues ella aún tenía problemas con el lenguaje. Le ofrecí ayudarle a manejar el castellano, que practicaba con un manual. Concertamos encontrarnos para ello dos veces a la semana, desde las 8, en mi casa. Pusieron "Toda una noche contigo", de Banana Pueyrredón y la invité a bailar. Nos levantamos, yo con alguna molestia en el pie aún, y tomándonos suavemente bailamos con lentitud bajo la luna, sobre el piso de tierra, unos dos metros cuadrados que separaban la mesita con la puerta. Veinte centímetros nos hubieran bastado, pues apenas nos movíamos, cadenciosamente, casi en el mismo lugar. La música era una excusa para abrazarnos. (Oona no se pintaba. No usaba perfumes. Sólo se lavaba al parecer con esencias vegetales que guardaba cuidadosamente, traídas consigo al viajar a la Argentina. Por alguna referencia casual sé también que de vez en cuando las recibía de su padre, por correo. De su cuerpo emanaba pues un aroma suavísimo, en todo armonioso con el de la tierra y los árboles.) Con dulzura, ella fue reclinando su cabeza sobre mi hombro. Nacho Rasquides * se portaba como un dios, lanzando temas uno tras otro, sin la más mínima interrupción. La selección era extraordinaria: Daniel Río Lobos, Roberto Yanés, Tito Rodríguez... Estuvimos allí... cerca de media hora, sin separarnos. En cierto momento su cabello suavísimo se metió en mi boca; ella lo notó y para apartarlo movió un poco la cara: su mejilla ardía. Con este movimiento la comisura derecha de sus labios quedó exactamente rozando los míos: entonces corrí un poco la cara y puse con serena determinación mi boca a cubrir la suya. Fueron instantes, minutos, no sé cuánto tiempo de elevación celestial. Hasta que repentinamente ella se separó y se sentó ante la mesa, a llorar.
Le caían las lágrimas suavemente, mojando el bello rostro, que se le había puesto carmesí. Farfullaba palabras alemanas junto con otras españolas en confusión, mientras trataba de secarse el incesante flujo con un pañuelo pequeñito.
-¡Estoy mal!... ¡mucho tiempo lejos de mi tierra!... ¡He hecho esto porque me siento sola! -más o menos es lo que intentaba decir (o al menos lo que yo entendí). Pero, ¡mucho tiempo lejos de su tierra! Si había pasado menos de un mes y medio desde que viniera...
-Debo irme ahora-, expresó al fin, levantándose. Entró a la cocina y se puso a embolsar sus cosas. Cuando hubo terminado se dio vuelta para retirarse. Pero yo, que la ayudaba desde su costado, con aquel giro quedé frente a ella; y otra vez, tomándola por la cintura, la besé. Otra vez se abandonó al dulzor, una nueva corriente de energía benéfica nos recorrió, pero sólo por unos pocos segundos; nuevamente brotaron las lágrimas.
-¡No llores, por favor!... -le rogué.
-¡No! ¡no!-, decía-: ¡yo no puedo hacer esto!...
-¿Tienes novio? -le pregunté.
-¡Sí! ¡Tengo novio! ¡En Alemania! -contestó.
Finalmente salió con rapidez y se fue. Logré llegar a la puerta para ver su esbelta figura blanca perderse en la oscuridad, entre los árboles que bordeaban el puente, camino a su casa.
* El dueño de la nueva radio.
05:20 Anotado en Books | Permalink | Comentarios (0) | Email esto | Tags: Literatura
Capítulo 4
Pequeñas contrariedades
Después de esa mañana Lucía se puso más agresiva y desconfiada. Oona se dio cuenta y suspendió las clases de castellano, con la excusa de que debía trabajar mucho para inaugurar la guardería a fin de mes.
Por otra parte, era cierto que mi carácter había cambiado demasiado como para que mi esposa no sospechara. De hosco y antisocial, me había vuelto abierto a las visitas ahora, extraordinariamente dispuesto para salidas o fiestas. Claro, cada reunión me permitía nuevas oportunidades para estar con ella.
Pese a ello traté de reducir mi participación en sus reuniones. La contención actuó como un disparador posiblemente, pues una noche en que Oona había organizado unos inocentes juegos, destinados a niños, pero invitándonos a participar a Peter Schmergen y a mí, luego de unos minutos de aceptación desbaraté con toda conciencia las normas, ridiculizando como si fuese una estupidez todo aquello, y sin escuchar sus dolidas protestas me fui.
La Tablada
Enero terminó peligrosamente para nuestra familia. De una manera que nos resultó pasmosa, un grupo de guerrilleros jóvenes había intentado tomar un regimiento en Buenos Aires; se había suscitado una carnicería. Lo peor era que conocíamos a esos guerrilleros: hasta poco más de un año atrás habíamos integrado su movimiento -incluso, uno de ellos se había alojado en nuestra casa. Recién luego de algunas horas llegamos a tomar conciencia de la gravedad de la situación.
Estábamos en el complejo principal de la Stiftung, Lucía en las oficinas, yo revisando con los obreros un cargamento de pieles, o algo así, cuando escuché por la radio las primeras noticias sobre un enfrentamiento armado en un regimiento importante. Pedí al curtidor que subiese el volumen, pero difundieron muy poca información; todo era confuso, la policía había rodeado el lugar, se tiroteaban con los atacantes, que resistían desde el interior del cuartel. Era temprano: como las ocho y media.
Como hacía poco se habían sucedido los levantamientos militares conducidos por los coroneles Rico y Seineldín, quienes no habían sido castigados severamente, además de mantener su estructura de poder militar intacta, di por sentado que se trataba de ellos otra vez.
Pero a las diez de la mañana el tiroteo continuaba; a la policía se habían sumado fuerzas del ejército, bombardeaban con bazukas a los atrincherados, los helicópteros artillados les lanzaban ráfagas; ese lugar de la ciudad era un infierno. Regresé a casa y encendí el televisor. Las imágenes que vi me sobrecogieron: pronto iban a salir los combatientes vencidos, se había llegado a un acuerdo, luego de haberlos cercado. Pero sobre los senderos del regimiento habían quedado numerosos cadáveres, de hombres y mujeres muy jóvenes, de civil. Las cámaras comenzaron a mostrar algunos rostros de los muertos y se difundieron sus nombres. Me estremecí al reconocer entre ellos a varios de mis compañeros del movimiento Todos por la Patria. ¡Cómo podía ser! ¡Nunca se había hablado de construir una guerrilla, mientras permaneciéramos allí! Pero recordé que una de las causas de nuestro alejamiento había sido precisamente el reconocer un cierto tufillo belicista en el lenguaje de algunos dirigentes, que lo habían sido a su vez del ERP, varios años atrás. ¡Oh, ¿podían ser tan locos?! No me cabía en el pensamiento esa posibilidad, pero era real, las imágenes de la televisión mostraban aquella trágica posibilidad concretada, evidentemente.
Comencé a caminar meditabundo pues la noticia me había conmocionado. Oona forraba carpetas con figuras para sus niños cuando entré. Quería hablar con alguien. Esta vez no sentía la menor inclinación afectiva hacia ella, mi mente había suspendido toda sensación salvo el preciso discurrir de los razonamientos, ahora necesitaba un interlocutor para ordenar un poco más las ideas. Oona no sabía nada del asunto. Tuve que explicarle que nosotros habíamos estado presos siete años durante la dictadura militar por nuestra actividad revolucionaria (bueno, eso ya lo sabía, dijo, "¿estos son tus compañeros?"). Había comprendido, por fin. Ese era el asunto. Eran mis compañeros. Y ahora quienes estaban o estuvimos relacionados con ellos, corríamos peligro en todo el país. Conocíamos por haberla padecido la ferocidad de la represión; miles de compañeros y compañeras desaparecidas, torturadas, asesinadas sin piedad por los militares no permitían imaginar un desenlace idílico para esta emergencia. Me fui tal como vine pues quería sintonizar alguna radio de Santiago. La policía estaba actuando rápido: ¡habían allanado la sede del MTP! Por el momento no habían detenido a nadie pero sus dirigentes permanecían bajo vigilancia.
Mi relación con este movimiento había surgido al reencontrarme con un viejo compañero de militancia en Buenos Aires, durante un viaje que hiciera hacia fines de 1985. Por entonces tratábamos de construir en Santiago, con algunos dirigentes agrarios, un partido nuevo. Por nuestra debilidad se había aceptado un frente con el Partido Intransigente, pequeño también aunque con una estructura nacional, pero la gente del MTP fue terminante a la hora de fijar condiciones para nuestra incorporación: debían cortarse los lazos con el PI, "un partido burgués". Tampoco les interesaban alianzas con otros sectores de la izquierda, comunistas o del MST: "reformistas superados por la dinámica revolucionaria ya en los años 70". Sabía que eran los mismos compañeros con quienes emprendiéramos nuestras gestas veinteañeras, mejor dicho, sus sobrevivientes. La cuestión me entusiasmó, por orgullo ante la capacidad de recuperación de nuestras fuerzas, a las que prácticamente se había considerado aniquiladas, pero también porque veía un programa mucho más maduro en la construcción de este nuevo movimiento.
En la Argentina se había necesitado un nuevo movimiento político desde los años 60. Nosotros fuimos ese movimiento, pero el adherirnos fatalmente a una política armada había permitido nuestra derrota. Los mismos políticos corruptos que gobernaban el país cuando intentáramos cambiar las condiciones que nos llevaban indefectiblemente al abismo, los Cafiero, los Ruckauf, los Storani, habían regresado con las elecciones, dotados de mayores mañas y endurecidos por su connivencia de casi una década con los asesinos militares.
Reiniciar la lucha, a tan poco tiempo de terminada la tragedia, era entonces no sólo una magnífica demostración de valentía, sino tenía un contenido político que abría grandes posibilidades de crecimiento entre el pueblo. Ello fue así, precisamente. Me impresionó mucho, a fines de 1986, comprobar la masividad que estaba adquiriendo el MTP en Córdoba y en Buenos Aires.
Hacia abril de 1987 mi instinto me avisó que algo inconveniente sucedía, sin embargo. Y durante un viaje a Córdoba se confirmaron mis temores. Me encontré con un compañero que había sido un alto dirigente del ERP en la década pasada, y su discurso me erizó la piel. Hablaba constantemente de que los militares se preparaban para dar un golpe... y de que había que pararlos. Me pareció decodificar de entre sus palabras que ese "pararlos" representaba algún tipo de voluntad armamentista, pues hacía alusiones veladas a que "a algunos compañeros es difícil contenerlos" y de rumores acerca de ciertas regionales que habían decidido acopiar armas (por cierto, "para defenderse"). Espantado, apenas regresé le dije a Lucía que debíamos alejarnos de este movimiento. Esa misma tarde, cuando nos visitó un dirigente del partido local le comunicamos esta decisión, alegando cuestiones de trabajo, de mis novelas sin terminar, de las necesidades familiares, en fin. No le gustó nada; habíamos recorrido el campo durante todo el año pasado organizando trabajosamente nuestro partido. Insistí afirmando que era mejor que nos alejáramos, antes de continuar a desgano. Lo entendió finalmente, y no regresaron.
Pero ¿sabría esto la policía?... Mi nombre había aparecido en durísimas solicitadas, repudiando los intentos militares, como dirigente del MTP. Y como dije, en todas las actividades públicas del partido había participado... hasta 1987. Sin embargo, mi alejamiento no era algo que se hubiera hecho público. Al menos eso era lo que yo creía.
Mi preocupación iba adquiriendo mayor intensidad a medida que avanzaba el día y las noticias adquirían una trágica precisión. Ellas mostraban la horrible masacre sucedida luego del asalto al cuartel por unos 50 guerrilleros, armados como nunca lo habíamos estado en la etapa anterior, con ametralladoras pesadas ¡y bazukas lansamisiles! En el acto se me despertó un pálpito: ¡Gorriarán Merlo!..
"¡Maldito demente!", pensé. Él era el único capaz de haber organizado esto. Había huido indemne de la lucha durante la dictadura militar, para ir a combatir con mucho armamento en África, en Nicaragua. Más tarde con su grupo habían destrozado a Somoza, haciéndole una emboscada callejera en Paraguay. Precisamente el remate lo dio de un bazukazo que lo desintegró, un santiagueño, el "Colorado" Irúrzun. Pronto se comprobaría que Gorriarán Merlo había dirigido la operación por radio, desde una camioneta estacionada en un lugar suficientemente a salvo. Me sentí traicionado por este personaje, a quien consideraba un inmaduro, quizás por no haber padecido, como nosotros, la cárcel. De momento mis inquietudes fueron aumentando, y repentinamente me acordé que en la oficina tenía una gran cantidad de revistas, folletos, documentos de izquierda. Incluso varios del MTP. Corrí a buscarlos... los quemaría, pues si nos allanaban la casa -cuestión que evitaba pensar pero se presentaba como muy posible-, iban a ser pruebas en nuestra contra.
Desde 1986 recibía regularmente varias revistas de Cuba; las consideraba un pequeño tesoro y las había coleccionado ordenándolas por temas en un estante especial. Me dolió mucho desprenderme de ellas. Pero lo hice. Como a las seis de la tarde, una oscura humareda se elevaba de mi pozo para la basura. Poco después no quedaba en nuestra casa ningún vestigio escrito de que alguna vez hubiésemos sido personas con ideas de izquierda.
Hacia 1993 un policía de los Servicios de Investigación se vanagoloriaría, durante un encuentro que no pude evitar en la plaza de Santiago, que si no me habían detenido aquella vez se lo debía a él. Según fanfarroneó, apenas se produjo lo de La Tablada lo llamaron por teléfono para saber si consideraba conveniente que me fuesen a buscar. Siempre de acuerdo con su narración él les había dicho que no. Que mi esposa y yo éramos personas inofensivas, dedicados por entero a nuestros trabajos, a nuestra familia. Que hubiese sido un error molestarnos. Él nos conocía muy bien.
Con su esposa se habían acercado a mí en 1986, durante la presentación de uno de mis libros. Ella era una maestra muy bondadosa y sensible, que escribía poemas bastante aceptables. Él me había dicho con brutal desparpajo que trabajaba en el D2 (el tenebroso Departamento de Informaciones, donde habían torturado y asesinado salvajemente a muchachos y chicas durante la dictadura). Pero en Rodeo estaba "fuera de servicio", así que era como "otra persona", según decía. En su repentino "sinceramiento" de la plaza me confesaría que en realidad le habían encomendado la tarea de vigilarme. Practicaba magia negra. No quise evitar el acoso a que nos sometía, por instinto de supervivencia, pero particularmente porque no había modo, sin ser grosero, de rechazar la relación profesional con su esposa. Jamás pudimos confiar en ellos, sin embargo. Todos sentíamos que nuestra ceremoniosa amistad era sumamente artificial.
Lo más probable es que él pidiera instrucciones a sus jefes, apenas sucedió lo de La Tablada. Si le hubiesen ordenado que me detuviera, lo hubiera hecho en el acto - quizá con ese doliente placer que aqueja en apariencia a esta clase de tipos cuando cometen sus enfermizas crueldades-. Pero mi tío era asesor principal del gobernador y mi padre Secretario de Educación y Cultura en el Gobierno Provincial. Demasiado poderosos como para lanzarse contra alguien de su familia. Creo que eso fue lo que verdaderamente impidió que cayéramos en la cárcel por segunda vez.
Nota: Para más detalles sobre los sucesos de La Tablada, ver Anexo I.
05:15 Anotado en Books | Permalink | Comentarios (0) | Email esto | Tags: Arte
Capítulo 8
Cruzando el Rubicón
Durante un tiempo, quizá de dos o tres semanas, Oona pudo mantener una cierta distancia de mí. Con algún disimulo, no permanecía demasiado tiempo en los lugares donde yo estaba, salvo que hubiera otras personas. Pero del mismo modo que el verano, su fastidio conmigo se fue diluyendo, y pronto estábamos otra vez haciéndonos bromas o intercambiando pequeños obsequios. Entendí como una señal de paz el que me regalara una cassette con música de jazz que había grabado en Alemania. La música era posiblemente lo que ella amaba con mayor intensidad; en alguna oportunidad la había sorprendido escuchando con arrobo sus cassetes, que atesoraba entre sus objetos más queridos. Todos de jazz o música clásica.
De a poco, establecimos acuerdos laborales que nos permitían encontrarnos sin dificultad. Uno de ellos, coordinar previamente las tareas del día. Para esto debíamos conversar unos minutos cada mañana, a las ocho, antes de comenzar las actividades tanto de la Escuela Agrotécnica como de la Guardería. Andaba por allí en ese período un italiano, a quien prestábamos un tractor y algunas herramientas de laboreo. Se había casado con una mujer que tenía muchos campos en Rodeo, e iniciaba por entonces un cultivo de tomates. Era un tipo alto, muy buen mozo, quemado por el sol, de ojos muy azules, que estaba entrando ya en la segunda madurez (posiblemente tuviese unos 42 años). Era muy simpático, o tal vez yo lo reputara así porque me había dicho que le parecían hermosos los nombres de mis hijas, y cada vez que venía se acercaba a ellas, tratándolas con mucho cariño, regalándoles a veces frutas o golosinas.
Esa mañana andaba el tano por allí, trajinando con los peones para enganchar una gran rastra en un tractor; lo recuerdo como en acuarelas de fondo, pues mientras miraba estas labores apoyado en la ventana de la Casa de los Alumnos y tomando mate, se acercó Oona para consultarme no sé qué cosa. No sé qué cosa, debió de haber sido importante porque apoyándose en el alféizar, desde fuera, se inclinó hacia mí para hablarme en voz muy baja con el ánimo evidente de que no escuchara nadie. Precaución superflua si se tiene en cuenta el fragor de los peones trajinando con las herramientas junto al italiano, el vocerío de los niños que llegaban con sus madres a la guardería, las conversaciones de los alumnos reuniéndose con el instructor para comenzar las tareas. Lo cierto es que ella se inclinó hacia mí, hasta hacerme sentir su aliento dulce en el rostro; tenía las mejillas ruborizadas, lo cual formaba una bella composición con el celeste limpísimo de sus ojos, el rojo de sus carnosos labios, el dorado luminoso de su perfumado cabello lacio. Ella se inclinó un poco más cuando sorbió el mate que le alcancé; entonces, perdí cualquier noción de otra cosa que no fuese su presencia, su deliciosa cercanía. Se había agachado lo suficiente como para que su remera blanca me permitiera ver una gran parte de sus pechos, como su rostro, ruborizados; por primera vez tomé conciencia plena de la belleza magnífica de sus pechos, su redondez, su solidez, su tersura, la suavidad maravillosa de su piel, su lozanía; entonces me abandoné al intenso placer de las sensaciones, razón por la cual no recuerdo absolutamente nada de todo lo que me dijo durante aquellos cuatro o cinco minutos, extendidos por el milagro de la felicidad a un periodo mucho mayor. Ninguna argumentación cartesiana bastó para disuadirme aquel día de que me había mostrado con toda deliberación sus pechos; por lo demás... ¡estaba encendida! Una atmósfera incandescente nos envolvió durante aquellos minutos a ambos, se la percibía excitada y feliz con mi presencia, aquella conversación era una excusa para que las auras de ambos se entregaran a un abrazo profundo, una comunión deliciosa, llena de caricias magnéticas e intercambio generoso de energía vital, aunque ni un sólo centímetro de nuestro cuerpo físico se tocara.
Entonces decidí que iría otra vez a visitarla por las noches en su cama. Ya había notado que el marco de su ventana no tenía vidrio aún -muy de acuerdo con la mentalidad de Schmergen, quien solía dejar las obras sin terminar- y aunque la persiana exterior estaba compuesta por una gruesa hoja de algarrobo, Oona nunca la cerraba completamente, para dejar pasar el aire. Había aproximadamente un metro sesenta hasta el ancho derrame de aquella ventana. Era un espacio rectangular con remate oval, relativamente angosto, pero suficiente como para permitir la entrada de un cuerpo no muy ancho. Debería hacerse un esfuerzo importante con los brazos para elevar el cuerpo hasta aquella altura -pensé-, dado que no habría otro punto de apoyo: iba a ser un esfuerzo únicamente de las palmas, las muñecas y los brazos. Por aquél tiempo yo estaba un poco gordo además, pues aún comía carne en abundancia, demasiados lácteos y muchísima miel -mido 1,73, pesaba por entonces más o menos unos 74 kilos.
Programé con meticulosidad mis pasos. Primero: iría a dormir a la Casa de los Alumnos. Luego, saldría cuando estuviesen todos dormidos, inclusive Oona. Por las dudas, llevé un pequeñísimo despertador que tenía, y lo puse bajo mi almohada, programándolo para las doce. Había sido un día muy cansador; de hecho me quedé dormido apenas luego de acostarme, como a las diez. Pero a las doce menos cinco estuve despierto nuevamente, lúcido en el mismo instante de abrir los ojos.
Salí sin problemas. Varios roncaban. Me había puesto alpargatas, el pantalón sin calzoncillos ni cinto, sólo una remera negra arriba (el calzoncillo y el cinto me habían demorado segundos preciosos la vez anterior). Era una noche bastante oscura, pero siempre había riesgos pues demasiada gente habitaba allí o en los alrededores. De modo que sentía cierta aprensión por lo que pudiera suceder imprevistamente. Ello me llevó a efectuar todo con la mayor celeridad. En pocos pasos rapidísimos llegué a su ventana. No había practicado, obviamente, ni había tenido oportunidad de medir la altura de la ventana, lo cual me provocó un primer trastorno importante. Previamente había tenido que abrir la gruesa celosía, sólo entornada. Por suerte no lanzó más que un leve chirrido. Pero ello me impediría usar mi brazo derecho con toda su fuerza, pues quedaba de tal modo que si me inclinaba hacia allí la chocaría. Luego el verdadero problema: la altura era mayor de la supuesta, no iba a ser tan fácil subir. Lo intenté con gran energía: me tomé con ambas manos de la arista saliente del alféizar de cemento revocado, y tiré con todas mis fuerzas del cuerpo hacia arriba. Logré únicamente lesionarme un poco los dedos -eran los únicos que lograban un punto de apoyo efectivo- y rasguñarme el antebrazo, pues ante la imposibilidad de llegar hasta donde era necesario, para no venirme abajo me torcí un poco, poniéndome de costado, levantando las piernas, para afirmarme en la pared, pero me deslicé hacia abajo enseguida, provocando además un ruido frotativo que resonó en el silencio de una manera atroz. La premura de la situación me llevó a idear en segundos una salida: por todo el entorno había pedazos de ladrillos esparcidos, restos del proceso reciente de construcción. Con gran velocidad junté diez o doce de ellos, apilándolos con el propósito de formar una plataforma que me permitiría -así pensaba yo- elevarme para apoyar las palmas de las manos y luego los brazos en el alféizar.
No me equivoqué. En segundos pude elevarme lo suficiente como para afirmar mis brazos, y por instinto volví a torcerme, con un movimiento ágil, para apoyar el antebrazo izquierdo -ya magullado por la intentona anterior- sobre el alféizar. No sentía dolor alguno en aquellos instantes. Con un solo movimiento estuve metido en el hueco de la ventana, que me obligaba a una posición casi fetal. Desde allí tenté, siempre con la mano izquierda, hacia dentro. ¡La ventana no estaba cerrada! Ahora debía abrirla del todo, para pasar. Había una suave cortina rosácea -aunque no la veía bien por la oscuridad, la recordaba- que se inflaba a impulsos de la leve brisa introducida al abrir del todo la celosía. De inmediato sentí, otra vez, como aquella cuando fui a rascar su ventana en la casa de Jörg Kolschröder, que estaba despierta. No hacía ningún ruido, pero un vaho de energía, una irradiación, llegaba nítidamente hasta mí imbricándose íntimamente con mi cuerpo etérico, acercándose, alejándose, con oscilaciones semejantes a los movimientos de un respirar o los latidos del corazón. Entré. La cortina rozaba suavemente mi espalda y en la profunda oscuridad de la pieza recién noté que de fuera filtraba un difuminado resplandor. Lo suficiente como para ver sus formas, tapada hasta el cuello con la sábana clara, con las manos cruzadas sobre el pecho. Se percibía sólo el volumen, no los detalles de su rostro, por lo cual no supe si tenía los ojos cerrados o abiertos. Pero estuve completamente seguro ahora de que estaba despierta. Su respiración era apenas perceptible, la contenía, estaba expectante, en espera de lo que iba a suceder. Me detuve apenas unos segundos: mi corazón saltaba dentro de mí, me asaltó un repentino temor: el de que me rechazara. Pero lo aventé rápidamente y con movimientos veloces me quité rápidamente la remera, luego el pantalón, y solamente con los pies las alpargatas, mientras con movimientos suaves pero seguros me introducía bajo su sábana. Me introduje bajo su sábana y me puse rápidamente de costado, pues no había allí espacio para dos, pasando mi brazo derecho sobre sus manos. Acaricié su pelo, suavísimo, puse mis labios sobre su oreja derecha. Comencé a besar con unción leve su mejilla: estaba ardiente... Llevaba sólo una camiseta corta y bombacha. Traté de tocar sus pechos pero ella repentinamente se dio vuelta. Quedó dándome la espalda. No me inquieté y seguí tratando de acariciar sus pechos, sobre la camiseta. Como tenía los brazos sólidamente cruzados sobre ellos, me fue imposible. Entonces bajé las manos, para tocar sus piernas. Eran larguísimas, como ya fue dicho, pero bueno es recordarlo, con el delicioso agregado esta vez de poder comprobar táctilmente su tersura, su juvenil solidez. No había una sola irregularidad en ellas, ninguna aspereza; desde los muslos a las pantorrillas, que era el espacio que mi mano podía alcanzar sin esfuerzo, corría una superficie perfecta, vibrante de vida, además, que transmitía una calidez especial, penetrando en mí hasta la punta de los pies, cuyos empeines había afirmado en sus plantas suavísimas. Formábamos entre ambos una doble S, al revés, sobre el costado izquierdo, yo había metido mis rodillas en el ángulo que dejaban sus piernas, mis pies en sus pies, mi pubis contra sus nalgas, mi estómago contra sus vértebras lumbares, mi pecho en su espalda, y besaba con delicadeza su nuca grácil, apartando los cabellos perfumados sin dificultad. No me cansaré de mentar la suavidad de sus cabellos, factor tan agradable cuando uno la besaba, pues su roce constituía una caricia adicional. Para no mantener la mano izquierda ociosa, la introduje por bajo de su cintura hasta alcanzar el vientre y logré colocarla muy cerca de sus pechos, por bajo de la camiseta. Entonces comencé también un movimiento envolvente hasta lograr acariciarlos un rato, lo cual me dio una felicidad muy grande, que ya no podría olvidar. ¡No habíamos hablado, ni ella ni yo, ni una sola palabra!...
Hasta que se dio vuelta, poniéndose boca arriba, me apartó con firmeza cuando intenté ponerme encima, y me dijo:
-Vete, Andrés; por favor vete...
Yo no le hice ningún caso, volví a subirme y la besé. Pero ella cerró la boca con firmeza. Otra vez me empujó poniéndome una mano en el pecho para repetirme:
-Vete... Andrés... ¡por favor!...
Le hice caso. Sin apuro, pero con diligencia, recogí mi ropa del suelo -donde ella tenía tendida una ancha alfombra de mansa felpa-, me la puse. Até con toda tranquilidad los cordones de mis alpargatas, y me levanté, acercándome a la ventana.
-¡Chau! -susurré.
Ella no contestó. Fue más fácil subir desde adentro, pues había menos distancia desde el suelo. Enseguida estaba otra vez en la frescura del campo, atravesando el colchón de césped que rodeaba los edificios. Entré sin problemas a mi piececita, y debí quitarme la ropa nuevamente para acostarme. Miré el relojito apretando un botón que tenía a un costado para crear una suave luminosidad: la una y diez. Me dormí, confortado y feliz.
05:00 Anotado en Books | Permalink | Comentarios (0) | Email esto | Tags: Arte
Capítulo 11
Invierno
Durante el invierno Oona cerraba su ventana desde adentro. Esto, uniéndose a las dudas acrecentadas de ambos, suspendería los acercamientos físicos entre nosotros por casi todo aquel periodo. Salimos una vez, con Sabine, para concurrir a cierta fiesta de casamiento, y en otra oportunidad habíamos alternado un poco durante otra fiesta, en la Casa de los Alumnos. Pero nuestro cariño, que se presentara tan tumultuoso y arrebatador en los primeros tiempos, había sufrido esa especie de desleimiento, como al influjo de la estación. Los regalos de Pascua, primorosamente preparados por sus hermosos dedos en nuestra ausencia, y sorprendiéndonos con cartelitos pegados en las puertas y ventanas de nuestra casa, donde ella había depositado cada paquetito, para las chiquitas en primer lugar, pero también para Lucía y para mí, acompañados de ciertas suaves amabilidades, fueron las últimas brisas cálidas que se cruzarían entre Oona y yo, en varias semanas -que resultaron larguísimas ante mi percepción.
Se casaba la hija de Médici, un cordobés aventurero que había venido a instalarse en Rodeo, con un pequeño negocio, luego de yirar por el norte durante muchos años. Entre varios oficios practicaba el de artesano en cuero, y su esposa -una mujer de cabello negrísimo y ojos verdes- tenía talante de gorgona, seria y siniestra. Médici tenía veleidades de poeta, desde hacía tiempo venía anunciándome su interés para que leyera un cuaderno con sus composiciones, aunque hasta el presente yo hubiera logrado escabullirme sigilosamente. Debido a ello -y en algo por mi puesto en la Fundación- me incluyó en la lista de los invitados. Lucía dijo que no quería ir, lo cual fue para mí una liberación. Hacía bastante frío esa tarde, debido a lo cual trajiné un rato juntando yesca en el campo y luego atizando el fuego de nuestro calefón. En cierto momento me acerqué a la casa de los alumnos, pues sabía que Oona y Sabine se estaban preparando allí, también, para la fiesta. Supongo que Oona quería aprovechar el calefón y no verse precisada de encender el de la guardería, además de ciertas acciones como probarse ropas, algunos ornamentos, o cosas así que habitualmente practican las mujeres, cuando van a salir. Lo cierto es que cuando entré a la gran sala parece que Oona salía de bañarse, lo cual me hizo dar un vuelco en el corazón, pues hubiese anhelado verla así, con el pelo mojado, envuelta sólo en la toalla, quizás. Con ese ánimo me acerqué, de un salto, hacia el pasillo que daba al baño. Pero quién sabe por qué maléfico instinto Sabine acertó a salir prestamente, y con una voz alemana, que sonó a mis oídos como un escupitajo, previno a Oona de mi presencia, poniéndose al mismo tiempo en el medio. Razón por la cual sólo pude ver, como una exhalación, su figura blanca deslizándose hacia la pieza; la actitud de la alemana gorda fue tan policial, interpelándome con impertinencia, e impidiendo categóricamente mi ingreso hacia donde estaba Oona, que logró ponerme de muy mal humor. Y me fui, mascullando puteadas en contra de ella.*
Regresando a casa, me afeité y bañé, escrupulosamente, gozando del agua calentita. Luego me vestí con esmero, me perfumé, comprobé lo mejor que pude mi elegancia en los espejos disponibles y, luego de calzarme un sobretodo negro, que me cubría hasta las pantorrillas, fui en busca de las alemanas. Causamos impresión al entrar en la sala: Oona llevaba un vestido oscuro, largo, sin alardes, dentro de su habitual sobriedad; pero su cuerpo era naturalmente elegante y solía absorber, en los lugares públicos, una corriente de miradas. La gorda no tenía tal virtud, pero por el solo hecho de ser alemana también suscitaba algún interés, más bien curioso. Contra mis espectativas, no fue una noche agradable. Todo se limitó a un comer y beber incesante, en un ámbito pretencioso pero muy cursi, hasta que sin haber sentido ninguno de las tres motivación alguna que nos incentivara, decidimos regresar al campo, como a las tres de la madrugada. Por lo demás Oona estaba particularmente gélida hacia mi, cosa que se prolongó durante todo el camino -como un kilómetro y medio- durante el cual yo iba solo prácticamente, pues ambas parloteaban todo el tiempo en alemán, sin tenerme en cuenta. Practicaba una actitud particularmente despectiva, que consistía sencillamente en no dirigirme la palabra, y cuando yo la hablaba, escuchaba, sí, pero con una cortesía indiferente, no desprovista de cierta impaciencia. Molesto por tal tratamiento, repentinamente les pedí que me esperasen un momento, pues tenía ganas de orinar. Cuando se detuvieron, saqué el pene y me puse a hacerlo allí mismo, mientras ellas seguían parloteando en alemán. El frío levantaba una tenue humareda, que reflejaba los rápidos faroles de los autos pasando cada tanto, levantándose desde el césped, donde iba a caer la orina caliente: esto me dió un poco de ánimo para seguir caminando hasta la Fundación. Al llegar, muy frustrado, me acosté, maldiciendo mi suerte, pues sabía además que mañana me dolería la cabeza por todo el vino tinto que había tomado.
Media hora después de haber caído en un sopor denso, me desperté sobresaltado, sin causa aparente. Incorporándome por impulso, salí a la oscuridad fría, y como por rutina, crucé los secos pastizales, la acequia vacía, la huerta, para volver a intentar la apertura de su ventana otra vez. Pero no hubo caso. Estaba herméticamente cerrada.
* ¿Por qué surge siempre al lado de las personas bellas alguna especie de cancerbero? Como por un ensalmo diabólico, su más cercana amiga (o amigo) actúa respecto de quien puede concitar su interés sentimental con celo castrador, poniendo obstáculos y controlando cualquier acercamiento, guiado por ese instinto que los hace adivinar las situaciones más propicias para la armonía de quienes están comenzando a reconocerse con atracción, e interponerse. Esta acción -calcada, una y otra vez en circunstancias semejantes, que tanto pueden suceder si es mujer u hombre la "pieza" codiciada- suele estar teñida también de ese amargo matiz, cuya denotación se origina en la triste calidad de no ser dueño del bien que se pretende custodiar, pero sí capaz de impedir su apropiación por otro. Tal estado de cosas suele terminar, generalmente, cuando el propio custodiado rompe el cerco, expresando su voluntad de establecer el vínculo y alejando con ello al represor. Así ocurriría, también, por suerte, aquí; pero un poco más adelante.
El 5 de agosto, Día del Niño, sería para nosotros también el de un nuevo acercamiento.
Desde principios del invierno vivía en Rodeo otro joven alemán, Dieter, muy agraciado, quien como Sabine, se había hecho amigo de mi esposa Lucía. Sabine le había regalado un libro a Lucía, y Dieter -un muchacho alto, de oscuros ojos azules, cabellos marrones, finos rasgos- un cassette con música de los Doors. Su acercamiento a Lucía me provocaba un poco de celos*; me decía sin embargo que estaba recibiendo mi merecido, en sentido simétrico a mis enredos con Oona. Estos tres alemanes prepararon un festejo muy lindo para los niños. Por nuestra parte, nos tocó participar sólo como público, disfrutando con numerosos niños humildes y con nuestras hijas de la actuación, el reparto de globos, juguetes, golosinas, el chocolate con masitas servido al final. Oona se había pintado extraños dibujos en la cara, lo cual le daba un aspecto enigmático, Dieter y Sabine se habían disfrazado de payasos.
Esa noche volvimos a reunirnos después de mucho tiempo. Casi todo el invierno yo lo había pasado algo distante. Además de mis dudas respecto de Oona, se habían agudizado las contradicciones con Peter Schmergen, de un modo brutal. El líder de la Stiftung ya no quería saber nada conmigo, su objetivo actual era expulsarnos. Por mi parte, había hecho una alianza a desgano con el partido en el gobierno, trabajando en la campaña electoral para ellos. Mi propósito era lograr la intervención y ser designado al frente de ella, para evitar que Schmergen se saliese con la suya. Como la Stiftung tenía Personería Jurídica, lo cual la ligaba a los organismos de contralor estatal, podía ser intervenida gubernamentalmente por irregularidades. Mi tío Jaime, por entonces funcionario de primer nivel en el gobierno provincial, había sido quien me alentara a seguir ese camino. Boccioni, un hombre de armas llevar, de ideología fascista, era el conductor local del Justicialismo; en él me apoyaría localmente para esta circunstancia. Todas estas componendas, mezcladas con los confusos e irrefrenables sentimientos que me impulsaban hacia Oona, provocaban en mi interior un desasosiego constante, convirtiéndome en un ser extremadamente agitado, con frecuencia violento, sin duda de temer en algunos casos para quienes me frecuentaban.
Por añadidura había comenzado a escribir en el mes de marzo una novela autobiográfica, referida al único amor que me arrebatara a los 21 años, y cuya protagonista muriera por un aborto. Ese había sido uno de los periodos más intensos de mi vida: coincidente con los movimientos hippies y revolucionarios en todo el mundo, el comienzo de nuestra militancia en un movimiento guerrillero, el ingreso al mundo grande del periodismo al comenzar a desempeñarme como corresponsal de dos revistas revolucionarias de Córdoba y Buenos Aires. Si se tiene en cuenta que en 1973 lo mejor de la intelectualidad argentina se había volcado a posiciones de izquierda, se comprenderá que trabajar en estos medios era ingresar de lleno en la médula de una elite, por entonces contando, además, con un inmenso apoyo popular. La novela sobre esos tiempos era un libro que me debía desde el momento mismo de iniciarme como escritor, pero, pese a los años transcurridos, quién sabe si era el momento más oportuno para escribirla. Me revolvía heridas sangrantes, como la muerte de Laura y nuestra progenie, cuya culpa dolorosa no me ha dejado en paz hasta el día de hoy, las primeras muertes de seres tan cercanos -mi tío Manuel, mis compañeros-, de tal modo que además de vivir en presente una situación inflamable, la recreación imaginaria de aquellos tiempos de fuego, agregaba altas dosis de combustible psíquico a mi carácter de entonces. Me había propuesto terminar de escribir esa novela en septiembre. Habiéndola comenzado en Abril, me obligaba a escribir al menos cuatro páginas por día, lo cual resultó al concluir el trabajo en un libro cercano a las quinientas páginas. Durante ese invierno, pues, trabajaba todo lo que podía en los textos (como descanso escribía cuentos cortos); gran parte del resto del tiempo lo pasaba con la mente llena de imágenes e ideas, muy lejanas a mi trabajo formal (esto es, ocuparme de las actividades educacionales de la Stiftung). Por cierto había abandonado casi por completo estas tareas, para lo cual me dotaban de un presupuesto, agitando aún más el conflicto que nos separaba, ya irremediablemente, con Schmergen y gran parte de la Comisión Directiva, que le era fiel. Me había convertido en un segundo polo para las relaciones internas de fuerza; debido a ello los antiguos enemigos de Schmergen intentaban acercamientos laterales, mientras los más timoratos evitaban frecuentarme demasiado, públicamente. Esto último favorecía mi avidez por cierta soledad, con el anhelo de concentrarme en planes más importantes, pero al mismo tiempo alentaba cierta paranoia, cierta actitud vigilante, hacia los movimientos de influencias, internas o externas, sobre la Stiftung, cuestión que afilaba los aspectos más mezquinos de mi personalidad.
Las únicas privilegiadas en esta historia eran nuestras chiquitas. En hacerlas felices coincidíamos todos, desde nuestros amigos hasta los empleados de la Stiftung. Así, recibían regalos a cada tanto -humildes, pero importantes para su personalidad de niñas, pues un chocolatín o galletitas suelen ser, en su valoración, infinitamente más valiosos que un objeto de oro, al cual no sabrían dar ninguna utilidad. Oona las remontaba en brazos cada día, a veces traía de ese modo a Julita, cuando durante su permanencia en la guardería notaba sus pañales mojados y debíamos cambiarla. En casa teníamos empleada, para cocinar y preparar las comidas doña Petra. Era la esposa de Alejo Garzón, un obrero que se me manifestaba como absolutamente leal. Ella se ocupaba también de cambiarles los pañales a las niñas, cuando Lucía no estaba. Sus hijas -algo mayores que las nuestras- las llevaban a jugar durante gran parte del día, convirtiendo de tal modo en una tarea familiar su atención constante. Se habían acostumbrado tanto nuestras hijas a esta familia, que en toda ocasión enfilaban naturalmente hacia su hábitat, un rancho confortable, ubicado casi exactamente al frente de nuestra casa, con un espacio como de quinientos metros entre ambas viviendas, llanura que las chiquitas atravesaban sin peligro, pues no había tránsito de automóviles u otros vehículos por ahí. Apenas levantarse, Julita, de dos años, se dirigía con paso decidido a nuestra empleada, para decirle: "Doña Petra... reparame la leche..." En su armoniosa mentecita de niña consideraba este acto como una condición natural de la existencia. Sol, por su parte, iba ya a Primer Jardín. Temprano la llevaba, caminando, en mi hermosa bicicleta alemana o en la Chevrolet, si estaba disponible. Sol era la que ostentaba el carácter más fuerte, consolidado ya que había asumido desde muy temprano el rol de hermana mayor. Su maestra nos contaría divertida que defendía a sus compañeritas: cuando un chico golpeaba a alguna niña, ello lo tomaba rápidamente de la muñeca, y torciéndole el brazo contra la espalda, lo colocaba contra la pared, dominándolo. ¿De dónde habría adquirido el conocimiento de esa llave aplicada por los judocas? Demasiado rápidamente creímos que lo había visto en alguna serie de televisión. Ahora me parece prudente no desechar la hipótesis de que, dado que nosotros vivimos tanto y tan intensamente la represión policial, algunas de las imágenes grabadas en nuestro subconsciente por el período de la cárcel, pudiera haber pasado al suyo a través de los genes.** Angelita, la más tranquila de las tres, iba con Julia a la Guardería. Como se había hecho un convenio con la municipalidad, obtendríamos un certificado, que nos serviría, al trasladarnos a la ciudad, para inscribirla directamente en Segundo Jardín, dando por válido el periodo de aprendizaje cumplido allí. Angelita jugaba, pues, todos los días, desde las ocho de la mañana hasta la una, bajo el cuidado de Oona y sus ayudantes, que se habían multiplicado al presente, pues ahora había dos, además de la colaboración de Sabine, Dieter, y cuatro o cinco madres pobres, que habían encontrado en esta colaboración un medio para comer abundantemente a la hora del almuerzo, incluyendo sus hijos.
Los habitantes de esa barriada compuesta por mortificados trabajadores rurales enviaban sus niños a la guardería, mientras ellos pasaban la jornada entera a veces a muchos kilómetros de distancia, hasta donde eran acarreados en condiciones frecuentemente peores que las de las vacas transportadas al matadero. Ellos miraban desde afuera a la Stiftung como si fuese un mundo encantado, con seres bellos, fuertes, aseados, que se manejaban en vehículos veloces, viajando a Europa u obteniendo recursos casi inaccesibles ante su percepción, con apenas mayor esfuerzo aparente que un chasquear los dedos. La rubia maestra jardinera alemana fue elegida como madrina por una de esas familias, a poco de su llegada, debido a la bondad humilde con la que se mezclaba sin pretensiones con todos los pobres. Luego supe que esta actitud era alentada por un propósito de emulación hacia Albert Schweitzer, cuya voluminosa biografía llevaba siempre consigo.
* Entendiendo a estos como el ya mencionado instinto de propiedad, que palpitaba aún de un modo visceral en mis ánimos, exacerbados además por la irritante duplicidad en que debía desarrollar mi vida, hasta el punto que luego se resolvería en situaciones tan violentas que llegarían a provocar daños en mi esposa y mayores congojas de culpabilidad en mí, como se verá.
** Teilhard de Chardin afirmó, luego de numerosas constataciones, que no sólo rasgos físicos pueden transmitirse genéticamente, sino también aquellos adquiridos por la inteligencia o la imaginación humana. Ello explicaría en parte, también, la enorme diferencia entre las personalidades y características de nuestra primera hija, nacida en un periodo aún bastante inmaduro de nuestra existencia, con las otras tres, producto de una etapa a la cual arribábamos con el inmenso bagaje adquirido al atravesar lo que fuera a la vez infierno y alta universidad, durante siete años, en las cárceles de la dictadura militar argentina.
04:54 Anotado en Books | Permalink | Comentarios (0) | Email esto | Tags: Literatura
Capítulo 12
Malas compañías
En el invierno estalló también ya de un modo abierto el enfrentamiento interno que tenía por un lado a Schmergen y por otro a mí. Como suele suceder siempre en tales conflictos, las personas tienden a agruparse hacia uno u otro bando, por afinidades o sencillamente por cálculo acerca del posible vencedor. Otros -mayoritariamente- suelen permanecer neutrales, cuidándose sólo de no recibir los coletazos cuando los dinosaurios combaten. A mi alrededor juntaba pocos, aunque fieles a la conducta hipócrita del santiagueño, varios se acercaban a jurarme lealtad contra Schmergen, para ir a hacer lo propio ante mi rival sin el menor escrúpulo. Pero debido a la actividad política de mi tío, por entonces en pleno ascenso como el principal operario del gobernador, surgió una alternativa formidable. Tío Jaime propuso, en reunión familiar, que impulsemos la intervención del gobierno en la Stiftung. Existía una cláusula en los Estatutos, aprobados por la Dirección de Personería Jurídica, contemplando esa posibilidad, si se comprobaban determinadas situaciones, como desorden administrativo o falta de legitimidad en la autoridades naturales. En tales circunstancias y dada la corrupción del gobierno imperante, cualquier cosa podía conseguirse con amigos allí. De hecho, luego de siete años de infructuosos trámites, yo había conseguido el otorgamiento de la Personería Jurídica a la Stiftung en un par de semanas, por la mencionada relación familiar -y una coima para el Dr. Millán, por entonces director de Personerías Jurídicas de la Provincia.
Eran los tiempos ominosos de corrupción generalizada, en que se preparaban las gavillas del menemismo para asolar económicamente nuestra nación. Aunque nosotros todavía no sospechábamos en cuan alta magnitud lo aplicarían. Ahora, que han pasado cual gigantesca manga de langostas, oscureciendo el cielo, y la Argentina se debate en dolorosos tambaleos, como un prisionero al que han despojado de partes vitales de su cuerpo, sentimos lo errado que fue para algunos de nosotros haber alentado siquiera una pálida esperanza hacia estos criminales.
En 1989, para quienes habíamos sido revolucionarios, el panorama se presentaba atroz. Luego del golpe de gracia a nuestras ilusiones, asestada por la increíble estupidez de La Tablada, vagábamos como huérfanos, sin acertar a descubrir siquiera una luz de candil en el horizonte, que nos alentara a entablar algún camino, no digo con entusiasmo, pero sí al menos con cierta esperanza de no seguir desbarrancándonos por el abismo. En lo personal, me acosaba el poder enorme de Schmergen y sus amigos alemanes por una parte -incluyendo al estado al que pertenecía-. * Entonces, en un momento de debilidad decidí aceptar las sugerencias de mi tío, sin consultar a Lucía, pues durante los dos últimos años habíamos estado muy distanciados, pero principalmente porque estaba seguro de que se opondría.
La contrapartida exigida para ayudarme era que "trabajara" para el peronismo -en este caso redenominado "iturrismo", pues el gobernador había llegado allí "traicionando" a Juárez, y preparaba con gran ímpetu su consolidación, de la mano con Menem. Accedí a ello, particularmente porque había hallado ya amplia colaboración en los peronistas locales, eternamente desplazados del poder municipal que en Rodeo -una ciudad con amplia influencia de los agricultores más grandes- era siempre dominado por los radicales. Me vería entonces obligado a participar en reuniones, actos proselitistas, viajes al campo para "hacer política". Incluso debí hacer -a mediados de julio- un asado en mi casa. Con fondos del gobierno, concitamos allí a unas 100 personas, dirigentes de la región, entre los que se contaron algunos diputados y concejales. En ese tren llegaron a mencionarme para una candidatura, con vistas a las próximas elecciones. Pero no tenía el menor interés en ello, y con toda cortesía se lo hice saber a la compañera que lo propuso.
Luego me arrepentiría, bajándome del caballo en la mitad del río. Pero ya llegará el momento de contar esa parte.
* Poco antes había recibido la sorpresiva visita del cónsul alemán en Córdoba. Una calurosa siesta, me despertó la empleada diciéndome que había "un señor alemán" que deseaba hablarme. Le mandé a decir que por favor viniera un poco más tarde -odio levantarme de la cama y atender inmediatamente a alguien. Volvió la señora para decirme "que no, el señor debe continuar su viaje". Percibí un extemporáneo toque de autoritarismo en tal respuesta, pero decidí no hacerle caso, aunque instintivamente en rebeldía, salí poniéndome para ello solamente un viejo short de vaquero desgarrado en las piernas, con el pecho descubierto y descalzo. Tal vez ya dije que no soy nada gordo, por lo cual me siento perfectamente seguro sin ropa; aunque noté que mi pecho peludo causó desagrado inmediato en el visitante, que se apresuró a retirar su blanquísima mano, de la mía áspera y marrón, que le extendí mirándolo con sorna y diciendo, a modo de saludo: "no esperaba recibir la visita a esta hora de un gran hombre" -bromeando con su estatura, a lo cual ni siquiera sonrió. El alemán estaba parado, y permanecería así todo el tiempo, sin aceptar mi invitación a sentarse ante nuestra sencilla mesa de algarrobo. Tal vez para valerse de su extraordinaria altura -cerca de los dos metros, calculé. De traje, emanaba un perfume de ciudad que resultaba chocante en nuestro ámbito impregnado por aromas campestres. Su actitud también fue extremadamente chocante. Me dijo que habían recibido quejas de "ciudadanos alemanes" que se sentían atacados por algunas actitudes de mi parte. Que solicitaba tuviera prudencia con tales ciudadanos, pues el gobierno alemán cuidaba a sus súbditos adondequiera que estos se encontrasen. Le contesté que me parecía interesante, pero no me incumbía. Pues era ciudadano argentino, y en este momento él estaba pisando mi país, debido a lo cual su autoridad había quedado relegada. Sin hacerme caso, el gigantesco alemán terminó de lanzar su discurso, como si lo hubiese memorizado, y se fue, declinando estrechar mi mano otra vez.
Se desordena la energía
De momento intenté acercar la mayor cantidad de apoyos posibles para mi lucha contra Schmergen, incluyendo a Oona, que si bien no defendía públicamente mis posiciones, practicaba un abierto acercamiento a nosotros, mientras que se había apartado completamente de Schmergen, al punto de no haber cruzado palabra con él desde dos meses atrás. En tal concepto fue que concurrimos juntos, incluyendo a Lucía con las chiquitas, al acto de cierre de campaña de Menem `89. Allí, después de una cruel espera de más de cuatro horas, habló el gobernador Iturre: una sarta de frivolidades, con torpeza, además, propia de un borracho, avergonzándome de haber dejado que esa maraña de contubernios me arrastrase, en lo que yo erróneamente valoraba como un alineamiento estratégicamente beneficioso para nuestros intereses en la Stiftung. Oona calificó de "fascistas" las maneras y los discursos de los oradores. Sentí una íntima vergüenza aunque la disimulé cuando me lo dijo, ya regresando, pues tenía razón. En vez de aceptarlo con honestidad, contesté:
-Ustedes los alemanes no pueden comprender al pueblo santiagueño. El fascismo es una categoría europea, inaplicable aquí.
Con gran sentido común, ella replicó:
-Tú siempre dices esto de los alemanes. Pero lo que sucedió ahora es fascismo puro, tal vez con otros ropajes.
Por lo demás, todas las reuniones donde nos encontrábamos fueron usadas como canales de numerosas acometidas psíquicas, tanto por parte de Oona como de mí, dentro de esa inexplicable batalla paralela que habíamos iniciado. Ella se comportaba de un modo burlón y despectivo; ejercitando fría insolencia, hablaba constantemente en alemán con Sabine u otro de sus paisanos, aunque estuviéramos únicamente los tres, consciente por cierto de que yo no entendía ni una palabra en ese idioma; por mi parte asumía un ridículo papel de rufián, tomando muchísimo alcohol, fanfarroneando con cualquier muchacha bonita que se me acercara, como una elíptica réplica. Oona en una fiesta en la Casa de los Alumnos victimizó bajo escandalosa provocación erótica a un estrafalario peón, casi enano, quien, borracho, se dejó enardecer por la alemana sólo para servir de hazmerreír a toda la concurrencia, que los observaba entre intranquila y jocosa. Lucía comentó: "Ésta actúa como una puta descocada... ¿Qué le pasa?..." Una vez concurrimos todos a cierta fiesta en el Club de Amigos. Oona se había puesto un ajustado vestido negro con minifalda, lo cual provocaba miradas babosas de los numerosos tipos que se habían volcado esa noche a la plaza. Ella no usaba jamás ropas insinuantes. Esa noche entendí por qué lo evitaba. Desde todos los ángulos se podían percibir las miradas codiciosas de los varones sobre su cuerpo. Fue una tortuosa velada de juegos malévolos; ella se insinuaba hacia mí, provocando dolor y humillación en Lucía; yo obligué a Oona a bailar con un viejo rico, en un perverso ejercicio de auto humillación y befa apenas encubierta... terminamos la noche agobiados por la insatisfacción, el agravio, la impotencia de quienes no pueden mostrar abiertamente sus sentimientos, llenos de heridas, como tres pájaros nocturnos atrapados entre alambres de púas, que intentaran escapar a fuerza de movimientos convulsivos de la prieta atadura donde permanecen, enredados, sus cuerpos. Casi al final de ese periodo había venido una joven porteña, bonita al estilo Botticelli; debido a mi apartamiento de Oona, cultivé por unos quince días -periodo que permaneció en rodeo- otra insinuante "amistad" con ella. Visitaba mi oficina; yo le hablaba de la novela e incluso leía largos párrafos para su solaz. Llegamos a practicar un insidioso juego de ilusionismo seductor implicando a Oona, quien a la vez no perdía oportunidad de asestarme pinchazos paralelos, saliendo con grupos de la capital donde participaba mi medio-hermano, un muchacho de 19 años, fruto del segundo matrimonio de mi padre, quien estaba decidido a competir conmigo por los cariños la alemana. Una noche él había intentado besarla -según me contaría ella tiempo después-; Pío, mi mediohermano, por su parte, en tren de lealtad fraternal me había preguntado si a mí me afectaría que llegado el caso él lograra "atracarse" a Oona. Por cierto le contesté que no, en absoluto, inducido por mi machismo y la mala conciencia debido a una frágil situación en este enredo.
Todos estos factores atizaban un estado de angustia interior, que hacia los despuntes de la primavera se iba convirtiendo en algo semejante a una superficie marítima cubierta con petróleo, incendiándose y cubriendo de humo negro la noche de mi corazón. Cenamos, pues, la noche del Día del Niño en nuestra casa, Sabine, Dieter, Oona, Lucía, nuestras chiquitas y yo. Dentro del ajedrez político que se jugaba por entonces en la Stiftung y dado que se efectuaba otra cena en casa de Peter Schmergen, en ese mismo momento, interpreté esta opción de los jóvenes alemanes como un gesto de apoyo hacia mí. Ello unido a la necesidad que tiene todo enamorado de encontrar razones para justificar su rendición a quien desea, me llevó a mirar otra vez con edulcorado arrobo a Oona, desactivando mis prevenciones, activando otra vez los deseos de poseerla. Poco tiempo después se presentaría una oportunidad en este sentido. La narraré a continuación.
Dos alemanes de paso
La deliciosa primavera santiagueña comienza a apuntar temprano. Así, los primeros días de agosto vienen lamidos por vientos tibios. Aún es posible que caigan heladas, sin embargo, y en estas cuatro semanas suelen suceder también violentos temporales de tierra. Una noche de esas fuimos a cenar a un restaurante del centro Lucía, Oona, las chiquitas y yo, para agasajar a dos alemanes que habían llegado por la mañana, de paso hacia el Norte. Uno de ellos, como de treintaicinco años, llevaba el rubio pelo muy largo, vestía con una extraña mezcla de indumentos hippies y vaqueros, el otro, con el pelo oscuro cortado al rape, por lo demás se presentaba como muy normal. El pelilargo era muy buen mozo; ambos tenían el aura de aquellos individuos que gustan de viajar por el mundo sin asumir compromisos con nadie, aunque recogiendo modales simpáticos, acostumbrados a tratar con todo tipo de culturas, sin dejarse influir por ellas más que en algún aspecto formal. Con acierto habíamos elegido un lugar alejado del centro de la ciudad. Sentados alrededor de una gran mesa en la vereda, que a su vez daba a una calle de tierra, recién regada, de la cual emanaba un agradable perfume, en medio de frondosos árboles, cenamos, conversando animadamente y en paz. De entre los alemanes Oona era la única que hablaba aceptablemente el castellano, por lo cual hizo el papel de intérprete en todo momento. Esto le agradó bastante: por primera vez no se la veía postergada ante sus connacionales, generalmente más diestros que ella en nuestro idioma. * Alentados por esta armonía repentina, comimos mucho y tomamos más de la cuenta. Medio borrachos y felices regresamos, caminando tranquilamente por las calles de tierra, bajo una hermosa luna, hacia la Stiftung. Eran como las dos de la madrugada.
Pero no me dormí. Luego de un leve cabeceo, me sentí súbitamente impulsado a salir para visitar a Oona en su cama. Desde los primeros días de julio no lo había hecho, pero el impulso había quedado al parecer larval en mi subconsciente, y ahora había saltado, como un ariete, impulsado quizás por el alcohol.
Me levanté, entonces, y con todo cuidado salí otra vez a la noche que ahora, luego de haberme aquietado un poco, sentí más fría. No era una ilusión, como pude ver por el vapor que salía de mi nariz al respirar, patente con claridad bajo la luz del farol.
Sin ningún inconveniente repetí mi ingreso por la ventana, en el cual ya era un experto, pues Oona esta vez no había puesto ninguna traba. ¿Me esperaba? Tampoco mostró sorpresa cuando me metí bajo su sábana y el suave, cálido cobertor de pelo de llama. Un leve aliento a vino y cigarrillos se introdujo en mi boca cuando la besé. Ella esta vez abría los labios y parecía dispuesta a participar del momento agradable que se estaba iniciando. No tenía predisposición para ser activa en la sexualidad -lo sabría después-, pero hasta esa noche había esbozado siempre algún tipo de resistencia. Me dejó desnudarla sin problemas, incluso colaborando apaciblemente cuando debió quitarse la camiseta. Al llegar al slip, me advirtió: "estoy finalizando la mes..." Entendí esto, y también creí captar un tono malévolo en la forma como lo expresó, antes de entregarse... Tanto ella como yo sabíamos que en los últimos días como algunos antes del periodo femenino, se vuelven infértiles, por lo cual podíamos completar la cópula sin prevención alguna. Así lo hicimos. Todo fue rápido y sencillo. Luego quedamos un rato tranquilos, como se acostumbra, para después vestirme y regresar a casa, rápidamente, pues ahora sólo quería dormir. Ya en casa fui al baño a lavarme y descubrí una manchita de sangre sobre mi pierna, a la altura del pubis, que quité con agua, jabón y alcohol. De tal manera, absolutamente inesperada, fue como nuestra relación dio un paso que en ese momento me pareció gigantesco, pues habíamos completado el ciclo de sucesos necesario, para constituir lo que podía considerarse, ya, un connubio formal. Pero los acontecimientos posteriores me indicarían que esta circunstancia no significaría, para nuestra relación, precisamente el arribo a un puerto calmo. Por el contrario, vendrían momentos más tormentosos aún, en el escarpado camino que, por razones misteriosas, habían sido compelidos a transitar en común los destinos de esta singular muchacha y yo.
* Y en un relámpago entendí parcialmente sus revanchas hacia mí, algunas veces, hablando sólo aleman: es que debía de haberse sentido tantas veces fuera, mientras nosotros hablábamos durante horas con otros alemanes que llevaban varios años aquí, dominando perfectamente el español aunque se lo pronunciara con rapidez.
04:45 Anotado en Books | Permalink | Comentarios (0) | Email esto | Tags: enespañol
13/07/05
Capítulo 15
Una noche desafortunada
Hasta el momento había eludido en lo posible el mostrarme demasiado con Oona por la ciudad, salvo que fuese de día y por algún asunto relacionado con nuestro trabajo. No habíamos tenido demasiadas ocasiones es cierto, pues tampoco ella se interesaba por salir conmigo (además de que nos teníamos tan a mano el uno al otro allí, viviendo sólo con unos ciento cincuenta metros de distancia entre nuestras casas). Pero la inminencia de la separación definitiva empezó a actuar como un precipitante en nuestros sentimientos, de tal modo que por mi parte al menos empecé a sentir deseos de estar con ella en cualquier parte, sin cuidarme ya demasiado de las apariencias. Esto llevó a que, como debía buscar vivienda en Santiago, comenzáramos a coincidir en nuestros traslados a la ciudad, "casualmente" al principio, deliberadamente luego.
Durante uno de esos encuentros, en que aprovechábamos para pasear juntos y esparcirnos un poco, visitamos al poeta Ariel Doria, quien por entonces convivía con su séptima esposa, una brasileña. Ella era una mujer alta y robusta, mayor que él, quien ya contaba por entonces con cincuenta y tres años. La alemana le simpatizó al instante; entonces la "raptó" como por media hora para enseñarle secretos de su cocina, mientras nosotros conversábamos, satisfechos, con su marido en la biblioteca. En aquella ocasión nos invitaron a cenar; como debía ser pronto, convinimos la fecha para el jueves 29 de septiembre. Aquél día yo viajé temprano. Habíamos concertado encontrarnos con Oona a las cinco de la tarde, en la plaza principal de Santiago, pues me acompañaría a ver unas casitas ofrecidas en el sur de la ciudad. Como siempre, fue puntual.
Era un deleitable atarder nublado. Le dije que fuésemos primero a la casa de Ariel Doria, para confirmar la cena: conocía la irresponsabilidad de mi amigo, quien casi inmediatamente después de haber asumido un compromiso lo olvidaba. Ariel vivía en un añoso, elegante edificio de departamentos, frente a una bella, arbolada placita. Lo único que pudimos confirmar fue ese defecto de su carácter: no había nadie en su casa. La subida por la escalera, que tenía dos tramos para llegar hasta el primer piso, nos fue muy útil sin embargo. Alcanzando el codo de aquella escalera, construida muy sólidamente, aprovechamos el reparo ofrecido para besarnos. Al llegar a su final, frente a la puerta, lo hicimos otra vez. Y dado que no nos contestaba nadie durante un rato, debimos besarnos de nuevo. Por las ventanas cubiertas con vidrios esmerilados filtraba un tenue fulgor, esfumando los objetos.
Ella pareció decidida a poner límite a las afectuosidades al salir a la plazoleta, yendo a tomar el colectivo, inesperadamente. Comenzó a hablar de que pronto íbamos a separarnos, de que lo nuestro no debía considerarse como un noviazgo ni mucho menos, apenas una relación cercana entre dos personas con diferentes caminos, para evitar confusiones...
Por mi parte no tenía ninguna intención de discutir; confuso, apelaba únicamente a mis sentimientos, sin plantearme la más mínima reflexión, debido a lo cual sólo quería amarla, físicamente, estar con ella, el mayor tiempo posible, prolongar este feliz encuentro, que por sí mismo alejaba de mi mente cualquier otra preocupación.
En colectivo arribamos a un lindo barrio donde se levantaban las casitas recién construidas que se ofrecían. Caminamos por las calles en pavimentación hasta llegar a la dirección indicada. Un cordial sereno municipal accedió a mostrarnos la casa por dentro. Era muy linda y sólida. Pero demasiado pequeña. O esto me pareció a mí. Luego de habitar durante cinco años en la morada inmensa que nos habíamos construido, donde los techos se elevaban hasta cinco metros y nuestra cocina tenía nueve metros de largo, rodeados además por la anchura sin límites de los campos de la Stiftung -250 hectáreas, linderas además con otros campos semejantes-, me parecía que introducirnos aquí, en habitaciones de 3x3, apiñados junto a otras casitas semejantes con apenas una tapiecita de por medio, iba a ser como trasladar a un oso desde la selva y encerrarlo de repente en un cofrecito para juguetes.
Cuando regresamos al centro el crepúsculo estaba ya muy avanzado.
-Vamos al parque -le dije.
-Sólo un rato- contestó- pues debo estar pronto en Rodeo.
-Tienes colectivo hasta las once de la noche -mentí, pues sabía muy bien que el último pasaba a las diez.
-Prefiero volver antes -insistió ella-. Son las siete recién, tenemos tiempo de conversar mucho hasta las ocho, ¿quizás?.
-Como quieras-, murmuré.
En el parque, caminamos un rato por sobre los prolijos caminitos de piedra, hasta hallar un banco apartado muy cerca del zoológico, entre dos eucaliptos.
-Escucha bien, Andrés -me dijo usando otra vez aquel tonillo sentencioso- No creamos ser adolescentes enamorados paseando entre las flores... es muy romántico, pero además de cursi... es no cierto...
Levemente fastidiado, concedí sin embargo:
-Esta bien, como quieras... ¿pero no puedes estar un rato tranquila, disfrutando lo natural, sin ponerte a sentenciar como una vieja? Y por favor, no prendas otro cigarrillo...
A ella se le había dado entonces por comprar unos cigarrillos rubios, "Kent" según creo, desde hacía poco tiempo, puesto que hasta un mes atrás no fumaba: y esa tarde llevaba consumidos ya tres.
Molesto por lo dicho no intenté tocarla siquiera; pronto ella sugirió volver.
Al pasar por un barcito que había sobre la 9 de Julio, al lado de la playa de estacionamiento de un sanatorio, la invité:
-¿Quieres que comamos un sándwich y tomemos una cerveza?
-¡Sí pero no aquí! -me avergonzó ella- ¡Es feo! ¡Cursi! ¿O no?
Entonces la llevé al bar de Los Cabezones. Se sintió muy a gusto allí.
-Este lugar es muy lindo, ¿no? - decía. Miraba los cuadros de Artemio Fote, en las paredes, donde también había otros de Lucho Farías, Ricardo Touriño, Rafael Touriño, en fin, los mejores pintores de entonces, que exponían allí. Era un lugar de bohemios, mantenido con gusto por dos hermanos, eximios cantantes de boleros y folklore, a quienes conocía desde la infancia. Ese bar era nuestro preferido -y de casi todos los escritores, poetas, músicos o diletantes de Santiago- para tomarnos un café o cerveza de vez en cuando, con Ariel Doria u otros del mismo palo. Ella parecía inquisitiva por no haberlo conocido antes, pero no se atrevió a reprochar eso. La comida ofrecida, aunque sencilla, era de primera calidad también.
Saboreamos un par de empanadas, que luego debimos repetir. Empezamos a tomar cerveza. Dos porrones. Entre conversaciones amables, donde solamente interesaba finalmente el estar juntos y disfrutar del momento, se hizo la noche afuera. Desde la mesita recoleta que habíamos elegido, en el fondo, percibíamos apenas a través de los ventanales de esa casa arcaica a la gente presurosa y los autos con las luces encendidas. Oona miró la hora: ¡las diez menos cuarto!
-Si nos apuramos tengo tiempo de tomar el colectivo de las diez -dijo.
-¿Para qué apurarnos? Tienes otro a las once. Podemos salir de aquí a las diez y media, tranquilamente.
-¿Estás seguro de que hay uno a las once? -dudó.
-Claro -afirmé, con la seguridad que me otorgaba el tercer porrón.
Nos quedamos, pues hasta las diez y media. Con todo cinismo, sugerí aprontarnos para salir, cuando llegó esa hora. Ella no quiso dejarme pagar la cuenta, que luego de una breve discusión terminamos pagando mitad cada uno. Las calles iban despoblándose ya a esa hora. Fuimos caminando hasta la Terminal, conversando animadamente. Al llegar allí, Oona fue directamente a la ventanilla, pero le dijeron que no había más colectivos para Rodeo.
-¿Qué podemos hacer? -me preguntó.
No le dije que también había otros colectivos que, yendo a Buenos Aires, o a Santa Fe, pasaban por Rodeo, más o menos cada hora. Tampoco ella parecía ya demasiado interesada en viajar.
-Sigamos tomando cerveza -contesté.
Me siguió en silencio, cuando enfilé hacia afuera.
La calle iba quedando casi desierta, se había puesto fresco; el cielo negro suscitaba un fantasmal contraste con las espaciadas luces de neón.
-¿Adónde, ahora? -preguntó ella.
-Te llevaré a un barcito de prostitutas -le dije.
-¿Por qué hacer eso? -se extrañó.
-Es simpático -dije, ambiguamente.
Me impulsaba un ánimo inexplicable de ofenderla. Ella sin embargo me siguió otra vez. Al llegar a la esquina de Pedro León Gallo y Belgrano -el cruce de dos anchas avenidas- un joven que fumaba allí la reconoció y nos detuvo:
-¡Ustedes son de Rodeo! -dijo. -¡Vos sos alemana!
-Sí -dijo ella.
-¡Hace mucho que quería conocerte! -exultó el muchacho, bastante agraciado por lo demás, como si yo no estuviese.
Se puso a hablarle a Oona. Dijo que muchas veces la había visto pasar por la calle, dijo saber que era maestra jardinera, habló de su elegante figura, que era muy linda y alta... ¡El tipo parecía dispuesto a continuar así toda la noche en la ventosa esquina desierta!
-Disculpa, hermano, debemos irnos ya -lo interrumpí. Obediente, Oona me siguió otra vez. Pero notaba que iba cada vez más a desgano. Había empezado a desconfiar de mis intenciones -y tenía razón.
En aquel kiosco sobre la avenida Belgrano, frente al Obispado, se concertaban oscuros tratos de droga y mujeres en alquiler. El proxeneta, Gordillo, era un correntino que en los años 60 fuese un colaborador de mi papá y luego trabajara, un tiempo, como periodista de policiales. Al regresar de mi prisión, supe que también él había estado cinco años en la cárcel de Santiago. A diferencia de nosotros, presos políticos, Gordillo había caído por sus tratos mafiosos con los militares, para quienes organizaba juergas prostibularias. Se había "pasado de vivo" y uno de ellos, capitán de Inteligencia, lo había "mandado a perder".
Se mostraba obsequioso conmigo. Sólo tomamos otra cerveza, pues mi intención era que el proxeneta me asesora acerca de un lugar para llevar a Oona sin peligro de que me reconocieran. Sabía que ellos tenían una especie de night club canallesco, donde si por accidente acertaba a cruzarme con alguien conocido, no se atrevería a denunciarme (pues debería explicar primero por qué estaba él allí). Efectivamente, existía ese night club; "ahora no debe haber nadie, porque es día de semana", dijo el rufián, "pero si querés ir lo abriré, especialmente para tí". Cuando le pregunté cómo haríamos para llegar, se ofreció a llevarnos en su auto. Decliné la invitación, tampoco estaba dispuesto a pagar un taxi -era demasiado lejos-, entonces me dijo que podíamos viajar en el 19, un colectivo que pasaba por allí, justo frente al Aeropuerto.
Oona nos miraba intrigada, alarmada, por nuestros cuchicheos y las miradas de complicidad que veía cruzarnos con el proxeneta, hablando velozmente sin tomarla en cuenta. Esto era descortés, por cierto, pero mi incipiente borrachera junto a un perverso ánimo de mancillarla, que ya no podía gobernar, me impulsaban de un modo indetenible.
Le dije que debíamos irnos. Cuando preguntó a dónde, dije brutalmente: "a un night club para prostitutas".
Otra vez salimos a la ancha calle desierta, que se iba poniendo cada vez más inhóspita por el frío. Yo llevaba una leve campera de lona y ella apenas una blusa sin cuello, por lo cual tiritaba un poco. Cruzando los brazos sobre su pecho, caminaba arrastrando los gruesos suecos, su desgano iba en aumento, pues percibía claramente mi agresividad. Un anciano nos indicó dónde quedaba la parada, y luego de unos diez minutos de espera subimos al viejo colectivo, que nos llevó hasta ese lugar.
Gordillo nos esperaba sonriente, apoyando su mano sobre la mesa del bar; ello formaba, con su peludo brazo castaño claro, un ángulo recto hacia abajo, muy adecuado a la sonrisa circense, su mentón con un agujerito en el medio y su pelada de albergatore estrafalario. Saliendo de allí nos acompañó hasta un reservado, que según dijo había abierto exclusivamente para nosotros. Oona observaba todo con desconfianza, a pie inseguro, como un perro intuyendo que lo van a bañar. Gordillo reapareció con un par de wishkyes; luego de sorber un pequeño trago invité a la alemana a bailar. Antes ponían una música insoportablemente cursi, por lo cual Oona había pedido jazz. Como no tenían tal cosa allí pusieron, a juicio del proxeneta, lo más parecido, esto es, boleros... Ella soportó apenas tres lánguidas piezas, luego quiso volver al duro asiento de ladrillos blanqueados, cubierto con almohadones rojos. Estaba muy tensa, se percibía su desagrado aunque intentase disimularlo. Fue al baño, y al volver me contó que se había encontrado allí con dos tipos, "de traje", dijo y describió un poco su aspecto de yuppies.
-Me preguntaron dónde podían conseguir una chica -dijo, con lentitud deliberada-. Dije que podía ir con ellos por veinte dólares -remató, poniendo cara de falsa ingenuidad. -Creyeron que era verdad, pero tu amigo arruinó la broma.
Con esto me provocó un retorcijón de estómago. Había entrado maliciosamente en el juego. Estaba pagándome, con la misma moneda. De un modo violento comencé a besarla, levantando su blusa. Solté el corpiño dejando afuera los redondos, macizos pechos, que llenaban completamente mis manos. Demasiado rápido según mi exacerbada percepción del tiempo volvió a aparecer Gordillo, para anunciarnos que iba a cerrar. Le pregunté si no había una habitación para alquilar, en ese boliche. Me dijo que no, pero podía recomendarme un "hotel distinguido". Enseguida volvió con una tarjeta. No quiso cobrarme por lo que habíamos tomado. Hizo todo esto -abrir el local, encender el sistema de amplificación e invitarme los tragos, según afirmó, como "una gauchada de amigo", en homenaje a mi papá (a quien supo traicionar oportunamente, en los años 60).
De nuevo en la calle, esta vez muy lejos de la ciudad, deliberamos acerca de nuestro destino inmediato. Oona no aceptó ir conmigo a un motel, quería finalizar con este ofensivo tratamiento de prostituta que estaba dándole yo, me dijo que la dejara sola, ella volvería por sus propios medios a la terminal, a esperar el primer colectivo a Rodeo, que salía a las cinco de la madrugada. Se había puesto muy ofuscada, tenía la expresión de quien en cualquier momento va a ponerse a llorar. Eran las tres. Finalmente la convencí de ir a la casa de mi papá. Luego de caminar un rato nos encontró un taxi, a cuyo chofer pedí detenerse dos cuadras antes de la casa donde mi padre vivía con su familia, esposa y seis hijos. Atravesando una desierta plaza llegamos hasta la ancha puerta del garage, que debíamos abrir con cuidado. Debíamos sortear un pequeño perro alojado allí, junto al auto: hicimos tan poco ruido, o el perro estaba tan cansado, que ni se movió cuando pasamos en puntas de pie. Por aquel entonces mi padre había hecho construir una habitación solitaria en la terraza, donde a veces dormía mi mediohermano, Pío -otro de mis rivales en la búsqueda de los favores de Oona. Aposté a que no hubiera nadie allí esa noche y tuve suerte. La cama estaba deshecha pero vacía. Pío era un tipo noctámbulo, así que probablemente regresaría recién al amanecer, o se tiraría, borracho o drogado, a dormir en el primer sofá que hallara en la muy larga casa. Pero Oona estaba ahora completamente ofendida. Rechazó con signos hoscos todos mis argumentos pidiéndole que viniera a acostarse, un rato siquiera, al lado mío. Saliendo directamente a la terraza, fue a sentarse sobre un pequeño barril vacío que estaba allí, y no se movió más. Tomando ambas piernas entre sus brazos, soportó el frío sin la más mínima queja y no quiso hablarme ya. Desistiendo de mis intentos por cansancio, me quité los pesados borceguíes que llevaba, echándome vestido sobre el desordenado lecho. Apenas había dormitado un rato cuando noté su figura blanca en la oscuridad, a mi lado.
-Me voy -dijo al verme abrir los ojos.-¡No, no, no! -agregó, empujándome con una mano, cuando me incorporé a medias -¡sigue durmiendo, iré sola!
Sin hacerle caso, me senté en la cama.
-¡No, no, no! ¡No te pongas los borceguíes! -insistió
De hecho no me dio tiempo a atarme los cordones, que debían atravesar un complejo sistema de ojales metálicos antes de poder sujetar ese petrecho de esquiadores; salió rauda, bajando con pocos saltos las escaleras. La seguí como pude hacia la calle, otra vez sin que el perro se diese cuenta de nuestro trajín. Ella caminaba rápido, sin mirar hacia atrás, repitiendo:
-¡No necesito compañía! ¡Vuelve! ¡Puedo ir sola! -. Rechazaba mis somnolientas razones para lograr que me esperara.
-¡Por favor déjame al menos que me abroche los borceguíes! -grité por fin, cuando me había sacado ya como diez metros de ventaja y alcanzábamos la placita del hospital Neuropsiquiátrico. Se detuvo un poco entonces, con actitud impaciente.
-¡Eres muy machista! ¡Te he pedido que no me acompañes! ¡Puedo manejarme perfectamente sin vos! -protestó aún. Luego de eso no me habló más.
Llegamos a la Terminal de tal modo y recién allí, al sentarnos a esperar, pude atarme los borceguíes. Luego me costaba resistir el sueño, que me hacía cabecear. En cierto momento, llegó el colectivo y ella subió, dejándome solo. Se despidió con un lacónico "Chao". No me hizo caso cuando me quedé mirando su figura tras el vidrio, mientras el antiguo colectivo salía.
Explicaciones
Apenas dormí un poco más luego de regresar solitario a la casa de mi padre. Como a las nueve, salí; buscando consuelo a la tristeza profunda que sentía, fui a la librería de mi amiga Irene. Allí compré por bajo precio un grueso libro, con apuntes literarios de Cesare Pavese, al que había descubierto una hoja fallada. Regresé y almorcé en casa de mi padre sin que sucediera algo para destacar hasta que Pío se levantó de dormir, como a las dos de la tarde, y tomando mate conmigo me preguntara si debía encontrarme con Oona.
-No-, repliqué extrañado -¿Por qué?
-Ah, porque ella dijo que iba a venir. Ahora a las tres y media voy a ir a la confitería del parque... Hemos quedado en tomar cerveza, con unos amigos.
Esta revelación me dejó abrumado. ¡No me había dicho absolutamente nada de esto! ¿Para qué había viajado a Rodeo, entonces, si debía regresar unas pocas horas después?... Disimulé todo lo que pude mi pesadumbre, y tras esperar que Pío se fuera tomé mi libro de Pavese y salí. Caminé durante un larguísimo rato, como suele sucederme cuando estoy desolado, sin darme cuenta. De repente me encontré en el parque. Era un día hermoso, fresco pero de luminoso sol; hacía poco había llovido, los árboles mostraban brotes en todas sus ramas, y el verde límpido de los follajes formaba un singular conjunto con los restos dorados del reciente otoño con sus hojas secas. En un tornasolado banquito del parque me senté a leer... apenas pude avanzar un par de páginas... el cansancio (¡apenas había dormitado algunos minutos desde el día anterior!), la tristeza, me agobiaban, infundiéndome mayor depresión con cada línea descifrada. ¡Las reflexiones de Pavese me parecieron abrumadoramente tristes! Ahora comprendo que mi desánimo era el causante de esas náuseas del espíritu llevándome al paroxismo de un dolor aparentemente sin causa tangible, aunque también debe reconocerse que no había elegido la lectura mejor.
Como a las seis de la tarde, fui a la Terminal. En el camino, me encontré con un artesano que regresaba de Rodeo.
-¿Estuviste con Oona? La vi hace rato -dijo, luego de saludarme.
-¿Ah, sí? -murmuré, simulando poco interés.
-Ahá. Iba con un muchacho, creo que es músico, hacia la Terminal.
¡Maldita sea!, pensé. ¿Cómo hacer para olvidarla? Ella era la causa de mi dolor, este desgarramiento ardiente que sentía cerca del plexo, al cual no encontraba modo de mitigar. Y a cada tanto me encontraba con sus huellas, aquí y allá alguien se ocupaba de refrescarme la memoria de su existencia, brindándome un nuevo dato sobre sus andanzas. 1
Llegué a la Stiftung al anochecer. Lucía se dio cuenta del estado calamitoso de mi alma, pero no hizo ningún comentario. Al ver a mis hijas jugar hallé sosiego, por fin, y pude comer en paz. Agradecido, reconfortado, jugué un rato con ellas antes de irme a dormir. Por primera vez en tantas horas, pude descansar.
1 No era ella en realidad la causa de mi dolor. Sino ese permanente desorden sentimental a que parecía condenado. Esa fatalidad de estar enamorado en el momento más inoportuno y no hallar modo de canalizar de alguna manera armoniosa esta situación.
Una hoja de mi diario
Eran las seis de la tarde. Se estaba poniendo nublado. Ella salió de un bar sin que yo la viera y me tapó los ojos de atrás. Un movimiento breve, como un aletear de pájaro, una broma. Yo había caminado por la vereda de la plaza preguntándome si vendría, aunque con una leve inquietud en el alma que me la preanunciaba. Busqué algún pretexto para estar juntos, la había citado sin motivo expreso y sin que ella me respondiera, ayer; "vamos a ver a un amigo", se me ocurrió decirle. Caminamos, hacia la casa de Ariel Doria que era a quien tenía en mente. [Al llegar allí,] subimos la angosta y penumbrosa escalera hasta el primer piso. La tarde doblemente filtrada por nubes evanescentes y los cristales desdibujaban los contornos, en el descanso. Como Ariel Doria no contestaba al timbre, la besé. Oona me dejó hacerlo, mansamente, pero no respondió. Sólo puso sus dedos largos en mi nuca y dejó descansar bajo las mías sus caldeadas mejillas. Al salir tomamos un colectivo que llevaba hacia el sur, para ir fuera de la ciudad. El boulevard Diego de Rojas lucía ténue bajo la tarde gris. Sólo andábamos, tratando de buscar un pretexto racional que nos mantuviera juntos. Ella había venido del campo, a cincuenta kilómetros, sólo para esto. Al regresar fuimos al parque, Oona parecía divertida [inconcluso, rasgado después de la separación].
09:45 Anotado en Books | Permalink | Comentarios (0) | Email esto | Tags: Arte
Capítulo 16
Solos bajo la lluvia
No describiré la angustiante sucesión de situaciones parecidas entre Oona y yo que surgieron durante aquellos días, devenidos tórridos, pues el estío se había lanzado ya sobre Santiago, como cada año, con poderío volcánico. Ella viajó a Catamarca, lo cual me costó mucho esfuerzo de argumentación, pues quería desviarla de Tucumán, con el propósito de que no se encontrara con su amigo, el estudiante de Ciencias Económicas, otro de mis rivales. La acompañé a tomar el colectivo aquél día. Vano esfuerzo.* Cuando regresó, me dijo que Catamarca le resultó un poco aburrida, debido a lo cual había tomado otro colectivo enseguida para Tucumán. Le pregunté dónde se había alojado, ella respondió que sólo había dormido una noche en casa de su amigo. Bajo de la galería de mi casa, la noche de su cumpleaños, quise saber entonces, de un modo infantilmente insidioso, si había llevado pijama. Dijo que no. ¿Cómo dormiste, entonces, al lado de un hombre? Con su mejor cara de ingenua Oona contestó naturalmente: "en bombacha... mi bombacha es ancha, y (fulano, no recuerdo su nombre) es un joven educado... el no molesta a sus huéspedes". Sentí morderme por dentro tantos celos que por no agredirla en el día de su cumpleaños fingí acordarme de repente que debía buscar alguna bebida en el centro, y partí rápidamente tomando mi bicicleta. En efecto compré un par de cajones de cerveza, y estaba saliendo con ellos sin saber cómo haría para cargarlos sin que se me cayeran hasta la Stiftung, cuando apareció ella, en otra bicicleta. Me había seguido. Quería mostrarme que estaba arrepentida de haberme acicateado perversamente con la historia de su supuesta pernoctación junto a su amigo en bombacha. "No debes hacerte muchos problemas por las cosas", me decía. Nunca supe si intentaba apaciguarme o se burlaba. De tal modo sucedían nuestros encuentros, cada día: agresiones encubiertas, chicanas, y después intenciones de obtener disculpas, que tampoco eran demasiado abiertas, pues todo en nuestra relación se manejaba en ese nivel de mediostonos, sobreentendidos, alusiones, a esta altura de los sucesos exasperante.
* Al viajar, me dejó las llaves de su casa, y de su pieza. No pude resistir la tentación de entrar cuando ella no estaba... mas al mismo tiempo temía que alguien me sorprendiera allí, con lo cual pasaría vergüenza. Anduve un par de días sin atreverme, hasta que, durante una siesta, lo hice. Pocas veces había entrado en su habitación de día. Era fresca y estaba muy limpia. Las cortinas teñían el sol filtrado por las rendijas de las ventanas de madera, generando una umbrosidad suavemente rojiza. Se veía poco, así que encendí la luz. Acaricié su cama, el lugar donde tantas noches nos encontráramos sin calmar mis ansias. Ahora estaba impecablemente tendida, con un cubrecama de color dorado. Rápidamente fui a revisar su valija... ropa, una buena cantidad de pantalones... entre ellas, numerosas bombachas, cuidadosamente dobladas y limpias... algunas eran muy pequeñas... ¡pero no las usaba! Siempre la había encontrado llevando otras más anchas. Apoyé una de ellas, pequeñita, negra, de encaje, contra mi rostro, por algunos segundos; me la imaginé sólo con ella puesta... y otra vez tuve temor de que me descubrieran allí... por entonces Lucía sospechaba abiertamente, debido a lo cual no me perdía pisada. Entre las remeras, pulóveres, camisas, encontré un pequeño monedero. Lo abrí: unos pocos dólares. Cerrándolo nuevamente lo dejé en su lugar. Al lado, había un cuaderno. Era un diario... ávidamente, traté de leerlo... ¡pero estaba completamente en Alemán! Hojeando rápidamente me detuve en una página pues encontré la palabra "Andrés"... ¡Me mencionaba! Miré la fecha: noviembre de 1988. ¡A los pocos días de haber llegado había escrito ya mi nombre en su diario personal!... Tal vez fuera una simple semblanza de las personas con quienes se encontró en la Fundación. Seguí hojeando. ¡Otra vez mi nombre! Noté que en todo lo escrito hasta el final -apenas pocos días atrás- mi nombre aparecía una y otra vez. No debía ser sólo una mención rutinaria. Pero cuando regresó no me atreví a preguntárselo, pues hubiese debido confesar que había estado revolviendo esas cosas personales durante su ausencia.
En tanto, yo había alquilado un departamento ya, en Santiago. Como el contrato fijaba obligaciones desde el quince, tendríamos que ocuparlo pronto. Obsesionado por la pasión desordenada se me ocurrió pasar una noche allí con Oona, antes de nuestro traslado. Fijé una cita: las seis de la tarde, en la plaza Libertad, frente al Cabildo. Lloviznaba. Oona apareció de repente desde mi izquierda, saliendo de un bar. Estaba con Franz, un alemán un poco mojigato, el último que había llegado a la Stiftung y aún entendía poquísimo el castellano. Franz debía viajar a Misiones esa noche, para conocer las Cataratas. Ella lo acompañaba en la espera. Luego de buscarlo, fuimos raudos, atravesando la concurrida vereda de los bares frente a la plaza, hasta Los Cabezones. Ella quería volver allí y mostrárselo a Franz, le agradaba el lugar. Estando allí se pusieron a conversar en alemán. Esto me fastidió soberanamente, y empecé a mostrarme muy de mal humor. En ocasiones lancé un par de palabras groseras, dirigiéndome a Oona. Franz parecía no notar nada, es más, parecía estar muy feliz con la muchacha, a quien me di cuenta admiraba. Lo desprecié como rival, considerándolo un pobre tipo, pero la insistencia de Oona por conversar en alemán me sulfuró cada vez más. Pregunté en castellano a qué hora salía el colectivo. "A las doce de la noche", dijo Oona. "¿Y vamos a estar con este individuo hasta las doce de la noche?", me escandalicé. ¡Eran apenas las ocho! "Es que él está solo... apenas conoce el castellano... ¿podemos acompañarlo?", rogó ella, con actitud de enfermera. "Yo no sé si vos sos estúpida o te haces... -espeté con grosera brutalidad- pero mejor decile a este plomo que se vaya ya, inventá cualquier excusa... si no te puedes ir a la mierda, pues el que se va a retirar de aquí si continúa esta payasada voy a ser yo". Me entendió perfectamente, pues con el mismo talante sobresaltado que mostrara esa noche en la Casa de los Alumnos, luego de que yo la tomara de los pelos, comenzó a hablar mucho y con tono agitado en alemán, dirigiéndose a Franz. Este -un hombre como de treinta años, delgado, muy rubio, con el pelo cortado al rape, de rasgos frágiles y bonachón-, pareció aceptar todo enseguida, y levantando su pesada mochila, la cargó trabajosamente sobre sus espaldas y se despidió. Apenas se fue terminó nuestra conversación, pues yo estaba tan enfadado que no podía hablar. Estuvimos allí un rato muy largo, sin decir nada. Noté que el rostro de Oona se había puesto muy colorado, por la tensión. Finalmente no pudo resistir tanto tiempo en silencio y me dijo:
-¿Y bien? ¿Qué hacemos ahora?
-Ahora pagá lo que hemos tomado, porque yo no tengo plata. Y nos iremos a otra parte.
Amoscada pero obediente, se levantó y fue a pagar en la caja. Había comprendido que yo estaba furioso, parecía dispuesta a no contrariarme en nada. Yo salí en tanto a la puerta, donde me alcanzó. Empecé a caminar sin esperarla y ella casi corriendo para seguirme el paso, a mi lado. Por esos tiempos habían abierto un fogón donde se hacían peñas folklóricas y presentaciones culturales en una inmensa casa, cerca de allí. Lloviznaba constantemente; llegando al lugar percibí de refilón que estaban exponiendo cuadros del grupo La Urpila. Sin decirle nada entré; ella debió esforzarse para seguirme, pues pasaba ya y mi acción le resultó inesperada. Junto al ancho patio, bajo una galería, algunos de los pintores -pelilargos, barbas- ocupaban dos mesas junto a sus amigos y algunas mujeres. Eran los únicos concurrentes. Los saludé brevemente sin presentar a Oona, que se había quedado parada tras de mí mientras yo intercambiaba los diálogos de circunstancia.
-Voy a ver la exposición -dije, de repente, dirigiéndome a Rafa Touriño.
-Sí pasá -contestó él.
Me dirigí entonces a los salones, y Oona por detrás. Los grandes cuadros hallaban espacio adecuado en aquellos altos salones. Su presencia morigeró un poco mi enojo, pero no lo suficiente como para ser cordial con Oona. Seguí ignorándola. Pasaba de un cuadro a otro, luego de haberlo contemplado, sin anunciar en qué momento podía hacerlo; ella, que fracasaba en adivinar cuánto tiempo estaría cada vez, pues tanto podía quedarme apenas unos segundos como demorarme diez minutos, de acuerdo a cómo me impresionara esa tela, quedaba con frecuencia rezagada o por el contrario se apresuraba a trasladarse a otro cuadro quedando igualmente sola. En esos casos me miraba desde allí, como un animal doméstico desconcertado ante una lluvia de latigazos sin explicación. Finalmente me volví por donde había entrado para salir, dejándola otra vez atrás, pues en ese momento precisamente se me había adelantado por la exposición en sentido contrario. Sólo me detuve al llegar a la parada del colectivo que debía llevarnos al Autonomía.
A diferencia del 19, el vehículo que nos llevaría al departamento que había alquilado era grande, poderoso y reluciente. Venía casi lleno, por lo cual no pudimos sentarnos enseguida. Cuando se desocupó un asiento adelante, se lo indiqué con una seña del mentón. En tren de obedecer todo, ella se sentó. Enseguida se desocupó un espacio en el último asiento, así que fui hacia allí para ocuparlo. Separados por el largo pasillo, quedamos entonces uno en cada extremo del interior del colectivo. Desde su sitio, individual, la joven alemana echaba sobre mí de vez en cuando miradas temerosas, esperando también indicaciones. Cuando se desocupó otro espacio a mi lado y ella me miró, la llamé levantando el dedo índice y moviéndolo hacia mí. Pero ella contestó a su vez moviendo lentamente, de un lado a otro, la cabeza, mientras me miraba con miedo en sus ojos celestes que ahora parecían mojados. Noté que su pelo estaba muy húmedo, constelado de gotas.
Por fin llegamos. Casi corriendo, subí las escaleras del departamento, abrí la puerta, y le dije:
-Pasá.
Había una sola lamparita en una habitación interior, así que la encendí. Ella me siguió hasta allí también, entonces, condescendiendo por primera vez le dije:
-Este es el departamento que alquilé.
-¡Es muy lindo! -dijo- ¡Van a estar muy bien aquí! ¡Es grande y es lindo el lugar!... -siguió hablando, como para desahogarse, mientras abría una de las ventanas.
Pronto habíamos visto las habitaciones, el baño, la cocina, dentro de lo que se podía en la semioscuridad, y no tuvimos ya otra cosa para hacer. Entonces fui a sentarme junto a la estufa, y ella se quedó parada a mi lado, tratando de buscar temas de conversación para disolver el oscuro enfado que nos sobrevolara casi desde el inicio de esa tarde.
Estúpidamente yo busqué hablar de su amistad con el estudiante de Ciencias Económicas, intentando obtener más detalles de aquellas horas en su departamento de Tucumán. Algo dicho por ella me sulfuró explosivamente, algo tan nimio que ni siquiera recuerdo ahora su contenido, a tal punto que empecé a insultarla.
Desbarrancado ya por la escarpada ladera de mi furia, no ahorré groserías, le dije que tenía alma de puta, y con un gesto cruel tomé bruscamente entre mis dedos uno de sus pechos, apretándolo brutalmente, mientras le decía:
-¡Esto es lo único que sabes utilizar vos, no tu cerebro, ¿eh?! ¡¿Te das cuenta, entonces, que no sos un carajo la mina refinada que pretendes, sino solamente una puta reprimida, una vulgar puta alemana reprimida?!
Sus ojos se inundaron de lágrimas. No pudo resistir más. Lanzando un sollozo se precipitó a la puerta y sin darme tiempo siquiera a levantarme salió para bajar corriendo las escaleras. Logré alcanzarla abajo, luego de que al parecer preguntara a unos adolescentes que estaban allí cerca sobre la parada del colectivo. Tomándola de la muñeca, intenté obligarla a subir nuevamente. Ella se negó decididamente esta vez, aunque no dejaba de llorar. Sus lágrimas iban a mezclarse con la lluvia, cosa que egoísticamente me hizo pensar que los chicos no habrían notado que estaba llorando cuando se les acercó. Mi especulación paralela apuntaba a no provocar ningún escándalo en el lugar que pronto sería residencia habitual para nosotros. Esos jóvenes iban a ser probablemente nuestros vecinos. Precisamente para no despertar sus sospechas, pues nos miraban con curiosidad desde cierta distancia, la solté, dejándola ir. En ese mismo momento comenzó a llover con extraordinaria intensidad.
Regresé al departamento, sentándome en el mismo lugar de antes. Me mortifiqué un rato preguntándome qué hacer, y enseguida, junto con la recuperación de cierta sensatez, sobrevino el arrepentimiento. Entonces decidí salir a buscarla. ¡Pero había pasado ya cerca de media hora desde que se fuera! ¿Adónde la iba a hallar?...
Ni siquiera sabía adónde paraban los colectivos, este era un barrio aún desconocido para mí. Debido a ello di dos o tres vueltas por los alrededores, en medio de una lluvia que había amainado pero no daba señas de parar. Finalmente tomé uno vacío, y ansioso por desahogar un poco aunque fuese la pena que ahora sentía, conversé durante la duración del viaje con el chofer, un desconocido. Una vez en el centro me puse a recorrer algunos bares, esperando encontrarla. Seguía lloviendo. En uno de ellos me encontré con Marcelo, un antiguo amigo, arquitecto, que ahora frecuentaba una fauna de teatreros entre cuyas filas podía hallarse abundantes lesbianas y homosexuales. Sus rostros me recordaron a los del conjunto Kiss; aunque no los llevaban pintados, la palidez, las ojeras, los cortes punk irradiaban un aura fantasmal que me pareció adecuada a la patética situación vivida por mí esa noche.
Mientras tanto, luego de vagar un poco bajo la lluvia, Oona había ido a recalar al Viejo Bar, un tugurio donde por entonces solían presentarse algunos ejecutantes de jazz. El dueño la conocía, pues junto con Pío y otros noctámbulos habían frecuentado antes ese lugar. Yo no sabía nada de esto; aunque me había hablado alguna vez de ese Viejo Bar por alguna razón inexplicable aquella noche no aparecía en mi mente para nada, lo había olvidado. Así que continué buscándola por todos aquellos lugares donde ella no estaba.
Regresé a la exposición de los pintores, y como aquello también era un bar, me puse a conversar tomando vino con un poeta, apenas conocido para mí. No aguantaba más llevando todo esto adentro, así que a los tropezones le conté todo, al menos en sus aspectos más importantes, de lo que me estaba ocurriendo. El otro estaba medio borracho y casi no sabía nada de mí, además era no era de esta provincia, estaba de paso. No le costó mucho seguirme la corriente, dándome algún aliento fraternal de tanto en tanto.
Advirtiendo que eran las doce y media salí casi corriendo hacia la Terminal. ¡Nada de lo que hacía era sensato! Sabía que no iba a llegar a tiempo, pero lo mismo fui, con la descabellada esperanza de una coincidencia, que la llevara a quedarse por allí un rato más. Cuando llegué el colectivo a Misiones ya había salido, y no había en aquellos desiertos andenes otras personas conocidas que -otra vez- Marcelo y sus estrafalarios amigos. Estaban como absortos, con los ojos muy abiertos, mirando fijamente a su frente, sin moverse, tal vez se habían drogado. Me acerqué a ellos para preguntarles si no habían visto una chica alemana, así y así, alta, etcétera, describiéndola de la mejor manera que pude. No, no habían visto nada. Marcelo me contestaba con absoluta indiferencia, totalmente ausente de mis desbordados anhelos, mientras los otros me miraban con cierta chispa de diversión en sus ojos demasiado abiertos sobre unos rostros singularmente inexpresivos.
Oona había sentido la necesidad de contar sus penas al dueño del Viejo Bar, un tipo más o menos de mi edad, quien luego la había puesto en un taxi enviándola a cierto hotel... ¡al lado de la Terminal!... pues ella le había dicho que estaba demasiado cansada y quería irse a dormir a un lugar barato hasta la mañana. No había ido a despedir a Franz. Los acontecimientos vividos frente a mí, la agudísima irradiación de rencor a la que mi furia la había expuesto durante el periodo que pasáramos juntos aquella tarde, la posterior huida bajo la lluvia, el desconcierto posterior al hallarse sola en un mundo hostil, habían terminado por derrumbarla.
09:40 Anotado en Books | Permalink | Comentarios (2) | Email esto | Tags: Literatura
Capítulo 17
La despedida
Regresé a Rodeo al día siguiente por la tarde. Luego de tomar la merienda con mis chiquitas, salí, para ver si había correspondencia en la estafeta. Pasando con mi bicicleta por cerca de la Guardería vi que Oona estaba conversando con Lirio, una de las maestras. Al verme la abandonó con premura para ponerse ágilmente en el camino.
-Escucha Andrés -me dijo, indicándome que me detuviese, con la mano-. Debemos hablar.
El campo estaba aún muy mojado, aquí y allá se habían formado grandes charcos. La tierra, oscura, emanaba un grato perfume y tranquilizaba el alma.
-¿Estás con muchas tareas? -preguntó. Se mostraba conciliadora, amable.
-Solamente debo ir a traer la correspondencia -dije.
-¿Puedes venir a la Guardería, un momentito, al regreso? -invitó.
-Sí. Vendré.-dije.
Recogí pues, la correspondencia -sólo folletos de mi Club del Libro-; al volver golpeé suavemente su puerta, dejando apoyada bajo el gran arco del hall mi bicicleta. Ella abrió presta.
-¡Pasa! ¡Pasa!
Había preparado dos tazas para invitarme un té.
-¿Prefieres frutilla, guinda, o té común? -preguntó. Había masitas en una canasta pequeña, chata. Todo sobre un mantelillo con flores pintadas.
No teníamos algo demasiado preciso sobre lo cual conversar. Se trataba sólo de descomprimir nuestra relación, demasiado tensa en los últimos días. Últimos hacia delante y atrás: es decir, los que ya habían pasado y los que vendrían, pues faltaba apenas una semana para que ella viajase a Buenos Aires y de allí, definitivamente, a Alemania. Me contó lo que ya escribí en el capítulo anterior, esto es, su deambular en la noche, su incursión por el Viejo Bar, donde oyó tocar un abatido saxofonista con bajo, media batería y guitarra americana, su incierta duermevela en un alvéolo funesto del Hotel Rhodas. Le confesé a mi vez mis andanzas buscando encontrarla, y había estado allí, muy cerca del Rhodas, tal vez mientras yo inquiría ansioso a los funámbulos en la Terminal ella se desvelaba arriba, a pocos metros, pues la hostería se levantaba al lado, encima mismo de la explanada para estacionamiento de los vehículos de la Terminal.
-Nos estamos haciendo daño, Andrés -dijo.- ¿Por qué?
-No lo sé. No lo sé.
-Hagamos las paces, ¿eh? -siguió - Pronto estaremos lejos uno del otro. Debemos separarnos bien.
-Es cierto -aprobé. -No peleemos más.
Ella me estiró su mano izquierda y yo se la tomé. Estuvimos de esa manera unos minutos, sin hablar. Luego me despedí, con un beso leve sobre su frente. Me acompañó hasta la puerta.
Confesiones de almohada
La mudanza estaba prevista para dos días después. El lunes 23 de octubre, a las ocho de la mañana, debía venir un camión, que habíamos contratado por teléfono, desde La Banda. Durante todo el domingo nos pasamos empaquetando nuestros enseres, humildes pero abundantes. Platos, cacerolas, cubiertos, además de innumerables libros, que llenaron varios cajones, ropas nuestras y de las chiquitas, las cuales debido a nuestra actividad en la Stiftung habíamos acumulado en exceso, pues desde Alemania enviaban ropa abundante en perfecto estado, y Lucía, como la mayor parte de los miembros de la Stiftung, acaparaba todo lo que estaba a su alcance. Etcétera. Aún cansado, tal vez por la excitación del momento, no pude dormir y decidí evadirme, como a las doce de la noche, sin que nadie se diera cuenta. Al asomarme a la ventana de Oona, me llevé la sorpresa de verla, a través de la cortina transparente, con el velador encendido, sentada sobre la cama, ordenando papeles, que había esparcido a su derredor, para irlos metiendo al parecer en una caja. Descalza, llevaba sólo una bombacha y una leve camiseta sin mangas. Cuando me vio, acudió a la ventana:
-No necesitas saltar -me dijo. -Ven por la puerta.
Cuando lo hice me invitó a escuchar música. (Cierta noche también, meses atrás, me había sucedido entrar por la ventana y hallarla en el living, sobre el suelo alfombrado con felpa, extasiada por su música, que escuchaba con arrobo desde un pequeño reproductor de cassettes). Me senté a su lado y miré sus pies. Consciente de esto, ella movió un poco los dedos para mostrármelos mejor. Eran muy pálidos y largos, sonrosados. La abracé. Su actitud había disuelto mis ánimos batalladores.
Había un libro abierto a su lado, sobre la mesita de luz. Lo tomé, pese a que estaba en alemán, creí entender: El arte de amar, de Erich Fromm.
-¿Lo conoces?- preguntó.
-Lo leí cuando tenía 18 años. Por recomendación de mi padre. Es un libro para releerlo toda la vida -dije-. Sus principios son lo más elevado que conozco. Ojalá pudiéramos seguir sus enseñanzas. El mundo sería mejor.
-¿Quieres ver mis fotos? -dijo ella. Una vez más había percibido perfectamente, sin necesidad de palabras, mi talante. Por primera vez empezó a desplegar su intimidad: sus padres, Tübingen en una tarde soleada, su amiga Nöltke, de nuevo su amiga, con ella, en un bosque de árboles flacos, en Italia. Me contó que en Italia un taxista había intentado violarlas. No pasó de unos pocos forcejeos. Usamos ésto -dijo, mostrándome un pequeño adminículo-: echa gas irritante. (Pasó por mi mente el pensamiento de que podría haberlo usado conmigo, cuando entré tan intempestivamente, la primera noche; pero no lo hizo). El taxista huyó, dejándonos en un parque.
Muchas fotos de gente desconocida:
-Este es fulano... amigo de mi papá...- decía, señalando a alguien.
Luego me mostró algunas recientes, tomadas en Rodeo, donde aparecía ya suavemente quemada por el sol. Como le pidiera alguna de recuerdo, me obsequió dos: la del bosque con su amiga Nöltke y una, más grande, en la cual estaba rodeada de niños, entre ellas Ángela y Julita, frente a la Guardería.
Súbitamente temió aburrirme y dijo:
-Ven, vayamos a escuchar música.
Cruzando sus piernas largas colocó entre nosotros el pequeño grabador, y enseguida un cassette de Simon & Garfunkel.
-¿Conoces a estos? -preguntó.
Claro que los conocía. Eran de mi generación. Pero no me agradaban demasiado, salvo sus temas conocidos, como The sounds of silence, en fin. Los demás me resultaban monótonos. Entonces puso jazz. Después de un rato allí fuimos otra vez a la cama. Ella estaba inusitadamente locuaz, cordial. Me hablaba de su familia, de la primera vez que se había enamorado:
-Yo era una adolescente que trabajaba haciendo una pasantía en un hospital... -narró. -Él era un médico joven. Yo pasaba... la bruja por el pasillo, cuando lo ví aparecer... rubio, bellísimo... ¡era como un sol!... (Poco después, cuando viera la película "Estados alterados", pensé que su actor protagonista, cuyo nombre no sé, debía de ser parecido al joven que enamorase a Oona.)
-¿Tuviste alguna relación con él?
-No. Solamente lo miraba de lejos en el hospital. Después terminó mi trabajo allí y no lo vi otra vez.
Siguió pasando revista de sus noviazgos contándome que luego de un chico alemán con quien saliese un tiempo, cierto pintor, como de cuarenta años, se le había declarado. Él era muy bueno, interesante. Tenía canas, describió: y barba. Pero estaba casado.
-Sólo fuimos amigos. Lo seguimos siendo. Es quien me regaló algunos de mis cassettes de jazz.
Por fin llegamos al último novio, el que mencionara casi un año atrás, después de bailar conmigo bajo la luna: un inglés. Yo ya lo sabía, pues le había contado a Lucía, muy poco tiempo después, que esa relación distante "había terminado".
¿Por qué sucedía esta catarsis conmigo, ahora? Sentados uno junto al otro en su cama, ella siempre con sus piernas desnudas, yo de vaquero, camisa oscura y alpargatas. De repente se puso sombría para hablarme de su madre, quien había tenido al parecer desórdenes mentales. Narró una escena que recordaba vívidamente, la de ella niña, cambiando constantemente la escupidera de su madre, limpiando sus vómitos, cada vez, pues por lapsos perdía el control de sus esfínteres además de echar todo lo que había comido durante el día y gritar, como si algo terrible, oculto, la atacara. La empatía psíquica permitía que las imágenes que recordaba se transmitieran como por un visor hacia mi mente, debido a lo cual no necesitaba muchas palabras, yo estaba viendo lo que ella imaginaba. Luego habló de su hermana, gemela... , quien estaba enferma también. ¿Qué tenía? Cáncer en el cuello. ¡Tan joven! Me asombré. Al presente Oona había cumplido recién los 24 años.
-¿Quieres acostarte? -dijo.
-Bueno -contesté, pero sólo me quité las alpargatas.
-¿Necesitas que apague la luz? -preguntó, ya con su cabeza junto a la mía sobre la almohada.
-No, no, sigamos conversando -dije.
Por ratos hablábamos. Por ratos nos quedábamos en silencio. Llegó, así, la mañana. Miré el reloj: ¡las cinco menos diez!... Habíamos pasado la noche en vela... ¡Debía irme! ¡A las ocho de la mañana vendría el camión para buscar nuestros muebles! ¡Nos esperaba un día agotador! De repente me sentí un estúpido, irresponsable.
Los dos últimos días
El camión no vino a las ocho. Tampoco a las nueve. Cerca de las diez de la mañana, fui a llamar por teléfono a la empresa de La Banda que contratáramos. Una mujer, de modos bruscos, me dijo que el camión no podría salir, había tenido un desperfecto. Me enojé mucho y la mandé a la mierda. Como a las doce y media me puse a buscar otro vehículo, luego de almorzar levemente con Lucía y nuestras chiquitas, pues ya teníamos todo embalado. Era un día abrasador. En la bicicleta empecé a recorrer Rodeo, por los lugares donde se me ocurría pudiese encontrar a alguien que nos llevara a Santiago. Por fin, en la estación de servicio encontré a dos tipos que viajaban hacia Salta, con un inmenso transporte vacío, para regresar cargados de allá. Luego de regatear el precio convinimos que luego de su almuerzo, como a la una y media, partiríamos. Oona ayudó a cargar los numerosos bártulos, pero declinó la invitación de uno de los camioneros, quien de un modo obsceno se había entusiasmado con ella. Subimos al gigantesco camión, Lucía, las chiquitas y yo atrás, en una partición que había en la misma cabina del conductor, los robustos camioneros gringos adelante. Así llegamos a Santiago. Como a las cuatro de la tarde terminamos de subir las cosas. Subir la gran heladera de hierro que teníamos, al segundo piso, fue una verdadera proeza. Los camioneros nos ayudaron un poco, pero luego pidieron bañarse. "¡Malditos!", pensé. Esos gordos sudorosos iban a estrenar nuestro lujoso baño, cubierto hasta el techo con primorosos azulejos. Después los invité a tomarnos un par de cervezas -un poco para sacármelos de encima, pues ya se estaban poniendo cargosos. Fuimos a la estación de servicio, donde debían cargar combustible para seguir viaje, como a veinte cuadras de allí. Al regresar sentí asombro por mi propia energía. ¡No había dormido! Sin embargo estaba explosivamente activado, como si llevase una batería solar dentro. Efectivamente sentí que el sol fortísimo, al salir de la estación, me provocaba un cosquileo maravilloso otorgándome mucha fuerza. Regresé a casa. Nuestra nueva casa. Debíamos dejar todo impecable, pues a las nueve, vendrían Oona y Pío, "para festejar", según ella propusiera. Ella viajaría cerca de esa hora y como no sabría llegar sola, iba a buscar a Pío.
El departamento era excelente. Impecable, sus paredes y techo cubiertos de yeso, pintados con tonos pastel, las paredes de la cocina y el baño recubiertas hasta arriba con azulejos, ventanales provistos de vidrios esmerilados, ocre oscuro para filtrar el sol, puertas batientes entre el pasillo hacia las dependencias y el ancho living... resultaba lujoso en comparación con la agreste y humilde realidad que habíamos abandonado. Esto fue un consuelo, y comprendí enseguida el punto de vista de Lucía quien ansiaba vivir otra vez en algo como aquello. Nacida y criada en una ciudad industrial, detestaba el desorden, la indetenible invasión de polvo, bichos, hojas secas trasladadas por el constante viento, vivida durante cinco años en la Stiftung, que ella había padecido muy mal.
-¡Por fin sin bichos! -exclamó Lucía, leyendo mi pensamiento -. ¡Aquí podemos dormir en el suelo!
Le di la razón, y ayudé a fregar, baldear, acomodar los muebles, desempaquetar lo necesario, acomodándolo en la alacena y los placares de las habitaciones. Había tres dormitorios, y sólo tres camas: una matrimonial, que ocupaba Lucía con las chiquitas, y dos pequeñas, a una de las cuales había yo cortado las patas de madera para hacerla más baja.
A las nueve y media llegaron Oona y Pío. Oona se disculpó diciendo que ella había estado a las ocho y media en la casa de mi padre, pero Pío no estaba listo, debió esperarlo. Fueron a la cocina con Lucía, a preparar el asado. ¡Hacía un calor extraordinario!... Pronto nos sentamos alrededor de la mesa, en el medio del ancho comedor, con ambos ventanales, que llegaban hasta el suelo pues consistían asimismo puertas hacia sendos balcones, abiertos para dejar pasar el aire. El departamento estaba en un segundo piso.
Tomamos mucho esa noche. Hasta cerca de las tres de la madrugada. Yo estaba en el paroxismo de mi excitación. Casi borracho, me quité la camisa y nos pusimos a bailar con Oona de un modo insolente. Cerca de las cuatro de la madrugada propuse irnos a dormir, pues esa mañana debía regresar a Rodeo para buscar algunas cosas pequeñas que habíamos dejado y traer el certificado de escolaridad de Angelita que debía otorgarme el municipio. A Pío se le ocurrió salir a recorrer el barrio, buscando algún sitio para comprar cigarrillos. Esto me enardeció. ¡Estaba morbosamente celoso de mi mediohermano!... Hacía rato que nuestras chiquitas descansaban, y Lucía se fue a dormir con ellas. Yo ocuparía la otra habitación, donde ya había puesto además la mesa que usaba para escribir. Lo obvio era que ofreciésemos la cama restante, en la otra habitación, a Oona. Y como Pío debía quedarse también, se le armó una cama en el piso, sobre un colchón, en esa misma pieza, dejando un pasillo de unos dos metros de por medio. Me acosté pero no podía dormir pensando en que Oona andaría por ahí con Pío. ¡Mi locura de celos había llegado al paroxismo! Me avergüenzo ahora de ello. Lo cierto es que estuve en vela hasta que los oí regresar. Luego oí sus breves diálogos hasta que se acostaron. Y luego de un rato... ¡me levanté a espiarlos!... La oscuridad de afuera comenzaba a disolverse ya, el tenue claror que emanaba la ventana abierta me permitió ver a Oona, boca arriba, vestida, sobre la cama y a Pío vuelto hacia la pared, también vestido. Roncaba. En vez de tranquilizarme, ¡el verlos compartir una habitación me enfureció aún más!
Decididamente insomne, fui entonces a bañarme. Un rato largo estuve bajo la ducha. Otro de los beneficios deliciosos descubiertos en el departamento había sido la potencia y frescor de la abundante agua, recurso bastante escaso, cuidadosamente administrado, en Rodeo. Al ir a la cocina vi que eran las cinco y cuarto ya. Estaba tomando mate en el living, mirando difuminarse las sombras de Villa del Carmen por la ventana, cuando emergió Oona de la habitación. Pude verla acercándose por entre las batientes del pasillo en escorzo, plegadas. Recién me percaté que en aquella oportunidad iba toda de negro. Su cuerpo largo se confundía con la penumbra que aún señoreaban por todo el ámbito. Vino a sentarse a mi lado, sobre una silla petisita perteneciente a nuestras hijas.
-Estás enojado conmigo, ¿no? -dijo. Cuando regresaron con Pío de su paseo yo le había mascullado groserías al oído. No lo había olvidado.
-Ahá -repliqué apenas. Ella resultaba cómica sentada allí sobre aquella sillita, que la dejaba a un nivel muy bajo, con sus largas piernas en posición forzada.
-No debemos enojarnos, son nuestros últimos días -dijo.
-Me importa un bledo. Y, ¿sabes?, no quiero verte más. No quiero que me jodas más, ¿eh? ¡Basta! "No-compatibles",¿eh? "No more", ¿eh? ¡Nada más! -lancé las palabras en borbotón. -Sos una mina impredecible, no quiero seguir haciéndome mala sangre con vos. Ningún problema. Vos sos como sos y yo también, ¿entendido?
-No podemos despedirnos así -trató de conciliar ella. Luego habló largamente tratando de convencerme para reconciliarnos. Como no había elementos demasiado claros para disgustarnos definitivamente, terminé concediendo formalmente un arreglo. Pero en mi fuero interno estaba harto: no quería verla más, en serio.
Cuchichéabamos. Pero en silencio nuestra conversación chasqueba insistentemente. Escuchándola debe de haberse asomado Lucía, la vi emerger apenas de costado desde la puerta de la habitación grande, en perspectiva... apenas unos segundos, para luego ocultarse nuevamente. Hasta eso me angustió. Ella era mi esposa, al fin y al cabo: sentí pena. Al mismo tiempo aumentó mi rencor hacia Oona, a quien enrostraba en ese momento el jugar con mis sentimientos.
-Escucha- lancé repentinamente- ¡has tenido relaciones con mi propio hermano!... ¿Crees que soy estúpido y no me he dado cuenta? ¿Cómo pretendes ahora que estemos en paz?
-¡Con tu hermano!... ¡Juro que no!...-exclamó ella.
-¡Él mismo me contó que te había besado!
-¡Intentó besarme, pero yo he apartado la cara! ¡Lo juro!... -dijo ella.
-¡También entraste con él a un baño de la Terminal!
-¡Aoohhh! ¡Eso fue una apuesta! ¡Él me desafió a que no era capaz de hacerlo!... ¡Si lo hacía, el pagaría el café! ¡Por eso fuimos juntos a ese baño, nada más!
-¡Qué estupidez!- De repente comprendí lo absurdo de la situación. -Me voy-, dije, levantándome bruscamente. Debo partir hacia Rodeo.
-Oye, Andrés -dijo ella -. Más tarde iré yo también. Puedes venir a casa, por la tarde. ¿A qué hora te desocuparás?
-Como a las ocho -dije.
-Pues ven a casa, a las ocho -dijo. Me quedé callado.
-¿Vendrás? -insistió ella.
Lucía apareció entonces, saludándonos. Oona la invitó a tomar un mate con nosotros. Apenas unos minutos después, tomé mi portafolios y salí.
Estuve toda la mañana en Rodeo haciendo trámites. Al mediodía almorcé en casa de mis amigos, el policía y su esposa poeta. Me ofrecieron una pieza muy limpia y fresca, que agradecí, pues pude dormir profundamente casi toda la tarde. Cuando me desperté eran las siete. Sólo me lavé un poco la cara, agradecí las atenciones brindadas, y salí otra vez a las calles de tierra. Era una tarde fresca, a diferencia del día anterior. Caminé un rato despidiéndome interiormente de los árboles, las callecitas que no recorrería más, esas paredes despintadas, la atmósfera sutil de ese pueblo tan querido por mí. Dubité un rato entre ir hasta la casa de Oona o no. Finalmente decidí no hacerlo. En el colectivo de las ocho, regresé a Santiago.
Mi esposa y mis hijitas estaban contentas con el departamento. Las niñas jugaban en el suelo, sin temor a los escorpiones o las arañas. El piso era de una cerámica muy lujosa, rojiza; el lugar, era además muy fresco, dado que a la noche cruzaba por sus ventanales toda la brisa suave que venía de la ruta y el campo, muy cerca. Cenamos en paz y me fui a dormir. Otra vez me sumí en un pozo sin imágenes, hasta las cinco de la mañana, hora en que me despierto siempre. Como a las ocho, salí. Fui a visitar a mi amiga Irene, como lo había hecho desde la infancia. En su librería, transcurrió un rato apacible. Luego fui a la Catedral. Allí, ante el impresionante Cristo Crucificado que se levanta muy cerca del portal derecho, dentro de un intercolumnio, me arrodillé. Entregué mi alma a Dios con la imaginación y sentí una vez más, como me había pasado en otras oportunidades, que esta se limpiaba. Una serenidad plena envolvía todos mis miembros. Y mis ideas se habían desembarazado de ese resquemor ardiente que había sustentado hacia Oona; aún más, mi mente se había librado por completo hasta de su recuerdo, sencillamente ahora no quería verla. Y me sentía en paz. "Pero, dije interiormente, que sea, Jesucristo, Tu Voluntad".
Calmado y en equilibrio me fui. En la parada de la Belgrano tomé el poderoso y limpio colectivo que llevaba hasta mi barrio. Bajé en la esquina donde se levantaba la torre de nuestro departamento. Debía caminar algunos metros sobre una vereda que corría junto a un colchón de césped y canteros floridos. Apenas había avanzado los primeros pasos, cuando la vi. Oona jugaba, sentada en el borde de una ancha canaleta, con Julita.
-¡Ahí está papá! -le indicó a Julita, apenas verme. Tomándola en sus brazos vino a recibirme.
-Te he esperado, anoche -me dijo.
-Es que no quería ir -contesté brutalmente.-Escucha, Oona, terminemos esto de una vez. Vuelve a Rodeo, dame a mi hija, estoy decidido y no quiero verte más.
-¡No debes dejarme así!- dijo ella, caminando a mi lado y sin entregarme a Julita. -¡Yo no he hecho nada malo!
-¿Qué te interesa de mí? -dije. -Tú eres una muchacha linda, joven. Yo soy un hombre casado, con hijas. Sólo hemos tenido problemas. Por favor vete, no nos lastimemos más.
En el mismo momento en que nos introducíamos en el hall hacia la escalera, discutiendo, emergió un hombre como de mi edad, que nos escuchó y miró a ambos con curiosidad.
-¡Esto no tiene destino! -continué, repitiendo una expresión propia de la ciudad donde se crió Lucía. Sin detenerme, rechazaba uno por uno los argumentos de Oona, quien decía sentir mucho cariño por mí, y estaba ahora muy dolida. Así, llegamos al comedor. Era ya cerca del mediodía. Oona finalmente se quedó. Me había buscado temprano, pero yo ya había salido. Lucía le había dicho que tal vez me encontrara en la librería de Irene, y hacia allí había ido. Cuando llegó, yo me había ido a la iglesia, Irene, que conocía mi religiosidad, le recomendó que me buscara allí. Oona fue a la Catedral, pero no me encontró. Finalmente, había decidido volver a esperarme en el barrio. Lucía la invitó a comer.
Ella me regaló todos sus cassettes. Los había traído en una bolsa, que sacó de su mochila esa mañana.
-¿Los quieres? -me dijo. -Son lo que más amo entre las cosas que tengo.
Otra vez había empezado a hacer calor, pero sin llegar a las temperaturas de días anteriores. Oona se bañó largamente, yo también lo hice y como a las cuatro de la tarde, pidió autorización a Lucía para que yo la acompañase hasta el centro.
-Quiero invitar a Andrés con una cerveza -dijo - Esta va a ser nuestra despedida.
Lucía aceptó al parecer de buen grado. Cuando pasamos en el colectivo, todas ellas, desde el balcón, despedían definitivamente a Oona, quien sacaba la cabeza por la ventanilla del colectivo y lagrimeaba. Ya en el centro, fuimos al bar de Los Cabezones.
-¿Quieres oler mi pelo? -ofreció-: Champú natural, me lo enviaron de Alemania.
Se desarrolló entonces una larga conversación. Ella empezó a considerar que no tendría futuro en mi actividad de escritor quedándome en Santiago. Tenía razón, le dije, pero aquí está mi familia y toda la gente que conozco. Además no tengo medios para salir de aquí. "Yo puedo ayudarte, si quieres, enviándote dinero de allá... tal vez no mucho, pero un poco por mes, para ahorrar... y comprar el pasaje... puedes venirte a vivir a España..." Por primera vez ella me sugirió que me separase, pues era evidente la mutua insatisfacción vivida con Lucía. Yo dudaba muchísimo. Esto hubiera sido posible sin mis hijas, sostenía. Ahora es algo que si lo hago, me destruirá. Pero en cierto trasfondo de mi consciencia se presentaba la imagen de mí mismo, instalado en España, y ella viajando desde Alemania para visitarme. Noté sin embargo, que no asumía un compromiso más profundo: deseaba mantenerme como amigo, amante quizás, pero todavía lejos de su casa. Tampoco sentía yo el deseo de asumir tal convivencia, aún en caso de haberse presentado la oportunidad. Desconfiaba de Oona, de su conducta liberal, su educación independiente, pero particularmente de cierta peligrosa veleidosidad, presente en su carácter. Así transcurrimos mucho tiempo bajo la fresca protección de esas añosas paredes, cuidadosamente decoradas con obras de arte, como ya mencioné. Con discreción se acercaba el mozo, cuando suponía que podríamos necesitar algo. Como a las siete de la tarde, cuando el sitio se pobló un poco más, apareció Artemio Fote, el pintor. Vino a saludarme, y por cortesía le presenté a Oona. Cuando supo que era alemana se entusiasmó mucho, sentándose sin que lo invitáramos. Esto era aceptable, por cierto, pues nos ligaba una cordial camaradería ya desde hacían varios años atrás. Pero no el modo como acaparó la conversación, dirigiéndose únicamente hacia la muchacha, interesado obsesivamente por sonsacarle datos acerca de las universidades de Alemania, su gente, sus costumbres, puesto que -según afirmó- ambicionaba pedir una beca de perfeccionamiento allí. Nunca dilucidé si Artemio cargaba una leve disfunción cerebral, o si su personalidad excesivamente obcecada -aunque cordial- era clasificable dentro del espectro de lo normal. Transcurría el tiempo, sin embargo, y no parecía darse la menor cuenta de que había interrumpido una conversación reservada, entre dos personas, y persistía en una larguísima inquisición que sólo a él interesaba. Finalmente debí decírselo:
-Disculpame, Artemio -tuve que decirle, con embarazo:- La señorita y yo estábamos conversando sobre algo importante para nosotros... privado... por ello te ruego que nos dejes solos otra vez... no te enojes, por favor...
Como si lo hubiera picado una avispa en las nalgas se levantó, alzando las manos, la boca abierta y expresión de sorpresa inusitada en los ojos:
-¡Disculpame! ¡No sabía! -exclamó- ¡Ya mismo los dejo solos!...
Se fue, con su caminar bamboleante y hombros un poco más desplomados, dejando al darme la espalda una culpa más en mi ya vapuleado corazón.
-¡Anoche te he esperado tanto!... -dijo ella de repente.
-No pude ir. Estaba cansado -mentí.
-Hacía frío... -continuó ella, como si no me hubiese escuchado-. ¡Me hacía frío!... ¡Tenía miedo! ¡Deseaba tanto que vinieras, a cada ruido que escuchaba, me sobresaltaba, y pensaba: "es él... va a entrar otra vez por la ventana"... Pero no viniste... ¡Andrés, te extrañé tanto!...
¡Estuvimos allí con Oona hasta las nueve y media de la noche! Hoy cobro consciencia recién del tiempo transcurrido. A esa hora salimos, para caminar despacio hacia la Terminal. Ella no quiso irse en el colectivo de las diez de la noche, que ya estaba por partir cuando llegamos. Fuimos a averiguar, y nos dijeron que a las once vendría otro, destinado a Añatuya, pero que pasaba por Rodeo. Decidimos esperarlo. Quiso invitarme a comer, así que fuimos a un bar. Allí, masticando un grasoso e inmenso sándwich de milanesa con lechuga y tomate adentro -el único plato disponible- mientras ella hacía lo mismo, empezó a lamentarse por la separación. Estos iban a ser nuestros últimos minutos, decía . ¿Cómo absorber ese trago, el no vernos más? De pronto, se acordó que para la mañana siguiente habíamos convenido con un amigo, vecino de Rodeo, que con su camioneta fuese a buscar algunas cajas con libros a donde fuese nuestra casa... También debía cargar a Facundo, nuestro perro. Yo había pedido a un peón, a quien le dejé la llave, que se hiciera cargo de la diligencia.
-El perro no va a querer venir con ese hombre desconocido -argumentó Oona-: y si lo obligan, va a sufrir. Debes venir vos a traerlo.
-No he avisado en mi casa... se van a preocupar... -dije.
-Puedes avisar por teléfono... -indicó.
-No tenemos teléfono...
-¡Oh, avisa a la casa de tu papá, que Pío vaya con el mensaje para Lucía! -insistió ella.
Me convenció. O yo quería que me convenza. Fui a una cabina y pedí por teléfono a mi padre que hiciera saber lo antes que pudiese mi decisión de irme a Rodeo esa noche, para buscar los libros y al perro...
Como no tenía previsto viajar llevaba sólo una camisa. Había refrescado repentinamente; se me puso la piel de gallina y Oona lo notó. Entonces sacó de su mochila un piloto y me lo puso encima. Sentados en un ancho banco de madera esperábamos el colectivo. Ella aprovechó el movimiento de taparme para empezar a hacerme todo tipo de arrumacos, besarme en la oreja, acariciar mi pelo, refregar su nariz contra mi mejilla. En ese momento, de subyugante placer, estacionó una camioneta frente a nosotros pero no le hicimos el menor caso. Durante algunos minutos -no tengo la menor idea de cuántos- estuvo allí. Apenas noté algunas personas adentro; luego se fue.*
El colectivo llegó puntual y nosotros subimos. Ocupamos los últimos asientos, y en la oscuridad, luego de prodigarnos afecto durante un rato, nos dormimos. Por suerte el guarda se acercó a nosotros para avisarnos cuando llegamos a Rodeo.
En la noche oscura, atravesamos el ancho espacio cubierto de césped por el que caminara tantas veces, tomados de la mano. Ella insistió en que llevara su piloto sobre mí, pese a mis protestas pues de tal modo se privaba de usarlo, cuando hacía mucho frío. Para evitar que la prenda me fuese quitada por el viento, ella envolvía completamente mis hombros con sus brazos, pegando a la vez su cadera sobre mí. De tal modo transitamos la ancha avenida como de quinientos metros que llevaba a la Stiftung, el redondo patio, y ascendimos la empinada senda por donde habían jugado y corrido, tantas veces, mis hijas. Ella abrió la pesada puerta por fin, echó llave por dentro, y nos acogimos a la blanda tibieza del lecho enseguida. Aún fue corriendo hasta la cocina de la Casa de los Alumnos, de donde regresó con dos tazas de té humeante. Luego de eso, comenzamos a quitarnos las ropas, despacio. Después que se hubo quedado en bombacha y corpiño, preguntó:
-¿Necesitas la luz?
Como le dijera que no, apagó la vela. Entonces, en la oscuridad, terminamos de desnudarnos y nos acoplamos.**
No fue una situación particularmente intensa. Si bien lo hicimos pausadamente, con cuidadoso respeto por parte de ambos, yo evitando cualquier movimiento brusco, ella constantemente acariciándome y besando mi rostro, mis ojos, mi boca, mi nariz, mi pelo, estábamos crispados por la tensión, la demoledora maratón sentimental vivida en los últimos días nos había dejado tan golpeados por dentro, que no acertábamos a crear una situación plenamente feliz... ¡teníamos el cuerpo etérico completamente amoratado!... En subconsciente sangraba, además, la angustia de haber dejado solas a mis hijas, tan bruscamente. Esa noche Lucía casi no pudo dormir; de carácter fuerte, como ya quedó dicho, andaba de aquí para allá molesta y acalorada. Fue entonces que Angelita, habiéndose levantado repentinamente de la cama, caminó un trecho para ir a chocar con la punta de una ventana de metal, muy aguda, que le provocó un corte sangrante sobre su cabecita. Esa herida me la atribuyó Lucía a mí, a mi indignidad, a mi estulticia; yo, de buen grado lo acepté. Me culpo de esa herida, pues sé que los cuerpos etéreos están indisolublemente ligados, y cualquier desequilibrio en los factores hasta entonces establecidos puede provocar consecuencias graves, que se manifiestan igualmente en el plano físico.
Después de ese acoplamiento nos quedamos dormidos. Sólo un rato. ¡Estábamos demasiado tensos!... Por machismo o impaciencia quise suscitar otro acoplamiento y ella aceptó solícita. ¡Pero no pude lograr la erección! Luego de varios intentos, exasperantes, de un modo típicamente humano sugerí que era ella quien no lograba excitarme. "No importa. Yo te enseñaré como hacerlo, después", fanfarroneé. Con ingenuidad no desprovista de sentido común ella se asombró:
-¿Vas a enseñarme? ¡¿Cuándo?! ¡Ahora yo debo viajar!...
Al llegar la mañana ella corrió hasta la Casa de los Alumnos a calentar una pava, para ofrecerme mate, como último agasajo antes de separarnos. Pero también resultó un fiasco. El agua estaba demasiado caliente, el mate era un pequeño recipiente de metal, con manija... ¡Para un argentino, tomar mate en esa tacita de juguete era casi una afrenta!... Ignoré el asunto, aceptando tres o cuatro mates lavados antes de vestirme. No íbamos a despedirnos aún. Yo debía ir hasta la que fuera nuestra casa, esperar allí a Mércuri, mi amigo, para cargar en su camioneta las cosas, al Facundo y recién irme. Antes de salir, iba a pasar para saludarla.
Mércuri fue puntual. Hicimos lo necesario y volvimos. Él detuvo la camioneta, con el motor prendido, frente a la puerta de la Guardería...
-Sólo unos instantes... -le pedí.
-No te preocupes, andá tranquilo -dijo él.
Pero no quise demorar más, sólo entré un par de minutos, lo suficiente como para darle y recibir un fuerte abrazo, para secar sus lágrimas con mis manos. Nos besamos, una sola, larga vez.
-Te quiero... -dijo ella, por fin.
-Yo también te quiero... -dije.
-Yo también te quiero... -repitió. Nos abrazamos.
-¡Te quiero! ¡Te quiero!- murmurábamos al unísono, apretándonos mucho. Finalmente la solté de golpe, y salí. Ella asomó su rostro por el espacio que dejaba el portal entreabierto... los ojos se le habían puesto rojizos, la cara mojada brilló unos segundos reflejando el primer sol.
No sé lo que hablamos con Mércuri por el camino. Al llegar a casa, Lucía conversaba con mi prima en la vereda. Sangrando mi corazón subí todos los cajones y nuestros últimos, pequeños muebles traídos de Rodeo, de a poco, fatigosamente, recorriendo una y otra vez la escalera. Por fin me despedí de mi amigo, le agradecí.
Cuando entré al baño para asearme un poco recién pude mirarme el rostro. ¡Era un espectro! Pálido, ojos hundidos, crecida barba. Desde la ventana de mi nariz, bordeando la canaleta divisoria del labio superior, hasta la boca, se levantaba una extraña, gruesa erupción, rojiza; como una oruga purulenta, que se hubiese infiltrado insidiosamente bajo mi piel.
Oona me mira a través de las lágrimas y sus ojos clarísimos expresan desesperación por primera vez. La nariz se le ha puesto roja, como la boca, dulce, carnosa, que se tuerce hacia abajo con desolación. El pelo de oro fino y leve da la impresión de haberse tornado radicalmente lacio, como si sobre él hubiesen apoyado una plancha. "Te quiero", dice. "Te quiero". No sabe componer mayores discursos en castellano -quizá en alemán tampoco sea de las mujeres que parlotean constantemente; la he oído, sin embargo, conversar con animación durante largos ratos con otros alemanes; aunque siempre con ese tono pausado en su voz un poco nasal. No nos veremos más, quizá. No volveremos a estar juntos otra vez, posiblemente. Y esa desesperación que vierten sus ojos como un cántaro luminoso es por comprobar de repente -particularmente ella- la necedad de muchas conductas anteriores, el no haber aprovechado los innumerables momentos en que estuvimos juntos, o pudimos estarlo, durante este largo año de convivencia.
No la veré más no sólo a ella. No veré más estos tenaces campos florecidos de mielga hasta el horizonte y los ceibos rojidulando el siempreamante cielo, a los costados de la acequia; no veré más los álamos achicándose, avanzando como hermanos desde el misterioso manantial hasta mi casa, no veré más mi casa, esa gloriosa y rústica y gigantesca y entrañable y sin terminar, refugio de mis hijas, depósito etérico de sus vocecitas de sus juegos, mi casa, construida contra todo y con todo lo que mi mano pudo alcanzar, con fe, con amor indómito para mis chiquitas... no la veré más. O quizás la veré, quizás; pero ya no será mía.
Oona está desconsolada. Cada uno llora lo suyo. A pesar de que no se habla mucho -¡tampoco hay tiempo!- su alma es translúcida, hoy. Se culpa de no haberme amado lo suficiente, cuando me tenía a su alcance. De haber puesto demasiados obstáculos. No debería hacerlo -al menos, no al extremo- es sólo una muchacha de 24 años, cumplidos hace unos días.
En cambio soy un curtido jugador de cuarenta años -también cumplidos hace muy poco- que otra vez, una vez más, ha sabido acomodar los naipes, sobre el filo del desparramo, para no perder. Pero ¿qué es perder? ¿En qué consiste el "éxito" esta vez? Valiente victoria, la que me deja solitario, desterrado, aunque Oona haya reconocido que me ama, haya decidido darse de cuerpo y alma en estos últimos instantes y esos días, de qué me sirve, digo, ser el que en realidad se va, pues antes que ella viaje mañana, y ya me he ido, he vaciado mi casa, que se eleva a cien metros de distancia cruzando el puentecito por entre la umbrosa arcada ceibal sobre la acequia, he vaciado estos campos, de todo lo que puse aquí, de mis afectos y también de mí, los he vaciado con astucia, con frío cálculo, para que sea ella la que se quede aquí, como está ahora, en la que aún es su casa, adonde vivimos segundos perpetuos, bienaventurados, aún es su casa, aunque sea por un día más, donde se quedará sola, llorando nuestra separación, la mordiente comprensión de su profunda necesidad de mí, como lo hizo durante la penúltima noche, al sentir que ya nunca más estaría a su lado para quitar el frío de su cama. Pero no he ganado, como pensaba, sino estoy sin alma.
Debo irme. Afuera la camioneta de mi amigo -pacientemente sentado frente al volante con el motor en marcha- me espera. ¿Son cinco minutos? ¿Son tres? ¿Cuánto pasa desde que dijese a mi amigo "esperame un poquito por favor"? Había pasado la noche con ella. Mi amigo había venido a buscarme por la mañana. Cuando apareció su camioneta yo estaba en casa, preparado con los últimos bultos para llevar hacia la ciudad y nuestro perro al lado. Ahora me voy, ahora dejo este exuberante campo, este territorio de apartamientos y aventuras, este lugar donde se concentraban magnéticas potencias cósmicas, donde se habían renovado mis ilusiones de un mundo mejor, soñando con "la Comunidad Cristiana": la Fundación, el Centro de Capacitación Rural para aborígenes desterrados, la Cooperativa de Exportación melífera para pequeños apicultores sin mercado, sostenida por alemanes pero también, ¡ay!, muy bien aprovechada por ellos. Ahora me voy, dejando aquí hecho jirones un gran pedazo de mi alma.
* Algún tiempo después, Lucía conoció a una mujer en la casa de mi prima, quien también habitaba el Autonomía. Dicharachera, le contó que me conocía desde la adolescencia. "Incluso salimos juntos" avanzó. "¿Ustedes están separados?", preguntó. Al negarlo Lucía, fingió sorpresa (típica actitud hipócrita de las santiagueñas). "Yo lo creía... -exclamó- porque lo he visto a Andrés muy enamorado, en la Terminal". Supongo que luego le contó muchos detalles de lo que vio, pues una y otra vez Lucía me lo recriminaría, indignada. Eran ellos, con su marido e hijos, quienes estaban en aquella camioneta que de un modo tan impertinente se había estacionado frente a nosotros, sin que los tomáramos en cuenta.
** Revisando los acontecimientos con obsesividad luego de su partida me maldecía por haber accedido a que apagase la vela. ¿Por qué no ampliar nuestra felicidad permitiéndonos la contemplación mutua, el prolongar la entrega generosa que nos concedíamos permaneciendo toda la noche allí, bajo la tenue luz, efectuando, como un ritual religioso, nuestra última copulación? La única explicación que se me ocurrió fue el haber llegado a esta cumbre cansados, culposos, negándonos a reconocer nuestro amor, debido a lo cual asignábamos a una situación buscada con pasión durante tanto tiempo, mucha menos importancia de la que en realidad tenía.
06:25 Anotado en Books | Permalink | Comentarios (0) | Email esto
12/07/05
Anexo II - NOUÉ
Aquel niño se nos acercó precisamente cuando bajamos las gradas y nos enfilábamos con mis hijitas por el pasillo angosto que llevaba a la salida. El circo estaba lleno de niños, pero aquél se vino derecho a mí, como fascinado. Estiró la mano y me tocó la cara, parecía que algo en ella brillaba, semejante al uranio en la oscuridad; la acción del niño fue como la de quien trata de tocar un banco de niebla o un reflejo. Qué brillaba en mí no lo sé. No puedo olvidar esa situación pues tampoco tengo cómo explicarla, aunque pensé en ella muchas veces. El dolor de la partida de Oona, esa elección a que me había visto cruelmente sometido pero que resolví... satisfactoriamente... gracias a Dios, los quebrantos cotidianos a que me sometía una existencia llena de pruebas, pruebas pequeñas pero lacerantes, cierta mediocridad que envolvía mis asuntos exteriores mientras mi alma volaba y caía ensangrentada una y otra vez, gestaba quizás un ser atravesado por las espinas de las horas, los minutos y los días pero insuflado de una creciente luz que iba surgiendo de aquellos vuelos poco a poco más altos, más serenos, del fénix que resucitaba reproduciéndose en imágenes semejantes, más sutiles, menos graves.
Contar lo objetivo sería algo muy difícil en estos casos. Recuerdo que una tarde cuando caminaba con Lucía por una vereda de la calle La Plata desde la vereda de enfrente me dijo Irene que tenía un sobre para mí en la librería. Un poco porque supuse una de las invitaciones a esos actos "culturales" otro poco por la aversión que Lucía sentía por Irene apuré el paso y casi descortésmente contesté sin detenerme que ya pasaría por allí. No lo hice por varios días. Cuando fui, como dos semanas después, mi corazón palpitó en falso al reconocer en el sobre la letra de Oona. Adentro había sólo una postal. No recuerdo lo que decía, además de "voy a estar allí el 15 de abril, me quedaré cuatro semanas y quiero encontrarme contigo". Me quedé helado. Era 13 ya. ¡Pasado mañana!
Una especie de temulencia me agarrotó por dentro. Después que había logrado encaminar nuestras vidas por un curso gris, despojado de todo sobresalto y de todo color pero más soportable que la horrible inestabilidad familiar que había dejado el extenso episodio anterior, ella volvía... ¡de Alemania! Demasiado lejos para que esto continúe, habíamos pensado los dos, al despedirnos. Aquella noche tersa y tensa, durante la cual muchas veces sorbíamos nuestras lágrimas, donde pretendíamos también sorber con desesperación lo que por inexperiencia, prejuicios, especulación, miedos, repugnancia a una situación inusual, habíamos rechazado, maldiciendo nuestra mora anterior y devorados por los minutos que se iban y la luminosidad inexorable del alba que avanzaba y en este caso temíamos cual vampiros porque nos alejaba, definitivamente -creíamos-; la última noche, la única en que fuimos capaces de decirnos con convicción definitiva "te quiero...", ahogándote con las lágrimas me decías "te quiero". Oona. Te quedaste asomando tu cara a la puerta los ojos y la nariz se te habían puesto colorados tus azules ojos tan claros se alejaban el que me lleva dentro subiendo a la camioneta con Mércuri y atrás cargando a nuestro perro Facundo -ladraba, también despidiéndose, también para no volver-, tu pelo como el oro más fino, tan suave como jamás toqué pegándose en el rostro mojado tus labios rojos carnosos temblando temblando y yo debía fingir normalidad y conversar con Mércuri, en el acto me salió sobre el labio superior una erupción, una raya roja como una serpiente que me subía hasta la nariz.
Ariel Doria se había peleado conmigo por mis críticas a la SADE. En el bar de los Cabezones él me había dicho: "estoy cansado de ser un boludo utopista y francotirador, ahora voy a entrar en esta comisión a tratar de modificar las cosas de adentro"; yo le pregunté: "¿Qué puesto te dan?", "Vocal", me dijo. Yo le dije, "Ariel, vocal, con toda tu trayectoria, no mereces ésto... además te van a utilizar, no vas a cambiar un carajo, esto es una ilusión, no participes". No me escuchó. Más tarde yo denuncié públicamente de fraudulenta a la SADE y él se enojó. Algún tiempo después de que él me había acusado de faltar a la amistad y yo le había dicho indignado que ya no me importaba una amistad así él se había ido apaciguando, y poco a poco volvió a hablarme. Una tarde en Dimensión -donde yo trabajaba por un sueldo pequeñísimo pero solventaba al menos la comida de mis hijas- me dijo que le habían encontrado "una piedrita" en un riñón, le contesté en broma "vete haciendo el testamento", pero después me arrepentí porque efectivamente se murió en menos de un año. Uno de los últimos días, cuando ya estaba solamente postrado, me llamó por teléfono su esposa brasileña para decirme que Ariel quería verme, que al único tipo en el mundo que quería ver era a mí y eso era importante pues estaba tan mal que esa misma noche podía morir, dijo preocupada y llorando, yo trabajaba en el diario en ese tiempo, eran las 7 y media de la noche, invierno, afuera estaba oscuro y ya había pasado lo de Pascua y efectivamente fueron los últimos días de Ariel. Lo que había pasado era que Oona había venido, aterrorizado al principio yo no había querido verla, me negaba a encontrarme con ella y así transcurrieron muchos días y ella aquí, en Rodeo, con otros alemanes, apiñada en una casita redonda que había sido en otro tiempo la de Jörg Kolschröder.
Yo había estado pensando y trabajando todos esos días en la edición de los suplementos culturales y ellos salían impregnados de esos sentimientos extraños que nos separaban o unían fluctuantes. Escribía sobre la Ununa, cierto espectro perezoso, pálido y lánguido, que supuestamente andaba apareciendo por la zona de Rodeo, y ella creyó que la aludía -pues además Schmergen, que no la quería bien, para suscitar su dolor le decía que yo estaba burlándome-; en Rodeo una mujer pasando por la calle le había espetado "mejor te vas a tu país antes de venir aquí a quitar maridos", de todo eso yo no sabía nada aún pero sentía el dolor, la tensión de esos días y la grisura, jueves santo, viernes, me había hecho avisar con mi mediohermano que el sábado por la noche vendría y quería verme, pero cómo salir sin despertar las sospechas de Lucía, yo no salgo nunca de noche. Decidí no salir; aún esa noche fue Pío a casa y cuando consiguió estar a solas conmigo me preguntó: "¿Y?, ¿vas a ir?". No, le dije. "¿Qué le digo?", preguntó susurrando. "Que no puedo. Que es inútil, no vamos a poder vernos esta vez", dije. En realidad estaba abrumado, y no sé cómo podía soportarlo. Uno de esos días se suscitó una pelea horrible con Lucía, porque ella había ido a ver al conjunto Markama sin avisarme, llevándose a las chiquitas. La cuestión es que cuando regresé del trabajo, encontré la casa vacía y pensé que se había ido para siempre, llevándose a las chiquitas. No comí y hasta alrededor de las dos de la madrugada, en que volvieron, estuve angustiado, en una feísima duermevela, y de tan malhumor que le grité y cuando ella me contestó con un desplante verbal le pegué. Una sola cachetada, pero tan fuerte -o eso me pareció- y delante de mis chiquitas, que en el acto sentí una angustia insostenible casi hasta el punto de desmayarme. No me desmayé pero prometí en silencio no volver a hacerlo nunca más. Por suerte lo cumplí; pero aquello ya estaba hecho, y hasta el día de hoy me causa vergüenza.
Esa misma noche que debía encontrarme con Oona y había decidido no ir. No sentía dolor, ni pena, sólo una espantosa indiferencia. Veía los sucesos como puede hacerlo un pequeño animal perseguido desde el hueco en una colina. Me salieron estigmas en una mano y en un pie. Estaba leyendo en la habitación donde dormía solo como siempre un libro de Eliphas Levi alternándolo con otro de los Rosacruces, cuando sentí una picazón en la palma de la mano izquierda. Me rasqué pero al hacerlo vi que en el mismo medio de la palma tenía un punto rojo, como un absceso. Era un pequeña, rara herida, de donde manaba un hilito de sangre. Más tarde fui a bañarme y vi que tenía el mismo tipo de herida sobre el empeine del pie izquierdo. Esas llagas duraron tres días, coincidiendo con el final de la Semana Santa. Luego desaparecieron sin dejar huella.
Verdaderamente estaba agobiado. Hacía poco que había comenzado a trabajar en el diario -unos tres meses-, algunos aspectos del trabajo aún me costaban (particularmente las entrevistas políticas, u otras notas que debía hacer además del suplemento). Una tarde, como a las seis, estaba particularmente atareado cuando me dijeron por el teléfono interno que me buscaban en la puerta. Con la cabeza en otra cosa pero suponiendo que sería alguno de esos frecuentes "colaboradores" voluntarios trayendo alguna de sus "poesías", salí. Allí estaba Oona. Nos saludamos un poco torpemente por la turbación, y la hice pasar. En esos tiempos el programa "Estudiar con el Diario" ocupaba un rinconcito al costado de la escalera que lleva al archivo. Como no había nadie allí, la invité a entrar y cerré la antigua puerta. Escritorio de por medio, atribulados, estremecidos por los sentimientos, conversamos. Yo estaba acuciado por dos condicionamientos perentorios: por un lado, Lucía había decidido salir al centro justamente esa tarde y, aunque jamás viene a mi trabajo salvo que yo se lo pida, sentía terror de que se le ocurriera hacerlo (tiempo después, en una discusión, ella me espetó: "la vi de lejos a esa perra alemana, se metió corriendo a la librería de tu amiga Irene, se cagó, porque sabía que si se acercaba la iba a reventar"). Por otro lado, Pandolfi me había encargado un artículo bastante extenso que debía hacer "ya" pues tenía que salir mañana. Ella me reclamó allí por mis chanzas en ciertos bocadillos semanales que publicaba con el nombre de "El arte de las Calles". Como decía que se trataba de una mujer muy rubia y ella era la única que había en Rodeo, los vecinos la chanceaban. Comprendí su fastidio, pero le aseguré que no había la menor alusión a ella... era una especie de chiste pergeñado sobre la cantante sueca Roxette, que en ese momento actuaba en Buenos Aires... al contrario, yo la amaba tanto... no se lo dije, tal vez debería habérselo dicho, pero creo que Oona lo sintió; en ese momento llegó Rita, la secretaria; nos miró con cierto asombro pero no quiso ocupar su escritorio y con exquisita amabilidad subió al archivo para dejarnos solos. Oona quería conversar un rato conmigo y yo le dije que viniera a las ocho de la mañana del día siguiente. No podía (no sé que compromiso había asumido); finalmente lo dejamos para el siguiente (jueves 14, lo cual me permite discernir que la tarde del reencuentro fue entonces la del 12, el 12 de mayo de 1992). Reencuentro breve, tenso, encadenados por este campo de concentración de los prejuicios, los compromisos forzados, rodeados por los alambres erizados con las púas del temor, el cansancio, la culpa por los errores cometidos durante toda una vida llenándonos de prevenciones contra nosotros mismos; reencuentro estremecido, enervados igual como en la despedida, hacían dos años y medio ya, temblando por los nervios y el desgaste de esos días, ella fumando un cigarrillo tras otro; reencuentro doloroso pero con los corazones llenos de ese amor que sobrenadaba aunque quisiéramos ahogarlo.
Ella apareció a las 8 y 10 y estuvo un momento compungida por los diez minutos de tardanza; aunque había salido a las cinco de la mañana de Rodeo no había conseguido un colectivo que llegara antes. Yo fui un momento al baño y cuando regresé encontré una escena extraña y linda. Había llegado Ramón Buitrago y estaban, Ramón y Oona, mirándose con los ojos muy abiertos, asombrados el uno del otro, ella en mi escritorio él en el suyo separados por algunos metros y de frente; me encantó esa escena con aquel muchacho de tez oscura y armónicos rasgos negroides y la muchacha con cabellos de oro luciente y ojos de un azul clarísimo, brillantes, mirándose fijamente, como fascinados el uno por el otro (en el acto se me antojó hacer un afiche para la UNESCO, broma interior, no quise bromear con Oona porque estaba muy sensible). Recién al salir ella me preguntó humildemente si no me molestaba ir a un bar para tomar algo pues no había desayunado y yo me di cuenta de que estaba transida por el frío, su rostro y las manos casi como un papel; sentí otra vez culpa y pena (lo digo porque podría haberla invitado a tomar algo en la cantina del diario pero no lo hice por miedo y también porque sabía que estaba así debido a todas las incomodidades que había debido soportar por mí). Pero no encontrábamos un bar, dimos vueltas por la Roca hasta la Jujuy y desde allí hasta la 9 de Julio, preguntamos en una pizzería pero no servían café, hasta que al fin terminamos metiéndonos en un incómodo barcito para médicos y enfermos al lado del sanatario Norte. Allí, al lado de unos tipos que nos miraban de arriba a abajo, ella se atrevió a preguntarme luego de un rato de conversación: "¿Pero cómo puedes soportar el vivir así?" (refiriéndose a mi hostil convivencia con Lucía), y yo le contesté: "Por mis hijas; debo soportar cualquier cosa, por mis hijas; ya lo intenté y no puedo irme, no puedo irme. Voluntariamente he renunciado a la libertad" *.
(Siempre estoy pensando que ya tuve la oportunidad de enamorarme, primero con Laura luego con Oona y mi ciclo vital en este sentido quedó cancelado. Ambas fueron experiencias tan intensas -aunque la primera apagada, cerrada en sí misma aun antes de la muerte de Laura mientras que la segunda inconclusa, palpitante como una herida en un costado del corazón, pero me digo también si no serán ilusiones, malabarismos de los sentidos, excitados por la velocidad de los acontecimientos.)
Más tarde fuimos a caminar por el parque. Como si voláramos nos introducimos por los caminos de laja entre las frondas reverberantes de sol. El sol se insinuaba dulcísimo desde la costanera por entre las hojas oscuras de los chopos, los sicomoros, los eucaliptos; por los costados, los alambres tejidos guardaban monitos, serpientes, cabras, tortugas; los hombres rudos que comenzaban a barrer hojas secas con escobas artesanales nos saludaron con sorpresa amable; había alegría en sus ojos, ¡cómo alegra ver a dos enamorados!; éramos felices, y hacíamos felices a quienes nos miraban...
Caminamos hasta encontrar un banquito recoleto, en una bajante muy cerca del costado final del zoológico, junto a la acequia que limita del verde ascenso hacia la avenida de circunvalación y el río. Bajo de un árbol me preguntó por cierta foto que había salido en uno de mis libros, que ella llevara a una editorial alemana. Casualmente la tenía allí, se la mostré. Oona contempló la foto con mucho cariño, "Si te sobra una, puedes dármela", me dijo, pero no se la di; era la única que tenía. Como de tantas cosas luego me arrepentiría, sintiéndome estúpidamente mezquino. Pero le había preparado una copia del video sobre la presentación de ese libro.
No sabíamos qué hacer. No sabíamos qué decir. Entonces nos besamos. Larga, dulcemente, nos besamos. Sentí sobre mi rostro nuevamente sus lágrimas. Por arriba transcurrían los autos. Le pedí que me dejara cortar un mechoncito de sus queridos cabellos, lo hice con un poco de brusquedad y a ella le dolió. Pero se prestó con dulce sumisión a esa molestia. Por esos tiempos yo estaba estudiando un poco de magia y quería hacer sortilegios con su pelo para que no me olvidara y de hecho más tarde los hice, pero enseguida me preguntaba ¿para qué? Ni siquiera sé lo que va a ser de mi vida hoy.
Estuvimos allí hasta cerca de las diez de la mañana, entonces sugerí que debíamos volver. Regresamos por otro camino pisando las hojas doradas, ella estaba feliz, lo noté... yo también. Al salir por un angosto sendero Oona se agachó para tomar agua desde una canilla en el suelo... llevado por la inercia caminé unos pasos más, luego me volví... justamente para encontrar su figura larga que se extendía hacia mí echándome agua con la mano para hacerme una broma... un instante este movimiento bellísimo quedó suspendido con lentitud contra la cortina de árboles, entre cuyas hojas filtraban espadas de sol... las gotas avanzando lentamente hacia mí y transparentando el sol, ella desenvolviéndose graciosamente en un paso de baile avanzando con su torso y su mano derecha hacia mí, su pelo a través de las gotas, entre un as de luz... su sonrisa... su amor... éramos felices, oh qué felices fuimos en esos extensos segundos.
Caminamos luego contándonos chistes por el angosto sendero que pasa frente a la Industrial, yo me subí al cordón mientras nos acordábamos de sucesos chistosos de nuestro pasado común... recordé una noche en que, mientras trataba de escalar la ventana de la habitación donde dormía Oona salió un tipo y se puso a mear... de repente levantó la cabeza somnolienta y me vio... ¡se quedó desconcertado! Durante unos largos segundos estuvo dudando, con el pito en la mano acerca de qué hacer... los dos mirándonos; yo sin dejar de subir, llegué al ancho alfeizar... entonces el tipo resolviendo de golpe, como quien espanta un ensueño con un manotazo, se dio vuelta bruscamente y entró. Nos reímos de la anécdota que compartíamos por primera vez.
Cuando llegamos a la esquina de Libertad y 25 de Mayo venía un auto lujoso desde el norte... nos detuvimos en la esquina... pero el hombre que guiaba -alto, maduro- nos miró como sorprendido, y con un gesto de respetuosa cortesía, detuvo el vehículo en medio de la esquina para dejarnos pasar... nos miraba como asombrado.... ¡brillábamos!...
Al llegar a la puerta nos despedimos. Con un abrazo. Oona me dijo "Te quiero... -susurrando después: -¡mi amigo!..."
Subí a la sala de dibujo donde por entonces armábamos los originales del suplemento cultural, del cual prefería ocuparme personalmente. Era una tarea artesanal, había que pegar imágenes y textos en una plantilla que luego sería fotografiada, y con su negativo harían una plancha, para imprimirla por miles después, ya sobre el papel. Estaba tan soliviantado por los sentimientos que mi cuerpo parecía flotar. Abismado, me puse a trabajar en la página que interrumpiera la tarde anterior, entonces noté que por una casualidad la semana anterior Ariel Doria me había dado un poema que como estaba en su lecho de muerte yo quería publicar inmediatamente (además no abundan los poetas en Santiago); la leí y nuevamente el corazón me dio un salto... ¡parecía hablar de nosotros! "Hoy, jueves...", decía... ¡y era precisamente jueves!... Hoy, jueves, /...no sé si te quedaste conmigo/o si yo salí contigo... **
Noté que tenía el cuerpo como insensibilizado, me sentía incorpóreo, un puñado de energía evanescente, pugnando por desintegrarse, sin masa... no expresaba nada, posiblemente, hacia el exterior, estaba como sumido en esa maraña voltaica en que me había convertido... tenía el rostro ardiente... me quedé allí, armando la página cultural y escuchando música a un volumen muy alto -para que nadie me hablase- hasta el mediodía.
--------
* Sin embargo... sin embargo... Creo que constantemente he estado haciendo esfuerzos para amar a Lucía. Seguramente insuficientes, pues no solamente jamás conseguí suscitar en mí esa espontaneidad necesaria al amor de pareja, tampoco logré hacerla verdaderamente feliz con cierta constancia. Sí, debo felicitarme por haber logrado su sonrisa o cierta felicidad en muchos momentos, esto es justo. Ello era mi propósito deliberado. Varias veces me cuestioné acerca de esta actitud, diciéndome que era una especie de actuación teatral y por lo tanto mentirosa. Sin embargo, dependía de su eficiencia la estabilidad emocional de nuestra familia. ¿Puedo buscar mi propia felicidad si con ello pongo en peligro la de mis hijas? (Además, ¿no será esto el verdadero amor? ¿Acaso no es el amor la absoluta voluntad de darse, sin importar las aspiraciones o falta de ellas que puedan existir en nuestro interior?, me preguntaba.) Rudolf Steiner dice que las impulsiones de Lucifer actúan desde dentro de nosotros, llevándonos a desear ciertos objetivos que nos prometen satisfacción. ¿No será lo que llamamos "amor" (esa atracción ingobernable que sentimos por el sexo opuesto) tan sólo un engaño de Lucifer? Y el verdadero amor, la voluntad de hacer el bien y dar felicidad a quien se ha asociado con nosotros para construir una familia, a pesar de que no nos atraiga. Y ese mismo concepto, nuestro rechazo de la mujer con quien convivimos, quizá sea sólo una excusa para liberar los deseos más brutales y egoístas de un sentimiento de culpa. Tales eran algunos de los argumentos para sostener mi doloroso compartir la casa jornada tras jornada con Lucía. Pero ello tuvo sus frutos deliciosos, felices, durante la mayor parte del año 1995. Liberado de vínculos ocultos, aquel periodo quedaría en mi vida como un amanecer
...fulgurante (intenté describir su esencia, en Fulgor de los Damascos, 1998):
Un pote de miel, un platito de cerámica portando nueces, un paquetito con un compact adentro y junto a él un papel florido, escrito con un mensaje amoroso, todo ello sobre el pequeño mantel. La disposición de los objetos ha consistido para mí otro lenguaje aprendido a lo largo de toda la vida -una vida moldeada en sus inicios por las artes visuales. Esta disposición me emociona, es pura armonía, condición que devela siempre al amor. Amor no merecido (siento, aunque no quiero decírmelo, temo con ello mancillar el don impalpable, ese magnetismo inmanente de la disposición cósmica de los objetos que dicta en las manos, para componer, el amor). En realidad nada de lo más hermoso que nos sucede puede ser merecido, esto es, no puede ser premio a nuestro afán por obtenerlo, pues el solo habernos propuesto obtenerlo degradaría su calidad, convirtiéndolo en mero objeto de nuestro egoísmo. Por ello sorprende, suscita esa sensación de bondad infinita y pequeñez, torpeza extrema, desvalida inepcia y nuestros ojos lloran. El paquete tiene un compact de Miles Davis que de inmediato pongo (en el ínterin he trasladado el reproductor portátil hasta bien cerquita de donde ya he puesto la pava -sobre una esterilla artesanal-, y el mate, y la cucharita para tomar la miel); los primeros sonidos -perfectos, vibrantes-, vuelven a emocionarme mojando otra vez mis pestañas (todo muy en voz baja, todo con meticulosa prudencia pues Lucía y las cuatro chiquitas duermen). Chiquitas digo pero la mayor (la de antes de la cárcel) ya cumple 23 años y las que siguen (las de después de la cárcel) tienen 14, 13 y 10. Estas tres últimas no han presentado esa actitud extremadamente individualista de los adolescentes, sino conservan la unidad magnética de los equipos armónicos, bien constituidos. Ellas duermen pero han dejado las cosas dispuestas para que yo a las seis de la mañana sea feliz con el mate, el disco y la tarjeta que me han regalado, con su amor flotando alrededor y dentro de mí: es el día del Padre (luego vendrán más regalos, más afecto: veo en la elección del disco también un gesto generosamente conciliatorio, mi esposa no puede haber olvidado que es uno de los músicos cuyos temas me regalase, para su furia, aquella muchacha alemana que casi desbarata nuestra familia, no puede haber olvidado Lucía el haberme obligado a quemar toda aquella música sólo seis años atrás).
** ... La cuestión es que te estoy
hablando todo el tiempo con amor y
bronca por esta lluvia que no me deja
oír tu regreso...
21:10 Anotado en Books | Permalink | Comentarios (0) | Email esto | Tags: enespañol
Anexo III - E-mails
De: Oona Holst
A: Andrés Barela
Asunto - Lo que sucedió en Rodeo
Fecha: 22/9/2002 8:34:26 AM
Querido Andrés,
Gracias por todos los fragmentos de tu relato... te acuerdas de muchos detalles (diario?) de ese tiempo nuestro en Rodeo. Para mí está un poco lejos ahora... aunque pienso que fue un tiempo muy especial, diferente, y lo guardo así!
Gracias también por las felicidades... Aquí (en Tübingen) vivo y cambiaron -especialmente los últimos meses- algunas cosas. Voy a tener un bebé dentro de 7 semanas, estoy casada ahora y los próximos meses no tengo muchos planes.
Creo(?) tu cumpleaños es en agosto, verdad?
Me preguntas por el diario que llevaba en Rodeo, donde hay bastantes anotaciones que te mencionan... no lo tengo... cambié los últimos años varias veces mi vivienda... y dejé todos los "papeles" atrás.
...Sí, tienes una memoria muy ejercitada...! Leyendo me parecía ver todo otra vez, como en una película! Si sigues escribiendo las memorias me interesa leer más de lo que sucedió en Rodeo!
Me interesa también que hace Lucía?...está bién?
Quiero ir otra vez a Argentina y Santiago, me interesa ver como es ahora y como está la gente/amigos, pero no sé cuándo voy a tener la posibilidad!?
Para nuestra relación es bueno tenerla guardada, como algo muy lindo, mas ahora cada uno vive su/otra vida... pienso que es parte de la vida, que las cosas cambian...
Cómo está la "situación política" en Argentina?
Tienes mucho éxito con tus libros?
Te mando un saludo amistoso,
Oona
De: Andrés Barela
A: Oona Holst
Asunto: Me alegro mucho
Fecha: 24/9/2002 09.00 AM
Querida amiga:
Muchas gracias por tu respuesta. Me alegró muchísimo saber que vas a tener un bebé, ¡y te felicito por ello, a vos y a tu marido!
Para mí también es muy importante porque pone fin a toda una larga etapa de culpas y dudas.
Precisamente por eso no había escrito nada sobre nuestra relación. Siempre tuve la actitud de escribir sobre algún tema cuando tiene una definición clara.
Nuestra relación no la tenía. Primero te fuiste "como para siempre". Luego -cuando estaba logrando colocarlo en el pasado y arreglar un poco la situación familiar, volviste (en 1992)-. Aquella vez fue que escribiste, al regresar a Alemania, "tú eres el primer hombre a quien he amado". Más tarde (en 1994) viniste a Bolivia, y anunciaste que regresarías a Santiago. Me dijiste que vendrías en Agosto. Yo estaba en un momento crucial de mi vida y esta ambigüedad me debilitaba. Entonces fue que decidí poner fin a este pendoleo, con aquella carta que te envié a Bolivia, donde (exagerando un poco para hacerla definitiva) te decía que mejor era que cortáramos de una vez nuestra relación... y te pedía que no vinieras. De otro modo hubiese sido muy difícil emprender una etapa importante en la educación de mis hijas, una imprenta que puse, mis múltiples trabajos, una novela que escribí y otras actividades espirituales para las que necesitaba tranquilidad interior y libre disponibilidad de mis energías. Ese período se cumplió, con suerte, muy bien.
De repente, a principios de 2000, reapareciste a través de un mail (dijiste que habías encontrado una de mis direcciones buscando en internet). Parecías muy triste, casi desesperada por alguna razón que nunca me explicaste. Por ello me sentí muy conmovido y también con culpas por mi brusco alejamiento anterior.
Luego pasaron dos años en los cuales se reavivaron mis dudas, pues no se sabía lo que tú pensabas. Te mostrabas muy parca... pero no desaparecías del todo, pues cuando menos lo esperaba... ¡pif! Llegaba un mail tuyo.
Por suerte, esta última nota, donde me cuentas que estás embarazada, aclara la situación y pone mi panorama en orden. Alguna intuición me había impulsado a escribir casi todo lo sucedido entre nosotros, ahora, a comienzos de septiembre (una pequeña parte de ello es lo que te mandé). Quiere decir que estaba percibiendo más o menos lo que sucedía.
Respecto de la situación política... es un caos. Pero quizá sea mejor así, pues de los caos suelen salir soluciones superadoras (algunas veces).
Mis libros tienen moderado éxito. Lo suficiente como para sentirme bien. ¡Espero que alguien me proponga para el Nobel hacia el 2010! Si tú quieres, puede hacerlo.
Por otra parte:
Ya todas mis hijas son grandes, se ha cumplido el plazo que me había fijado (agosto de 2002) para sentirme autorizado a dedicarme con mayor intensidad a mis cosas. Trataré de emprender una nueva etapa en esta construcción, que empecé hace muchos años. Esto es, mi Castillo Interior. Un castillo que alberga a todos, a quienes amo y a quienes no amo, pero que debo amar. Pues "Den alles ist gut". Y sólo entendiendo esto podemos llegar a lo que constituye el sentido de la existencia humana sobre la Tierra: alcanzar el grado siguiente de nuestra evolución.
Este Castillo es lo único de mí que permanecerá, luego de que el efímero cuerpo que conociste desaparezca. En el espacio infinito, a través del Espíritu; en la Tierra, por medio de mis libros.
Te mando un saludo afectuoso, y que Dios te bendiga, a ti, a tu hijo y a tu esposo. De verdad deseo mucho que a partir de ahora podamos ser buenos amigos.
Andrés
21:00 Anotado en Books | Permalink | Comentarios (0) | Email esto | Tags: Arte

