15/07/05

Capítulo 10

Provocaciones

Desde aquella vez se repitieron situaciones semejantes, tantas veces que no puedo enumerarlas. Casi todas las noches, dejando a veces en el medio un par de ellas o cuanto más una semana -por casos de viaje o cuando por razones inexplicadas ella cerraba excepcionalmente las ventanas por completo, como durante algunas heladas invernales, estuve cruzando nuevamente la acequia, el matorral, la huerta, bajo la luna o sin ella, hiciera frío o lloviznara, para introducirme en su habitación y pasar allí un rato, acostado junto a la muchacha alemana, a veces encima, a veces con más suerte pero sin obtener anuencia para llegar a un acoplamiento integral. Ella había pasado de la oposición oficial a un dejar hacer indiferente, tal vez como nueva estrategia de resistencia pasiva. Hasta el mes de septiembre, en que hubo cambios sutiles, pero de gran trascendencia para nuestra relación. Mas ya llegaremos a ese momento, por ahora aún debemos detenernos un poco en otros aspectos de nuestra historia.
Al día siguiente de mi incursión luego de rasgar el mosquitero de su ventana, no vi prácticamente a Oona; recién al anochecer, me avisaron que la hippie puritana regresaría a Tucumán, debíamos acompañarla hasta la estación. A Oona y Sabine se había sumado por esos días Rolf, un joven flaco, bajito, de ojos azules rasgados y muy rubio -aunque completamente tostado por el sol- quien venía de contraer paludismo en unas minas de oro brasileñas, donde fuese a probar fortuna sin éxito. Era bello pero su rostro transmitía cierta crueldad indefinible; una barba amarilla manchada de tabaco, rala, cubría apenas su mandíbula; las pocas veces que sonreía, traía en el acto a la imaginación un lobo a punto de atacar. Pronto enamoraría a una de las cocineras, llevándosela consigo junto a un hijo que tenía, además de un muy buen libro de los amigos de Lovecraft que yo le prestara -regalo de Lucía, para peor, lo cual me abriría otro flanco por donde soportaría reconvenciones adicionales.
Con ese alemán, pues, que durante sus primeros días se mostraba algo sociable todavía, Sabine, Oona, más dos alumnos, acompañamos a la artesana a la estación, pues debíamos ayudarla a trasladar numerosos bultos con provisiones que llevaba para su comunidad evangélica en las montañas. Cuando la mujer me vio noté su estremecimiento; "tal vez me considera el diablo mismo", pensé por un chispazo de pavor que alcancé a captar en sus ojos, durante la fracción de segundo antes de que los bajara. Desde ese momento evitó mirarme plenamente; supuse que debía de haber escuchado lo sucedido.
Nuestra relación con Oona comenzó a atravesar entonces por una dialéctica de pasión-rencor. Cada uno de nuestros encuentros -o distanciamientos- sucedía con grandes satisfacciones pero escondía casi siempre algún acto que nos dejaba moralmente lastimados. Nos era muy difícil ocultar ya la atracción mutua. Apenas vernos en alguna reunión -por ese entonces muy frecuentes- comenzábamos a actuar el uno para el otro, de un modo muy evidente, aunque nos esforzáramos por disimularlo.
Mas era evidente que lo sucedido había escapado a sus previsiones, por lo cual se percibía cierto ofuscamiento en su ánimo hacia mí, que se manifestaba en expresiones de impaciencia. De pronto había perdido el status otorgado por Oona a todos los demás, a quienes trataba con delicada cortesía: hacia mí, en cambio, a veces se dirigía con cierta aspereza (dentro de lo que podía ejercer en tal sentido una mujer tan fina). Hasta que de un día para otro noté cierta sorna, cierta actitud de "¿te crees pícaro? ¡ahora verás!", en sus miradas. Había pergeñado una estrategia, como revancha por mi avasallante personalidad, para darme celos, tal vez, y quitar esa sensación de que la tomaba como "una mujercilla a la par", o para demostrarme que yo no le importaba nada, sino podía ser uno más de sus flirteos ocasionales, intrascendentes. No lo sé. Durante ese abril fue que ella comenzó a mostrarse muy cordial o hasta provocativa hacia algunos jóvenes, y resultaba evidente su intención de que me enterase puntualmente de ello. Coqueteaba con uno u otro, ocupándose de hacérmelo saber, a veces contándome directamente sus andanzas, otras mariposeando exageradamente con alguien durante alguna reunión, mientras echaba, de vez en cuando, miradas chuscas hacia mí. Estaba vedado de solicitar la más mínima explicación, dada mi condición de marido en ejercicio -aunque más no fuera aparente-; además de ello, jamás había intentado siquiera justificar mi acercamiento a Onna (alegando insatisfacción matrimonial, propósitos de separación o cuestiones así); no habíamos tenido tiempo para esto, tampoco yo había querido hacer ese ridículo papel. Por el contrario, evitaba hablar de Lucía con Oona, salvo cuando debíamos mencionarla por cuestiones laborales, y jamás la critiqué en presencia de la europea. Sí iba incubando un tumultuoso, indefinido resentimiento contra Lucía, que se manifestaba como un malhumor permanente durante los pocos momentos compartidos en el hogar. Como se recordará, dormíamos separados, así que no había oportunidad para el fingimiento. Y ella jamás tomó alguna iniciativa amorosa, en este sentido fue siempre una mujer difícil y hasta arisca.
En cuanto a la relación con Oona, mi actitud era asumir las cosas como se iban dando naturalmente.* Comprendo ahora, al ver el asunto en perspectiva, que ella se sintiese un poco vejada, por aquel tipo que se atrevía a meterse en su cama casi todas las noches, sin dignarse siquiera a mentirle algo para justificar la acción. Pues hacia el exterior nos mostrábamos con Lucía como un matrimonio normal, debido a lo cual incluso evité, hasta los últimos días, salir con Oona en el pueblo, aún cuando pudieran ir otros amigos. No lo hacía por una actitud hipócrita, sino por parecerme grosero en extremo el manifestar algún desprecio público hacia mi esposa. Dado que era imposible escapar a esa situación, al menos debía guardar las formas -eso pensaba. Sufría intensamente, cada día. La necesidad de Oona era un fervor permanente, que recorría mis venas como un gas, provocándome agudos cosquilleos apenas verla, a la distancia, momentos en que deseaba con toda mi alma correr hacia ella. Abrazarla, decirle públicamente que la amaba, que jamás había conocido a otra mujer como ella... esto era lo que pedía a gritos, mi corazón.** Miles de momentos así, día tras día, semana tras semana... en que debía contenerme... no había chances para nuestro amor... una y otra vez me lo repetía: debía comprenderlo. Como un profesor paciente hablando a un alumno idiota, me decía a mí mismo, desde el supuesto podio de la razón: "no obedezcas a tus sentimientos... te llevarán a un error"...
Nuestros afectos debían mantenerse bajo el estrecho cerco de su habitación, por las noches, o en algún infrecuente rato de apartamiento durante las tareas en común que inventábamos a veces, sólo para encontrarnos por unos minutos. Íbamos pues, cada día, con ansias de vernos, pero también con sentimientos de fatiga, más algunos dolores por una u otra situación equívoca acumulándose con otras anteriores en nuestra psiquis, hasta el punto de inducirnos agresiones mutuas -encubiertas, indirectas a veces, pero siempre muy filosas de su parte o demoledoras de la mía, tal era la carga emotiva que las proyectaba con gran fuerza desde atrás.

Uno de los momentos más altos de la provocación de Oona llegó durante el invierno. Otro sucedería poco después, y tendría como protagonista involuntario a mi propio medio hermano, un muchacho de apenas diecinueve años, hijo de un segundo matrimonio de mi padre. Ahora contaré el primero.
Un amanecer sumamente frío, al levantarme, vi un auto parado junto a la Guardería. Esto sucedió como a las seis de la mañana, mientras tomaba mate en el patio. Una media hora más tarde, yendo a buscar el diario, me topé casualmente con Oona al orientar mi bicicleta a la suave ruta descendente, que pasaba justo por la puerta de su casa. Ella salía, con un bidón de plástico y algunas hojas de revistas en las manos.
-Oh, Andrés -dijo -¡necesito tu ayuda!
Me detuve. Sin bajar de la bicicleta, le pregunté de quién era el auto detenido allí.
-Hemos conocido a dos muchachos, en Rosario. Ellos nos trajeron, van a seguir viaje a Tucumán-dijo.
-¿Y han pasado la noche en la Guardería?
-Ahá -contestó-.
-¿Duermen con ustedes?
-¡Nooo!-contestó, divertida- ¡han dormido en el comedor, hemos tirado un par de colchones allí!
-Bueno-, le dije-¿qué quieres?
-Por favor, ¿puedes ayudarme a encender el calefón?
La miré duramente antes de contestarle con furia chasqueante:
-Prendételo sola... si sabes actuar como una puta, también deberías saber encender un tonto calefón.
Ella sintió mi agresión como un golpe en el pecho, pues lanzó un quejido: se paró de golpe, su largo cuerpo pareció tambalear hacia atrás, como un junco mecido por la tormenta; sin esperar respuesta arranqué velozmente en mi bicicleta, lanzándome por la bajada, que enseguida adquiría mayor empinamiento. Al regresar, lo hice por otro camino, pero pude verla afanándose aún, de rodillas, con un montón de papeles abollados a la par, tratando de dar fuego sin éxito a una parva de leña que había amontonado en la hornera del gran calefón de hierro, destinado a calentar el agua para aquel edificio. Después de un rato me dio lástima y volví. Pero ya uno de los alumnos la estaba auxiliando y el calefón largaba humo. Habían logrado encenderlo. Sin llegar hasta allí, regresé con amargura en los labios. Tras aquel incidente, no fui a su casa por cerca de un mes. También traté de evitarla, lo más que pude.


Por esos días fui al cine con mis tres chiquitas -Sol, Ángela y Julita- a ver una película, sobre un gatito, que se perdía en el curso de un ancho río, corriendo luego aventuras comparables a las de Ulises. Había un solo cine en Rodeo, en un edificio antiguo con butacas de madera. Julia recién cumplía sus dos añitos pero disfrutó de las imágenes y los colores con nosotros, junto a sus hermanitas de cuatro y cinco. Fue un acontecimiento sereno y feliz. Luego fuimos a tomar un helado; al regresar, cruzando la ancha calle de tierra que flanquea a la estación, nos encontramos con Oona y Sabine. Iban al centro. Yo llevaba a Julita en brazos, Oona me la pidió para mecerla un poco. Todos los días Ángela y Julita iban a la guardería, pasaban la mañana entera allí, Oona las atendía con especial dedicación. Junto a los otros niños, jugaban, aprendían tareas constructivas como hacer cajitas de cartón, garabatear los más chicos, o habilidades más complejas junto a las primeras letras los que llegaban a los cuatro años, como Angelita. Estuvimos unos minutos allí, conversando en medio de la calle recién regada; luego nos fuimos en sentidos distintos,  gratificados por el encuentro.

* Estaba enamorado, por segunda vez en mi vida y actuaba como un adolescente. A la vez, debía guardar los modales y actitudes públicas que se esperaban de un hombre con casi cuarenta años de edad, una familia, responsabilidad máxima en una institución educativa, prestigio como escritor. Esto me corroía, cotidianamente, como nunca antes me sucediera. Pero a la vez me otorgaba felicidad. Los segundos transcurridos juntos eran un vivificante maná; luego los recuperaba, en mi memoria, una y otra vez hasta el próximo encuentro. Me inducían luces acariciantes, en lo interior, arrancaban tarareos de satisfacción, impensadamente, durante mis labores, al recrearlos bajo el sol.
** Por segunda vez. La primera había sido con Laura, a los 21 años. Nunca antes sentí lo que aquella vez. Luego un ancho silencio -no digo que careciera de afectos, algunos dulcísimos, en el interregno, pero ninguno conformado por semejante conjunción de sensaciones, pensamientos, melodías internas vividos en el primer amor. Ahora, otra vez me sucedía esto: mi mundo interior se había poblado de hadas. ¿Es cursi?... ¿Qué importa? Me hacía feliz. Yo había estado en las tumbas, mucho tiempo. Dejadme disfrutar de este anticipo del Paraíso, que me fuera otorgado en aquel año.

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13/07/05

Capítulo 13

Un alma gris

Entristezco aún hoy al rememorar el calamitoso estado de mi alma cuando ingresábamos en aquellos tórridos meses de agosto, septiembre y octubre de 1989. Durante ellos se iban a decidir asuntos importantísimos para nuestra familia, pues llegarían a su climax las dos cuestiones más exasperantes de aquellos días: mi conflicto con Peter Schmergen junto a la comisión directiva de la Stiftung, y lo que a esta altura ya se había convertido en una saturnina pasión por Oona. Iba alterado y cuitoso de aquí a allá, sin calma, sintiendo que me rodeaba una nube gris, como las mosquitas impertinentes infestando las osamentas. Llevado por una compulsión malsana, además, agregaba voluntariamente a esos factores la representación imaginaria, una y otra vez, de los sucesos referidos a nuestra relación con Laura, la muchacha muerta por un aborto provocado en 1973. Me sentía obligado a escribir esta novela, como un tributo a la memoria de la niña de 19 años, a quien consideré víctima de mi vileza, de mi cobardía, como una de las formas de purgar definitivamente esa culpa, arrastrada, desde entonces, con dolor atroz, pues desde que muriera no había descansado mi imaginación en el afán de hallar ocasiones para redimir la inmensa falta. Este ejercicio, sin embargo, me sumergía aún más en un talante sombrío, llevándome a veces hasta el borde del agobio moral, tal era el peso emotivo de la repetición mental despiadada, minuciosa, de cada detalle de lo sucedido entonces, a la que me había obligado sin descanso cada día, desde muchos años atrás. Oona notó esta nube que me rodeaba, una tarde, cuando entre el crepúsculo caminaba hacia mi casa y accidentalmente nos cruzáramos, ella viniendo de alguna parte en su bicicleta. Sólo nos saludamos con un "hola", yo seguí mi camino; iba apurado por alguna obsesión que me arrastraba hacia nuestra casa. Unos pasos más adelante la escuché llamarme:
-Andrés... -silabeó su voz acuática.
Al volver la cabeza la vi parada en la puerta de la guardería, con la bicicleta en sus manos.
-Piensas mucho vos... te va a hacer mal...
Todo me hacía mal. Me encontraba, además, muy solo. Trataba de huir de aquel sentimiento con actitudes violentas, llenando mi mente con historias del pasado, o escribiendo hasta que mis ojos no respondían más, cuando empezaba a ver todo lo que había frente a mí entre nieblas.
Para los miembros de la Stiftung me había convertido en un apestado, debido a mi largo enfrentamiento con Schmergen, quien finalmente contaría con el apoyo de la Comisión Directiva de Alemania, como contaba ya con el de la local. Mi esposa me agredía abierta o encubiertamente casi en todo momento, ya que por mi cerril actitud también sufría las consecuencias, siendo la principal de ellas el perder su puesto, por el cual recibía un sueldo, además de una importante dignidad jerárquica. Ella se había opuesto a que siquiera yo volviese a la Comisión Directiva local, en aquella Asamblea que ya parecía lejana, de agosto de 1988, cuando Di Chiara, uno de los apicultores, me propusiera como Vocal 1º. Lucía había votado en contra. Gané sin embargo, para su pesar. Su rencor se atizaba mucho con la sospecha -o los signos percibidos- de mi relación con Oona. No sacaba el asunto a relucir ya, posiblemente como una táctica para no aumentar las zozobras en nuestra situación, pero transitaba cada día con tanta hostilidad hacia mí, que me tenía constantemente sobre ascuas.
Hallaba un tanto de sosiego alguna vez, cuando luego de trajinar durante el día con trámites u otras tareas en Santiago, podía tomar tranquilamente una cerveza con un apreciado escritor, Ariel Doria, o cierto librero, con quien por entonces nos habíamos descubierto afines. Era, sin embargo, como asperjar agua con un hisopo sobre un caldero de aceite hirviendo.
La noche de mi cumpleaños fue una ocasión para eclosionar estos sentimientos que me conturbaban. Hicimos una fiesta en casa, por cierto con mucho asado, vino, cerveza, todo tipo de comidas en cantidad. Aprovechamos para homenajear a Dieter, también, pues pocos días después viajaba. Había venido a visitarlo su novia, una muchacha muy bonita, de estatura pequeña, quien casi no hablaba el castellano.
Oona había inducido a Sabine para pagar la reparación de mi grabador, descompuesto durante el invierno, a modo de regalo. Ella me lo había pedido unos días atrás, simulando que deseaba escuchar FM. Me lo entregaron envuelto primorosamente, pese a su gran tamaño.
Luego todo fue un desenfreno: ya borrachos, hacia la una de la madrugada, mi mediohermano Pío bailaba apretando escandalosamente a la novia de Dieter, besándola por todo el rostro, con ánimo exhibicionista. Dieter a su vez había pasado la noche conversando con Lucía, y en un momento lo sorprendí rozando, con expresión arrobaba, la punta de sus dedos. Por mi parte, en un momento en que Oona fuese a llevarle la mamadera a Julita, luego de que mi hija se durmiera aproveché para intercambiar algunas caricias con la suaba, a un costado de la fiesta. A la postre mi cerebro terminó alterado, no sólo por el alcohol, sino por el espíritu de putrefacción que sentía impregnar esa atmósfera. Como si esto fuera poco, al llegar a la Casa de los Alumnos, ya casi amaneciendo, uno de los artesanos, de quien se había enamorado Sabine -un petisito, apodado Granulillo, quien resultaba ridículo junto a la muy alta gorda- se derrumbó luego de vomitar por todo el piso. Con patética ternura, esa ballena alemana lo arrastró cuidadosamente por encima del vómito, limpiándolo enseguida con su propio pañuelito de mano y agua, mientras aprovechaba para arrullarlo un poco, pues hasta entonces el artesano casi no le había pasado bola. Oona invitó a Pío a dormir en su casa, lo cual me llenó de celos y colmó mi paciencia. Llamándola aparte, le prohibí que hiciera tal cosa, esto es, llevar a mi mediohermano, de quien tenía fundada desconfianza, a dormir cerca de su cama.
-¡Van a ir otros, incluso tu hermana!- me dijo.
-No importa-, me empeciné. -No quiero que te burles de mí acostándote también con él... con otro, revolcate si quieres, pero no con él.
-Soy una mujer libre, puedo decidir... -contestó.
Primero la tomé de los pelos atrayéndola; estrujando su cara entre mis dedos la obligué a retroceder, hasta chocar violentamente su cabeza contra la pared. Luego la tomé brutalmente de una muñeca, torciéndosela hasta hacer brotar lágrimas de sus ojos, que brillaron en la oscuridad.
-¡Puta de mierda!...-mascullé con voz ronca- ¿Vas a hacer lo que te digo, o no?
-¡Sí, sí, Andrés, por favor soltame!- gimió ella, muy impresionada también por el destello infernal de mis ojos. Cuando la dejé, huyó como quien ha debido vérselas con un lobo.
Al regresar a mi casa estaba tan enardecido aún, que fui a la cama de mi esposa y la desperté, insultándola por haber flirteado con el chico alemán. Dieter le había regalado como recuerdo un pañuelo palestino, esa noche; ella lo había dejado junto a la cama. Esto me enardeció más. Lucía reposaba entre nuestras tres niñas; dos de ellas, Sol y Angelita, se despertaron por la violencia de nuestra discusión, borrachos, considerábamos susurrar, pero de hecho debíamos de estar gritando.
-¡Has actuado como una puta, con ese pendejo! -le espetaba yo.
-¡No he hecho nada! ¡Estás loco, chiflado, a vos te tiene mal tu sucia cabeza!- respondía ella.
Pegándole un corto puñetazo, que creí medido sólo para intimidar, pero debe de haber sido muy fuerte, pues tres días después aún ella me enrostraba el dolor de su mentón, quise obligarla:
-¡Aceptá que has actuado como una yira! ¡Aceptalo!
Alcancé por segunda vez su mentón con un golpe breve, veloz; las niñitas empezaron a corear, asustadas:
-¡Decile que sí, mami, decile que sí!
Sus vocecitas abrieron una grieta en mi corazón duro; se disolvió mi perverso rencor para dar paso a una tristeza profunda, comprendí la vileza de lo que estaba cometiendo, vi mi endemoniada actitud y el daño que estaba provocando a mis hijitas.
-Dejame en paz, hijo de puta... -dijo ella, advirtiendo mi desconcierto: -¡Estás borracho!...
Pero ya me había parado, como si alguien me hubiese asestado un golpe de maza por la espalda, y me dirigía casi corriendo a mi habitación. Tirándome sobre la cama, hundí el rostro en la almohada, con la ilusión absurda de borrar mis acciones. ¡Cómo podía borrar la crueldad execrable que había cometido!... Ya no pude dormir. Poco después, por la mañana, me arrepentí de todo corazón, pidiéndo disculpas a Lucía. Pero era muy tarde ya. Ella ni siquiera se dignó a tomar en cuenta mis lamentaciones. No me perdonó; yo tampoco. De tal modo vine a sumar otra culpa a las numerosas que enturbiaban mi consciencia por entonces.

En medio de la pasión

Ya había perdido por completo la rienda de mis actos sentimentales, pese a los fugaces momentos de cordura sobrevenidos, generalmente después de algún exceso. Cierta película, que fue presentada aquí como "El paciente inglés", suscitó tiempo más tarde en mi ánimo un reflejo de lo vivido durante el año final de nuestro periodo en Rodeo. El actor posee más atractivos físicos que yo -y la actriz menos que Oona-; salvada esa diferencia, la atmósfera incandescente que envuelve los sucesos resulta asombrosamente parecida. Aquella pasión terminó en tragedia, resultado frecuente de semejantes combinaciones del magma humano al irrumpir súbitamente rompiendo el misterioso equilibrio cósmico, tal como lo mostrasen ya, magistralmente, Shakespeare y Goethe. En parte por mi horrenda experiencia con Laura, en parte por la inmerecida protección que Dios me otorgara, como premio quizás a mis desmañados pero incesantes esfuerzos para superarme, lo nuestro no terminaría en tragedia, como se verá, sino en bastante armónica, aunque levemente dolorosa concertación. Pero aún faltaba mucho... -¡14 años!- para eso... De momento, aquí estaba yo conducido por la pasión, como un buey llevando una argolla en el hocico, al cual tirasen desde allí con una cuerda, agravando la circunstancia que, casi inconsciente de mi pobre condición, creía la mayor parte del tiempo estar viviendo situaciones donde lograba mantener un decoroso control de mis acciones. Que no se originaban en motivos claros, por cierto, sino en un enredo de anhelos confusos y a corto plazo, entre los que se mezclaban el propósito de asumir la presidencia de la Stiftung, a través del método espurio ya descripto, el de terminar mi novela sin que nada me molestara, renunciando a todo otro compromiso -lo cual era contradictorio con lo anterior, evidentemente-, o vender todo, lo mejor posible, para trasladarnos con mi familia a Santiago, cosa que finalmente ocurrió. Entre ellos permanecía activa, como una llamarada de brea, la necesidad visceral de estar con Oona, de cualquier modo, en cualquier lugar, con el sólo límite que el muro de fuego de la adhesión a mis hijas levantaba; la sola, lejana idea de apartarme de mis hijitas, atravesando sin aceptarla por algún traspatio descuidado de mis pensamientos, me provocaba tan insoportable mortificación interior, que bastaba, en el acto, para borrar cualquier otra cosa que no fuese mi devoción hacia ellas.

Una muchacha codiciada

Contribuyendo al aumento de mi inestabilidad emocional venía a concurrir el extraordinario éxito con el sexo opuesto que obtenía Oona, sin proponérselo según creo, pero como es imaginable altamente halagüeño para su vanidad y útil también, de vez en cuando, para fustigarme. Creo que durante casi todo el tiempo en que estuvo aquí ella no me tomó demasiado en serio; infatuada por el acoso frecuente de candidatos de la más variada proveniencia y edad, supongo que mi presencia integraba esa ronda de estímulos cuyo sentido finalizaba en la grata sensación de poder femenino que seguramente ella alentaba en su fuero interno. Pese a que no hacía nada por provocarlos, incluso su modo de vestir más podría haber pasado por el de una novicia -siempre con los mismos o parecidos pantalones blancos y un tosco blusón, ambos de tela basta, a veces cierta remera blanca o camisa suelta- lo que se adivinaba debajo atraía bastante.
Entre esos acosos hasta se inscribió mi compadre, un piamontés, grandote, vociferante, rústico, agricultor con veleidades intelectuales, quien cierta vez, durante una siesta, la invitó al cine habiendo coincidido accidentalmente con ella en Santiago. Con la sala a oscuras, intentó abrazarla, debido a lo cual ella debió abandonar el sitio sin ver la película. Esta anécdota, narrada de modo coincidente por ambos, escocía en mi orgullo, pero no podía esbozar ninguna protesta -particularmente ante mi compadre- pues dado lo ilegítimo del vínculo (ni siquiera en la intimidad reconocido) no me asistía el más mínimo derecho sobre la joven suaba.
Este era un incidente menor, sin embargo, en el panorama hostil para mis sentimientos que se formaba desde la competencia masculina en relación con Oona. Había otro joven, estudiante de Ciencias Económicas en Tucumán, hacia quien sí sentía fundadas preocupaciones. Ella había salido con él en algunas oportunidades, y su reserva acerca de esta relación tenía sobre mis sentimientos parecido efecto a puñados de sal gruesa en lastimaduras recién abiertas. Con fría deliberación ella graduaba los comentarios, efectuados como al acaso, sobre el tema, cuando se proponía exacerbar mis celos. ¿Hacía esto únicamente como un fatuo ejercicio de su poder? ¿Significaba en parte una represalia por la indudable humillación que representaba ser "la segunda", incluso jamás confesada, en una relación sentimental que, aunque fuese efímera, como se planteaba, al momento era nuestra única, intensa realidad? Nunca lo supe. Nunca lo sabré quizás. La difícil comunicación verbal debido al poco manejo de nuestro idioma por parte de ella, y mi absoluta ignorancia del suyo de mi lado, resultó en estos aspectos una insalvable dificultad. Fue también, sin embargo, tal vez la mayor ventaja. Los desesperados esfuerzos por comprender al profundísimo ser espiritual que intuíamos el uno en el otro, nos llevó en ocasiones a desconocidos éxtasis de integración íntima, durante los contados momentos en que fuimos capaces de abandonar -por lo general con mucha torpeza, debido a nuestra inexperiencia- las prevenciones racionales y entregarnos a la corriente inductora que brotaba de nuestro interior.

Mi rostro de mujer

Mi esposa viajó un viernes porque debía efectuarse un control médico. Llevó a las chiquitas con ella: aprovecharían para visitar a nuestros parientes y regresarían el domingo por la tarde. Ese sábado yo estaba solo después de un largo día de restitución interior, provisto por mucha lectura, meditación sin limitaciones, algunos párrafos felices obtenidos del silencio y la soledad. Como a las seis de la tarde me puse a escuchar a Joâo Gilberto y la música me transportó. Dado que no podía volar, me sentí impulsado a subir en lo más elevado del interior de nuestra casa, un entrepiso hecho a tres metros y medio de altura, en la cocina que alcanzaba con su techo los cinco metros. Solamente con una bermuda de jean deshilachada, desnudo de la cintura para arriba y descalzo, alcancé ese estado de serenidad espiritual que jamás he podido conservar por mucho tiempo, pues actúa al parecer como llamador. Pues absolutamente siempre en tal circunstancia aparece alguien, así hubiera podido creerme transitando un espacio totalmente desierto. De repente vi a Oona asomando su cabeza aúrea por mi ventana. Me miraba admirada pues conocía esos sentimientos y los comprendía. Como aquella vez en que teniendo una cita con Laura sentí el desgarramiento de abandonar la escucha de Eric Burdon, cuyas composiciones me habían introducido en un espacio donde toda otra cosa que no fuese la música y yo sobraba, debí abandonar, también esta vez, el magnífico sitio en las alturas donde sintiéndome pájaro había acariciado la absoluta carencia de deseos.
Qué quería Oona. Invitarme a salir con la otra alemana y Granulillo, que a la sazón ya mantenía un fervoroso romance con la gorda Sabine. Irían a un bar, a comer algo, tomar algunas cervezas, quizás. ¿Yo quería ir? No, yo no quería ir. ¿Por qué?, me dijo, va a ser un rato amable, entre amigos. No, yo no quería ir. No importaba por qué. Bueno, saldrían en una hora, si me parecía bien, ella podía pasar antes de salir, para ver si cambiaba de idea. No, yo no cambiaría de idea. Insistió, algo poco frecuente en ella, pero mi decisión era pétrea. No quería saber nada de ir a cenar en un bar con ellas. Parecía aguijoneada por la lectura de mi pensamiento, en el cual instantáneamente se había formado la imagen en un bar del centro con la alemana a la cual se sabía mi amante tomando alegremente cerveza divirtiéndome mientras mi familia estaba ausente... comidilla apetitosa para ese pueblo de gente primaria que se aburría mortalmente sin chismes. Esta rapidísima visión me resultó deplorable en extremo, debido a la afrenta a la dignidad de mi esposa que ello podía significar. No importaba que rumoreasen lo que quisieran, los chismes no tendrían asidero válido mientras carecieran de un signo público mostrando otra cosa aparte de una afinidad, perfectamente justificable, entre compañeros de actividades. No fui, pero le recordé que al día siguiente teníamos una cita... ¡a las ocho de la mañana!... ¿No podíamos postergarla, para un poco más tarde? -preguntó. No, no podíamos. Esa noche ella salió con sus amigos y yo, interrumpido definitivamente en mis vuelos, me bañé, me puse la campera, me fui a caminar solitario por las calles de tierra de junto a la estación, pensando en ella, en mi esposa, en mis hijas, en la novela, en las crueldades de esta existencia, que a veces nos presenta el espejismo de alcanzar la felicidad únicamente si a cambio accedemos a efectuar el sacrificio de Abraham.
Fui a dormir temprano, luego de comer frugalmente. Por eso me levanté lleno de energías como a las cinco y media. Tomé mate viendo arribar las luces del domingo; luego me vestí tranquilamente, leí La Biblia, como todos los días. Y me puse a revisar algunos manuscritos mientras aguardaba el arribo de Oona. Los alemanes son esclavos de la palabra dada y los horarios. Considero a esto algo muy digno de elogio, pues la construcción de cualquier proyecto colectivo reposa sobre estos dos principios, como garantía básica para su desarrollo. A las ocho en punto Oona apareció, con anteojos oscuros, por el caminito que atravesaba el puente, junto al corral de los chanchos. ¡Debía haber puesto el despertador para cumplir con su compromiso, pues la noche antes seguramente se había acostado tarde!...
No sé con qué excusa nos reuníamos, probablemente algún programa de la Stiftung, pues recuerdo que desplegamos algunas hojas y un cuaderno que ella traía, sobre la mesa, durante un rato. Era una mañana hermosa de primavera, Oona llevaba una leve remerita blanca, marcando con claridad sus pechos. Se me ocurrió que no llevaba sostén y quise comprobarlo. Entonces me levanté y tomándola por la cintura desde atrás comencé a besarla. Metí la mano por bajo de la remera, para mi inmensa alegría, pues resultó tal como imaginaba. Ella me dejó hacer durante un rato, mas luego se levantó. Seguimos "trabajando", pero conversábamos sobre literatura u otros temas, hasta que notamos el paso del tiempo debido a la necesidad de Oona de mirar el reloj, pues quería regresar para atender su correspondencia, como se había propuesto. Eran casi las once. Para despedirnos, nos abrazamos junto a la puerta. Me había apoyado en la pared, y como me deslizara un poco, abriendo las piernas, para permitir que ella entrara en el hueco, quedé bastante más bajo, teniendo en cuenta que aún erguido Oona me superaba por unos tres o cuatro centímetros. Nos besamos un rato; el resplandor externo hacía brillar sus cabellos y me iluminaba la cara. Ella había envuelto mi cuello con su brazo izquierdo, fuertemente, y comenzó a acariciarme la frente, echando hacia atrás mi pelo. Me miraba, sorprendida...
-¡Tu rostro!...- dijo, inesperadamente: -¡Es... el de una mujer!...
No contesté, pues su observación me dejó completamente desconcertado.

La sima

Había venido el padre de Sabine. Era un hombre bondadoso, con aspecto de burócrata o arquitecto; alto, como de cincuenta y tres años, con el típico aspecto ajetreado de los individuos que habitan grandes ciudades, un poco pelado y canoso, por su fisonomía racial sugería más un inglés o norteamericano que un alemán. Cenamos abundantemente, en el patio que separaba la Guardería de la Casa de los Alumnos. Habíamos asado carne de cabrito, chorizos y naturalmente los tradicionales trozos de churrasco. Bajo la luna llena, tomamos muchísima cerveza... ¿Fué eso lo que me excitó tanto? ¿O las amables conversaciones, la ausencia de conflicto, luego de jornadas tan agobiantes como habían sido las últimas? Lo cierto es que apenas llegamos a casa fui a la cama de Lucía, como hace tiempo no lo había hecho, y tuvimos un frenético acto sexual. Después de ello, me retiré en mi cama. Había quedado insatisfecho, sin embargo. Sólo dormité un rato para levantarme enseguida. Comprobando que todos dormían, salí. Sin dificultad repetí el itinerario hacia la ventana de Oona; entré. Y otra vez, con gran presteza, me acoplé a la muchacha alemana. Ella me dijo que eyaculase afuera, "por seguridad". Lo hice. Estaba llegando a la sima de mi descenso por la más grosera senda de la sensualidad. Aunque confundido por una educación torpe y machista, yo creía que con las acciones que acababa de perpetrar había establecido una especie de hazaña.

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