15/07/05

Capítulo 1

Cómo empezó esta historia

Oona Holst llegó de Alemania el 10 de noviembre de 1988. Al día siguiente estaba en Rodeo. Yo me enteré de su llegada -aunque no de su nombre- por Lucía, quien hizo algunos comentarios cáusticos sobre ella antes del almuerzo. Por esto me puse alerta sin demostrarlo: si le había caído mal a Lucía probablemente era linda. -Típica alemana: grandota, cara de boba, horriblemente pálida, ojos celestes deshabridos; su castellano da risa- había comentado Lucía, sin asignarle demasiada importancia. Me quedé tranquilo, no me precipité a verla. Sabía que por mi responsabilidad -director del Centro de Capacitación- tarde o temprano debería encontrarme con ella, pues venía a trabajar como maestra jardinera.
Esto sucedió al día siguiente. Teníamos una reunión del consejo directivo, donde yo ocupaba ahora el puesto de primer vocal y se haría en la casa que fuera de Jörg Kolschröder -expulsado por mi anterior lucha-, ahora espacio de reunión y alojamiento para huéspedes. Habíamos venido bromeando con Helga Zummerling -otra alemana, casada con un santiagueño y desde hacía mucho tiempo habitando en La Banda-, al llegar ya estaban Peter Schmergen con los otros miembros de la comisión, un ingeniero y un maduro profesor. Apenas entrar la vi en el rincón más penumbroso, encima de un ancho sillón de algarrobo y cuero. Peter dijo quién era y ella apenas se incorporó, extendiendo una mano larga para saludarnos. Era muy alta. Parecía agobiada y asustada, con la expresión de quien se da cuenta, tarde, de haberse metido en un lío. Comprendí que el brusco cambio de clima no le había caído bien; aún parecía presentar los signos del cansancio por el largo viaje. Vestida de blanco -chaqueta holgada y pantalón ancho, ambos de hilo-, los dedos de sus pies, largos, emergían de dos rústicas sandalias.
Junto al extremo de la mesa, de espaldas a ella, se habían colocado el profesor Di Mateo y el ingeniero Ruiz, los otros miembros del directorio. Sin hacerle mucho caso nos sentamos con Helga ante el extremo opuesto de la mesa; yo quedé justo frente a la nueva alemana, aunque a unos cuatro metros de distancia. Por la ventana, meticulosamente protegida por mallas metálicas, filtraba el sol del verano. El pelo rubio, ensortijado, de Helga y sus anteojos de oro brillaban por los reflejos, se sonrojaba, una y otra vez. Ella era por entonces una mujer como de 34 años; nos regalábamos, en cada encuentro, un juego de sutiles afectuosidades, consistente en hacer chistes, generar códigos privados, minúsculas complicidades, pero principalmente en demostrar la alegría chispeante que nos embargaba con sólo vernos. No pasaba de esto, por respeto a nuestra condición de casados, o tal vez porque ninguno de los dos consideraba la mutua atracción tan indeclinable como para saltar los límites. Festejábamos, pues, a la menor oportunidad y nos sentábamos juntos en casi todas las reuniones.
A lo largo del tiempo que estuvimos allí Oona no había dejado de mirarnos. Lo hacía con una expresión fija, como abombada; su nariz me pareció larga, sus labios singularmente rojos, anchos, pulposos, recordándome al cuerpo sin caparazón de una langosta de mar. Sus cabellos, extremadamente rubios, caían planos, por los costados de un rostro de contorno muy germano. Físicamente, representaba a la perfección lo que desde Theodor Poesche y Wagner, en el siglo XIX, fuese llamado "pureza aria". Tentado estuve de darle la razón a Lucía, sobre la vacuidad de los ojos celestes. Parecía haber sólo bruma atrás. Algo me llamó la atención: el fragmento de sus sólidas piernas que se veía, entre los tobillos y la bocamanga del pantalón, estaba cubierta de pelusa dorada. Al parecer no tenía el hábito de depilarse, como las mujeres conocidas por mí.

 

Una fiesta infantil

Recién dos o tres días después volví a encontrarme con ella, para planear el trabajo de la guardería. Prácticamente no hablaba castellano, por lo cual la comunicación se hacía bastante difícil. Schmergen actuaba como traductor, pero era un tipo muy ocupado, así que deberíamos arreglarnos como pudiéramos en lo sucesivo. Habían citado a la maestra local que se contrataría para servir de ayudante: era una chica bastante linda, como de 19 años, ansiosa por trabajar y ganarse su propio sueldo, así que se esforzaba por quedar bien con la alemana. Se llamaba Lorena. En el ínterin ya había regresado de su expedición al norte Holger Bewerloh, otro huésped de la casa que ahora llamábamos "comunitaria", pero en realidad se usaba casi únicamente para alojar a alemanes. Holger era un estudiante de ciencias sociales que viniera unos meses atrás para cumplir con una pasantía. Alto, con barba y largos cabellos marrones, ojos oscuros medio cruzados bajo anteojos de vidrios gruesos, la piel quemada por el sol, no denotaba su condición de alemán salvo cuando empezaba a hablar.
Como una semana después volvimos a reunirnos, Oona, Lorena y yo; la alemana pidió inspeccionar nuestra guardería en construcción. Había avanzado algo -aunque muy poco- en su manejo del castellano, lo suficiente para lanzar algunas advertencias en un tono autoritario que no me agradó. Cosas como que "allí se cumpliría estrictamente con la disciplina", que todos "debíamos trabajar ordenadamente" y que "ella fijaría las tareas a realizar", parecieron mostrar una faceta rígida de su personalidad. Luego de mi primer rechazo interior comprendí que había sido adoctrinada por Schmergen. Eran aquellos prejuicios los que se expresaban a través de su boca; ellos unidos a la aversión que por entonces me tenía, debido a su creencia -por otra parte absolutamente injustificada- de que yo intentaba disputarle la supremacía en la organización. Me propuse no perder la paciencia, y aunque Schmergen tenía la ventaja sobre mí del idioma alemán, en el cual podía transmitir a sus connacionales ideas que no siempre podía conocer, acepté también en este espacio nuevo que se abría, la disputa entablada durante los últimos meses. Además -aunque todavía ni a mí mismo me lo confesaba- Oona me gustaba mucho, ya. Me gustaba y me desafiaba. Su personalidad era muy independiente, a diferencia de las mujeres argentinas, sin perder por ello un elevado refinamiento en sus modales. A diferencia, otra vez, de las mujeres argentinas, que creían afirmar su personalidad actuando groseramente, mientras en lo más íntimo seguían dependiendo lastimosamente de los hombres, en cuestiones vitales.
A pocos días de su llegada le pedí que me acompañara a una fiesta para niños que se hacía en un club de la ciudad. De paso, me ayudaría llevando a una de mis hijitas en su bicicleta. A la hora fijada, siete menos cuarto, estuvo en casa. Ella cargó a Angelita en su portaequipajes, yo a Sol. Pasamos un rato muy lindo, mirando los payasos y otros juegos para chicos de la fiesta. Pese a que ella casi no entendía el castellano, y había demasiado ruido como para conversar, nos entendimos. Al regreso, compramos unas latitas de gaseosa para mis hijas en un almacén que estaba a la salida. Tres sudorosos muchachones sin camisa tomaban cerveza, sentados en el suelo. Se notaba que habían salido de trabajar y se refrescaban. Uno de ellos me estiró la botella: la acepté, e hice un largo trago. Luego se lo agradecí con cortesía. Oona, desde su bicicleta junto al cordón, nos observaba sin perderse un detalle.
Una de esas primeras noches fuimos a cenar; por esos tiempos solíamos comer mucho, tomando bastante vino. Nos sentamos en la vereda de un pequeño restaurante, y pedimos milanesas a la napolitana. Noté que ella trataba de hacer, por cortesía, lo que nosotros. Entonces la obligué, malignamente, a comer y a tomar más de lo que necesitaba, sólo por divertirme con su cara, que se había puesto hinchada, como si estuviera a punto de vomitar. ¿Por qué actué así? No lo sé. Toda nuestra relación durante aquellos casi doce meses estuvo salpicada por arrebatos de crueldad encubierta en algunas de mis conductas hacia ella, debido a cierta inexplicable necesidad de lastimarla que me sobrevenían. También ella tendría, bueno es decirlo, actitudes crueles hacia mí (iba a reconocerlo, dos años después, en una carta). El día siguiente a aquella cena -a la cual habíamos ido con las chiquitas, Lucía y Holger- Oona no pudo levantarse hasta el atardecer por un ataque al hígado. Su cortesía la llevó a asegurarme que no había sido la comida, sino el no haberse aclimatado del todo aún al calor de Santiago, y mi cinismo a aceptar que así debía ser, cuando sabía perfectamente que estaba de tal forma por mi pesada broma de obligarla a comer sin necesidad.

La corrupción argentina

Algunos días después tuve oportunidad de reivindicarme y no la desaproveché. Su padre le había enviado un sobre acolchado que contenía una remera -pues sabía que en Argentina empezaba el verano- y un perfume. El sobre llegó abierto y adentro sólo había una carta... ¡donde entre otras cosas reiteraba que venían, junto con ella, la remera y el perfume! Pues en la carátula del sobre llevaba, aunque en alemán, la aclaración de su contenido, y más abajo, en castellano, una nota mencionando los objetos. ¡Nada les había importado a los empleados del correo, y con todo desparpajo le habían entregado a Oona el gran sobre prácticamente vacío!... Me indigné por esta perversidad padecida por mí en numerosas oportunidades, pero particularmente porque se trataba de una extranjera, ante quien estos imbéciles nos desprestigiaban brutalmente -por si hiciera falta aún más. Ella había venido a consultarme, acompañada con un profesor, acerca de cómo hacer el reclamo. Le dije que iríamos inmediatamente al correo. Tomé la camioneta, entonces, y unos cinco minutos después estábamos ante el jefe de la delegación local del Correo. Se disculpó pero dijo que él nada podía hacer, más que elevar una nota a Tucumán, donde estaba la aduana.
-¿Pero no está la aduana en Buenos Aires? -pregunté.
-Bueno, desde allí la mandan a Tucumán, para un segundo control. Recién luego de revisada, llega a la sucursal Santiago, y luego aquí.
-¿Qué debemos hacer, entonces? -pregunté-: ¡Esta situación es vergonzosa, la señorita es europea, hace apenas unos días ha llegado a nuestra patria, mire la idea de nosotros que les estamos dando!...
Oona nos miraba alternativamente, quizá sin entender todo lo que yo decía pues hablaba muy rápido, mas seguramente se daba cuenta de mi indignación.
-Presente una nota, dirigida al jefe de Distrito, en Santiago. Aunque, mire, entre nosotros, yo creo que las cosas las han robado en la misma aduana del correo, en Tucumán.
-¿Usted está dispuesto a denunciar eso en Santiago? -le pregunté. El tipo me miró como si fuera estúpido.
-¿No le dije acaso "entre nosotros"? -recalcó.-Es una suposición. Pero es lo que pasa siempre. ¿Y quiere que le diga más? Va a ser muy difícil que puedan recuperar algo.
Esa actitud resignada ante la corrupción de nuestra sociedad me hizo hervir la sangre. Sin inmutarse en absoluto, un funcionario del Correo me estaba diciendo ¡que no valía la pena intentar aclarar un robo en su propia institución, porque era algo habitual!... Se mostraba impaciente, además, como si por una cuestión nimia estuviésemos distrayéndolo de sus importantes ocupaciones. No disimulaba su deseo de que nos fuéramos de una buena vez. -Entonces haremos la denuncia en la policía -amenacé.
-Usted es dueño de hacerla, profesor -contestó el hombre, que me conocía. Pero bajó los párpados, y por su expresión comprendía que estaba pensando "no van a conseguir nada".
Enfurecido enfilé a toda velocidad con la camioneta hacia la policía. Oona corría tras de mí cuando caminábamos y soportaba estoicamente las bruscas aceleradas, a mi lado en la camioneta y los portazos que daba al subir o bajar -como si de ese modo pudiera obtener mejores resultados. En realidad estaba tratando desesperadamente de indicar que no todos los argentinos éramos como esos hijos de puta del correo de Tucumán, o de donde mierda fuera quienes le habían robado. *
En la comisaría nos atendió un gordo suboficial con bigotes de vizcachón. El escepticismo del dependiente de correos tenía su paralelo en el escribiente que nos tomó la declaración. Oona firmó como denunciante, yo como testigo.
Y allí terminó la historia. Jamás conseguimos resultado alguno, ni siquiera que determinaran el lugar aproximado donde los objetos habían desaparecido, pese a que fuimos dos o tres veces más a la policía, y preguntábamos cada vez que pasábamos a retirar otra correspondencia en la delegación postal. Finalmente nos ganaron por cansancio.

* Este tipo de violaciones en el Correo Argentino me ha ocurrido en numerosas oportunidades, con libros, cartas u otros envíos. Pese a sufrir mucho con ellas, me había resignado en parte atribuyéndolas al brutal sistema de espionaje que sobreviviera intacto luego de la dictadura militar. Obviamente controlarían la correspondencia de quien había sido un revolucionario conspicuo. Cuando sucedió lo de Oona, constaté que todos estábamos sometidos a este humillante tratamiento por parte de los empleados del correo, y ya no creí que fuesen únicamente los esbirros quienes nos lo aplicaran a los sufridos usuarios. Por si hiciera falta subrayarlo aún más, en el año 1996 sufrí el robo de un CD de cierto envío mensual que me efectuaban de Italia. Era la segunda vez. La primera -el mes anterior- me habían robado el sobre completo. Reclamé a Italia, y me lo mandaron de nuevo, esta vez por un correo privado que lo trajo a mi casa envuelto como si fuese material radioactivo. Me dio vergüenza de que los italianos tuviesen que apelar a semejantes prevenciones, con un gasto muchísimo mayor para sus envíos. La segunda oportunidad en que la revista mensual con los CD a que estaba suscripto no llegó, fui al Correo Argentino por centésima vez en mi vida con el ánimo protestar. Debido principalmente a que durante algún tiempo había sido proveedor de impresiones para ellos y me tenían cierto respeto -por mi trayectoria pública como escritor y periodista- conseguí luego de pasar de un burócrata a otro que el Jefe de Depósitos me concediera entrar aquella tarde para buscar yo mismo entre la correspondencia desechada... allí encontré el grueso sobre con mi nombre y dirección, abierto, solamente con la revista mensual sobre música que recibía -manoseada, arrugada- pero sin los CD que habitualmente traía. Buscando un poco más, encontramos uno de ellos... Era indignante: la durísima envoltura de plástico que aislaba la revista y los CD había sido completamente desgarrada, luego de abrir el sobre brutalmente, para robar su contenido. En su portada la revista anunciaba claramente que traía dos CD... se lo hice notar al Jefe. Este todavía me miraba como si yo fuese un impertinente, como si en vez de haberme perjudicado ellos a mí yo los estuviese molestando, agraviando... La corrupción de este país ha llegado a todos los ámbitos de nuestra sociedad: he ahí una de las causas principales de nuestra decadencia en picada de los últimos años. Podría contar cientos de situaciones sucedidas sólo con el Correo... pero basta.


Aquella vieja canción

Una tarde, mientras seccionaba mosaicos para el piso de la guardería junto a los albañiles, se cortó la punta del dedo con una máquina. Me avisaron y fui a auxiliarla. Me impresionó bastante ver aquello pues se había rebanado literalmente un pedazo de la yema del índice izquierdo. La acompañé a su casa y la curé, desinfectando la herida con agua oxigenada y envolviéndola luego con gasa, que pegué con cinta adhesiva. En el ínterin ella sufrió una leve descompensación, por lo cual la ayudé a ponerse en cama, como estaba (con su pantalón ancho y su chaqueta blancos un poco manchados de tierra, con sandalias). Discretamente me senté en un rincón y otra vez la tuve mirándome como entre brumas, los cabellos en desorden un poco mojados en transpiración. Sentí piedad -mezclada con afecto- hacia aquella muchacha de expresión desolada, y se me ocurrió cantarle algo pues había allí una guitarra. El único tema que me salía aceptablemente era una vieja balada romántica de Luis Aguilé, que decía "Siento que no escuchas, ni siquiera mi canción... ella fue testigo, de todo mi dolor", y en el estribillo declaraba la imposibilidad de vivir sin el amor de una muchacha ideal. Oona abrió mucho los ojos, sorprendida, pero cambió su expresión, volvió a ponerse un poco ruborosa, y a medida que avanzaba la canción noté que mi música la regocijaba. Terminé el tema y guardé la guitarra, levantándome para dejarla descansar, según alegué. Me despedí dándole un beso en la frente y acariciando apenas sus cabellos, que me parecieron extraordinariamente suaves. Desde aquel momento ya no pude olvidarla.

La música del alma

Ya no pude dejar de pensar en ella a pesar de que lo intentaba constantemente. Por lo demás la veía a cada tanto, de lejos, ir y venir, saliendo o entrando de la casa, cruzándose hacia la guardería -que estaba en un punto intermedio entre nuestra casa y la de ella, a unos cien metros de cada una, junto a la casa de los alumnos, formando un ángulo más o menos de 75 grados entre las cuatro.
Una mañana la vi entrar en la guardería casi terminada, y me fui enseguida pues además yo tenía que salir pasando por allí. Entré, ella estaba acomodando unos pequeños muebles que habían traído de la carpintería. En el acto se me ocurrió decirle "¡Feliz cumpleaños!", y antes que pudiera reaccionar tomé su rostro entre mis manos y la besé en los labios. Fue un dulzor breve; ella me apartó pronto aunque sin brusquedad, diciendo, perpleja:
-¡Pero hoy no es mi cumpleaños!
A lo que contesté.
-Ah, ¿no? ¡Pero podemos empezar a celebrarlo!
-¡Schaize!-, murmuró ella torciendo la cara, aunque con expresión divertida, en una actitud que iba a repetirse luego ante mis salidas inesperadas. Yo no tenía la menor idea de cuándo era su cumpleaños, se me había ocurrido la treta en aquel instante.

Por las noches no podía dormir pensando en algo que se imponía a mi imaginación: ir a buscarla. Una y otra vez me veía atravesando el campo y acercándome a su ventana, para pedirle que me dejara entrar. Sería muy riesgoso hacer esto, pues en la habitación de al lado dormía Holger, al cual se había agregado por esos días otro alemán que iba a estar tres semanas. Un domingo por la noche no resistí más y me lancé a la aventura. Había preparado la situación yendo a dormir en la casa de los alumnos; esta poseía una habitación para el preceptor, que nadie usaba. Los chicos habían estado diciendo en esos días que tenían miedo, pues escuchaban ruidos de noche: eran muy supersticiosos, temían a los aparecidos (almas en pena y esas cosas). Con ese pretexto dije que iría a acompañarlos. Lo que me proponía en realidad era poder salir, sin que Lucía se enterase, para buscarla a Oona. Se me había ocurrido la loca idea de invitarla a caminar por el campo, bajo la luna. Soñaba con eso. Y nos veía a los dos, sentándonos a la orilla del ancho canal, entre los eucaliptus y los álamos.
Como se recordará teníamos unos diez alumnos, de entre 14 y 18 años, escogidos de entre familias muy pobres, aborígenes, del norte de Salta. Ellos estaban becados por la Stiftung para hacer un aprendizaje agrotécnico en nuestras instalaciones y vivían allí. Con impaciencia mordiente esperé que todos se durmieran. Eran como las doce y media cuando me escabullí sin hacer ruido. Atravesé el extenso campo abierto como quien pisa un espacio minado, pero nadie me vio. Por fin llegué a su ventana. Todo estaba bastante iluminado, pero sobre aquel sector caía la suave sombra de un ciprés. Esa noche era más peligroso aún hacer mucho ruido, pues como había habido una fiesta o algo así, se había quedado a dormir también uno de los profesores en la otra habitación, junto con los alemanes. Cuando recuperé el aliento, empecé a rascar la tela metálica de la ventana, entonces, y a llamarla.
-¡Oona! ¡Oona! -susurraba, sintiéndome asustado y ridículo a la vez. Nadie me contestaba. Pero escuché el leve sonido de su cuerpo moviéndose en la cama, y comprendí que estaba despierta. Se ve que había decidido no atenderme, sin embargo, pues se mantuvo en silencio, hasta que consideré demasiado riesgo el continuar allí y me retiré.
A la mañana siguiente debía viajar a Santiago, pero antes de salir -muy temprano- decidí pasar a saludarla. Ella estaba preparando algunos papeles cuando entré. Me miraba con expresión asombrada, curiosa e inquisitiva. En cierto momento me preguntó: -¿Vos has estado en mi ventana anoche?
Yo le contesté, simplemente:
-Sí.
-¡Oh!-dijo ella-. ¿Y por qué?
Miré un instante para otro lado, hacia el resplandor del sol que comenzaba a entrar, reflejado, por la ventana. Sin contestar me despedí, presuroso, dándole un beso en la mejilla. Ese día anduve en Santiago haciendo trámites para la Stiftung pero sin poder olvidar cada detalle de ese breve encuentro, el dulce rostro de Oona que a la sazón se había vuelto sonrojado y vital, sus ojos celestes tan luminosos, su pelo como una lluvia de oro suavísimo cayendo en graciosa melenita a los lados, y sus labios, tan carnosos, de dibujo tan exquisito, tan expresivos. Su voz que parecía musicalizar cada palabra, pronunciada en un tono deliciosamente culto sin jamás levantar la voz ni proferir en ningún momento la menor desarmonía. Su voz era suave, su tono tenía ciertos matices sentenciosos, modulaba los sonidos de tal forma que parecían llegar a través de un filtro acuático.
Por otra parte, su personalidad era encantadora; exhibía modales de un refinamiento natural, sin el menor asomo de afectación, y enseguida comprobé que su inteligencia era tan aguda que le permitía comprender la sensibilidad de todas las personas a su alrededor para evitar provocarles incomodidad, cosa que la preocupaba especialmente. No había nadie poco importante para ella, a todos trataba con exquisita dedicación y cortesía. Todo esto era lo que me iba enamorando irresistiblemente, y no sólo una belleza física, como podría haber sido en una situación vulgar. Volvía de Santiago y quería verla. Salía al patio y quería verla. En todo momento quería verla; mi vida se convirtió entonces en una búsqueda incesante de oportunidades para estar cerca de ella, o al menos mirarla de lejos si no lograba algún pretexto para compartir un lugar juntos. No se presentaba muy fácil ahora, dado que mi área estaba relacionada únicamente con los pupilos adolescentes, un pequeño grupo; la guardería era, por decisión del directorio, autónoma. Trataba de participar, pese a ello, de alguna actividad relacionada con los últimos preparativos. Se planeaba ponerla en funcionamiento más o menos en tres meses, así que aquello era un constante ir y venir de albañiles, carpinteros, pintores, soldadores de metal, en el medio de los cuales siempre se destacaba la figura esbelta y grácil de Oona. Yo ardía en deseos de poder mirar su cuerpo, y una tarde, conversando brevemente con ella desde mi bicicleta le pregunté si no acostumbraba usar shorts. Me contestó que no, dejándome decepcionado. Iba y venía casi todo el tiempo con ropas claras y muy anchas, de hilo o algún material semejante.
Una y otra vez nos encontrábamos, incidentalmente; yo atesoraba en la imaginación esos encuentros, repitiéndolos en mi interior cada vez que podía. Cierta mañana fui al correo y pasé a preguntarle si quería que trajese también su correspondencia. Estaba escuchando atentamente algo, con auriculares, cuando entré; se los quitó un momento para atenderme. Le pregunté si era música. "¿Quieres escuchar?", invitó, extendiéndome el aparatito: "toma". "Toma" repitió, "llévalo". "¿Y vos?", me preocupé. "No importa", dijo. "¡Llévalo! Es mejor así."
Era un día algo caluroso, de viento norte. Salí a la ruta en mi bicicleta, con los auriculares calzados... y enseguida me pareció volar. La música que escuché me transportó inmediatamente a un nivel suprafísico. Era el Köln Concert, aunque por entonces increíblemente yo no lo conocía.* Esa música me tuvo mucho tiempo extraordinariamente ensoñado, era como si me hubiese infundido alguna poción en la sangre.
Holger por ese entonces pasaba mucho tiempo con ella, era evidente su inquietud por cuidarla (especialmente de algunas acechanzas masculinas como la mía). Primero con la excusa de la traducción -pues ella no manejaba con fluidez aún nuestro lenguaje- iba a casi todos los lugares públicos adonde la invitaban. Luego se hizo habitual su aparición sin que lo llamaran. Pero Oona, a quien no le agradaban los pegotes, pronto empezaría a quitárselo de encima.

* Keith Jarret, piano. The Köln Concert. January 24, 1975. Recorded live at the opera in Köln, Germany. Enginer: Martin Wieland, Photos: Wolfgang Frankestein, Cover Design: B&B Wojirsch, Produced by Manfred Eicher. ECM Records, 1975.
** Algunos años después comprendería que la música consistía para Oona en parte sustancial de su manera de hacer el amor, como una prolongación suprafísica, que iba envolviendo en un densísimo abrazo etéreo a quien ella solía dirigir sus atenciones. Estas consistían en darte a escuchar tal o cual tema musical o -como ocurriría más adelante conmigo- en regalártelos grabados por ella misma, en cassettes, cuyas carátulas artesanales armaba recortando figuras de revistas, a las cuales agregaba toques personales, sea por medio de collages, sea por medio de dibujos. Esto explicaba su desdén hacia los métodos tradicionales de encantamiento propios de las mujeres bellas, esto es, insinuar partes de su cuerpo, usar actitudes o miradas cargadas de sensualidad. Oona poseía un otro cuerpo, muy poderoso, que no se podía ver con ojos físicos. La música, actuaba, entonces, para ese otro cuerpo, como los tentáculos pudieran hacerlo en un calamar. Si ella quería decir: "te amo", imprimía no sé de qué manera tales sentimientos en los temas musicales, que grababa con gran meticulosidad, y al escucharlos sentías constantemente una susurrada voz, y a su cuerpo abrazándote y acariciándote desde el aire. La música iba a jugar, pues, un rol vitalísimo en todo nuestro corto -y largo- romance.

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