15/07/05

Capítulo 10

Provocaciones

Desde aquella vez se repitieron situaciones semejantes, tantas veces que no puedo enumerarlas. Casi todas las noches, dejando a veces en el medio un par de ellas o cuanto más una semana -por casos de viaje o cuando por razones inexplicadas ella cerraba excepcionalmente las ventanas por completo, como durante algunas heladas invernales, estuve cruzando nuevamente la acequia, el matorral, la huerta, bajo la luna o sin ella, hiciera frío o lloviznara, para introducirme en su habitación y pasar allí un rato, acostado junto a la muchacha alemana, a veces encima, a veces con más suerte pero sin obtener anuencia para llegar a un acoplamiento integral. Ella había pasado de la oposición oficial a un dejar hacer indiferente, tal vez como nueva estrategia de resistencia pasiva. Hasta el mes de septiembre, en que hubo cambios sutiles, pero de gran trascendencia para nuestra relación. Mas ya llegaremos a ese momento, por ahora aún debemos detenernos un poco en otros aspectos de nuestra historia.
Al día siguiente de mi incursión luego de rasgar el mosquitero de su ventana, no vi prácticamente a Oona; recién al anochecer, me avisaron que la hippie puritana regresaría a Tucumán, debíamos acompañarla hasta la estación. A Oona y Sabine se había sumado por esos días Rolf, un joven flaco, bajito, de ojos azules rasgados y muy rubio -aunque completamente tostado por el sol- quien venía de contraer paludismo en unas minas de oro brasileñas, donde fuese a probar fortuna sin éxito. Era bello pero su rostro transmitía cierta crueldad indefinible; una barba amarilla manchada de tabaco, rala, cubría apenas su mandíbula; las pocas veces que sonreía, traía en el acto a la imaginación un lobo a punto de atacar. Pronto enamoraría a una de las cocineras, llevándosela consigo junto a un hijo que tenía, además de un muy buen libro de los amigos de Lovecraft que yo le prestara -regalo de Lucía, para peor, lo cual me abriría otro flanco por donde soportaría reconvenciones adicionales.
Con ese alemán, pues, que durante sus primeros días se mostraba algo sociable todavía, Sabine, Oona, más dos alumnos, acompañamos a la artesana a la estación, pues debíamos ayudarla a trasladar numerosos bultos con provisiones que llevaba para su comunidad evangélica en las montañas. Cuando la mujer me vio noté su estremecimiento; "tal vez me considera el diablo mismo", pensé por un chispazo de pavor que alcancé a captar en sus ojos, durante la fracción de segundo antes de que los bajara. Desde ese momento evitó mirarme plenamente; supuse que debía de haber escuchado lo sucedido.
Nuestra relación con Oona comenzó a atravesar entonces por una dialéctica de pasión-rencor. Cada uno de nuestros encuentros -o distanciamientos- sucedía con grandes satisfacciones pero escondía casi siempre algún acto que nos dejaba moralmente lastimados. Nos era muy difícil ocultar ya la atracción mutua. Apenas vernos en alguna reunión -por ese entonces muy frecuentes- comenzábamos a actuar el uno para el otro, de un modo muy evidente, aunque nos esforzáramos por disimularlo.
Mas era evidente que lo sucedido había escapado a sus previsiones, por lo cual se percibía cierto ofuscamiento en su ánimo hacia mí, que se manifestaba en expresiones de impaciencia. De pronto había perdido el status otorgado por Oona a todos los demás, a quienes trataba con delicada cortesía: hacia mí, en cambio, a veces se dirigía con cierta aspereza (dentro de lo que podía ejercer en tal sentido una mujer tan fina). Hasta que de un día para otro noté cierta sorna, cierta actitud de "¿te crees pícaro? ¡ahora verás!", en sus miradas. Había pergeñado una estrategia, como revancha por mi avasallante personalidad, para darme celos, tal vez, y quitar esa sensación de que la tomaba como "una mujercilla a la par", o para demostrarme que yo no le importaba nada, sino podía ser uno más de sus flirteos ocasionales, intrascendentes. No lo sé. Durante ese abril fue que ella comenzó a mostrarse muy cordial o hasta provocativa hacia algunos jóvenes, y resultaba evidente su intención de que me enterase puntualmente de ello. Coqueteaba con uno u otro, ocupándose de hacérmelo saber, a veces contándome directamente sus andanzas, otras mariposeando exageradamente con alguien durante alguna reunión, mientras echaba, de vez en cuando, miradas chuscas hacia mí. Estaba vedado de solicitar la más mínima explicación, dada mi condición de marido en ejercicio -aunque más no fuera aparente-; además de ello, jamás había intentado siquiera justificar mi acercamiento a Onna (alegando insatisfacción matrimonial, propósitos de separación o cuestiones así); no habíamos tenido tiempo para esto, tampoco yo había querido hacer ese ridículo papel. Por el contrario, evitaba hablar de Lucía con Oona, salvo cuando debíamos mencionarla por cuestiones laborales, y jamás la critiqué en presencia de la europea. Sí iba incubando un tumultuoso, indefinido resentimiento contra Lucía, que se manifestaba como un malhumor permanente durante los pocos momentos compartidos en el hogar. Como se recordará, dormíamos separados, así que no había oportunidad para el fingimiento. Y ella jamás tomó alguna iniciativa amorosa, en este sentido fue siempre una mujer difícil y hasta arisca.
En cuanto a la relación con Oona, mi actitud era asumir las cosas como se iban dando naturalmente.* Comprendo ahora, al ver el asunto en perspectiva, que ella se sintiese un poco vejada, por aquel tipo que se atrevía a meterse en su cama casi todas las noches, sin dignarse siquiera a mentirle algo para justificar la acción. Pues hacia el exterior nos mostrábamos con Lucía como un matrimonio normal, debido a lo cual incluso evité, hasta los últimos días, salir con Oona en el pueblo, aún cuando pudieran ir otros amigos. No lo hacía por una actitud hipócrita, sino por parecerme grosero en extremo el manifestar algún desprecio público hacia mi esposa. Dado que era imposible escapar a esa situación, al menos debía guardar las formas -eso pensaba. Sufría intensamente, cada día. La necesidad de Oona era un fervor permanente, que recorría mis venas como un gas, provocándome agudos cosquilleos apenas verla, a la distancia, momentos en que deseaba con toda mi alma correr hacia ella. Abrazarla, decirle públicamente que la amaba, que jamás había conocido a otra mujer como ella... esto era lo que pedía a gritos, mi corazón.** Miles de momentos así, día tras día, semana tras semana... en que debía contenerme... no había chances para nuestro amor... una y otra vez me lo repetía: debía comprenderlo. Como un profesor paciente hablando a un alumno idiota, me decía a mí mismo, desde el supuesto podio de la razón: "no obedezcas a tus sentimientos... te llevarán a un error"...
Nuestros afectos debían mantenerse bajo el estrecho cerco de su habitación, por las noches, o en algún infrecuente rato de apartamiento durante las tareas en común que inventábamos a veces, sólo para encontrarnos por unos minutos. Íbamos pues, cada día, con ansias de vernos, pero también con sentimientos de fatiga, más algunos dolores por una u otra situación equívoca acumulándose con otras anteriores en nuestra psiquis, hasta el punto de inducirnos agresiones mutuas -encubiertas, indirectas a veces, pero siempre muy filosas de su parte o demoledoras de la mía, tal era la carga emotiva que las proyectaba con gran fuerza desde atrás.

Uno de los momentos más altos de la provocación de Oona llegó durante el invierno. Otro sucedería poco después, y tendría como protagonista involuntario a mi propio medio hermano, un muchacho de apenas diecinueve años, hijo de un segundo matrimonio de mi padre. Ahora contaré el primero.
Un amanecer sumamente frío, al levantarme, vi un auto parado junto a la Guardería. Esto sucedió como a las seis de la mañana, mientras tomaba mate en el patio. Una media hora más tarde, yendo a buscar el diario, me topé casualmente con Oona al orientar mi bicicleta a la suave ruta descendente, que pasaba justo por la puerta de su casa. Ella salía, con un bidón de plástico y algunas hojas de revistas en las manos.
-Oh, Andrés -dijo -¡necesito tu ayuda!
Me detuve. Sin bajar de la bicicleta, le pregunté de quién era el auto detenido allí.
-Hemos conocido a dos muchachos, en Rosario. Ellos nos trajeron, van a seguir viaje a Tucumán-dijo.
-¿Y han pasado la noche en la Guardería?
-Ahá -contestó-.
-¿Duermen con ustedes?
-¡Nooo!-contestó, divertida- ¡han dormido en el comedor, hemos tirado un par de colchones allí!
-Bueno-, le dije-¿qué quieres?
-Por favor, ¿puedes ayudarme a encender el calefón?
La miré duramente antes de contestarle con furia chasqueante:
-Prendételo sola... si sabes actuar como una puta, también deberías saber encender un tonto calefón.
Ella sintió mi agresión como un golpe en el pecho, pues lanzó un quejido: se paró de golpe, su largo cuerpo pareció tambalear hacia atrás, como un junco mecido por la tormenta; sin esperar respuesta arranqué velozmente en mi bicicleta, lanzándome por la bajada, que enseguida adquiría mayor empinamiento. Al regresar, lo hice por otro camino, pero pude verla afanándose aún, de rodillas, con un montón de papeles abollados a la par, tratando de dar fuego sin éxito a una parva de leña que había amontonado en la hornera del gran calefón de hierro, destinado a calentar el agua para aquel edificio. Después de un rato me dio lástima y volví. Pero ya uno de los alumnos la estaba auxiliando y el calefón largaba humo. Habían logrado encenderlo. Sin llegar hasta allí, regresé con amargura en los labios. Tras aquel incidente, no fui a su casa por cerca de un mes. También traté de evitarla, lo más que pude.


Por esos días fui al cine con mis tres chiquitas -Sol, Ángela y Julita- a ver una película, sobre un gatito, que se perdía en el curso de un ancho río, corriendo luego aventuras comparables a las de Ulises. Había un solo cine en Rodeo, en un edificio antiguo con butacas de madera. Julia recién cumplía sus dos añitos pero disfrutó de las imágenes y los colores con nosotros, junto a sus hermanitas de cuatro y cinco. Fue un acontecimiento sereno y feliz. Luego fuimos a tomar un helado; al regresar, cruzando la ancha calle de tierra que flanquea a la estación, nos encontramos con Oona y Sabine. Iban al centro. Yo llevaba a Julita en brazos, Oona me la pidió para mecerla un poco. Todos los días Ángela y Julita iban a la guardería, pasaban la mañana entera allí, Oona las atendía con especial dedicación. Junto a los otros niños, jugaban, aprendían tareas constructivas como hacer cajitas de cartón, garabatear los más chicos, o habilidades más complejas junto a las primeras letras los que llegaban a los cuatro años, como Angelita. Estuvimos unos minutos allí, conversando en medio de la calle recién regada; luego nos fuimos en sentidos distintos,  gratificados por el encuentro.

* Estaba enamorado, por segunda vez en mi vida y actuaba como un adolescente. A la vez, debía guardar los modales y actitudes públicas que se esperaban de un hombre con casi cuarenta años de edad, una familia, responsabilidad máxima en una institución educativa, prestigio como escritor. Esto me corroía, cotidianamente, como nunca antes me sucediera. Pero a la vez me otorgaba felicidad. Los segundos transcurridos juntos eran un vivificante maná; luego los recuperaba, en mi memoria, una y otra vez hasta el próximo encuentro. Me inducían luces acariciantes, en lo interior, arrancaban tarareos de satisfacción, impensadamente, durante mis labores, al recrearlos bajo el sol.
** Por segunda vez. La primera había sido con Laura, a los 21 años. Nunca antes sentí lo que aquella vez. Luego un ancho silencio -no digo que careciera de afectos, algunos dulcísimos, en el interregno, pero ninguno conformado por semejante conjunción de sensaciones, pensamientos, melodías internas vividos en el primer amor. Ahora, otra vez me sucedía esto: mi mundo interior se había poblado de hadas. ¿Es cursi?... ¿Qué importa? Me hacía feliz. Yo había estado en las tumbas, mucho tiempo. Dejadme disfrutar de este anticipo del Paraíso, que me fuera otorgado en aquel año.

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