15/07/05

Capítulo 11

Invierno

Durante el invierno Oona cerraba su ventana desde adentro. Esto, uniéndose a las dudas acrecentadas de ambos, suspendería los acercamientos físicos entre nosotros por casi todo aquel periodo. Salimos una vez, con Sabine, para concurrir a cierta fiesta de casamiento, y en otra oportunidad habíamos alternado un poco durante otra fiesta, en la Casa de los Alumnos. Pero nuestro cariño, que se presentara tan tumultuoso y arrebatador en los primeros tiempos, había sufrido esa especie de desleimiento, como al influjo de la estación. Los regalos de Pascua, primorosamente preparados por sus hermosos dedos en nuestra ausencia, y sorprendiéndonos con cartelitos pegados en las puertas y ventanas de nuestra casa, donde ella había depositado cada paquetito, para las chiquitas en primer lugar, pero también para Lucía y para mí, acompañados de ciertas suaves amabilidades, fueron las últimas brisas cálidas que se cruzarían entre Oona y yo, en varias semanas -que resultaron larguísimas ante mi percepción.

Se casaba la hija de Médici, un cordobés aventurero que había venido a instalarse en Rodeo, con un pequeño negocio, luego de yirar por el norte durante muchos años. Entre varios oficios practicaba el de artesano en cuero, y su esposa -una mujer de cabello negrísimo y ojos verdes- tenía talante de gorgona, seria y siniestra. Médici tenía veleidades de poeta, desde hacía tiempo venía anunciándome su interés para que leyera un cuaderno con sus composiciones, aunque hasta el presente yo hubiera logrado escabullirme sigilosamente. Debido a ello -y en algo por mi puesto en la Fundación- me incluyó en la lista de los invitados. Lucía dijo que no quería ir, lo cual fue para mí una liberación. Hacía bastante frío esa tarde, debido a lo cual trajiné un rato juntando yesca en el campo y luego atizando el fuego de nuestro calefón. En cierto momento me acerqué a la casa de los alumnos, pues sabía que Oona y Sabine se estaban preparando allí, también, para la fiesta. Supongo que Oona quería aprovechar el calefón y no verse precisada de encender el de la guardería, además de ciertas acciones como probarse ropas, algunos ornamentos, o cosas así que habitualmente practican las mujeres, cuando van a salir. Lo cierto es que cuando entré a la gran sala parece que Oona salía de bañarse, lo cual me hizo dar un vuelco en el corazón, pues hubiese anhelado verla así, con el pelo mojado, envuelta sólo en la toalla, quizás. Con ese ánimo me acerqué, de un salto, hacia el pasillo que daba al baño. Pero quién sabe por qué maléfico instinto Sabine acertó a salir prestamente, y con una voz alemana, que sonó a mis oídos como un escupitajo, previno a Oona de mi presencia, poniéndose al mismo tiempo en el medio. Razón por la cual sólo pude ver, como una exhalación, su figura blanca deslizándose hacia la pieza; la actitud de la alemana gorda fue tan policial, interpelándome con impertinencia, e impidiendo categóricamente mi ingreso hacia donde estaba Oona, que logró ponerme de muy mal humor. Y me fui, mascullando puteadas en contra de ella.*
Regresando a casa, me afeité y bañé, escrupulosamente, gozando del agua calentita. Luego me vestí con esmero, me perfumé, comprobé lo mejor que pude mi elegancia en los espejos disponibles y, luego de calzarme un sobretodo negro, que me cubría hasta las pantorrillas, fui en busca de las alemanas. Causamos impresión al entrar en la sala: Oona llevaba un vestido oscuro, largo, sin alardes, dentro de su habitual sobriedad; pero su cuerpo era naturalmente elegante y solía absorber, en los lugares públicos, una corriente de miradas. La gorda no tenía tal virtud, pero por el solo hecho de ser alemana también suscitaba algún interés, más bien curioso. Contra mis espectativas, no fue una noche agradable. Todo se limitó a un comer y beber incesante, en un ámbito pretencioso pero muy cursi, hasta que sin haber sentido ninguno de las tres motivación alguna que nos incentivara, decidimos regresar al campo, como a las tres de la madrugada. Por lo demás Oona estaba particularmente gélida hacia mi, cosa que se prolongó durante todo el camino -como un kilómetro y medio- durante el cual yo iba solo prácticamente, pues ambas parloteaban todo el tiempo en alemán, sin tenerme en cuenta. Practicaba una actitud particularmente despectiva, que consistía sencillamente en no dirigirme la palabra, y cuando yo la hablaba, escuchaba, sí, pero con una cortesía indiferente, no desprovista de cierta impaciencia. Molesto por tal tratamiento, repentinamente les pedí que me esperasen un momento, pues tenía ganas de orinar. Cuando se detuvieron, saqué el pene y me puse a hacerlo allí mismo, mientras ellas seguían parloteando en alemán. El frío levantaba una tenue humareda, que reflejaba los rápidos faroles de los autos pasando cada tanto, levantándose desde el césped, donde iba a caer la orina caliente: esto me dió un poco de ánimo para seguir caminando hasta la Fundación. Al llegar, muy frustrado, me acosté, maldiciendo mi suerte, pues sabía además que mañana me dolería la cabeza por todo el vino tinto que había tomado.
Media hora después de haber caído en un sopor denso, me desperté sobresaltado, sin causa aparente. Incorporándome por impulso, salí a la oscuridad fría, y como por rutina, crucé los secos pastizales, la acequia vacía, la huerta, para volver a intentar la apertura de su ventana otra vez. Pero no hubo caso. Estaba herméticamente cerrada.

* ¿Por qué surge siempre al lado de las personas bellas alguna especie de cancerbero? Como por un ensalmo diabólico, su más cercana amiga (o amigo) actúa respecto de quien puede concitar su interés sentimental con celo castrador, poniendo obstáculos y controlando cualquier acercamiento, guiado por ese instinto que los hace adivinar las situaciones más propicias para la armonía de quienes están comenzando a reconocerse con atracción, e interponerse. Esta acción -calcada, una y otra vez en circunstancias semejantes, que tanto pueden suceder si es mujer u hombre la "pieza" codiciada- suele estar teñida también de ese amargo matiz, cuya denotación se origina en la triste calidad de no ser dueño del bien que se pretende custodiar, pero sí capaz de impedir su apropiación por otro. Tal estado de cosas suele terminar, generalmente, cuando el propio custodiado rompe el cerco, expresando su voluntad de establecer el vínculo y alejando con ello al represor. Así ocurriría, también, por suerte, aquí; pero un poco más adelante.


El 5 de agosto, Día del Niño, sería para nosotros también el de un nuevo acercamiento.
Desde principios del invierno vivía en Rodeo otro joven alemán, Dieter, muy agraciado, quien como Sabine, se había hecho amigo de mi esposa Lucía. Sabine le había regalado un libro a Lucía, y Dieter -un muchacho alto, de oscuros ojos azules, cabellos marrones, finos rasgos- un cassette con música de los Doors. Su acercamiento a Lucía me provocaba un poco de celos*; me decía sin embargo que estaba recibiendo mi merecido, en sentido simétrico a mis enredos con Oona. Estos tres alemanes prepararon un festejo muy lindo para los niños. Por nuestra parte, nos tocó participar sólo como público, disfrutando con numerosos niños humildes y con nuestras hijas de la actuación, el reparto de globos, juguetes, golosinas, el chocolate con masitas servido al final. Oona se había pintado extraños dibujos en la cara, lo cual le daba un aspecto enigmático, Dieter y Sabine se habían disfrazado de payasos.
Esa noche volvimos a reunirnos después de mucho tiempo. Casi todo el invierno yo lo había pasado algo distante. Además de mis dudas respecto de Oona, se habían agudizado las contradicciones con Peter Schmergen, de un modo brutal. El líder de la Stiftung ya no quería saber nada conmigo, su objetivo actual era expulsarnos. Por mi parte, había hecho una alianza a desgano con el partido en el gobierno, trabajando en la campaña electoral para ellos. Mi propósito era lograr la intervención y ser designado al frente de ella, para evitar que Schmergen se saliese con la suya. Como la Stiftung tenía Personería Jurídica, lo cual la ligaba a los organismos de contralor estatal, podía ser intervenida gubernamentalmente por irregularidades. Mi tío Jaime, por entonces funcionario de primer nivel en el gobierno provincial, había sido quien me alentara a seguir ese camino. Boccioni, un hombre de armas llevar, de ideología fascista, era el conductor local del Justicialismo; en él me apoyaría localmente para esta circunstancia. Todas estas componendas, mezcladas con los confusos e irrefrenables sentimientos que me impulsaban hacia Oona, provocaban en mi interior un desasosiego constante, convirtiéndome en un ser extremadamente agitado, con frecuencia violento, sin duda de temer en algunos casos para quienes me frecuentaban.
Por añadidura había comenzado a escribir en el mes de marzo una novela autobiográfica, referida al único amor que me arrebatara a los 21 años, y cuya protagonista muriera por un aborto. Ese había sido uno de los periodos más intensos de mi vida: coincidente con los movimientos hippies y revolucionarios en todo el mundo, el comienzo de nuestra militancia en un movimiento guerrillero, el ingreso al mundo grande del periodismo al comenzar a desempeñarme como corresponsal de dos revistas revolucionarias de Córdoba y Buenos Aires. Si se tiene en cuenta que en 1973 lo mejor de la intelectualidad argentina se había volcado a posiciones de izquierda, se comprenderá que trabajar en estos medios era ingresar de lleno en la médula de una elite, por entonces contando, además, con un inmenso apoyo popular. La novela sobre esos tiempos era un libro que me debía desde el momento mismo de iniciarme como escritor, pero, pese a los años transcurridos, quién sabe si era el momento más oportuno para escribirla. Me revolvía heridas sangrantes, como la muerte de Laura y nuestra progenie, cuya culpa dolorosa no me ha dejado en paz hasta el día de hoy, las primeras muertes de seres tan cercanos -mi tío Manuel, mis compañeros-, de tal modo que además de vivir en presente una situación inflamable, la recreación imaginaria de aquellos tiempos de fuego, agregaba altas dosis de combustible psíquico a mi carácter de entonces. Me había propuesto terminar de escribir esa novela en septiembre. Habiéndola comenzado en Abril, me obligaba a escribir al menos cuatro páginas por día, lo cual resultó al concluir el trabajo en un libro cercano a las quinientas páginas. Durante ese invierno, pues, trabajaba todo lo que podía en los textos (como descanso escribía cuentos cortos); gran parte del resto del tiempo lo pasaba con la mente llena de imágenes e ideas, muy lejanas a mi trabajo formal (esto es, ocuparme de las actividades educacionales de la Stiftung). Por cierto había abandonado casi por completo estas tareas, para lo cual me dotaban de un presupuesto, agitando aún más el conflicto que nos separaba, ya irremediablemente, con Schmergen y gran parte de la Comisión Directiva, que le era fiel. Me había convertido en un segundo polo para las relaciones internas de fuerza; debido a ello los antiguos enemigos de Schmergen intentaban acercamientos laterales, mientras los más timoratos evitaban frecuentarme demasiado, públicamente. Esto último favorecía mi avidez por cierta soledad, con el anhelo de concentrarme en planes más importantes, pero al mismo tiempo alentaba cierta paranoia, cierta actitud vigilante, hacia los movimientos de influencias, internas o externas, sobre la Stiftung, cuestión que afilaba los aspectos más mezquinos de mi personalidad.
Las únicas privilegiadas en esta historia eran nuestras chiquitas. En hacerlas felices coincidíamos todos, desde nuestros amigos hasta los empleados de la Stiftung. Así, recibían regalos a cada tanto -humildes, pero importantes para su personalidad de niñas, pues un chocolatín o galletitas suelen ser, en su valoración, infinitamente más valiosos que un objeto de oro, al cual no sabrían dar ninguna utilidad. Oona las remontaba en brazos cada día, a veces traía de ese modo a Julita, cuando durante su permanencia en la guardería notaba sus pañales mojados y debíamos cambiarla. En casa teníamos empleada, para cocinar y preparar las comidas doña Petra. Era la esposa de Alejo Garzón, un obrero que se me manifestaba como absolutamente leal. Ella se ocupaba también de cambiarles los pañales a las niñas, cuando Lucía no estaba. Sus hijas -algo mayores que las nuestras- las llevaban a jugar durante gran parte del día, convirtiendo de tal modo en una tarea familiar su atención constante. Se habían acostumbrado tanto nuestras hijas a esta familia, que en toda ocasión enfilaban naturalmente hacia su hábitat, un rancho confortable, ubicado casi exactamente al frente de nuestra casa, con un espacio como de quinientos metros entre ambas viviendas, llanura que las chiquitas atravesaban sin peligro, pues no había tránsito de automóviles u otros vehículos por ahí. Apenas levantarse, Julita, de dos años, se dirigía con paso decidido a nuestra empleada, para decirle: "Doña Petra... reparame la leche..." En su armoniosa mentecita de niña consideraba este acto como una condición natural de la existencia. Sol, por su parte, iba ya a Primer Jardín. Temprano la llevaba, caminando, en mi hermosa bicicleta alemana o en la Chevrolet, si estaba disponible. Sol era la que ostentaba el carácter más fuerte, consolidado ya que había asumido desde muy temprano el rol de hermana mayor. Su maestra nos contaría divertida que defendía a sus compañeritas: cuando un chico golpeaba a alguna niña, ello lo tomaba rápidamente de la muñeca, y torciéndole el brazo contra la espalda, lo colocaba contra la pared, dominándolo. ¿De dónde habría adquirido el conocimiento de esa llave aplicada por los judocas? Demasiado rápidamente creímos que lo había visto en alguna serie de televisión. Ahora me parece prudente no desechar la hipótesis de que, dado que nosotros vivimos tanto y tan intensamente la represión policial, algunas de las imágenes grabadas en nuestro subconsciente por el período de la cárcel, pudiera haber pasado al suyo a través de los genes.** Angelita, la más tranquila de las tres, iba con Julia a la Guardería. Como se había hecho un convenio con la municipalidad, obtendríamos un certificado, que nos serviría, al trasladarnos a la ciudad, para inscribirla directamente en Segundo Jardín, dando por válido el periodo de aprendizaje cumplido allí. Angelita jugaba, pues, todos los días, desde las ocho de la mañana hasta la una, bajo el cuidado de Oona y sus ayudantes, que se habían multiplicado al presente, pues ahora había dos, además de la colaboración de Sabine, Dieter, y cuatro o cinco madres pobres, que habían encontrado en esta colaboración un medio para comer abundantemente a la hora del almuerzo, incluyendo sus hijos.
Los habitantes de esa barriada compuesta por mortificados trabajadores rurales enviaban sus niños a la guardería, mientras ellos pasaban la jornada entera a veces a muchos kilómetros de distancia, hasta donde eran acarreados en condiciones frecuentemente peores que las de las vacas transportadas al matadero. Ellos miraban desde afuera a la Stiftung como si fuese un mundo encantado, con seres bellos, fuertes, aseados, que se manejaban en vehículos veloces, viajando a Europa u obteniendo recursos casi inaccesibles ante su percepción, con apenas mayor esfuerzo aparente que un chasquear los dedos. La rubia maestra jardinera alemana fue elegida como madrina por una de esas familias, a poco de su llegada, debido a la bondad humilde con la que se mezclaba sin pretensiones con todos los pobres. Luego supe que esta actitud era alentada por un propósito de emulación hacia Albert Schweitzer, cuya voluminosa biografía llevaba siempre consigo.

* Entendiendo a estos como el ya mencionado instinto de propiedad, que palpitaba aún de un modo visceral en mis ánimos, exacerbados además por la irritante duplicidad en que debía desarrollar mi vida, hasta el punto que luego se resolvería en situaciones tan violentas que llegarían a provocar daños en mi esposa y mayores congojas de culpabilidad en mí, como se verá.
** Teilhard de Chardin afirmó, luego de numerosas constataciones, que no sólo rasgos físicos pueden transmitirse genéticamente, sino también aquellos adquiridos por la inteligencia o la imaginación humana. Ello explicaría en parte, también, la enorme diferencia entre las personalidades y características de nuestra primera hija, nacida en un periodo aún bastante inmaduro de nuestra existencia, con las otras tres, producto de una etapa a la cual arribábamos con el inmenso bagaje adquirido al atravesar lo que fuera a la vez infierno y alta universidad, durante siete años, en las cárceles de la dictadura militar argentina.

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