15/07/05

Capítulo 12

Malas compañías

En el invierno estalló también ya de un modo abierto el enfrentamiento interno que tenía por un lado a Schmergen y por otro a mí. Como suele suceder siempre en tales conflictos, las personas tienden a agruparse hacia uno u otro bando, por afinidades o sencillamente por cálculo acerca del posible vencedor. Otros -mayoritariamente- suelen permanecer neutrales, cuidándose sólo de no recibir los coletazos cuando los dinosaurios combaten. A mi alrededor juntaba pocos, aunque fieles a la conducta hipócrita del santiagueño, varios se acercaban a jurarme lealtad contra Schmergen, para ir a hacer lo propio ante mi rival sin el menor escrúpulo. Pero debido a la actividad política de mi tío, por entonces en pleno ascenso como el principal operario del gobernador, surgió una alternativa formidable. Tío Jaime propuso, en reunión familiar, que impulsemos la intervención del gobierno en la Stiftung. Existía una cláusula en los Estatutos, aprobados por la Dirección de Personería Jurídica, contemplando esa posibilidad, si se comprobaban determinadas situaciones, como desorden administrativo o falta de legitimidad en la autoridades naturales. En tales circunstancias y dada la corrupción del gobierno imperante, cualquier cosa podía conseguirse con amigos allí. De hecho, luego de siete años de infructuosos trámites, yo había conseguido el otorgamiento de la Personería Jurídica a la Stiftung en un par de semanas, por la mencionada relación familiar -y una coima para el Dr. Millán, por entonces director de Personerías Jurídicas de la Provincia.
Eran los tiempos ominosos de corrupción generalizada, en que se preparaban las gavillas del menemismo para asolar económicamente nuestra nación. Aunque nosotros todavía no sospechábamos en cuan alta magnitud lo aplicarían. Ahora, que han pasado cual gigantesca manga de langostas, oscureciendo el cielo, y la Argentina se debate en dolorosos tambaleos, como un prisionero al que han despojado de partes vitales de su cuerpo, sentimos lo errado que fue para algunos de nosotros haber alentado siquiera una pálida esperanza hacia estos criminales.
En 1989, para quienes habíamos sido revolucionarios, el panorama se presentaba atroz. Luego del golpe de gracia a nuestras ilusiones, asestada por la increíble estupidez de La Tablada, vagábamos como huérfanos, sin acertar a descubrir siquiera una luz de candil en el horizonte, que nos alentara a entablar algún camino, no digo con entusiasmo, pero sí al menos con cierta esperanza de no seguir desbarrancándonos por el abismo. En lo personal, me acosaba el poder enorme de Schmergen y sus amigos alemanes por una parte -incluyendo al estado al que pertenecía-. *  Entonces, en un momento de debilidad decidí aceptar las sugerencias de mi tío, sin consultar a Lucía, pues durante los dos últimos años habíamos estado muy distanciados, pero principalmente porque estaba seguro de que se opondría.
La contrapartida exigida para ayudarme era que "trabajara" para el peronismo -en este caso redenominado "iturrismo", pues el gobernador había llegado allí "traicionando" a Juárez, y preparaba con gran ímpetu su consolidación, de la mano con Menem. Accedí a ello, particularmente porque había hallado ya amplia colaboración en los peronistas locales, eternamente desplazados del poder municipal que en Rodeo -una ciudad con amplia influencia de los agricultores más grandes- era siempre dominado por los radicales. Me vería entonces obligado a participar en reuniones, actos proselitistas, viajes al campo para "hacer política". Incluso debí hacer -a mediados de julio- un asado en mi casa. Con fondos del gobierno, concitamos allí a unas 100 personas, dirigentes de la región, entre los que se contaron algunos diputados y concejales. En ese tren llegaron a mencionarme para una candidatura, con vistas a las próximas elecciones. Pero no tenía el menor interés en ello, y con toda cortesía se lo hice saber a la compañera que lo propuso.
Luego me arrepentiría, bajándome del caballo en la mitad del río. Pero ya llegará el momento de contar esa parte.

* Poco antes había recibido la sorpresiva visita del cónsul alemán en Córdoba. Una calurosa siesta, me despertó la empleada diciéndome que había "un señor alemán" que deseaba hablarme. Le mandé a decir que por favor viniera un poco más tarde -odio levantarme de la cama y atender inmediatamente a alguien. Volvió la señora para decirme "que no, el señor debe continuar su viaje". Percibí un extemporáneo toque de autoritarismo en tal respuesta, pero decidí no hacerle caso, aunque instintivamente en rebeldía, salí poniéndome para ello solamente un viejo short de vaquero desgarrado en las piernas, con el pecho descubierto y descalzo. Tal vez ya dije que no soy nada gordo, por lo cual me siento perfectamente seguro sin ropa; aunque noté que mi pecho peludo causó desagrado inmediato en el visitante, que se apresuró a retirar su blanquísima mano, de la mía áspera y marrón, que le extendí mirándolo con sorna y diciendo, a modo de saludo: "no esperaba recibir la visita a esta hora de un gran hombre" -bromeando con su estatura, a lo cual ni siquiera sonrió. El alemán estaba parado, y permanecería así todo el tiempo, sin aceptar mi invitación a sentarse ante nuestra sencilla mesa de algarrobo. Tal vez para valerse de su extraordinaria altura -cerca de los dos metros, calculé. De traje, emanaba un perfume de ciudad que resultaba chocante en nuestro ámbito impregnado por aromas campestres. Su actitud también fue extremadamente chocante. Me dijo que habían recibido quejas de "ciudadanos alemanes" que se sentían atacados por algunas actitudes de mi parte. Que solicitaba tuviera prudencia con tales ciudadanos, pues el gobierno alemán cuidaba a sus súbditos adondequiera que estos se encontrasen. Le contesté que me parecía interesante, pero no me incumbía. Pues era ciudadano argentino, y en este momento él estaba pisando mi país, debido a lo cual su autoridad había quedado relegada. Sin hacerme caso, el gigantesco alemán terminó de lanzar su discurso, como si lo hubiese memorizado, y se fue, declinando estrechar mi mano otra vez.

Se desordena la energía

De momento intenté acercar la mayor cantidad de apoyos posibles para mi lucha contra Schmergen, incluyendo a Oona, que si bien no defendía públicamente mis posiciones, practicaba un abierto acercamiento a nosotros, mientras que se había apartado completamente de Schmergen, al punto de no haber cruzado palabra con él desde dos meses atrás. En tal concepto fue que concurrimos juntos, incluyendo a Lucía con las chiquitas, al acto de cierre de campaña de Menem `89. Allí, después de una cruel espera de más de cuatro horas, habló el gobernador Iturre: una sarta de frivolidades, con torpeza, además, propia de un borracho, avergonzándome de haber dejado que esa maraña de contubernios me arrastrase, en lo que yo erróneamente valoraba como un alineamiento estratégicamente beneficioso para nuestros intereses en la Stiftung. Oona calificó de "fascistas" las maneras y los discursos de los oradores. Sentí una íntima vergüenza aunque la disimulé cuando me lo dijo, ya regresando, pues tenía razón. En vez de aceptarlo con honestidad, contesté:
-Ustedes los alemanes no pueden comprender al pueblo santiagueño. El fascismo es una categoría europea, inaplicable aquí.
Con gran sentido común, ella replicó:
-Tú siempre dices esto de los alemanes. Pero lo que sucedió ahora es fascismo puro, tal vez con otros ropajes.

Por lo demás, todas las reuniones donde nos encontrábamos fueron usadas como canales de numerosas acometidas psíquicas, tanto por parte de Oona como de mí, dentro de esa inexplicable batalla paralela que habíamos iniciado. Ella se comportaba de un modo burlón y despectivo; ejercitando fría insolencia, hablaba constantemente en alemán con Sabine u otro de sus paisanos, aunque estuviéramos únicamente los tres, consciente por cierto de que yo no entendía ni una palabra en ese idioma; por mi parte asumía un ridículo papel de rufián, tomando muchísimo alcohol, fanfarroneando con cualquier muchacha bonita que se me acercara, como una elíptica réplica. Oona en una fiesta en la Casa de los Alumnos victimizó bajo escandalosa provocación erótica a un estrafalario peón, casi enano, quien, borracho, se dejó enardecer por la alemana sólo para servir de hazmerreír a toda la concurrencia, que los observaba entre intranquila y jocosa. Lucía comentó: "Ésta actúa como una puta descocada... ¿Qué le pasa?..." Una vez concurrimos todos a cierta fiesta en el Club de Amigos. Oona se había puesto un ajustado vestido negro con minifalda, lo cual provocaba miradas babosas de los numerosos tipos que se habían volcado esa noche a la plaza. Ella no usaba jamás ropas insinuantes. Esa noche entendí por qué lo evitaba. Desde todos los ángulos se podían percibir las miradas codiciosas de los varones sobre su cuerpo. Fue una tortuosa velada de juegos malévolos; ella se insinuaba hacia mí, provocando dolor y humillación en Lucía; yo obligué a Oona a bailar con un viejo rico, en un perverso ejercicio de auto humillación y befa apenas encubierta... terminamos la noche agobiados por la insatisfacción, el agravio, la impotencia de quienes no pueden mostrar abiertamente sus sentimientos, llenos de heridas, como tres pájaros nocturnos atrapados entre alambres de púas, que intentaran escapar a fuerza de movimientos convulsivos de la prieta atadura donde permanecen, enredados, sus cuerpos. Casi al final de ese periodo había venido una joven porteña, bonita al estilo Botticelli; debido a mi apartamiento de Oona, cultivé por unos quince días -periodo que permaneció en rodeo- otra insinuante "amistad" con ella. Visitaba mi oficina; yo le hablaba de la novela e incluso leía largos párrafos para su solaz. Llegamos a practicar un insidioso juego de ilusionismo seductor implicando a Oona, quien a la vez no perdía oportunidad de asestarme pinchazos paralelos, saliendo con grupos de la capital donde participaba mi medio-hermano, un muchacho de 19 años, fruto del segundo matrimonio de mi padre, quien estaba decidido a competir conmigo por los cariños la alemana. Una noche él había intentado besarla -según me contaría ella tiempo después-; Pío, mi mediohermano, por su parte, en tren de lealtad fraternal me había preguntado si a mí me afectaría que llegado el caso él lograra "atracarse" a Oona. Por cierto le contesté que no, en absoluto, inducido por mi machismo y la mala conciencia debido a una frágil situación en este enredo.
Todos estos factores atizaban un estado de angustia interior, que hacia los despuntes de la primavera se iba convirtiendo en algo semejante a una superficie marítima cubierta con petróleo, incendiándose y cubriendo de humo negro la noche de mi corazón. Cenamos, pues, la noche del Día del Niño en nuestra casa, Sabine, Dieter, Oona, Lucía, nuestras chiquitas y yo. Dentro del ajedrez político que se jugaba por entonces en la Stiftung y dado que se efectuaba otra cena en casa de Peter Schmergen, en ese mismo momento, interpreté esta opción de los jóvenes alemanes como un gesto de apoyo hacia mí. Ello unido a la necesidad que tiene todo enamorado de encontrar razones para justificar su rendición a quien desea, me llevó a mirar otra vez con edulcorado arrobo a Oona, desactivando mis prevenciones, activando otra vez los deseos de poseerla. Poco tiempo después se presentaría una oportunidad en este sentido. La narraré a continuación.

Dos alemanes de paso

La deliciosa primavera santiagueña comienza a apuntar temprano. Así, los primeros días de agosto vienen lamidos por vientos tibios. Aún es posible que caigan heladas, sin embargo, y en estas cuatro semanas suelen suceder también violentos temporales de tierra. Una noche de esas fuimos a cenar a un restaurante del centro Lucía, Oona, las chiquitas y yo, para agasajar a dos alemanes que habían llegado por la mañana, de paso hacia el Norte. Uno de ellos, como de treintaicinco años, llevaba el rubio pelo muy largo, vestía con una extraña mezcla de indumentos hippies y vaqueros, el otro, con el pelo oscuro cortado al rape, por lo demás se presentaba como muy normal. El pelilargo era muy buen mozo; ambos tenían el aura de aquellos individuos que gustan de viajar por el mundo sin asumir compromisos con nadie, aunque recogiendo modales simpáticos, acostumbrados a tratar con todo tipo de culturas, sin dejarse influir por ellas más que en algún aspecto formal. Con acierto habíamos elegido un lugar alejado del centro de la ciudad. Sentados alrededor de una gran mesa en la vereda, que a su vez daba a una calle de tierra, recién regada, de la cual emanaba un agradable perfume, en medio de frondosos árboles, cenamos, conversando animadamente y en paz. De entre los alemanes Oona era la única que hablaba aceptablemente el castellano, por lo cual hizo el papel de intérprete en todo momento. Esto le agradó bastante: por primera vez no se la veía postergada ante sus connacionales, generalmente más diestros que ella en nuestro idioma. * Alentados por esta armonía repentina, comimos mucho y tomamos más de la cuenta. Medio borrachos y felices regresamos, caminando tranquilamente por las calles de tierra, bajo una hermosa luna, hacia la Stiftung. Eran como las dos de la madrugada.
Pero no me dormí. Luego de un leve cabeceo, me sentí súbitamente impulsado a salir para visitar a Oona en su cama. Desde los primeros días de julio no lo había hecho, pero el impulso había quedado al parecer larval en mi subconsciente, y ahora había saltado, como un ariete, impulsado quizás por el alcohol.
Me levanté, entonces, y con todo cuidado salí otra vez a la noche que ahora, luego de haberme aquietado un poco, sentí más fría. No era una ilusión, como pude ver por el vapor que salía de mi nariz al respirar, patente con claridad bajo la luz del farol.
Sin ningún inconveniente repetí mi ingreso por la ventana, en el cual ya era un experto, pues Oona esta vez no había puesto ninguna traba. ¿Me esperaba? Tampoco mostró sorpresa cuando me metí bajo su sábana y el suave, cálido cobertor de pelo de llama. Un leve aliento a vino y cigarrillos se introdujo en mi boca cuando la besé. Ella esta vez abría los labios y parecía dispuesta a participar del momento agradable que se estaba iniciando. No tenía predisposición para ser activa en la sexualidad -lo sabría después-, pero hasta esa noche había esbozado siempre algún tipo de resistencia. Me dejó desnudarla sin problemas, incluso colaborando apaciblemente cuando debió quitarse la camiseta. Al llegar al slip, me advirtió: "estoy finalizando la mes..." Entendí esto, y también creí captar un tono malévolo en la forma como lo expresó, antes de entregarse... Tanto ella como yo sabíamos que en los últimos días como algunos antes del periodo femenino, se vuelven infértiles, por lo cual podíamos completar la cópula sin prevención alguna. Así lo hicimos. Todo fue rápido y sencillo. Luego quedamos un rato tranquilos, como se acostumbra, para después vestirme y regresar a casa, rápidamente, pues ahora sólo quería dormir. Ya en casa fui al baño a lavarme y descubrí una manchita de sangre sobre mi pierna, a la altura del pubis, que quité con agua, jabón y alcohol. De tal manera, absolutamente inesperada, fue como nuestra relación dio un paso que en ese momento me pareció gigantesco, pues habíamos completado el ciclo de sucesos necesario, para constituir lo que podía considerarse, ya, un connubio formal. Pero los acontecimientos posteriores me indicarían que esta circunstancia no significaría, para nuestra relación, precisamente el arribo a un puerto calmo. Por el contrario, vendrían momentos más tormentosos aún, en el escarpado camino que, por razones misteriosas, habían sido compelidos a transitar en común los destinos de esta singular muchacha y yo.

* Y en un relámpago entendí parcialmente sus revanchas hacia mí, algunas veces, hablando sólo aleman: es que debía de haberse sentido tantas veces fuera, mientras nosotros hablábamos durante horas con otros alemanes que llevaban varios años aquí, dominando perfectamente el español aunque se lo pronunciara con rapidez.

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