13/07/05
Capítulo 14
Me expulsan de la Stiftung
En septiembre se efectuó la Asamblea de la Stiftung, convocada de urgencia para tratar mi caso. Si bien había otros temas, el principal sería la propuesta de Schmergen para expulsarme. Advertido de eso, había preparado mis fuerzas leales, de manera que opusiéramos resistencia o al menos denunciáramos las manipulaciones del ex sacerdote alemán. Mi oposición a tales manejos era la verdadera razón de lo que allí se resolvería, esto es, alejarme definitivamente. Mi padre, mi tío, algún otro amigo de los que me quedaban entre los socios al día habían concurrido para no dejarme completamente solo. Mi mencionado compadre, el que intentara birlarme las preferencias de Oona, se desempeñaba por entonces como redactor agropecuario del diario El Siglo. Por su iniciativa, habíamos pergeñado una estrategia para apoyar mi causa: en carácter de cronista, participaría de la Asamblea. Luego publicaría la noticia, según él, "con ecuanimidad", para que la población tuviese conocimiento de los argumentos de uno y otro, cosa que, naturalmente me favorecería pues mis argumentos eran los más sólidos. Finalmente ocurrió todo lo contrario: se publicaron sólo los argumentos de Schmergen. La segunda parte de la información, donde supuestamente debían publicarse los míos, jamás salió. Más tarde este hombre pretendió que me entrevistara con el director del diario, para pedirle que se diera a conocer esta otra parte, pero no lo hice. Así que este mal compadre, como lo haría otras veces luego, terminó perjudicándome.
La asamblea comenzó más o menos puntualmente (había un asado después, y los numerosos socios convocados en gran parte por el estímulo del asado que se serviría después, no querían postergar demasiado este punto del temario). Se usó para ello un gigantesco galpón, nuevo, muy sólido, que se había construido para almacenar toneles de miel y cajas de mercadería para exportación. A las diez y media estábamos ya en plena deliberación. Me sorprendió que no se habían hecho presentes ninguno de mis amigos alemanes. Mientras Schmergen comenzaba la lectura de los temas y sus informes económicos, me deslicé entre el gentío para apurar la venida de Oona, de quien descontaba que por su honestidad debía apoyarme. Cuando entré luego de golpear, estaba escribiendo.
-No voy a ir -me dijo.
-¡Pero debes participar... vos conoces de cerca los manejos incorrectos de Peter Schmergen y es tu obligación testimoniar! -la urgí.
-Él es amigo de mi padre... fue su sacerdote... no quiero perjudicarlo, tampoco quiero perjudicarte a vos, por eso permaneceré distante... -dijo.
Me decepcionó tanto, que después de eso la odié. Mascullando en contra de ella regresé a la asamblea, sólo para escuchar acusaciones.
Nadie me defendió, tampoco mi padre, quien por dignidad sólo guardó silencio. Pero mi alocución fue contundente. Tanto que nadie se atrevió a contestarme. Entre un silencio compungido, salí, luego de afirmar:
-Sé que me van a expulsar. Háganlo, pero en mi ausencia. Pues me retiraré inmediatamente de la asamblea, para no presenciar este fraude, que los denigra únicamente a ustedes.
Ese mediodía almorzamos en mi casa, con nuestros familiares. Pese a lo que yo consideraba una defección, Oona fue a comer con nosotros, en el patio. Triste, pero muy calmado -después de todo esto le daba una salida clara a un conflicto que ya se había hecho muy largo- la perdoné en mi fuero íntimo-. "Al fin y al cabo -pensé- ni a mí mismo me interesaba mucho ya permanecer en la Stiftung, en estas condiciones". En efecto, ni siquiera mi propia esposa estaba de mi parte en esta brega, por lo cual lo más sensato era pensar que debía estar equivocado, o de no, a la postre mi causa era perjudicial para la mayor parte de mis allegados.
La Asamblea proveyó finalmente de una salida clara para este largo conflicto. Me quitaba en realidad, un peso de encima. Yo no quería en el fondo hacerme cargo de la Stiftung. No era el hombre indicado, y lo sabía perfectamente. Si continuaba en la lucha, era por soberbia y obstinación. Lo que sentí, entonces, al conocer esa misma tarde lo resuelto luego de las deliberaciones, fue una gran sensación de alivio. Al día siguiente Schmergen me invitó a reunirme con él y otros miembros de la Comisión Directiva, para proponerme un arreglo.
-Mira, puedes venderme otra vez tu campo e irte tranquilamente-me dijo.
En un arranque de absoluta desilusión, furia, angustia provocada por el largo stress de esta situación desgastante que atravesaba, desde hacían varios meses, decidí abandonar toda lucha. "Ma sí", dije en mi fuero interno: "¿para qué obtener la intervención, y hacerme cargo de todo, si ni siquiera mi esposa me apoya"; es más, "todo será una farsa, el mismo gobierno me pegará una patada, cuando no me necesiten, ellos no ignoran que no soy de su palo, me quieren usar sólo para apropiarse de la fundación", reflexioné. "Además, mis propias hijas me lo podrían reprochar, el día de mañana. Pronto, ni siquiera la Oona estará aquí; ¿cómo aguantaré tanta insastifacción, rodeado por fuerzas hostiles? Mejor renuncio a todo, acepto una buena suma de dinero por nuestro campo y las llevo a vivir a las chiquitas en la ciudad. Allá tendrán acceso a un mejor standard educacional y otros bienes, necesarios, para el periodo de sus vidas que se avecina."
Pero la cantidad que me ofreció no me convencía. Debía alcanzarme para comprar otra vez una pequeña casita o un departamento, en Santiago, o en el mismo Rodeo (aún no habíamos decidido del todo adónde ir, y como apenas podíamos hablar con Lucía sin entrar enseguida en durísimas agresiones verbales, en los hechos debía ser yo quien tomara las decisiones, o al menos las propusiera ya con elementos concretos). Finalmente, luego de regatear mucho y durante casi una semana de idas y venidas, el alemán terminó aceptando pagarme treinta mil dólares por el campo, incluyendo la casa. Como yo debía veinte mil, que había usado para la construcción tomándolo de los fondos disponibles cuando me desempeñaba como tesorero, recibiría efectivamente sólo diez mil. Esto me pareció un buen arreglo, pues con esa suma se podía adquirir una vivienda aceptable en la ciudad, por aquellos tiempos. Me mandó el cheque con Lucía, pero al recibirlo me indigné: lo había librado en pesos... en octubre de 1989 el dinero argentino era una hoja en la tormenta, devaluándose constantemente... la acción de Schmergen era propia de una mezquindad grosera, casi una estafa. Golpeé la puerta de su casa y cuando me atendió le dije:
-Cambiame inmediatamente este cheque por uno en dólares.
Farfulló algunas excusas pero me hizo pasar en el acto a su escritorio, temeroso de mis reacciones, que conocía muy bien, y sacando su chequera del Deutsche Bank hizo un nuevo cheque, esta vez, por diez mil dólares y me lo entregó.
-El problema es que deberás viajar a Buenos Aires a cambiarlo... -me dijo- no tengo dólares aquí... por eso te había hecho el cheque en pesos...
-Yo me arreglaré -contesté.
A los pocos días, Oona viajó a Buenos Aires, para comprar su pasaje. El diez de noviembre, exactamente un año después de su llegada, quería regresar a Alemania. Faltaba poco más de un mes y medio. Ella cambió nuestro cheque, y me entregó el dinero al regresar.
Una ilusión ocasional
Había una fiesta en el barrio pobre. Se inauguraba un Jardín de Infantes. Con cariñoso esmero, las madres apoyadas por las maestras municipales habían decorado el modesto edificio para la ocasión. A las once de la mañana, llegamos con Lucía, Sol, Angelita, Julita y Oona. El ancho patio abierto en medio del monte estaba cubierto de mesas y sillas de las que se usan para los bailes de campaña. Obsequiosos, los vecinos nos guiaron hasta una ubicación especial, que habían reservado especialmente para nosotros.
Éramos personajes importantes para aquella sociedad. Noté que de todas partes nos miraban, con afecto, y bastaba que percibieran algún deseo por parte nuestra para que se apresuraran a servirnos. Comimos asado, las chiquitas prefirieron sandwiches de jugosos bifes, menos Julita, para quien había que cortar la carne en pedacitos y dársela en pequeñas dosis, con una cucharita. Las tres niñas recibían esmerada atención, en la que se empeñaban tanto Lucía como Oona. En un momento de aquella fiesta, gratificado por la tranquila armonía que allí reinaba, tuve la ilusión de constituir todos una familia feliz. "Hermoso sería -pensé- que las normas legales permitieran a un hombre en mi caso la opción de concertar matrimonio con dos mujeres". ¡Qué bien parecían complementarse Oona y Lucía! Conversando animadamente, se ocupaban de las chiquitas como si ambas fuesen sus madres. A cada tanto lanzaban una carcajada, festejando alguna salida ingeniosa sin duda, la cual por el volumen de la música no había alcanzado a escuchar. ¡Y qué bellas eran ambas!... De rasgos nobles, las mujeres que ante mí departían, olvidándome -para mi beneficio, pues ello me permitía contemplarlas- constituían una combinación de lo mejor que podía exponer cada raza. De rasgos aquilinos y frente ancha, ojos oscuros de expresión insondable, luminosos, el cuerpo de Lucía era exquisitamente proporcionado: todas sus partes, desde las manos hasta sus pequeños pies, formaba un conjunto elástico, elegante, que transmitía como en un aura la firmeza digna de su personalidad. Por su parte, Oona, desde su cabeza rubia, su cuello largo, pasando por el alargado cuerpo hasta los blancos pies, constituía la otra belleza, la de los países nórdicos, en su expresión más refinada.
Recordé entonces lo que Oona me había dicho, hacía poco, durante una ocasional conversación a solas:
-Lucía te ama.
Como la expresión había resultado inesperada, por lo fuera contexto, pregunté:
-¿Por qué dices eso? ¿Vos cómo lo sabes?
-Las mujeres nos damos cuenta de esas cosas -afirmó, usando el tono sentencioso que le era propio cuando se refería a cuestiones consideradas como serias.
-No creo que ella me ame -cuestioné-. Más bien creo que me considera su propiedad. Por eso tal vez parezca cuidarme.
-No -había insistido la bella muchacha de Tübingen-: Ella te ama. Estoy segura de eso.
Una ventolera repentina nos obligó a regresar. Lucía cargó a Sol, yo a Angelita, Oona a Julita. Con ellas en brazos, nos alcanzó un temporal fortísimo de tierra cruzando el monte. Pero llegamos enseguida a nuestra casa, que estaba muy cerca. Oona no tenía muchas ganas de irse, pero finalmente lo hizo, cuando amainó un poco el viento. Durante gran parte de aquella tarde estuve acariciando aquella fantasía que se me había ocurrido en la fiesta. La de que pudiésemos formar una familia unida que incluyese a Oona. Así, tal vez, podríamos ingresar a una forma perfecta de concordancia, de felicidad.
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