15/07/05
Capítulo 2
Más alemanes
Cerca de las fiestas de Fin de Año vinieron otros alemanes, dos jóvenes y una muchacha, cuyos nombres no llegué a registrar en mi memoria pues permanecieron en la Stiftung poco tiempo. La tarde de Nochebuena la había pasado preparando nuestro arbolito de Navidad. Había ideado decorar un eucalipto joven, transplantado recientemente con éxito desde otro lugar, colgando muchos globos inflados en vez de los habituales ornamentos, para nosotros muy caros. Teníamos también varias ristras de luces, algunas sobrantes de fiestas anteriores y otras adquiridas, a las cuales había agregado baterías de focos comunes, pintados con témpera, dispuestos de tal manera que envolvían estratégicamente al árbol, prendiendo y apagando más o menos con rapidez, pues los había conectado a un mecanismo intermitente. Como estaríamos solamente los cuatro miembros de nuestra familia -Lucía, Sol, Ángela, Julita y yo-, cenaríamos en la galería, frente a nuestro original arbolito. Estaba allí haciendo las últimas pruebas, sudoroso y un poco sucio por toda una jornada de tareas, cuando se acercaron los alemanes, emergiendo de entre las penumbras del monte. Habían estado paseando por el campo, los guiaba Oona. "Qué lindo", dijo ella, deteniéndose para contemplarlo. Y enseguida conversaron un rato sobre el arbolito en aquel idioma que yo no entendía, haciendo de vez en cuando algún comentario cortés en pésimo castellano.
Aquella visita fugaz me hizo desear constantemente que regresaran a la medianoche, antes de irse a un baile como nos habían comentado que harían. Pero no sucedió. Esa Nochebuena la pasamos serenamente y felices con nuestras hijitas, en un ambiente para mí maravilloso como eran las noches del campo, entre las estrellas y las altas copas de los árboles que rodeaban a nuestra casa *. Sólo una levísima melancolía me cosquilleaba en lo interior. Ya no podía verla unos minutos sin desear irresistiblemente que se quedara junto a mí, o irme yo con ella (pero a la vez quería conservar a mis hijas cerca). Al día siguiente nos comentaron los peones que habían hecho el ridículo en el baile, por esa patética inhabilidad para el chamamé que manifiestan casi todos los alemanes.
* Lucía se aburrió mortalmente y se fue a dormir temprano, con las chiquitas. Ella se condolía también, aunque más o menos secretamente, de lo que consideraba su patética suerte. Odiaba el campo, incluso su aspecto exterior -desaliñado- expresaba aquel rechazo que muchos años después seguiría creando entre nosotros un distanciamiento profundo. Así, muchos de los recuerdos amables para mí (el monte, los horizontes vertiginosos del campo) serían rechazados con fastidio por ella. Aquella noche del 31 de diciembre de 1988, en tanto, yo me quedé todavía en la veranda, por bastante tiempo, tranquilo y feliz, contemplando las estrellas y tomando despaciosamente unas cuantas copas más de vino tinto.
Solo con mi corazón
El periodo festivo puso alguna distancia entre nosotros, pues ella estuvo más tiempo con los alemanes. El Año Nuevo pasó de un modo aún menos conspicuo que la Navidad (por mi religiosidad, para mí la anterior era la verdadera Fiesta). Pero al día siguiente me ocurrió un grave percance. Teníamos un pozo para la basura, que había cavado algo alejado de la casa. No era muy hondo, tal vez un metro y medio. Esa mañana, un poco adormilado aún fui a tirar allí lo que sobrara de la noche anterior. Para hacerlo me acerqué demasiado, pisando el borde, que cedió. Caí parado, pero en el acto sentí un agudo dolor. Mi peso había quebrado una gruesa botella de vidrio con el pie derecho, que llevaba calzado apenas con una abierta hojota. Salí de allí con esfuerzo, y caminé hasta la casa dejando un reguero de sangre y sintiendo que me desvanecía. Metí el pie en un fuentón con agua y sal gruesa, hasta que pasó la lipotimia. Cuando se levantó Lucía me puso una venda sobre la herida: me había cortado profundamente, en la justa unión entre el dedo gordo y la planta; el vidrio había llegado hasta el hueso. No quise ir al médico, sin embargo, confié en que sólo lavándome bien y echándome sulfatiazol me iba a curar. El resultado fue, pues, que por algunos días debería cambiarme las vendas y caminar rengo, lo menos posible.
Para esa misma tarde estaba previsto que Lucía viajara con nuestras tres hijitas a Bell Ville, para pasar quince días -sus vacaciones- en casa de su mamá. Como ya teníamos los pasajes comprados, el viaje no se podría postergar (tampoco yo quería que lo hicieran, ciertamente). El colectivo pasaba por Rodeo, había que esperarlo a un costado de la ruta. Pese a mi herida a las dos de la tarde las llevé en la camioneta y me quedé con ellas hasta verlas subir en ese inmenso buque sobre ruedas como era el expreso Tucumán-Mar del Plata. Cuando el vehículo se perdió en lontananza, regresé.
Quedar solo -librarme por unos días de la presencia de Lucía- era un alivio anhelado por mí con ansia desde que saliéramos de la cárcel y concertáramos sin convicción -al menos de mi parte- convivir otra vez. Anhelaba pasar muchos días solamente con las chiquitas pues había entre nosotros perfecta armonía, pero lamento decir que ni uno completo con Lucía. Ya he descrito en otros textos* la insatisfacción mutua, la rivalidad, el rencor refrenado con gran dificultad, que nos separaban, que hacían cada minuto transcurrido juntos por momentos asfixiante, casi insoportable. No repetiré aquí esas descripciones, que tiñen mi alma también de taciturna frustración. Lo cierto es que cada vez que se iba a visitar a su madre, me sentía provisoria y milagrosamente libre otra vez, vivo, por un período maravilloso, hasta el momento de su regreso, el cual me sumía nuevamente en la tumba gris donde vegetaba gran parte de mi carácter, dado que había aceptado continuar este matrimonio coaccionado por una serie de presiones, religiosas, éticas, familiares -al nacer las niñas, gracias a Dios se introdujo un estímulo maravilloso y un compromiso que me hacía feliz, quitándome en gran parte el dolor de esta exasperante contratación-. Apenas me sentía completamente solo, pues, me paseaba desnudo por la casa a veces, o dormía desnudo sobre el piso en el verano, otras veces salía a caminar, otras veces hacía locuras -gestos y piruetas, solo, en la madrugada o a la siesta; en fin, miles de acciones irracionales que constituían la manifestación más exterior de una catarsis que necesitaba, luego de haber acumulado por tan largos períodos amargura y frustración. También escuchaba música o leía, sin ver a nadie, encerrado o caminando por lugares apartados, a veces por días enteros, hasta saciarme. O rezaba. Cuando estaba solo con frecuencia me parecía estar más cerca de Dios. En realidad todo lo descripto anteriormente llevaba esa finalidad.
La mañana siguiente al día en que se fueron anduve hasta las cabinas del centro en bicicleta, para constatar por teléfono que mis niñas habían llegado bien. Luego de que lo supe, me relajé. Comía tomates con frecuencia, juntándolos del campo y echándoles sólo un poco de aceite y sal. Un día de muchísimo calor como a las doce y media estaba preparando la mesa para almorzar cuando golpearon las manos. Abrí un poco: había un hombre de grueso corpachón, con anteojos pesados, en el patio.
-Buen día, ¿qué necesita? -pregunté sin abrir del todo. El sol golpeaba esa parte de la casa y era muy fuerte. El hombre se había parado bajo nuestro eucalipto.
-Busco a Andrés Barela, el escritor -contestó con voz gruesa y tonada porteña.
-Bueno, aquí estoy -dije.
Lo hice pasar. Lo invité a sentarse ante la mesa y compartir mi almuerzo aunque era modesto en extremo: apenas una fuente con tomates cortados en rodajas, brillantes de aceite y sal, además un poco de pan, agua. No aceptó, pero me dijo que comiera yo. El se quedaría sólo unos pocos minutos. Finalmente nos sentamos a conversar, yo no comí y él encendió su segundo cigarrillo desde que estaba allí, por lo cual entendí que se trataba de un fumador. Dijo que era viajante. Representaba a una marca de productos químicos. Conocía a José Miguel Armendáriz. Él le había dicho que vivía en Rodeo. Luego había averiguado en el pueblo; de tal modo llegó aquí. Me miraba con curiosidad mientras hablaba y fumaba. Tenía ojos agudísimos bajo los gruesos cristales en marcos muy gruesos. Su corte, su peinado, su vestuario, le hubieran permitido pasar perfectamente por uno de esos detectives norteamericanos clásicos, mostrados por las películas de los 50. Transpiraba mucho, le pregunté si había venido caminando desde el centro. "No", contestó. "Dejé mi vehículo en la entrada, pues me avisaron que no podía ingresar en automóvil hasta aquí". Me sorprendí pero no lo demostré, preguntando enseguida: "¿Quién le avisó?" "Una señorita... parece extranjera..." informó el hombre. ¡Oona! ¡Le había hecho una broma, tal vez porque lo veía muy gordo, para divertirse! ¡Pero con semejante calor!... Cambié de tema. Hablamos de literatura. Era una situación surrealista. Él buscando conocer un escritor, cuyos libros leyera, el escritor descalzo, vestido únicamente con una vieja malla de baño, disponiéndose a comer, directamente desde una fuente enlozada, sólo tomates cortados. Se quedó unos quince minutos; luego de dejarme su dirección y prometer cartas, nos despedimos.
Así entonces. Todo iba sucediendo con fortuna. Estaba solo y feliz cambiándome las vendas cada tarde, la herida no me fastidiaba. Un sereno equilibrio se aposentó en mi alma y sentía no necesitar nada. Ante la atracción hacia Oona que unos días antes me obsesionara adquirí entonces un perfecto control. La coloqué en un sitio definido, en el armonioso concierto de árboles, melilotes en flor, campos sembrados, acequias, regadíos y sol que me rodeaban. Y todo adquirió un sentido levemente sobrenatural. No afecté inclinación a hacer nada, pues lo que iba a suceder debería integrarse en aquel devenir extraordinario, inaugurado con el arribo de un nuevo estado de mi conciencia. Un dato: no sé en qué momento, Oona había depilado sus piernas. Ya nunca más las vería con aquella pelambrera de la primera vez.
* Fulgor de los damascos. El misterio del mal.
Anapaula
Uno de esos días tuve ganas de acostarme con una mujer y me acordé que Anapaula me había dado su dirección en Santiago.* Me acordé también que algunos meses antes -en agosto- habíamos conversado largamente, pero las constantes presencias que se insinuaban desde fuera de nuestra casa nos habían impedido otra cosa que sospechar algo más que mera simpatía en las miradas húmedas o halagos mutuos que nos prodigábamos. Anapaula era una muchacha de 21 años a quien yo conocía desde sus 19. La causa de esta frecuentación estaba en que durante algún tiempo había sido novia de Horst, otro alemán que estuviera un par de años en la Stiftung. Era una de esas muchachas altamente karmáticas, condición manifestada en parte por la fatalidad de un cuerpo espectacularmente dotado para la sexualidad. Hija de una mujer escandinava y un turco adinerado, su padre la reconoció pero no pudo criarla pues ya estaba casado. Pese a ello tuvo con la escandinava otras dos hijas -muy bellas, como Ana- quienes al llegar a una edad juvenil se casaron a su vez con nuevos turcos ricos de la ciudad. La única rezagada era esta muchacha: luego de su ruptura traumática con Horst, había permanecido casi un año en Buenos Aires, para volver de allí embarazada. Al momento yo sabía por su madre -quien trabajaba como cocinera de la Stiftung- que tenía ya una hijita de cuatro meses, y vivía en una casa alquilada por su tío, según decían para "ayudarla"; pero yo veía en la "ayuda" de ese otro turco rico, cuarentón, de cuya lubricidad se narraban anécdotas, algo sospechoso. Al menos era un sibarita higiénico y buen mozo -me decía en sordina vaga una voz tenue, cuando la perspectiva de compartir con él a Anapaula sobrepasaba por descuido las psicológicas barreras de mi orgullo. De todos modos había desestimado sin siquiera considerarlo el comprometerme con la muchacha en caso de que se diera algún tipo de intercambio sexual. Fue lo que sucedió.
La tarde en que salí pensando en Anapaula, Oona trabajaba con los carpinteros. Como debía pasar por allí, nos estuvimos viendo durante varios minutos, despaciosamente, pues para llegar hasta el galpón debía trazar un radio cercano a los doscientos metros sobre el principal patio redondo. Rengueaba por la herida abierta unos días atrás, lo cual hacía bastante lento el proceso. Ella levantaba la cabeza un momento para constatar mis avances y la volvía a inclinar luego hacia unas maderas que alisaba con cepillo de carpintero. Oona llevaba como casi siempre un pantalón y chaqueta blancos, constelados de virutas, pues pulía pequeñas sillas, destinadas a los futuros niños de su guardería. Por mi parte me había bañado escrupulosamente, me había afeitado a conciencia, calzándome luego una camisa ocre, frisada, metida bajo un pantalón de hilo color africano, con un cinto fabricado especialmente para mí por Lisandro, el maestro curtidor de la Stiftung. Los zapatos eran blandos, abotinados, marrones oscuros, por cierto alemanes, como la demás ropa. Ella me miró con un poco de admiración y también sorna, pero en el acto leí en sus ojos que sabía adonde me dirigía y lo que pensaba hacer, ¡lo sabía! ¿Cómo lo supo? No tengo la menor idea. Estoy seguro que lo supo, desde ese momento, y lo supo después, como me lo haría notar al día siguiente cuando nos encontráramos de nuevo.
Para hacerla corta diré sólo que me acosté con Anapaula, y todo fue bastante mágico también. Encontré sin mucha dificultad su linda casita, justo en el ángulo sur del barrio Autonomía. Ella amamantaba a su chiquita con la puerta abierta cuando me presenté como una aparición en la entrada del jardín. No hizo falta explicar a qué iba. Comimos una pizza muy sabrosa con cerveza, nos bañamos juntos, y enseguida nos tiramos desnudos sobre un gran colchón que había en el suelo, mientras su chiquita dormía apaciblemente. Luego fuimos a dormir en su pequeña cama, junto a la cunita, pero yo me sentí incómodo enseguida y me fui como a las cinco. Desayuné en casa de mi padre y regresé a Rodeo enseguida.
Pasé a saludar a Oona que me miraba de arriba a abajo, de soslayo, y me hacía saber sin necesitar del idioma que se daba cuenta de todo... y no lo aprobaba. Aunque también quería mostrarse indiferente al asunto, como diciendo: "allá él".
Se hizo frecuente en las noches posteriores que fueran a mi casa a cenar "a la canasta" Oona, Holger, Lorena, con acompañantes que variaban (profesores de visita, apicultores, socios, amigos, miembros de la comisión directiva, otros alemanes, etcétera). Había sido una iniciativa de ellos que aparentemente se proponían institucionalizar. A la cuarta vez el asunto me hartó; yo tenía interés en Oona pero no en convertir mi preciosa soledad en una jarana, con un montón de tipos y tipas que me molestaban, quedándose hasta la una o dos. Así que luego de eso comencé a eludir el dispensamiento de mi casa, y tampoco acepté cuando me invitaban a otro lugar. Una tarde, como a las seis, había cerrado la puerta delantera y me había puesto a mirar mis ojos con un espejo redondo, apoyándome sobre la mesa de dibujo. Eran muy oscuros, desde la infancia mentados como extrañamente magnéticos. Levantando la mano, traté de aplacar mi peinado. Mis pelos eran como mis pensamientos. Desordenados, en ondas que se elevaban formando agudas olas, representaban por aquellos tiempos el caos que se movía en mi interior. Mi rostro, por lo demás, estaba tan quemado por el sol que casi alcanzaba el marrón, al igual que el resto de mi cuerpo. Estaba sólo con el calzoncillo puesto. No imaginé que alguien podría dar la vuelta, por eso no me había molestado en cerrar la puerta de madera. Me sobresalté cuando Oona asomó la cabeza, acompañada por Holger. Ella preguntó con regulada timidez si íbamos a cenar juntos aquella noche.
-No, gracias, quiero estar solo...- contesté, un poco fastidiado. De tal modo cesaron pues las concurridas reuniones nocturnas, a muy poco de haber comenzado.
* Debo aclarar esta frase para evitar confusión. No era habitual que "tuviese ganas de acostarme con una mujer" e inmediatamente la obtuviera. Por el contrario, a principios de 1989, venía de un largo período en el cual:
1) Desde 1976 a fines de 1982 -siete años- los había pasado en la cárcel, sin relación sexual ni sentimental con mujeres de ningún tipo.
2) Salí de allí sólo para restablecer mi convivencia con Lucía, un acuerdo efectuado por deber, durante cuya duración -pese a mis esfuerzos en contrario- no me sentía atraído en absoluto por ella (y por tanto los esporádicos acoplamientos con mi esposa legal constituían otras tantas frustraciones, sólo justificadas en mi consciencia por el posterior nacimiento de mis tres hijas).
3) Durante los primeros cinco años desde mi salida de la cárcel resistí con estoicismo toda oportunidad de relacionarme sentimentalmente con otra mujer que no fuese Lucía (pese a que tenía frecuentes oportunidades, debido a mis trabajos como profesor y artista). Sólo en 1987 establecí una brevísima relación con una hermosísima mujer de 30 años -yo tenía 37 entonces-, bonaerense, que fue como una iluminación (descripta en El Veranito de San Juan): estaba desperdiciando mi vida, pensé. Pues aunque no hubiese tenido relación alguna con muchachas en todo el lapso anterior, Lucía me atormentaba con sus celos (más que ellos creo que era su indignada reacción a la sola posibilidad de que alguien osara codiciar un "objeto" -yo- que consideraba de su propiedad). Entonces me liberé.
Mas tampoco es que salí a buscar mujeres -mucho menos prostitutas, actitud que desde la adolescencia había eludido con repugnancia-, sino solamente cambié de actitud. En ese panorama es que apareció Anapaula, a quien conocía desde unos cuatro años antes -cuando era una muchachita apenas de diecisiete años, hermosa, rotunda, novia de Horst, el alemán que viajara con nosotros al Norte-; nuestra relación se había ido haciendo cada vez más fraterna, primero; luego decidimos ceder, de común acuerdo, a la atracción complementaria que entre nosotros surgía. Por una sola vez... y es la que se menciona un poco al pasar en este capítulo. Luego nos encontraríamos en la calle, esporádicamente. Hasta el día de hoy -aunque muy pocas veces nos vemos- seguimos tratándonos con el mayor respeto y el afecto que corresponde a una amistad que ninguno de los dos consideró vulnerada. Creo que aquel leve intento de su madre por "responsabilizarme", narrado aquí, fue sólo una reacción espontánea de Anapaula, quien no podía ignorar mi creciente atracción hacia Oona, y actuó como una bella mujer desairada.
En el rubor de la oración
Una tarde, luego de que ella guiara en un breve paseo a cierto grupo de alemanes jóvenes que habían llegado de paso, logramos escaparnos por un rato solos hacia el canal. Era un momento magnífico, aquel en que las luces del día comienzan a difuminarse bajo el tenue abrazo del crepúsculo; las plantas parecían respirar aliviadas luego de un día caluroso, algunas garzas se elevaban graciosas indicando la presencia de esteros entre la vegetación, la vida de los millones de insectos, pájaros, pequeños armadillos, cuises, ranas, bullía con suave ronroneo a nuestro alrededor. Caminando serenamente extasiados por el momento llegamos al hermoso canal, casi tan ancho como un río, por donde transcurría un agua procelosa, transparente, con apenas perceptible rumor. No habíamos terminado de situarnos en el lugar, contemplando los hermosos colores rojizos, amarillentos, violáceos del cielo, no había terminado de preguntarle de qué signo era y me preparaba para empezar a profundizar un poco, al fin libres de los acechos y acosos constantes que nos rodeaban todo el tiempo, nuestra evidente afinidad, cuando escuchamos un tumultuoso repiquetear de cascos, un fragor de ramas quebradas, y vimos una polvareda que precedió a la aparición de dos jinetes, en la ribera opuesta, uno de ellos que nos gritaba:
"¡Al fin los encontramos! ¡Los estábamos buscando!"
Era el imbécil de Holger, montando un caballo, acompañado por Lisandro en otro, que nos urgía:
"¡Regresen! ¡Regresen enseguida! ¡Pronto va a oscurecer!"
¿Necesitábamos que algún estúpido nos avisara que iba a oscurecer? Comprendí sin embargo que el milagroso momento estaba roto; me entregué a la fatalidad, y cabizbajo, rengueando un poco aún junto a ella, regresé. Un pensamiento fugaz se introdujo de improviso en mi imaginación. ¿Y si ella era una reencarnación de Laura?... ¿Esto era posible?... ¡Sus fechas de nacimiento casi coincidían: Oona, el 9 de octubre; Laura: el 10!... Por ese entonces no sabía casi nada sobre la reencarnación, pero por un momento me sugestionó la idea.
Una noche de luna
Pocos días después iba a suceder uno de los momentos más hermosos. Fue, si la memoria no me falla, el 14 de enero. ¿En qué momento habíamos concertado cenar juntos, solos ella y yo? No puedo precisarlo. El plomo de Holger había tenido que viajar a Tucumán, por algunos días. Tampoco estaban los otros alemanes, que se habían ido a Santiago. Por las vacaciones no había alumnos ni profesores.
Sólo recuerdo que esa tarde, cuando ella pasó en bicicleta por la oficina de la curtiembre, donde yo trabajaba, me preguntó si me gustaban los panqueques, pues proyectaba preparar eso para convidarme. Le dije que sí, me encantaban. Entonces se fue a buscar su correspondencia, y comprar los ingredientes necesarios, hermosa con su pelo recién lavado, la mochila negra cruzada a la espalda, cual libélula antropomórfica en su bicicleta de carrera, que la obligaba a agacharse un poco para volar contra el fulgor del horizonte, por la ancha avenida de tierra apisonada que conducía a la ciudad. Debía esperarla en casa a las ocho y media, me pidió que preparase una sartén.
Puse la mesa en el patio trasero, allí donde a cincuenta metros comenzaba el monte. Guardé dos porrones de cerveza en el congelador.
A las ocho y media en punto llegó, pero para decirme que mejor fuéramos a comer en su casa, pues había invitado también a Peter Schmergen. Me fastidió tanto que no lo pude disimular.
-¿Por qué a Peter?- pregunté, escandalizado.
-No pude evitarlo... me vio llegar con los huevos y preguntó qué iba a hacer... me dijo que la Chicha había viajado y él también está solo... entonces le he dicho "ven a comer"...
-Escuchame bien, Oona, yo quiero cenar con vos y no con Peter Schmergen... -mascullé, rencoroso- así que decile a Peter Schmergen cualquier cosa y venite a comer aquí, como me lo habías prometido -la intimé.
-Oh, me da mucha pena de él...
-No se va a morir por comer solo -minimicé-. Pero bueno, haz lo que quieras. Si quieres vete a cenar con él, no te preocupes por mí. Vete tranquila -espeté, dando por terminada la discusión.
-Veré qué hago -dijo y se fue.
Como a los diez minutos regresó, trayendo una bolsa con los ingredientes para cocinar. Con mucha eficacia hizo todo; enseguida los panqueques estaban listos para servirlos. Fuimos al patio, pues; para entonces, la luna alumbraba tenuemente, coronando de plata las copas de los árboles.
En esos días había comenzado a transmitir una FM en Rodeo. Fue un regalo de los cielos. Desde las 9.00 ponían música suave, romántica, boleros o rock lentos, con bastante gusto. La fidelidad era perfecta.
Hablamos de pocos temas, con alguna dificultad, pues ella aún tenía problemas con el lenguaje. Le ofrecí ayudarle a manejar el castellano, que practicaba con un manual. Concertamos encontrarnos para ello dos veces a la semana, desde las 8, en mi casa. Pusieron "Toda una noche contigo", de Banana Pueyrredón y la invité a bailar. Nos levantamos, yo con alguna molestia en el pie aún, y tomándonos suavemente bailamos con lentitud bajo la luna, sobre el piso de tierra, unos dos metros cuadrados que separaban la mesita con la puerta. Veinte centímetros nos hubieran bastado, pues apenas nos movíamos, cadenciosamente, casi en el mismo lugar. La música era una excusa para abrazarnos. (Oona no se pintaba. No usaba perfumes. Sólo se lavaba al parecer con esencias vegetales que guardaba cuidadosamente, traídas consigo al viajar a la Argentina. Por alguna referencia casual sé también que de vez en cuando las recibía de su padre, por correo. De su cuerpo emanaba pues un aroma suavísimo, en todo armonioso con el de la tierra y los árboles.) Con dulzura, ella fue reclinando su cabeza sobre mi hombro. Nacho Rasquides * se portaba como un dios, lanzando temas uno tras otro, sin la más mínima interrupción. La selección era extraordinaria: Daniel Río Lobos, Roberto Yanés, Tito Rodríguez... Estuvimos allí... cerca de media hora, sin separarnos. En cierto momento su cabello suavísimo se metió en mi boca; ella lo notó y para apartarlo movió un poco la cara: su mejilla ardía. Con este movimiento la comisura derecha de sus labios quedó exactamente rozando los míos: entonces corrí un poco la cara y puse con serena determinación mi boca a cubrir la suya. Fueron instantes, minutos, no sé cuánto tiempo de elevación celestial. Hasta que repentinamente ella se separó y se sentó ante la mesa, a llorar.
Le caían las lágrimas suavemente, mojando el bello rostro, que se le había puesto carmesí. Farfullaba palabras alemanas junto con otras españolas en confusión, mientras trataba de secarse el incesante flujo con un pañuelo pequeñito.
-¡Estoy mal!... ¡mucho tiempo lejos de mi tierra!... ¡He hecho esto porque me siento sola! -más o menos es lo que intentaba decir (o al menos lo que yo entendí). Pero, ¡mucho tiempo lejos de su tierra! Si había pasado menos de un mes y medio desde que viniera...
-Debo irme ahora-, expresó al fin, levantándose. Entró a la cocina y se puso a embolsar sus cosas. Cuando hubo terminado se dio vuelta para retirarse. Pero yo, que la ayudaba desde su costado, con aquel giro quedé frente a ella; y otra vez, tomándola por la cintura, la besé. Otra vez se abandonó al dulzor, una nueva corriente de energía benéfica nos recorrió, pero sólo por unos pocos segundos; nuevamente brotaron las lágrimas.
-¡No llores, por favor!... -le rogué.
-¡No! ¡no!-, decía-: ¡yo no puedo hacer esto!...
-¿Tienes novio? -le pregunté.
-¡Sí! ¡Tengo novio! ¡En Alemania! -contestó.
Finalmente salió con rapidez y se fue. Logré llegar a la puerta para ver su esbelta figura blanca perderse en la oscuridad, entre los árboles que bordeaban el puente, camino a su casa.
* El dueño de la nueva radio.
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