15/07/05
Capítulo 3
Mis hijas
Eran chiquitas. Eran hermositas. Eran mis hijitas. El amor fraterno y el amor a Dios de que habla Erich Fromm se habían concentrado en mi alma hacia ellas. El amor a la vida, el amor a la naturaleza, la quintaesencia de tales sentimientos animaban mi corazón con relación a ellas.
Eran tres chiquitas hermosas, vitales, sanas. Lo eran también porque las amaba -las amábamos- sin condicionamientos.
Las amaba tanto por haber conocido el miedo, la culpa, la muerte. Por haber padecido el dolor infinito de haber hecho daño y haber sufrido el horror hasta abismos tan crueles, que la existencia pasó a convertirse para mí en un perpetuo milagro.
Lucía las amaba por haberlas llevado dentro, por conocer también el dolor extremo, la prisión, el terror. Al igual que yo había pagado un alto precio para aprender que el amor debe cumplir determinados requisitos para llegar a hacerse eficaz. Y no quería por nada dejar de aplicar las enseñanzas que la existencia había grabado con fuego en su conciencia. En esto nos parecíamos extraordinariamente.
Ningún itinerario de existencia que no incluyera a nuestras hijas tenía sentido, en mis pensamientos. Por ello también la imposibilidad de alejarme de Lucía, aunque me doliera hasta la médula cada hora compartida, por causa de nuestra aversión. Se explica también que me estaba vedado cualquier proyecto individual, tanto en el plano de los sentimientos como en cualquier otro de la actividad humana, salvo que pusiera a mis hijas como su centro.
Es oportuno agregar que las diferencias con Lucía no eran porque yo la considerase una mala persona. No me cansaré de decir que Lucía es una mujer excepcional. En todo sentido. Lo nuestro era algo diferente. Podríamos haber sido amigos, compañeros de militancia -como lo fuimos- o de trabajo -formábamos un excelente equipo-; pero no un matrimonio. El vernos obligados a convivir en matrimonio era precisamente lo que provocaba el sufrimiento mutuo, no alguna característica maligna de ninguno de los dos.
Se acumulan las energías
Una mañana la cocinera escandinava me increpó en el pueblo. Accidentalmente pasé por cerca de su casa y me detuvo con gesto decidido. Era una mujer delgada, fuerte, debió de haber sido atractiva antes de que la edad o los contratiempos la convirtieran en este ser nudoso, fumador, tenso, como ahora se la conocía. Pese a ello se había dado maña para enmaridarse con un policía, su pareja estable hoy, un tipo grandote, gordo, sucio y bonachón que le había dado otro hijo.
Sus ojos muy azules se proponían dominarme cuando habló:
-Me ha dicho la Anita que usted anduvo en su casa unas noches atrás.
-Así es -contesté, sin bajarme de la bicicleta.
-También me ha dicho que ha intentado propasarse con ella. Yo no sé qué va a decir doña Lucía si le comunico esto.
-Mire, lo que diga doña Lucía le corresponde a ella y me tiene sin cuidado -repliqué con tono cortante-. Si usted quiere decirle algo, sabe dónde encontrarla. En cuanto a su hija, tiene 21 años. Ya es mayor de edad. No hablaré con usted nada más sobre esto.
Ella se quedó sin palabras. Consciente de mi victoria psicológica, me despedí con helada formalidad. Que me tuviera sin cuidado la reacción de Lucía era una gigantesca mentira. Por el contrario, tiemblo sólo en pensar el escándalo que hubiese hecho si hubiera sabido de esto. Pero la parada me salió bien, y la mujer no insistió.
Anapaula no era una meretriz; por el contrario, su belleza y cierta "alcurnia" familiar la ponían en condiciones de integrarse sin dificultades a los sectores medios de la sociedad. Hasta en su fugaz encuentro conmigo se manifestó su karma, sin embargo. Pues en vez de constituir para mí un elemento importante como se merecía, dado que era una hermosa mujercita, educada y joven, nuestro acoplamiento fue un juego casual; nunca más regresé, ni afecté el menor interés por ella cuando eventualmente la encontré por ahí. Mi imaginación o afanes se orientaban con naturalidad, tal como lo harían las partículas de una tolvanera, únicamente hacia Oona. Como en el Mäelstrom, el vórtice de mi energía psíquica personal giraba entonces con ella ubicada en el centro, sin que yo pudiera -ni me propusiera- evitarlo. El infortunio atávico de Anapaula había determinado, pues, que su vigencia efímera coincidiese justamente con el inicio de aquel altísimo condensador de energía biológica que se estaba formando tras el encuentro entre Oona y yo. Pequeña competencia, por otra parte, resultaba la muchacha de Beltrán, corporalmente codiciable, pero de baja irradiación psíquica e inteligencia difusa, ante la vertiginosa luminosidad natural de la alemana y el gigantesco poder de su pensamiento.
Al regresar Lucía y las niñas desde Córdoba, la ecuación psíquica ya entablada había puesto en movimiento una intensísima corriente cósmica tendiente a unirnos, mientras que debido a los sucesos recientes o dudas conceptuales nuestros cuerpos ofrecían tenaz resistencia logrando -como la espiral de alambre que detiene un flujo de electricidad- sólo multiplicar la potencia acumulativa de aquella atracción.
Durante un breve periodo nos evitamos, yo con un poco de vergüenza y temor de que Lucía notase mi embeleso, ella tal vez por prudencia, por lealtad a su novio alemán, por escrúpulos de su conciencia católica... no sé, nunca me lo dijo. Pero pronto se presentaría otra oportunidad de estar muy cerca.
Con Lucía y las chiquitas había venido Daniela, hija que no criáramos pues habíamos estado presos casi desde que naciera hasta sus siete años. Al momento tenía trece, y aún vivía con su abuela en Córdoba. Para agasajarla, quise llevarla un sábado por la noche al Festival del Tomate que se hacía en Forres, a unos quince kilómetros de distancia. Por casualidad Oona y Holger habían invitado al mismo festival a tres alemanes jóvenes que nos visitaban. Decidimos ir juntos. Esa noche tomamos bastante, y pese a que ella se resistía, la saqué a bailar apenas pusieron música (chamamé, cumbias, etcétera). Aprovechando su torpeza en el baile, la apretaba mucho -y ella trataba de evitarlo. Tanto Holger como Daniela notaron mis intenciones; el alemán nos sacó muy temprano de la fiesta -a eso de las tres-. Eso me enfureció. Ya caminando por el húmedo césped de la banquina hacia nuestras casas, protesté a Oona mi insatisfacción, por haber tenido tan poca oportunidad de estar con ella esa noche.
-La vida tiene muchos días-, dijo suavemente. Esa respuesta me encantó, me hizo pensar que quienes deben aprender nuestro idioma con esfuerzo pueden manejar con mayor precisión y belleza las palabras.
Habíamos seguido cumpliendo los compromisos asumidos: por ejemplo, las clases de castellano. Fue precisamente durante una de ellas que se suscitó una escena incómoda con Lucía y tal vez su primera sospecha de un afecto especial entre Oona y yo. Había llegado a las 8 de la mañana -Lucía salía a las ocho menos cinco hacia las oficinas, a unos trescientos metros de distancia. Estuvimos trabajando sobre los verbos y su conjugación. Hasta que nos perdimos en nuestras auras. Yo tenía una oficinita que había construido en la casa junto al dormitorio grande -para Lucía y las chiquitas- y al mío. En aquella oficinita sólo había libros ordenados en estantes, y una mesita angosta donde escribía. En aquella parte de la casa la pared se combaba, insinuando un abrazo sobre nosotros, que sentados una frente al otro recibíamos la luz de la mañana por una ventana gótica que nos mostraba el panorama bellísimo de la acequia, los árboles florecidos, el campo, donde crecían miles de plantitas de cebolla, tomates, alfalfa, frutillas, ordenados en anchos recuadros, en el caso de las frutillas cubiertas por prolijas casitas artificiales. Nos habíamos sentado sólo con la angosta mesita en medio, por lo cual sus piernas largas se apoyaban de vez en cuando contra las mías. Yo las mantenía abiertas, y ella había ocupado el espacio colocando sus piernas allí. Como nos sucedía cuando estábamos juntos perdimos la noción del tiempo. Pasaron las nueve, hora en que debía irse, cuando dejamos completamente de hablar y nuestros cuerpos etéricos se fundieron, bajo el resplandor del aire matinal filtrado por una malla blanca puesta en la ventana para evitar bichitos. Mudos, nos limitábamos a mirarnos, sin atrevernos a hacer otra cosa. Sus piernas se abandonaron contra las mías por debajo de la mesa. Era el único contacto corporal que teníamos pese a que sus manos, sobre la mesa, estaban apenas a uno o dos centímetros de las mías. Sus ojos celestes muy abiertos se fijaban sin pestañear sobre mis ojos, sus labios se abandonaban en una dulce expresión de paz; nada más que eso, pero éramos felices, magnéticamente unidos; habíamos logrado el equilibrio perfecto que buscan los yogas, la beatitud, entre los dos.
En ese momento entró Lucía.
Se detuvo como si hubiese chocado con un muro transparente, en la puerta. Luego profirió, dirigiéndose a mí con tono casi de insulto:
-¿Qué esperas para ir a la oficina? Son las nueve y veinte. Hay apicultores esperándote allí.
Ni Oona ni yo hicimos comentarios. El día se había nublado, había un vientecillo agradable y mucha electricidad en el aire. Todavía un poco absortos, ella caminó hacia su casa; yo tomé una bicicleta para llegar más rápido a las oficinas.
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