15/07/05
Capítulo 4
Pequeñas contrariedades
Después de esa mañana Lucía se puso más agresiva y desconfiada. Oona se dio cuenta y suspendió las clases de castellano, con la excusa de que debía trabajar mucho para inaugurar la guardería a fin de mes.
Por otra parte, era cierto que mi carácter había cambiado demasiado como para que mi esposa no sospechara. De hosco y antisocial, me había vuelto abierto a las visitas ahora, extraordinariamente dispuesto para salidas o fiestas. Claro, cada reunión me permitía nuevas oportunidades para estar con ella.
Pese a ello traté de reducir mi participación en sus reuniones. La contención actuó como un disparador posiblemente, pues una noche en que Oona había organizado unos inocentes juegos, destinados a niños, pero invitándonos a participar a Peter Schmergen y a mí, luego de unos minutos de aceptación desbaraté con toda conciencia las normas, ridiculizando como si fuese una estupidez todo aquello, y sin escuchar sus dolidas protestas me fui.
La Tablada
Enero terminó peligrosamente para nuestra familia. De una manera que nos resultó pasmosa, un grupo de guerrilleros jóvenes había intentado tomar un regimiento en Buenos Aires; se había suscitado una carnicería. Lo peor era que conocíamos a esos guerrilleros: hasta poco más de un año atrás habíamos integrado su movimiento -incluso, uno de ellos se había alojado en nuestra casa. Recién luego de algunas horas llegamos a tomar conciencia de la gravedad de la situación.
Estábamos en el complejo principal de la Stiftung, Lucía en las oficinas, yo revisando con los obreros un cargamento de pieles, o algo así, cuando escuché por la radio las primeras noticias sobre un enfrentamiento armado en un regimiento importante. Pedí al curtidor que subiese el volumen, pero difundieron muy poca información; todo era confuso, la policía había rodeado el lugar, se tiroteaban con los atacantes, que resistían desde el interior del cuartel. Era temprano: como las ocho y media.
Como hacía poco se habían sucedido los levantamientos militares conducidos por los coroneles Rico y Seineldín, quienes no habían sido castigados severamente, además de mantener su estructura de poder militar intacta, di por sentado que se trataba de ellos otra vez.
Pero a las diez de la mañana el tiroteo continuaba; a la policía se habían sumado fuerzas del ejército, bombardeaban con bazukas a los atrincherados, los helicópteros artillados les lanzaban ráfagas; ese lugar de la ciudad era un infierno. Regresé a casa y encendí el televisor. Las imágenes que vi me sobrecogieron: pronto iban a salir los combatientes vencidos, se había llegado a un acuerdo, luego de haberlos cercado. Pero sobre los senderos del regimiento habían quedado numerosos cadáveres, de hombres y mujeres muy jóvenes, de civil. Las cámaras comenzaron a mostrar algunos rostros de los muertos y se difundieron sus nombres. Me estremecí al reconocer entre ellos a varios de mis compañeros del movimiento Todos por la Patria. ¡Cómo podía ser! ¡Nunca se había hablado de construir una guerrilla, mientras permaneciéramos allí! Pero recordé que una de las causas de nuestro alejamiento había sido precisamente el reconocer un cierto tufillo belicista en el lenguaje de algunos dirigentes, que lo habían sido a su vez del ERP, varios años atrás. ¡Oh, ¿podían ser tan locos?! No me cabía en el pensamiento esa posibilidad, pero era real, las imágenes de la televisión mostraban aquella trágica posibilidad concretada, evidentemente.
Comencé a caminar meditabundo pues la noticia me había conmocionado. Oona forraba carpetas con figuras para sus niños cuando entré. Quería hablar con alguien. Esta vez no sentía la menor inclinación afectiva hacia ella, mi mente había suspendido toda sensación salvo el preciso discurrir de los razonamientos, ahora necesitaba un interlocutor para ordenar un poco más las ideas. Oona no sabía nada del asunto. Tuve que explicarle que nosotros habíamos estado presos siete años durante la dictadura militar por nuestra actividad revolucionaria (bueno, eso ya lo sabía, dijo, "¿estos son tus compañeros?"). Había comprendido, por fin. Ese era el asunto. Eran mis compañeros. Y ahora quienes estaban o estuvimos relacionados con ellos, corríamos peligro en todo el país. Conocíamos por haberla padecido la ferocidad de la represión; miles de compañeros y compañeras desaparecidas, torturadas, asesinadas sin piedad por los militares no permitían imaginar un desenlace idílico para esta emergencia. Me fui tal como vine pues quería sintonizar alguna radio de Santiago. La policía estaba actuando rápido: ¡habían allanado la sede del MTP! Por el momento no habían detenido a nadie pero sus dirigentes permanecían bajo vigilancia.
Mi relación con este movimiento había surgido al reencontrarme con un viejo compañero de militancia en Buenos Aires, durante un viaje que hiciera hacia fines de 1985. Por entonces tratábamos de construir en Santiago, con algunos dirigentes agrarios, un partido nuevo. Por nuestra debilidad se había aceptado un frente con el Partido Intransigente, pequeño también aunque con una estructura nacional, pero la gente del MTP fue terminante a la hora de fijar condiciones para nuestra incorporación: debían cortarse los lazos con el PI, "un partido burgués". Tampoco les interesaban alianzas con otros sectores de la izquierda, comunistas o del MST: "reformistas superados por la dinámica revolucionaria ya en los años 70". Sabía que eran los mismos compañeros con quienes emprendiéramos nuestras gestas veinteañeras, mejor dicho, sus sobrevivientes. La cuestión me entusiasmó, por orgullo ante la capacidad de recuperación de nuestras fuerzas, a las que prácticamente se había considerado aniquiladas, pero también porque veía un programa mucho más maduro en la construcción de este nuevo movimiento.
En la Argentina se había necesitado un nuevo movimiento político desde los años 60. Nosotros fuimos ese movimiento, pero el adherirnos fatalmente a una política armada había permitido nuestra derrota. Los mismos políticos corruptos que gobernaban el país cuando intentáramos cambiar las condiciones que nos llevaban indefectiblemente al abismo, los Cafiero, los Ruckauf, los Storani, habían regresado con las elecciones, dotados de mayores mañas y endurecidos por su connivencia de casi una década con los asesinos militares.
Reiniciar la lucha, a tan poco tiempo de terminada la tragedia, era entonces no sólo una magnífica demostración de valentía, sino tenía un contenido político que abría grandes posibilidades de crecimiento entre el pueblo. Ello fue así, precisamente. Me impresionó mucho, a fines de 1986, comprobar la masividad que estaba adquiriendo el MTP en Córdoba y en Buenos Aires.
Hacia abril de 1987 mi instinto me avisó que algo inconveniente sucedía, sin embargo. Y durante un viaje a Córdoba se confirmaron mis temores. Me encontré con un compañero que había sido un alto dirigente del ERP en la década pasada, y su discurso me erizó la piel. Hablaba constantemente de que los militares se preparaban para dar un golpe... y de que había que pararlos. Me pareció decodificar de entre sus palabras que ese "pararlos" representaba algún tipo de voluntad armamentista, pues hacía alusiones veladas a que "a algunos compañeros es difícil contenerlos" y de rumores acerca de ciertas regionales que habían decidido acopiar armas (por cierto, "para defenderse"). Espantado, apenas regresé le dije a Lucía que debíamos alejarnos de este movimiento. Esa misma tarde, cuando nos visitó un dirigente del partido local le comunicamos esta decisión, alegando cuestiones de trabajo, de mis novelas sin terminar, de las necesidades familiares, en fin. No le gustó nada; habíamos recorrido el campo durante todo el año pasado organizando trabajosamente nuestro partido. Insistí afirmando que era mejor que nos alejáramos, antes de continuar a desgano. Lo entendió finalmente, y no regresaron.
Pero ¿sabría esto la policía?... Mi nombre había aparecido en durísimas solicitadas, repudiando los intentos militares, como dirigente del MTP. Y como dije, en todas las actividades públicas del partido había participado... hasta 1987. Sin embargo, mi alejamiento no era algo que se hubiera hecho público. Al menos eso era lo que yo creía.
Mi preocupación iba adquiriendo mayor intensidad a medida que avanzaba el día y las noticias adquirían una trágica precisión. Ellas mostraban la horrible masacre sucedida luego del asalto al cuartel por unos 50 guerrilleros, armados como nunca lo habíamos estado en la etapa anterior, con ametralladoras pesadas ¡y bazukas lansamisiles! En el acto se me despertó un pálpito: ¡Gorriarán Merlo!..
"¡Maldito demente!", pensé. Él era el único capaz de haber organizado esto. Había huido indemne de la lucha durante la dictadura militar, para ir a combatir con mucho armamento en África, en Nicaragua. Más tarde con su grupo habían destrozado a Somoza, haciéndole una emboscada callejera en Paraguay. Precisamente el remate lo dio de un bazukazo que lo desintegró, un santiagueño, el "Colorado" Irúrzun. Pronto se comprobaría que Gorriarán Merlo había dirigido la operación por radio, desde una camioneta estacionada en un lugar suficientemente a salvo. Me sentí traicionado por este personaje, a quien consideraba un inmaduro, quizás por no haber padecido, como nosotros, la cárcel. De momento mis inquietudes fueron aumentando, y repentinamente me acordé que en la oficina tenía una gran cantidad de revistas, folletos, documentos de izquierda. Incluso varios del MTP. Corrí a buscarlos... los quemaría, pues si nos allanaban la casa -cuestión que evitaba pensar pero se presentaba como muy posible-, iban a ser pruebas en nuestra contra.
Desde 1986 recibía regularmente varias revistas de Cuba; las consideraba un pequeño tesoro y las había coleccionado ordenándolas por temas en un estante especial. Me dolió mucho desprenderme de ellas. Pero lo hice. Como a las seis de la tarde, una oscura humareda se elevaba de mi pozo para la basura. Poco después no quedaba en nuestra casa ningún vestigio escrito de que alguna vez hubiésemos sido personas con ideas de izquierda.
Hacia 1993 un policía de los Servicios de Investigación se vanagoloriaría, durante un encuentro que no pude evitar en la plaza de Santiago, que si no me habían detenido aquella vez se lo debía a él. Según fanfarroneó, apenas se produjo lo de La Tablada lo llamaron por teléfono para saber si consideraba conveniente que me fuesen a buscar. Siempre de acuerdo con su narración él les había dicho que no. Que mi esposa y yo éramos personas inofensivas, dedicados por entero a nuestros trabajos, a nuestra familia. Que hubiese sido un error molestarnos. Él nos conocía muy bien.
Con su esposa se habían acercado a mí en 1986, durante la presentación de uno de mis libros. Ella era una maestra muy bondadosa y sensible, que escribía poemas bastante aceptables. Él me había dicho con brutal desparpajo que trabajaba en el D2 (el tenebroso Departamento de Informaciones, donde habían torturado y asesinado salvajemente a muchachos y chicas durante la dictadura). Pero en Rodeo estaba "fuera de servicio", así que era como "otra persona", según decía. En su repentino "sinceramiento" de la plaza me confesaría que en realidad le habían encomendado la tarea de vigilarme. Practicaba magia negra. No quise evitar el acoso a que nos sometía, por instinto de supervivencia, pero particularmente porque no había modo, sin ser grosero, de rechazar la relación profesional con su esposa. Jamás pudimos confiar en ellos, sin embargo. Todos sentíamos que nuestra ceremoniosa amistad era sumamente artificial.
Lo más probable es que él pidiera instrucciones a sus jefes, apenas sucedió lo de La Tablada. Si le hubiesen ordenado que me detuviera, lo hubiera hecho en el acto - quizá con ese doliente placer que aqueja en apariencia a esta clase de tipos cuando cometen sus enfermizas crueldades-. Pero mi tío era asesor principal del gobernador y mi padre Secretario de Educación y Cultura en el Gobierno Provincial. Demasiado poderosos como para lanzarse contra alguien de su familia. Creo que eso fue lo que verdaderamente impidió que cayéramos en la cárcel por segunda vez.
Nota: Para más detalles sobre los sucesos de La Tablada, ver Anexo I.
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