15/07/05

Capítulo 5

Disputas de carnaval

Habíamos entrado en febrero ya, había llegado el carnaval. También otro alemán. Había venido solo, se quedaría dos o tres días pues proyectaba seguir hacia los cerros de Tucumán. Era prolijo, vestía como un oficinista y presentaba cierto parecido con Freddy Mercury. Me dio un poco de celos ver cómo mi amiga lo atendía, pero me lo tragué como pude. La primera noche de carnaval se generó un incidente desagradable. Para agasajarlo, Oona había organizado una fiesta en su casa. Luego de cenar y tomar mucho, nos pusimos a jugar con agua. Comenzamos tirándonos chorros de soda, con los sifones; luego los más jóvenes -dos profesores del pueblo que habíamos invitado, Lorena y una amiga-, tomaron baldes. Mojándonos así estuvimos un rato, hasta que a alguien se le ocurrió traer harina. En pocos minutos estábamos todos blancos. La redonda casita "comunitaria" se había convertido en un caos, corriendo unos tras otros -particularmente los hombres a las mujeres, pero también ellas a nosotros a veces- alrededor, para embadurnarnos y mojarnos más y más. Descansábamos apenas unos minutos para tomar cerveza y continuar. Hacía mucho calor. Alguien descubrió una caja con témperas y recomenzó el jolgorio, animados ahora por la posibilidad de pintarrajearnos unos a otros. Así lo hicimos hasta liquidar los pomos. Al alemán oficinista no le había gustado mucho el asunto, desde el principio. Yo había observado que Oona y Holger parlamentaban con él cuando empezamos a tirarnos agua, y también más tarde, para convencerlo de entrar en el juego. Al acabar con las témperas, noté que él llamó aparte a Oona y enseguida ella vino a anunciar que ... (no recuerdo cómo se llamaba) iría a bañarse, también se cambiaría y volvería para continuar con nosotros, pero solicitaba no jugar más.
Ya lo habíamos olvidado cuando reapareció. Se había puesto una camisa mangas cortas, muy limpia, un pantalón claro, de raya impecable, atado con cinto de piel de serpiente, calzaba lustrosos mocasines, también de serpiente. Apenas apareció, Lorena -que estaba un poco borracha- gritó: "a mojarlo, a mojarlo". El alemán se puso pálido, con desagrado farfulló algo en su idioma; nos dimos cuenta de que era algo agresivo porque Oona y Holger discutieron un poco molestos con él. De repente voló una bombita desde algún lugar; fue a pegarle justo en el pecho. Su camisa floreada adquirió súbitamente una oscura mancha, que se extendió enseguida hacia su vientre. El tipo gritó y se enojó mucho. Entonces le llegó otra bombita que esta vez pasó por cerca de su cabeza. Esto actuó como una señal, pues en el acto comenzaron a llover bombitas de todos lados sobre el alemán. Entonces sucedió una escena patéticamente risible. El hombre -de unos treinta años-, sufrió un ataque de histeria. Se tiró al suelo, comenzó a mezarse sus lacios pelos castaños mientras gritaba, voces que únicamente entendían Oona, Holger y los otros cinco alemanes -cuatro varones, una mujer-; los diez o doce argentinos que estábamos allí nos habíamos quedado quietos, sorprendidos. De repente se levantó, entró corriendo a la casa, y luego de unos cinco minutos emergió, otra vez cambiado, portando su maleta. Farfullando en su idioma descendió por el sendero que llevaba hacia el lejano portón con gran velocidad. Oona corrió tras él, llamándolo por su nombre. Cerca de la casa de Peter logró detenerlo unos minutos. Los vimos dialogar rápidamente, Oona empeñada en disuadirlo, él muy alterado. Finalmente giró bruscamente y se fue. Vimos a la muchacha rubia regresar cariacontecida para decirnos:
-Se va definitivamente. Dice que irá a un hotel.
A decir verdad yo me sentí aliviado. Porque me había molestado mucho verla conversar con él, varias veces, y llevarlo a pasear.

Hacia el fin del carnaval se suscitó otro incidente violento, esta vez con Lucía. Habíamos ido al corso. Estábamos Lucía, Daniela, las dos chiquitas y yo con una familia amiga, cuando vimos pasar a Oona, Holger y otros dos alemanes por el frente, entre la multitud. Enseguida empecé a porfiar para que fuésemos hacia aquel lado, y Lucía se enojó. Me dijo palabras agresivas, por lo cual, sin darnos cuenta casi estuvimos en cuestión de segundos enredados en una discusión a los gritos -pues la música fortísima de los parlantes, los tambores de las comparsas que desfilaban por la calle, los gritos de quienes dirigían el corso, impedían escucharnos lo suficiente. Con arrebato grosero la tomé del brazo, en cierto momento, e intenté arrastrarla hacia donde quería ir. Entonces noté que quienes fueran con nosotros (el policía civil y su esposa), su hijo y dos hijas adolescentes, junto a Daniela, nos miraban asustados. Las chiquitas ni se habían dado cuenta del asunto al parecer, divertidas por las comparsas. Con mucha vergüenza, solté el brazo de mi esposa, pero era tarde. Ellos habían escuchado nuestra violenta disputa, la salida se había arruinado. En todo el trayecto de regreso hacia su casa -pues las chicas, de su edad, habían invitado a Daniela a quedarse a dormir con ellas- sobrevoló el amargor de aquel incidente.
Al día siguiente fui a buscar a Daniela, y la invité a desayunar en una confitería. Intenté explicarle por qué se suscitaban violentos incidentes entre Lucía y yo. Para ello historié mi terrible sentimiento de culpa cuando muriera Laura, lo cual, según mi análisis me había empujado irreflexivamente a casarme con la siguiente novia en gran parte para no correr riesgos de hacerle daño otra vez. Pero me enredé y terminé lagrimeando. Cuando creía que dentro de todo había explicado más o menos satisfactoriamente la cuestión, Daniela  hizo un comentario que me dejó descolocado:
-Es linda Oona, ¿no?
Se había dado cuenta de que me había enamorado de la alemana. ¡Seguramente todos se daban cuenta! Entonces me acometió una oleada de remordimiento. Lucía tenía razón, yo la estaba ofendiendo con mis actitudes públicas... ¡no tenía derecho a hacerlo! Me sentí muy mal. Estaba actuando como un crápula. Eso sentí. Entonces decidí -por primera vez- renunciar a Oona.
No iba a poder. Nunca pude. 

 

Los artesanos

En noviembre de 1986 habíamos viajado con Peter Schmergen, Horst y un estudiante salteño a los cerros Calchaquíes, llegando después hasta el norte de Salta. El objetivo principal era recoger piezas para exportar, que Schmergen compraba recorriendo diferentes comunidades marginales, desde los aborígenes wichi-matacos y tonocotés, hasta los artesanos que vivían, huyendo de la civilización consumista, dispersos entre los cerros. De paso dejaríamos a Horst en una pequeña comunidad hippie entre los cerros, donde estaba ayudando a construir una casa de piedra para un matrimonio, de quienes se había hecho amigo. Luego dejaríamos al alumno -cuyo nombre no recuerdo- con su familia, en Salta. Veríamos a Héctor Tuma en Amaicha del Valle, pasaríamos por las ruinas de Quilmes, donde había otra comunidad de artesanos. Nuestro itinerario debía continuar con la visita a un hermano de la esposa de Peter, en la ciudad de Salta. De allí teníamos que seguir hasta la Frontera de Salta, donde encontraríamos varias reservas de aborígenes de diversas etnias, hasta Mosconi, en el límite con Bolivia. En todas partes Schmergen tenía socios o personas conocidas que nos darían alojamiento. Entre los mencionados puntos principales, debíamos tocar una gran cantidad de pequeños pueblos, comunidades, o casas de artesanos aislados, que también esperaban nuestra visita. Nosotros les dejaríamos dinero, ellos entregarían diferentes artesanías: en plata, cobre, madera; tapices, hierbas medicinales, ropas de todo tipo, etcétera. Todo esto lo cumplimos sin problemas, salvo un accidente con la camioneta que me costó la quebradura de un dedo, al regreso.
Empezamos por Tafí del Valle. A la hora que llegamos, luego de un largo trayecto por entre montañas con una vegetación paradisíaca, ya hacía bastante rato que había anochecido. Entre los cerros, reunidos alrededor de una alta fogata entre las piedras, parecían meditar un grupo de hippies, hombres y mujeres jóvenes, de aspecto taciturno, ateridos por el frío. De cabellos largos, casi todos pertenecían a razas de inmigrantes; provenían de Rosario, Córdoba, Buenos Aires. De eso me enteraría después. Muchachos rubios y castaños, mujeres de ojos claros. Todo se animó al llegar nosotros, pues Schmergen anunció que teníamos un chanchito en la camioneta, listo para ponerlo en la parrilla. Aunque casi todos eran vegetarianos dejaron sin remordimiento su dieta. Parece que habían trabajado todo el día y la comida les resultó muy suscinta: he ahí la razón de su saudade, pues apenas el humo del chanchito perfumó la atmósfera limpia bajo las estrellas, cundió la alegría y con una guitarra se pusieron a cantar temas emblemáticos de los `70 pacifistas. Estuvimos allí aquella noche y el día siguiente, partimos al atardecer. Por la mañana temprano las mujeres fueron a bañarse al río, que pasaba por entre las piedras unos cien metros para abajo. Ellos ponían a alguien de vigilancia para impedir que los extraños fuesen a mirar.
Era un lugar paradisíaco. En aquella cova vivían tres familias, pero por separado -tal como si fuesen vecinos en la ciudad, sólo que con mayor distancia entre las viviendas. Por todos los cerros calchaquíes habían cientos de estas familias, viviendo con una actitud de respeto a la ecología, muchas veces vegetarianos o macrobióticos; huían de los reglamentos fijados por la civilización. Eran generalmente pacifistas, pero eventualmente ocurrían entre ellos reyertas graves, como se verá. Los más jóvenes iban desde los 19 a los 27 años,los mayores andaban por los cincuenta. Muchos niños habían nacido allí; eran criados bajo concepciones budistas, hippies, naturalistas, védicas o cristianas, como un grupo que visitaríamos más tarde. Solían ser muy individualistas, por lo cual evitaban normalmente las agrupaciones de más de tres o cuatro familias, y esto manteniendo una prudente distancia, como dijimos, entre sus moradas. Respetaban sus soledades, cada uno de ellos había tenido experiencias traumáticas en las grandes ciudades de donde provenían, por lo que solían ser hipersensibles. Los hombres usaban el pelo largo y barbas naturales; al igual que las mujeres, llevaban vestidos artesanales, anchos, floreados, casi todos fabricados por ellos. Normalmente iban un poco sucios -allí es imposible mantener el tipo de prolijidad acostumbrada en las ciudades-, algunos tenían el pelo apelmazado, lo cual fue tomado por mí como una increíble falta de higiene (muchos años más tarde mis hijas me explicarían que a esto llamaban "rasta" y era un tipo de ungüento que pegaba los pelos, dándole esa apariencia de grumo a los mechones). De tanto en tanto podían encontrarse entre aquellos cerros a suizos, alemanes, franceses, en fin, otros parias del modo de vivir occidental refugiados allí.
Dentro de lo posible trataban de abastecerse de alimentos trabajando la tierra -también criando animales, en el caso de quienes no eran vegetarianos-, pero por fuerza necesitaban comprar algunas cosas, como harina, azúcar, a veces leche para los niños, remedios, en fin. Para ello trasegaban los cerros buscando piedras preciosas, que luego engarzaban en anillos, pendientes, collares, etcétera, hábilmente trabajados en bronce, cobre o plata. De vez en cuando se veían obligados a bajar a las ciudades, entonces, para ofrecer su mercadería.
Schmergen les había solucionado en gran medida el problema -suscitado principalmente por su aversión a la gente de las ciudades -donde por otra parte solían ser discriminados u objeto de burla-, comprándoles dos o tres veces por año grandes cantidades de artesanías. Enseguida supe que se las adquiría a precio vil, comparado con lo que él obtendría luego en Alemania. Eran objetos de alta calidad artesanal, pues cada una de esas personas era un artista, amante de lo que hacía (muchos de ellos son, además, pintores, escultores, poetas, músicos) cosa muy evidente al ver las piezas y altamente valorada por el público europeo. Así, un anillo que Schmergen compraba a cinco dólares, por dar un ejemplo, era vendido allá por cuarenta, por lo menos. Al valor artesanal de la pieza Schmergen agregaba el sentimental, pues todo esto era presentado en Alemania como "apoyo para una fundación que ayudaba a los pobres y aborígenes de América Latina", lo cual dotaba al negocio de un aura irresistible para sensibilizar alemanes con inquietudes de conciencia o sencillamente de personalidad generosa.
Así es que Schmergen, dos o tres veces por año, recorría los cerros de Tucumán, Catamarca, Salta y a veces Jujuy y el Chaco, acumulando hermosas artesanías, para llenar los espacios que restaban en el contenedor tras cargar la miel de los apicultores miembros de la Stiftung.
Hacer ese itinerario era una experiencia extraordinaria. Además de los lugares bellísimos, las originales personalidades de los artesanos creaban en cada caso situaciones particulares. Ello requería de gran elasticidad conceptual para quien debía visitarlos, pues encontraba circunstancias bastante diversas a cortas distancias, lo cual obligaba a adecuarse conceptualmente en muy poco tiempo. Por ejemplo, apenas luego de haber visitado a una familia de criollos oriundos del lugar, donde tomáramos mate con tortillas entre los cerezos -que allí crecían de un modo natural- entramos a la casita de una pareja de rubísimos hippies, quienes con cuyos tres hijitos tan rubios como ellos perfectamente podrían haber sido holandeses. Sus paredes presentaban grandes posters con las efigies de Jefferson Airplaine, Jimi Hendrix, The Doors, mezclados con tapices de la India. Su discoteca estaba colmada de discos en inglés.
Pronto llegamos a Amaicha del Valle, el "imperio" de Tuma. Héctor Tuma era un hombre como de cuarenta años y, a diferencia de muchos indios había tomado con firmeza al destino en sus propias manos. Muy alto, buenmozo, fuerte, era broncíneo, hermoso exponente de una raza aborigen con alto grado de pureza. Había construido una especie de castillo incaico entre los cerros, que explotaba como restaurante y hotel. Además explotaba una fábrica de artesanías, donde trabajaban decenas de teleras y artesanos, elaborando tapices, frazadas, ponchos, ruanas, miles de objetos de cerámica de bellísimo diseño, que acrisolaban en grandes hornos bajo su dirección. Estos trabajos eran altamente valorados en Europa. Su prestigio había llegado ya a los Estados Unidos; cuatro o cinco años después me enteraría por una revista que iba a exponer algunos de esos tapices en el Museo de Arte Moderno de Nueva York.
Analfabeto, se había criado en la calle, lustrando zapatos durante toda su infancia. Tuma tenía una esposa bella, también de rasgos finamente indios, morenísima, unos dieciocho años menor que él, quien se ocupaba de leer y mantener la correspondencia personal y administración general del artista-empresario. Un maestro porteño, descendiente de italianos, había venido a vivir muy cerca de él, para actuar como "asesor cultural". Él se encargaba de inculcar a los Tuma la superidad de las razas aborígenes sobre la calamitosa combinación de pieles blancas altamente vulnerables a los elementos con mentes neuróticas y angustiadas de los europeos que habían fundado la civilización occidental. Lo singular es que el mismo tipo que sostenía tal cosa era un rubio de ojos claros, también. Nos prestaron para que nos alojáramos una casa bellísima, antigua, que poseían sin habitar en el pueblo cercano, luego de agasajarnos con una exquisita cena. Ya habíamos dejado a Horst atrás, por lo cual en ese momento éramos tres, con el estudiante salteño, quien jamás decía nada sin que se le preguntara -según la costumbre de la gran mayoría de aquellos paisanos.
Al día siguiente visitamos las ruinas de Quilmes, pues debíamos pasar por allí para ir a la morada de otro proveedor de la Stiftung. Con estremecimiento, pisé esas gigantescas piedras, imaginando los espaciosos ámbitos donde desarrollaban su vida comunitaria los aborígenes de aquella raza bravísima, los últimos en ser sometidos por el conquistador (recién a fines del siglo XVIII).
Luego de salir de allí y recorrer unos cincuenta kilómetros estuvimos sobre un panorama completamente distinto. Era una región más terrosa, de vegetación árida. Nos detuvimos en un pequeño pueblo muerto, compuesto por grandes casas de ladrillo, totalmente deshabitadas y en ruinas. En una de estas vivía Juan Lugarini, con su familia. Ella estaba compuesta por su esposa, una hija de quince años y un muchachito como de siete. El viento levantaba remolinos de tierra en aquel caserío fantasma. El hombre que nos recibió era sumamente delgado, de tez muy oscurecida por el sol. Llevaba el pelo extremadamente largo, como la barba, y al igual que su mujer, le faltaban muchos dientes. Nos invitó a pasar; en las pocas habitaciones que conservaban algo de techo, habían acomodado sin mayor orden sus pobrísimas pertenencias: sillas de metal sin respaldo, dos o tres mesas mal reconstruidas con alambres, sobre las cuales trabajaban fabricando sus artesanías de arcilla. Por todos los rincones de las ruinas se percibían colgajos de telarañas, impregnadas de tierra. El aspecto de todo aquello era depresivo. Pese a esto, Lugarini nos dijo que estaban luchando por conservarlo, pues habían aparecido unos "dueños" del sitio que vivían en Tucumán, y querían echarlos. En ese momento se oyó un galope y apareció la hija, montada en un caballo flaco. Era una muchacha bonita, pero su piel estaba tan arruinada por la intemperie, sus cabellos tan desteñidos por el sol, sus pies, descalzos, y sus manos, tan ásperas, amarronados por la tierra, que difícilmente hubiese suscitado la menor inquietud sexual en alguien civilizado. Inmediatamente le tuve lástima, pensé en mis hijas, me dije que jamás las condenaría a una vida que pudiera obligarlas a pasar su adolescencia de tal manera. Esto alimentó la eterna contradicción en que se debatía mi alma, entre el rechazo profundo que me suscitaba la existencia febril de las ciudades, lo irritante que me resultaba su estética y la comprobación frecuente de lo difícil de una existencia familiar en el campo, si no se tenía acceso a recursos técnicos creados precisamente en -y para-las ciudades. Y el otro tema: para un joven -como se sabe- es vital cierta alternación con otros de su edad. En medios como el que transitábamos, casi no habíamos encontrado jóvenes... barridos por el éxodo hacia las ciudades, habían convertido a estos lugares -paradisíacos algunos, pero sin posibilidades de progreso económico- en espacios habitados mayoritariamente por niños, adultos y ancianos. (O esa otra sub-especie que ya hemos descripto, los rechazados por la civilización, quienes a su vez rechazaban a los que no fueran más o menos parecidos a ellos.)
Juan Lugarini era un "evangelista", según se definía. Nos dijo que la comunidad que integraba era grande, pretendían vivir como verdaderos cristianos; para ello debían evitar las ciudades.
-Un solo hermano por vez viaja a la ciudad, cuando se lo necesita -dijo- debe vender nuestras artesanías y comprar cosas para todos... harina, yerba, azúcar... Ahora mismo ha viajado un hermano a Salta, y estamos todos orando por él constantemente, para que nada malo le pase... en las ciudades, reina Satán -afirmó.
Le pregunté de dónde había venido él.
-De Buenos Aires -contestó.
-¿Y vuelves a tu ciudad alguna vez? -quise saber. Me miró como si lo hubiese insultado. Luego dijo con ahogada furia:
-Ninguno de nosotros, ¿entiendes?, ninguno va jamás a esa concentración del mal que es Buenos Aires... ni iremos aunque nos maten. Ella es la prostituta mayor, la reina del mal, allí impera sin competencias Satán.
Me sentí incómodo ante él. Por una parte me atraían su opción de vida y en general sus conceptos. Por otra, veía un altísimo grado de fanatismo en sus ojos, que no eran mansos, sino alucinados, como los de quien odia, y me parecía muy cruel imponer a los niños una forma de vida infrahumana, sirviendo a una concepción fundamentalista... Conocería después a otros miembros de la comunidad de Juan, que no vivían de un modo tan áspero como él, aunque sustentaban una paranoia similar. Nunca resolví del todo esta contradicción interna, pues conocería a otros pobladores de las sierras -o el mismo campo de Tucumán, Salta, Catamarca o Santiago- que por el contrario parecían vivir muy felices y prósperos (aunque siempre con cierta aspereza) en lugares en absoluto carentes de la tecnología occidental.
De allí fuimos a Salta. Después, recorrimos cuatro o cinco pueblitos donde visitamos artesanos de la región, u otros como Juan Lugarini o los hippies, fugitivos de la gran ciudad. Cerca del crepúsculo llegamos a las comunidades indígenas. Pernoctamos en una de ellas, inmensa, extraordinariamente organizada pero así también muy pobre, cuyas matriarcas eran tres maduras monjas alemanas.
Por fin, llegamos a Mosconi. Nos alojamos en la comodísima escuela agrotécnica, un complejo edificado en tiempos de Perón. Su director nos obsequió un avestruz y una pareja de pecaríes que habían capturado en la selva, pues con los alumnos pasaban mucha tensión. A veces se escapaban, eran animales peligrosos, por lo cual debía mantenérselos alejados en lo posible del contacto con humanos. En un aparte aconsejé a Schmergen que no los aceptara -pensaba en nuestros alumnos, pero particularmente en mis hijitas-; como era habitual en el ex cura, no me hizo el menor caso. "¡Vamos a empezar a formar mi zoológico!", exultó. Desde hacía tiempo que hablaba de crear un zoológico en la Stiftung, este obsequio le daba oportunidad de concretarlo. Además Schmergen era incapaz de rechazar un obsequio. Todo lo que viniera gratis lo regocijaba. Con los hijos del director, fuimos una tarde a llevar cartas al correo de un pueblo boliviano, cerca del límite. Con los pocos australes que tenía, pude comprar regalos para Lucía y mis hijas, pues el cambio nos favorecía mucho por entonces.
En Mosconi estaba la más grande reservación de aborígenes. Cientos de ellos, con sus familias, se habían colocado ordenadamente a las puertas de sus chozas, con una mesita donde exhibían sus trabajos. Lo hacían exclusivamente para nosotros, pues se les había avisado que veníamos. Schmergen elegía: esto sí, esto no, los aborígenes por turno trataban de vender más artesanías, Schmergen alegaba falta de dinero; finalmente terminaba sacándoles las cosas por menor precio. Una indígena bellísima, como de dieciocho años, de ojos color miel, me suscitó un comentario elogioso. "Debe ser mezcla con europeo", me contestó Schmergen. Le dije que eso era un prejuicio infundado. "Una aborigen no puede ser así", insistió, pero sin fundamentarlo. Todas las razas que llegan a dominar el aspecto económico de la existencia humana se ilusionan con la propia superioridad. Otrora los egipcios, luego los japoneses, ahora los anglosajones o germanos -reflexioné.
Al regreso, le rogué a Schmergen que no manejara de noche, pues casi no habíamos parado aquel día: encima, tuvimos que cargar las pesadísimas jaulas de madera con los animales, que llevábamos atrás, junto a una inmensa cantidad de cajas con artesanías, que llegaban hasta más arriba del techo, atándolas y reatándolas con gruesas sogas. Para variar, no me hizo caso. Tampoco aceptó que nos turnáramos para manejar. Como a las tres de la madrugada, iba él manejando, al medio otro estudiante que llevábamos de regreso a la Stiftung, y yo del lado de afuera, cuando se nos cruzó una tropilla de caballos. Schmergen cabeceaba sobre el volante. Yo también dormitaba, pero el instinto me advirtió. Grité; Schmergen dio un tirón al volante que hizo zigzaguear brutalmente a la camioneta; la puerta de mi lado se abrió; para no volar despedido por la gran velocidad y la succión exterior, me aferré con la mano derecha al techo de la camioneta; se oyó un golpe fortísimo, luego sentí otro golpe y un agudo dolor en la mano; me di vuelta: atrás había quedado un caballo retorciéndose sobre el pavimento, pero alcancé a ver que se incorporaba, atontado, y seguía a sus hermanos. Milagrosamente, habíamos pasado por en medio de la tropilla, sin embestirlos, pero por efecto de la frenada y el zigzag se había abierto la puerta, la cual chocó en la cabeza de un caballo y regresó con gran potencia, aplastándome la mano. Ello me provocó la quebradura de un dedo. No lo sabría hasta llegar a Tucumán, pues Schmergen insistió en que debía aguantar el dolor, para no parar -sospecho también que para no caer en el riesgo de gastar algo de dinero en medicamentos. En Tucumán el hospital público estaba tan lleno, que a pesar de haber logrado entrar con una artimaña en la sala de guardia, desistí de hacerme un estudio serio, por lo cual, recién al llegar a Santiago, en el hospital Regional, el médico me aplicó un precario entablillamiento de plástico. Debido a este suceso, el dedo anular de mi mano derecha quedaría torcido para siempre.
Bueno, por causa de esta relación comercial aparecían cada tanto por la Stiftung muchos de estos artesanos, quienes cuando tenían dificultades económicas peregrinaban hasta Rodeo, para pedir un anticipo a Schmergen, aprovechando para cambiar sus artesanías por miel u otros alimentos que llevaban, de nuestro campo, para sus familias. A veces se quedaban por algún tiempo.

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