15/07/05
Capítulo 6
Inauguración de la guardería
Todo estuvo listo para inaugurar la guardería a principios de marzo. El edificio, muy espacioso, era el más sólido que se había construido hasta el momento allí. Constaba de una sola, gigantesca cúpula, subdividida interiormente en cuatro espacios. Los más grandes se ubicaban hacia el frente, mirando al oeste; eran un amplio salón y a su lado, los baños, dotados de mesadas con piletas para lavar ropas u otros usos, varios retretes y duchas. Hacia atrás, al este, había una pequeña habitación, pensada originalmente para apartar un poco a los niños que se durmieran, junto a una larga salita donde se debía preparar las comidas (frugales, pues los niños estarían allí solamente por las mañanas). El proyecto -diseñado por Oona y Peter- se orientaba a recoger allí niños de mujeres humildes, obligadas a trabajar en el campo, que no tenían familiares que pudiesen ocuparse de sus niños hasta que ellas regresaran. Se admitirían niñitos de dos a cuatro años, edad en que ya podrían ingresar al jardín de infantes. Por cierto del emprendimiento también sacaba mucho partido Peter Schmergen, dado que las donaciones para su construcción y funcionamiento provenían de generosos alemanes, a quienes había bombardeado con las fotografías de niños pobres con que contaba en gran abundancia dentro de su cartera, cada vez que iba. También había fotografiado hasta el hartazgo el edificio, en cada paso de su construcción, pues con esas pruebas obtenía mayores recursos, demostrando lo caro que significaba atender a los niños del Tercer Mundo correctamente.
No sin conflictos se efectuaría la fiesta convocada para un domingo por la tarde. Todo comenzaría a las ocho, para lo cual, debíamos tener el gran patio regado, mesas y sillas dispuestas formando un círculo, para una concurrencia calculada en doscientas personas, y la amplificación, para difundir música y proveer de un micrófono fiel que permitiera un desempeño cómodo a los oradores. Este fue otro motivo para fogonear el disgusto de Peter hacia mí, poco antes de empezar con el acto. Con su habitual actitud de mezquinar el centavo, él había hablado a un amigo que tenía en la ciudad de Santiago del Estero, quien le prometió venir con su amplificador y aportarlo sin cobrar nada. Esta persona -a quien también yo conocía- se conformaba con haber sido invitado a la fiesta, donde comería asado y departiría con sus amigos alemanes. Por mi parte desconfiaba de estos acuerdos gratuitos, pues al no pesar la obligación de un contrato, en un alto porcentaje de oportunidades solían resultar fallidos. Precisamente lo contrario de lo que necesitábamos: teníamos que garantizar estrictamente la música, desde las seis de la tarde, y también muy especialmente los micrófonos, pues se sabe que sin micrófonos un acto masivo y al aire libre resulta desastroso. Estaba prevista la actuación de un conjunto folklórico, uno que otro solista, y Tomás, un artesano que accidentalmente nos visitaba, quien se había ofrecido a cantar acompañándose con guitarra. Esa misma tarde había llegado Pedro, otro artesano que también tocaba la quena y el sikus; se conocían, de tal modo que actuarían juntos. Habían estado durante toda la mañana y parte de esa tarde ensayando. Debido a estas consideraciones, me tomé la atribución de contratar a un amplificador profesional de Rodeo, quien por cierto iba cobrar una tarifa razonable. Al fin y al cabo yo era el director del área educativa, aunque Peter jamás reconociera del todo ese título, al cual agregaba indefectiblemente la palabra "interino", pese a que su otorgamiento a mí había sido una exigencia de los alemanes (en una decisión que me sorprendiera y cuyas motivaciones jamás llegué a conocer claramente). Bien, esta vez como en otras, aún sabiendo que esto iba a provocar roces, yo había tomado la decisión de disponer un gasto que me parecía necesario.
A eso de las siete y media de la tarde el espacio estaba casi cubierto por el público, compuesto principalmente por personas que habían venido de la ciudad de Rodeo. Los más humildes habitantes de los alrededores, hacia quienes iban dirigidos los propósitos de la guardería, eran los menos representados. Esto por una frecuente condición de los pobres, quienes se sienten intimidados ante la presencia de personas económicamente superiores, en varios casos familiares de los mismos patrones para quienes ellos trabajaban. Pero los niños sí habían concurrido masivamente. Esa tarde se les serviría gaseosas y sandwiches, así que el estímulo era importante.
Oona estaba muy nerviosa. Primero se mostró con un vestido azul oscuro, de noche, y zapatos negros. Un rato después de haberse perdido en la casa donde aún moraba, reapareció con un traje sastre, de color sepia, entallado, y zapatos al tono. Tenía esta vez aspecto de azafata alemana. Como la pollera dejaba sus piernas a la vista de las rodillas hacia abajo, por primera vez observamos que sus pantorrillas eran muy robustas; esto, unido a su largor, provocaba la impresión de ser "toda piernas". Pues en lo referido a cuerpos, la percepción suele transmitir proporciones, no tamaños. Ello suscitó comentarios irónicos de Daniela, esta vez dirigidos a congraciarse con Lucía. "Con razón no usa pollera nunca", dijo. Era verdad. Por primera vez aparecía ante nosotros así.
Peter Schmergen -a quien la gente, que no podía pronunciar su nombre, había rebautizado "Pedro Meguen"- andaba un poco amoscado. Prácticamente no había aparecido en toda la tarde, cosa extraña en él pues solía participar en todo. Su actitud anunciaba tormentas.
A las ocho menos cinco se ubicó discretamente junto a su familia en una mesa distante. Cuando llegó la hora del acto, lo invité a pasar al micrófono. Hizo un discurso de circunstancias pues además de no ser hispano tampoco era buen orador. Luego comprendería que hasta el contraste en ese plano conmigo, que por falta de locutor había tomado el micrófono desde el primer momento, sería un elemento utilizado para exacerbar el resentimiento ya sustentado hacia mí. Luego habló Oona, quien tampoco se destacó por su discurso, muy breve, pero en su caso no era necesario, pues ella misma constituía una atracción. En el momento en que explicaba los objetivos de la guardería vi llegar a una camioneta cargada con grandes baffles atrás. El amigo de Schmergen, con su equipo, había llegado. Era un individuo rústico, de mentalidad simple, que desde su adolescencia trabajaba en la verdulería de su padre y sostenía un conjunto de música popular. Lo vi bajar con su familia, vi apresurarse recibiéndolo a Schmergen, los vi deliberar unos minutos, vi al recién llegado ascender otra vez a la camioneta con su esposa y un hijo, e irse. "Más líos", pensé. Nadie me dijo nada, sin embargo, pero ello no me engañó. Seguramente el haber desairado a quien se tomaba el trabajo de venir cargando por cincuenta kilómetros su equipo, sólo para encontrarse con que no se lo necesitaba, tampoco se me perdonaría, llegado el momento del juicio -que se acercaba.
Lo que siguió fue la fiesta, con gente comiendo a más no poder todo lo que se distribuía -sandwiches, asado, carne de cerdo, empanadas- y tomando vino, cerveza y gaseosas en cantidad. Era una noche muy agradable, estrellada, primaveral. Invité a bailar a Lucía, pero por alguna razón que no entiendo ella nunca bailaba conmigo más de dos o tres piezas. Lo peor era que se molestaba si yo iba a bailar con alguna mujer joven. Razón por la cual para mí, pues me gusta mucho bailar, concurrir con ella a un sitio donde se bailase era un problema. Debía quedarme sentado toda la noche, o de otro modo soportar durante varios días sus taciturnos latigazos verbales, un castigo que no era para despreciar. Ello me indujo tal vez aquella noche a beber demasiado.
Como a las cuatro de la mañana habíamos quedado únicamente Lucía, mis hijas, Oona y uno de los artesanos, que se puso a cantar desde el escenario exclusivamente para nosotros. Sus canciones fueron tan dulcemente tristes, haciendo alusión además a los desaparecidos, tantos jóvenes asesinados durante la guerra que poco tiempo atrás hubiéramos padecido, estaba tan cerca lo de La Tablada... quién sabe cuáles otros factores sutiles de mis sentimientos fueron tocados por las canciones, lo cierto es que me puse a llorar. Sucedió blandamente, sin grandes exteriorizaciones, sencillamente las lágrimas comenzaron a correr sobre mi cara sin que pudiera evitarlo, y aún más, cuando trataba de hacerlo, restregando desesperadamente mi pañuelo contra el rostro y luego, mojado este ya, quería disimular mis lágrimas con la mano, estas parecían tomar más fuerza. Lucía estaba incómoda, no me miraba; simulaba, con expresión adusta, no haberse dado cuenta; Oona, por el contrario, me observaba asombrada, todo el tiempo y parecía también muy conmovida. Luego de la actuación de Tomás apagamos los equipos y nos fuimos todos a dormir.
Hippies, trashumantes, marginales
Lucía reprobaba a los artesanos (los englobados en el genérico de "hippies", esto es, individuos de clase media huídos de las ciudades). Sustentaba hacia ellos un rechazo que le resultaba difícil de ocultar. No así respecto de los campesinos o teleras que proveían ocasionalmente sus trabajos para exportar, pero estos no venían jamás a la Stiftung, salvo que se los invitara especialmente para una fiesta o una asamblea (y aún así, viajaban sólo quienes vivían más o menos cerca). Los artesanos que Lucía repudiaba eran los renegados de la civilización, esos que echaban pestes en contra de la cultura de las ciudades o su consumismo, pero al parecer tampoco podían pasarlo bien sin ellas. Esa era precisamente la crítica más sólida que mi esposa hacía a estos parias: el no ser capaces de sustentar una forma de existencia que les permitiera vivir coherentemente. Se convertían, entonces, en seres molestos, desintegrados. En la ciudad eran extraños, provocaban rechazo con sus olores o sus costumbres impertinentes, además de que la mayoría de ellos circulaba con un airecillo de superioridad displicente, manifestando cada vez que podía lo pobres tipos y tipas que eran quienes se sometían a la esclavitud del sistema. En ocasiones, como una vez que nos visitaba uno de ellos con sus hijitos, a quienes convidáramos con sustanciosas meriendas, su actitud solía tornarse agresiva. El hombre, de unos cuarenta y cinco años, rubio y pecoso, de pequeñísimos ojos azules, llevaba el largo cabello crespo y la barba muy apelmazados, el cuerpo con muchos tatuajes; colgaban de sus brazos numerosas pulseras trenzadas con cintas. Hiperkinético, daba la impresión de estar impaciente en todo momento. Lucía se había compadecido de sus hijitos, pues al parecer el padre, que los había arrastrado desde los cerros calchaquíes hasta Rodeo -unos 400 kilómetros de distancia- no había previsto su alimentación. Por cierto, tal solía ser su desenfado, el artesano aceptó como algo natural la leche con chocolate que Lucía le colocó sobre la mesa, junto a la de sus hijos, y comió rico pan casero con miel, manteca, dulce de leche y mermelada hasta hartarse. Hacía poco que habíamos adquirido un televisor color, lo cual representaba para nosotros un extraordinario avance, ya que el viejísimo blanco y negro donde veíamos los escasos programas interesantes o los dibujitos animados para las chiquitas, mucho tiempo atrás se había convertido en un cascajo que apenas arrojaba sombras fantasmagóricas. Quizá por eso cada vez que tenía tiempo de quedarse en casa Lucía lo conectaba. Luego de lanzar un disimulado eructo el artesano, hasta el momento repantigado junto a la mesa, se despachó contra el aparato:
-¡Cómo pueden soportar eso! -estalló-. ¡Esa pantalla lastima la vista!... ¡Y esos sonidos! ¡Cacofónicos! ¡Hacen mal al cerebro!...
Nos miramos con Lucía, desconcertados por la desfachatez del tipo quien se permitía, luego de recibir nuestra desinteresada hospitalidad, despotricar de tal modo contra algo que para nosotros resultaba muy útil. No fue todo. Inmediatamente nos largó una filípica pseudocientífica sobre los rayos catódicos, el efecto que producen los rebotes de ondas y emanaciones magnéticas de la pantalla, etcétera.
-Hermano -le dije parándome junto a la puerta y señalando hacia fuera el brazo extendido-: aquí tienes 250 hectáreas de monte y tierra virgen, sin televisores. Si no te gusta estar aquí, pues puedes irte... no te faltará espacio para escapar a las radiaciones.
El tipo enmudeció como si le hubiera pegado un golpe en la cara. Se levantó, tomó a sus hijos, y sin siquiera insinuar una disculpa se largó.
Otra artesana, Blanca, la concubina de Tomás, había dejado cierta experiencia que Lucía señalaba como paradigmática. Sabíamos que llegaría en el tren del mediodía. Blanca venía con su hijita en brazos, a quien amamantaba; Peter nos había pedido que la atendiéramos, pues la casa comunitaria y los otros albergues estaban totalmente ocupados (era impensable alojarlos en su casa, por la repugnancia que les tenía la Chicha, quien no los dejaba acercar más de cinco metros ante su puerta). Por cortesía fui a buscarla en la camioneta a la estación, la traje hasta nuestra casa, en ella almorzó, antes de aposentarse tranquilamente en un catre, especialmente preparado para ella dentro de la oficina donde habitualmente yo escribía. En los dos días que estuvo, Blanca no hizo siquiera el amago de ayudar a Lucía en la cocina, aunque más no fuera barrer un poco o lavar los platos; tampoco las tazas que usaba para desayunar o merendar o los demás utensilios. Aparte de ello, constantemente se me insinuaba, mostrándome los pechos cargados de calostro en toda oportunidad, innecesariamente, al desabrocharse la camisa entera (no llevaba corpiño) supuestamente para amamantar al crío, mientras su otra teta quedaba colgando al aire y ella mirándome, con sonrisa cómplice. No le presté atención, pese a ser bella -aunque con un toque siniestro en sus expresiones. Por si todo lo narrado fuese poco, al irse dejó la habitación hecha un caos, con pañales descartables usados dispersos por todo el suelo, la cama destendida, los libros y revistas, que había tomado de los estantes, desparramados aquí y allá. Desde aquella vez -primera y última- Lucía se negó a alojar artesanos en nuestra casa. Como se comprenderá, entonces, las prevenciones de Lucía respecto de estos imprevisibles personajes no eran infundadas.*
Muy excepcionalmente, también nos visitaban los discípulos de Juan Lugarini. Su puritanismo fanático nos recordaba al de los esenios: todo lo habitual para nosotros les parecía pecaminoso, practicaban -o al menos predicaban- una moral que imponía temor. Uno de ellos, tomando la merienda en nuestra casa -siempre llegaban con hambre- nos habló durante un rato de su pasado judío. Esto me develó en el acto la razón de su particular aspecto. Llevaba oscuras trenzas en su cabello ensortijado y su barba, con un aire perfecto a los sefaradíes. Vestía como un hippie, pero en tonalidades grises. A diferencia de los otros, iba completamente aseado, y en su ropaje prevalecía el negro. La voz se le endureció al mencionar su antigua religión, y el desprecio con que habló de ella expresaba un típico fanatismo con que suelen mirar al pasado, normalmente, los conversos. De rasgos cultos, nos confió que su esposa y él habían sido seleccionados por la comunidad "evangélica" para mantener relación con el exterior debido a su "fortaleza para tratar con personas impuras". Lo dijo sin inmutarse, como si fuésemos una especie de cavernícolas, incapacitados para captar sutilezas -aunque aquello bajo ningún aspecto lo era. Me reí interiormente, pues este era el esposo de aquella mujer que se alojara, por una noche, con Oona. Aquella que debió haber escuchado nuestros cuchicheos y otros sonidos inocultables cuando yo entré por la ventana (esto será narrado enseguida), sin importarme su contigua presencia, para acostarme con la alemana. ¿Le habría contado a su marido esa experiencia? Seguramente. En tal caso adquiriría sentido una chicana. Bueno, me decía yo: parece que la leche caliente, los chipacos, moroncitos y la miel de nuestra casa no le parecen impuros, pues los devora sin objeción. Estuve tentado de bromear sobre su moral porque, pese a su abandono del judaísmo, parecía impregnada de Levitismo. **
Obligada a tolerarlos, dado que ella debía efectuarles los pagos por sus mercaderías, Lucía procuraba mantenerse en lo posible a prudente distancia de ellos cuando aparecían.
* Varios años después, ya viviendo en la ciudad, encontré nuevamente a Blanca. Me costó muchísimo reconocerla: abandonando el aspecto hippie, se presentaba como una mujer "normal"; llevaba una pollerita marrón, camisa celeste y, aunque algo deslucida por lo modesto de las prendas, además de su piel aún con huellas de intemperie, era evidente que buscaba cambiar. Me dijo que había abandonado a Tomás, y trasladándose con su hija a esta ciudad, pretendía consolidar una situación estable. Había obtenido una colocación en los escritorios de la Federación de Clínicas y Sanatarios. A lo largo del tiempo, vi que evolucionaba en su aspecto exterior, hacia las formas usuales de aquel mundillo frívolo donde se mueven los médicos y el resto de la pequeña burguesía acomodada de Santiago. Todavía unos años más adelante, me sorprendí al encontrar su foto en el diario, junto a un grupo de elegantes, sonrientes personajes. Ella, junto a otra menos joven, eran las únicas mujeres entre unos diez hombres. El título de la nota decía: "Empresarios anuncian nueva cámara del sector".
** Levítico. Libro que contiene la Ley de los israelitas. De acuerdo a la tradición, fue otorgado a Moisés en sus retiros de la montaña. Contiene instrucciones muy rígidas -a veces crueles-, como:
"Ustedes tendrán por impuros a todos los animales que tienen pezuña no partida en dos uñas y no rumian; todo aquel que los toque quedará impuro. Ustedes tendrán por impuros a todos los cuadrúpedos que andan sobre las plantas de sus patas. El que toque sus cadáveres quedará impuro hasta la tarde. El que levante el cadáver de uno de ellos tendrá que lavar sus vestidos, y quedará impuro hasta la tarde. Estos animales son impuros para ustedes. [...] El que levante el cadáver de uno de ellos tendrá que lavar sus vestidos, y quedará impuro hasta la tarde. Estos animales son impuros para ustedes. Estos son los reptiles que andan arrastrándose por el suelo y que serán impuros para ustedes: la comadreja, el ratón, el lagarto en sus diversas especies, la musaraña, el camaleón, la salamandra, la lagartija y el topo. Ustedes tendrán por impuros a todos esos reptiles. El que toque sus cadáveres quedará impuro hasta la tarde. Quedará impuro cualquier objeto sobre el que caiga uno de sus cadáveres, ya sea un artefacto de madera, o un vestido, una piel, un saco o cualquier utensilio. Será metido en agua y quedará impuro hasta la tarde; después quedará puro. Si cae uno de estos cadáveres en una vasija de barro, cuanto haya dentro de ella quedará impuro y habrá que romper la vasija. Toda cosa comestible preparada con dicha agua será impura y toda bebida que se tome en una de esas vasijas será impura. Cualquier objeto sobre el que caiga alguno de esos cadáveres quedará impuro: el horno y el doble fogón serán derribados; son impuros y los tendrán por impuros." (11,26:35)
O esta otra:
"El hombre que tenga derrame seminal lavará con agua todo su cuerpo y quedará impuro hasta la tarde. Toda ropa y todo cuerpo sobre los cuales se haya derramado el semen serán lavados con agua y quedarán impuros hasta la tarde. Cuando una mujer ha tenido relaciones sexuales con un hombre, ambos deben lavarse con agua y quedan impuros hasta la tarde.
"La mujer que ha tenido sus reglas será impura por espacio de siete días [...] Quien la toque será impuro hasta la tarde. Todo aquello en que se acueste durante su impureza quedará impuro, lo mismo que todo aquello sobre lo que se siente. Quien toque su cama deberá lavar sus vestidos y luego bañarse, y permanecerá impuro hasta la tarde. Quien toque un asiento sobre el que se ha sentado deberá lavar sus vestidos y luego bañarse, y quedará impuro hasta la tarde.
"Quien toque algo que se puso sobre el lecho o sobre el mueble donde ella se ha sentado quedará impuro hasta la tarde. Si un hombre se acuesta con ella a pesar de su impureza, comparte su impureza y queda impuro siete días; toda cama en que él se acueste será impura.
"Si una mujer tiene derrame de sangre durante muchos días, fuera del tiempo de sus reglas, o si éstas se prolongan, quedará impura durante todo este tiempo, como en los días del derrame menstrual. Toda cama en que se acueste mientras dure su derrame será impura, como la cama en la que estuvo en tiempo de sus reglas, y cualquier mueble sobre el que se siente quedará impuro igual. Quien los toque quedará impuro; deberá lavar sus vestidos y bañarse, y quedará impuro hasta la tarde." (15,16:27)
La novela de Perón
Camino por la senda angosta con el libro en la mano, sobre el césped amarillento por el otoño y las pisadas. Admiro la elegancia regular de los álamos, que van hacia el horizonte, elevándose imperturbables junto a la acequia. El sol, ya arriba, no caldea sin embargo como en los días del verano. Son como las once, anoche hubo fiesta en la Fundación. Hoy es domingo. Los álamos plateados, particularmente, son mi admiración. Pensando en ellos llego al alambrado, que limita el fin de mi campo, con la franja de camino comunal. Por allá pasa el canal; debido a esto, cualquier vecino de Rodeo tiene derecho a transitar por allí, en busca de agua. A los lados del ancho curso de agua se abren dos franjas, de tierra, muy espaciosas, como para dejar pasar dos carros muy anchos o un camión por ejemplo. Pocas veces entran vehículos con motor, por ahí. Más allá del camino, hacia el Norte, la tierras de la Fundación continúan, por un trecho relativamente corto: una diez hectáreas; luego se extienden hacia el Sur. Camino por la senda bordeada de paja seca y melilotes hacia el norte, con el libro de Tomás Eloy Martinez, La novela de Perón, buscando el monte. Atravieso el alambrado, doblo a la izquierda, busco un lugar reparadito entre los árboles y me siento a leer. La bocatoma provoca una especie de catarata artificial que me atrae por un rato. Luego me concentro en la lectura. Una pareja de montoneros dialoga sobre la psicología de Perón... en la cama, como corresponde a una novela de Tomás Eloy Martínez. Leo prestando atención al estilo, con la intención lateral de aprender técnicas. Se lee fácil la Novela de Perón, está hecha para ello. Frases breves, estilo periodístico, recursos calcados de Cortázar, García Márquez, Gudiño Kiefer... Eloy Martínez ha hecho un compendio de la literatura latinoamericana del boom, en este libro. El producto final resulta hierático, demasiado profesional, demasiado pulido, como un automóvil de plástico. Me paro un momento para cambiar de lugar, con los muslos un poco adormecidos por la posición de cuclillas, y la veo a Oona, salir con Holger, de la Guardería. Uno en cada extremo, acarrean la mesa que han traído la noche anterior para la fiesta. Me sorprendo de distinguirlos perfectamente, bajo el sol. Nos separan unos quinientos metros de distancia. Me sorprendo de la potencia de mis ojos: he leído durante toda mi vida, he dibujado desde pequeño, en la cárcel solía alarmarme por el dolor de mis ojos, debido a tanta lectura y escritura; sin embargo, hoy, a los 40 años, tengo una visión perfecta, no uso anteojos. Pero debe de darse un fenómeno especial, pienso, pues ocurre como si estuviesen a poca distancia, en un globo de cristal. Con su sayo blanco hasta las caderas y el ancho pantalón, también blanco, Oona presenta una figura desgarbada. El pelo le cae sobre la cara, no lo ha acomodado siquiera, parece que se hubiera levantado de dormir para ponerse a la tarea de trasladar sillas, mesas, cajones con botellas vacías, con Holger. No sabe que alguien la mira: no está actuando. Entonces aparece desgarbada. La descubro poco atractiva: demasiado larga, me recuerda a Shenanigans (el personaje de Sargento Kirk). Cuando desaparecen de la escena, sigo un poco con la lectura. Y luego regreso, por la misma sendita primorosa de junto a los álamos, que me lleva a casa.
Las chiquitas
Nuestras hijas crecían en ese medio agreste con extraordinaria vitalidad. Sol y Angelita trepaban a los árboles, y nadaban en las hondas aguas del canal como pequeños anfibios. Por las mañanas, temprano, enfilaban hacia el rancho de los Garzón. Allí, rodeadas de una pandilla de niños, hacían tortitas de barro, conocían todo tipo de bichitos, jugaban con las cabras, los caballos, las vacas. Cada una tenía un potrillito, "de su propiedad". Los habían bautizado con nombres sonoros: "Chacho", "Emiliano", "Lautaro"... Julita, en tanto, solía quedarse aún en casa. Mientras yo escribía, en mi oficina, andaba por nuestro patio, la cocina, o en la galería, constantemente custodiada por alguna empleada.
Las mujeres también silban
El enfriamiento de nuestras relaciones que intentábamos costaba demasiado. Nos esforzábamos por actuar "con juicio", "como personas sensatas"; fingíamos constantemente una actitud "profesional" para nuestros diálogos, tanto en público como en las contadas oportunidades en que podíamos conversar a solas. Pero bastaba la menor distracción para que nos quedáramos mirándonos, absortos, por unos segundos... hasta que reaccionábamos. O que cuando, durante algún trabajo en común o reunión, accidentalmente se rozaran nuestras piernas, o nuestras manos, ninguno del los dos se apurase por retirarlas.
Como los alemanes eran una atracción en Rodeo, los invitaban a muchas fiestas. Un viernes por la mañana, Oona me preguntó si me habían invitado a cierto cumpleaños, que se celebraba con una cena, esa noche. Le dije que sí, pero no tenía ganas de ir. Entonces me preguntó si tal vez querría acompañarla a tomar un buen vino tinto que tenía, esa misma noche, en su casa. Pues -argumentó- tampoco le interesaba quedarse para la cena, que seguramente iba a estar aburrida. Por cortesía, iba a estar sólo un rato allí.
Pese a que me entusiasmó soberanamente la invitación, procuré no demostrar eso. Le pregunté a qué hora podíamos encontrarnos. Calculó que a las once estaría de regreso. Entonces dije que la esperaría, a esa hora, en el portón de entrada de la Stiftung. Agregué que no era conveniente dejar a una muchacha cruzar sola tanta oscuridad.
-He andado muchas veces en la oscuridad, así que puedes venir directamente a casa si quieres -ofreció.
Yo reafirmé mi postura caballerosa, ella no hizo más comentarios.
Nuevamente tuve que apelar a la excusa de "cuidar a los alumnos". Difícilmente hubiese podido justificar de otro modo una salida a esa hora. Como a las diez ya estaba impaciente por irme; dije que no tenía hambre, vagamente mencioné la posibilidad de comer algún sándwich en la Casa de los Alumnos y salí.
A las once menos cuarto estuve junto al travesaño del gigantesco portón fabricado en quebracho. La anchísima calle estaba muy oscura; sobre la ruta, que pasaba perpendicularmente como a medio kilómetro, aparecían y desaparecían cada tanto resplandores de los vehículos, mayormente colectivos de larga distancia y camiones, que pasaban con rumor asordinado. Estuve allí cavilando durante esos quince minutos y empecé a sentir un incómodo desasosiego. "Mi esposa no merece esto", sentí. "Puede ser cierto que no tengamos una buena relación, pero no debería andar en aventuras con otra mujer, sin separarme de ella previamente". Mas volvía la contradicción irresoluble: si me separaba, ¿qué sería de mis hijas? Había jurado criarlas personalmente, no abandonarlas ni un minuto hasta que fuesen grandes y pudieran bastarse solas. Sería imposible cumplir con esta promesa sin continuar la convivencia con Lucía. Lo había pensado muchas veces ya: la única vía posible era componérmelas de algún modo para soportar este desafortunado matrimonio hasta el momento oportuno (por lo cual debería adoptar las más variadas tácticas, para evitar el alejamiento hasta muchos años después). Todo esto pensaba, y de repente me vinieron ganas de irme. No usaba reloj habitualmente, pero me había puesto uno para controlar el horario de esta cita. Inesperadamente empecé a desear que Oona no viniera. Que se entusiasmara con la fiesta, y olvidara, o no quisiera cumplir con nuestro compromiso. Luego de mis disquisiciones me sentía tan culpable que sólo quería regresar a la casa de los alumnos y dormirme hasta la mañana. Miré el reloj: las once y tres minutos. Bruscamente me dije: "Ya no vendrá" Y dándome vuelta comencé a caminar rápidamente hacia las casas. Había hecho tal vez unos treinta pasos sobre la ancha avenida, cuando escuché un silbido, suave. No me di vuelta repentinamente: había sido como cuando los muchachos expresan su admiración o molestan a una chica bonita pasando por una vereda. Entonces me silbó otra vez. Era ella: presurosa en sus ropas claras, a las que había agregado un chalequito africano, con sus cabellos dorados absorbiendo reflejos de los dispersos faroles, se acercaba emergiendo de la oscuridad con la brisa fresca.
-Las mujeres también silban- dijo al llegar a mí. Luego aceptó mi beso en la mejilla y me lo devolvió apenas.
Como atrapado en una travesura caminé a su lado hacia la casa. No hubo ninguna mención a la causa por la que estaba volviendo sin esperarla. Solo caminamos hacia su casita, ella había preparado una mesa afuera para la ocasión. Me invitó a sentarme y esperar allí hasta que trajese un mantel, vasos y cubiertos de adentro. Accidentalmente tomé la silla de la cabecera -sólo había dos-, dando la espalda a la casa de Schmergen, con cierta ilusión de evitar que me reconocieran si me veían, pues había poca distancia desde allí. Entonces vi con toda nitidez la galería de mi casa. Era el único rectángulo iluminado en el horizonte. A pesar de que estaba por lo menos a cien metros de distancia, se veía con perfecta claridad lo que allí pasaba. ¡Lucía lavando pañales!... Me sentí espantosamente mal... creí que me iba a descomponer... ¡Mi esposa lavando pañales, a esa hora, para nuestras hijas, y yo de jarana aquí con una muchacha! ¡Qué vil, qué repugnante, qué hipócrita despiadado me sentí en ese instante! Mientras tanto, no podía apartar la mirada de Lucía... En ese momento reapareció Oona, con el mantel. No alcanzó a tenderlo sobre la mesa:
-Por favor vamos adentro... me hace un poco de frío...- mentí.
-Está lindo aquí... -protestó ella, sentándose a mi lado pero sin desplegar el mantel.
-No, no, no me gusta permanecer aquí, a la vista de todos, además...- insistí, molesto.
Creo que entendió perfectamente lo sucedido, pues apenas objetó con un murmullo esta vez, antes de levantarse obediente. Pasamos, pues, y nos sentamos ante una pesada mesa redonda, que otrora fuese también de Kolschröder. Ella trajo un vino caro; no le permití que lo destapara por considerar esto tarea de hombre, lo cual me costó un poco; mientras colocó sobre la mesa unos salames en conserva, aceitunas, queso de Alemania, algunos pimientos en aceite. Pero todo estaba resultando un fiasco. Fumamos. Ella rubios, yo mis habituales Parissiennes. Por esos tiempos había perdido un poco el ajustado control que otrora llevase, me desbarrancaba con mucha facilidad, tanto en el vino como en el fumar. "Demasiadas reuniones festivas", me dije para atenuar.
No teníamos mucho de qué hablar, me había deprimido demasiado la situación anterior, me mostraba taciturno, no se me ocurrían temas interesantes, más bien por el contrario, toda palabra pronunciada se me antojaba una frivolidad. Y de hecho lo era: la posibilidad de conversar sin apuros nos colocaba también ante la patética limitación de su castellano, por lo cual solamente podíamos entendernos en argumentos muy sencillos... Con el diálogo penosamente trabado, avanzando en él por mera voluntad, a tropezones, el queso que no me gustaba, el sentimiento de culpa impregnando mi interior, el salame que me parecía muy grasoso, el vino que aumentaba la honda pesadumbre que en ese momento sentía, quise salir del pantano como tantas veces, esto es de un modo semejante a los perros que usan en los circos para romper un parche de papel sobre un aro metálico: lanzándome con fuerza hacia adelante. Entonces me levanté, con movimiento particularmente extemporáneo, y acercándome a Oona, pretendí besarla.
Ella me apartó, sin brusquedad, pero evidentemente fastidiada:
-Conversemos... conversemos... -me decía- ¿por qué no podemos conversar? En Alemania he pasado muchas veces así, sólo tomando algo y conversando con amigos, toda la noche... ¿por qué no podemos hacerlo así ahora? ¡Vos sólo quieres besarme!...
-Ya sabes que me gustas -dije.
-Pero podemos ser amigos...-insistió.
-No.- Dije, parándome-. No podemos ser amigos. Y no tenemos nada que conversar.
Luego de lo cual, me di vuelta, abrí la puerta y me fui.
Me sentí muy estúpido, muy hijo de puta, muy desubicado -al fin y al cabo era un tipo de treintainueve años-, mal con Oona, mal con Lucía, mal con mis hijas, y no pude dormir, enfurecido conmigo, desde las doce y media (hora en que llegué a la pequeña habitación en la Casa de los Alumnos) hasta cerca de las dos de la madrugada.
La antología de Neruda
A unos trecientos metros de mi casa, junto a la acequia, hay un seibo muy particular. Gigantesco, ha crecido con forma de S. Visto desde nuestro campo, está invertida: primero ha criado una panza hacia el sur, luego, describiendo una ancha curva, se ha dirigido al norte; para regresar finalmente en su original dirección, y elevarse dignísimo enanchándose en redonda copa, constelada de "gallitos". Allí me siento a leer: allí van a jugar los niños, es un lugar preferido, por la comodidad con que puede usarse la parte baja de la S como si fuera un asiento, y porque está rodeado de otros árboles y vegetación, junto al suave rumor del agua mansa, que pasa gravísima por la acequia, bajo nuestros pies. Uno queda suspendido sobre el agua allí, en un microclima afectuoso. Estoy leyendo la antología de Neruda que hizo Rafael Alberti. Antiguos poemas, que modelaron mi alma desde la infancia, cuando apenas al despertar, entre las telarañas penumbrosas del amanecer oía a mi padre recitando, mientras se afeitaba para ir al trabajo:
Amiga, no te mueras.
Óyeme estas palabras que me salen ardiendo,
y que nadie diría si yo no las dijera.
...Yo soy el que te espera en la estrellada noche.
El que bajo el sangriento sol poniente te espera.
Han vuelto a mí los versos de Neruda, conteniéndome en este periodo, luego de Maia, luego de Eufemia, luego de Geraldine *, una etapa nueva que exploro con el asombro abierto. El espíritu encuentra una comodidad particular, me arrellano en la S del seibo rugoso y amable, me concentro. Veo llegar a Oona, entre los melilotes, como una Reina del Bosque. Vacila pero se detiene. ¿Qué lees, me dice, desde el otro lado de la pequeña acequia, hay un alambrado allí. "Neruda", le contesto. "¿Lo conoces?" "Creo que sí", dice dubitativa, "Mercedes Sosa lo nombra". Todos los alemanes conocen a Mercedes Sosa. "¿Quieres que te lea algo?", pregunto. "Puedes hacerlo", dice. Le leo en voz alta lo que estaba leyendo para mí antes:
Te recuerdo como eras en el último otoño.
Eras la boina gris y el corazón en calma.
En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.
Y las hojas caían en el agua de tu alma.
Apegada a mis brazos como una enredadera,
las hojas recogían tu voz lenta y en calma.
Hoguera de estupor en que mi sed ardía.
Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.
Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:
boina gris, voz de pájaro y corazón de casa
hacia donde emigraban mis profundos anhelos
y caían mis besos alegres como brasas.
Cielo desde un navío. Campo desde los cerros.
Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en calma!
Mas allá de tu voz ardían los crepúsculos.
Hojas secas de otoño giraban en tu alma.
Ella me ha mirado con ojos muy abiertos mientras leía, sin moverse en absoluto. Sé que mi voz es grave y modelada, he practicado lectura de poesías. Quedo esperando su aprobación. No llega. Sólo silencio. Entonces le pregunto: "¿Qué te pareció?". "No tengo mucho conocimiento del idioma como para comprender poesía", me dice. Me deja decepcionado. Como ninguno de los dos acierta en hallar algo para decir, se va: "Puedes seguir leyendo, ¿eh?", me dice, "yo iré a pasear". "Bueno, gracias", le contesto: "adiós".
* Cuentos escritos por este autor en 1988.
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