15/07/05

Capítulo 7

Un cabito de chupetín

La guardería comenzó a funcionar de inmediato. Oona estaba satisfecha con lo que consideraba su obra. Se la veía distendida y autosuficiente. Hasta que una tarde, se presentó escandalizada. Por casualidad yo estaba conversando con Lorena, en el justo lugar donde bajaba un lindo caminito desde el edificio para los niños hacia el ancho patio, cuando apareció acalorada y nerviosa, hablando de una manera excepcional.
-Hemos discutido con Peter... -decía- esto es imposible... -se asombraba- me echan de la casa... debo trasladarme a la guardería con todas mis cosas...
Se notaba que había llorado. Estaba desconsolada, miraba de pronto hacia el este, como pensando en irse para siempre, el viento norte le echaba cabellos en la cara.
-Tendré que traer mis cosas -dijo de pronto y empezó a caminar hacia lo que hasta entonces fuera su casa.
-Te ayudaremos -dijo Lorena - y fuimos tras ella.
También un peoncito ayudó y en quince minutos habíamos trasladado las pertenencias de Oona a la habitación anteriormente destinada a dormitorio de los niños, en la guardería. ¿Qué había ocurrido? Katy, una solterona integrante de la comisión directiva, había trabajado a Chicha, la agria mujer de Peter Schmergen, para obtener la cesión de la casita con el propósito de habitarla ella. Luego de varios meses de adulación pertinaz, había logrado su cometido. Nadie sabía del asunto, debido a lo cual Oona había sido tomada por sorpresa. Ahora bien, yo no veía justificadas las quejas ni comprendía que se sintiera tan humillada por esto. Me guardé de expresarlo, por cierto, al contrario, adopté una actitud solidariamente compungida ante la situación. Pero por dentro empecé a sentirme feliz: tenía un plan.
De un modo imprevisto, el repentino traslado de Oona a la guardería venía a facilitar una solución para mis constantes lucubraciones, respecto de cómo hacer para introducirme en su dormitorio. No había cesado en mis propósitos, pese al fracaso de aquella noche en que intentara persuadirla llamándola desde la ventana. Luego del fracaso, había buscado la oportunidad de obtener una llave de la puerta, pues era el único modo de entrar en la casa sin su consentimiento. Las ventanas estaban sólidamente defendidas por mallas metálicas, que permitían el ingreso únicamente del aire. Pensé algunas alternativas y se me ocurrió tomar a la llave una impresión en masilla para encargar una copia. Una mañana antes de viajar a Santiago, lo hice, pero más tarde desistí del propósito. Suponiendo que lograra entrar sin hacer ruido, era excesivamente peligroso tener que sortear las camas de otros alemanes, que normalmente dormían diseminados en el amplio salón. Pero una vez llegado a la habitación de Oona, me encontraría con más problemas: ella dormía echando llave por dentro a su puerta. ¿Cómo entraría allí? Finalmente deseché toda posibilidad de ingresar. Me quedé bloqueado.
En cambio tenía todas las llaves de la guardería. Alguna intuición me había llevado a pedirle las copias a Oona, pues al momento no me imaginaba que ella terminaría viviendo tan cerca. Me agradaba, pese a ello, poder visitar en cualquier rato aquellos ámbitos donde mi codiciada amiga pasaba la mayor parte de sus horas. El motivo era aprovechar las espaciosas duchas, para que los alumnos pudieran higienizarse, antes de ir a dormir. Esa misma tarde, mientras ayudábamos a trasladar el equipaje de Oona pensé en esperar apenas un tiempo prudencial para que se tranquilizara e intentar, ahora con mejores perspectivas, entrar en su habitación. Otro factor que me favorecía -y también había permitido el cumplimiento de las ambiciones de Katy- era que algunos días atrás Holger había regresado definitivamente a Alemania. Por una parte me dolió un poquito, porque era un buen chico y se había acercado bastante a nosotros. No era un alemán común. Pero también me alegró. Pues, dándose cuenta de mi interés por Oona, constantemente (no sé si lo hacía con consciencia) se había interpuesto entre ella y yo.
Al día siguiente -un domingo por la tarde- estaba escribiendo un sencillo registro que llevaba, en la habitación del preceptor, en la casa de los alumnos, cuando entró Oona. Yo había adoptado aquella pequeña habitación casi como mía, pues iba a dormir con frecuencia allí. Ella necesitaba desahogarse un poco, así que le ofrecí mi silla. Desde la cama, bastante más baja, tuve entonces una vista privilegiada de su cuerpo. Por primera -y última- vez la veía con calzas, de un verde casi blanco, muy ajustadas, que permitían admirar al detalle la opulenta perfección de sus piernas larguísimas. Llevaba unas pequeñas hojotas de hilo que se quitó para poner uno de sus muslos contra el pecho y envolverla con los brazos. Arriba llevaba una camisa suelta, de un tono también verde, semitransparente. Sentí que el corazón desbordaba mi pecho por la excitación. Era bellísima y ese toque de tristeza en su rostro la hacía aún más suave, tan deseable. Me levanté y la besé. Fue muy breve. Ella se levantó también de repente y fue casi corriendo al baño: lloraba otra vez. La seguí, guardando una cierta distancia. Después de lavarse un poco, se acercó a mí... no podía contener las lágrimas, que seguían manando sobre su cara... entonces ocurrió algo grotesco y gracioso. Como un buen caballero extraje el pañuelo que siempre llevaba en el bolsillo de atrás y se lo di para que enjugara sus lágrimas... ¡olvidé que estaba resfriado!... Ella tomó el pañuelo, mojado con mis mucosidades y lo llevó a sus ojos... en el momento de apoyarlo sobre sus párpados cerrados sintió su humedad; lo miró, y haciéndose cargo en el acto del problema me lo devolvió como impelida por un resorte... Me quedé sin saber qué hacer un instante; ella salió... y ya no me atreví a seguirla, por temor a resultar pesado.
La primera consecuencia pública de nuestro creciente afecto iba a derivar de este encuentro dominical. Preparando el matecocido para los niños en la cocina, al día siguiente, Oona me contó que la Atina, una muchachita con deficiencias mentales, había comentado en el barrio el habernos visto besándonos. La cocinera lo había repetido a su vez en la Stiftung, la cierto es que se difundió en cuestión de minutos y había llegado hasta Lorena, quien a su vez se lo transmitió a su jefa. La Atina era una de las hijas de una deficiente mental que habitaba un rancho espantoso a pocos metros de la salida de la Stiftung. Schmergen la había fotografiado a todo lo largo de su evolución -si puede llamársela así-, casi desde que naciera hasta ahora, en que debía de tener unos doce o trece años. Era un arquetipo de niña subdesarrollada, ideal para conmover alemanes que pudiesen aportar donaciones. ¿En qué momento nos había visto? Recordé entonces que la divisé pasando sigilosa, como un animalito salvaje, entre las penumbras del atardecer, hacia la acequia que corría por detrás de las casas. Se había quedado entonces por allí, a espiarnos. Aconsejé a Oona desestimar el asunto sin explicaciones, dada la condición de nuestra denunciante. Por suerte el chisme no se difundió más -o los pobladores, por nuestro carácter de "gente importante", no se atrevieron a comentarlo, al menos ante otras personas de nuestra condición.
Cuando hubo pasado poco más de una semana y me pareció que Oona se había acostumbrado a su nueva habitación, decidí ir a visitarla en su cama. Elegí una noche de jueves. Sólo por intuición. Luego de cenar, anuncié a Lucía que dormiría en la casa de los alumnos. De allí me quedaban apenas unos pocos metros hasta la guardería.
Con toda paciencia esperé que se acostaran todos, y cuando escuché algunos silbos y ronquidos, salí. Era una noche oscurísima, de luna nueva. Pese a ello, mis ojos acostumbrados a la oscuridad divisaban todo con bastante nitidez.
No las tenía todas conmigo, debo confesarlo. Hacía poco, Oona nos había dicho que llevaba un aerosol con ácido en la cartera, para defenderse de posibles ataques. ¿Y si decidía usarlo conmigo? Aún suponiendo que no lo tuviera, ¿si gritaba, pidiendo ayuda? Estas reflexiones se me ocurrieron recién luego de que todo ocurriese, en realidad, pues esa noche yo estaba completamente decidido y la voluntad me arrastraba, sin que mis sentidos se ocupasen de otra cosa que no fuese el encontrar las mejores maneras de cumplir con el objetivo. Era un tigre avanzando hacia una gacela, nada me hubiese detenido. Llegué a la enorme y ancha puerta de algarrobo y con todo cuidado traté de introducir la llave... algo ofreció resistencia. Había otra llave, por dentro... Intenté por segunda vez, pero no logré que el obstáculo se moviera. ¿Qué podía hacer? Miré hacia el suelo, quién sabe por qué... había allí un cabito de plástico, residuo de uno de los chupetines que saboreaban los chicos en la guardería. Su blancor se destacaba nítidamente sobre el ancho umbral. Lo tomé, y con suavidad operé sobre la llave para que abandonara su posición, un poco cruzada, que impedía el paso de la otra desde fuera. De pronto se escuchó un "¡clink!", fuerte, que resonó como un golpe de charleston en el absoluto silencio de esa noche. El obstáculo había caído hacia dentro. Alborozado introduje mi llave, abrí rápidamente y con fuerza la pesada puerta, al tiempo que escuchaba algún ruido proveniente de la habitación final, la ocupada por Oona... Continué rigurosamente con mi plan: me quité con rapidez las alpargatas y el vaquero; aún no había terminado de sacarme la camisa, cuando se encendió la luz de su habitación... y la vi, parada en la puerta. Vacilaba con una mano adentro aún, apoyándose contra el marco... dijo algo en alemán, y se lanzó hacia mí, por el pasillo, exclamando: "No no, no no..."
Con una patada cerré la puerta de afuera y me lancé a mi vez hacia ella. En silencio la abracé fuertemente y comencé a besarla, sin dejar de quitarme la camisa, que finalmente fue parar en el camino; mientras, ella cerraba la boca e intentaba impulsarme hacia la puerta de salida; yo la empujaba en sentido contrario, hacia la habitación, completamente desnudo, sin dejar de besarla y sin permitir que sus brazos se liberaran lo suficiente de los míos como para poder apartarme. Ella llevaba un pijama plateado, semitransparente, que consistía en un saquito abotonado y un ancho pantalón. Se había puesto hojotas, pero las perdió en el retroceso forzado. No pudo ofrecer resistencia a mi vigor, pese a ser tan alta, y pronto la había conducido hacia el lecho. Cuando llegamos a su borde, un empujón combinado con el tropezón de su pierna contra el travesaño la derribó, y yo fui encima. Forcejeaba muchísimo, resistiendo, pero a la vez yo sentí que no usaba todas sus fuerzas en ello. Entre sus manotazos y pataleos fui desprendiendo el saquito de su pijama hasta que emergieron los pechos turgentes. Jamás había sentido sobre mi piel pechos tan sólidos. Estaban muy calientes. Ella siguió forcejeando y cerrando la boca bajo mi boca pero aquello me enardecía más a cada segundo y me excitaba extraordinariamente. Con brutalidad creciente logré quitarle enseguida también el pantalón. Al quedarse en slip, sus piernas durísimas, caldeadas, se restregaron contra las mías en movimientos que tenían por objeto quitarme de encima pero resultaban más y más excitantes. Entonces casi se me fueron las cabras y me detuve, bruscamente. Quedamos un momento quietos, ante la inesperada suspensión de las acciones, mas luego ella me empujó otra vez y yo me levanté. Empezó a vestirse rápidamente. Por mi parte, deshice recogiendo la ropa y vistiéndome también el camino hacia la puerta principal. Ella me había seguido a prudente distancia. Me di vuelta y quise besarla: "No, no", me dijo "¡vete ya!"...

La vi nuevamente muy temprano, por la mañana. La guardería abría a las ocho; receloso, no me acerqué. Ella trajinaba sin apartarse mucho de la puerta, dirigiendo el tránsito de mujeres y niños, yo observaba desde un ángulo cercano a la ventana de la cocina, en la casa de los becados. Al rato, mandó a un peón con el mensaje de que le enviara las llaves de la guardería. Le dije que se las llevaría yo mismo, enseguida. Eso hice. Suspendió su clase un momento, y se acercó mirándome con rencor.
-¿Te parece bien lo que has hecho? - preguntó. Tenía los labios rojísimos, irritados. Bajé los ojos sin contestar, con el manojo de llaves en las manos. Ella extendió la suya y con toda sumisión se las devolví.
-Mira-, dijo señalándose un pañuelo azul que llevaba atado al cuello - esto es tu culpa. Se bajó un poco el pañuelo y vi que tenía un ancho medallón, morado, como el que se forma en las camisetas cuando las atan por partes con hilos para teñirlas con anilina. ¿Yo había hecho eso? ¿En qué momento? ¡No me acordaba! Me dieron ganas de reír y sentí vergüenza al mismo tiempo, pero bajé los ojos otra vez, poniendo la mejor cara de velorio que me salió.
-Bueno, puedes irte ya, ahora tengo que trabajar -dijo, imperiosa, para rematar: -y mejor que desde ahora mantengamos distancia, ¿eh? ¡Distancia!
Me quedé preocupado, y con el paso de las horas esta preocupación fue creciendo. La había visto muy seria. Tenía temor de que me denunciara ante la comisión directiva. En ese caso, las consecuencias podían ser graves. Mi trayectoria conflictiva de los últimos meses, la aversión que me había tomado ya por entonces Peter Schmergen, la condición de obsecuencia del santiagueño medio, que ostentaban casi todos los miembros del grupo directivo, hacían casi segura mi expulsión. Pero a decir verdad me preocupaba todavía más la reacción de Lucía. Ella tenía un carácter fortísimo y decidido, además de que me consideraba su patrimonio personal hasta tal punto, que me había torturado con infundadas sospechas con cada muchacha bonita que se acercara, desde que nos casamos. El solo reflejo de que quisiera irse llevando consigo a las chiquitas, me provocaba un vuelco en el corazón. ¡Yo no podría vivir sin mis hijitas!... De repente tomé conciencia de lo atrevido, temerario, irresponsable, que había sido; comencé a arrepentirme, torturándome por ello. Y por primera vez se suscitó una reacción que iba a repetirse durante el año que comenzaba: empecé a echarle la culpa a Oona y buscar motivos para odiarla.
-¡Pelotudo!- me decía- ¡pierdes la cabeza por una estúpida alemana!... ¡Es humillante! ¿Dónde queda tu nacionalismo? -me censuraba-: el amor a tu raza, a tu identidad... se cae muy fácilmente apenas ves un culo imperialista, un par de tetas suabas, las mismas razas que de la boca para afuera siempre declaraste decadentes... ¡Y ella te hizo pisar la trampa! ¡Es una hija de puta!... Te ha seducido, ha venido a vos con calzas, para engancharte y joderte... juega con vos, y vos como un pendejo pelotudo caes entre sus patas... ¡Ahora se hace la condesa ofendida y hasta capaz que te denuncia, jodiéndote para siempre!.... Eso pensaba.
Oona en el aire

El otoño es la mejor estación en Santiago. Las plantas aún conservan los colores, sin aquella áspera prepotencia impuesta por el plutónico sol de nuestros veranos. Las hojas de los melilotes, apenas verdidoradas, cubrían el campo hasta donde la vista no alcanzaba, con sus florecillas blancas oscilando acompasadamente bajo la brisa como en un mar calmo. Los seibos, enormes, sus gruesos troncos formando actitudes esculturales, los álamos, apartándose hacia el horizonte, para terminar ese tramo que separaba nuestra casa del alambre, cinco hectáreas más allá, con una hilera de la especie plateada, delgadísimos, amables, vibrando en todo tiempo sus manos, representadas para la imaginación por las gráciles hojas, tan dúctiles al viento como si se ocuparan constantemente de esparcir polvillos al aire. En ese momento de la tarde en que el fulgor delicuescente va escondiendo su origen la vi pasar, como una fantasía, por entre las espigas del campo. Iba sumida en su mente, los brazos cruzados sobre el pecho, en actitud de profundísima introspección. Yo acababa de escribir un capítulo de cierta novela, que me había dejado transido por una nube de sentimientos, y había salido, descalzo, en short y encima una remera vieja, con el pelo desordenado, a la galería, pero ella ni notó mi presencia. Como a cuarenta metros de mí me pareció flotando, tal era la cadencia suave con la que se desplazaba, hacia el monte. Entonces, más que nunca, la amé. No me atreví a seguirla, quedándome allí durante un largo rato a esperar su regreso. Pero este no ocurrió hasta el caer de las primeras sombras. O quizás ella volviera por otro camino, pues ya no la vi.

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