15/07/05

Capítulo 8

Cruzando el Rubicón

Durante un tiempo, quizá de dos o tres semanas, Oona pudo mantener una cierta distancia de mí. Con algún disimulo, no permanecía demasiado tiempo en los lugares donde yo estaba, salvo que hubiera otras personas. Pero del mismo modo que el verano, su fastidio conmigo se fue diluyendo, y pronto estábamos otra vez haciéndonos bromas o intercambiando pequeños obsequios. Entendí como una señal de paz el que me regalara una cassette con música de jazz que había grabado en Alemania. La música era posiblemente lo que ella amaba con mayor intensidad; en alguna oportunidad la había sorprendido escuchando con arrobo sus cassetes, que atesoraba entre sus objetos más queridos. Todos de jazz o música clásica.
De a poco, establecimos acuerdos laborales que nos permitían encontrarnos sin dificultad. Uno de ellos, coordinar previamente las tareas del día. Para esto debíamos conversar unos minutos cada mañana, a las ocho, antes de comenzar las actividades tanto de la Escuela Agrotécnica como de la Guardería. Andaba por allí en ese período un italiano, a quien prestábamos un tractor y algunas herramientas de laboreo. Se había casado con una mujer que tenía muchos campos en Rodeo, e iniciaba por entonces un cultivo de tomates. Era un tipo alto, muy buen mozo, quemado por el sol, de ojos muy azules, que estaba entrando ya en la segunda madurez (posiblemente tuviese unos 42 años). Era muy simpático, o tal vez yo lo reputara así porque me había dicho que le parecían hermosos los nombres de mis hijas, y cada vez que venía se acercaba a ellas, tratándolas con mucho cariño, regalándoles a veces frutas o golosinas.
Esa mañana andaba el tano por allí, trajinando con los peones para enganchar una gran rastra en un tractor; lo recuerdo como en acuarelas de fondo, pues mientras miraba estas labores apoyado en la ventana de la Casa de los Alumnos y tomando mate, se acercó Oona para consultarme no sé qué cosa. No sé qué cosa, debió de haber sido importante porque apoyándose en el alféizar, desde fuera, se inclinó hacia mí para hablarme en voz muy baja con el ánimo evidente de que no escuchara nadie. Precaución superflua si se tiene en cuenta el fragor de los peones trajinando con las herramientas junto al italiano, el vocerío de los niños que llegaban con sus madres a la guardería, las conversaciones de los alumnos reuniéndose con el instructor para comenzar las tareas. Lo cierto es que ella se inclinó hacia mí, hasta hacerme sentir su aliento dulce en el rostro; tenía las mejillas ruborizadas, lo cual formaba una bella composición con el celeste limpísimo de sus ojos, el rojo de sus carnosos labios, el dorado luminoso de su perfumado cabello lacio. Ella se inclinó un poco más cuando sorbió el mate que le alcancé; entonces, perdí cualquier noción de otra cosa que no fuese su presencia, su deliciosa cercanía. Se había agachado lo suficiente como para que su remera blanca me permitiera ver una gran parte de sus pechos, como su rostro, ruborizados; por primera vez tomé conciencia plena de la belleza magnífica de sus pechos, su redondez, su solidez, su tersura, la suavidad maravillosa de su piel, su lozanía; entonces me abandoné al intenso placer de las sensaciones, razón por la cual no recuerdo absolutamente nada de todo lo que me dijo durante aquellos cuatro o cinco minutos, extendidos por el milagro de la felicidad a un periodo mucho mayor. Ninguna argumentación cartesiana bastó para disuadirme aquel día de que me había mostrado con toda deliberación sus pechos; por lo demás... ¡estaba encendida! Una atmósfera incandescente nos envolvió durante aquellos minutos a ambos, se la percibía excitada y feliz con mi presencia, aquella conversación era una excusa para que las auras de ambos se entregaran a un abrazo profundo, una comunión deliciosa, llena de caricias magnéticas e intercambio generoso de energía vital, aunque ni un sólo centímetro de nuestro cuerpo físico se tocara.
Entonces decidí que iría otra vez a visitarla por las noches en su cama. Ya había notado que el marco de su ventana no tenía vidrio aún -muy de acuerdo con la mentalidad de Schmergen, quien solía dejar las obras sin terminar- y aunque la persiana exterior estaba compuesta por una gruesa hoja de algarrobo, Oona nunca la cerraba completamente, para dejar pasar el aire. Había aproximadamente un metro sesenta hasta el ancho derrame de aquella ventana. Era un espacio rectangular con remate oval, relativamente angosto, pero suficiente como para permitir la entrada de un cuerpo no muy ancho. Debería hacerse un esfuerzo importante con los brazos para elevar el cuerpo hasta aquella altura -pensé-, dado que no habría otro punto de apoyo: iba a ser un esfuerzo únicamente de las palmas, las muñecas y los brazos. Por aquél tiempo yo estaba un poco gordo además, pues aún comía carne en abundancia, demasiados lácteos y muchísima miel -mido 1,73, pesaba por entonces más o menos unos 74 kilos.

Programé con meticulosidad mis pasos. Primero: iría a dormir a la Casa de los Alumnos. Luego, saldría cuando estuviesen todos dormidos, inclusive Oona. Por las dudas, llevé un pequeñísimo despertador que tenía, y lo puse bajo mi almohada, programándolo para las doce. Había sido un día muy cansador; de hecho me quedé dormido apenas luego de acostarme, como a las diez. Pero a las doce menos cinco estuve despierto nuevamente, lúcido en el mismo instante de abrir los ojos.
Salí sin problemas. Varios roncaban. Me había puesto alpargatas, el pantalón sin calzoncillos ni cinto, sólo una remera negra arriba (el calzoncillo y el cinto me habían demorado segundos preciosos la vez anterior). Era una noche bastante oscura, pero siempre había riesgos pues demasiada gente habitaba allí o en los alrededores. De modo que sentía cierta aprensión por lo que pudiera suceder imprevistamente. Ello me llevó a efectuar todo con la mayor celeridad. En pocos pasos rapidísimos llegué a su ventana. No había practicado, obviamente, ni había tenido oportunidad de medir la altura de la ventana, lo cual me provocó un primer trastorno importante. Previamente había tenido que abrir la gruesa celosía, sólo entornada. Por suerte no lanzó más que un leve chirrido. Pero ello me impediría usar mi brazo derecho con toda su fuerza, pues quedaba de tal modo que si me inclinaba hacia allí la chocaría. Luego el verdadero problema: la altura era mayor de la supuesta, no iba a ser tan fácil subir. Lo intenté con gran energía: me tomé con ambas manos de la arista saliente del alféizar de cemento revocado, y tiré con todas mis fuerzas del cuerpo hacia arriba. Logré únicamente lesionarme un poco los dedos -eran los únicos que lograban un punto de apoyo efectivo- y rasguñarme el antebrazo, pues ante la imposibilidad de llegar hasta donde era necesario, para no venirme abajo me torcí un poco, poniéndome de costado, levantando las piernas, para afirmarme en la pared, pero me deslicé hacia abajo enseguida, provocando además un ruido frotativo que resonó en el silencio de una manera atroz. La premura de la situación me llevó a idear en segundos una salida: por todo el entorno había pedazos de ladrillos esparcidos, restos del proceso reciente de construcción. Con gran velocidad junté diez o doce de ellos, apilándolos con el propósito de formar una plataforma que me permitiría -así pensaba yo- elevarme para apoyar las palmas de las manos y luego los brazos en el alféizar.
No me equivoqué. En segundos pude elevarme lo suficiente como para afirmar mis brazos, y por instinto volví a torcerme, con un movimiento ágil, para apoyar el antebrazo izquierdo -ya magullado por la intentona anterior- sobre el alféizar. No sentía dolor alguno en aquellos instantes. Con un solo movimiento estuve metido en el hueco de la ventana, que me obligaba a una posición casi fetal. Desde allí tenté, siempre con la mano izquierda, hacia dentro. ¡La ventana no estaba cerrada! Ahora debía abrirla del todo, para pasar. Había una suave cortina rosácea -aunque no la veía bien por la oscuridad, la recordaba- que se inflaba a impulsos de la leve brisa introducida al abrir del todo la celosía. De inmediato sentí, otra vez, como aquella cuando fui a rascar su ventana en la casa de Jörg Kolschröder, que estaba despierta. No hacía ningún ruido, pero un vaho de energía, una irradiación, llegaba nítidamente hasta mí imbricándose íntimamente con mi cuerpo etérico, acercándose, alejándose, con oscilaciones semejantes a los movimientos de un respirar o los latidos del corazón. Entré. La cortina rozaba suavemente mi espalda y en la profunda oscuridad de la pieza recién noté que de fuera filtraba un difuminado resplandor. Lo suficiente como para ver sus formas, tapada hasta el cuello con la sábana clara, con las manos cruzadas sobre el pecho. Se percibía sólo el volumen, no los detalles de su rostro, por lo cual no supe si tenía los ojos cerrados o abiertos. Pero estuve completamente seguro ahora de que estaba despierta. Su respiración era apenas perceptible, la contenía, estaba expectante, en espera de lo que iba a suceder. Me detuve apenas unos segundos: mi corazón saltaba dentro de mí, me asaltó un repentino temor: el de que me rechazara. Pero lo aventé rápidamente y con movimientos veloces me quité rápidamente la remera, luego el pantalón, y solamente con los pies las alpargatas, mientras con movimientos suaves pero seguros me introducía bajo su sábana. Me introduje bajo su sábana y me puse rápidamente de costado, pues no había allí espacio para dos, pasando mi brazo derecho sobre sus manos. Acaricié su pelo, suavísimo, puse mis labios sobre su oreja derecha. Comencé a besar con unción leve su mejilla: estaba ardiente... Llevaba sólo una camiseta corta y bombacha. Traté de tocar sus pechos pero ella repentinamente se dio vuelta. Quedó dándome la espalda. No me inquieté y seguí tratando de acariciar sus pechos, sobre la camiseta. Como tenía los brazos sólidamente cruzados sobre ellos, me fue imposible. Entonces bajé las manos, para tocar sus piernas. Eran larguísimas, como ya fue dicho, pero bueno es recordarlo, con el delicioso agregado esta vez de poder comprobar táctilmente su tersura, su juvenil solidez. No había una sola irregularidad en ellas, ninguna aspereza; desde los muslos a las pantorrillas, que era el espacio que mi mano podía alcanzar sin esfuerzo, corría una superficie perfecta, vibrante de vida, además, que transmitía una calidez especial, penetrando en mí hasta la punta de los pies, cuyos empeines había afirmado en sus plantas suavísimas. Formábamos entre ambos una doble S, al revés, sobre el costado izquierdo, yo había metido mis rodillas en el ángulo que dejaban sus piernas, mis pies en sus pies, mi pubis contra sus nalgas, mi estómago contra sus vértebras lumbares, mi pecho en su espalda, y besaba con delicadeza su nuca grácil, apartando los cabellos perfumados sin dificultad. No me cansaré de mentar la suavidad de sus cabellos, factor tan agradable cuando uno la besaba, pues su roce constituía una caricia adicional. Para no mantener la mano izquierda ociosa, la introduje por bajo de su cintura hasta alcanzar el vientre y logré colocarla muy cerca de sus pechos, por bajo de la camiseta. Entonces comencé también un movimiento envolvente hasta lograr acariciarlos un rato, lo cual me dio una felicidad muy grande, que ya no podría olvidar. ¡No habíamos hablado, ni ella ni yo, ni una sola palabra!...
Hasta que se dio vuelta, poniéndose boca arriba, me apartó con firmeza cuando intenté ponerme encima, y me dijo:
-Vete, Andrés; por favor vete...
Yo no le hice ningún caso, volví a subirme y la besé. Pero ella cerró la boca con firmeza. Otra vez me empujó poniéndome una mano en el pecho para repetirme:
-Vete... Andrés... ¡por favor!...
Le hice caso. Sin apuro, pero con diligencia, recogí mi ropa del suelo -donde ella tenía tendida una ancha alfombra de mansa felpa-, me la puse. Até con toda tranquilidad los cordones de mis alpargatas, y me levanté, acercándome a la ventana.
-¡Chau! -susurré.
Ella no contestó. Fue más fácil subir desde adentro, pues había menos distancia desde el suelo. Enseguida estaba otra vez en la frescura del campo, atravesando el colchón de césped que rodeaba los edificios. Entré sin problemas a mi piececita, y debí quitarme la ropa nuevamente para acostarme. Miré el relojito apretando un botón que tenía a un costado para crear una suave luminosidad: la una y diez. Me dormí, confortado y feliz.

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