15/07/05
Capítulo 9
Un agujero en la malla
No hubo reproches ni represalias formales por parte de Oona esta vez. Al día siguiente, nos encontramos temprano, como si nada hubiese ocurrido. Pero ella empezó a ejercer hacia mí una cierta actitud desdeñosa, insolente a veces, que no cesaría hasta poco antes de su despedida, a fin de año, cuando las condiciones de nuestra relación irían a modificarse completamente. Una como rencorosa y dolida impaciencia, mezclada con cierta angustia, comenzó a impregnar ahora cada una de sus acciones hacia mí.
Por de pronto, esa misma tarde hizo poner tela mosquitera a su ventana, con lo cual quedó aislada por una malla de plástico duro, dejando pasar únicamente el aire. Dos días después habían colocado también los vidrios. Hubiese bastado la malla para impedir mi paso, pero ella podía ahora encerrarse casi totalmente con el marco interior: romper los vidrios hubiese causado un ruido escandaloso, además de consistir un acto brutal. Interpreté, naturalmente, que no deseaba recibir más mi visita nocturna.
Pero parecían emanar en ciertos momentos otras inducciones de su parte, como por ejemplo cuando en alguna fiesta que nos tocaba compartir, ella buscaba sentarse exactamente frente a mí, apoyaba sus dos piernas entre las mías, y se ponía a mirarme fijamente a los ojos de un modo absorto y muy audaz. Hasta se atrevió a hacer eso una noche en mi casa, cuando, con motivo de la llegada de otra alemana, Lucía las invitó a cenar. Mi esposa iba y venía de acuerdo a su personalidad inquieta, y Oona había puesto sus piernas sobre las mías, quitándose las sandalias, de tal modo que me obligó a levantarme pues nuestra mesa era escueta y podía mirarse perfectamente lo que sucedía debajo si uno se colocaba a sólo dos metros de distancia. La nueva alemana se llamaba Sabine, tenía 19 años pero aparentaba al menos 25, tal vez por ser muy alta, además de robusta, tetuda, casi gorda. Caminaba de un modo un poco masculino, a grandes trancos, pese a sus rasgos finos. De tez pálida, llevaba muy largos sus cabellos de un marrón rojizo; sus ojos, también marrones, pequeñitos, miraban con expresión miope por tras de anteojitos gruesos, redondos. Ella fue a ocupar la otra habitación de la guardería, con lo cual remató mis posibilidades de entrar ahora allí, pues probablemente me escucharía. Luego de conocerla un poco, comprendí también que haría un gran revuelo si eso llegaba a suceder, pues era sumamente extrovertida, de carácter fuerte, y muy sentimental. En poco tiempo manejaba el idioma ya; a diferencia de Oona, era impulsiva, curiosa, y bastante sucia. Algunas veces me molestó su fuerte olor a transpiración, pese a estar acostumbrado a trabajar con hombres sudorosos a mi lado. La Gorda -como empezamos a llamarla- pronto empezó a meterse en todo lo que se hacía en la Stiftung. Tal vez por las características mencionadas, no duró mucho junto a Oona. En cambio hizo buenas migas y le tomó afecto a Lucía.
Una tarde vimos a Oona y Sabine acarreando el equipaje de la gorda a la casa de los alumnos; tuvieron que desalojar una pequeña habitación para instalar a la mujer. Entonces me enteré -poco después, pasando por allí- que la Gorda tocaba la flauta traversa. Lo hacía con técnica rudimentaria, pero había traído un instrumento excepcional, regalo de su padre. Todas esas razones -su personalidad expansiva, contra la introspectiva de Oona, sus prácticas de flauta, sus olores-, bastaban para explicar que la otra fina alemana se la hubiese quitado de encima. Pero en mi ánimo anhelante de señales favorables esta circunstancia apareció como una apertura, por parte de mi amada, a la posibilidad de encontrarse conmigo otra vez a solas.
Empecé a planear otra vez, entonces, con gran brío imaginativo, mi regreso a la ventana. Ya me había acercado una noche para constatar que era absolutamente imposible entrar sin romper la malla. Eso, pues, era precisamente lo que haría. Pero no debía serlo de un modo violento, sino lo suficientemente silencioso, además de prolijo, para evitar por una parte el ruido durante la operación, e impedir su descubrimiento por los peones u otras personas durante el día. No fue difícil encontrar el instrumento adecuado para la delicada tarea: una hojita de afeitar. No estaba muy seguro de que el grueso plástico cediera ante el filo de la hojita, pero tenía grandes esperanzas. Me estremecí ante la sola idea de que hubiesen echado mano a un poco de tela metálica fina, que aún quedaba en la casa de Kolschröder, la misma usada en sus ventanas. Ello hubiese tornado prácticamente imposible la rotura, salvo apelando a herramientas más voluminosas y potentes. La tacañería de Schmergen me había favorecido, una vez más. La presencia de Sabine, aunque dormía en la casa de al lado, creaba igualmente una nueva dificultad. No me atreví a instalarme en la piecita del preceptor, por miedo a que me oyera salir. Notaba que la Gorda era extraordinariamente aguda y desconfiada, especialmente hacia mí. Me parece que había olfateado -o tal vez Oona le contase algo- de mis inclinaciones hacia su paisana, pues con frecuencia sorprendía expresiones de reprobación en su mirada, cuando descuidaba su diplomacia. También pudo haber sido el eterno condicionamiento kármico: no sabemos por qué ciertas personas nos producen atracción o rechazo. Evidentemente a la Gorda le caía muy bien Lucía, pero muy mal yo. Por mi parte solía hostilizarla: una noche se levantó indignada de la mesa cuando le dije (sólo para posar de desprejuiciado) que el nazismo tenía muchos aspectos positivos. Entre lágrimas, balbuceó que su abuela había sido víctima de un campo de concentración, por lo cual ella no podría tolerar fácilmente ahora mi compañía. De tal modo me enteré de su origen judío. Entonces -aún más que con Holger-, debí cuidarme constantemente de su vigilancia, en mis actos con relación a la otra alemana.
A diferencia de las anteriores, esta vez debería lanzar la incursión desde mi propia casa. He aquí que esa misma noche para la cual había planeado con toda serenidad mi salida, me avisan a eso de las diez que había llegado una artesana, y debíamos darle alojamiento. En la casa de los alumnos ya no había lugar, pues precisamente esa noche se había quedado a dormir un profesor allí; por su parte Katy no toleraba intromisiones en su "castillito". Schmergen me indicó entonces, delante de la mujer, que la llevase a la Guardería, pues estaba disponible la habitación hasta hace poco utilizada por Sabine. No pude oponer algún argumento para evitarlo, debido a lo cual la acompañé hasta lo de Oona. Ella nos atendió primero por una hendija de la puerta, pero enseguida debió dejar pasar a la artesana para que se aposentara. Sin contemplaciones, me echó prácticamente cuando intenté quedarme un poco a conversar con ella, anheloso de mirarla mejor, pues sólo llevaba un leve camisón corto, el mismo de aquella noche del cabito. Un poco humillado pero también enardecido regresé a mi casa.
No pude quitarla de mi cabeza, y decidí que lo mismo iba a llevar adelante mi plan de ir a su habitación esa noche. A eso de la una, entonces, me dispuse a hacerlo. Igual que la última vez, me puse ropa liviana y alpargatas. Como dormía solo, no hubo problemas para levantarme sin que Lucía se diese cuenta. El primer peligro se presentaría, sin embargo, cuando tuviera que abrir la pesada puerta. Ni pensar en salir por la de metal que daba al patio, pues iba a hacer más ruido -suponía. La puerta del otro costado, aparte de estar más alejada de las habitaciones, era de pesada madera y sus goznes estaban perfectamente aceitados. Me arriesgué y la abrí de un tirón. No hizo ruido; tampoco cuando la cerré. Facundo, nuestro perro fiel, dormía bajo del farol cuando pasé; me miró inquisitivamente, pero tampoco me delató. Para eludir tanto la senda ancha como la Casa de los Alumnos, en una de cuyas habitaciones, con ventana hacia mi casa, se alojaba Sabine, fui bordeando la acequia hasta una huerta que se cultivaba sobre un terraplén, al lado del molino de riego y su gigantesco tanque de almacenamiento. Ello me obligó a emprender un largo rodeo, pasando por entre medio de cerrados matorrales, que crecían a los lados de la acequia fertilizados por su humedad. Con algún riesgo crucé un puentecito de troncos, y me introduje escalando la cerca de alambre grueso en la huerta. Debí caminar cuidadosamente para no pisar los surcos donde crecían plantitas de tomates, cebollas, remolachas, acelga. Esta vez había luna llena. Debí extremar mis cuidados también y esforzarme para sortear la valla que daba hacia el patio, bajar enseguida el terraplén empinado, subiendo luego otra vez -pues la Guardería estaba edificada también sobre una explanada-, todo esto sin lastimarme o romperme las ropas con alguno de los numerosos alambres de púa o matas espinosas que por allí había. Se entenderá entonces que el sólo llegar a la ventana de Oona sin problemas se presentara como un éxito esta vez para mí.
Una vez allí, repetí los pasos: volví a montar la plataforma de ladrillos (retirada por mí mismo la vez anterior, para no dejar huellas sospechosas), parándome sobre ella para tomar impulso; luego, ascendí con mis brazos hasta la ventana. En un solo movimiento me instalé otra vez con todo mi cuerpo sobre su alféizar. Ahora la luna me ayudaba. Saqué la hojita de afeitar, que llevaba con su papel en el bolsillo de mi remera. La apliqué en el último borde de la malla plástica, justamente allí donde se unía con el marco, aproximadamente a unos treinta centímetros de altura sobre el ángulo inferior izquierdo. Hice presión y tuve éxito: la hojita penetró, aunque con un poco de esfuerzo, el grueso material. Entonces traté de llevarla con fuerza hacia abajo, para rasgar hasta el final la malla, pero ofreció resistencia. La hoja no cortaba con facilidad el duro borde. Por las dudas había llevado dos hojitas, pero no debía romperlas, pues si ello sucedía el intento quedaría malogrado. Con fuerza, entonces, pero controlándola, comencé a serruchar pacientemente, desde el agujerito que lograra abrir. Ello me demoró bastante, además de provocar un áspero chirrido, claramente audible en el sereno silencio de la noche. Con toda frialdad resolví arriesgarme pues valía la pena. Una vez que llegué al final del ángulo, seguí con el corte hacia la derecha, para obtener una abertura suficiente. A todo esto cualquier persona sensible que durmiese cerca debería haberse despertado, por lo cual yo suponía que tanto Oona como la artesana estaban escuchando mi labor. Como nadie protestó, continué. Al ver que había abierto un triángulo bastante grande en la malla plástica, guardé las hojitas y metí la mano, para empujar la ventana. Pese a sus vidrios, estaba abierta, por lo cual no se constituiría en obstáculo. La empujé. Luego de ello, metí ambos pies por la abertura, lanzándome hacia dentro con todo el peso de mi cuerpo, lo cual provocó una rajadura mayor en la malla, al pasar mis hombros, con gran ruido. Una vez adentro, tomé aliento.
Repetí lo que había aprendido la primera vez. Desnudo, pues, me introduje bajo la sábana de mi alemana, que hasta el momento no había dicho nada. Ella habló:
-¡Está la mujer allí!- susurró, escandalizada.
-Ya lo sé. Por eso, no hablemos -dije, y comencé a besarla, poniéndome encima. No tuvo tiempo o no quiso darse vuelta esta vez, así que pronto comencé a tratar de quitarle el camisón. Se resistía mucho, pero lograba subírselo hasta los pechos con una mano, mientras con la otra trataba de bajar su bombacha. Ella no podía impedir ambas acciones, por lo cual dejaba de forcejear arriba, bajando los brazos para impedir quedar desnuda cuando yo lograba correr un poco el slip. Notando esto, se me ocurrió un lance que puse en práctica de inmediato: con un fuerte tirón, subí su camisola hasta casi quitarla, pero sólo quería enredar su cabeza y sus brazos, cosa que logré. Como envuelta en un chaleco de fuerza, ella quedó inmovilizada por un momento; entonces, volviendo velozmente a la cintura, bajé su bombacha hasta alcanzar sus rodillas y luego con los pies la quité rápidamente. Mientras ella seguía forcejeando arriba, volví a tirar con mucha fuerza hacia arriba el camisón... ¡y logré sacarlo! Entonces ella quedó completamente desnuda, por primera vez, debajo de mí. Con la bombacha enredada en uno de sus pies y el camisón en el brazo izquierdo, se resistía murmurando constantemente protestas en alemán. Pensé en la artesana: era del grupo de hipermoralistas de Lugarini, debía estar escandalizada. Más precisamente, era la esposa del puritano que nos visitara la vez anterior, el rizado judío. Aventé su presencia de mi mente y continué con mi afán. Oona se resistía completamente: cerraba la boca cuando la besaba, cerraba las piernas cuando trataba de introducirme entre ellas, pero sus pechos indescriptibles se frotaban como pelotas de fuego contra mí, sus brazos aún tratando de rechazarme no me provocaban molestias sino agradables fricciones que me excitaban más y más. * Entonces sentí fugarse a las cabras y decidí abandonarme. Fue una liberación enorme. Por espacio de varios segundos mi majada, cual lava tardía, estuvo derramándose entre sus piernas. Luego quedé quieto, apoyando mi cabeza en su hombro; esta vez, ella lo consintió.
Luego nos quedamos un rato inmóviles. Los largos dedos de su mano derecha estaban sobre mi frente, enredándose con mis cabellos mojados, mientras su mano izquierda había quedado apoyada en mi espalda, cerca del coxis. Parecía insegura de mantener esta posición durante mucho tiempo, pero esta vez no me echó. Sólo estuvo en silencio, tolerando sin moverse mi cuerpo encima de ella, proporcionándome en esos momentos una paz exquisita. Sentía casi como si me hablara con el pensamiento: sus dudas, su preocupación, y a la vez su cariño, su ternura, se me transmitían como a través de un código telegráfico. Casi me dormí. Cuando noté esto, decidí levantarme. Ella me alcanzó una toalla para que limpiara mi cuerpo; después de hacerlo, me vestí, para volver a salir por el agujero que con tanto empeño había practicado.
* Jamás había conocido unos pechos de mujer tan perfectos y sólidos. Entendí la metáfora del Cantar de los Cantares, que compara aquellos pechos de la sulamita a "una pareja de cervatillos", a "un racimo de uvas", a "torres de marfil"... no hallé una comparación para los pechos redondos, elásticos, vibrantes de Oona. Como si hubiesen sido creados a la medida exacta de mi mano, para llenar con su tersura los cuencos que estas formaban. Cuando pude verlos completos (más adelante), quedé extasiado. De pezones pequeñísimos, rosados, constituían dos esferas perfectas, que se sostenían erectos, fundados en su propia consistencia, como flotando en el aire hacia adelante. Solía tomarlos entre mis manos apenas nos encontrábamos, si estábamos solos; ella se brindaba, con apacible generosidad, consciente del valor sublime de esta caricia muy íntima, que nos proporcionábamos.
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