15/07/05

Capítulo 4

Pequeñas contrariedades

Después de esa mañana Lucía se puso más agresiva y desconfiada. Oona se dio cuenta y suspendió las clases de castellano, con la excusa de que debía trabajar mucho para inaugurar la guardería a fin de mes.
Por otra parte, era cierto que mi carácter había cambiado demasiado como para que mi esposa no sospechara. De hosco y antisocial, me había vuelto abierto a las visitas ahora, extraordinariamente dispuesto para salidas o fiestas. Claro, cada reunión me permitía nuevas oportunidades para estar con ella.
Pese a ello traté de reducir mi participación en sus reuniones. La contención actuó como un disparador posiblemente, pues una noche en que Oona había organizado unos inocentes juegos, destinados a niños, pero invitándonos a participar a Peter Schmergen y a mí, luego de unos minutos de aceptación desbaraté con toda conciencia las normas, ridiculizando como si fuese una estupidez todo aquello, y sin escuchar sus dolidas protestas me fui.

La Tablada

Enero terminó peligrosamente para nuestra familia. De una manera que nos resultó pasmosa, un grupo de guerrilleros jóvenes había intentado tomar un regimiento en Buenos Aires; se había suscitado una carnicería. Lo peor era que conocíamos a esos guerrilleros: hasta poco más de un año atrás habíamos integrado su movimiento -incluso, uno de ellos se había alojado en nuestra casa. Recién luego de algunas horas llegamos a tomar conciencia de la gravedad de la situación.
Estábamos en el complejo principal de la Stiftung, Lucía en las oficinas, yo revisando con los obreros un cargamento de pieles, o algo así, cuando escuché por la radio las primeras noticias sobre un enfrentamiento armado en un regimiento importante. Pedí al curtidor que subiese el volumen, pero difundieron muy poca información; todo era confuso, la policía había rodeado el lugar, se tiroteaban con los atacantes, que resistían desde el interior del cuartel. Era temprano: como las ocho y media.
Como hacía poco se habían sucedido los levantamientos militares conducidos por los coroneles Rico y Seineldín, quienes no habían sido castigados severamente, además de mantener su estructura de poder militar intacta, di por sentado que se trataba de ellos otra vez.
Pero a las diez de la mañana el tiroteo continuaba; a la policía se habían sumado fuerzas del ejército, bombardeaban con bazukas a los atrincherados, los helicópteros artillados les lanzaban ráfagas; ese lugar de la ciudad era un infierno. Regresé a casa y encendí el televisor. Las imágenes que vi me sobrecogieron: pronto iban a salir los combatientes vencidos, se había llegado a un acuerdo, luego de haberlos cercado. Pero sobre los senderos del regimiento habían quedado numerosos cadáveres, de hombres y mujeres muy jóvenes, de civil. Las cámaras comenzaron a mostrar algunos rostros de los muertos y se difundieron sus nombres. Me estremecí al reconocer entre ellos a varios de mis compañeros del movimiento Todos por la Patria. ¡Cómo podía ser! ¡Nunca se había hablado de construir una guerrilla, mientras permaneciéramos allí! Pero recordé que una de las causas de nuestro alejamiento había sido precisamente el reconocer un cierto tufillo belicista en el lenguaje de algunos dirigentes, que lo habían sido a su vez del ERP, varios años atrás. ¡Oh, ¿podían ser tan locos?! No me cabía en el pensamiento esa posibilidad, pero era real, las imágenes de la televisión mostraban aquella trágica posibilidad concretada, evidentemente.
Comencé a caminar meditabundo pues la noticia me había conmocionado. Oona forraba carpetas con figuras para sus niños cuando entré. Quería hablar con alguien. Esta vez no sentía la menor inclinación afectiva hacia ella, mi mente había suspendido toda sensación salvo el preciso discurrir de los razonamientos, ahora necesitaba un interlocutor para ordenar un poco más las ideas. Oona no sabía nada del asunto. Tuve que explicarle que nosotros habíamos estado presos siete años durante la dictadura militar por nuestra actividad revolucionaria (bueno, eso ya lo sabía, dijo, "¿estos son tus compañeros?"). Había comprendido, por fin. Ese era el asunto. Eran mis compañeros. Y ahora quienes estaban o estuvimos relacionados con ellos, corríamos peligro en todo el país. Conocíamos por haberla padecido la ferocidad de la represión; miles de compañeros y compañeras desaparecidas, torturadas, asesinadas sin piedad por los militares no permitían imaginar un desenlace idílico para esta emergencia. Me fui tal como vine pues quería sintonizar alguna radio de Santiago. La policía estaba actuando rápido: ¡habían allanado la sede del MTP! Por el momento no habían detenido a nadie pero sus dirigentes permanecían bajo vigilancia.
Mi relación con este movimiento había surgido al reencontrarme con un viejo compañero de militancia en Buenos Aires, durante un viaje que hiciera hacia fines de 1985. Por entonces tratábamos de construir en Santiago, con algunos dirigentes agrarios, un partido nuevo. Por nuestra debilidad se había aceptado un frente con el Partido Intransigente, pequeño también aunque con una estructura nacional, pero la gente del MTP fue terminante a la hora de fijar condiciones para nuestra incorporación: debían cortarse los lazos con el PI, "un partido burgués". Tampoco les interesaban alianzas con otros sectores de la izquierda, comunistas o del MST: "reformistas superados por la dinámica revolucionaria ya en los años 70". Sabía que eran los mismos compañeros con quienes emprendiéramos nuestras gestas veinteañeras, mejor dicho, sus sobrevivientes. La cuestión me entusiasmó, por orgullo ante la capacidad de recuperación de nuestras fuerzas, a las que prácticamente se había considerado aniquiladas, pero también porque veía un programa mucho más maduro en la construcción de este nuevo movimiento.
En la Argentina se había necesitado un nuevo movimiento político desde los años 60. Nosotros fuimos ese movimiento, pero el adherirnos fatalmente a una política armada había permitido nuestra derrota. Los mismos políticos corruptos que gobernaban el país cuando intentáramos cambiar las condiciones que nos llevaban indefectiblemente al abismo, los Cafiero, los Ruckauf, los Storani, habían regresado con las elecciones, dotados de mayores mañas y endurecidos por su connivencia de casi una década con los asesinos militares.
Reiniciar la lucha, a tan poco tiempo de terminada la tragedia, era entonces no sólo una magnífica demostración de valentía, sino tenía un contenido político que abría grandes posibilidades de crecimiento entre el pueblo. Ello fue así, precisamente. Me impresionó mucho, a fines de 1986, comprobar la masividad que estaba adquiriendo el MTP en Córdoba y en Buenos Aires.
Hacia abril de 1987 mi instinto me avisó que algo inconveniente sucedía, sin embargo. Y durante un viaje a Córdoba se confirmaron mis temores. Me encontré con un compañero que había sido un alto dirigente del ERP en la década pasada, y su discurso me erizó la piel. Hablaba constantemente de que los militares se preparaban para dar un golpe... y de que había que pararlos. Me pareció decodificar de entre sus palabras que ese "pararlos" representaba algún tipo de voluntad armamentista, pues hacía alusiones veladas a que "a algunos compañeros es difícil contenerlos" y de rumores acerca de ciertas regionales que habían decidido acopiar armas (por cierto, "para defenderse"). Espantado, apenas regresé le dije a Lucía que debíamos alejarnos de este movimiento. Esa misma tarde, cuando nos visitó un dirigente del partido local le comunicamos esta decisión, alegando cuestiones de trabajo, de mis novelas sin terminar, de las necesidades familiares, en fin. No le gustó nada; habíamos recorrido el campo durante todo el año pasado organizando trabajosamente nuestro partido. Insistí afirmando que era mejor que nos alejáramos, antes de continuar a desgano. Lo entendió finalmente, y no regresaron.
Pero ¿sabría esto la policía?... Mi nombre había aparecido en durísimas solicitadas, repudiando los intentos militares, como dirigente del MTP. Y como dije, en todas las actividades públicas del partido había participado... hasta 1987. Sin embargo, mi alejamiento no era algo que se hubiera hecho público. Al menos eso era lo que yo creía.
Mi preocupación iba adquiriendo mayor intensidad a medida que avanzaba el día y las noticias adquirían una trágica precisión. Ellas mostraban la horrible masacre sucedida luego del asalto al cuartel por unos 50 guerrilleros, armados como nunca lo habíamos estado en la etapa anterior, con ametralladoras pesadas ¡y bazukas lansamisiles! En el acto se me despertó un pálpito: ¡Gorriarán Merlo!..
"¡Maldito demente!", pensé. Él era el único capaz de haber organizado esto. Había huido indemne de la lucha durante la dictadura militar, para ir a combatir con mucho armamento en África, en Nicaragua. Más tarde con su grupo habían destrozado a Somoza, haciéndole una emboscada callejera en Paraguay. Precisamente el remate lo dio de un bazukazo que lo desintegró, un santiagueño, el "Colorado" Irúrzun. Pronto se comprobaría que Gorriarán Merlo había dirigido la operación por radio, desde una camioneta estacionada en un lugar suficientemente a salvo. Me sentí traicionado por este personaje, a quien consideraba un inmaduro, quizás por no haber padecido, como nosotros, la cárcel. De momento mis inquietudes fueron aumentando, y repentinamente me acordé que en la oficina tenía una gran cantidad de revistas, folletos, documentos de izquierda. Incluso varios del MTP. Corrí a buscarlos... los quemaría, pues si nos allanaban la casa -cuestión que evitaba pensar pero se presentaba como muy posible-, iban a ser pruebas en nuestra contra.
Desde 1986 recibía regularmente varias revistas de Cuba; las consideraba un pequeño tesoro y las había coleccionado ordenándolas por temas en un estante especial. Me dolió mucho desprenderme de ellas. Pero lo hice. Como a las seis de la tarde, una oscura humareda se elevaba de mi pozo para la basura. Poco después no quedaba en nuestra casa ningún vestigio escrito de que alguna vez hubiésemos sido personas con ideas de izquierda.
Hacia 1993 un policía de los Servicios de Investigación se vanagoloriaría, durante un encuentro que no pude evitar en la plaza de Santiago, que si no me habían detenido aquella vez se lo debía a él. Según fanfarroneó, apenas se produjo lo de La Tablada lo llamaron por teléfono para saber si consideraba conveniente que me fuesen a buscar. Siempre de acuerdo con su narración él les había dicho que no. Que mi esposa y yo éramos personas inofensivas, dedicados por entero a nuestros trabajos, a nuestra familia. Que hubiese sido un error molestarnos. Él nos conocía muy bien.
Con su esposa se habían acercado a mí en 1986, durante la presentación de uno de mis libros. Ella era una maestra muy bondadosa y sensible, que escribía poemas bastante aceptables. Él me había dicho con brutal desparpajo que trabajaba en el D2 (el tenebroso Departamento de Informaciones, donde habían torturado y asesinado salvajemente a muchachos y chicas durante la dictadura). Pero en Rodeo estaba "fuera de servicio", así que era como "otra persona", según decía. En su repentino "sinceramiento" de la plaza me confesaría que en realidad le habían encomendado la tarea de vigilarme. Practicaba magia negra. No quise evitar el acoso a que nos sometía, por instinto de supervivencia, pero particularmente porque no había modo, sin ser grosero, de rechazar la relación profesional con su esposa. Jamás pudimos confiar en ellos, sin embargo. Todos sentíamos que nuestra ceremoniosa amistad era sumamente artificial.
Lo más probable es que él pidiera instrucciones a sus jefes, apenas sucedió lo de La Tablada. Si le hubiesen ordenado que me detuviera, lo hubiera hecho en el acto - quizá con ese doliente placer que aqueja en apariencia a esta clase de tipos cuando cometen sus enfermizas crueldades-. Pero mi tío era asesor principal del gobernador y mi padre Secretario de Educación y Cultura en el Gobierno Provincial. Demasiado poderosos como para lanzarse contra alguien de su familia. Creo que eso fue lo que verdaderamente impidió que cayéramos en la cárcel por segunda vez.

Nota: Para más detalles sobre los sucesos de La Tablada, ver Anexo I.

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Capítulo 8

Cruzando el Rubicón

Durante un tiempo, quizá de dos o tres semanas, Oona pudo mantener una cierta distancia de mí. Con algún disimulo, no permanecía demasiado tiempo en los lugares donde yo estaba, salvo que hubiera otras personas. Pero del mismo modo que el verano, su fastidio conmigo se fue diluyendo, y pronto estábamos otra vez haciéndonos bromas o intercambiando pequeños obsequios. Entendí como una señal de paz el que me regalara una cassette con música de jazz que había grabado en Alemania. La música era posiblemente lo que ella amaba con mayor intensidad; en alguna oportunidad la había sorprendido escuchando con arrobo sus cassetes, que atesoraba entre sus objetos más queridos. Todos de jazz o música clásica.
De a poco, establecimos acuerdos laborales que nos permitían encontrarnos sin dificultad. Uno de ellos, coordinar previamente las tareas del día. Para esto debíamos conversar unos minutos cada mañana, a las ocho, antes de comenzar las actividades tanto de la Escuela Agrotécnica como de la Guardería. Andaba por allí en ese período un italiano, a quien prestábamos un tractor y algunas herramientas de laboreo. Se había casado con una mujer que tenía muchos campos en Rodeo, e iniciaba por entonces un cultivo de tomates. Era un tipo alto, muy buen mozo, quemado por el sol, de ojos muy azules, que estaba entrando ya en la segunda madurez (posiblemente tuviese unos 42 años). Era muy simpático, o tal vez yo lo reputara así porque me había dicho que le parecían hermosos los nombres de mis hijas, y cada vez que venía se acercaba a ellas, tratándolas con mucho cariño, regalándoles a veces frutas o golosinas.
Esa mañana andaba el tano por allí, trajinando con los peones para enganchar una gran rastra en un tractor; lo recuerdo como en acuarelas de fondo, pues mientras miraba estas labores apoyado en la ventana de la Casa de los Alumnos y tomando mate, se acercó Oona para consultarme no sé qué cosa. No sé qué cosa, debió de haber sido importante porque apoyándose en el alféizar, desde fuera, se inclinó hacia mí para hablarme en voz muy baja con el ánimo evidente de que no escuchara nadie. Precaución superflua si se tiene en cuenta el fragor de los peones trajinando con las herramientas junto al italiano, el vocerío de los niños que llegaban con sus madres a la guardería, las conversaciones de los alumnos reuniéndose con el instructor para comenzar las tareas. Lo cierto es que ella se inclinó hacia mí, hasta hacerme sentir su aliento dulce en el rostro; tenía las mejillas ruborizadas, lo cual formaba una bella composición con el celeste limpísimo de sus ojos, el rojo de sus carnosos labios, el dorado luminoso de su perfumado cabello lacio. Ella se inclinó un poco más cuando sorbió el mate que le alcancé; entonces, perdí cualquier noción de otra cosa que no fuese su presencia, su deliciosa cercanía. Se había agachado lo suficiente como para que su remera blanca me permitiera ver una gran parte de sus pechos, como su rostro, ruborizados; por primera vez tomé conciencia plena de la belleza magnífica de sus pechos, su redondez, su solidez, su tersura, la suavidad maravillosa de su piel, su lozanía; entonces me abandoné al intenso placer de las sensaciones, razón por la cual no recuerdo absolutamente nada de todo lo que me dijo durante aquellos cuatro o cinco minutos, extendidos por el milagro de la felicidad a un periodo mucho mayor. Ninguna argumentación cartesiana bastó para disuadirme aquel día de que me había mostrado con toda deliberación sus pechos; por lo demás... ¡estaba encendida! Una atmósfera incandescente nos envolvió durante aquellos minutos a ambos, se la percibía excitada y feliz con mi presencia, aquella conversación era una excusa para que las auras de ambos se entregaran a un abrazo profundo, una comunión deliciosa, llena de caricias magnéticas e intercambio generoso de energía vital, aunque ni un sólo centímetro de nuestro cuerpo físico se tocara.
Entonces decidí que iría otra vez a visitarla por las noches en su cama. Ya había notado que el marco de su ventana no tenía vidrio aún -muy de acuerdo con la mentalidad de Schmergen, quien solía dejar las obras sin terminar- y aunque la persiana exterior estaba compuesta por una gruesa hoja de algarrobo, Oona nunca la cerraba completamente, para dejar pasar el aire. Había aproximadamente un metro sesenta hasta el ancho derrame de aquella ventana. Era un espacio rectangular con remate oval, relativamente angosto, pero suficiente como para permitir la entrada de un cuerpo no muy ancho. Debería hacerse un esfuerzo importante con los brazos para elevar el cuerpo hasta aquella altura -pensé-, dado que no habría otro punto de apoyo: iba a ser un esfuerzo únicamente de las palmas, las muñecas y los brazos. Por aquél tiempo yo estaba un poco gordo además, pues aún comía carne en abundancia, demasiados lácteos y muchísima miel -mido 1,73, pesaba por entonces más o menos unos 74 kilos.

Programé con meticulosidad mis pasos. Primero: iría a dormir a la Casa de los Alumnos. Luego, saldría cuando estuviesen todos dormidos, inclusive Oona. Por las dudas, llevé un pequeñísimo despertador que tenía, y lo puse bajo mi almohada, programándolo para las doce. Había sido un día muy cansador; de hecho me quedé dormido apenas luego de acostarme, como a las diez. Pero a las doce menos cinco estuve despierto nuevamente, lúcido en el mismo instante de abrir los ojos.
Salí sin problemas. Varios roncaban. Me había puesto alpargatas, el pantalón sin calzoncillos ni cinto, sólo una remera negra arriba (el calzoncillo y el cinto me habían demorado segundos preciosos la vez anterior). Era una noche bastante oscura, pero siempre había riesgos pues demasiada gente habitaba allí o en los alrededores. De modo que sentía cierta aprensión por lo que pudiera suceder imprevistamente. Ello me llevó a efectuar todo con la mayor celeridad. En pocos pasos rapidísimos llegué a su ventana. No había practicado, obviamente, ni había tenido oportunidad de medir la altura de la ventana, lo cual me provocó un primer trastorno importante. Previamente había tenido que abrir la gruesa celosía, sólo entornada. Por suerte no lanzó más que un leve chirrido. Pero ello me impediría usar mi brazo derecho con toda su fuerza, pues quedaba de tal modo que si me inclinaba hacia allí la chocaría. Luego el verdadero problema: la altura era mayor de la supuesta, no iba a ser tan fácil subir. Lo intenté con gran energía: me tomé con ambas manos de la arista saliente del alféizar de cemento revocado, y tiré con todas mis fuerzas del cuerpo hacia arriba. Logré únicamente lesionarme un poco los dedos -eran los únicos que lograban un punto de apoyo efectivo- y rasguñarme el antebrazo, pues ante la imposibilidad de llegar hasta donde era necesario, para no venirme abajo me torcí un poco, poniéndome de costado, levantando las piernas, para afirmarme en la pared, pero me deslicé hacia abajo enseguida, provocando además un ruido frotativo que resonó en el silencio de una manera atroz. La premura de la situación me llevó a idear en segundos una salida: por todo el entorno había pedazos de ladrillos esparcidos, restos del proceso reciente de construcción. Con gran velocidad junté diez o doce de ellos, apilándolos con el propósito de formar una plataforma que me permitiría -así pensaba yo- elevarme para apoyar las palmas de las manos y luego los brazos en el alféizar.
No me equivoqué. En segundos pude elevarme lo suficiente como para afirmar mis brazos, y por instinto volví a torcerme, con un movimiento ágil, para apoyar el antebrazo izquierdo -ya magullado por la intentona anterior- sobre el alféizar. No sentía dolor alguno en aquellos instantes. Con un solo movimiento estuve metido en el hueco de la ventana, que me obligaba a una posición casi fetal. Desde allí tenté, siempre con la mano izquierda, hacia dentro. ¡La ventana no estaba cerrada! Ahora debía abrirla del todo, para pasar. Había una suave cortina rosácea -aunque no la veía bien por la oscuridad, la recordaba- que se inflaba a impulsos de la leve brisa introducida al abrir del todo la celosía. De inmediato sentí, otra vez, como aquella cuando fui a rascar su ventana en la casa de Jörg Kolschröder, que estaba despierta. No hacía ningún ruido, pero un vaho de energía, una irradiación, llegaba nítidamente hasta mí imbricándose íntimamente con mi cuerpo etérico, acercándose, alejándose, con oscilaciones semejantes a los movimientos de un respirar o los latidos del corazón. Entré. La cortina rozaba suavemente mi espalda y en la profunda oscuridad de la pieza recién noté que de fuera filtraba un difuminado resplandor. Lo suficiente como para ver sus formas, tapada hasta el cuello con la sábana clara, con las manos cruzadas sobre el pecho. Se percibía sólo el volumen, no los detalles de su rostro, por lo cual no supe si tenía los ojos cerrados o abiertos. Pero estuve completamente seguro ahora de que estaba despierta. Su respiración era apenas perceptible, la contenía, estaba expectante, en espera de lo que iba a suceder. Me detuve apenas unos segundos: mi corazón saltaba dentro de mí, me asaltó un repentino temor: el de que me rechazara. Pero lo aventé rápidamente y con movimientos veloces me quité rápidamente la remera, luego el pantalón, y solamente con los pies las alpargatas, mientras con movimientos suaves pero seguros me introducía bajo su sábana. Me introduje bajo su sábana y me puse rápidamente de costado, pues no había allí espacio para dos, pasando mi brazo derecho sobre sus manos. Acaricié su pelo, suavísimo, puse mis labios sobre su oreja derecha. Comencé a besar con unción leve su mejilla: estaba ardiente... Llevaba sólo una camiseta corta y bombacha. Traté de tocar sus pechos pero ella repentinamente se dio vuelta. Quedó dándome la espalda. No me inquieté y seguí tratando de acariciar sus pechos, sobre la camiseta. Como tenía los brazos sólidamente cruzados sobre ellos, me fue imposible. Entonces bajé las manos, para tocar sus piernas. Eran larguísimas, como ya fue dicho, pero bueno es recordarlo, con el delicioso agregado esta vez de poder comprobar táctilmente su tersura, su juvenil solidez. No había una sola irregularidad en ellas, ninguna aspereza; desde los muslos a las pantorrillas, que era el espacio que mi mano podía alcanzar sin esfuerzo, corría una superficie perfecta, vibrante de vida, además, que transmitía una calidez especial, penetrando en mí hasta la punta de los pies, cuyos empeines había afirmado en sus plantas suavísimas. Formábamos entre ambos una doble S, al revés, sobre el costado izquierdo, yo había metido mis rodillas en el ángulo que dejaban sus piernas, mis pies en sus pies, mi pubis contra sus nalgas, mi estómago contra sus vértebras lumbares, mi pecho en su espalda, y besaba con delicadeza su nuca grácil, apartando los cabellos perfumados sin dificultad. No me cansaré de mentar la suavidad de sus cabellos, factor tan agradable cuando uno la besaba, pues su roce constituía una caricia adicional. Para no mantener la mano izquierda ociosa, la introduje por bajo de su cintura hasta alcanzar el vientre y logré colocarla muy cerca de sus pechos, por bajo de la camiseta. Entonces comencé también un movimiento envolvente hasta lograr acariciarlos un rato, lo cual me dio una felicidad muy grande, que ya no podría olvidar. ¡No habíamos hablado, ni ella ni yo, ni una sola palabra!...
Hasta que se dio vuelta, poniéndose boca arriba, me apartó con firmeza cuando intenté ponerme encima, y me dijo:
-Vete, Andrés; por favor vete...
Yo no le hice ningún caso, volví a subirme y la besé. Pero ella cerró la boca con firmeza. Otra vez me empujó poniéndome una mano en el pecho para repetirme:
-Vete... Andrés... ¡por favor!...
Le hice caso. Sin apuro, pero con diligencia, recogí mi ropa del suelo -donde ella tenía tendida una ancha alfombra de mansa felpa-, me la puse. Até con toda tranquilidad los cordones de mis alpargatas, y me levanté, acercándome a la ventana.
-¡Chau! -susurré.
Ella no contestó. Fue más fácil subir desde adentro, pues había menos distancia desde el suelo. Enseguida estaba otra vez en la frescura del campo, atravesando el colchón de césped que rodeaba los edificios. Entré sin problemas a mi piececita, y debí quitarme la ropa nuevamente para acostarme. Miré el relojito apretando un botón que tenía a un costado para crear una suave luminosidad: la una y diez. Me dormí, confortado y feliz.

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13/07/05

Capítulo 13

Un alma gris

Entristezco aún hoy al rememorar el calamitoso estado de mi alma cuando ingresábamos en aquellos tórridos meses de agosto, septiembre y octubre de 1989. Durante ellos se iban a decidir asuntos importantísimos para nuestra familia, pues llegarían a su climax las dos cuestiones más exasperantes de aquellos días: mi conflicto con Peter Schmergen junto a la comisión directiva de la Stiftung, y lo que a esta altura ya se había convertido en una saturnina pasión por Oona. Iba alterado y cuitoso de aquí a allá, sin calma, sintiendo que me rodeaba una nube gris, como las mosquitas impertinentes infestando las osamentas. Llevado por una compulsión malsana, además, agregaba voluntariamente a esos factores la representación imaginaria, una y otra vez, de los sucesos referidos a nuestra relación con Laura, la muchacha muerta por un aborto provocado en 1973. Me sentía obligado a escribir esta novela, como un tributo a la memoria de la niña de 19 años, a quien consideré víctima de mi vileza, de mi cobardía, como una de las formas de purgar definitivamente esa culpa, arrastrada, desde entonces, con dolor atroz, pues desde que muriera no había descansado mi imaginación en el afán de hallar ocasiones para redimir la inmensa falta. Este ejercicio, sin embargo, me sumergía aún más en un talante sombrío, llevándome a veces hasta el borde del agobio moral, tal era el peso emotivo de la repetición mental despiadada, minuciosa, de cada detalle de lo sucedido entonces, a la que me había obligado sin descanso cada día, desde muchos años atrás. Oona notó esta nube que me rodeaba, una tarde, cuando entre el crepúsculo caminaba hacia mi casa y accidentalmente nos cruzáramos, ella viniendo de alguna parte en su bicicleta. Sólo nos saludamos con un "hola", yo seguí mi camino; iba apurado por alguna obsesión que me arrastraba hacia nuestra casa. Unos pasos más adelante la escuché llamarme:
-Andrés... -silabeó su voz acuática.
Al volver la cabeza la vi parada en la puerta de la guardería, con la bicicleta en sus manos.
-Piensas mucho vos... te va a hacer mal...
Todo me hacía mal. Me encontraba, además, muy solo. Trataba de huir de aquel sentimiento con actitudes violentas, llenando mi mente con historias del pasado, o escribiendo hasta que mis ojos no respondían más, cuando empezaba a ver todo lo que había frente a mí entre nieblas.
Para los miembros de la Stiftung me había convertido en un apestado, debido a mi largo enfrentamiento con Schmergen, quien finalmente contaría con el apoyo de la Comisión Directiva de Alemania, como contaba ya con el de la local. Mi esposa me agredía abierta o encubiertamente casi en todo momento, ya que por mi cerril actitud también sufría las consecuencias, siendo la principal de ellas el perder su puesto, por el cual recibía un sueldo, además de una importante dignidad jerárquica. Ella se había opuesto a que siquiera yo volviese a la Comisión Directiva local, en aquella Asamblea que ya parecía lejana, de agosto de 1988, cuando Di Chiara, uno de los apicultores, me propusiera como Vocal 1º. Lucía había votado en contra. Gané sin embargo, para su pesar. Su rencor se atizaba mucho con la sospecha -o los signos percibidos- de mi relación con Oona. No sacaba el asunto a relucir ya, posiblemente como una táctica para no aumentar las zozobras en nuestra situación, pero transitaba cada día con tanta hostilidad hacia mí, que me tenía constantemente sobre ascuas.
Hallaba un tanto de sosiego alguna vez, cuando luego de trajinar durante el día con trámites u otras tareas en Santiago, podía tomar tranquilamente una cerveza con un apreciado escritor, Ariel Doria, o cierto librero, con quien por entonces nos habíamos descubierto afines. Era, sin embargo, como asperjar agua con un hisopo sobre un caldero de aceite hirviendo.
La noche de mi cumpleaños fue una ocasión para eclosionar estos sentimientos que me conturbaban. Hicimos una fiesta en casa, por cierto con mucho asado, vino, cerveza, todo tipo de comidas en cantidad. Aprovechamos para homenajear a Dieter, también, pues pocos días después viajaba. Había venido a visitarlo su novia, una muchacha muy bonita, de estatura pequeña, quien casi no hablaba el castellano.
Oona había inducido a Sabine para pagar la reparación de mi grabador, descompuesto durante el invierno, a modo de regalo. Ella me lo había pedido unos días atrás, simulando que deseaba escuchar FM. Me lo entregaron envuelto primorosamente, pese a su gran tamaño.
Luego todo fue un desenfreno: ya borrachos, hacia la una de la madrugada, mi mediohermano Pío bailaba apretando escandalosamente a la novia de Dieter, besándola por todo el rostro, con ánimo exhibicionista. Dieter a su vez había pasado la noche conversando con Lucía, y en un momento lo sorprendí rozando, con expresión arrobaba, la punta de sus dedos. Por mi parte, en un momento en que Oona fuese a llevarle la mamadera a Julita, luego de que mi hija se durmiera aproveché para intercambiar algunas caricias con la suaba, a un costado de la fiesta. A la postre mi cerebro terminó alterado, no sólo por el alcohol, sino por el espíritu de putrefacción que sentía impregnar esa atmósfera. Como si esto fuera poco, al llegar a la Casa de los Alumnos, ya casi amaneciendo, uno de los artesanos, de quien se había enamorado Sabine -un petisito, apodado Granulillo, quien resultaba ridículo junto a la muy alta gorda- se derrumbó luego de vomitar por todo el piso. Con patética ternura, esa ballena alemana lo arrastró cuidadosamente por encima del vómito, limpiándolo enseguida con su propio pañuelito de mano y agua, mientras aprovechaba para arrullarlo un poco, pues hasta entonces el artesano casi no le había pasado bola. Oona invitó a Pío a dormir en su casa, lo cual me llenó de celos y colmó mi paciencia. Llamándola aparte, le prohibí que hiciera tal cosa, esto es, llevar a mi mediohermano, de quien tenía fundada desconfianza, a dormir cerca de su cama.
-¡Van a ir otros, incluso tu hermana!- me dijo.
-No importa-, me empeciné. -No quiero que te burles de mí acostándote también con él... con otro, revolcate si quieres, pero no con él.
-Soy una mujer libre, puedo decidir... -contestó.
Primero la tomé de los pelos atrayéndola; estrujando su cara entre mis dedos la obligué a retroceder, hasta chocar violentamente su cabeza contra la pared. Luego la tomé brutalmente de una muñeca, torciéndosela hasta hacer brotar lágrimas de sus ojos, que brillaron en la oscuridad.
-¡Puta de mierda!...-mascullé con voz ronca- ¿Vas a hacer lo que te digo, o no?
-¡Sí, sí, Andrés, por favor soltame!- gimió ella, muy impresionada también por el destello infernal de mis ojos. Cuando la dejé, huyó como quien ha debido vérselas con un lobo.
Al regresar a mi casa estaba tan enardecido aún, que fui a la cama de mi esposa y la desperté, insultándola por haber flirteado con el chico alemán. Dieter le había regalado como recuerdo un pañuelo palestino, esa noche; ella lo había dejado junto a la cama. Esto me enardeció más. Lucía reposaba entre nuestras tres niñas; dos de ellas, Sol y Angelita, se despertaron por la violencia de nuestra discusión, borrachos, considerábamos susurrar, pero de hecho debíamos de estar gritando.
-¡Has actuado como una puta, con ese pendejo! -le espetaba yo.
-¡No he hecho nada! ¡Estás loco, chiflado, a vos te tiene mal tu sucia cabeza!- respondía ella.
Pegándole un corto puñetazo, que creí medido sólo para intimidar, pero debe de haber sido muy fuerte, pues tres días después aún ella me enrostraba el dolor de su mentón, quise obligarla:
-¡Aceptá que has actuado como una yira! ¡Aceptalo!
Alcancé por segunda vez su mentón con un golpe breve, veloz; las niñitas empezaron a corear, asustadas:
-¡Decile que sí, mami, decile que sí!
Sus vocecitas abrieron una grieta en mi corazón duro; se disolvió mi perverso rencor para dar paso a una tristeza profunda, comprendí la vileza de lo que estaba cometiendo, vi mi endemoniada actitud y el daño que estaba provocando a mis hijitas.
-Dejame en paz, hijo de puta... -dijo ella, advirtiendo mi desconcierto: -¡Estás borracho!...
Pero ya me había parado, como si alguien me hubiese asestado un golpe de maza por la espalda, y me dirigía casi corriendo a mi habitación. Tirándome sobre la cama, hundí el rostro en la almohada, con la ilusión absurda de borrar mis acciones. ¡Cómo podía borrar la crueldad execrable que había cometido!... Ya no pude dormir. Poco después, por la mañana, me arrepentí de todo corazón, pidiéndo disculpas a Lucía. Pero era muy tarde ya. Ella ni siquiera se dignó a tomar en cuenta mis lamentaciones. No me perdonó; yo tampoco. De tal modo vine a sumar otra culpa a las numerosas que enturbiaban mi consciencia por entonces.

En medio de la pasión

Ya había perdido por completo la rienda de mis actos sentimentales, pese a los fugaces momentos de cordura sobrevenidos, generalmente después de algún exceso. Cierta película, que fue presentada aquí como "El paciente inglés", suscitó tiempo más tarde en mi ánimo un reflejo de lo vivido durante el año final de nuestro periodo en Rodeo. El actor posee más atractivos físicos que yo -y la actriz menos que Oona-; salvada esa diferencia, la atmósfera incandescente que envuelve los sucesos resulta asombrosamente parecida. Aquella pasión terminó en tragedia, resultado frecuente de semejantes combinaciones del magma humano al irrumpir súbitamente rompiendo el misterioso equilibrio cósmico, tal como lo mostrasen ya, magistralmente, Shakespeare y Goethe. En parte por mi horrenda experiencia con Laura, en parte por la inmerecida protección que Dios me otorgara, como premio quizás a mis desmañados pero incesantes esfuerzos para superarme, lo nuestro no terminaría en tragedia, como se verá, sino en bastante armónica, aunque levemente dolorosa concertación. Pero aún faltaba mucho... -¡14 años!- para eso... De momento, aquí estaba yo conducido por la pasión, como un buey llevando una argolla en el hocico, al cual tirasen desde allí con una cuerda, agravando la circunstancia que, casi inconsciente de mi pobre condición, creía la mayor parte del tiempo estar viviendo situaciones donde lograba mantener un decoroso control de mis acciones. Que no se originaban en motivos claros, por cierto, sino en un enredo de anhelos confusos y a corto plazo, entre los que se mezclaban el propósito de asumir la presidencia de la Stiftung, a través del método espurio ya descripto, el de terminar mi novela sin que nada me molestara, renunciando a todo otro compromiso -lo cual era contradictorio con lo anterior, evidentemente-, o vender todo, lo mejor posible, para trasladarnos con mi familia a Santiago, cosa que finalmente ocurrió. Entre ellos permanecía activa, como una llamarada de brea, la necesidad visceral de estar con Oona, de cualquier modo, en cualquier lugar, con el sólo límite que el muro de fuego de la adhesión a mis hijas levantaba; la sola, lejana idea de apartarme de mis hijitas, atravesando sin aceptarla por algún traspatio descuidado de mis pensamientos, me provocaba tan insoportable mortificación interior, que bastaba, en el acto, para borrar cualquier otra cosa que no fuese mi devoción hacia ellas.

Una muchacha codiciada

Contribuyendo al aumento de mi inestabilidad emocional venía a concurrir el extraordinario éxito con el sexo opuesto que obtenía Oona, sin proponérselo según creo, pero como es imaginable altamente halagüeño para su vanidad y útil también, de vez en cuando, para fustigarme. Creo que durante casi todo el tiempo en que estuvo aquí ella no me tomó demasiado en serio; infatuada por el acoso frecuente de candidatos de la más variada proveniencia y edad, supongo que mi presencia integraba esa ronda de estímulos cuyo sentido finalizaba en la grata sensación de poder femenino que seguramente ella alentaba en su fuero interno. Pese a que no hacía nada por provocarlos, incluso su modo de vestir más podría haber pasado por el de una novicia -siempre con los mismos o parecidos pantalones blancos y un tosco blusón, ambos de tela basta, a veces cierta remera blanca o camisa suelta- lo que se adivinaba debajo atraía bastante.
Entre esos acosos hasta se inscribió mi compadre, un piamontés, grandote, vociferante, rústico, agricultor con veleidades intelectuales, quien cierta vez, durante una siesta, la invitó al cine habiendo coincidido accidentalmente con ella en Santiago. Con la sala a oscuras, intentó abrazarla, debido a lo cual ella debió abandonar el sitio sin ver la película. Esta anécdota, narrada de modo coincidente por ambos, escocía en mi orgullo, pero no podía esbozar ninguna protesta -particularmente ante mi compadre- pues dado lo ilegítimo del vínculo (ni siquiera en la intimidad reconocido) no me asistía el más mínimo derecho sobre la joven suaba.
Este era un incidente menor, sin embargo, en el panorama hostil para mis sentimientos que se formaba desde la competencia masculina en relación con Oona. Había otro joven, estudiante de Ciencias Económicas en Tucumán, hacia quien sí sentía fundadas preocupaciones. Ella había salido con él en algunas oportunidades, y su reserva acerca de esta relación tenía sobre mis sentimientos parecido efecto a puñados de sal gruesa en lastimaduras recién abiertas. Con fría deliberación ella graduaba los comentarios, efectuados como al acaso, sobre el tema, cuando se proponía exacerbar mis celos. ¿Hacía esto únicamente como un fatuo ejercicio de su poder? ¿Significaba en parte una represalia por la indudable humillación que representaba ser "la segunda", incluso jamás confesada, en una relación sentimental que, aunque fuese efímera, como se planteaba, al momento era nuestra única, intensa realidad? Nunca lo supe. Nunca lo sabré quizás. La difícil comunicación verbal debido al poco manejo de nuestro idioma por parte de ella, y mi absoluta ignorancia del suyo de mi lado, resultó en estos aspectos una insalvable dificultad. Fue también, sin embargo, tal vez la mayor ventaja. Los desesperados esfuerzos por comprender al profundísimo ser espiritual que intuíamos el uno en el otro, nos llevó en ocasiones a desconocidos éxtasis de integración íntima, durante los contados momentos en que fuimos capaces de abandonar -por lo general con mucha torpeza, debido a nuestra inexperiencia- las prevenciones racionales y entregarnos a la corriente inductora que brotaba de nuestro interior.

Mi rostro de mujer

Mi esposa viajó un viernes porque debía efectuarse un control médico. Llevó a las chiquitas con ella: aprovecharían para visitar a nuestros parientes y regresarían el domingo por la tarde. Ese sábado yo estaba solo después de un largo día de restitución interior, provisto por mucha lectura, meditación sin limitaciones, algunos párrafos felices obtenidos del silencio y la soledad. Como a las seis de la tarde me puse a escuchar a Joâo Gilberto y la música me transportó. Dado que no podía volar, me sentí impulsado a subir en lo más elevado del interior de nuestra casa, un entrepiso hecho a tres metros y medio de altura, en la cocina que alcanzaba con su techo los cinco metros. Solamente con una bermuda de jean deshilachada, desnudo de la cintura para arriba y descalzo, alcancé ese estado de serenidad espiritual que jamás he podido conservar por mucho tiempo, pues actúa al parecer como llamador. Pues absolutamente siempre en tal circunstancia aparece alguien, así hubiera podido creerme transitando un espacio totalmente desierto. De repente vi a Oona asomando su cabeza aúrea por mi ventana. Me miraba admirada pues conocía esos sentimientos y los comprendía. Como aquella vez en que teniendo una cita con Laura sentí el desgarramiento de abandonar la escucha de Eric Burdon, cuyas composiciones me habían introducido en un espacio donde toda otra cosa que no fuese la música y yo sobraba, debí abandonar, también esta vez, el magnífico sitio en las alturas donde sintiéndome pájaro había acariciado la absoluta carencia de deseos.
Qué quería Oona. Invitarme a salir con la otra alemana y Granulillo, que a la sazón ya mantenía un fervoroso romance con la gorda Sabine. Irían a un bar, a comer algo, tomar algunas cervezas, quizás. ¿Yo quería ir? No, yo no quería ir. ¿Por qué?, me dijo, va a ser un rato amable, entre amigos. No, yo no quería ir. No importaba por qué. Bueno, saldrían en una hora, si me parecía bien, ella podía pasar antes de salir, para ver si cambiaba de idea. No, yo no cambiaría de idea. Insistió, algo poco frecuente en ella, pero mi decisión era pétrea. No quería saber nada de ir a cenar en un bar con ellas. Parecía aguijoneada por la lectura de mi pensamiento, en el cual instantáneamente se había formado la imagen en un bar del centro con la alemana a la cual se sabía mi amante tomando alegremente cerveza divirtiéndome mientras mi familia estaba ausente... comidilla apetitosa para ese pueblo de gente primaria que se aburría mortalmente sin chismes. Esta rapidísima visión me resultó deplorable en extremo, debido a la afrenta a la dignidad de mi esposa que ello podía significar. No importaba que rumoreasen lo que quisieran, los chismes no tendrían asidero válido mientras carecieran de un signo público mostrando otra cosa aparte de una afinidad, perfectamente justificable, entre compañeros de actividades. No fui, pero le recordé que al día siguiente teníamos una cita... ¡a las ocho de la mañana!... ¿No podíamos postergarla, para un poco más tarde? -preguntó. No, no podíamos. Esa noche ella salió con sus amigos y yo, interrumpido definitivamente en mis vuelos, me bañé, me puse la campera, me fui a caminar solitario por las calles de tierra de junto a la estación, pensando en ella, en mi esposa, en mis hijas, en la novela, en las crueldades de esta existencia, que a veces nos presenta el espejismo de alcanzar la felicidad únicamente si a cambio accedemos a efectuar el sacrificio de Abraham.
Fui a dormir temprano, luego de comer frugalmente. Por eso me levanté lleno de energías como a las cinco y media. Tomé mate viendo arribar las luces del domingo; luego me vestí tranquilamente, leí La Biblia, como todos los días. Y me puse a revisar algunos manuscritos mientras aguardaba el arribo de Oona. Los alemanes son esclavos de la palabra dada y los horarios. Considero a esto algo muy digno de elogio, pues la construcción de cualquier proyecto colectivo reposa sobre estos dos principios, como garantía básica para su desarrollo. A las ocho en punto Oona apareció, con anteojos oscuros, por el caminito que atravesaba el puente, junto al corral de los chanchos. ¡Debía haber puesto el despertador para cumplir con su compromiso, pues la noche antes seguramente se había acostado tarde!...
No sé con qué excusa nos reuníamos, probablemente algún programa de la Stiftung, pues recuerdo que desplegamos algunas hojas y un cuaderno que ella traía, sobre la mesa, durante un rato. Era una mañana hermosa de primavera, Oona llevaba una leve remerita blanca, marcando con claridad sus pechos. Se me ocurrió que no llevaba sostén y quise comprobarlo. Entonces me levanté y tomándola por la cintura desde atrás comencé a besarla. Metí la mano por bajo de la remera, para mi inmensa alegría, pues resultó tal como imaginaba. Ella me dejó hacer durante un rato, mas luego se levantó. Seguimos "trabajando", pero conversábamos sobre literatura u otros temas, hasta que notamos el paso del tiempo debido a la necesidad de Oona de mirar el reloj, pues quería regresar para atender su correspondencia, como se había propuesto. Eran casi las once. Para despedirnos, nos abrazamos junto a la puerta. Me había apoyado en la pared, y como me deslizara un poco, abriendo las piernas, para permitir que ella entrara en el hueco, quedé bastante más bajo, teniendo en cuenta que aún erguido Oona me superaba por unos tres o cuatro centímetros. Nos besamos un rato; el resplandor externo hacía brillar sus cabellos y me iluminaba la cara. Ella había envuelto mi cuello con su brazo izquierdo, fuertemente, y comenzó a acariciarme la frente, echando hacia atrás mi pelo. Me miraba, sorprendida...
-¡Tu rostro!...- dijo, inesperadamente: -¡Es... el de una mujer!...
No contesté, pues su observación me dejó completamente desconcertado.

La sima

Había venido el padre de Sabine. Era un hombre bondadoso, con aspecto de burócrata o arquitecto; alto, como de cincuenta y tres años, con el típico aspecto ajetreado de los individuos que habitan grandes ciudades, un poco pelado y canoso, por su fisonomía racial sugería más un inglés o norteamericano que un alemán. Cenamos abundantemente, en el patio que separaba la Guardería de la Casa de los Alumnos. Habíamos asado carne de cabrito, chorizos y naturalmente los tradicionales trozos de churrasco. Bajo la luna llena, tomamos muchísima cerveza... ¿Fué eso lo que me excitó tanto? ¿O las amables conversaciones, la ausencia de conflicto, luego de jornadas tan agobiantes como habían sido las últimas? Lo cierto es que apenas llegamos a casa fui a la cama de Lucía, como hace tiempo no lo había hecho, y tuvimos un frenético acto sexual. Después de ello, me retiré en mi cama. Había quedado insatisfecho, sin embargo. Sólo dormité un rato para levantarme enseguida. Comprobando que todos dormían, salí. Sin dificultad repetí el itinerario hacia la ventana de Oona; entré. Y otra vez, con gran presteza, me acoplé a la muchacha alemana. Ella me dijo que eyaculase afuera, "por seguridad". Lo hice. Estaba llegando a la sima de mi descenso por la más grosera senda de la sensualidad. Aunque confundido por una educación torpe y machista, yo creía que con las acciones que acababa de perpetrar había establecido una especie de hazaña.

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Capítulo 15

Una noche desafortunada

Hasta el momento había eludido en lo posible el mostrarme demasiado con Oona por la ciudad, salvo que fuese de día y por algún asunto relacionado con nuestro trabajo. No habíamos tenido demasiadas ocasiones es cierto, pues tampoco ella se interesaba por salir conmigo (además de que nos teníamos tan a mano el uno al otro allí, viviendo sólo con unos ciento cincuenta metros de distancia entre nuestras casas). Pero la inminencia de la separación definitiva empezó a actuar como un precipitante en nuestros sentimientos, de tal modo que por mi parte al menos empecé a sentir deseos de estar con ella en cualquier parte, sin cuidarme ya demasiado de las apariencias. Esto llevó a que, como debía buscar vivienda en Santiago, comenzáramos a coincidir en nuestros traslados a la ciudad, "casualmente" al principio, deliberadamente luego.
Durante uno de esos encuentros, en que aprovechábamos para pasear juntos y esparcirnos un poco, visitamos al poeta Ariel Doria, quien por entonces convivía con su séptima esposa, una brasileña. Ella era una mujer alta y robusta, mayor que él, quien ya contaba por entonces con cincuenta y tres años. La alemana le simpatizó al instante; entonces la "raptó" como por media hora para enseñarle secretos de su cocina, mientras nosotros conversábamos, satisfechos, con su marido en la biblioteca. En aquella ocasión nos invitaron a cenar; como debía ser pronto, convinimos la fecha para el jueves 29 de septiembre. Aquél día yo viajé temprano. Habíamos concertado encontrarnos con Oona a las cinco de la tarde, en la plaza principal de Santiago, pues me acompañaría a ver unas casitas ofrecidas en el sur de la ciudad. Como siempre, fue puntual.
Era un deleitable atarder nublado. Le dije que fuésemos primero a la casa de Ariel Doria, para confirmar la cena: conocía la irresponsabilidad de mi amigo, quien casi inmediatamente después de haber asumido un compromiso lo olvidaba. Ariel vivía en un añoso, elegante edificio de departamentos, frente a una bella, arbolada placita. Lo único que pudimos confirmar fue ese defecto de su carácter: no había nadie en su casa. La subida por la escalera, que tenía dos tramos para llegar hasta el primer piso, nos fue muy útil sin embargo. Alcanzando el codo de aquella escalera, construida muy sólidamente, aprovechamos el reparo ofrecido para besarnos. Al llegar a su final, frente a la puerta, lo hicimos otra vez. Y dado que no nos contestaba nadie durante un rato, debimos besarnos de nuevo. Por las ventanas cubiertas con vidrios esmerilados filtraba un tenue fulgor, esfumando los objetos.
Ella pareció decidida a poner límite a las afectuosidades al salir a la plazoleta, yendo a tomar el colectivo, inesperadamente. Comenzó a hablar de que pronto íbamos a separarnos, de que lo nuestro no debía considerarse como un noviazgo ni mucho menos, apenas una relación cercana entre dos personas con diferentes caminos, para evitar confusiones...
Por mi parte no tenía ninguna intención de discutir; confuso, apelaba únicamente a mis sentimientos, sin plantearme la más mínima reflexión, debido a lo cual sólo quería amarla, físicamente, estar con ella, el mayor tiempo posible, prolongar este feliz encuentro, que por sí mismo alejaba de mi mente cualquier otra preocupación.
En colectivo arribamos a un lindo barrio donde se levantaban las casitas recién construidas que se ofrecían. Caminamos por las calles en pavimentación hasta llegar a la dirección indicada. Un cordial sereno municipal accedió a mostrarnos la casa por dentro. Era muy linda y sólida. Pero demasiado pequeña. O esto me pareció a mí. Luego de habitar durante cinco años en la morada inmensa que nos habíamos construido, donde los techos se elevaban hasta cinco metros y nuestra cocina tenía nueve metros de largo, rodeados además por la anchura sin límites de los campos de la Stiftung -250 hectáreas, linderas además con otros campos semejantes-, me parecía que introducirnos aquí, en habitaciones de 3x3, apiñados junto a otras casitas semejantes con apenas una tapiecita de por medio, iba a ser como trasladar a un oso desde la selva y encerrarlo de repente en un cofrecito para juguetes.
Cuando regresamos al centro el crepúsculo estaba ya muy avanzado.
-Vamos al parque -le dije.
-Sólo un rato- contestó- pues debo estar pronto en Rodeo.
-Tienes colectivo hasta las once de la noche -mentí, pues sabía muy bien que el último pasaba a las diez.
-Prefiero volver antes -insistió ella-. Son las siete recién, tenemos tiempo de conversar mucho hasta las ocho, ¿quizás?.
-Como quieras-, murmuré.
En el parque, caminamos un rato por sobre los prolijos caminitos de piedra, hasta hallar un banco apartado muy cerca del zoológico, entre dos eucaliptos.
-Escucha bien, Andrés -me dijo usando otra vez aquel tonillo sentencioso- No creamos ser adolescentes enamorados paseando entre las flores... es muy romántico, pero además de cursi... es no cierto...
Levemente fastidiado, concedí sin embargo:
-Esta bien, como quieras... ¿pero no puedes estar un rato tranquila, disfrutando lo natural, sin ponerte a sentenciar como una vieja? Y por favor, no prendas otro cigarrillo...
A ella se le había dado entonces por comprar unos cigarrillos rubios, "Kent" según creo, desde hacía poco tiempo, puesto que hasta un mes atrás no fumaba: y esa tarde llevaba consumidos ya tres.
Molesto por lo dicho no intenté tocarla siquiera; pronto ella sugirió volver.
Al pasar por un barcito que había sobre la 9 de Julio, al lado de la playa de estacionamiento de un sanatorio, la invité:
-¿Quieres que comamos un sándwich y tomemos una cerveza?
-¡Sí pero no aquí! -me avergonzó ella- ¡Es feo! ¡Cursi! ¿O no?
Entonces la llevé al bar de Los Cabezones. Se sintió muy a gusto allí.
-Este lugar es muy lindo, ¿no? - decía. Miraba los cuadros de Artemio Fote, en las paredes, donde también había otros de Lucho Farías, Ricardo Touriño, Rafael Touriño, en fin, los mejores pintores de entonces, que exponían allí. Era un lugar de bohemios, mantenido con gusto por dos hermanos, eximios cantantes de boleros y folklore, a quienes conocía desde la infancia. Ese bar era nuestro preferido -y de casi todos los escritores, poetas, músicos o diletantes de Santiago- para tomarnos un café o cerveza de vez en cuando, con Ariel Doria u otros del mismo palo. Ella parecía inquisitiva por no haberlo conocido antes, pero no se atrevió a reprochar eso. La comida ofrecida, aunque sencilla, era de primera calidad también.
Saboreamos un par de empanadas, que luego debimos repetir. Empezamos a tomar cerveza. Dos porrones. Entre conversaciones amables, donde solamente interesaba finalmente el estar juntos y disfrutar del momento, se hizo la noche afuera. Desde la mesita recoleta que habíamos elegido, en el fondo, percibíamos apenas a través de los ventanales de esa casa arcaica a la gente presurosa y los autos con las luces encendidas. Oona miró la hora: ¡las diez menos cuarto!
-Si nos apuramos tengo tiempo de tomar el colectivo de las diez -dijo.
-¿Para qué apurarnos? Tienes otro a las once. Podemos salir de aquí a las diez y media, tranquilamente.
-¿Estás seguro de que hay uno a las once? -dudó.
-Claro -afirmé, con la seguridad que me otorgaba el tercer porrón.
Nos quedamos, pues hasta las diez y media. Con todo cinismo, sugerí aprontarnos para salir, cuando llegó esa hora. Ella no quiso dejarme pagar la cuenta, que luego de una breve discusión terminamos pagando mitad cada uno. Las calles iban despoblándose ya a esa hora. Fuimos caminando hasta la Terminal, conversando animadamente. Al llegar allí, Oona fue directamente a la ventanilla, pero le dijeron que no había más colectivos para Rodeo.
-¿Qué podemos hacer? -me preguntó.
No le dije que también había otros colectivos que, yendo a Buenos Aires, o a Santa Fe, pasaban por Rodeo, más o menos cada hora. Tampoco ella parecía ya demasiado interesada en viajar.
-Sigamos tomando cerveza -contesté.
Me siguió en silencio, cuando enfilé hacia afuera.
La calle iba quedando casi desierta, se había puesto fresco; el cielo negro suscitaba un fantasmal contraste con las espaciadas luces de neón.
-¿Adónde, ahora? -preguntó ella.
-Te llevaré a un barcito de prostitutas -le dije.
-¿Por qué hacer eso? -se extrañó.
-Es simpático -dije, ambiguamente.
Me impulsaba un ánimo inexplicable de ofenderla. Ella sin embargo me siguió otra vez. Al llegar a la esquina de Pedro León Gallo y Belgrano -el cruce de dos anchas avenidas- un joven que fumaba allí la reconoció y nos detuvo:
-¡Ustedes son de Rodeo! -dijo. -¡Vos sos alemana!
-Sí -dijo ella.
-¡Hace mucho que quería conocerte! -exultó el muchacho, bastante agraciado por lo demás, como si yo no estuviese.
Se puso a hablarle a Oona. Dijo que muchas veces la había visto pasar por la calle, dijo saber que era maestra jardinera, habló de su elegante figura, que era muy linda y alta... ¡El tipo parecía dispuesto a continuar así toda la noche en la ventosa esquina desierta!
-Disculpa, hermano, debemos irnos ya -lo interrumpí. Obediente, Oona me siguió otra vez. Pero notaba que iba cada vez más a desgano. Había empezado a desconfiar de mis intenciones -y tenía razón.
En aquel kiosco sobre la avenida Belgrano, frente al Obispado, se concertaban oscuros tratos de droga y mujeres en alquiler. El proxeneta, Gordillo, era un correntino que en los años 60 fuese un colaborador de mi papá y luego trabajara, un tiempo, como periodista de policiales. Al regresar de mi prisión, supe que también él había estado cinco años en la cárcel de Santiago. A diferencia de nosotros, presos políticos, Gordillo había caído por sus tratos mafiosos con los militares, para quienes organizaba juergas prostibularias. Se había "pasado de vivo" y uno de ellos, capitán de Inteligencia, lo había "mandado a perder".
Se mostraba obsequioso conmigo. Sólo tomamos otra cerveza, pues mi intención era que el proxeneta me asesora acerca de un lugar para llevar a Oona sin peligro de que me reconocieran. Sabía que ellos tenían una especie de night club canallesco, donde si por accidente acertaba a cruzarme con alguien conocido, no se atrevería a denunciarme (pues debería explicar primero por qué estaba él allí). Efectivamente, existía ese night club; "ahora no debe haber nadie, porque es día de semana", dijo el rufián, "pero si querés ir lo abriré, especialmente para tí". Cuando le pregunté cómo haríamos para llegar, se ofreció a llevarnos en su auto. Decliné la invitación, tampoco estaba dispuesto a pagar un taxi -era demasiado lejos-, entonces me dijo que podíamos viajar en el 19, un colectivo que pasaba por allí, justo frente al Aeropuerto.
Oona nos miraba intrigada, alarmada, por nuestros cuchicheos y las miradas de complicidad que veía cruzarnos con el proxeneta, hablando velozmente sin tomarla en cuenta. Esto era descortés, por cierto, pero mi incipiente borrachera junto a un perverso ánimo de mancillarla, que ya no podía gobernar, me impulsaban de un modo indetenible.
Le dije que debíamos irnos. Cuando preguntó a dónde, dije brutalmente: "a un night club para prostitutas".
Otra vez salimos a la ancha calle desierta, que se iba poniendo cada vez más inhóspita por el frío. Yo llevaba una leve campera de lona y ella apenas una blusa sin cuello, por lo cual tiritaba un poco. Cruzando los brazos sobre su pecho, caminaba arrastrando los gruesos suecos, su desgano iba en aumento, pues percibía claramente mi agresividad. Un anciano nos indicó dónde quedaba la parada, y luego de unos diez minutos de espera subimos al viejo colectivo, que nos llevó hasta ese lugar.
Gordillo nos esperaba sonriente, apoyando su mano sobre la mesa del bar; ello formaba, con su peludo brazo castaño claro, un ángulo recto hacia abajo, muy adecuado a la sonrisa circense, su mentón con un agujerito en el medio y su pelada de albergatore estrafalario. Saliendo de allí nos acompañó hasta un reservado, que según dijo había abierto exclusivamente para nosotros. Oona observaba todo con desconfianza, a pie inseguro, como un perro intuyendo que lo van a bañar. Gordillo reapareció con un par de wishkyes; luego de sorber un pequeño trago invité a la alemana a bailar. Antes ponían una música insoportablemente cursi, por lo cual Oona había pedido jazz. Como no tenían tal cosa allí pusieron, a juicio del proxeneta, lo más parecido, esto es, boleros... Ella soportó apenas tres lánguidas piezas, luego quiso volver al duro asiento de ladrillos blanqueados, cubierto con almohadones rojos. Estaba muy tensa, se percibía su desagrado aunque intentase disimularlo. Fue al baño, y al volver me contó que se había encontrado allí con dos tipos, "de traje", dijo y describió un poco su aspecto de yuppies.
-Me preguntaron dónde podían conseguir una chica -dijo, con lentitud deliberada-. Dije que podía ir con ellos por veinte dólares -remató, poniendo cara de falsa ingenuidad. -Creyeron que era verdad, pero tu amigo arruinó la broma.
Con esto me provocó un retorcijón de estómago. Había entrado maliciosamente en el juego. Estaba pagándome, con la misma moneda. De un modo violento comencé a besarla, levantando su blusa. Solté el corpiño dejando afuera los redondos, macizos pechos, que llenaban completamente mis manos. Demasiado rápido según mi exacerbada percepción del tiempo volvió a aparecer Gordillo, para anunciarnos que iba a cerrar. Le pregunté si no había una habitación para alquilar, en ese boliche. Me dijo que no, pero podía recomendarme un "hotel distinguido". Enseguida volvió con una tarjeta. No quiso cobrarme por lo que habíamos tomado. Hizo todo esto -abrir el local, encender el sistema de amplificación e invitarme los tragos, según afirmó, como "una gauchada de amigo", en homenaje a mi papá (a quien supo traicionar oportunamente, en los años 60).
De nuevo en la calle, esta vez muy lejos de la ciudad, deliberamos acerca de nuestro destino inmediato. Oona no aceptó ir conmigo a un motel, quería finalizar con este ofensivo tratamiento de prostituta que estaba dándole yo, me dijo que la dejara sola, ella volvería por sus propios medios a la terminal, a esperar el primer colectivo a Rodeo, que salía a las cinco de la madrugada. Se había puesto muy ofuscada, tenía la expresión de quien en cualquier momento va a ponerse a llorar. Eran las tres. Finalmente la convencí de ir a la casa de mi papá. Luego de caminar un rato nos encontró un taxi, a cuyo chofer pedí detenerse dos cuadras antes de la casa donde mi padre vivía con su familia, esposa y seis hijos. Atravesando una desierta plaza llegamos hasta la ancha puerta del garage, que debíamos abrir con cuidado. Debíamos sortear un pequeño perro alojado allí, junto al auto: hicimos tan poco ruido, o el perro estaba tan cansado, que ni se movió cuando pasamos en puntas de pie. Por aquel entonces mi padre había hecho construir una habitación solitaria en la terraza, donde a veces dormía mi mediohermano, Pío -otro de mis rivales en la búsqueda de los favores de Oona. Aposté a que no hubiera nadie allí esa noche y tuve suerte. La cama estaba deshecha pero vacía. Pío era un tipo noctámbulo, así que probablemente regresaría recién al amanecer, o se tiraría, borracho o drogado, a dormir en el primer sofá que hallara en la muy larga casa. Pero Oona estaba ahora completamente ofendida. Rechazó con signos hoscos todos mis argumentos pidiéndole que viniera a acostarse, un rato siquiera, al lado mío. Saliendo directamente a la terraza, fue a sentarse sobre un pequeño barril vacío que estaba allí, y no se movió más. Tomando ambas piernas entre sus brazos, soportó el frío sin la más mínima queja y no quiso hablarme ya. Desistiendo de mis intentos por cansancio, me quité los pesados borceguíes que llevaba, echándome vestido sobre el desordenado lecho. Apenas había dormitado un rato cuando noté su figura blanca en la oscuridad, a mi lado.
-Me voy -dijo al verme abrir los ojos.-¡No, no, no! -agregó, empujándome con una mano, cuando me incorporé a medias -¡sigue durmiendo, iré sola!
Sin hacerle caso, me senté en la cama.
-¡No, no, no! ¡No te pongas los borceguíes! -insistió
De hecho no me dio tiempo a atarme los cordones, que debían atravesar un complejo sistema de ojales metálicos antes de poder sujetar ese petrecho de esquiadores; salió rauda, bajando con pocos saltos las escaleras. La seguí como pude hacia la calle, otra vez sin que el perro se diese cuenta de nuestro trajín. Ella caminaba rápido, sin mirar hacia atrás, repitiendo:
-¡No necesito compañía! ¡Vuelve! ¡Puedo ir sola! -. Rechazaba mis somnolientas razones para lograr que me esperara.
-¡Por favor déjame al menos que me abroche los borceguíes! -grité por fin, cuando me había sacado ya como diez metros de ventaja y alcanzábamos la placita del hospital Neuropsiquiátrico. Se detuvo un poco entonces, con actitud impaciente.
-¡Eres muy machista! ¡Te he pedido que no me acompañes! ¡Puedo manejarme perfectamente sin vos! -protestó aún. Luego de eso no me habló más.
Llegamos a la Terminal de tal modo y recién allí, al sentarnos a esperar, pude atarme los borceguíes. Luego me costaba resistir el sueño, que me hacía cabecear. En cierto momento, llegó el colectivo y ella subió, dejándome solo. Se despidió con un lacónico "Chao". No me hizo caso cuando me quedé mirando su figura tras el vidrio, mientras el antiguo colectivo salía.

Explicaciones

Apenas dormí un poco más luego de regresar solitario a la casa de mi padre. Como a las nueve, salí; buscando consuelo a la tristeza profunda que sentía, fui a la librería de mi amiga Irene. Allí compré por bajo precio un grueso libro, con apuntes literarios de Cesare Pavese, al que había descubierto una hoja fallada. Regresé y almorcé en casa de mi padre sin que sucediera algo para destacar hasta que Pío se levantó de dormir, como a las dos de la tarde, y tomando mate conmigo me preguntara si debía encontrarme con Oona.
-No-, repliqué extrañado -¿Por qué?
-Ah, porque ella dijo que iba a venir. Ahora a las tres y media voy a ir a la confitería del parque... Hemos quedado en tomar cerveza, con unos amigos.
Esta revelación me dejó abrumado. ¡No me había dicho absolutamente nada de esto! ¿Para qué había viajado a Rodeo, entonces, si debía regresar unas pocas horas después?... Disimulé todo lo que pude mi pesadumbre, y tras esperar que Pío se fuera tomé mi libro de Pavese y salí. Caminé durante un larguísimo rato, como suele sucederme cuando estoy desolado, sin darme cuenta. De repente me encontré en el parque. Era un día hermoso, fresco pero de luminoso sol; hacía poco había llovido, los árboles mostraban brotes en todas sus ramas, y el verde límpido de los follajes formaba un singular conjunto con los restos dorados del reciente otoño con sus hojas secas. En un tornasolado banquito del parque me senté a leer... apenas pude avanzar un par de páginas... el cansancio (¡apenas había dormitado algunos minutos desde el día anterior!), la tristeza, me agobiaban, infundiéndome mayor depresión con cada línea descifrada. ¡Las reflexiones de Pavese me parecieron abrumadoramente tristes! Ahora comprendo que mi desánimo era el causante de esas náuseas del espíritu llevándome al paroxismo de un dolor aparentemente sin causa tangible, aunque también debe reconocerse que no había elegido la lectura mejor.
Como a las seis de la tarde, fui a la Terminal. En el camino, me encontré con un artesano que regresaba de Rodeo.
-¿Estuviste con Oona? La vi hace rato -dijo, luego de saludarme.
-¿Ah, sí? -murmuré, simulando poco interés.
-Ahá. Iba con un muchacho, creo que es músico, hacia la Terminal.
¡Maldita sea!, pensé. ¿Cómo hacer para olvidarla? Ella era la causa de mi dolor, este desgarramiento ardiente que sentía cerca del plexo, al cual no encontraba modo de mitigar. Y a cada tanto me encontraba con sus huellas, aquí y allá alguien se ocupaba de refrescarme la memoria de su existencia, brindándome un nuevo dato sobre sus andanzas. 1
Llegué a la Stiftung al anochecer. Lucía se dio cuenta del estado calamitoso de mi alma, pero no hizo ningún comentario. Al ver a mis hijas jugar hallé sosiego, por fin, y pude comer en paz. Agradecido, reconfortado, jugué un rato con ellas antes de irme a dormir. Por primera vez en tantas horas, pude descansar.
1 No era ella en realidad la causa de mi dolor. Sino ese permanente desorden sentimental a que parecía condenado. Esa fatalidad de estar enamorado en el momento más inoportuno y no hallar modo de canalizar de alguna manera armoniosa esta situación.

Una hoja de mi diario

Eran las seis de la tarde. Se estaba poniendo nublado. Ella salió de un bar sin que yo la viera y me tapó los ojos de atrás. Un movimiento breve, como un aletear de pájaro, una broma. Yo había caminado por la vereda de la plaza preguntándome si vendría, aunque con una leve inquietud en el alma que me la preanunciaba. Busqué algún pretexto para estar juntos, la había citado sin motivo expreso y sin que ella me respondiera, ayer; "vamos a ver a un amigo", se me ocurrió decirle. Caminamos, hacia la casa de Ariel Doria que era a quien tenía en mente. [Al llegar allí,] subimos la angosta y penumbrosa escalera hasta el primer piso. La tarde doblemente filtrada por nubes evanescentes y los cristales desdibujaban los contornos, en el descanso. Como Ariel Doria no contestaba al timbre, la besé. Oona me dejó hacerlo, mansamente, pero no respondió. Sólo puso sus dedos largos en mi nuca y dejó descansar bajo las mías sus caldeadas mejillas. Al salir tomamos un colectivo que llevaba hacia el sur, para ir fuera de la ciudad. El boulevard Diego de Rojas lucía ténue bajo la tarde gris. Sólo andábamos, tratando de buscar un pretexto racional que nos mantuviera juntos. Ella había venido del campo, a cincuenta kilómetros, sólo para esto. Al regresar fuimos al parque, Oona parecía divertida [inconcluso, rasgado después de la separación].

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12/07/05

Anexo III - E-mails

De: Oona Holst
A: Andrés Barela
Asunto - Lo que sucedió en Rodeo
Fecha: 22/9/2002 8:34:26 AM


Querido Andrés,

Gracias por todos los fragmentos de tu relato... te acuerdas de muchos detalles (diario?) de ese tiempo nuestro en Rodeo. Para mí está un poco lejos ahora... aunque pienso que fue un tiempo muy especial, diferente, y lo guardo así!
Gracias también por las felicidades... Aquí (en Tübingen) vivo y cambiaron -especialmente los últimos meses- algunas cosas. Voy a tener un bebé dentro de 7 semanas, estoy casada ahora y los próximos meses no tengo muchos planes.
Creo(?) tu cumpleaños es en agosto, verdad?
Me preguntas por el diario que llevaba en Rodeo, donde hay bastantes anotaciones que te mencionan... no lo tengo... cambié los últimos años varias veces mi vivienda... y dejé todos los "papeles" atrás.
...Sí, tienes una memoria muy ejercitada...! Leyendo me parecía ver todo otra vez, como en una película! Si sigues escribiendo las memorias me interesa leer más de lo que sucedió en Rodeo!
Me interesa también que hace Lucía?...está bién?
Quiero ir otra vez a Argentina y Santiago, me interesa ver como es ahora y como está la gente/amigos, pero no sé cuándo voy a tener la posibilidad!?
Para nuestra relación es bueno tenerla guardada, como algo muy lindo, mas ahora cada uno vive su/otra vida... pienso que es parte de la vida, que las cosas cambian...
Cómo está la "situación política" en Argentina?
Tienes mucho éxito con tus libros?
Te mando un saludo amistoso,

Oona

De: Andrés Barela
A: Oona Holst
Asunto: Me alegro mucho
Fecha: 24/9/2002 09.00 AM

Querida amiga:

Muchas gracias por tu respuesta. Me alegró muchísimo saber que vas a tener un bebé, ¡y te felicito por ello, a vos y a tu marido!
Para mí también es muy importante porque pone fin a toda una larga etapa de culpas y dudas.
Precisamente por eso no había escrito nada sobre nuestra relación. Siempre tuve la actitud de escribir sobre algún tema cuando tiene una definición clara.
Nuestra relación no la tenía. Primero te fuiste "como para siempre". Luego -cuando estaba logrando colocarlo en el pasado y arreglar un poco la situación familiar, volviste (en 1992)-. Aquella vez fue que escribiste, al regresar a Alemania, "tú eres el primer hombre a quien he amado". Más tarde (en 1994) viniste a Bolivia, y anunciaste que regresarías a Santiago. Me dijiste que vendrías en Agosto. Yo estaba en un momento crucial de mi vida y esta ambigüedad me debilitaba. Entonces fue que decidí poner fin a este pendoleo, con aquella carta que te envié a Bolivia, donde (exagerando un poco para hacerla definitiva) te decía que mejor era que cortáramos de una vez nuestra relación... y te pedía que no vinieras. De otro modo hubiese sido muy difícil emprender una etapa importante en la educación de mis hijas, una imprenta que puse, mis múltiples trabajos, una novela que escribí y otras actividades espirituales para las que necesitaba tranquilidad interior y libre disponibilidad de mis energías. Ese período se cumplió, con suerte, muy bien.
De repente, a principios de 2000, reapareciste a través de un mail (dijiste que habías encontrado una de mis direcciones buscando en internet). Parecías muy triste, casi desesperada por alguna razón que nunca me explicaste. Por ello me sentí muy conmovido y también con culpas por mi brusco alejamiento anterior.
Luego pasaron dos años en los cuales se reavivaron mis dudas, pues no se sabía lo que tú pensabas. Te mostrabas muy parca... pero no desaparecías del todo, pues cuando menos lo esperaba... ¡pif! Llegaba un mail tuyo.
Por suerte, esta última nota, donde me cuentas que estás embarazada, aclara la situación y pone mi panorama en orden. Alguna intuición me había impulsado a escribir casi todo lo sucedido entre nosotros, ahora, a comienzos de septiembre (una pequeña parte de ello es lo que te mandé). Quiere decir que estaba percibiendo más o menos lo que sucedía.
Respecto de la situación política... es un caos. Pero quizá sea mejor así, pues de los caos suelen salir soluciones superadoras (algunas veces).
Mis libros tienen moderado éxito. Lo suficiente como para sentirme bien. ¡Espero que alguien me proponga para el Nobel hacia el 2010! Si tú quieres, puede hacerlo.
Por otra parte:
Ya todas mis hijas son grandes, se ha cumplido el plazo que me había fijado (agosto de 2002) para sentirme autorizado a dedicarme con mayor intensidad a mis cosas. Trataré de emprender una nueva etapa en esta construcción, que empecé hace muchos años. Esto es, mi Castillo Interior. Un castillo que alberga a todos, a quienes amo y a quienes no amo, pero que debo amar. Pues "Den alles ist gut". Y sólo entendiendo esto podemos llegar a lo que constituye el sentido de la existencia humana sobre la Tierra: alcanzar el grado siguiente de nuestra evolución.
Este Castillo es lo único de mí que permanecerá, luego de que el efímero cuerpo que conociste desaparezca. En el espacio infinito, a través del Espíritu; en la Tierra, por medio de mis libros.
Te mando un saludo afectuoso, y que Dios te bendiga, a ti, a tu hijo y a tu esposo. De verdad deseo mucho que a partir de ahora podamos ser buenos amigos.

Andrés

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