15/07/05
Capítulo 2
Más alemanes
Cerca de las fiestas de Fin de Año vinieron otros alemanes, dos jóvenes y una muchacha, cuyos nombres no llegué a registrar en mi memoria pues permanecieron en la Stiftung poco tiempo. La tarde de Nochebuena la había pasado preparando nuestro arbolito de Navidad. Había ideado decorar un eucalipto joven, transplantado recientemente con éxito desde otro lugar, colgando muchos globos inflados en vez de los habituales ornamentos, para nosotros muy caros. Teníamos también varias ristras de luces, algunas sobrantes de fiestas anteriores y otras adquiridas, a las cuales había agregado baterías de focos comunes, pintados con témpera, dispuestos de tal manera que envolvían estratégicamente al árbol, prendiendo y apagando más o menos con rapidez, pues los había conectado a un mecanismo intermitente. Como estaríamos solamente los cuatro miembros de nuestra familia -Lucía, Sol, Ángela, Julita y yo-, cenaríamos en la galería, frente a nuestro original arbolito. Estaba allí haciendo las últimas pruebas, sudoroso y un poco sucio por toda una jornada de tareas, cuando se acercaron los alemanes, emergiendo de entre las penumbras del monte. Habían estado paseando por el campo, los guiaba Oona. "Qué lindo", dijo ella, deteniéndose para contemplarlo. Y enseguida conversaron un rato sobre el arbolito en aquel idioma que yo no entendía, haciendo de vez en cuando algún comentario cortés en pésimo castellano.
Aquella visita fugaz me hizo desear constantemente que regresaran a la medianoche, antes de irse a un baile como nos habían comentado que harían. Pero no sucedió. Esa Nochebuena la pasamos serenamente y felices con nuestras hijitas, en un ambiente para mí maravilloso como eran las noches del campo, entre las estrellas y las altas copas de los árboles que rodeaban a nuestra casa *. Sólo una levísima melancolía me cosquilleaba en lo interior. Ya no podía verla unos minutos sin desear irresistiblemente que se quedara junto a mí, o irme yo con ella (pero a la vez quería conservar a mis hijas cerca). Al día siguiente nos comentaron los peones que habían hecho el ridículo en el baile, por esa patética inhabilidad para el chamamé que manifiestan casi todos los alemanes.
* Lucía se aburrió mortalmente y se fue a dormir temprano, con las chiquitas. Ella se condolía también, aunque más o menos secretamente, de lo que consideraba su patética suerte. Odiaba el campo, incluso su aspecto exterior -desaliñado- expresaba aquel rechazo que muchos años después seguiría creando entre nosotros un distanciamiento profundo. Así, muchos de los recuerdos amables para mí (el monte, los horizontes vertiginosos del campo) serían rechazados con fastidio por ella. Aquella noche del 31 de diciembre de 1988, en tanto, yo me quedé todavía en la veranda, por bastante tiempo, tranquilo y feliz, contemplando las estrellas y tomando despaciosamente unas cuantas copas más de vino tinto.
Solo con mi corazón
El periodo festivo puso alguna distancia entre nosotros, pues ella estuvo más tiempo con los alemanes. El Año Nuevo pasó de un modo aún menos conspicuo que la Navidad (por mi religiosidad, para mí la anterior era la verdadera Fiesta). Pero al día siguiente me ocurrió un grave percance. Teníamos un pozo para la basura, que había cavado algo alejado de la casa. No era muy hondo, tal vez un metro y medio. Esa mañana, un poco adormilado aún fui a tirar allí lo que sobrara de la noche anterior. Para hacerlo me acerqué demasiado, pisando el borde, que cedió. Caí parado, pero en el acto sentí un agudo dolor. Mi peso había quebrado una gruesa botella de vidrio con el pie derecho, que llevaba calzado apenas con una abierta hojota. Salí de allí con esfuerzo, y caminé hasta la casa dejando un reguero de sangre y sintiendo que me desvanecía. Metí el pie en un fuentón con agua y sal gruesa, hasta que pasó la lipotimia. Cuando se levantó Lucía me puso una venda sobre la herida: me había cortado profundamente, en la justa unión entre el dedo gordo y la planta; el vidrio había llegado hasta el hueso. No quise ir al médico, sin embargo, confié en que sólo lavándome bien y echándome sulfatiazol me iba a curar. El resultado fue, pues, que por algunos días debería cambiarme las vendas y caminar rengo, lo menos posible.
Para esa misma tarde estaba previsto que Lucía viajara con nuestras tres hijitas a Bell Ville, para pasar quince días -sus vacaciones- en casa de su mamá. Como ya teníamos los pasajes comprados, el viaje no se podría postergar (tampoco yo quería que lo hicieran, ciertamente). El colectivo pasaba por Rodeo, había que esperarlo a un costado de la ruta. Pese a mi herida a las dos de la tarde las llevé en la camioneta y me quedé con ellas hasta verlas subir en ese inmenso buque sobre ruedas como era el expreso Tucumán-Mar del Plata. Cuando el vehículo se perdió en lontananza, regresé.
Quedar solo -librarme por unos días de la presencia de Lucía- era un alivio anhelado por mí con ansia desde que saliéramos de la cárcel y concertáramos sin convicción -al menos de mi parte- convivir otra vez. Anhelaba pasar muchos días solamente con las chiquitas pues había entre nosotros perfecta armonía, pero lamento decir que ni uno completo con Lucía. Ya he descrito en otros textos* la insatisfacción mutua, la rivalidad, el rencor refrenado con gran dificultad, que nos separaban, que hacían cada minuto transcurrido juntos por momentos asfixiante, casi insoportable. No repetiré aquí esas descripciones, que tiñen mi alma también de taciturna frustración. Lo cierto es que cada vez que se iba a visitar a su madre, me sentía provisoria y milagrosamente libre otra vez, vivo, por un período maravilloso, hasta el momento de su regreso, el cual me sumía nuevamente en la tumba gris donde vegetaba gran parte de mi carácter, dado que había aceptado continuar este matrimonio coaccionado por una serie de presiones, religiosas, éticas, familiares -al nacer las niñas, gracias a Dios se introdujo un estímulo maravilloso y un compromiso que me hacía feliz, quitándome en gran parte el dolor de esta exasperante contratación-. Apenas me sentía completamente solo, pues, me paseaba desnudo por la casa a veces, o dormía desnudo sobre el piso en el verano, otras veces salía a caminar, otras veces hacía locuras -gestos y piruetas, solo, en la madrugada o a la siesta; en fin, miles de acciones irracionales que constituían la manifestación más exterior de una catarsis que necesitaba, luego de haber acumulado por tan largos períodos amargura y frustración. También escuchaba música o leía, sin ver a nadie, encerrado o caminando por lugares apartados, a veces por días enteros, hasta saciarme. O rezaba. Cuando estaba solo con frecuencia me parecía estar más cerca de Dios. En realidad todo lo descripto anteriormente llevaba esa finalidad.
La mañana siguiente al día en que se fueron anduve hasta las cabinas del centro en bicicleta, para constatar por teléfono que mis niñas habían llegado bien. Luego de que lo supe, me relajé. Comía tomates con frecuencia, juntándolos del campo y echándoles sólo un poco de aceite y sal. Un día de muchísimo calor como a las doce y media estaba preparando la mesa para almorzar cuando golpearon las manos. Abrí un poco: había un hombre de grueso corpachón, con anteojos pesados, en el patio.
-Buen día, ¿qué necesita? -pregunté sin abrir del todo. El sol golpeaba esa parte de la casa y era muy fuerte. El hombre se había parado bajo nuestro eucalipto.
-Busco a Andrés Barela, el escritor -contestó con voz gruesa y tonada porteña.
-Bueno, aquí estoy -dije.
Lo hice pasar. Lo invité a sentarse ante la mesa y compartir mi almuerzo aunque era modesto en extremo: apenas una fuente con tomates cortados en rodajas, brillantes de aceite y sal, además un poco de pan, agua. No aceptó, pero me dijo que comiera yo. El se quedaría sólo unos pocos minutos. Finalmente nos sentamos a conversar, yo no comí y él encendió su segundo cigarrillo desde que estaba allí, por lo cual entendí que se trataba de un fumador. Dijo que era viajante. Representaba a una marca de productos químicos. Conocía a José Miguel Armendáriz. Él le había dicho que vivía en Rodeo. Luego había averiguado en el pueblo; de tal modo llegó aquí. Me miraba con curiosidad mientras hablaba y fumaba. Tenía ojos agudísimos bajo los gruesos cristales en marcos muy gruesos. Su corte, su peinado, su vestuario, le hubieran permitido pasar perfectamente por uno de esos detectives norteamericanos clásicos, mostrados por las películas de los 50. Transpiraba mucho, le pregunté si había venido caminando desde el centro. "No", contestó. "Dejé mi vehículo en la entrada, pues me avisaron que no podía ingresar en automóvil hasta aquí". Me sorprendí pero no lo demostré, preguntando enseguida: "¿Quién le avisó?" "Una señorita... parece extranjera..." informó el hombre. ¡Oona! ¡Le había hecho una broma, tal vez porque lo veía muy gordo, para divertirse! ¡Pero con semejante calor!... Cambié de tema. Hablamos de literatura. Era una situación surrealista. Él buscando conocer un escritor, cuyos libros leyera, el escritor descalzo, vestido únicamente con una vieja malla de baño, disponiéndose a comer, directamente desde una fuente enlozada, sólo tomates cortados. Se quedó unos quince minutos; luego de dejarme su dirección y prometer cartas, nos despedimos.
Así entonces. Todo iba sucediendo con fortuna. Estaba solo y feliz cambiándome las vendas cada tarde, la herida no me fastidiaba. Un sereno equilibrio se aposentó en mi alma y sentía no necesitar nada. Ante la atracción hacia Oona que unos días antes me obsesionara adquirí entonces un perfecto control. La coloqué en un sitio definido, en el armonioso concierto de árboles, melilotes en flor, campos sembrados, acequias, regadíos y sol que me rodeaban. Y todo adquirió un sentido levemente sobrenatural. No afecté inclinación a hacer nada, pues lo que iba a suceder debería integrarse en aquel devenir extraordinario, inaugurado con el arribo de un nuevo estado de mi conciencia. Un dato: no sé en qué momento, Oona había depilado sus piernas. Ya nunca más las vería con aquella pelambrera de la primera vez.
* Fulgor de los damascos. El misterio del mal.
Anapaula
Uno de esos días tuve ganas de acostarme con una mujer y me acordé que Anapaula me había dado su dirección en Santiago.* Me acordé también que algunos meses antes -en agosto- habíamos conversado largamente, pero las constantes presencias que se insinuaban desde fuera de nuestra casa nos habían impedido otra cosa que sospechar algo más que mera simpatía en las miradas húmedas o halagos mutuos que nos prodigábamos. Anapaula era una muchacha de 21 años a quien yo conocía desde sus 19. La causa de esta frecuentación estaba en que durante algún tiempo había sido novia de Horst, otro alemán que estuviera un par de años en la Stiftung. Era una de esas muchachas altamente karmáticas, condición manifestada en parte por la fatalidad de un cuerpo espectacularmente dotado para la sexualidad. Hija de una mujer escandinava y un turco adinerado, su padre la reconoció pero no pudo criarla pues ya estaba casado. Pese a ello tuvo con la escandinava otras dos hijas -muy bellas, como Ana- quienes al llegar a una edad juvenil se casaron a su vez con nuevos turcos ricos de la ciudad. La única rezagada era esta muchacha: luego de su ruptura traumática con Horst, había permanecido casi un año en Buenos Aires, para volver de allí embarazada. Al momento yo sabía por su madre -quien trabajaba como cocinera de la Stiftung- que tenía ya una hijita de cuatro meses, y vivía en una casa alquilada por su tío, según decían para "ayudarla"; pero yo veía en la "ayuda" de ese otro turco rico, cuarentón, de cuya lubricidad se narraban anécdotas, algo sospechoso. Al menos era un sibarita higiénico y buen mozo -me decía en sordina vaga una voz tenue, cuando la perspectiva de compartir con él a Anapaula sobrepasaba por descuido las psicológicas barreras de mi orgullo. De todos modos había desestimado sin siquiera considerarlo el comprometerme con la muchacha en caso de que se diera algún tipo de intercambio sexual. Fue lo que sucedió.
La tarde en que salí pensando en Anapaula, Oona trabajaba con los carpinteros. Como debía pasar por allí, nos estuvimos viendo durante varios minutos, despaciosamente, pues para llegar hasta el galpón debía trazar un radio cercano a los doscientos metros sobre el principal patio redondo. Rengueaba por la herida abierta unos días atrás, lo cual hacía bastante lento el proceso. Ella levantaba la cabeza un momento para constatar mis avances y la volvía a inclinar luego hacia unas maderas que alisaba con cepillo de carpintero. Oona llevaba como casi siempre un pantalón y chaqueta blancos, constelados de virutas, pues pulía pequeñas sillas, destinadas a los futuros niños de su guardería. Por mi parte me había bañado escrupulosamente, me había afeitado a conciencia, calzándome luego una camisa ocre, frisada, metida bajo un pantalón de hilo color africano, con un cinto fabricado especialmente para mí por Lisandro, el maestro curtidor de la Stiftung. Los zapatos eran blandos, abotinados, marrones oscuros, por cierto alemanes, como la demás ropa. Ella me miró con un poco de admiración y también sorna, pero en el acto leí en sus ojos que sabía adonde me dirigía y lo que pensaba hacer, ¡lo sabía! ¿Cómo lo supo? No tengo la menor idea. Estoy seguro que lo supo, desde ese momento, y lo supo después, como me lo haría notar al día siguiente cuando nos encontráramos de nuevo.
Para hacerla corta diré sólo que me acosté con Anapaula, y todo fue bastante mágico también. Encontré sin mucha dificultad su linda casita, justo en el ángulo sur del barrio Autonomía. Ella amamantaba a su chiquita con la puerta abierta cuando me presenté como una aparición en la entrada del jardín. No hizo falta explicar a qué iba. Comimos una pizza muy sabrosa con cerveza, nos bañamos juntos, y enseguida nos tiramos desnudos sobre un gran colchón que había en el suelo, mientras su chiquita dormía apaciblemente. Luego fuimos a dormir en su pequeña cama, junto a la cunita, pero yo me sentí incómodo enseguida y me fui como a las cinco. Desayuné en casa de mi padre y regresé a Rodeo enseguida.
Pasé a saludar a Oona que me miraba de arriba a abajo, de soslayo, y me hacía saber sin necesitar del idioma que se daba cuenta de todo... y no lo aprobaba. Aunque también quería mostrarse indiferente al asunto, como diciendo: "allá él".
Se hizo frecuente en las noches posteriores que fueran a mi casa a cenar "a la canasta" Oona, Holger, Lorena, con acompañantes que variaban (profesores de visita, apicultores, socios, amigos, miembros de la comisión directiva, otros alemanes, etcétera). Había sido una iniciativa de ellos que aparentemente se proponían institucionalizar. A la cuarta vez el asunto me hartó; yo tenía interés en Oona pero no en convertir mi preciosa soledad en una jarana, con un montón de tipos y tipas que me molestaban, quedándose hasta la una o dos. Así que luego de eso comencé a eludir el dispensamiento de mi casa, y tampoco acepté cuando me invitaban a otro lugar. Una tarde, como a las seis, había cerrado la puerta delantera y me había puesto a mirar mis ojos con un espejo redondo, apoyándome sobre la mesa de dibujo. Eran muy oscuros, desde la infancia mentados como extrañamente magnéticos. Levantando la mano, traté de aplacar mi peinado. Mis pelos eran como mis pensamientos. Desordenados, en ondas que se elevaban formando agudas olas, representaban por aquellos tiempos el caos que se movía en mi interior. Mi rostro, por lo demás, estaba tan quemado por el sol que casi alcanzaba el marrón, al igual que el resto de mi cuerpo. Estaba sólo con el calzoncillo puesto. No imaginé que alguien podría dar la vuelta, por eso no me había molestado en cerrar la puerta de madera. Me sobresalté cuando Oona asomó la cabeza, acompañada por Holger. Ella preguntó con regulada timidez si íbamos a cenar juntos aquella noche.
-No, gracias, quiero estar solo...- contesté, un poco fastidiado. De tal modo cesaron pues las concurridas reuniones nocturnas, a muy poco de haber comenzado.
* Debo aclarar esta frase para evitar confusión. No era habitual que "tuviese ganas de acostarme con una mujer" e inmediatamente la obtuviera. Por el contrario, a principios de 1989, venía de un largo período en el cual:
1) Desde 1976 a fines de 1982 -siete años- los había pasado en la cárcel, sin relación sexual ni sentimental con mujeres de ningún tipo.
2) Salí de allí sólo para restablecer mi convivencia con Lucía, un acuerdo efectuado por deber, durante cuya duración -pese a mis esfuerzos en contrario- no me sentía atraído en absoluto por ella (y por tanto los esporádicos acoplamientos con mi esposa legal constituían otras tantas frustraciones, sólo justificadas en mi consciencia por el posterior nacimiento de mis tres hijas).
3) Durante los primeros cinco años desde mi salida de la cárcel resistí con estoicismo toda oportunidad de relacionarme sentimentalmente con otra mujer que no fuese Lucía (pese a que tenía frecuentes oportunidades, debido a mis trabajos como profesor y artista). Sólo en 1987 establecí una brevísima relación con una hermosísima mujer de 30 años -yo tenía 37 entonces-, bonaerense, que fue como una iluminación (descripta en El Veranito de San Juan): estaba desperdiciando mi vida, pensé. Pues aunque no hubiese tenido relación alguna con muchachas en todo el lapso anterior, Lucía me atormentaba con sus celos (más que ellos creo que era su indignada reacción a la sola posibilidad de que alguien osara codiciar un "objeto" -yo- que consideraba de su propiedad). Entonces me liberé.
Mas tampoco es que salí a buscar mujeres -mucho menos prostitutas, actitud que desde la adolescencia había eludido con repugnancia-, sino solamente cambié de actitud. En ese panorama es que apareció Anapaula, a quien conocía desde unos cuatro años antes -cuando era una muchachita apenas de diecisiete años, hermosa, rotunda, novia de Horst, el alemán que viajara con nosotros al Norte-; nuestra relación se había ido haciendo cada vez más fraterna, primero; luego decidimos ceder, de común acuerdo, a la atracción complementaria que entre nosotros surgía. Por una sola vez... y es la que se menciona un poco al pasar en este capítulo. Luego nos encontraríamos en la calle, esporádicamente. Hasta el día de hoy -aunque muy pocas veces nos vemos- seguimos tratándonos con el mayor respeto y el afecto que corresponde a una amistad que ninguno de los dos consideró vulnerada. Creo que aquel leve intento de su madre por "responsabilizarme", narrado aquí, fue sólo una reacción espontánea de Anapaula, quien no podía ignorar mi creciente atracción hacia Oona, y actuó como una bella mujer desairada.
En el rubor de la oración
Una tarde, luego de que ella guiara en un breve paseo a cierto grupo de alemanes jóvenes que habían llegado de paso, logramos escaparnos por un rato solos hacia el canal. Era un momento magnífico, aquel en que las luces del día comienzan a difuminarse bajo el tenue abrazo del crepúsculo; las plantas parecían respirar aliviadas luego de un día caluroso, algunas garzas se elevaban graciosas indicando la presencia de esteros entre la vegetación, la vida de los millones de insectos, pájaros, pequeños armadillos, cuises, ranas, bullía con suave ronroneo a nuestro alrededor. Caminando serenamente extasiados por el momento llegamos al hermoso canal, casi tan ancho como un río, por donde transcurría un agua procelosa, transparente, con apenas perceptible rumor. No habíamos terminado de situarnos en el lugar, contemplando los hermosos colores rojizos, amarillentos, violáceos del cielo, no había terminado de preguntarle de qué signo era y me preparaba para empezar a profundizar un poco, al fin libres de los acechos y acosos constantes que nos rodeaban todo el tiempo, nuestra evidente afinidad, cuando escuchamos un tumultuoso repiquetear de cascos, un fragor de ramas quebradas, y vimos una polvareda que precedió a la aparición de dos jinetes, en la ribera opuesta, uno de ellos que nos gritaba:
"¡Al fin los encontramos! ¡Los estábamos buscando!"
Era el imbécil de Holger, montando un caballo, acompañado por Lisandro en otro, que nos urgía:
"¡Regresen! ¡Regresen enseguida! ¡Pronto va a oscurecer!"
¿Necesitábamos que algún estúpido nos avisara que iba a oscurecer? Comprendí sin embargo que el milagroso momento estaba roto; me entregué a la fatalidad, y cabizbajo, rengueando un poco aún junto a ella, regresé. Un pensamiento fugaz se introdujo de improviso en mi imaginación. ¿Y si ella era una reencarnación de Laura?... ¿Esto era posible?... ¡Sus fechas de nacimiento casi coincidían: Oona, el 9 de octubre; Laura: el 10!... Por ese entonces no sabía casi nada sobre la reencarnación, pero por un momento me sugestionó la idea.
Una noche de luna
Pocos días después iba a suceder uno de los momentos más hermosos. Fue, si la memoria no me falla, el 14 de enero. ¿En qué momento habíamos concertado cenar juntos, solos ella y yo? No puedo precisarlo. El plomo de Holger había tenido que viajar a Tucumán, por algunos días. Tampoco estaban los otros alemanes, que se habían ido a Santiago. Por las vacaciones no había alumnos ni profesores.
Sólo recuerdo que esa tarde, cuando ella pasó en bicicleta por la oficina de la curtiembre, donde yo trabajaba, me preguntó si me gustaban los panqueques, pues proyectaba preparar eso para convidarme. Le dije que sí, me encantaban. Entonces se fue a buscar su correspondencia, y comprar los ingredientes necesarios, hermosa con su pelo recién lavado, la mochila negra cruzada a la espalda, cual libélula antropomórfica en su bicicleta de carrera, que la obligaba a agacharse un poco para volar contra el fulgor del horizonte, por la ancha avenida de tierra apisonada que conducía a la ciudad. Debía esperarla en casa a las ocho y media, me pidió que preparase una sartén.
Puse la mesa en el patio trasero, allí donde a cincuenta metros comenzaba el monte. Guardé dos porrones de cerveza en el congelador.
A las ocho y media en punto llegó, pero para decirme que mejor fuéramos a comer en su casa, pues había invitado también a Peter Schmergen. Me fastidió tanto que no lo pude disimular.
-¿Por qué a Peter?- pregunté, escandalizado.
-No pude evitarlo... me vio llegar con los huevos y preguntó qué iba a hacer... me dijo que la Chicha había viajado y él también está solo... entonces le he dicho "ven a comer"...
-Escuchame bien, Oona, yo quiero cenar con vos y no con Peter Schmergen... -mascullé, rencoroso- así que decile a Peter Schmergen cualquier cosa y venite a comer aquí, como me lo habías prometido -la intimé.
-Oh, me da mucha pena de él...
-No se va a morir por comer solo -minimicé-. Pero bueno, haz lo que quieras. Si quieres vete a cenar con él, no te preocupes por mí. Vete tranquila -espeté, dando por terminada la discusión.
-Veré qué hago -dijo y se fue.
Como a los diez minutos regresó, trayendo una bolsa con los ingredientes para cocinar. Con mucha eficacia hizo todo; enseguida los panqueques estaban listos para servirlos. Fuimos al patio, pues; para entonces, la luna alumbraba tenuemente, coronando de plata las copas de los árboles.
En esos días había comenzado a transmitir una FM en Rodeo. Fue un regalo de los cielos. Desde las 9.00 ponían música suave, romántica, boleros o rock lentos, con bastante gusto. La fidelidad era perfecta.
Hablamos de pocos temas, con alguna dificultad, pues ella aún tenía problemas con el lenguaje. Le ofrecí ayudarle a manejar el castellano, que practicaba con un manual. Concertamos encontrarnos para ello dos veces a la semana, desde las 8, en mi casa. Pusieron "Toda una noche contigo", de Banana Pueyrredón y la invité a bailar. Nos levantamos, yo con alguna molestia en el pie aún, y tomándonos suavemente bailamos con lentitud bajo la luna, sobre el piso de tierra, unos dos metros cuadrados que separaban la mesita con la puerta. Veinte centímetros nos hubieran bastado, pues apenas nos movíamos, cadenciosamente, casi en el mismo lugar. La música era una excusa para abrazarnos. (Oona no se pintaba. No usaba perfumes. Sólo se lavaba al parecer con esencias vegetales que guardaba cuidadosamente, traídas consigo al viajar a la Argentina. Por alguna referencia casual sé también que de vez en cuando las recibía de su padre, por correo. De su cuerpo emanaba pues un aroma suavísimo, en todo armonioso con el de la tierra y los árboles.) Con dulzura, ella fue reclinando su cabeza sobre mi hombro. Nacho Rasquides * se portaba como un dios, lanzando temas uno tras otro, sin la más mínima interrupción. La selección era extraordinaria: Daniel Río Lobos, Roberto Yanés, Tito Rodríguez... Estuvimos allí... cerca de media hora, sin separarnos. En cierto momento su cabello suavísimo se metió en mi boca; ella lo notó y para apartarlo movió un poco la cara: su mejilla ardía. Con este movimiento la comisura derecha de sus labios quedó exactamente rozando los míos: entonces corrí un poco la cara y puse con serena determinación mi boca a cubrir la suya. Fueron instantes, minutos, no sé cuánto tiempo de elevación celestial. Hasta que repentinamente ella se separó y se sentó ante la mesa, a llorar.
Le caían las lágrimas suavemente, mojando el bello rostro, que se le había puesto carmesí. Farfullaba palabras alemanas junto con otras españolas en confusión, mientras trataba de secarse el incesante flujo con un pañuelo pequeñito.
-¡Estoy mal!... ¡mucho tiempo lejos de mi tierra!... ¡He hecho esto porque me siento sola! -más o menos es lo que intentaba decir (o al menos lo que yo entendí). Pero, ¡mucho tiempo lejos de su tierra! Si había pasado menos de un mes y medio desde que viniera...
-Debo irme ahora-, expresó al fin, levantándose. Entró a la cocina y se puso a embolsar sus cosas. Cuando hubo terminado se dio vuelta para retirarse. Pero yo, que la ayudaba desde su costado, con aquel giro quedé frente a ella; y otra vez, tomándola por la cintura, la besé. Otra vez se abandonó al dulzor, una nueva corriente de energía benéfica nos recorrió, pero sólo por unos pocos segundos; nuevamente brotaron las lágrimas.
-¡No llores, por favor!... -le rogué.
-¡No! ¡no!-, decía-: ¡yo no puedo hacer esto!...
-¿Tienes novio? -le pregunté.
-¡Sí! ¡Tengo novio! ¡En Alemania! -contestó.
Finalmente salió con rapidez y se fue. Logré llegar a la puerta para ver su esbelta figura blanca perderse en la oscuridad, entre los árboles que bordeaban el puente, camino a su casa.
* El dueño de la nueva radio.
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Capítulo 6
Inauguración de la guardería
Todo estuvo listo para inaugurar la guardería a principios de marzo. El edificio, muy espacioso, era el más sólido que se había construido hasta el momento allí. Constaba de una sola, gigantesca cúpula, subdividida interiormente en cuatro espacios. Los más grandes se ubicaban hacia el frente, mirando al oeste; eran un amplio salón y a su lado, los baños, dotados de mesadas con piletas para lavar ropas u otros usos, varios retretes y duchas. Hacia atrás, al este, había una pequeña habitación, pensada originalmente para apartar un poco a los niños que se durmieran, junto a una larga salita donde se debía preparar las comidas (frugales, pues los niños estarían allí solamente por las mañanas). El proyecto -diseñado por Oona y Peter- se orientaba a recoger allí niños de mujeres humildes, obligadas a trabajar en el campo, que no tenían familiares que pudiesen ocuparse de sus niños hasta que ellas regresaran. Se admitirían niñitos de dos a cuatro años, edad en que ya podrían ingresar al jardín de infantes. Por cierto del emprendimiento también sacaba mucho partido Peter Schmergen, dado que las donaciones para su construcción y funcionamiento provenían de generosos alemanes, a quienes había bombardeado con las fotografías de niños pobres con que contaba en gran abundancia dentro de su cartera, cada vez que iba. También había fotografiado hasta el hartazgo el edificio, en cada paso de su construcción, pues con esas pruebas obtenía mayores recursos, demostrando lo caro que significaba atender a los niños del Tercer Mundo correctamente.
No sin conflictos se efectuaría la fiesta convocada para un domingo por la tarde. Todo comenzaría a las ocho, para lo cual, debíamos tener el gran patio regado, mesas y sillas dispuestas formando un círculo, para una concurrencia calculada en doscientas personas, y la amplificación, para difundir música y proveer de un micrófono fiel que permitiera un desempeño cómodo a los oradores. Este fue otro motivo para fogonear el disgusto de Peter hacia mí, poco antes de empezar con el acto. Con su habitual actitud de mezquinar el centavo, él había hablado a un amigo que tenía en la ciudad de Santiago del Estero, quien le prometió venir con su amplificador y aportarlo sin cobrar nada. Esta persona -a quien también yo conocía- se conformaba con haber sido invitado a la fiesta, donde comería asado y departiría con sus amigos alemanes. Por mi parte desconfiaba de estos acuerdos gratuitos, pues al no pesar la obligación de un contrato, en un alto porcentaje de oportunidades solían resultar fallidos. Precisamente lo contrario de lo que necesitábamos: teníamos que garantizar estrictamente la música, desde las seis de la tarde, y también muy especialmente los micrófonos, pues se sabe que sin micrófonos un acto masivo y al aire libre resulta desastroso. Estaba prevista la actuación de un conjunto folklórico, uno que otro solista, y Tomás, un artesano que accidentalmente nos visitaba, quien se había ofrecido a cantar acompañándose con guitarra. Esa misma tarde había llegado Pedro, otro artesano que también tocaba la quena y el sikus; se conocían, de tal modo que actuarían juntos. Habían estado durante toda la mañana y parte de esa tarde ensayando. Debido a estas consideraciones, me tomé la atribución de contratar a un amplificador profesional de Rodeo, quien por cierto iba cobrar una tarifa razonable. Al fin y al cabo yo era el director del área educativa, aunque Peter jamás reconociera del todo ese título, al cual agregaba indefectiblemente la palabra "interino", pese a que su otorgamiento a mí había sido una exigencia de los alemanes (en una decisión que me sorprendiera y cuyas motivaciones jamás llegué a conocer claramente). Bien, esta vez como en otras, aún sabiendo que esto iba a provocar roces, yo había tomado la decisión de disponer un gasto que me parecía necesario.
A eso de las siete y media de la tarde el espacio estaba casi cubierto por el público, compuesto principalmente por personas que habían venido de la ciudad de Rodeo. Los más humildes habitantes de los alrededores, hacia quienes iban dirigidos los propósitos de la guardería, eran los menos representados. Esto por una frecuente condición de los pobres, quienes se sienten intimidados ante la presencia de personas económicamente superiores, en varios casos familiares de los mismos patrones para quienes ellos trabajaban. Pero los niños sí habían concurrido masivamente. Esa tarde se les serviría gaseosas y sandwiches, así que el estímulo era importante.
Oona estaba muy nerviosa. Primero se mostró con un vestido azul oscuro, de noche, y zapatos negros. Un rato después de haberse perdido en la casa donde aún moraba, reapareció con un traje sastre, de color sepia, entallado, y zapatos al tono. Tenía esta vez aspecto de azafata alemana. Como la pollera dejaba sus piernas a la vista de las rodillas hacia abajo, por primera vez observamos que sus pantorrillas eran muy robustas; esto, unido a su largor, provocaba la impresión de ser "toda piernas". Pues en lo referido a cuerpos, la percepción suele transmitir proporciones, no tamaños. Ello suscitó comentarios irónicos de Daniela, esta vez dirigidos a congraciarse con Lucía. "Con razón no usa pollera nunca", dijo. Era verdad. Por primera vez aparecía ante nosotros así.
Peter Schmergen -a quien la gente, que no podía pronunciar su nombre, había rebautizado "Pedro Meguen"- andaba un poco amoscado. Prácticamente no había aparecido en toda la tarde, cosa extraña en él pues solía participar en todo. Su actitud anunciaba tormentas.
A las ocho menos cinco se ubicó discretamente junto a su familia en una mesa distante. Cuando llegó la hora del acto, lo invité a pasar al micrófono. Hizo un discurso de circunstancias pues además de no ser hispano tampoco era buen orador. Luego comprendería que hasta el contraste en ese plano conmigo, que por falta de locutor había tomado el micrófono desde el primer momento, sería un elemento utilizado para exacerbar el resentimiento ya sustentado hacia mí. Luego habló Oona, quien tampoco se destacó por su discurso, muy breve, pero en su caso no era necesario, pues ella misma constituía una atracción. En el momento en que explicaba los objetivos de la guardería vi llegar a una camioneta cargada con grandes baffles atrás. El amigo de Schmergen, con su equipo, había llegado. Era un individuo rústico, de mentalidad simple, que desde su adolescencia trabajaba en la verdulería de su padre y sostenía un conjunto de música popular. Lo vi bajar con su familia, vi apresurarse recibiéndolo a Schmergen, los vi deliberar unos minutos, vi al recién llegado ascender otra vez a la camioneta con su esposa y un hijo, e irse. "Más líos", pensé. Nadie me dijo nada, sin embargo, pero ello no me engañó. Seguramente el haber desairado a quien se tomaba el trabajo de venir cargando por cincuenta kilómetros su equipo, sólo para encontrarse con que no se lo necesitaba, tampoco se me perdonaría, llegado el momento del juicio -que se acercaba.
Lo que siguió fue la fiesta, con gente comiendo a más no poder todo lo que se distribuía -sandwiches, asado, carne de cerdo, empanadas- y tomando vino, cerveza y gaseosas en cantidad. Era una noche muy agradable, estrellada, primaveral. Invité a bailar a Lucía, pero por alguna razón que no entiendo ella nunca bailaba conmigo más de dos o tres piezas. Lo peor era que se molestaba si yo iba a bailar con alguna mujer joven. Razón por la cual para mí, pues me gusta mucho bailar, concurrir con ella a un sitio donde se bailase era un problema. Debía quedarme sentado toda la noche, o de otro modo soportar durante varios días sus taciturnos latigazos verbales, un castigo que no era para despreciar. Ello me indujo tal vez aquella noche a beber demasiado.
Como a las cuatro de la mañana habíamos quedado únicamente Lucía, mis hijas, Oona y uno de los artesanos, que se puso a cantar desde el escenario exclusivamente para nosotros. Sus canciones fueron tan dulcemente tristes, haciendo alusión además a los desaparecidos, tantos jóvenes asesinados durante la guerra que poco tiempo atrás hubiéramos padecido, estaba tan cerca lo de La Tablada... quién sabe cuáles otros factores sutiles de mis sentimientos fueron tocados por las canciones, lo cierto es que me puse a llorar. Sucedió blandamente, sin grandes exteriorizaciones, sencillamente las lágrimas comenzaron a correr sobre mi cara sin que pudiera evitarlo, y aún más, cuando trataba de hacerlo, restregando desesperadamente mi pañuelo contra el rostro y luego, mojado este ya, quería disimular mis lágrimas con la mano, estas parecían tomar más fuerza. Lucía estaba incómoda, no me miraba; simulaba, con expresión adusta, no haberse dado cuenta; Oona, por el contrario, me observaba asombrada, todo el tiempo y parecía también muy conmovida. Luego de la actuación de Tomás apagamos los equipos y nos fuimos todos a dormir.
Hippies, trashumantes, marginales
Lucía reprobaba a los artesanos (los englobados en el genérico de "hippies", esto es, individuos de clase media huídos de las ciudades). Sustentaba hacia ellos un rechazo que le resultaba difícil de ocultar. No así respecto de los campesinos o teleras que proveían ocasionalmente sus trabajos para exportar, pero estos no venían jamás a la Stiftung, salvo que se los invitara especialmente para una fiesta o una asamblea (y aún así, viajaban sólo quienes vivían más o menos cerca). Los artesanos que Lucía repudiaba eran los renegados de la civilización, esos que echaban pestes en contra de la cultura de las ciudades o su consumismo, pero al parecer tampoco podían pasarlo bien sin ellas. Esa era precisamente la crítica más sólida que mi esposa hacía a estos parias: el no ser capaces de sustentar una forma de existencia que les permitiera vivir coherentemente. Se convertían, entonces, en seres molestos, desintegrados. En la ciudad eran extraños, provocaban rechazo con sus olores o sus costumbres impertinentes, además de que la mayoría de ellos circulaba con un airecillo de superioridad displicente, manifestando cada vez que podía lo pobres tipos y tipas que eran quienes se sometían a la esclavitud del sistema. En ocasiones, como una vez que nos visitaba uno de ellos con sus hijitos, a quienes convidáramos con sustanciosas meriendas, su actitud solía tornarse agresiva. El hombre, de unos cuarenta y cinco años, rubio y pecoso, de pequeñísimos ojos azules, llevaba el largo cabello crespo y la barba muy apelmazados, el cuerpo con muchos tatuajes; colgaban de sus brazos numerosas pulseras trenzadas con cintas. Hiperkinético, daba la impresión de estar impaciente en todo momento. Lucía se había compadecido de sus hijitos, pues al parecer el padre, que los había arrastrado desde los cerros calchaquíes hasta Rodeo -unos 400 kilómetros de distancia- no había previsto su alimentación. Por cierto, tal solía ser su desenfado, el artesano aceptó como algo natural la leche con chocolate que Lucía le colocó sobre la mesa, junto a la de sus hijos, y comió rico pan casero con miel, manteca, dulce de leche y mermelada hasta hartarse. Hacía poco que habíamos adquirido un televisor color, lo cual representaba para nosotros un extraordinario avance, ya que el viejísimo blanco y negro donde veíamos los escasos programas interesantes o los dibujitos animados para las chiquitas, mucho tiempo atrás se había convertido en un cascajo que apenas arrojaba sombras fantasmagóricas. Quizá por eso cada vez que tenía tiempo de quedarse en casa Lucía lo conectaba. Luego de lanzar un disimulado eructo el artesano, hasta el momento repantigado junto a la mesa, se despachó contra el aparato:
-¡Cómo pueden soportar eso! -estalló-. ¡Esa pantalla lastima la vista!... ¡Y esos sonidos! ¡Cacofónicos! ¡Hacen mal al cerebro!...
Nos miramos con Lucía, desconcertados por la desfachatez del tipo quien se permitía, luego de recibir nuestra desinteresada hospitalidad, despotricar de tal modo contra algo que para nosotros resultaba muy útil. No fue todo. Inmediatamente nos largó una filípica pseudocientífica sobre los rayos catódicos, el efecto que producen los rebotes de ondas y emanaciones magnéticas de la pantalla, etcétera.
-Hermano -le dije parándome junto a la puerta y señalando hacia fuera el brazo extendido-: aquí tienes 250 hectáreas de monte y tierra virgen, sin televisores. Si no te gusta estar aquí, pues puedes irte... no te faltará espacio para escapar a las radiaciones.
El tipo enmudeció como si le hubiera pegado un golpe en la cara. Se levantó, tomó a sus hijos, y sin siquiera insinuar una disculpa se largó.
Otra artesana, Blanca, la concubina de Tomás, había dejado cierta experiencia que Lucía señalaba como paradigmática. Sabíamos que llegaría en el tren del mediodía. Blanca venía con su hijita en brazos, a quien amamantaba; Peter nos había pedido que la atendiéramos, pues la casa comunitaria y los otros albergues estaban totalmente ocupados (era impensable alojarlos en su casa, por la repugnancia que les tenía la Chicha, quien no los dejaba acercar más de cinco metros ante su puerta). Por cortesía fui a buscarla en la camioneta a la estación, la traje hasta nuestra casa, en ella almorzó, antes de aposentarse tranquilamente en un catre, especialmente preparado para ella dentro de la oficina donde habitualmente yo escribía. En los dos días que estuvo, Blanca no hizo siquiera el amago de ayudar a Lucía en la cocina, aunque más no fuera barrer un poco o lavar los platos; tampoco las tazas que usaba para desayunar o merendar o los demás utensilios. Aparte de ello, constantemente se me insinuaba, mostrándome los pechos cargados de calostro en toda oportunidad, innecesariamente, al desabrocharse la camisa entera (no llevaba corpiño) supuestamente para amamantar al crío, mientras su otra teta quedaba colgando al aire y ella mirándome, con sonrisa cómplice. No le presté atención, pese a ser bella -aunque con un toque siniestro en sus expresiones. Por si todo lo narrado fuese poco, al irse dejó la habitación hecha un caos, con pañales descartables usados dispersos por todo el suelo, la cama destendida, los libros y revistas, que había tomado de los estantes, desparramados aquí y allá. Desde aquella vez -primera y última- Lucía se negó a alojar artesanos en nuestra casa. Como se comprenderá, entonces, las prevenciones de Lucía respecto de estos imprevisibles personajes no eran infundadas.*
Muy excepcionalmente, también nos visitaban los discípulos de Juan Lugarini. Su puritanismo fanático nos recordaba al de los esenios: todo lo habitual para nosotros les parecía pecaminoso, practicaban -o al menos predicaban- una moral que imponía temor. Uno de ellos, tomando la merienda en nuestra casa -siempre llegaban con hambre- nos habló durante un rato de su pasado judío. Esto me develó en el acto la razón de su particular aspecto. Llevaba oscuras trenzas en su cabello ensortijado y su barba, con un aire perfecto a los sefaradíes. Vestía como un hippie, pero en tonalidades grises. A diferencia de los otros, iba completamente aseado, y en su ropaje prevalecía el negro. La voz se le endureció al mencionar su antigua religión, y el desprecio con que habló de ella expresaba un típico fanatismo con que suelen mirar al pasado, normalmente, los conversos. De rasgos cultos, nos confió que su esposa y él habían sido seleccionados por la comunidad "evangélica" para mantener relación con el exterior debido a su "fortaleza para tratar con personas impuras". Lo dijo sin inmutarse, como si fuésemos una especie de cavernícolas, incapacitados para captar sutilezas -aunque aquello bajo ningún aspecto lo era. Me reí interiormente, pues este era el esposo de aquella mujer que se alojara, por una noche, con Oona. Aquella que debió haber escuchado nuestros cuchicheos y otros sonidos inocultables cuando yo entré por la ventana (esto será narrado enseguida), sin importarme su contigua presencia, para acostarme con la alemana. ¿Le habría contado a su marido esa experiencia? Seguramente. En tal caso adquiriría sentido una chicana. Bueno, me decía yo: parece que la leche caliente, los chipacos, moroncitos y la miel de nuestra casa no le parecen impuros, pues los devora sin objeción. Estuve tentado de bromear sobre su moral porque, pese a su abandono del judaísmo, parecía impregnada de Levitismo. **
Obligada a tolerarlos, dado que ella debía efectuarles los pagos por sus mercaderías, Lucía procuraba mantenerse en lo posible a prudente distancia de ellos cuando aparecían.
* Varios años después, ya viviendo en la ciudad, encontré nuevamente a Blanca. Me costó muchísimo reconocerla: abandonando el aspecto hippie, se presentaba como una mujer "normal"; llevaba una pollerita marrón, camisa celeste y, aunque algo deslucida por lo modesto de las prendas, además de su piel aún con huellas de intemperie, era evidente que buscaba cambiar. Me dijo que había abandonado a Tomás, y trasladándose con su hija a esta ciudad, pretendía consolidar una situación estable. Había obtenido una colocación en los escritorios de la Federación de Clínicas y Sanatarios. A lo largo del tiempo, vi que evolucionaba en su aspecto exterior, hacia las formas usuales de aquel mundillo frívolo donde se mueven los médicos y el resto de la pequeña burguesía acomodada de Santiago. Todavía unos años más adelante, me sorprendí al encontrar su foto en el diario, junto a un grupo de elegantes, sonrientes personajes. Ella, junto a otra menos joven, eran las únicas mujeres entre unos diez hombres. El título de la nota decía: "Empresarios anuncian nueva cámara del sector".
** Levítico. Libro que contiene la Ley de los israelitas. De acuerdo a la tradición, fue otorgado a Moisés en sus retiros de la montaña. Contiene instrucciones muy rígidas -a veces crueles-, como:
"Ustedes tendrán por impuros a todos los animales que tienen pezuña no partida en dos uñas y no rumian; todo aquel que los toque quedará impuro. Ustedes tendrán por impuros a todos los cuadrúpedos que andan sobre las plantas de sus patas. El que toque sus cadáveres quedará impuro hasta la tarde. El que levante el cadáver de uno de ellos tendrá que lavar sus vestidos, y quedará impuro hasta la tarde. Estos animales son impuros para ustedes. [...] El que levante el cadáver de uno de ellos tendrá que lavar sus vestidos, y quedará impuro hasta la tarde. Estos animales son impuros para ustedes. Estos son los reptiles que andan arrastrándose por el suelo y que serán impuros para ustedes: la comadreja, el ratón, el lagarto en sus diversas especies, la musaraña, el camaleón, la salamandra, la lagartija y el topo. Ustedes tendrán por impuros a todos esos reptiles. El que toque sus cadáveres quedará impuro hasta la tarde. Quedará impuro cualquier objeto sobre el que caiga uno de sus cadáveres, ya sea un artefacto de madera, o un vestido, una piel, un saco o cualquier utensilio. Será metido en agua y quedará impuro hasta la tarde; después quedará puro. Si cae uno de estos cadáveres en una vasija de barro, cuanto haya dentro de ella quedará impuro y habrá que romper la vasija. Toda cosa comestible preparada con dicha agua será impura y toda bebida que se tome en una de esas vasijas será impura. Cualquier objeto sobre el que caiga alguno de esos cadáveres quedará impuro: el horno y el doble fogón serán derribados; son impuros y los tendrán por impuros." (11,26:35)
O esta otra:
"El hombre que tenga derrame seminal lavará con agua todo su cuerpo y quedará impuro hasta la tarde. Toda ropa y todo cuerpo sobre los cuales se haya derramado el semen serán lavados con agua y quedarán impuros hasta la tarde. Cuando una mujer ha tenido relaciones sexuales con un hombre, ambos deben lavarse con agua y quedan impuros hasta la tarde.
"La mujer que ha tenido sus reglas será impura por espacio de siete días [...] Quien la toque será impuro hasta la tarde. Todo aquello en que se acueste durante su impureza quedará impuro, lo mismo que todo aquello sobre lo que se siente. Quien toque su cama deberá lavar sus vestidos y luego bañarse, y permanecerá impuro hasta la tarde. Quien toque un asiento sobre el que se ha sentado deberá lavar sus vestidos y luego bañarse, y quedará impuro hasta la tarde.
"Quien toque algo que se puso sobre el lecho o sobre el mueble donde ella se ha sentado quedará impuro hasta la tarde. Si un hombre se acuesta con ella a pesar de su impureza, comparte su impureza y queda impuro siete días; toda cama en que él se acueste será impura.
"Si una mujer tiene derrame de sangre durante muchos días, fuera del tiempo de sus reglas, o si éstas se prolongan, quedará impura durante todo este tiempo, como en los días del derrame menstrual. Toda cama en que se acueste mientras dure su derrame será impura, como la cama en la que estuvo en tiempo de sus reglas, y cualquier mueble sobre el que se siente quedará impuro igual. Quien los toque quedará impuro; deberá lavar sus vestidos y bañarse, y quedará impuro hasta la tarde." (15,16:27)
La novela de Perón
Camino por la senda angosta con el libro en la mano, sobre el césped amarillento por el otoño y las pisadas. Admiro la elegancia regular de los álamos, que van hacia el horizonte, elevándose imperturbables junto a la acequia. El sol, ya arriba, no caldea sin embargo como en los días del verano. Son como las once, anoche hubo fiesta en la Fundación. Hoy es domingo. Los álamos plateados, particularmente, son mi admiración. Pensando en ellos llego al alambrado, que limita el fin de mi campo, con la franja de camino comunal. Por allá pasa el canal; debido a esto, cualquier vecino de Rodeo tiene derecho a transitar por allí, en busca de agua. A los lados del ancho curso de agua se abren dos franjas, de tierra, muy espaciosas, como para dejar pasar dos carros muy anchos o un camión por ejemplo. Pocas veces entran vehículos con motor, por ahí. Más allá del camino, hacia el Norte, la tierras de la Fundación continúan, por un trecho relativamente corto: una diez hectáreas; luego se extienden hacia el Sur. Camino por la senda bordeada de paja seca y melilotes hacia el norte, con el libro de Tomás Eloy Martinez, La novela de Perón, buscando el monte. Atravieso el alambrado, doblo a la izquierda, busco un lugar reparadito entre los árboles y me siento a leer. La bocatoma provoca una especie de catarata artificial que me atrae por un rato. Luego me concentro en la lectura. Una pareja de montoneros dialoga sobre la psicología de Perón... en la cama, como corresponde a una novela de Tomás Eloy Martínez. Leo prestando atención al estilo, con la intención lateral de aprender técnicas. Se lee fácil la Novela de Perón, está hecha para ello. Frases breves, estilo periodístico, recursos calcados de Cortázar, García Márquez, Gudiño Kiefer... Eloy Martínez ha hecho un compendio de la literatura latinoamericana del boom, en este libro. El producto final resulta hierático, demasiado profesional, demasiado pulido, como un automóvil de plástico. Me paro un momento para cambiar de lugar, con los muslos un poco adormecidos por la posición de cuclillas, y la veo a Oona, salir con Holger, de la Guardería. Uno en cada extremo, acarrean la mesa que han traído la noche anterior para la fiesta. Me sorprendo de distinguirlos perfectamente, bajo el sol. Nos separan unos quinientos metros de distancia. Me sorprendo de la potencia de mis ojos: he leído durante toda mi vida, he dibujado desde pequeño, en la cárcel solía alarmarme por el dolor de mis ojos, debido a tanta lectura y escritura; sin embargo, hoy, a los 40 años, tengo una visión perfecta, no uso anteojos. Pero debe de darse un fenómeno especial, pienso, pues ocurre como si estuviesen a poca distancia, en un globo de cristal. Con su sayo blanco hasta las caderas y el ancho pantalón, también blanco, Oona presenta una figura desgarbada. El pelo le cae sobre la cara, no lo ha acomodado siquiera, parece que se hubiera levantado de dormir para ponerse a la tarea de trasladar sillas, mesas, cajones con botellas vacías, con Holger. No sabe que alguien la mira: no está actuando. Entonces aparece desgarbada. La descubro poco atractiva: demasiado larga, me recuerda a Shenanigans (el personaje de Sargento Kirk). Cuando desaparecen de la escena, sigo un poco con la lectura. Y luego regreso, por la misma sendita primorosa de junto a los álamos, que me lleva a casa.
Las chiquitas
Nuestras hijas crecían en ese medio agreste con extraordinaria vitalidad. Sol y Angelita trepaban a los árboles, y nadaban en las hondas aguas del canal como pequeños anfibios. Por las mañanas, temprano, enfilaban hacia el rancho de los Garzón. Allí, rodeadas de una pandilla de niños, hacían tortitas de barro, conocían todo tipo de bichitos, jugaban con las cabras, los caballos, las vacas. Cada una tenía un potrillito, "de su propiedad". Los habían bautizado con nombres sonoros: "Chacho", "Emiliano", "Lautaro"... Julita, en tanto, solía quedarse aún en casa. Mientras yo escribía, en mi oficina, andaba por nuestro patio, la cocina, o en la galería, constantemente custodiada por alguna empleada.
Las mujeres también silban
El enfriamiento de nuestras relaciones que intentábamos costaba demasiado. Nos esforzábamos por actuar "con juicio", "como personas sensatas"; fingíamos constantemente una actitud "profesional" para nuestros diálogos, tanto en público como en las contadas oportunidades en que podíamos conversar a solas. Pero bastaba la menor distracción para que nos quedáramos mirándonos, absortos, por unos segundos... hasta que reaccionábamos. O que cuando, durante algún trabajo en común o reunión, accidentalmente se rozaran nuestras piernas, o nuestras manos, ninguno del los dos se apurase por retirarlas.
Como los alemanes eran una atracción en Rodeo, los invitaban a muchas fiestas. Un viernes por la mañana, Oona me preguntó si me habían invitado a cierto cumpleaños, que se celebraba con una cena, esa noche. Le dije que sí, pero no tenía ganas de ir. Entonces me preguntó si tal vez querría acompañarla a tomar un buen vino tinto que tenía, esa misma noche, en su casa. Pues -argumentó- tampoco le interesaba quedarse para la cena, que seguramente iba a estar aburrida. Por cortesía, iba a estar sólo un rato allí.
Pese a que me entusiasmó soberanamente la invitación, procuré no demostrar eso. Le pregunté a qué hora podíamos encontrarnos. Calculó que a las once estaría de regreso. Entonces dije que la esperaría, a esa hora, en el portón de entrada de la Stiftung. Agregué que no era conveniente dejar a una muchacha cruzar sola tanta oscuridad.
-He andado muchas veces en la oscuridad, así que puedes venir directamente a casa si quieres -ofreció.
Yo reafirmé mi postura caballerosa, ella no hizo más comentarios.
Nuevamente tuve que apelar a la excusa de "cuidar a los alumnos". Difícilmente hubiese podido justificar de otro modo una salida a esa hora. Como a las diez ya estaba impaciente por irme; dije que no tenía hambre, vagamente mencioné la posibilidad de comer algún sándwich en la Casa de los Alumnos y salí.
A las once menos cuarto estuve junto al travesaño del gigantesco portón fabricado en quebracho. La anchísima calle estaba muy oscura; sobre la ruta, que pasaba perpendicularmente como a medio kilómetro, aparecían y desaparecían cada tanto resplandores de los vehículos, mayormente colectivos de larga distancia y camiones, que pasaban con rumor asordinado. Estuve allí cavilando durante esos quince minutos y empecé a sentir un incómodo desasosiego. "Mi esposa no merece esto", sentí. "Puede ser cierto que no tengamos una buena relación, pero no debería andar en aventuras con otra mujer, sin separarme de ella previamente". Mas volvía la contradicción irresoluble: si me separaba, ¿qué sería de mis hijas? Había jurado criarlas personalmente, no abandonarlas ni un minuto hasta que fuesen grandes y pudieran bastarse solas. Sería imposible cumplir con esta promesa sin continuar la convivencia con Lucía. Lo había pensado muchas veces ya: la única vía posible era componérmelas de algún modo para soportar este desafortunado matrimonio hasta el momento oportuno (por lo cual debería adoptar las más variadas tácticas, para evitar el alejamiento hasta muchos años después). Todo esto pensaba, y de repente me vinieron ganas de irme. No usaba reloj habitualmente, pero me había puesto uno para controlar el horario de esta cita. Inesperadamente empecé a desear que Oona no viniera. Que se entusiasmara con la fiesta, y olvidara, o no quisiera cumplir con nuestro compromiso. Luego de mis disquisiciones me sentía tan culpable que sólo quería regresar a la casa de los alumnos y dormirme hasta la mañana. Miré el reloj: las once y tres minutos. Bruscamente me dije: "Ya no vendrá" Y dándome vuelta comencé a caminar rápidamente hacia las casas. Había hecho tal vez unos treinta pasos sobre la ancha avenida, cuando escuché un silbido, suave. No me di vuelta repentinamente: había sido como cuando los muchachos expresan su admiración o molestan a una chica bonita pasando por una vereda. Entonces me silbó otra vez. Era ella: presurosa en sus ropas claras, a las que había agregado un chalequito africano, con sus cabellos dorados absorbiendo reflejos de los dispersos faroles, se acercaba emergiendo de la oscuridad con la brisa fresca.
-Las mujeres también silban- dijo al llegar a mí. Luego aceptó mi beso en la mejilla y me lo devolvió apenas.
Como atrapado en una travesura caminé a su lado hacia la casa. No hubo ninguna mención a la causa por la que estaba volviendo sin esperarla. Solo caminamos hacia su casita, ella había preparado una mesa afuera para la ocasión. Me invitó a sentarme y esperar allí hasta que trajese un mantel, vasos y cubiertos de adentro. Accidentalmente tomé la silla de la cabecera -sólo había dos-, dando la espalda a la casa de Schmergen, con cierta ilusión de evitar que me reconocieran si me veían, pues había poca distancia desde allí. Entonces vi con toda nitidez la galería de mi casa. Era el único rectángulo iluminado en el horizonte. A pesar de que estaba por lo menos a cien metros de distancia, se veía con perfecta claridad lo que allí pasaba. ¡Lucía lavando pañales!... Me sentí espantosamente mal... creí que me iba a descomponer... ¡Mi esposa lavando pañales, a esa hora, para nuestras hijas, y yo de jarana aquí con una muchacha! ¡Qué vil, qué repugnante, qué hipócrita despiadado me sentí en ese instante! Mientras tanto, no podía apartar la mirada de Lucía... En ese momento reapareció Oona, con el mantel. No alcanzó a tenderlo sobre la mesa:
-Por favor vamos adentro... me hace un poco de frío...- mentí.
-Está lindo aquí... -protestó ella, sentándose a mi lado pero sin desplegar el mantel.
-No, no, no me gusta permanecer aquí, a la vista de todos, además...- insistí, molesto.
Creo que entendió perfectamente lo sucedido, pues apenas objetó con un murmullo esta vez, antes de levantarse obediente. Pasamos, pues, y nos sentamos ante una pesada mesa redonda, que otrora fuese también de Kolschröder. Ella trajo un vino caro; no le permití que lo destapara por considerar esto tarea de hombre, lo cual me costó un poco; mientras colocó sobre la mesa unos salames en conserva, aceitunas, queso de Alemania, algunos pimientos en aceite. Pero todo estaba resultando un fiasco. Fumamos. Ella rubios, yo mis habituales Parissiennes. Por esos tiempos había perdido un poco el ajustado control que otrora llevase, me desbarrancaba con mucha facilidad, tanto en el vino como en el fumar. "Demasiadas reuniones festivas", me dije para atenuar.
No teníamos mucho de qué hablar, me había deprimido demasiado la situación anterior, me mostraba taciturno, no se me ocurrían temas interesantes, más bien por el contrario, toda palabra pronunciada se me antojaba una frivolidad. Y de hecho lo era: la posibilidad de conversar sin apuros nos colocaba también ante la patética limitación de su castellano, por lo cual solamente podíamos entendernos en argumentos muy sencillos... Con el diálogo penosamente trabado, avanzando en él por mera voluntad, a tropezones, el queso que no me gustaba, el sentimiento de culpa impregnando mi interior, el salame que me parecía muy grasoso, el vino que aumentaba la honda pesadumbre que en ese momento sentía, quise salir del pantano como tantas veces, esto es de un modo semejante a los perros que usan en los circos para romper un parche de papel sobre un aro metálico: lanzándome con fuerza hacia adelante. Entonces me levanté, con movimiento particularmente extemporáneo, y acercándome a Oona, pretendí besarla.
Ella me apartó, sin brusquedad, pero evidentemente fastidiada:
-Conversemos... conversemos... -me decía- ¿por qué no podemos conversar? En Alemania he pasado muchas veces así, sólo tomando algo y conversando con amigos, toda la noche... ¿por qué no podemos hacerlo así ahora? ¡Vos sólo quieres besarme!...
-Ya sabes que me gustas -dije.
-Pero podemos ser amigos...-insistió.
-No.- Dije, parándome-. No podemos ser amigos. Y no tenemos nada que conversar.
Luego de lo cual, me di vuelta, abrí la puerta y me fui.
Me sentí muy estúpido, muy hijo de puta, muy desubicado -al fin y al cabo era un tipo de treintainueve años-, mal con Oona, mal con Lucía, mal con mis hijas, y no pude dormir, enfurecido conmigo, desde las doce y media (hora en que llegué a la pequeña habitación en la Casa de los Alumnos) hasta cerca de las dos de la madrugada.
La antología de Neruda
A unos trecientos metros de mi casa, junto a la acequia, hay un seibo muy particular. Gigantesco, ha crecido con forma de S. Visto desde nuestro campo, está invertida: primero ha criado una panza hacia el sur, luego, describiendo una ancha curva, se ha dirigido al norte; para regresar finalmente en su original dirección, y elevarse dignísimo enanchándose en redonda copa, constelada de "gallitos". Allí me siento a leer: allí van a jugar los niños, es un lugar preferido, por la comodidad con que puede usarse la parte baja de la S como si fuera un asiento, y porque está rodeado de otros árboles y vegetación, junto al suave rumor del agua mansa, que pasa gravísima por la acequia, bajo nuestros pies. Uno queda suspendido sobre el agua allí, en un microclima afectuoso. Estoy leyendo la antología de Neruda que hizo Rafael Alberti. Antiguos poemas, que modelaron mi alma desde la infancia, cuando apenas al despertar, entre las telarañas penumbrosas del amanecer oía a mi padre recitando, mientras se afeitaba para ir al trabajo:
Amiga, no te mueras.
Óyeme estas palabras que me salen ardiendo,
y que nadie diría si yo no las dijera.
...Yo soy el que te espera en la estrellada noche.
El que bajo el sangriento sol poniente te espera.
Han vuelto a mí los versos de Neruda, conteniéndome en este periodo, luego de Maia, luego de Eufemia, luego de Geraldine *, una etapa nueva que exploro con el asombro abierto. El espíritu encuentra una comodidad particular, me arrellano en la S del seibo rugoso y amable, me concentro. Veo llegar a Oona, entre los melilotes, como una Reina del Bosque. Vacila pero se detiene. ¿Qué lees, me dice, desde el otro lado de la pequeña acequia, hay un alambrado allí. "Neruda", le contesto. "¿Lo conoces?" "Creo que sí", dice dubitativa, "Mercedes Sosa lo nombra". Todos los alemanes conocen a Mercedes Sosa. "¿Quieres que te lea algo?", pregunto. "Puedes hacerlo", dice. Le leo en voz alta lo que estaba leyendo para mí antes:
Te recuerdo como eras en el último otoño.
Eras la boina gris y el corazón en calma.
En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.
Y las hojas caían en el agua de tu alma.
Apegada a mis brazos como una enredadera,
las hojas recogían tu voz lenta y en calma.
Hoguera de estupor en que mi sed ardía.
Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.
Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:
boina gris, voz de pájaro y corazón de casa
hacia donde emigraban mis profundos anhelos
y caían mis besos alegres como brasas.
Cielo desde un navío. Campo desde los cerros.
Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en calma!
Mas allá de tu voz ardían los crepúsculos.
Hojas secas de otoño giraban en tu alma.
Ella me ha mirado con ojos muy abiertos mientras leía, sin moverse en absoluto. Sé que mi voz es grave y modelada, he practicado lectura de poesías. Quedo esperando su aprobación. No llega. Sólo silencio. Entonces le pregunto: "¿Qué te pareció?". "No tengo mucho conocimiento del idioma como para comprender poesía", me dice. Me deja decepcionado. Como ninguno de los dos acierta en hallar algo para decir, se va: "Puedes seguir leyendo, ¿eh?", me dice, "yo iré a pasear". "Bueno, gracias", le contesto: "adiós".
* Cuentos escritos por este autor en 1988.
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Capítulo 7
Un cabito de chupetín
La guardería comenzó a funcionar de inmediato. Oona estaba satisfecha con lo que consideraba su obra. Se la veía distendida y autosuficiente. Hasta que una tarde, se presentó escandalizada. Por casualidad yo estaba conversando con Lorena, en el justo lugar donde bajaba un lindo caminito desde el edificio para los niños hacia el ancho patio, cuando apareció acalorada y nerviosa, hablando de una manera excepcional.
-Hemos discutido con Peter... -decía- esto es imposible... -se asombraba- me echan de la casa... debo trasladarme a la guardería con todas mis cosas...
Se notaba que había llorado. Estaba desconsolada, miraba de pronto hacia el este, como pensando en irse para siempre, el viento norte le echaba cabellos en la cara.
-Tendré que traer mis cosas -dijo de pronto y empezó a caminar hacia lo que hasta entonces fuera su casa.
-Te ayudaremos -dijo Lorena - y fuimos tras ella.
También un peoncito ayudó y en quince minutos habíamos trasladado las pertenencias de Oona a la habitación anteriormente destinada a dormitorio de los niños, en la guardería. ¿Qué había ocurrido? Katy, una solterona integrante de la comisión directiva, había trabajado a Chicha, la agria mujer de Peter Schmergen, para obtener la cesión de la casita con el propósito de habitarla ella. Luego de varios meses de adulación pertinaz, había logrado su cometido. Nadie sabía del asunto, debido a lo cual Oona había sido tomada por sorpresa. Ahora bien, yo no veía justificadas las quejas ni comprendía que se sintiera tan humillada por esto. Me guardé de expresarlo, por cierto, al contrario, adopté una actitud solidariamente compungida ante la situación. Pero por dentro empecé a sentirme feliz: tenía un plan.
De un modo imprevisto, el repentino traslado de Oona a la guardería venía a facilitar una solución para mis constantes lucubraciones, respecto de cómo hacer para introducirme en su dormitorio. No había cesado en mis propósitos, pese al fracaso de aquella noche en que intentara persuadirla llamándola desde la ventana. Luego del fracaso, había buscado la oportunidad de obtener una llave de la puerta, pues era el único modo de entrar en la casa sin su consentimiento. Las ventanas estaban sólidamente defendidas por mallas metálicas, que permitían el ingreso únicamente del aire. Pensé algunas alternativas y se me ocurrió tomar a la llave una impresión en masilla para encargar una copia. Una mañana antes de viajar a Santiago, lo hice, pero más tarde desistí del propósito. Suponiendo que lograra entrar sin hacer ruido, era excesivamente peligroso tener que sortear las camas de otros alemanes, que normalmente dormían diseminados en el amplio salón. Pero una vez llegado a la habitación de Oona, me encontraría con más problemas: ella dormía echando llave por dentro a su puerta. ¿Cómo entraría allí? Finalmente deseché toda posibilidad de ingresar. Me quedé bloqueado.
En cambio tenía todas las llaves de la guardería. Alguna intuición me había llevado a pedirle las copias a Oona, pues al momento no me imaginaba que ella terminaría viviendo tan cerca. Me agradaba, pese a ello, poder visitar en cualquier rato aquellos ámbitos donde mi codiciada amiga pasaba la mayor parte de sus horas. El motivo era aprovechar las espaciosas duchas, para que los alumnos pudieran higienizarse, antes de ir a dormir. Esa misma tarde, mientras ayudábamos a trasladar el equipaje de Oona pensé en esperar apenas un tiempo prudencial para que se tranquilizara e intentar, ahora con mejores perspectivas, entrar en su habitación. Otro factor que me favorecía -y también había permitido el cumplimiento de las ambiciones de Katy- era que algunos días atrás Holger había regresado definitivamente a Alemania. Por una parte me dolió un poquito, porque era un buen chico y se había acercado bastante a nosotros. No era un alemán común. Pero también me alegró. Pues, dándose cuenta de mi interés por Oona, constantemente (no sé si lo hacía con consciencia) se había interpuesto entre ella y yo.
Al día siguiente -un domingo por la tarde- estaba escribiendo un sencillo registro que llevaba, en la habitación del preceptor, en la casa de los alumnos, cuando entró Oona. Yo había adoptado aquella pequeña habitación casi como mía, pues iba a dormir con frecuencia allí. Ella necesitaba desahogarse un poco, así que le ofrecí mi silla. Desde la cama, bastante más baja, tuve entonces una vista privilegiada de su cuerpo. Por primera -y última- vez la veía con calzas, de un verde casi blanco, muy ajustadas, que permitían admirar al detalle la opulenta perfección de sus piernas larguísimas. Llevaba unas pequeñas hojotas de hilo que se quitó para poner uno de sus muslos contra el pecho y envolverla con los brazos. Arriba llevaba una camisa suelta, de un tono también verde, semitransparente. Sentí que el corazón desbordaba mi pecho por la excitación. Era bellísima y ese toque de tristeza en su rostro la hacía aún más suave, tan deseable. Me levanté y la besé. Fue muy breve. Ella se levantó también de repente y fue casi corriendo al baño: lloraba otra vez. La seguí, guardando una cierta distancia. Después de lavarse un poco, se acercó a mí... no podía contener las lágrimas, que seguían manando sobre su cara... entonces ocurrió algo grotesco y gracioso. Como un buen caballero extraje el pañuelo que siempre llevaba en el bolsillo de atrás y se lo di para que enjugara sus lágrimas... ¡olvidé que estaba resfriado!... Ella tomó el pañuelo, mojado con mis mucosidades y lo llevó a sus ojos... en el momento de apoyarlo sobre sus párpados cerrados sintió su humedad; lo miró, y haciéndose cargo en el acto del problema me lo devolvió como impelida por un resorte... Me quedé sin saber qué hacer un instante; ella salió... y ya no me atreví a seguirla, por temor a resultar pesado.
La primera consecuencia pública de nuestro creciente afecto iba a derivar de este encuentro dominical. Preparando el matecocido para los niños en la cocina, al día siguiente, Oona me contó que la Atina, una muchachita con deficiencias mentales, había comentado en el barrio el habernos visto besándonos. La cocinera lo había repetido a su vez en la Stiftung, la cierto es que se difundió en cuestión de minutos y había llegado hasta Lorena, quien a su vez se lo transmitió a su jefa. La Atina era una de las hijas de una deficiente mental que habitaba un rancho espantoso a pocos metros de la salida de la Stiftung. Schmergen la había fotografiado a todo lo largo de su evolución -si puede llamársela así-, casi desde que naciera hasta ahora, en que debía de tener unos doce o trece años. Era un arquetipo de niña subdesarrollada, ideal para conmover alemanes que pudiesen aportar donaciones. ¿En qué momento nos había visto? Recordé entonces que la divisé pasando sigilosa, como un animalito salvaje, entre las penumbras del atardecer, hacia la acequia que corría por detrás de las casas. Se había quedado entonces por allí, a espiarnos. Aconsejé a Oona desestimar el asunto sin explicaciones, dada la condición de nuestra denunciante. Por suerte el chisme no se difundió más -o los pobladores, por nuestro carácter de "gente importante", no se atrevieron a comentarlo, al menos ante otras personas de nuestra condición.
Cuando hubo pasado poco más de una semana y me pareció que Oona se había acostumbrado a su nueva habitación, decidí ir a visitarla en su cama. Elegí una noche de jueves. Sólo por intuición. Luego de cenar, anuncié a Lucía que dormiría en la casa de los alumnos. De allí me quedaban apenas unos pocos metros hasta la guardería.
Con toda paciencia esperé que se acostaran todos, y cuando escuché algunos silbos y ronquidos, salí. Era una noche oscurísima, de luna nueva. Pese a ello, mis ojos acostumbrados a la oscuridad divisaban todo con bastante nitidez.
No las tenía todas conmigo, debo confesarlo. Hacía poco, Oona nos había dicho que llevaba un aerosol con ácido en la cartera, para defenderse de posibles ataques. ¿Y si decidía usarlo conmigo? Aún suponiendo que no lo tuviera, ¿si gritaba, pidiendo ayuda? Estas reflexiones se me ocurrieron recién luego de que todo ocurriese, en realidad, pues esa noche yo estaba completamente decidido y la voluntad me arrastraba, sin que mis sentidos se ocupasen de otra cosa que no fuese el encontrar las mejores maneras de cumplir con el objetivo. Era un tigre avanzando hacia una gacela, nada me hubiese detenido. Llegué a la enorme y ancha puerta de algarrobo y con todo cuidado traté de introducir la llave... algo ofreció resistencia. Había otra llave, por dentro... Intenté por segunda vez, pero no logré que el obstáculo se moviera. ¿Qué podía hacer? Miré hacia el suelo, quién sabe por qué... había allí un cabito de plástico, residuo de uno de los chupetines que saboreaban los chicos en la guardería. Su blancor se destacaba nítidamente sobre el ancho umbral. Lo tomé, y con suavidad operé sobre la llave para que abandonara su posición, un poco cruzada, que impedía el paso de la otra desde fuera. De pronto se escuchó un "¡clink!", fuerte, que resonó como un golpe de charleston en el absoluto silencio de esa noche. El obstáculo había caído hacia dentro. Alborozado introduje mi llave, abrí rápidamente y con fuerza la pesada puerta, al tiempo que escuchaba algún ruido proveniente de la habitación final, la ocupada por Oona... Continué rigurosamente con mi plan: me quité con rapidez las alpargatas y el vaquero; aún no había terminado de sacarme la camisa, cuando se encendió la luz de su habitación... y la vi, parada en la puerta. Vacilaba con una mano adentro aún, apoyándose contra el marco... dijo algo en alemán, y se lanzó hacia mí, por el pasillo, exclamando: "No no, no no..."
Con una patada cerré la puerta de afuera y me lancé a mi vez hacia ella. En silencio la abracé fuertemente y comencé a besarla, sin dejar de quitarme la camisa, que finalmente fue parar en el camino; mientras, ella cerraba la boca e intentaba impulsarme hacia la puerta de salida; yo la empujaba en sentido contrario, hacia la habitación, completamente desnudo, sin dejar de besarla y sin permitir que sus brazos se liberaran lo suficiente de los míos como para poder apartarme. Ella llevaba un pijama plateado, semitransparente, que consistía en un saquito abotonado y un ancho pantalón. Se había puesto hojotas, pero las perdió en el retroceso forzado. No pudo ofrecer resistencia a mi vigor, pese a ser tan alta, y pronto la había conducido hacia el lecho. Cuando llegamos a su borde, un empujón combinado con el tropezón de su pierna contra el travesaño la derribó, y yo fui encima. Forcejeaba muchísimo, resistiendo, pero a la vez yo sentí que no usaba todas sus fuerzas en ello. Entre sus manotazos y pataleos fui desprendiendo el saquito de su pijama hasta que emergieron los pechos turgentes. Jamás había sentido sobre mi piel pechos tan sólidos. Estaban muy calientes. Ella siguió forcejeando y cerrando la boca bajo mi boca pero aquello me enardecía más a cada segundo y me excitaba extraordinariamente. Con brutalidad creciente logré quitarle enseguida también el pantalón. Al quedarse en slip, sus piernas durísimas, caldeadas, se restregaron contra las mías en movimientos que tenían por objeto quitarme de encima pero resultaban más y más excitantes. Entonces casi se me fueron las cabras y me detuve, bruscamente. Quedamos un momento quietos, ante la inesperada suspensión de las acciones, mas luego ella me empujó otra vez y yo me levanté. Empezó a vestirse rápidamente. Por mi parte, deshice recogiendo la ropa y vistiéndome también el camino hacia la puerta principal. Ella me había seguido a prudente distancia. Me di vuelta y quise besarla: "No, no", me dijo "¡vete ya!"...
La vi nuevamente muy temprano, por la mañana. La guardería abría a las ocho; receloso, no me acerqué. Ella trajinaba sin apartarse mucho de la puerta, dirigiendo el tránsito de mujeres y niños, yo observaba desde un ángulo cercano a la ventana de la cocina, en la casa de los becados. Al rato, mandó a un peón con el mensaje de que le enviara las llaves de la guardería. Le dije que se las llevaría yo mismo, enseguida. Eso hice. Suspendió su clase un momento, y se acercó mirándome con rencor.
-¿Te parece bien lo que has hecho? - preguntó. Tenía los labios rojísimos, irritados. Bajé los ojos sin contestar, con el manojo de llaves en las manos. Ella extendió la suya y con toda sumisión se las devolví.
-Mira-, dijo señalándose un pañuelo azul que llevaba atado al cuello - esto es tu culpa. Se bajó un poco el pañuelo y vi que tenía un ancho medallón, morado, como el que se forma en las camisetas cuando las atan por partes con hilos para teñirlas con anilina. ¿Yo había hecho eso? ¿En qué momento? ¡No me acordaba! Me dieron ganas de reír y sentí vergüenza al mismo tiempo, pero bajé los ojos otra vez, poniendo la mejor cara de velorio que me salió.
-Bueno, puedes irte ya, ahora tengo que trabajar -dijo, imperiosa, para rematar: -y mejor que desde ahora mantengamos distancia, ¿eh? ¡Distancia!
Me quedé preocupado, y con el paso de las horas esta preocupación fue creciendo. La había visto muy seria. Tenía temor de que me denunciara ante la comisión directiva. En ese caso, las consecuencias podían ser graves. Mi trayectoria conflictiva de los últimos meses, la aversión que me había tomado ya por entonces Peter Schmergen, la condición de obsecuencia del santiagueño medio, que ostentaban casi todos los miembros del grupo directivo, hacían casi segura mi expulsión. Pero a decir verdad me preocupaba todavía más la reacción de Lucía. Ella tenía un carácter fortísimo y decidido, además de que me consideraba su patrimonio personal hasta tal punto, que me había torturado con infundadas sospechas con cada muchacha bonita que se acercara, desde que nos casamos. El solo reflejo de que quisiera irse llevando consigo a las chiquitas, me provocaba un vuelco en el corazón. ¡Yo no podría vivir sin mis hijitas!... De repente tomé conciencia de lo atrevido, temerario, irresponsable, que había sido; comencé a arrepentirme, torturándome por ello. Y por primera vez se suscitó una reacción que iba a repetirse durante el año que comenzaba: empecé a echarle la culpa a Oona y buscar motivos para odiarla.
-¡Pelotudo!- me decía- ¡pierdes la cabeza por una estúpida alemana!... ¡Es humillante! ¿Dónde queda tu nacionalismo? -me censuraba-: el amor a tu raza, a tu identidad... se cae muy fácilmente apenas ves un culo imperialista, un par de tetas suabas, las mismas razas que de la boca para afuera siempre declaraste decadentes... ¡Y ella te hizo pisar la trampa! ¡Es una hija de puta!... Te ha seducido, ha venido a vos con calzas, para engancharte y joderte... juega con vos, y vos como un pendejo pelotudo caes entre sus patas... ¡Ahora se hace la condesa ofendida y hasta capaz que te denuncia, jodiéndote para siempre!.... Eso pensaba.
Oona en el aire
El otoño es la mejor estación en Santiago. Las plantas aún conservan los colores, sin aquella áspera prepotencia impuesta por el plutónico sol de nuestros veranos. Las hojas de los melilotes, apenas verdidoradas, cubrían el campo hasta donde la vista no alcanzaba, con sus florecillas blancas oscilando acompasadamente bajo la brisa como en un mar calmo. Los seibos, enormes, sus gruesos troncos formando actitudes esculturales, los álamos, apartándose hacia el horizonte, para terminar ese tramo que separaba nuestra casa del alambre, cinco hectáreas más allá, con una hilera de la especie plateada, delgadísimos, amables, vibrando en todo tiempo sus manos, representadas para la imaginación por las gráciles hojas, tan dúctiles al viento como si se ocuparan constantemente de esparcir polvillos al aire. En ese momento de la tarde en que el fulgor delicuescente va escondiendo su origen la vi pasar, como una fantasía, por entre las espigas del campo. Iba sumida en su mente, los brazos cruzados sobre el pecho, en actitud de profundísima introspección. Yo acababa de escribir un capítulo de cierta novela, que me había dejado transido por una nube de sentimientos, y había salido, descalzo, en short y encima una remera vieja, con el pelo desordenado, a la galería, pero ella ni notó mi presencia. Como a cuarenta metros de mí me pareció flotando, tal era la cadencia suave con la que se desplazaba, hacia el monte. Entonces, más que nunca, la amé. No me atreví a seguirla, quedándome allí durante un largo rato a esperar su regreso. Pero este no ocurrió hasta el caer de las primeras sombras. O quizás ella volviera por otro camino, pues ya no la vi.
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Capítulo 9
Un agujero en la malla
No hubo reproches ni represalias formales por parte de Oona esta vez. Al día siguiente, nos encontramos temprano, como si nada hubiese ocurrido. Pero ella empezó a ejercer hacia mí una cierta actitud desdeñosa, insolente a veces, que no cesaría hasta poco antes de su despedida, a fin de año, cuando las condiciones de nuestra relación irían a modificarse completamente. Una como rencorosa y dolida impaciencia, mezclada con cierta angustia, comenzó a impregnar ahora cada una de sus acciones hacia mí.
Por de pronto, esa misma tarde hizo poner tela mosquitera a su ventana, con lo cual quedó aislada por una malla de plástico duro, dejando pasar únicamente el aire. Dos días después habían colocado también los vidrios. Hubiese bastado la malla para impedir mi paso, pero ella podía ahora encerrarse casi totalmente con el marco interior: romper los vidrios hubiese causado un ruido escandaloso, además de consistir un acto brutal. Interpreté, naturalmente, que no deseaba recibir más mi visita nocturna.
Pero parecían emanar en ciertos momentos otras inducciones de su parte, como por ejemplo cuando en alguna fiesta que nos tocaba compartir, ella buscaba sentarse exactamente frente a mí, apoyaba sus dos piernas entre las mías, y se ponía a mirarme fijamente a los ojos de un modo absorto y muy audaz. Hasta se atrevió a hacer eso una noche en mi casa, cuando, con motivo de la llegada de otra alemana, Lucía las invitó a cenar. Mi esposa iba y venía de acuerdo a su personalidad inquieta, y Oona había puesto sus piernas sobre las mías, quitándose las sandalias, de tal modo que me obligó a levantarme pues nuestra mesa era escueta y podía mirarse perfectamente lo que sucedía debajo si uno se colocaba a sólo dos metros de distancia. La nueva alemana se llamaba Sabine, tenía 19 años pero aparentaba al menos 25, tal vez por ser muy alta, además de robusta, tetuda, casi gorda. Caminaba de un modo un poco masculino, a grandes trancos, pese a sus rasgos finos. De tez pálida, llevaba muy largos sus cabellos de un marrón rojizo; sus ojos, también marrones, pequeñitos, miraban con expresión miope por tras de anteojitos gruesos, redondos. Ella fue a ocupar la otra habitación de la guardería, con lo cual remató mis posibilidades de entrar ahora allí, pues probablemente me escucharía. Luego de conocerla un poco, comprendí también que haría un gran revuelo si eso llegaba a suceder, pues era sumamente extrovertida, de carácter fuerte, y muy sentimental. En poco tiempo manejaba el idioma ya; a diferencia de Oona, era impulsiva, curiosa, y bastante sucia. Algunas veces me molestó su fuerte olor a transpiración, pese a estar acostumbrado a trabajar con hombres sudorosos a mi lado. La Gorda -como empezamos a llamarla- pronto empezó a meterse en todo lo que se hacía en la Stiftung. Tal vez por las características mencionadas, no duró mucho junto a Oona. En cambio hizo buenas migas y le tomó afecto a Lucía.
Una tarde vimos a Oona y Sabine acarreando el equipaje de la gorda a la casa de los alumnos; tuvieron que desalojar una pequeña habitación para instalar a la mujer. Entonces me enteré -poco después, pasando por allí- que la Gorda tocaba la flauta traversa. Lo hacía con técnica rudimentaria, pero había traído un instrumento excepcional, regalo de su padre. Todas esas razones -su personalidad expansiva, contra la introspectiva de Oona, sus prácticas de flauta, sus olores-, bastaban para explicar que la otra fina alemana se la hubiese quitado de encima. Pero en mi ánimo anhelante de señales favorables esta circunstancia apareció como una apertura, por parte de mi amada, a la posibilidad de encontrarse conmigo otra vez a solas.
Empecé a planear otra vez, entonces, con gran brío imaginativo, mi regreso a la ventana. Ya me había acercado una noche para constatar que era absolutamente imposible entrar sin romper la malla. Eso, pues, era precisamente lo que haría. Pero no debía serlo de un modo violento, sino lo suficientemente silencioso, además de prolijo, para evitar por una parte el ruido durante la operación, e impedir su descubrimiento por los peones u otras personas durante el día. No fue difícil encontrar el instrumento adecuado para la delicada tarea: una hojita de afeitar. No estaba muy seguro de que el grueso plástico cediera ante el filo de la hojita, pero tenía grandes esperanzas. Me estremecí ante la sola idea de que hubiesen echado mano a un poco de tela metálica fina, que aún quedaba en la casa de Kolschröder, la misma usada en sus ventanas. Ello hubiese tornado prácticamente imposible la rotura, salvo apelando a herramientas más voluminosas y potentes. La tacañería de Schmergen me había favorecido, una vez más. La presencia de Sabine, aunque dormía en la casa de al lado, creaba igualmente una nueva dificultad. No me atreví a instalarme en la piecita del preceptor, por miedo a que me oyera salir. Notaba que la Gorda era extraordinariamente aguda y desconfiada, especialmente hacia mí. Me parece que había olfateado -o tal vez Oona le contase algo- de mis inclinaciones hacia su paisana, pues con frecuencia sorprendía expresiones de reprobación en su mirada, cuando descuidaba su diplomacia. También pudo haber sido el eterno condicionamiento kármico: no sabemos por qué ciertas personas nos producen atracción o rechazo. Evidentemente a la Gorda le caía muy bien Lucía, pero muy mal yo. Por mi parte solía hostilizarla: una noche se levantó indignada de la mesa cuando le dije (sólo para posar de desprejuiciado) que el nazismo tenía muchos aspectos positivos. Entre lágrimas, balbuceó que su abuela había sido víctima de un campo de concentración, por lo cual ella no podría tolerar fácilmente ahora mi compañía. De tal modo me enteré de su origen judío. Entonces -aún más que con Holger-, debí cuidarme constantemente de su vigilancia, en mis actos con relación a la otra alemana.
A diferencia de las anteriores, esta vez debería lanzar la incursión desde mi propia casa. He aquí que esa misma noche para la cual había planeado con toda serenidad mi salida, me avisan a eso de las diez que había llegado una artesana, y debíamos darle alojamiento. En la casa de los alumnos ya no había lugar, pues precisamente esa noche se había quedado a dormir un profesor allí; por su parte Katy no toleraba intromisiones en su "castillito". Schmergen me indicó entonces, delante de la mujer, que la llevase a la Guardería, pues estaba disponible la habitación hasta hace poco utilizada por Sabine. No pude oponer algún argumento para evitarlo, debido a lo cual la acompañé hasta lo de Oona. Ella nos atendió primero por una hendija de la puerta, pero enseguida debió dejar pasar a la artesana para que se aposentara. Sin contemplaciones, me echó prácticamente cuando intenté quedarme un poco a conversar con ella, anheloso de mirarla mejor, pues sólo llevaba un leve camisón corto, el mismo de aquella noche del cabito. Un poco humillado pero también enardecido regresé a mi casa.
No pude quitarla de mi cabeza, y decidí que lo mismo iba a llevar adelante mi plan de ir a su habitación esa noche. A eso de la una, entonces, me dispuse a hacerlo. Igual que la última vez, me puse ropa liviana y alpargatas. Como dormía solo, no hubo problemas para levantarme sin que Lucía se diese cuenta. El primer peligro se presentaría, sin embargo, cuando tuviera que abrir la pesada puerta. Ni pensar en salir por la de metal que daba al patio, pues iba a hacer más ruido -suponía. La puerta del otro costado, aparte de estar más alejada de las habitaciones, era de pesada madera y sus goznes estaban perfectamente aceitados. Me arriesgué y la abrí de un tirón. No hizo ruido; tampoco cuando la cerré. Facundo, nuestro perro fiel, dormía bajo del farol cuando pasé; me miró inquisitivamente, pero tampoco me delató. Para eludir tanto la senda ancha como la Casa de los Alumnos, en una de cuyas habitaciones, con ventana hacia mi casa, se alojaba Sabine, fui bordeando la acequia hasta una huerta que se cultivaba sobre un terraplén, al lado del molino de riego y su gigantesco tanque de almacenamiento. Ello me obligó a emprender un largo rodeo, pasando por entre medio de cerrados matorrales, que crecían a los lados de la acequia fertilizados por su humedad. Con algún riesgo crucé un puentecito de troncos, y me introduje escalando la cerca de alambre grueso en la huerta. Debí caminar cuidadosamente para no pisar los surcos donde crecían plantitas de tomates, cebollas, remolachas, acelga. Esta vez había luna llena. Debí extremar mis cuidados también y esforzarme para sortear la valla que daba hacia el patio, bajar enseguida el terraplén empinado, subiendo luego otra vez -pues la Guardería estaba edificada también sobre una explanada-, todo esto sin lastimarme o romperme las ropas con alguno de los numerosos alambres de púa o matas espinosas que por allí había. Se entenderá entonces que el sólo llegar a la ventana de Oona sin problemas se presentara como un éxito esta vez para mí.
Una vez allí, repetí los pasos: volví a montar la plataforma de ladrillos (retirada por mí mismo la vez anterior, para no dejar huellas sospechosas), parándome sobre ella para tomar impulso; luego, ascendí con mis brazos hasta la ventana. En un solo movimiento me instalé otra vez con todo mi cuerpo sobre su alféizar. Ahora la luna me ayudaba. Saqué la hojita de afeitar, que llevaba con su papel en el bolsillo de mi remera. La apliqué en el último borde de la malla plástica, justamente allí donde se unía con el marco, aproximadamente a unos treinta centímetros de altura sobre el ángulo inferior izquierdo. Hice presión y tuve éxito: la hojita penetró, aunque con un poco de esfuerzo, el grueso material. Entonces traté de llevarla con fuerza hacia abajo, para rasgar hasta el final la malla, pero ofreció resistencia. La hoja no cortaba con facilidad el duro borde. Por las dudas había llevado dos hojitas, pero no debía romperlas, pues si ello sucedía el intento quedaría malogrado. Con fuerza, entonces, pero controlándola, comencé a serruchar pacientemente, desde el agujerito que lograra abrir. Ello me demoró bastante, además de provocar un áspero chirrido, claramente audible en el sereno silencio de la noche. Con toda frialdad resolví arriesgarme pues valía la pena. Una vez que llegué al final del ángulo, seguí con el corte hacia la derecha, para obtener una abertura suficiente. A todo esto cualquier persona sensible que durmiese cerca debería haberse despertado, por lo cual yo suponía que tanto Oona como la artesana estaban escuchando mi labor. Como nadie protestó, continué. Al ver que había abierto un triángulo bastante grande en la malla plástica, guardé las hojitas y metí la mano, para empujar la ventana. Pese a sus vidrios, estaba abierta, por lo cual no se constituiría en obstáculo. La empujé. Luego de ello, metí ambos pies por la abertura, lanzándome hacia dentro con todo el peso de mi cuerpo, lo cual provocó una rajadura mayor en la malla, al pasar mis hombros, con gran ruido. Una vez adentro, tomé aliento.
Repetí lo que había aprendido la primera vez. Desnudo, pues, me introduje bajo la sábana de mi alemana, que hasta el momento no había dicho nada. Ella habló:
-¡Está la mujer allí!- susurró, escandalizada.
-Ya lo sé. Por eso, no hablemos -dije, y comencé a besarla, poniéndome encima. No tuvo tiempo o no quiso darse vuelta esta vez, así que pronto comencé a tratar de quitarle el camisón. Se resistía mucho, pero lograba subírselo hasta los pechos con una mano, mientras con la otra trataba de bajar su bombacha. Ella no podía impedir ambas acciones, por lo cual dejaba de forcejear arriba, bajando los brazos para impedir quedar desnuda cuando yo lograba correr un poco el slip. Notando esto, se me ocurrió un lance que puse en práctica de inmediato: con un fuerte tirón, subí su camisola hasta casi quitarla, pero sólo quería enredar su cabeza y sus brazos, cosa que logré. Como envuelta en un chaleco de fuerza, ella quedó inmovilizada por un momento; entonces, volviendo velozmente a la cintura, bajé su bombacha hasta alcanzar sus rodillas y luego con los pies la quité rápidamente. Mientras ella seguía forcejeando arriba, volví a tirar con mucha fuerza hacia arriba el camisón... ¡y logré sacarlo! Entonces ella quedó completamente desnuda, por primera vez, debajo de mí. Con la bombacha enredada en uno de sus pies y el camisón en el brazo izquierdo, se resistía murmurando constantemente protestas en alemán. Pensé en la artesana: era del grupo de hipermoralistas de Lugarini, debía estar escandalizada. Más precisamente, era la esposa del puritano que nos visitara la vez anterior, el rizado judío. Aventé su presencia de mi mente y continué con mi afán. Oona se resistía completamente: cerraba la boca cuando la besaba, cerraba las piernas cuando trataba de introducirme entre ellas, pero sus pechos indescriptibles se frotaban como pelotas de fuego contra mí, sus brazos aún tratando de rechazarme no me provocaban molestias sino agradables fricciones que me excitaban más y más. * Entonces sentí fugarse a las cabras y decidí abandonarme. Fue una liberación enorme. Por espacio de varios segundos mi majada, cual lava tardía, estuvo derramándose entre sus piernas. Luego quedé quieto, apoyando mi cabeza en su hombro; esta vez, ella lo consintió.
Luego nos quedamos un rato inmóviles. Los largos dedos de su mano derecha estaban sobre mi frente, enredándose con mis cabellos mojados, mientras su mano izquierda había quedado apoyada en mi espalda, cerca del coxis. Parecía insegura de mantener esta posición durante mucho tiempo, pero esta vez no me echó. Sólo estuvo en silencio, tolerando sin moverse mi cuerpo encima de ella, proporcionándome en esos momentos una paz exquisita. Sentía casi como si me hablara con el pensamiento: sus dudas, su preocupación, y a la vez su cariño, su ternura, se me transmitían como a través de un código telegráfico. Casi me dormí. Cuando noté esto, decidí levantarme. Ella me alcanzó una toalla para que limpiara mi cuerpo; después de hacerlo, me vestí, para volver a salir por el agujero que con tanto empeño había practicado.
* Jamás había conocido unos pechos de mujer tan perfectos y sólidos. Entendí la metáfora del Cantar de los Cantares, que compara aquellos pechos de la sulamita a "una pareja de cervatillos", a "un racimo de uvas", a "torres de marfil"... no hallé una comparación para los pechos redondos, elásticos, vibrantes de Oona. Como si hubiesen sido creados a la medida exacta de mi mano, para llenar con su tersura los cuencos que estas formaban. Cuando pude verlos completos (más adelante), quedé extasiado. De pezones pequeñísimos, rosados, constituían dos esferas perfectas, que se sostenían erectos, fundados en su propia consistencia, como flotando en el aire hacia adelante. Solía tomarlos entre mis manos apenas nos encontrábamos, si estábamos solos; ella se brindaba, con apacible generosidad, consciente del valor sublime de esta caricia muy íntima, que nos proporcionábamos.
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Capítulo 11
Invierno
Durante el invierno Oona cerraba su ventana desde adentro. Esto, uniéndose a las dudas acrecentadas de ambos, suspendería los acercamientos físicos entre nosotros por casi todo aquel periodo. Salimos una vez, con Sabine, para concurrir a cierta fiesta de casamiento, y en otra oportunidad habíamos alternado un poco durante otra fiesta, en la Casa de los Alumnos. Pero nuestro cariño, que se presentara tan tumultuoso y arrebatador en los primeros tiempos, había sufrido esa especie de desleimiento, como al influjo de la estación. Los regalos de Pascua, primorosamente preparados por sus hermosos dedos en nuestra ausencia, y sorprendiéndonos con cartelitos pegados en las puertas y ventanas de nuestra casa, donde ella había depositado cada paquetito, para las chiquitas en primer lugar, pero también para Lucía y para mí, acompañados de ciertas suaves amabilidades, fueron las últimas brisas cálidas que se cruzarían entre Oona y yo, en varias semanas -que resultaron larguísimas ante mi percepción.
Se casaba la hija de Médici, un cordobés aventurero que había venido a instalarse en Rodeo, con un pequeño negocio, luego de yirar por el norte durante muchos años. Entre varios oficios practicaba el de artesano en cuero, y su esposa -una mujer de cabello negrísimo y ojos verdes- tenía talante de gorgona, seria y siniestra. Médici tenía veleidades de poeta, desde hacía tiempo venía anunciándome su interés para que leyera un cuaderno con sus composiciones, aunque hasta el presente yo hubiera logrado escabullirme sigilosamente. Debido a ello -y en algo por mi puesto en la Fundación- me incluyó en la lista de los invitados. Lucía dijo que no quería ir, lo cual fue para mí una liberación. Hacía bastante frío esa tarde, debido a lo cual trajiné un rato juntando yesca en el campo y luego atizando el fuego de nuestro calefón. En cierto momento me acerqué a la casa de los alumnos, pues sabía que Oona y Sabine se estaban preparando allí, también, para la fiesta. Supongo que Oona quería aprovechar el calefón y no verse precisada de encender el de la guardería, además de ciertas acciones como probarse ropas, algunos ornamentos, o cosas así que habitualmente practican las mujeres, cuando van a salir. Lo cierto es que cuando entré a la gran sala parece que Oona salía de bañarse, lo cual me hizo dar un vuelco en el corazón, pues hubiese anhelado verla así, con el pelo mojado, envuelta sólo en la toalla, quizás. Con ese ánimo me acerqué, de un salto, hacia el pasillo que daba al baño. Pero quién sabe por qué maléfico instinto Sabine acertó a salir prestamente, y con una voz alemana, que sonó a mis oídos como un escupitajo, previno a Oona de mi presencia, poniéndose al mismo tiempo en el medio. Razón por la cual sólo pude ver, como una exhalación, su figura blanca deslizándose hacia la pieza; la actitud de la alemana gorda fue tan policial, interpelándome con impertinencia, e impidiendo categóricamente mi ingreso hacia donde estaba Oona, que logró ponerme de muy mal humor. Y me fui, mascullando puteadas en contra de ella.*
Regresando a casa, me afeité y bañé, escrupulosamente, gozando del agua calentita. Luego me vestí con esmero, me perfumé, comprobé lo mejor que pude mi elegancia en los espejos disponibles y, luego de calzarme un sobretodo negro, que me cubría hasta las pantorrillas, fui en busca de las alemanas. Causamos impresión al entrar en la sala: Oona llevaba un vestido oscuro, largo, sin alardes, dentro de su habitual sobriedad; pero su cuerpo era naturalmente elegante y solía absorber, en los lugares públicos, una corriente de miradas. La gorda no tenía tal virtud, pero por el solo hecho de ser alemana también suscitaba algún interés, más bien curioso. Contra mis espectativas, no fue una noche agradable. Todo se limitó a un comer y beber incesante, en un ámbito pretencioso pero muy cursi, hasta que sin haber sentido ninguno de las tres motivación alguna que nos incentivara, decidimos regresar al campo, como a las tres de la madrugada. Por lo demás Oona estaba particularmente gélida hacia mi, cosa que se prolongó durante todo el camino -como un kilómetro y medio- durante el cual yo iba solo prácticamente, pues ambas parloteaban todo el tiempo en alemán, sin tenerme en cuenta. Practicaba una actitud particularmente despectiva, que consistía sencillamente en no dirigirme la palabra, y cuando yo la hablaba, escuchaba, sí, pero con una cortesía indiferente, no desprovista de cierta impaciencia. Molesto por tal tratamiento, repentinamente les pedí que me esperasen un momento, pues tenía ganas de orinar. Cuando se detuvieron, saqué el pene y me puse a hacerlo allí mismo, mientras ellas seguían parloteando en alemán. El frío levantaba una tenue humareda, que reflejaba los rápidos faroles de los autos pasando cada tanto, levantándose desde el césped, donde iba a caer la orina caliente: esto me dió un poco de ánimo para seguir caminando hasta la Fundación. Al llegar, muy frustrado, me acosté, maldiciendo mi suerte, pues sabía además que mañana me dolería la cabeza por todo el vino tinto que había tomado.
Media hora después de haber caído en un sopor denso, me desperté sobresaltado, sin causa aparente. Incorporándome por impulso, salí a la oscuridad fría, y como por rutina, crucé los secos pastizales, la acequia vacía, la huerta, para volver a intentar la apertura de su ventana otra vez. Pero no hubo caso. Estaba herméticamente cerrada.
* ¿Por qué surge siempre al lado de las personas bellas alguna especie de cancerbero? Como por un ensalmo diabólico, su más cercana amiga (o amigo) actúa respecto de quien puede concitar su interés sentimental con celo castrador, poniendo obstáculos y controlando cualquier acercamiento, guiado por ese instinto que los hace adivinar las situaciones más propicias para la armonía de quienes están comenzando a reconocerse con atracción, e interponerse. Esta acción -calcada, una y otra vez en circunstancias semejantes, que tanto pueden suceder si es mujer u hombre la "pieza" codiciada- suele estar teñida también de ese amargo matiz, cuya denotación se origina en la triste calidad de no ser dueño del bien que se pretende custodiar, pero sí capaz de impedir su apropiación por otro. Tal estado de cosas suele terminar, generalmente, cuando el propio custodiado rompe el cerco, expresando su voluntad de establecer el vínculo y alejando con ello al represor. Así ocurriría, también, por suerte, aquí; pero un poco más adelante.
El 5 de agosto, Día del Niño, sería para nosotros también el de un nuevo acercamiento.
Desde principios del invierno vivía en Rodeo otro joven alemán, Dieter, muy agraciado, quien como Sabine, se había hecho amigo de mi esposa Lucía. Sabine le había regalado un libro a Lucía, y Dieter -un muchacho alto, de oscuros ojos azules, cabellos marrones, finos rasgos- un cassette con música de los Doors. Su acercamiento a Lucía me provocaba un poco de celos*; me decía sin embargo que estaba recibiendo mi merecido, en sentido simétrico a mis enredos con Oona. Estos tres alemanes prepararon un festejo muy lindo para los niños. Por nuestra parte, nos tocó participar sólo como público, disfrutando con numerosos niños humildes y con nuestras hijas de la actuación, el reparto de globos, juguetes, golosinas, el chocolate con masitas servido al final. Oona se había pintado extraños dibujos en la cara, lo cual le daba un aspecto enigmático, Dieter y Sabine se habían disfrazado de payasos.
Esa noche volvimos a reunirnos después de mucho tiempo. Casi todo el invierno yo lo había pasado algo distante. Además de mis dudas respecto de Oona, se habían agudizado las contradicciones con Peter Schmergen, de un modo brutal. El líder de la Stiftung ya no quería saber nada conmigo, su objetivo actual era expulsarnos. Por mi parte, había hecho una alianza a desgano con el partido en el gobierno, trabajando en la campaña electoral para ellos. Mi propósito era lograr la intervención y ser designado al frente de ella, para evitar que Schmergen se saliese con la suya. Como la Stiftung tenía Personería Jurídica, lo cual la ligaba a los organismos de contralor estatal, podía ser intervenida gubernamentalmente por irregularidades. Mi tío Jaime, por entonces funcionario de primer nivel en el gobierno provincial, había sido quien me alentara a seguir ese camino. Boccioni, un hombre de armas llevar, de ideología fascista, era el conductor local del Justicialismo; en él me apoyaría localmente para esta circunstancia. Todas estas componendas, mezcladas con los confusos e irrefrenables sentimientos que me impulsaban hacia Oona, provocaban en mi interior un desasosiego constante, convirtiéndome en un ser extremadamente agitado, con frecuencia violento, sin duda de temer en algunos casos para quienes me frecuentaban.
Por añadidura había comenzado a escribir en el mes de marzo una novela autobiográfica, referida al único amor que me arrebatara a los 21 años, y cuya protagonista muriera por un aborto. Ese había sido uno de los periodos más intensos de mi vida: coincidente con los movimientos hippies y revolucionarios en todo el mundo, el comienzo de nuestra militancia en un movimiento guerrillero, el ingreso al mundo grande del periodismo al comenzar a desempeñarme como corresponsal de dos revistas revolucionarias de Córdoba y Buenos Aires. Si se tiene en cuenta que en 1973 lo mejor de la intelectualidad argentina se había volcado a posiciones de izquierda, se comprenderá que trabajar en estos medios era ingresar de lleno en la médula de una elite, por entonces contando, además, con un inmenso apoyo popular. La novela sobre esos tiempos era un libro que me debía desde el momento mismo de iniciarme como escritor, pero, pese a los años transcurridos, quién sabe si era el momento más oportuno para escribirla. Me revolvía heridas sangrantes, como la muerte de Laura y nuestra progenie, cuya culpa dolorosa no me ha dejado en paz hasta el día de hoy, las primeras muertes de seres tan cercanos -mi tío Manuel, mis compañeros-, de tal modo que además de vivir en presente una situación inflamable, la recreación imaginaria de aquellos tiempos de fuego, agregaba altas dosis de combustible psíquico a mi carácter de entonces. Me había propuesto terminar de escribir esa novela en septiembre. Habiéndola comenzado en Abril, me obligaba a escribir al menos cuatro páginas por día, lo cual resultó al concluir el trabajo en un libro cercano a las quinientas páginas. Durante ese invierno, pues, trabajaba todo lo que podía en los textos (como descanso escribía cuentos cortos); gran parte del resto del tiempo lo pasaba con la mente llena de imágenes e ideas, muy lejanas a mi trabajo formal (esto es, ocuparme de las actividades educacionales de la Stiftung). Por cierto había abandonado casi por completo estas tareas, para lo cual me dotaban de un presupuesto, agitando aún más el conflicto que nos separaba, ya irremediablemente, con Schmergen y gran parte de la Comisión Directiva, que le era fiel. Me había convertido en un segundo polo para las relaciones internas de fuerza; debido a ello los antiguos enemigos de Schmergen intentaban acercamientos laterales, mientras los más timoratos evitaban frecuentarme demasiado, públicamente. Esto último favorecía mi avidez por cierta soledad, con el anhelo de concentrarme en planes más importantes, pero al mismo tiempo alentaba cierta paranoia, cierta actitud vigilante, hacia los movimientos de influencias, internas o externas, sobre la Stiftung, cuestión que afilaba los aspectos más mezquinos de mi personalidad.
Las únicas privilegiadas en esta historia eran nuestras chiquitas. En hacerlas felices coincidíamos todos, desde nuestros amigos hasta los empleados de la Stiftung. Así, recibían regalos a cada tanto -humildes, pero importantes para su personalidad de niñas, pues un chocolatín o galletitas suelen ser, en su valoración, infinitamente más valiosos que un objeto de oro, al cual no sabrían dar ninguna utilidad. Oona las remontaba en brazos cada día, a veces traía de ese modo a Julita, cuando durante su permanencia en la guardería notaba sus pañales mojados y debíamos cambiarla. En casa teníamos empleada, para cocinar y preparar las comidas doña Petra. Era la esposa de Alejo Garzón, un obrero que se me manifestaba como absolutamente leal. Ella se ocupaba también de cambiarles los pañales a las niñas, cuando Lucía no estaba. Sus hijas -algo mayores que las nuestras- las llevaban a jugar durante gran parte del día, convirtiendo de tal modo en una tarea familiar su atención constante. Se habían acostumbrado tanto nuestras hijas a esta familia, que en toda ocasión enfilaban naturalmente hacia su hábitat, un rancho confortable, ubicado casi exactamente al frente de nuestra casa, con un espacio como de quinientos metros entre ambas viviendas, llanura que las chiquitas atravesaban sin peligro, pues no había tránsito de automóviles u otros vehículos por ahí. Apenas levantarse, Julita, de dos años, se dirigía con paso decidido a nuestra empleada, para decirle: "Doña Petra... reparame la leche..." En su armoniosa mentecita de niña consideraba este acto como una condición natural de la existencia. Sol, por su parte, iba ya a Primer Jardín. Temprano la llevaba, caminando, en mi hermosa bicicleta alemana o en la Chevrolet, si estaba disponible. Sol era la que ostentaba el carácter más fuerte, consolidado ya que había asumido desde muy temprano el rol de hermana mayor. Su maestra nos contaría divertida que defendía a sus compañeritas: cuando un chico golpeaba a alguna niña, ello lo tomaba rápidamente de la muñeca, y torciéndole el brazo contra la espalda, lo colocaba contra la pared, dominándolo. ¿De dónde habría adquirido el conocimiento de esa llave aplicada por los judocas? Demasiado rápidamente creímos que lo había visto en alguna serie de televisión. Ahora me parece prudente no desechar la hipótesis de que, dado que nosotros vivimos tanto y tan intensamente la represión policial, algunas de las imágenes grabadas en nuestro subconsciente por el período de la cárcel, pudiera haber pasado al suyo a través de los genes.** Angelita, la más tranquila de las tres, iba con Julia a la Guardería. Como se había hecho un convenio con la municipalidad, obtendríamos un certificado, que nos serviría, al trasladarnos a la ciudad, para inscribirla directamente en Segundo Jardín, dando por válido el periodo de aprendizaje cumplido allí. Angelita jugaba, pues, todos los días, desde las ocho de la mañana hasta la una, bajo el cuidado de Oona y sus ayudantes, que se habían multiplicado al presente, pues ahora había dos, además de la colaboración de Sabine, Dieter, y cuatro o cinco madres pobres, que habían encontrado en esta colaboración un medio para comer abundantemente a la hora del almuerzo, incluyendo sus hijos.
Los habitantes de esa barriada compuesta por mortificados trabajadores rurales enviaban sus niños a la guardería, mientras ellos pasaban la jornada entera a veces a muchos kilómetros de distancia, hasta donde eran acarreados en condiciones frecuentemente peores que las de las vacas transportadas al matadero. Ellos miraban desde afuera a la Stiftung como si fuese un mundo encantado, con seres bellos, fuertes, aseados, que se manejaban en vehículos veloces, viajando a Europa u obteniendo recursos casi inaccesibles ante su percepción, con apenas mayor esfuerzo aparente que un chasquear los dedos. La rubia maestra jardinera alemana fue elegida como madrina por una de esas familias, a poco de su llegada, debido a la bondad humilde con la que se mezclaba sin pretensiones con todos los pobres. Luego supe que esta actitud era alentada por un propósito de emulación hacia Albert Schweitzer, cuya voluminosa biografía llevaba siempre consigo.
* Entendiendo a estos como el ya mencionado instinto de propiedad, que palpitaba aún de un modo visceral en mis ánimos, exacerbados además por la irritante duplicidad en que debía desarrollar mi vida, hasta el punto que luego se resolvería en situaciones tan violentas que llegarían a provocar daños en mi esposa y mayores congojas de culpabilidad en mí, como se verá.
** Teilhard de Chardin afirmó, luego de numerosas constataciones, que no sólo rasgos físicos pueden transmitirse genéticamente, sino también aquellos adquiridos por la inteligencia o la imaginación humana. Ello explicaría en parte, también, la enorme diferencia entre las personalidades y características de nuestra primera hija, nacida en un periodo aún bastante inmaduro de nuestra existencia, con las otras tres, producto de una etapa a la cual arribábamos con el inmenso bagaje adquirido al atravesar lo que fuera a la vez infierno y alta universidad, durante siete años, en las cárceles de la dictadura militar argentina.
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13/07/05
Capítulo 16
Solos bajo la lluvia
No describiré la angustiante sucesión de situaciones parecidas entre Oona y yo que surgieron durante aquellos días, devenidos tórridos, pues el estío se había lanzado ya sobre Santiago, como cada año, con poderío volcánico. Ella viajó a Catamarca, lo cual me costó mucho esfuerzo de argumentación, pues quería desviarla de Tucumán, con el propósito de que no se encontrara con su amigo, el estudiante de Ciencias Económicas, otro de mis rivales. La acompañé a tomar el colectivo aquél día. Vano esfuerzo.* Cuando regresó, me dijo que Catamarca le resultó un poco aburrida, debido a lo cual había tomado otro colectivo enseguida para Tucumán. Le pregunté dónde se había alojado, ella respondió que sólo había dormido una noche en casa de su amigo. Bajo de la galería de mi casa, la noche de su cumpleaños, quise saber entonces, de un modo infantilmente insidioso, si había llevado pijama. Dijo que no. ¿Cómo dormiste, entonces, al lado de un hombre? Con su mejor cara de ingenua Oona contestó naturalmente: "en bombacha... mi bombacha es ancha, y (fulano, no recuerdo su nombre) es un joven educado... el no molesta a sus huéspedes". Sentí morderme por dentro tantos celos que por no agredirla en el día de su cumpleaños fingí acordarme de repente que debía buscar alguna bebida en el centro, y partí rápidamente tomando mi bicicleta. En efecto compré un par de cajones de cerveza, y estaba saliendo con ellos sin saber cómo haría para cargarlos sin que se me cayeran hasta la Stiftung, cuando apareció ella, en otra bicicleta. Me había seguido. Quería mostrarme que estaba arrepentida de haberme acicateado perversamente con la historia de su supuesta pernoctación junto a su amigo en bombacha. "No debes hacerte muchos problemas por las cosas", me decía. Nunca supe si intentaba apaciguarme o se burlaba. De tal modo sucedían nuestros encuentros, cada día: agresiones encubiertas, chicanas, y después intenciones de obtener disculpas, que tampoco eran demasiado abiertas, pues todo en nuestra relación se manejaba en ese nivel de mediostonos, sobreentendidos, alusiones, a esta altura de los sucesos exasperante.
* Al viajar, me dejó las llaves de su casa, y de su pieza. No pude resistir la tentación de entrar cuando ella no estaba... mas al mismo tiempo temía que alguien me sorprendiera allí, con lo cual pasaría vergüenza. Anduve un par de días sin atreverme, hasta que, durante una siesta, lo hice. Pocas veces había entrado en su habitación de día. Era fresca y estaba muy limpia. Las cortinas teñían el sol filtrado por las rendijas de las ventanas de madera, generando una umbrosidad suavemente rojiza. Se veía poco, así que encendí la luz. Acaricié su cama, el lugar donde tantas noches nos encontráramos sin calmar mis ansias. Ahora estaba impecablemente tendida, con un cubrecama de color dorado. Rápidamente fui a revisar su valija... ropa, una buena cantidad de pantalones... entre ellas, numerosas bombachas, cuidadosamente dobladas y limpias... algunas eran muy pequeñas... ¡pero no las usaba! Siempre la había encontrado llevando otras más anchas. Apoyé una de ellas, pequeñita, negra, de encaje, contra mi rostro, por algunos segundos; me la imaginé sólo con ella puesta... y otra vez tuve temor de que me descubrieran allí... por entonces Lucía sospechaba abiertamente, debido a lo cual no me perdía pisada. Entre las remeras, pulóveres, camisas, encontré un pequeño monedero. Lo abrí: unos pocos dólares. Cerrándolo nuevamente lo dejé en su lugar. Al lado, había un cuaderno. Era un diario... ávidamente, traté de leerlo... ¡pero estaba completamente en Alemán! Hojeando rápidamente me detuve en una página pues encontré la palabra "Andrés"... ¡Me mencionaba! Miré la fecha: noviembre de 1988. ¡A los pocos días de haber llegado había escrito ya mi nombre en su diario personal!... Tal vez fuera una simple semblanza de las personas con quienes se encontró en la Fundación. Seguí hojeando. ¡Otra vez mi nombre! Noté que en todo lo escrito hasta el final -apenas pocos días atrás- mi nombre aparecía una y otra vez. No debía ser sólo una mención rutinaria. Pero cuando regresó no me atreví a preguntárselo, pues hubiese debido confesar que había estado revolviendo esas cosas personales durante su ausencia.
En tanto, yo había alquilado un departamento ya, en Santiago. Como el contrato fijaba obligaciones desde el quince, tendríamos que ocuparlo pronto. Obsesionado por la pasión desordenada se me ocurrió pasar una noche allí con Oona, antes de nuestro traslado. Fijé una cita: las seis de la tarde, en la plaza Libertad, frente al Cabildo. Lloviznaba. Oona apareció de repente desde mi izquierda, saliendo de un bar. Estaba con Franz, un alemán un poco mojigato, el último que había llegado a la Stiftung y aún entendía poquísimo el castellano. Franz debía viajar a Misiones esa noche, para conocer las Cataratas. Ella lo acompañaba en la espera. Luego de buscarlo, fuimos raudos, atravesando la concurrida vereda de los bares frente a la plaza, hasta Los Cabezones. Ella quería volver allí y mostrárselo a Franz, le agradaba el lugar. Estando allí se pusieron a conversar en alemán. Esto me fastidió soberanamente, y empecé a mostrarme muy de mal humor. En ocasiones lancé un par de palabras groseras, dirigiéndome a Oona. Franz parecía no notar nada, es más, parecía estar muy feliz con la muchacha, a quien me di cuenta admiraba. Lo desprecié como rival, considerándolo un pobre tipo, pero la insistencia de Oona por conversar en alemán me sulfuró cada vez más. Pregunté en castellano a qué hora salía el colectivo. "A las doce de la noche", dijo Oona. "¿Y vamos a estar con este individuo hasta las doce de la noche?", me escandalicé. ¡Eran apenas las ocho! "Es que él está solo... apenas conoce el castellano... ¿podemos acompañarlo?", rogó ella, con actitud de enfermera. "Yo no sé si vos sos estúpida o te haces... -espeté con grosera brutalidad- pero mejor decile a este plomo que se vaya ya, inventá cualquier excusa... si no te puedes ir a la mierda, pues el que se va a retirar de aquí si continúa esta payasada voy a ser yo". Me entendió perfectamente, pues con el mismo talante sobresaltado que mostrara esa noche en la Casa de los Alumnos, luego de que yo la tomara de los pelos, comenzó a hablar mucho y con tono agitado en alemán, dirigiéndose a Franz. Este -un hombre como de treinta años, delgado, muy rubio, con el pelo cortado al rape, de rasgos frágiles y bonachón-, pareció aceptar todo enseguida, y levantando su pesada mochila, la cargó trabajosamente sobre sus espaldas y se despidió. Apenas se fue terminó nuestra conversación, pues yo estaba tan enfadado que no podía hablar. Estuvimos allí un rato muy largo, sin decir nada. Noté que el rostro de Oona se había puesto muy colorado, por la tensión. Finalmente no pudo resistir tanto tiempo en silencio y me dijo:
-¿Y bien? ¿Qué hacemos ahora?
-Ahora pagá lo que hemos tomado, porque yo no tengo plata. Y nos iremos a otra parte.
Amoscada pero obediente, se levantó y fue a pagar en la caja. Había comprendido que yo estaba furioso, parecía dispuesta a no contrariarme en nada. Yo salí en tanto a la puerta, donde me alcanzó. Empecé a caminar sin esperarla y ella casi corriendo para seguirme el paso, a mi lado. Por esos tiempos habían abierto un fogón donde se hacían peñas folklóricas y presentaciones culturales en una inmensa casa, cerca de allí. Lloviznaba constantemente; llegando al lugar percibí de refilón que estaban exponiendo cuadros del grupo La Urpila. Sin decirle nada entré; ella debió esforzarse para seguirme, pues pasaba ya y mi acción le resultó inesperada. Junto al ancho patio, bajo una galería, algunos de los pintores -pelilargos, barbas- ocupaban dos mesas junto a sus amigos y algunas mujeres. Eran los únicos concurrentes. Los saludé brevemente sin presentar a Oona, que se había quedado parada tras de mí mientras yo intercambiaba los diálogos de circunstancia.
-Voy a ver la exposición -dije, de repente, dirigiéndome a Rafa Touriño.
-Sí pasá -contestó él.
Me dirigí entonces a los salones, y Oona por detrás. Los grandes cuadros hallaban espacio adecuado en aquellos altos salones. Su presencia morigeró un poco mi enojo, pero no lo suficiente como para ser cordial con Oona. Seguí ignorándola. Pasaba de un cuadro a otro, luego de haberlo contemplado, sin anunciar en qué momento podía hacerlo; ella, que fracasaba en adivinar cuánto tiempo estaría cada vez, pues tanto podía quedarme apenas unos segundos como demorarme diez minutos, de acuerdo a cómo me impresionara esa tela, quedaba con frecuencia rezagada o por el contrario se apresuraba a trasladarse a otro cuadro quedando igualmente sola. En esos casos me miraba desde allí, como un animal doméstico desconcertado ante una lluvia de latigazos sin explicación. Finalmente me volví por donde había entrado para salir, dejándola otra vez atrás, pues en ese momento precisamente se me había adelantado por la exposición en sentido contrario. Sólo me detuve al llegar a la parada del colectivo que debía llevarnos al Autonomía.
A diferencia del 19, el vehículo que nos llevaría al departamento que había alquilado era grande, poderoso y reluciente. Venía casi lleno, por lo cual no pudimos sentarnos enseguida. Cuando se desocupó un asiento adelante, se lo indiqué con una seña del mentón. En tren de obedecer todo, ella se sentó. Enseguida se desocupó un espacio en el último asiento, así que fui hacia allí para ocuparlo. Separados por el largo pasillo, quedamos entonces uno en cada extremo del interior del colectivo. Desde su sitio, individual, la joven alemana echaba sobre mí de vez en cuando miradas temerosas, esperando también indicaciones. Cuando se desocupó otro espacio a mi lado y ella me miró, la llamé levantando el dedo índice y moviéndolo hacia mí. Pero ella contestó a su vez moviendo lentamente, de un lado a otro, la cabeza, mientras me miraba con miedo en sus ojos celestes que ahora parecían mojados. Noté que su pelo estaba muy húmedo, constelado de gotas.
Por fin llegamos. Casi corriendo, subí las escaleras del departamento, abrí la puerta, y le dije:
-Pasá.
Había una sola lamparita en una habitación interior, así que la encendí. Ella me siguió hasta allí también, entonces, condescendiendo por primera vez le dije:
-Este es el departamento que alquilé.
-¡Es muy lindo! -dijo- ¡Van a estar muy bien aquí! ¡Es grande y es lindo el lugar!... -siguió hablando, como para desahogarse, mientras abría una de las ventanas.
Pronto habíamos visto las habitaciones, el baño, la cocina, dentro de lo que se podía en la semioscuridad, y no tuvimos ya otra cosa para hacer. Entonces fui a sentarme junto a la estufa, y ella se quedó parada a mi lado, tratando de buscar temas de conversación para disolver el oscuro enfado que nos sobrevolara casi desde el inicio de esa tarde.
Estúpidamente yo busqué hablar de su amistad con el estudiante de Ciencias Económicas, intentando obtener más detalles de aquellas horas en su departamento de Tucumán. Algo dicho por ella me sulfuró explosivamente, algo tan nimio que ni siquiera recuerdo ahora su contenido, a tal punto que empecé a insultarla.
Desbarrancado ya por la escarpada ladera de mi furia, no ahorré groserías, le dije que tenía alma de puta, y con un gesto cruel tomé bruscamente entre mis dedos uno de sus pechos, apretándolo brutalmente, mientras le decía:
-¡Esto es lo único que sabes utilizar vos, no tu cerebro, ¿eh?! ¡¿Te das cuenta, entonces, que no sos un carajo la mina refinada que pretendes, sino solamente una puta reprimida, una vulgar puta alemana reprimida?!
Sus ojos se inundaron de lágrimas. No pudo resistir más. Lanzando un sollozo se precipitó a la puerta y sin darme tiempo siquiera a levantarme salió para bajar corriendo las escaleras. Logré alcanzarla abajo, luego de que al parecer preguntara a unos adolescentes que estaban allí cerca sobre la parada del colectivo. Tomándola de la muñeca, intenté obligarla a subir nuevamente. Ella se negó decididamente esta vez, aunque no dejaba de llorar. Sus lágrimas iban a mezclarse con la lluvia, cosa que egoísticamente me hizo pensar que los chicos no habrían notado que estaba llorando cuando se les acercó. Mi especulación paralela apuntaba a no provocar ningún escándalo en el lugar que pronto sería residencia habitual para nosotros. Esos jóvenes iban a ser probablemente nuestros vecinos. Precisamente para no despertar sus sospechas, pues nos miraban con curiosidad desde cierta distancia, la solté, dejándola ir. En ese mismo momento comenzó a llover con extraordinaria intensidad.
Regresé al departamento, sentándome en el mismo lugar de antes. Me mortifiqué un rato preguntándome qué hacer, y enseguida, junto con la recuperación de cierta sensatez, sobrevino el arrepentimiento. Entonces decidí salir a buscarla. ¡Pero había pasado ya cerca de media hora desde que se fuera! ¿Adónde la iba a hallar?...
Ni siquiera sabía adónde paraban los colectivos, este era un barrio aún desconocido para mí. Debido a ello di dos o tres vueltas por los alrededores, en medio de una lluvia que había amainado pero no daba señas de parar. Finalmente tomé uno vacío, y ansioso por desahogar un poco aunque fuese la pena que ahora sentía, conversé durante la duración del viaje con el chofer, un desconocido. Una vez en el centro me puse a recorrer algunos bares, esperando encontrarla. Seguía lloviendo. En uno de ellos me encontré con Marcelo, un antiguo amigo, arquitecto, que ahora frecuentaba una fauna de teatreros entre cuyas filas podía hallarse abundantes lesbianas y homosexuales. Sus rostros me recordaron a los del conjunto Kiss; aunque no los llevaban pintados, la palidez, las ojeras, los cortes punk irradiaban un aura fantasmal que me pareció adecuada a la patética situación vivida por mí esa noche.
Mientras tanto, luego de vagar un poco bajo la lluvia, Oona había ido a recalar al Viejo Bar, un tugurio donde por entonces solían presentarse algunos ejecutantes de jazz. El dueño la conocía, pues junto con Pío y otros noctámbulos habían frecuentado antes ese lugar. Yo no sabía nada de esto; aunque me había hablado alguna vez de ese Viejo Bar por alguna razón inexplicable aquella noche no aparecía en mi mente para nada, lo había olvidado. Así que continué buscándola por todos aquellos lugares donde ella no estaba.
Regresé a la exposición de los pintores, y como aquello también era un bar, me puse a conversar tomando vino con un poeta, apenas conocido para mí. No aguantaba más llevando todo esto adentro, así que a los tropezones le conté todo, al menos en sus aspectos más importantes, de lo que me estaba ocurriendo. El otro estaba medio borracho y casi no sabía nada de mí, además era no era de esta provincia, estaba de paso. No le costó mucho seguirme la corriente, dándome algún aliento fraternal de tanto en tanto.
Advirtiendo que eran las doce y media salí casi corriendo hacia la Terminal. ¡Nada de lo que hacía era sensato! Sabía que no iba a llegar a tiempo, pero lo mismo fui, con la descabellada esperanza de una coincidencia, que la llevara a quedarse por allí un rato más. Cuando llegué el colectivo a Misiones ya había salido, y no había en aquellos desiertos andenes otras personas conocidas que -otra vez- Marcelo y sus estrafalarios amigos. Estaban como absortos, con los ojos muy abiertos, mirando fijamente a su frente, sin moverse, tal vez se habían drogado. Me acerqué a ellos para preguntarles si no habían visto una chica alemana, así y así, alta, etcétera, describiéndola de la mejor manera que pude. No, no habían visto nada. Marcelo me contestaba con absoluta indiferencia, totalmente ausente de mis desbordados anhelos, mientras los otros me miraban con cierta chispa de diversión en sus ojos demasiado abiertos sobre unos rostros singularmente inexpresivos.
Oona había sentido la necesidad de contar sus penas al dueño del Viejo Bar, un tipo más o menos de mi edad, quien luego la había puesto en un taxi enviándola a cierto hotel... ¡al lado de la Terminal!... pues ella le había dicho que estaba demasiado cansada y quería irse a dormir a un lugar barato hasta la mañana. No había ido a despedir a Franz. Los acontecimientos vividos frente a mí, la agudísima irradiación de rencor a la que mi furia la había expuesto durante el periodo que pasáramos juntos aquella tarde, la posterior huida bajo la lluvia, el desconcierto posterior al hallarse sola en un mundo hostil, habían terminado por derrumbarla.
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Capítulo 18
Un largo adiós
Algunos días después llegó aquella foto de Chaplin, impresa en una cartulina grande. Al reverso, breves consideraciones circunstanciales, saludos para todos. Sonaban frías. Había comenzado el proceso de lo que llamaba "tomar distancia".
Mi situación emotiva tocó un fondo y lo que antes fuera un torbellino vertical ahora se presentaba como frías ráfagas, compuestas por fino granizo, que atravesaran un ámbito crepuscular. ¡Cómo estaba!... (¡Cómo estás!... me decía con repugnancia, Lucía. A mi derrumbamiento interior -que se manifestaba en una palidez amarillenta, ojeras negras, talante mortuorio- se agregaba el constante hostigamiento de mi esposa, quien ahora sin la peligrosa presencia de Oona se lanzaba con toda su furia contra mí, segura de haberse alejado la posibilidad de que, dando un portazo, abandonara esta convivencia absurda marchándome con quien consideraba su rival.) No sé en qué momento Lucía interceptó aquella carta, que nunca leí, pero en la cual, según mi esposa, Oona decía recordar la sensación de sus dedos enredándose entre mis cabellos. Pese a esto -siempre según Lucía- "la alemana te sugiere que no te hagas ilusiones, que eso fue un rato agradable y nada más" (já, já. Lo de siempre. Vienen estas perras de afuera, basta que sean inglesas, francesas, alemanas, y los colonizados mentales se vuelven locos, ellas los joden, los usan, los dejan, y los boludos quedan aquí hechos mierda... como vos). El mismo sobre contenía algunas fotos, en las cuales aparecía ella pero dando los primeros planos a nuestras chiquitas. Me las entregó, la carta se la guardaría -según dijo- como prueba para iniciar el juicio de divorcio. Allí comenzó un periodo de crueles confrontaciones, mayormente psíquicas, cuyo pico máximo llegaría al irme a buscar alojamiento, una siesta tórrida, pues no podía soportar más tal constancia en la mutua agresión. En Santiago nadie atiende el timbre a la siesta, así que trajiné inútilmente por todos los sitios donde podría haber conseguido una habitación barata. Ahora pienso que hice esto porque de un modo subconsciente no quería irme. Parcialmente desalentado ya en mi decisión, acudí a buscar consuelo en la casa de mi hermano, quien como se recordará había sido sacerdote católico. Mi hermano es calmo como un estanque, pero además fríamente racional. No se necesitaba demasiada racionalidad sin embargo para aconsejarme como él lo hizo:
-Pero si el problema es la alemana... y ella se ha ido lejos, tal vez nunca más se verán... renuncia a ella, dando seguridades a Lucía de que será definitivo; dale muestras de estar genuinamente dispuesto a ello, y el problema se terminará...
Mi mente entorpecida por las devastadoras emociones no había acertado a esta solución tan sencilla, que agradecí. Mi hermano me acompañó hasta la parada del colectivo. Como otras veces, sentía que atravesaba un nuevo segmento odiseico de mi existencia. Sedado, como si me hubiesen infundido un temperante, regresé a casa pues y, sin aceptar pese a ello que hubiese mantenido relación sentimental alguna con Oona, ofrecí a mi esposa cortar mis comunicaciones con ella, borrarla completamente de nuestra existencia, como prenda de conciliación. Ella avanzó más y me impuso quemar todas sus fotos, cartas, notas y también, ya que estábamos, una hermosa foto de Mariana * que yo había dejado irresponsablemente en mi agenda. Así lo hice, sin chistar. En la hoguera cayeron también aquellas donde estaban nuestras hijitas ("pues venían impregnadas con su éter") cosa de la cual me arrepentiría amargamente luego. Pese a que insinuó hacer lo mismo con los cassettes, no se atrevió a presionar sobre esto. Percibía claramente mis sentimientos, luego de tantos años juntos, por lo cual supo que la música iba a ser el último rincón donde iría mi alma a refugiarse, y no debía avanzar sobre este espacio.
* Ver El Veranito de San Juan
Epílogo
El verano pasó, con lluvias cada tanto, y yo me sentí aún adolorido pero también aliviado. La situación económica no nos daba tregua mientras tanto, por lo cual tampoco disponíamos de demasiado tiempo para lamernos las heridas: debíamos avanzar cada día con el compromiso asumido, el de mantener un vivac protector en torno a nuestras hijas. En eso triunfábamos, inalterablemente. Ninguna fisura se abría en las gruesas paredes o el techo blindado con el que cubríamos en todo tiempo a nuestras hijas; ellas crecían absolutamente despreocupadas de lo que sucedía, o mejor dicho, lo que sucedía a su alrededor era siempre grato, siempre alentador, pues coincidíamos completamente con Lucía en brindarles cariño, atención permanente, alimentación suficiente, juguetes, elementos para estimular su creatividad, en fin, los innumerables aspectos sutiles o los elementos necesarios para que un niño crezca saludablemente y feliz eran el centro de nuestra existencia, de nuestros afanes. Había un pacto entre nosotros, en el sentido de hacer sus existencias sagradas, así tuviésemos que entregar nuestra sangre para ello si era necesario. No había ninguna hora de la jornada, fuese de día o de noche, en que alguna de nuestras hijitas nos llamara y no pudiese contar, en el acto, con alguno de nosotros. Todo lo demás, fuese personal o colectivo, se ubicaba entonces en planos subordinados.
Paulatinamente nuestra situación económica mejoró. Luego de un periodo trabajando en la librería de mi amiga Irene, me ofrecieron el puesto de encargado de la sección cultural en el diario El Siglo. Por cierto acepté, con la fortuna de que apenas unos días después de haber ingresado el Jefe de Redacción me ofreció ampliar mis actividades periodísticas con el rango de redactor permanente, lo cual nos dotaría de estabilidad laboral y un mejor sueldo.
Cuando estaba consolidando mi situación personal, reapareció Oona. Para las Pascuas de 1992, decidió venir a visitarnos por cuatro semanas. Había comprado en Buenos Aires, apenas al llegar, las obras completas de Hölderlin, en edición bilingüe, para regalarme. Constituía otro de los objetos destinados a caer en la pira inquisitorial de Lucía, aunque en ese momento, por cierto, no lo suponíamos. Una descripción sucinta de esta incursión puede leerse en el Anexo II, "NOUÉ". Tal vez aquella fue la última llama, agónica, de nuestra pasión. Ella me escribió después, ya desde Alemania, manifestándome sus emociones y sugiriendo una continuidad -aunque siempre ambigua- de nuestras relaciones sentimentales. Para mis cumpleaños, o en las Navidades, me enviaba regalos: siempre algún cassette, con música grabada por ella y envoltura artesanal, hecha con primor por sus manos. A mediados de 1994, me sorprendió con una carta donde me decía que había aceptado un puesto de maestra jardinera en un complejo educacional de Bolivia. La carta estaba fechada en La Paz, me indicaba una dirección para contestar. Anunciaba además que si todo andaba de acuerdo a sus planes, para agosto tenía previsto visitarnos. Preguntaba si había alguna familia amiga dispuesta a brindarle alojamiento por algunos días. Sí la había: la de Irene, cuya hija mayor estudiaba alemán y quería hacer lazos con gente de allá, con el propósito de viajar igualmente alguna vez. Eso le contesté. Pero a esta altura de nuestra relación, que avanzaba otra vez a pasos muy sólidos hacia convertirse en algo presente, mi inquietud aumentaba. ¿Qué era esto? No soy de aquellos que soportan ni justifican "relaciones paralelas". Tampoco podía entregarme por completo a mis sentimientos hacia Oona; ello hubiera supuesto el abandono de mis hijitas, algo que ni amenazado de muerte estaba dispuesto a hacer. Así que poco tiempo después, durante los primeros días de agosto de 1994, cuando se aproximaba la fecha fijada para su viaje a la Argentina, escribí una carta a Oona, a su domicilio circunstancial en La Paz, pidiéndole que no viniera. Era una nota hecha a mano, de una sola página, con caracteres grandes como acostumbro, en tinta azul. "No vengas". Más o menos así le decía. "Para que nuestra relación permanezca como un hermoso recuerdo, no debemos intentar prolongarla en el plano físico. Lo que nos enamoró en su momento fue la belleza de nuestros cuerpos, el encanto tal vez de un amor exótico. Todo esto es sólo ilusión, que el tiempo diluye. Pero solamente nos traerá más dolores, si persistimos en ella: no solamente a nosotros, sino a otros seres, quienes, de verdad, nos aman".
Así terminó en apariencia esta relación. Pues ella no contestó. Tampoco vino a Santiago. Durante un periodo yo me sentí libre y feliz, pues pese a que la recordaba cada día -debo admitirlo- su imagen había terminado despojándose de la angustiosa energía, inductora de anhelos, que otrora poseyese. Fue por entonces ya sólo una suave brisa colorida acariciando la imaginación, al acostarme, cuyas consecuencias prácticas se limitaban a suscitar una leve sonrisa, segundos antes de alcanzar el sueño. * En este periodo pude emprender difíciles empresas y obtener grandes logros personales, tanto en lo profesional como en lo económico, pero especialmente en lo espiritual.
En diciembre de 1993 no pude más con mi arrepentimiento, que llevaba adentro de una manera confusa y se había vuelto un fuego ardiente a la altura de mi laringe. Fui a La Banda para confesarme con un sacerdote amigo, un hombre de raza negra, refinado y sensible como pocos, quien me atendió con deferencia. Narrándole mi relación con Oona me fue imposible evitar el llanto; en un momento de la narración los sollozos me cerraron la garganta, casi no podía hablar. Él me perdonó. Y me aconsejó no angustiarme demasiado por esos actos: "Aunque hayas estado con tu amante a dos cuadras de la Iglesia, no dejes de venir a la Iglesia... ¡eso es lo importante!" La recomendación me pareció un poco pueril; sentí un alivio grande, pese a ello.
Una revaloración de nuestra familia emergió de ese reconocimiento. Consideré al compromiso matrimonial como el centro de mi existencia, y me dije que el amor no es la atracción hacia una bella mujer sino la capacidad de hacer feliz a la persona elegida para compartir nuestra existencia. Dotado de estos principios recuperados me lancé entonces a intentar otra vez construir un espacio de amor genuino con mi esposa legítima.
Viajamos a Italia, pues la Universidad me había invitado a dar una conferencia allá y participar de un encuentro con escritores europeos. Al entrar en Roma en un lujoso Alfa Romeo sport que manejaba un amigo, mis ojos se llenaron de lágrimas inesperadamente al divisar, bajando por un declive, al Coliseo.
Mientras yo me confesaba con el sacerdote de La Banda Oona comenzaba una relación sentimental con un joven alemán. No sé si es el mismo con el que finalmente, en 2002, quedaría embarazada antes de casarse. Las vagas referencias de su existencia durante esos años giran casi únicamente alrededor de sus viajes: como una adicción, volvía infaliblemente a Latinoamérica. Cada año viajó a Bolivia, México, Perú... al parecer el resto del tiempo se la pasaba juntando dinero para poder efectuar esos viajes, de gran valor para ella, durante las vacaciones.
Por mi parte escribí más novelas, me debatí sin poder publicar las más largas, pero fue posible ver la edición de dos de mis libros más queridos. Tuvimos prosperidad económica y la manejamos con mesura, compartiendo siempre lo mejor que pudimos con los más necesitados. Hacia 1999 la prosperidad se acabó, pero seguimos tratando de mantener un buen nivel ya adquirido, siempre bajo el principio de "nuestras hijas primero".
* Cada noche de las que pasaron desde aquel noviembre de 1989 en que se fue, la he recordado, de una u otra manera. Siempre se ha presentado su rostro, entre mis pensamientos, cualesquiera fuese el tema que ellos siguieran. A veces me costaba cierta dificultad reconstruir sus ojos, su boca. Pero finalmente ella aparecía ante mí -como en los lejanos tiempos de la cárcel se llenaba mi mente con el rostro venerado de mi abuela: es que mi abuela representó para mí la paz, y esa paz ahora me la proporcionaba el recuerdo de esta muchacha-; con el tiempo comprendí que era la segunda vez en mi vida en que me enamoraba. La primera había sido de Laura y todo había terminado muy mal. Ahora, ella estaba ausente, pero viva, y su presencia en mi cerebro me colmaba de alegría; me proporcionaba serenidad, y con su imagen suave, cada noche, fuera esta del invierno o el verano, me dormía tranquilamente hasta el amanecer.
El día 18 del primer mes en el tercer milenio, apareció un mensaje en mi casilla de correo electrónico que decía:
"¡Hola Andrés! !Feliz 2000! He visto tu dirección en la Internet. Es demasiado tiempo que no sé nada de vos. ¿Puedes contarme algo, quizás?"
Era Oona.
Ya en el año 1998 había recibido un e-mail sospechoso, de alguien que firmaba como "Andrea". Su redacción era la típica de los extranjeros que aprenden nuestro idioma. Me preguntaba "qué música nueva está saliendo Santiago", para terminar "Desde acá se extraña mucho el Sur". Uno de los cassetes que me enviara de regalo cuando aún no habíamos cortado nuestra comunicación, precisamente había sido la banda musical de la película Sur. Ella fue a ver la película, como hacía con casi todas las argentinas o de Latinoamérica que estrenaban en Alemania. Es evidente que aquel primer viaje de 1998 a nuestra cultura había calado muy hondo en su corazón.
* A partir de este mensaje, pues, hasta el 2002, mantuvimos intercambios esporádicos, a través del e-mail -medio al que parecía allanarse con dificultad. Ella parecía desconfiar de mí: percibía un cierto rencor suave por debajo de sus textos, siempre muy breves. No puedo -sería irresponsable además- determinar cuáles fueron los sentimientos que la llevaron a reiniciar esta comunicación luego de tanto tiempo. ¡Habían pasado 12 años ya desde que nos conociéramos! En un tramo de este intercambio, extremadamente sucinto, me confesó que estaba muy mal. Era invierno allá -muy crudo según sus palabras- me habló de su noviazgo -convivencia-, al parecer frustrante al momento de escribirme, de sus viajes anuales a México, los cuales, en apariencia, tampoco le daban finalmente lo que andaba buscando.
Pero, ¿qué buscaba? ¿Qué busca? No lo sé. Tal vez nunca lo sepa. Pues nuestra relación tuvo por fin una resolución específica . En septiembre de 2002, respondiendo a una nota donde le pedía mayores precisiones sobre su existencia personal, ella me escribió que esperaba un bebé... y por causa de ello, se había casado, con un alemán.** Algún tiempo después, y también por pedido mío, me envió una foto... se veía que él es un muchacho muy alto. Pero no estaba clara, y la borré.
* Por su parte, Lucía jamás me perdonó este amor. No sólo me hostigó duramente apenas Oona se fuese, en 1989, sino continuó mencionando el asunto a cada diferencia que entre nosotros surgía. Por un carril paralelo, narró a su manera el asunto cuando se quedaba sola con las chiquitas, por lo cual ellas solían despotricar, para agradar a su madre contra "las putas alemanas". Yo me reía interiormente de su ingenuidad, y resistía. Pese a haber sufrido mucho, lo viví como una extraordinaria escuela: poco a poco fui aprendiendo a no reaccionar ante las agresiones de Lucía, cualesquiera fuese la intensidad que estas asumieran. Y luego de la última acción de este tipo, que contra ella tuviese en 1992 -ya narrada- nunca más me descontrolé. Suspendimos por completo nuestras relaciones sexuales, en 1998, momento en el que habían disminuido ya casi hasta la extinción. Desde entonces, hasta hoy, hemos convivido en relativa paz, aunque tratando de evitar en lo posible actividades en común, salvo aquel voluntarioso intento del año 95, que también fracasó. (Post-data, escrita en enero de 2004).
**Anexo III: "e-mails"
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Un largo adiós - Anexo I - LA TABLADA
23 de enero de 1989
(Fragmentos de la version oficial, comunicado de los guerrilleros)
Comunicado de las fuerzas policiales y militares
Copamiento del Regimiento de Infantería Mecanizado 3 General Belgrano y del Escuadrón de Exploración de Caballería Blindado 1
El 23 de enero de 1989 a las 06:15 un grupo de 45 a 50 personas, entre las cuales se incluían varias mujeres, irrumpió en los cuarteles de la unidad y subunidad señaladas, tras embestir y derribar el portón de entrada de la guarnición, utilizando un camión de transporte de gaseosas -que había sido secuestrado minutos antes- y cinco o seis automóviles. En dicha operación inicial resultó muerto el soldado de guardia apostado en la entrada. Acto seguido fue tomado el local de la guardia de prevención, permaneciendo en él varios guerrilleros, mientras el resto ingresaba con los vehículos al interior del cuartel.
En esta operación participaron dos grupos: uno que ingresó al cuartel en la forma ya indicada y otro, no identificado, que actuó fuera de las instalaciones militares, en actividades de hostigamiento (francotiradores), como así también en agitación popular y apoyo sanitario, llevadas a cabo por guerrilleros mimetizados entre la población civil que rodeaba a los cuarteles.
Las acciones posteriores tuvieron como objetivos prioritarios, además de la tarea inicial de la guardia de prevención, apoderarse de las instalaciones de la plana mayor de la unidad de infantería, los casinos (oficiales y suboficiales) y una o más subunidades, con la finalidad de sustraer armamento y municiones. Inicialmente sólo pudieron concretar la toma del edificio de la plana mayor, donde resultó muerto el 2do. jefe del Regimiento 3, mayor Horacio Fernández Cutiellos y del casino de suboficiales, en el que mantuvieron como rehenes un número importante de suboficiales y soldados. El grupo guerrillero logró el copamiento de la unidad militar en un reducido lapso, explotando el factor sorpresa y la capacidad de fuego con que contaban.
El concepto de esa operación, planeada y comandada desde fuera de las instalaciones militares por Enrique Gorriarán Merlo, fue claramente determinado por la documentación secuestrada durante y después de las acciones de recuperación de las instalaciones militares, entre la cual se encontraba la proclama inicial que pretendían difundir por emisoras radiales, previo copamiento de éstas; una segunda proclama en la cual se instrumentaba un plan de emergencia luego que el "gobierno del pueblo" accediese al poder.
En dicho plan se incluía la disolución de las FF. AA. y su reemplazo por las milicias populares; por último, una serie de comunicados en los cuales se detallaban las organizaciones políticas, gremiales, estudiantiles y educacionales que se adherían al movimiento insurreccional subversivo y a la toma del poder nacional.
Consolidada la primera fase de la operación (toma del cuartel) comenzaría la fase agitación popular con la ayuda de altavoces que poseía el grupo de apoyo externo, argumentando que la toma de la unidad militar era para desalojar a rebeldes adictos al ex teniente coronel Rico y al coronel Seineldín. Estos militares, que se habían insurreccionado anteriormente con resultados sangrientos, tenían el propósito, según el Movimiento Todos por la Patria (MTP), de dar un golpe de estado. El grupo de guerrilleros portaba volantes con textos falsos, atribuidos a los militares Rico y Seineldín, que debían distribuir luego de haber copado el cuartel.
A partir de lo planificado y con posterioridad a la toma del cuartel, la agitación popular que pretendían lograr estaba destinada a convocar una marcha multitudinaria, desde varios puntos de la Capital Federal, Gran Buenos Aires y aun del interior del país, para dirigirse a Plaza de Mayo y ocupar la Casa Rosada. Ésto se haría para evitar un posible golpe de estado de Seineldín y de Rico.
Si esta operación hubiera tenido éxito, igual actitud se habría adoptado en otras zonas del país, particularmente en Rosario y Córdoba, lugares donde se comprobó que existían grupos similares al que actuó en La Tablada el 23 de enero.
La reacción inicial de la Policía de la Provincia de Buenos Aires que de inmediato estableció un cerco de las unidades tomadas, y la progresiva participación de personal militar destinado a la unidad y subunidad del cuartel, utilizando vehículos blindados, impidieron concretar la parte inicial del plan subversivo previsto que, sintéticamente, consistía en tomar la unidad, apoderarse de armamento y munición, distribuir panfletos y posteriormente retirarse del cuartel para iniciar la segunda fase: agitación popular.
Encontrándose cercados los elementos subversivos, el Estado Mayor General del Ejército, con autorización del Sr. presidente de la Nación, Dr. Raúl Alfonsín, ordenó el traslado y posterior empleo de efectivos militares y de Gendarmería Nacional bajo las órdenes de un comando unificado, en la persona del general de brigada Alfredo Arrillaga, quien se desempañaba como Inspector General del Ejército.
Las acciones militares se llevaron a cabo durante todo el día 23 y hasta las 10:30 hs. del día 24 de enero, oportunidad en que, ya abatidos la mayor parte de los subversivos que siguieron combatiendo hasta la hora indicada, se materializó la rendición de 14 de ellos, uno de los cuales (una mujer) falleció a los pocos minutos como consecuencia de las heridas recibidas. Junto con esta rendición se produjo la liberación de los rehenes (suboficiales) que mantenían en su poder los integrantes del MTP que aún permanecían con vida.
Por orden del Presidente de la Nación, el personal detenido fue puesto a disposición del juez federal correspondiente, Dr. Larrambebere, quien de inmediato se hizo presente en el lugar de los hechos.
El saldo de muertos en las fuerzas represivas fue de nueve integrantes del Ejército Argentino y dos de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. La cantidad de heridos y mutilados alcanzó a treinta y siete hombres, algunos de ellos de suma gravedad y otros con lamentables mutilaciones corporales (pérdida de ambas piernas, pérdida de un ojo, etcétera).
La identificación de muertos y detenidos, secuestro de documentación, armamento y munición utilizada -en su mayoría de origen ruso y chino- y gran cantidad de bibliografía y material ideológico capturado a los subversivos, permitieron determinar fehacientemente que el grupo, integrado en su mayoría por el Movimiento Todos por la Patria (MTP), era un desprendimiento del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), liderado por Enrique Gorriarán Merlo y con la participación, en este operativo, de elementos pertenecientes a las siguientes organizaciones:
* Partido de la Liberación (PL)
* Movimiento de Liberación 29 de Mayo (ML-29)
* Montoneros (Columna Sur-Oeste)
Proclama de los guerrilleros
El ejército de Seineldín y Rico, se sublevó de nuevo. Quieren dar un golpe de estado. Quieren asesinar a todos los que no aceptan vivir bajo las botas. En la medianoche de hoy, los carapintadas se sublevaron en el Regimiento Tres de Infantería de La Tablada. Allí se preparaban y habían empezado a marchar contra la Casa Rosada. Iban a asesinar a todos los que se le opusieran. Como ya mataron a más de 30 mil compatriotas durante la dictadura militar. Todos sabían que los milicos conspiraban y preparaban esto. Pero nadie hacía nada en concreto para pararlos.
Ya estamos hartos de la prepotencia de los milicos. Hartos de sus crímenes y de sus robos, que después tenemos que pagar todos. Hartos que nos impongan la injusticia social. Hartos de que no nos dejen vivir en paz. El pueblo se alzó contra ellos. El pueblo de los alrededores de La Tablada ya ha recuperado el cuartel sublevado. Lo dirige este Frente de la Resistencia Popular que se formó allí mismo. Tomamos las armas de los amotinados y les incendiamos su cuartel. Basta de milicos asesinos. En Semana Santa, en Villa Martelli, cantábamos: "Si se atreven les quemamos los cuarteles". Los milicos empezaron de nuevo, y esta vez sí les quemamos el cuartel de La Tablada
Como siempre en la historia de la Patria, el pueblo hizo verdaderas proezas. Al saber que los carapintadas lo habían tomado, el pueblo entró en masa al cuartel. Mujeres, jóvenes, hombres del pueblo atacaron con revólveres, con escopetas, con piedras y palos. Hicieron trincheras, tiraron bombas molotov. Frente a tanto heroísmo, algunos de los soldados y algunos suboficiales dieron vuelta sus armas y junto al pueblo participaron de la ejecución de los oficiales traidores.
Una columna de carapintadas había salido del cuartel con rumbo a la Casa de Gobierno. Pero el pueblo armado levantó barricadas y luego la aniquiló.
Ahora es el pueblo el que ha ocupado la casa Rosada. Vamos a impedir que Seineldín, Rico y los otros traidores den el golpe de Estado. Vamos a impedirles que remachen la injusticia social, que le impongan más hambre todavía al pueblo. Vamos a impedirles repetir lo que hicieron en el 30, en el 55, en el 66 y en el 76.
El pueblo quiere un nuevo sistema de libertad y de justicia social. Sin milicos asesinos, ni políticos corruptos, ni ladrones de la patria financiera. Vamos a formar un verdadero gobierno del pueblo. Para que no se avergüence y no arruge ante los militares. Ni de cuatro ladrones de las mesas de dinero, que se hacen ricos a costa de nuestro sudor. Vamos a hacer un gobierno del pueblo que garantice el trabajo, la producción y la dignidad de la inmensa mayoría de los argentinos. Vamos a terminar con este Ejército que no sirve para nada, que sólo tiene coraje con la picana eléctrica en la mano y se caga y se rinde ante los ingleses en Malvinas. Vamos a terminar con este Ejército que sólo sirve para esclavizarnos y para asesinarnos. El gobierno del pueblo declara disuelto el Ejército profesional y traidor. Ahora lo reemplaza el pueblo en armas. Los soldados y suboficiales únanse al pueblo; ejecuten a sus oficiales traidores. O váyanse de los cuarteles. El que se quede en un cuartel está con los verdugos del pueblo.
Este Frente de la Resistencia Popular exhorta a todos a cumplir con el artículo 21 de la Constitución Nacional, que manda: "Todo ciudadano está obligado a armarse en defensa de esta Constitución". Vamos a armarnos a los cuarteles y a terminar para siempre con esta lacra. Vamos a imponer para siempre en la Argentina la soberanía del pueblo, sólo la voluntad del pueblo. No hay nada por encima de ella en la Nación. Vamos a la Plaza de Mayo para empezar una nueva Argentina, sin milicos traidores y asesinos. Sin políticos corrompidos.
Vamos pueblo argentino, con dignidad y sin miedo, que somos más fuertes que ellos y que la historia nos da la razón. Vamos a Plaza de Mayo. Llamamos a todos, a todos:
a las madres que no quieren ver de nuevo caer a sus hijos bajo la represión o desaparecidos, ni vendidos por jefes cobardes en otra guerra como la de Malvinas;
a los jóvenes que no pueden estudiar ni trabajar porque el actual sistema no les da cabida y sólo se acuerda de ellos para perseguirlos en los barrios o asesinarlos;
a los jóvenes que estudian o trabajan, pero saben que no tienen ningún futuro; que el título que obtengan no les va a servir para nada y que van a tener que trabajar como esclavos para mal vivir;
a los trabajadores que viven cada vez más en la miseria, amargados porque no pueden hacer vivir con dignidad a su familia, no la pueden alimentar ni vestir bien, que gastan gran parte de su salario sólo en viajar, que no pueden pagar la luz, que ahora tampoco tienen, que ven a sus hijos expuestos a las enfermedades, morir por el agua contaminada, que viven desesperados porque sus fábricas cierran mientras se enriquecen los ladrones, la mafia de las mesas de dinero;
a los desocupados, que necesitan trabajar para poder cuidar de su familia, para poder ser seres humanos;
a los jubilados, que después de trabajar toda la vida reciben una jubilación o una pensión de hambre, y que quieren pasar con decoro sus últimos años;
por nuestro hijos, que necesitan crecer con afecto y seguridad, para no heredar toda esta tremenda injusticia;
a los industriales nacionales, que se ven absorbidos por las grandes corporaciones, por los monopolios y que están ahorcados por las altas tasas de interés;
a los productores agropecuarios, que reciben una paga miserable por su producción y que son explotados por los intermediarios, que se enriquecen a costa del duro trabajo del hombre de campo;
a los habitantes de los asentamientos, que les niegan el techo y la tierra para levantar una casa para su familia;
a los comerciantes, que son víctimas de los precios abusivos de los intermediarios y los monopolios que dominan el mercado;
a los profesionales y técnicos, que necesitan que el país se desarrolle para prestar sus servicios y vivir con honradez;
a los intelectuales y artistas, a los que los milicos siempre les quitan la libertad para expresarse en sus canciones, sus películas, sus libros y sus pinturas;
a todos, a todos los que quieren vivir en paz para siempre, con justicia social y con libertad garantizadas para siempre;
a todos, a todos los convocamos a reunirse en Plaza de Mayo para imponer el gobierno del pueblo; a rodear los cuarteles, cortarles el agua y la luz; impedir que los milicos asesinos salgan de ellos, levantar barricadas, controlar las calles y los barrios, hacerse cargo del poder en todas partes, unidos contra el golpe de Estado, unidos por la justicia social y la libertad."
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