15/07/05
Capítulo 5
Disputas de carnaval
Habíamos entrado en febrero ya, había llegado el carnaval. También otro alemán. Había venido solo, se quedaría dos o tres días pues proyectaba seguir hacia los cerros de Tucumán. Era prolijo, vestía como un oficinista y presentaba cierto parecido con Freddy Mercury. Me dio un poco de celos ver cómo mi amiga lo atendía, pero me lo tragué como pude. La primera noche de carnaval se generó un incidente desagradable. Para agasajarlo, Oona había organizado una fiesta en su casa. Luego de cenar y tomar mucho, nos pusimos a jugar con agua. Comenzamos tirándonos chorros de soda, con los sifones; luego los más jóvenes -dos profesores del pueblo que habíamos invitado, Lorena y una amiga-, tomaron baldes. Mojándonos así estuvimos un rato, hasta que a alguien se le ocurrió traer harina. En pocos minutos estábamos todos blancos. La redonda casita "comunitaria" se había convertido en un caos, corriendo unos tras otros -particularmente los hombres a las mujeres, pero también ellas a nosotros a veces- alrededor, para embadurnarnos y mojarnos más y más. Descansábamos apenas unos minutos para tomar cerveza y continuar. Hacía mucho calor. Alguien descubrió una caja con témperas y recomenzó el jolgorio, animados ahora por la posibilidad de pintarrajearnos unos a otros. Así lo hicimos hasta liquidar los pomos. Al alemán oficinista no le había gustado mucho el asunto, desde el principio. Yo había observado que Oona y Holger parlamentaban con él cuando empezamos a tirarnos agua, y también más tarde, para convencerlo de entrar en el juego. Al acabar con las témperas, noté que él llamó aparte a Oona y enseguida ella vino a anunciar que ... (no recuerdo cómo se llamaba) iría a bañarse, también se cambiaría y volvería para continuar con nosotros, pero solicitaba no jugar más.
Ya lo habíamos olvidado cuando reapareció. Se había puesto una camisa mangas cortas, muy limpia, un pantalón claro, de raya impecable, atado con cinto de piel de serpiente, calzaba lustrosos mocasines, también de serpiente. Apenas apareció, Lorena -que estaba un poco borracha- gritó: "a mojarlo, a mojarlo". El alemán se puso pálido, con desagrado farfulló algo en su idioma; nos dimos cuenta de que era algo agresivo porque Oona y Holger discutieron un poco molestos con él. De repente voló una bombita desde algún lugar; fue a pegarle justo en el pecho. Su camisa floreada adquirió súbitamente una oscura mancha, que se extendió enseguida hacia su vientre. El tipo gritó y se enojó mucho. Entonces le llegó otra bombita que esta vez pasó por cerca de su cabeza. Esto actuó como una señal, pues en el acto comenzaron a llover bombitas de todos lados sobre el alemán. Entonces sucedió una escena patéticamente risible. El hombre -de unos treinta años-, sufrió un ataque de histeria. Se tiró al suelo, comenzó a mezarse sus lacios pelos castaños mientras gritaba, voces que únicamente entendían Oona, Holger y los otros cinco alemanes -cuatro varones, una mujer-; los diez o doce argentinos que estábamos allí nos habíamos quedado quietos, sorprendidos. De repente se levantó, entró corriendo a la casa, y luego de unos cinco minutos emergió, otra vez cambiado, portando su maleta. Farfullando en su idioma descendió por el sendero que llevaba hacia el lejano portón con gran velocidad. Oona corrió tras él, llamándolo por su nombre. Cerca de la casa de Peter logró detenerlo unos minutos. Los vimos dialogar rápidamente, Oona empeñada en disuadirlo, él muy alterado. Finalmente giró bruscamente y se fue. Vimos a la muchacha rubia regresar cariacontecida para decirnos:
-Se va definitivamente. Dice que irá a un hotel.
A decir verdad yo me sentí aliviado. Porque me había molestado mucho verla conversar con él, varias veces, y llevarlo a pasear.
Hacia el fin del carnaval se suscitó otro incidente violento, esta vez con Lucía. Habíamos ido al corso. Estábamos Lucía, Daniela, las dos chiquitas y yo con una familia amiga, cuando vimos pasar a Oona, Holger y otros dos alemanes por el frente, entre la multitud. Enseguida empecé a porfiar para que fuésemos hacia aquel lado, y Lucía se enojó. Me dijo palabras agresivas, por lo cual, sin darnos cuenta casi estuvimos en cuestión de segundos enredados en una discusión a los gritos -pues la música fortísima de los parlantes, los tambores de las comparsas que desfilaban por la calle, los gritos de quienes dirigían el corso, impedían escucharnos lo suficiente. Con arrebato grosero la tomé del brazo, en cierto momento, e intenté arrastrarla hacia donde quería ir. Entonces noté que quienes fueran con nosotros (el policía civil y su esposa), su hijo y dos hijas adolescentes, junto a Daniela, nos miraban asustados. Las chiquitas ni se habían dado cuenta del asunto al parecer, divertidas por las comparsas. Con mucha vergüenza, solté el brazo de mi esposa, pero era tarde. Ellos habían escuchado nuestra violenta disputa, la salida se había arruinado. En todo el trayecto de regreso hacia su casa -pues las chicas, de su edad, habían invitado a Daniela a quedarse a dormir con ellas- sobrevoló el amargor de aquel incidente.
Al día siguiente fui a buscar a Daniela, y la invité a desayunar en una confitería. Intenté explicarle por qué se suscitaban violentos incidentes entre Lucía y yo. Para ello historié mi terrible sentimiento de culpa cuando muriera Laura, lo cual, según mi análisis me había empujado irreflexivamente a casarme con la siguiente novia en gran parte para no correr riesgos de hacerle daño otra vez. Pero me enredé y terminé lagrimeando. Cuando creía que dentro de todo había explicado más o menos satisfactoriamente la cuestión, Daniela hizo un comentario que me dejó descolocado:
-Es linda Oona, ¿no?
Se había dado cuenta de que me había enamorado de la alemana. ¡Seguramente todos se daban cuenta! Entonces me acometió una oleada de remordimiento. Lucía tenía razón, yo la estaba ofendiendo con mis actitudes públicas... ¡no tenía derecho a hacerlo! Me sentí muy mal. Estaba actuando como un crápula. Eso sentí. Entonces decidí -por primera vez- renunciar a Oona.
No iba a poder. Nunca pude.
Los artesanos
En noviembre de 1986 habíamos viajado con Peter Schmergen, Horst y un estudiante salteño a los cerros Calchaquíes, llegando después hasta el norte de Salta. El objetivo principal era recoger piezas para exportar, que Schmergen compraba recorriendo diferentes comunidades marginales, desde los aborígenes wichi-matacos y tonocotés, hasta los artesanos que vivían, huyendo de la civilización consumista, dispersos entre los cerros. De paso dejaríamos a Horst en una pequeña comunidad hippie entre los cerros, donde estaba ayudando a construir una casa de piedra para un matrimonio, de quienes se había hecho amigo. Luego dejaríamos al alumno -cuyo nombre no recuerdo- con su familia, en Salta. Veríamos a Héctor Tuma en Amaicha del Valle, pasaríamos por las ruinas de Quilmes, donde había otra comunidad de artesanos. Nuestro itinerario debía continuar con la visita a un hermano de la esposa de Peter, en la ciudad de Salta. De allí teníamos que seguir hasta la Frontera de Salta, donde encontraríamos varias reservas de aborígenes de diversas etnias, hasta Mosconi, en el límite con Bolivia. En todas partes Schmergen tenía socios o personas conocidas que nos darían alojamiento. Entre los mencionados puntos principales, debíamos tocar una gran cantidad de pequeños pueblos, comunidades, o casas de artesanos aislados, que también esperaban nuestra visita. Nosotros les dejaríamos dinero, ellos entregarían diferentes artesanías: en plata, cobre, madera; tapices, hierbas medicinales, ropas de todo tipo, etcétera. Todo esto lo cumplimos sin problemas, salvo un accidente con la camioneta que me costó la quebradura de un dedo, al regreso.
Empezamos por Tafí del Valle. A la hora que llegamos, luego de un largo trayecto por entre montañas con una vegetación paradisíaca, ya hacía bastante rato que había anochecido. Entre los cerros, reunidos alrededor de una alta fogata entre las piedras, parecían meditar un grupo de hippies, hombres y mujeres jóvenes, de aspecto taciturno, ateridos por el frío. De cabellos largos, casi todos pertenecían a razas de inmigrantes; provenían de Rosario, Córdoba, Buenos Aires. De eso me enteraría después. Muchachos rubios y castaños, mujeres de ojos claros. Todo se animó al llegar nosotros, pues Schmergen anunció que teníamos un chanchito en la camioneta, listo para ponerlo en la parrilla. Aunque casi todos eran vegetarianos dejaron sin remordimiento su dieta. Parece que habían trabajado todo el día y la comida les resultó muy suscinta: he ahí la razón de su saudade, pues apenas el humo del chanchito perfumó la atmósfera limpia bajo las estrellas, cundió la alegría y con una guitarra se pusieron a cantar temas emblemáticos de los `70 pacifistas. Estuvimos allí aquella noche y el día siguiente, partimos al atardecer. Por la mañana temprano las mujeres fueron a bañarse al río, que pasaba por entre las piedras unos cien metros para abajo. Ellos ponían a alguien de vigilancia para impedir que los extraños fuesen a mirar.
Era un lugar paradisíaco. En aquella cova vivían tres familias, pero por separado -tal como si fuesen vecinos en la ciudad, sólo que con mayor distancia entre las viviendas. Por todos los cerros calchaquíes habían cientos de estas familias, viviendo con una actitud de respeto a la ecología, muchas veces vegetarianos o macrobióticos; huían de los reglamentos fijados por la civilización. Eran generalmente pacifistas, pero eventualmente ocurrían entre ellos reyertas graves, como se verá. Los más jóvenes iban desde los 19 a los 27 años,los mayores andaban por los cincuenta. Muchos niños habían nacido allí; eran criados bajo concepciones budistas, hippies, naturalistas, védicas o cristianas, como un grupo que visitaríamos más tarde. Solían ser muy individualistas, por lo cual evitaban normalmente las agrupaciones de más de tres o cuatro familias, y esto manteniendo una prudente distancia, como dijimos, entre sus moradas. Respetaban sus soledades, cada uno de ellos había tenido experiencias traumáticas en las grandes ciudades de donde provenían, por lo que solían ser hipersensibles. Los hombres usaban el pelo largo y barbas naturales; al igual que las mujeres, llevaban vestidos artesanales, anchos, floreados, casi todos fabricados por ellos. Normalmente iban un poco sucios -allí es imposible mantener el tipo de prolijidad acostumbrada en las ciudades-, algunos tenían el pelo apelmazado, lo cual fue tomado por mí como una increíble falta de higiene (muchos años más tarde mis hijas me explicarían que a esto llamaban "rasta" y era un tipo de ungüento que pegaba los pelos, dándole esa apariencia de grumo a los mechones). De tanto en tanto podían encontrarse entre aquellos cerros a suizos, alemanes, franceses, en fin, otros parias del modo de vivir occidental refugiados allí.
Dentro de lo posible trataban de abastecerse de alimentos trabajando la tierra -también criando animales, en el caso de quienes no eran vegetarianos-, pero por fuerza necesitaban comprar algunas cosas, como harina, azúcar, a veces leche para los niños, remedios, en fin. Para ello trasegaban los cerros buscando piedras preciosas, que luego engarzaban en anillos, pendientes, collares, etcétera, hábilmente trabajados en bronce, cobre o plata. De vez en cuando se veían obligados a bajar a las ciudades, entonces, para ofrecer su mercadería.
Schmergen les había solucionado en gran medida el problema -suscitado principalmente por su aversión a la gente de las ciudades -donde por otra parte solían ser discriminados u objeto de burla-, comprándoles dos o tres veces por año grandes cantidades de artesanías. Enseguida supe que se las adquiría a precio vil, comparado con lo que él obtendría luego en Alemania. Eran objetos de alta calidad artesanal, pues cada una de esas personas era un artista, amante de lo que hacía (muchos de ellos son, además, pintores, escultores, poetas, músicos) cosa muy evidente al ver las piezas y altamente valorada por el público europeo. Así, un anillo que Schmergen compraba a cinco dólares, por dar un ejemplo, era vendido allá por cuarenta, por lo menos. Al valor artesanal de la pieza Schmergen agregaba el sentimental, pues todo esto era presentado en Alemania como "apoyo para una fundación que ayudaba a los pobres y aborígenes de América Latina", lo cual dotaba al negocio de un aura irresistible para sensibilizar alemanes con inquietudes de conciencia o sencillamente de personalidad generosa.
Así es que Schmergen, dos o tres veces por año, recorría los cerros de Tucumán, Catamarca, Salta y a veces Jujuy y el Chaco, acumulando hermosas artesanías, para llenar los espacios que restaban en el contenedor tras cargar la miel de los apicultores miembros de la Stiftung.
Hacer ese itinerario era una experiencia extraordinaria. Además de los lugares bellísimos, las originales personalidades de los artesanos creaban en cada caso situaciones particulares. Ello requería de gran elasticidad conceptual para quien debía visitarlos, pues encontraba circunstancias bastante diversas a cortas distancias, lo cual obligaba a adecuarse conceptualmente en muy poco tiempo. Por ejemplo, apenas luego de haber visitado a una familia de criollos oriundos del lugar, donde tomáramos mate con tortillas entre los cerezos -que allí crecían de un modo natural- entramos a la casita de una pareja de rubísimos hippies, quienes con cuyos tres hijitos tan rubios como ellos perfectamente podrían haber sido holandeses. Sus paredes presentaban grandes posters con las efigies de Jefferson Airplaine, Jimi Hendrix, The Doors, mezclados con tapices de la India. Su discoteca estaba colmada de discos en inglés.
Pronto llegamos a Amaicha del Valle, el "imperio" de Tuma. Héctor Tuma era un hombre como de cuarenta años y, a diferencia de muchos indios había tomado con firmeza al destino en sus propias manos. Muy alto, buenmozo, fuerte, era broncíneo, hermoso exponente de una raza aborigen con alto grado de pureza. Había construido una especie de castillo incaico entre los cerros, que explotaba como restaurante y hotel. Además explotaba una fábrica de artesanías, donde trabajaban decenas de teleras y artesanos, elaborando tapices, frazadas, ponchos, ruanas, miles de objetos de cerámica de bellísimo diseño, que acrisolaban en grandes hornos bajo su dirección. Estos trabajos eran altamente valorados en Europa. Su prestigio había llegado ya a los Estados Unidos; cuatro o cinco años después me enteraría por una revista que iba a exponer algunos de esos tapices en el Museo de Arte Moderno de Nueva York.
Analfabeto, se había criado en la calle, lustrando zapatos durante toda su infancia. Tuma tenía una esposa bella, también de rasgos finamente indios, morenísima, unos dieciocho años menor que él, quien se ocupaba de leer y mantener la correspondencia personal y administración general del artista-empresario. Un maestro porteño, descendiente de italianos, había venido a vivir muy cerca de él, para actuar como "asesor cultural". Él se encargaba de inculcar a los Tuma la superidad de las razas aborígenes sobre la calamitosa combinación de pieles blancas altamente vulnerables a los elementos con mentes neuróticas y angustiadas de los europeos que habían fundado la civilización occidental. Lo singular es que el mismo tipo que sostenía tal cosa era un rubio de ojos claros, también. Nos prestaron para que nos alojáramos una casa bellísima, antigua, que poseían sin habitar en el pueblo cercano, luego de agasajarnos con una exquisita cena. Ya habíamos dejado a Horst atrás, por lo cual en ese momento éramos tres, con el estudiante salteño, quien jamás decía nada sin que se le preguntara -según la costumbre de la gran mayoría de aquellos paisanos.
Al día siguiente visitamos las ruinas de Quilmes, pues debíamos pasar por allí para ir a la morada de otro proveedor de la Stiftung. Con estremecimiento, pisé esas gigantescas piedras, imaginando los espaciosos ámbitos donde desarrollaban su vida comunitaria los aborígenes de aquella raza bravísima, los últimos en ser sometidos por el conquistador (recién a fines del siglo XVIII).
Luego de salir de allí y recorrer unos cincuenta kilómetros estuvimos sobre un panorama completamente distinto. Era una región más terrosa, de vegetación árida. Nos detuvimos en un pequeño pueblo muerto, compuesto por grandes casas de ladrillo, totalmente deshabitadas y en ruinas. En una de estas vivía Juan Lugarini, con su familia. Ella estaba compuesta por su esposa, una hija de quince años y un muchachito como de siete. El viento levantaba remolinos de tierra en aquel caserío fantasma. El hombre que nos recibió era sumamente delgado, de tez muy oscurecida por el sol. Llevaba el pelo extremadamente largo, como la barba, y al igual que su mujer, le faltaban muchos dientes. Nos invitó a pasar; en las pocas habitaciones que conservaban algo de techo, habían acomodado sin mayor orden sus pobrísimas pertenencias: sillas de metal sin respaldo, dos o tres mesas mal reconstruidas con alambres, sobre las cuales trabajaban fabricando sus artesanías de arcilla. Por todos los rincones de las ruinas se percibían colgajos de telarañas, impregnadas de tierra. El aspecto de todo aquello era depresivo. Pese a esto, Lugarini nos dijo que estaban luchando por conservarlo, pues habían aparecido unos "dueños" del sitio que vivían en Tucumán, y querían echarlos. En ese momento se oyó un galope y apareció la hija, montada en un caballo flaco. Era una muchacha bonita, pero su piel estaba tan arruinada por la intemperie, sus cabellos tan desteñidos por el sol, sus pies, descalzos, y sus manos, tan ásperas, amarronados por la tierra, que difícilmente hubiese suscitado la menor inquietud sexual en alguien civilizado. Inmediatamente le tuve lástima, pensé en mis hijas, me dije que jamás las condenaría a una vida que pudiera obligarlas a pasar su adolescencia de tal manera. Esto alimentó la eterna contradicción en que se debatía mi alma, entre el rechazo profundo que me suscitaba la existencia febril de las ciudades, lo irritante que me resultaba su estética y la comprobación frecuente de lo difícil de una existencia familiar en el campo, si no se tenía acceso a recursos técnicos creados precisamente en -y para-las ciudades. Y el otro tema: para un joven -como se sabe- es vital cierta alternación con otros de su edad. En medios como el que transitábamos, casi no habíamos encontrado jóvenes... barridos por el éxodo hacia las ciudades, habían convertido a estos lugares -paradisíacos algunos, pero sin posibilidades de progreso económico- en espacios habitados mayoritariamente por niños, adultos y ancianos. (O esa otra sub-especie que ya hemos descripto, los rechazados por la civilización, quienes a su vez rechazaban a los que no fueran más o menos parecidos a ellos.)
Juan Lugarini era un "evangelista", según se definía. Nos dijo que la comunidad que integraba era grande, pretendían vivir como verdaderos cristianos; para ello debían evitar las ciudades.
-Un solo hermano por vez viaja a la ciudad, cuando se lo necesita -dijo- debe vender nuestras artesanías y comprar cosas para todos... harina, yerba, azúcar... Ahora mismo ha viajado un hermano a Salta, y estamos todos orando por él constantemente, para que nada malo le pase... en las ciudades, reina Satán -afirmó.
Le pregunté de dónde había venido él.
-De Buenos Aires -contestó.
-¿Y vuelves a tu ciudad alguna vez? -quise saber. Me miró como si lo hubiese insultado. Luego dijo con ahogada furia:
-Ninguno de nosotros, ¿entiendes?, ninguno va jamás a esa concentración del mal que es Buenos Aires... ni iremos aunque nos maten. Ella es la prostituta mayor, la reina del mal, allí impera sin competencias Satán.
Me sentí incómodo ante él. Por una parte me atraían su opción de vida y en general sus conceptos. Por otra, veía un altísimo grado de fanatismo en sus ojos, que no eran mansos, sino alucinados, como los de quien odia, y me parecía muy cruel imponer a los niños una forma de vida infrahumana, sirviendo a una concepción fundamentalista... Conocería después a otros miembros de la comunidad de Juan, que no vivían de un modo tan áspero como él, aunque sustentaban una paranoia similar. Nunca resolví del todo esta contradicción interna, pues conocería a otros pobladores de las sierras -o el mismo campo de Tucumán, Salta, Catamarca o Santiago- que por el contrario parecían vivir muy felices y prósperos (aunque siempre con cierta aspereza) en lugares en absoluto carentes de la tecnología occidental.
De allí fuimos a Salta. Después, recorrimos cuatro o cinco pueblitos donde visitamos artesanos de la región, u otros como Juan Lugarini o los hippies, fugitivos de la gran ciudad. Cerca del crepúsculo llegamos a las comunidades indígenas. Pernoctamos en una de ellas, inmensa, extraordinariamente organizada pero así también muy pobre, cuyas matriarcas eran tres maduras monjas alemanas.
Por fin, llegamos a Mosconi. Nos alojamos en la comodísima escuela agrotécnica, un complejo edificado en tiempos de Perón. Su director nos obsequió un avestruz y una pareja de pecaríes que habían capturado en la selva, pues con los alumnos pasaban mucha tensión. A veces se escapaban, eran animales peligrosos, por lo cual debía mantenérselos alejados en lo posible del contacto con humanos. En un aparte aconsejé a Schmergen que no los aceptara -pensaba en nuestros alumnos, pero particularmente en mis hijitas-; como era habitual en el ex cura, no me hizo el menor caso. "¡Vamos a empezar a formar mi zoológico!", exultó. Desde hacía tiempo que hablaba de crear un zoológico en la Stiftung, este obsequio le daba oportunidad de concretarlo. Además Schmergen era incapaz de rechazar un obsequio. Todo lo que viniera gratis lo regocijaba. Con los hijos del director, fuimos una tarde a llevar cartas al correo de un pueblo boliviano, cerca del límite. Con los pocos australes que tenía, pude comprar regalos para Lucía y mis hijas, pues el cambio nos favorecía mucho por entonces.
En Mosconi estaba la más grande reservación de aborígenes. Cientos de ellos, con sus familias, se habían colocado ordenadamente a las puertas de sus chozas, con una mesita donde exhibían sus trabajos. Lo hacían exclusivamente para nosotros, pues se les había avisado que veníamos. Schmergen elegía: esto sí, esto no, los aborígenes por turno trataban de vender más artesanías, Schmergen alegaba falta de dinero; finalmente terminaba sacándoles las cosas por menor precio. Una indígena bellísima, como de dieciocho años, de ojos color miel, me suscitó un comentario elogioso. "Debe ser mezcla con europeo", me contestó Schmergen. Le dije que eso era un prejuicio infundado. "Una aborigen no puede ser así", insistió, pero sin fundamentarlo. Todas las razas que llegan a dominar el aspecto económico de la existencia humana se ilusionan con la propia superioridad. Otrora los egipcios, luego los japoneses, ahora los anglosajones o germanos -reflexioné.
Al regreso, le rogué a Schmergen que no manejara de noche, pues casi no habíamos parado aquel día: encima, tuvimos que cargar las pesadísimas jaulas de madera con los animales, que llevábamos atrás, junto a una inmensa cantidad de cajas con artesanías, que llegaban hasta más arriba del techo, atándolas y reatándolas con gruesas sogas. Para variar, no me hizo caso. Tampoco aceptó que nos turnáramos para manejar. Como a las tres de la madrugada, iba él manejando, al medio otro estudiante que llevábamos de regreso a la Stiftung, y yo del lado de afuera, cuando se nos cruzó una tropilla de caballos. Schmergen cabeceaba sobre el volante. Yo también dormitaba, pero el instinto me advirtió. Grité; Schmergen dio un tirón al volante que hizo zigzaguear brutalmente a la camioneta; la puerta de mi lado se abrió; para no volar despedido por la gran velocidad y la succión exterior, me aferré con la mano derecha al techo de la camioneta; se oyó un golpe fortísimo, luego sentí otro golpe y un agudo dolor en la mano; me di vuelta: atrás había quedado un caballo retorciéndose sobre el pavimento, pero alcancé a ver que se incorporaba, atontado, y seguía a sus hermanos. Milagrosamente, habíamos pasado por en medio de la tropilla, sin embestirlos, pero por efecto de la frenada y el zigzag se había abierto la puerta, la cual chocó en la cabeza de un caballo y regresó con gran potencia, aplastándome la mano. Ello me provocó la quebradura de un dedo. No lo sabría hasta llegar a Tucumán, pues Schmergen insistió en que debía aguantar el dolor, para no parar -sospecho también que para no caer en el riesgo de gastar algo de dinero en medicamentos. En Tucumán el hospital público estaba tan lleno, que a pesar de haber logrado entrar con una artimaña en la sala de guardia, desistí de hacerme un estudio serio, por lo cual, recién al llegar a Santiago, en el hospital Regional, el médico me aplicó un precario entablillamiento de plástico. Debido a este suceso, el dedo anular de mi mano derecha quedaría torcido para siempre.
Bueno, por causa de esta relación comercial aparecían cada tanto por la Stiftung muchos de estos artesanos, quienes cuando tenían dificultades económicas peregrinaban hasta Rodeo, para pedir un anticipo a Schmergen, aprovechando para cambiar sus artesanías por miel u otros alimentos que llevaban, de nuestro campo, para sus familias. A veces se quedaban por algún tiempo.
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Capítulo 12
Malas compañías
En el invierno estalló también ya de un modo abierto el enfrentamiento interno que tenía por un lado a Schmergen y por otro a mí. Como suele suceder siempre en tales conflictos, las personas tienden a agruparse hacia uno u otro bando, por afinidades o sencillamente por cálculo acerca del posible vencedor. Otros -mayoritariamente- suelen permanecer neutrales, cuidándose sólo de no recibir los coletazos cuando los dinosaurios combaten. A mi alrededor juntaba pocos, aunque fieles a la conducta hipócrita del santiagueño, varios se acercaban a jurarme lealtad contra Schmergen, para ir a hacer lo propio ante mi rival sin el menor escrúpulo. Pero debido a la actividad política de mi tío, por entonces en pleno ascenso como el principal operario del gobernador, surgió una alternativa formidable. Tío Jaime propuso, en reunión familiar, que impulsemos la intervención del gobierno en la Stiftung. Existía una cláusula en los Estatutos, aprobados por la Dirección de Personería Jurídica, contemplando esa posibilidad, si se comprobaban determinadas situaciones, como desorden administrativo o falta de legitimidad en la autoridades naturales. En tales circunstancias y dada la corrupción del gobierno imperante, cualquier cosa podía conseguirse con amigos allí. De hecho, luego de siete años de infructuosos trámites, yo había conseguido el otorgamiento de la Personería Jurídica a la Stiftung en un par de semanas, por la mencionada relación familiar -y una coima para el Dr. Millán, por entonces director de Personerías Jurídicas de la Provincia.
Eran los tiempos ominosos de corrupción generalizada, en que se preparaban las gavillas del menemismo para asolar económicamente nuestra nación. Aunque nosotros todavía no sospechábamos en cuan alta magnitud lo aplicarían. Ahora, que han pasado cual gigantesca manga de langostas, oscureciendo el cielo, y la Argentina se debate en dolorosos tambaleos, como un prisionero al que han despojado de partes vitales de su cuerpo, sentimos lo errado que fue para algunos de nosotros haber alentado siquiera una pálida esperanza hacia estos criminales.
En 1989, para quienes habíamos sido revolucionarios, el panorama se presentaba atroz. Luego del golpe de gracia a nuestras ilusiones, asestada por la increíble estupidez de La Tablada, vagábamos como huérfanos, sin acertar a descubrir siquiera una luz de candil en el horizonte, que nos alentara a entablar algún camino, no digo con entusiasmo, pero sí al menos con cierta esperanza de no seguir desbarrancándonos por el abismo. En lo personal, me acosaba el poder enorme de Schmergen y sus amigos alemanes por una parte -incluyendo al estado al que pertenecía-. * Entonces, en un momento de debilidad decidí aceptar las sugerencias de mi tío, sin consultar a Lucía, pues durante los dos últimos años habíamos estado muy distanciados, pero principalmente porque estaba seguro de que se opondría.
La contrapartida exigida para ayudarme era que "trabajara" para el peronismo -en este caso redenominado "iturrismo", pues el gobernador había llegado allí "traicionando" a Juárez, y preparaba con gran ímpetu su consolidación, de la mano con Menem. Accedí a ello, particularmente porque había hallado ya amplia colaboración en los peronistas locales, eternamente desplazados del poder municipal que en Rodeo -una ciudad con amplia influencia de los agricultores más grandes- era siempre dominado por los radicales. Me vería entonces obligado a participar en reuniones, actos proselitistas, viajes al campo para "hacer política". Incluso debí hacer -a mediados de julio- un asado en mi casa. Con fondos del gobierno, concitamos allí a unas 100 personas, dirigentes de la región, entre los que se contaron algunos diputados y concejales. En ese tren llegaron a mencionarme para una candidatura, con vistas a las próximas elecciones. Pero no tenía el menor interés en ello, y con toda cortesía se lo hice saber a la compañera que lo propuso.
Luego me arrepentiría, bajándome del caballo en la mitad del río. Pero ya llegará el momento de contar esa parte.
* Poco antes había recibido la sorpresiva visita del cónsul alemán en Córdoba. Una calurosa siesta, me despertó la empleada diciéndome que había "un señor alemán" que deseaba hablarme. Le mandé a decir que por favor viniera un poco más tarde -odio levantarme de la cama y atender inmediatamente a alguien. Volvió la señora para decirme "que no, el señor debe continuar su viaje". Percibí un extemporáneo toque de autoritarismo en tal respuesta, pero decidí no hacerle caso, aunque instintivamente en rebeldía, salí poniéndome para ello solamente un viejo short de vaquero desgarrado en las piernas, con el pecho descubierto y descalzo. Tal vez ya dije que no soy nada gordo, por lo cual me siento perfectamente seguro sin ropa; aunque noté que mi pecho peludo causó desagrado inmediato en el visitante, que se apresuró a retirar su blanquísima mano, de la mía áspera y marrón, que le extendí mirándolo con sorna y diciendo, a modo de saludo: "no esperaba recibir la visita a esta hora de un gran hombre" -bromeando con su estatura, a lo cual ni siquiera sonrió. El alemán estaba parado, y permanecería así todo el tiempo, sin aceptar mi invitación a sentarse ante nuestra sencilla mesa de algarrobo. Tal vez para valerse de su extraordinaria altura -cerca de los dos metros, calculé. De traje, emanaba un perfume de ciudad que resultaba chocante en nuestro ámbito impregnado por aromas campestres. Su actitud también fue extremadamente chocante. Me dijo que habían recibido quejas de "ciudadanos alemanes" que se sentían atacados por algunas actitudes de mi parte. Que solicitaba tuviera prudencia con tales ciudadanos, pues el gobierno alemán cuidaba a sus súbditos adondequiera que estos se encontrasen. Le contesté que me parecía interesante, pero no me incumbía. Pues era ciudadano argentino, y en este momento él estaba pisando mi país, debido a lo cual su autoridad había quedado relegada. Sin hacerme caso, el gigantesco alemán terminó de lanzar su discurso, como si lo hubiese memorizado, y se fue, declinando estrechar mi mano otra vez.
Se desordena la energía
De momento intenté acercar la mayor cantidad de apoyos posibles para mi lucha contra Schmergen, incluyendo a Oona, que si bien no defendía públicamente mis posiciones, practicaba un abierto acercamiento a nosotros, mientras que se había apartado completamente de Schmergen, al punto de no haber cruzado palabra con él desde dos meses atrás. En tal concepto fue que concurrimos juntos, incluyendo a Lucía con las chiquitas, al acto de cierre de campaña de Menem `89. Allí, después de una cruel espera de más de cuatro horas, habló el gobernador Iturre: una sarta de frivolidades, con torpeza, además, propia de un borracho, avergonzándome de haber dejado que esa maraña de contubernios me arrastrase, en lo que yo erróneamente valoraba como un alineamiento estratégicamente beneficioso para nuestros intereses en la Stiftung. Oona calificó de "fascistas" las maneras y los discursos de los oradores. Sentí una íntima vergüenza aunque la disimulé cuando me lo dijo, ya regresando, pues tenía razón. En vez de aceptarlo con honestidad, contesté:
-Ustedes los alemanes no pueden comprender al pueblo santiagueño. El fascismo es una categoría europea, inaplicable aquí.
Con gran sentido común, ella replicó:
-Tú siempre dices esto de los alemanes. Pero lo que sucedió ahora es fascismo puro, tal vez con otros ropajes.
Por lo demás, todas las reuniones donde nos encontrábamos fueron usadas como canales de numerosas acometidas psíquicas, tanto por parte de Oona como de mí, dentro de esa inexplicable batalla paralela que habíamos iniciado. Ella se comportaba de un modo burlón y despectivo; ejercitando fría insolencia, hablaba constantemente en alemán con Sabine u otro de sus paisanos, aunque estuviéramos únicamente los tres, consciente por cierto de que yo no entendía ni una palabra en ese idioma; por mi parte asumía un ridículo papel de rufián, tomando muchísimo alcohol, fanfarroneando con cualquier muchacha bonita que se me acercara, como una elíptica réplica. Oona en una fiesta en la Casa de los Alumnos victimizó bajo escandalosa provocación erótica a un estrafalario peón, casi enano, quien, borracho, se dejó enardecer por la alemana sólo para servir de hazmerreír a toda la concurrencia, que los observaba entre intranquila y jocosa. Lucía comentó: "Ésta actúa como una puta descocada... ¿Qué le pasa?..." Una vez concurrimos todos a cierta fiesta en el Club de Amigos. Oona se había puesto un ajustado vestido negro con minifalda, lo cual provocaba miradas babosas de los numerosos tipos que se habían volcado esa noche a la plaza. Ella no usaba jamás ropas insinuantes. Esa noche entendí por qué lo evitaba. Desde todos los ángulos se podían percibir las miradas codiciosas de los varones sobre su cuerpo. Fue una tortuosa velada de juegos malévolos; ella se insinuaba hacia mí, provocando dolor y humillación en Lucía; yo obligué a Oona a bailar con un viejo rico, en un perverso ejercicio de auto humillación y befa apenas encubierta... terminamos la noche agobiados por la insatisfacción, el agravio, la impotencia de quienes no pueden mostrar abiertamente sus sentimientos, llenos de heridas, como tres pájaros nocturnos atrapados entre alambres de púas, que intentaran escapar a fuerza de movimientos convulsivos de la prieta atadura donde permanecen, enredados, sus cuerpos. Casi al final de ese periodo había venido una joven porteña, bonita al estilo Botticelli; debido a mi apartamiento de Oona, cultivé por unos quince días -periodo que permaneció en rodeo- otra insinuante "amistad" con ella. Visitaba mi oficina; yo le hablaba de la novela e incluso leía largos párrafos para su solaz. Llegamos a practicar un insidioso juego de ilusionismo seductor implicando a Oona, quien a la vez no perdía oportunidad de asestarme pinchazos paralelos, saliendo con grupos de la capital donde participaba mi medio-hermano, un muchacho de 19 años, fruto del segundo matrimonio de mi padre, quien estaba decidido a competir conmigo por los cariños la alemana. Una noche él había intentado besarla -según me contaría ella tiempo después-; Pío, mi mediohermano, por su parte, en tren de lealtad fraternal me había preguntado si a mí me afectaría que llegado el caso él lograra "atracarse" a Oona. Por cierto le contesté que no, en absoluto, inducido por mi machismo y la mala conciencia debido a una frágil situación en este enredo.
Todos estos factores atizaban un estado de angustia interior, que hacia los despuntes de la primavera se iba convirtiendo en algo semejante a una superficie marítima cubierta con petróleo, incendiándose y cubriendo de humo negro la noche de mi corazón. Cenamos, pues, la noche del Día del Niño en nuestra casa, Sabine, Dieter, Oona, Lucía, nuestras chiquitas y yo. Dentro del ajedrez político que se jugaba por entonces en la Stiftung y dado que se efectuaba otra cena en casa de Peter Schmergen, en ese mismo momento, interpreté esta opción de los jóvenes alemanes como un gesto de apoyo hacia mí. Ello unido a la necesidad que tiene todo enamorado de encontrar razones para justificar su rendición a quien desea, me llevó a mirar otra vez con edulcorado arrobo a Oona, desactivando mis prevenciones, activando otra vez los deseos de poseerla. Poco tiempo después se presentaría una oportunidad en este sentido. La narraré a continuación.
Dos alemanes de paso
La deliciosa primavera santiagueña comienza a apuntar temprano. Así, los primeros días de agosto vienen lamidos por vientos tibios. Aún es posible que caigan heladas, sin embargo, y en estas cuatro semanas suelen suceder también violentos temporales de tierra. Una noche de esas fuimos a cenar a un restaurante del centro Lucía, Oona, las chiquitas y yo, para agasajar a dos alemanes que habían llegado por la mañana, de paso hacia el Norte. Uno de ellos, como de treintaicinco años, llevaba el rubio pelo muy largo, vestía con una extraña mezcla de indumentos hippies y vaqueros, el otro, con el pelo oscuro cortado al rape, por lo demás se presentaba como muy normal. El pelilargo era muy buen mozo; ambos tenían el aura de aquellos individuos que gustan de viajar por el mundo sin asumir compromisos con nadie, aunque recogiendo modales simpáticos, acostumbrados a tratar con todo tipo de culturas, sin dejarse influir por ellas más que en algún aspecto formal. Con acierto habíamos elegido un lugar alejado del centro de la ciudad. Sentados alrededor de una gran mesa en la vereda, que a su vez daba a una calle de tierra, recién regada, de la cual emanaba un agradable perfume, en medio de frondosos árboles, cenamos, conversando animadamente y en paz. De entre los alemanes Oona era la única que hablaba aceptablemente el castellano, por lo cual hizo el papel de intérprete en todo momento. Esto le agradó bastante: por primera vez no se la veía postergada ante sus connacionales, generalmente más diestros que ella en nuestro idioma. * Alentados por esta armonía repentina, comimos mucho y tomamos más de la cuenta. Medio borrachos y felices regresamos, caminando tranquilamente por las calles de tierra, bajo una hermosa luna, hacia la Stiftung. Eran como las dos de la madrugada.
Pero no me dormí. Luego de un leve cabeceo, me sentí súbitamente impulsado a salir para visitar a Oona en su cama. Desde los primeros días de julio no lo había hecho, pero el impulso había quedado al parecer larval en mi subconsciente, y ahora había saltado, como un ariete, impulsado quizás por el alcohol.
Me levanté, entonces, y con todo cuidado salí otra vez a la noche que ahora, luego de haberme aquietado un poco, sentí más fría. No era una ilusión, como pude ver por el vapor que salía de mi nariz al respirar, patente con claridad bajo la luz del farol.
Sin ningún inconveniente repetí mi ingreso por la ventana, en el cual ya era un experto, pues Oona esta vez no había puesto ninguna traba. ¿Me esperaba? Tampoco mostró sorpresa cuando me metí bajo su sábana y el suave, cálido cobertor de pelo de llama. Un leve aliento a vino y cigarrillos se introdujo en mi boca cuando la besé. Ella esta vez abría los labios y parecía dispuesta a participar del momento agradable que se estaba iniciando. No tenía predisposición para ser activa en la sexualidad -lo sabría después-, pero hasta esa noche había esbozado siempre algún tipo de resistencia. Me dejó desnudarla sin problemas, incluso colaborando apaciblemente cuando debió quitarse la camiseta. Al llegar al slip, me advirtió: "estoy finalizando la mes..." Entendí esto, y también creí captar un tono malévolo en la forma como lo expresó, antes de entregarse... Tanto ella como yo sabíamos que en los últimos días como algunos antes del periodo femenino, se vuelven infértiles, por lo cual podíamos completar la cópula sin prevención alguna. Así lo hicimos. Todo fue rápido y sencillo. Luego quedamos un rato tranquilos, como se acostumbra, para después vestirme y regresar a casa, rápidamente, pues ahora sólo quería dormir. Ya en casa fui al baño a lavarme y descubrí una manchita de sangre sobre mi pierna, a la altura del pubis, que quité con agua, jabón y alcohol. De tal manera, absolutamente inesperada, fue como nuestra relación dio un paso que en ese momento me pareció gigantesco, pues habíamos completado el ciclo de sucesos necesario, para constituir lo que podía considerarse, ya, un connubio formal. Pero los acontecimientos posteriores me indicarían que esta circunstancia no significaría, para nuestra relación, precisamente el arribo a un puerto calmo. Por el contrario, vendrían momentos más tormentosos aún, en el escarpado camino que, por razones misteriosas, habían sido compelidos a transitar en común los destinos de esta singular muchacha y yo.
* Y en un relámpago entendí parcialmente sus revanchas hacia mí, algunas veces, hablando sólo aleman: es que debía de haberse sentido tantas veces fuera, mientras nosotros hablábamos durante horas con otros alemanes que llevaban varios años aquí, dominando perfectamente el español aunque se lo pronunciara con rapidez.
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12/07/05
Anexo II - NOUÉ
Aquel niño se nos acercó precisamente cuando bajamos las gradas y nos enfilábamos con mis hijitas por el pasillo angosto que llevaba a la salida. El circo estaba lleno de niños, pero aquél se vino derecho a mí, como fascinado. Estiró la mano y me tocó la cara, parecía que algo en ella brillaba, semejante al uranio en la oscuridad; la acción del niño fue como la de quien trata de tocar un banco de niebla o un reflejo. Qué brillaba en mí no lo sé. No puedo olvidar esa situación pues tampoco tengo cómo explicarla, aunque pensé en ella muchas veces. El dolor de la partida de Oona, esa elección a que me había visto cruelmente sometido pero que resolví... satisfactoriamente... gracias a Dios, los quebrantos cotidianos a que me sometía una existencia llena de pruebas, pruebas pequeñas pero lacerantes, cierta mediocridad que envolvía mis asuntos exteriores mientras mi alma volaba y caía ensangrentada una y otra vez, gestaba quizás un ser atravesado por las espinas de las horas, los minutos y los días pero insuflado de una creciente luz que iba surgiendo de aquellos vuelos poco a poco más altos, más serenos, del fénix que resucitaba reproduciéndose en imágenes semejantes, más sutiles, menos graves.
Contar lo objetivo sería algo muy difícil en estos casos. Recuerdo que una tarde cuando caminaba con Lucía por una vereda de la calle La Plata desde la vereda de enfrente me dijo Irene que tenía un sobre para mí en la librería. Un poco porque supuse una de las invitaciones a esos actos "culturales" otro poco por la aversión que Lucía sentía por Irene apuré el paso y casi descortésmente contesté sin detenerme que ya pasaría por allí. No lo hice por varios días. Cuando fui, como dos semanas después, mi corazón palpitó en falso al reconocer en el sobre la letra de Oona. Adentro había sólo una postal. No recuerdo lo que decía, además de "voy a estar allí el 15 de abril, me quedaré cuatro semanas y quiero encontrarme contigo". Me quedé helado. Era 13 ya. ¡Pasado mañana!
Una especie de temulencia me agarrotó por dentro. Después que había logrado encaminar nuestras vidas por un curso gris, despojado de todo sobresalto y de todo color pero más soportable que la horrible inestabilidad familiar que había dejado el extenso episodio anterior, ella volvía... ¡de Alemania! Demasiado lejos para que esto continúe, habíamos pensado los dos, al despedirnos. Aquella noche tersa y tensa, durante la cual muchas veces sorbíamos nuestras lágrimas, donde pretendíamos también sorber con desesperación lo que por inexperiencia, prejuicios, especulación, miedos, repugnancia a una situación inusual, habíamos rechazado, maldiciendo nuestra mora anterior y devorados por los minutos que se iban y la luminosidad inexorable del alba que avanzaba y en este caso temíamos cual vampiros porque nos alejaba, definitivamente -creíamos-; la última noche, la única en que fuimos capaces de decirnos con convicción definitiva "te quiero...", ahogándote con las lágrimas me decías "te quiero". Oona. Te quedaste asomando tu cara a la puerta los ojos y la nariz se te habían puesto colorados tus azules ojos tan claros se alejaban el que me lleva dentro subiendo a la camioneta con Mércuri y atrás cargando a nuestro perro Facundo -ladraba, también despidiéndose, también para no volver-, tu pelo como el oro más fino, tan suave como jamás toqué pegándose en el rostro mojado tus labios rojos carnosos temblando temblando y yo debía fingir normalidad y conversar con Mércuri, en el acto me salió sobre el labio superior una erupción, una raya roja como una serpiente que me subía hasta la nariz.
Ariel Doria se había peleado conmigo por mis críticas a la SADE. En el bar de los Cabezones él me había dicho: "estoy cansado de ser un boludo utopista y francotirador, ahora voy a entrar en esta comisión a tratar de modificar las cosas de adentro"; yo le pregunté: "¿Qué puesto te dan?", "Vocal", me dijo. Yo le dije, "Ariel, vocal, con toda tu trayectoria, no mereces ésto... además te van a utilizar, no vas a cambiar un carajo, esto es una ilusión, no participes". No me escuchó. Más tarde yo denuncié públicamente de fraudulenta a la SADE y él se enojó. Algún tiempo después de que él me había acusado de faltar a la amistad y yo le había dicho indignado que ya no me importaba una amistad así él se había ido apaciguando, y poco a poco volvió a hablarme. Una tarde en Dimensión -donde yo trabajaba por un sueldo pequeñísimo pero solventaba al menos la comida de mis hijas- me dijo que le habían encontrado "una piedrita" en un riñón, le contesté en broma "vete haciendo el testamento", pero después me arrepentí porque efectivamente se murió en menos de un año. Uno de los últimos días, cuando ya estaba solamente postrado, me llamó por teléfono su esposa brasileña para decirme que Ariel quería verme, que al único tipo en el mundo que quería ver era a mí y eso era importante pues estaba tan mal que esa misma noche podía morir, dijo preocupada y llorando, yo trabajaba en el diario en ese tiempo, eran las 7 y media de la noche, invierno, afuera estaba oscuro y ya había pasado lo de Pascua y efectivamente fueron los últimos días de Ariel. Lo que había pasado era que Oona había venido, aterrorizado al principio yo no había querido verla, me negaba a encontrarme con ella y así transcurrieron muchos días y ella aquí, en Rodeo, con otros alemanes, apiñada en una casita redonda que había sido en otro tiempo la de Jörg Kolschröder.
Yo había estado pensando y trabajando todos esos días en la edición de los suplementos culturales y ellos salían impregnados de esos sentimientos extraños que nos separaban o unían fluctuantes. Escribía sobre la Ununa, cierto espectro perezoso, pálido y lánguido, que supuestamente andaba apareciendo por la zona de Rodeo, y ella creyó que la aludía -pues además Schmergen, que no la quería bien, para suscitar su dolor le decía que yo estaba burlándome-; en Rodeo una mujer pasando por la calle le había espetado "mejor te vas a tu país antes de venir aquí a quitar maridos", de todo eso yo no sabía nada aún pero sentía el dolor, la tensión de esos días y la grisura, jueves santo, viernes, me había hecho avisar con mi mediohermano que el sábado por la noche vendría y quería verme, pero cómo salir sin despertar las sospechas de Lucía, yo no salgo nunca de noche. Decidí no salir; aún esa noche fue Pío a casa y cuando consiguió estar a solas conmigo me preguntó: "¿Y?, ¿vas a ir?". No, le dije. "¿Qué le digo?", preguntó susurrando. "Que no puedo. Que es inútil, no vamos a poder vernos esta vez", dije. En realidad estaba abrumado, y no sé cómo podía soportarlo. Uno de esos días se suscitó una pelea horrible con Lucía, porque ella había ido a ver al conjunto Markama sin avisarme, llevándose a las chiquitas. La cuestión es que cuando regresé del trabajo, encontré la casa vacía y pensé que se había ido para siempre, llevándose a las chiquitas. No comí y hasta alrededor de las dos de la madrugada, en que volvieron, estuve angustiado, en una feísima duermevela, y de tan malhumor que le grité y cuando ella me contestó con un desplante verbal le pegué. Una sola cachetada, pero tan fuerte -o eso me pareció- y delante de mis chiquitas, que en el acto sentí una angustia insostenible casi hasta el punto de desmayarme. No me desmayé pero prometí en silencio no volver a hacerlo nunca más. Por suerte lo cumplí; pero aquello ya estaba hecho, y hasta el día de hoy me causa vergüenza.
Esa misma noche que debía encontrarme con Oona y había decidido no ir. No sentía dolor, ni pena, sólo una espantosa indiferencia. Veía los sucesos como puede hacerlo un pequeño animal perseguido desde el hueco en una colina. Me salieron estigmas en una mano y en un pie. Estaba leyendo en la habitación donde dormía solo como siempre un libro de Eliphas Levi alternándolo con otro de los Rosacruces, cuando sentí una picazón en la palma de la mano izquierda. Me rasqué pero al hacerlo vi que en el mismo medio de la palma tenía un punto rojo, como un absceso. Era un pequeña, rara herida, de donde manaba un hilito de sangre. Más tarde fui a bañarme y vi que tenía el mismo tipo de herida sobre el empeine del pie izquierdo. Esas llagas duraron tres días, coincidiendo con el final de la Semana Santa. Luego desaparecieron sin dejar huella.
Verdaderamente estaba agobiado. Hacía poco que había comenzado a trabajar en el diario -unos tres meses-, algunos aspectos del trabajo aún me costaban (particularmente las entrevistas políticas, u otras notas que debía hacer además del suplemento). Una tarde, como a las seis, estaba particularmente atareado cuando me dijeron por el teléfono interno que me buscaban en la puerta. Con la cabeza en otra cosa pero suponiendo que sería alguno de esos frecuentes "colaboradores" voluntarios trayendo alguna de sus "poesías", salí. Allí estaba Oona. Nos saludamos un poco torpemente por la turbación, y la hice pasar. En esos tiempos el programa "Estudiar con el Diario" ocupaba un rinconcito al costado de la escalera que lleva al archivo. Como no había nadie allí, la invité a entrar y cerré la antigua puerta. Escritorio de por medio, atribulados, estremecidos por los sentimientos, conversamos. Yo estaba acuciado por dos condicionamientos perentorios: por un lado, Lucía había decidido salir al centro justamente esa tarde y, aunque jamás viene a mi trabajo salvo que yo se lo pida, sentía terror de que se le ocurriera hacerlo (tiempo después, en una discusión, ella me espetó: "la vi de lejos a esa perra alemana, se metió corriendo a la librería de tu amiga Irene, se cagó, porque sabía que si se acercaba la iba a reventar"). Por otro lado, Pandolfi me había encargado un artículo bastante extenso que debía hacer "ya" pues tenía que salir mañana. Ella me reclamó allí por mis chanzas en ciertos bocadillos semanales que publicaba con el nombre de "El arte de las Calles". Como decía que se trataba de una mujer muy rubia y ella era la única que había en Rodeo, los vecinos la chanceaban. Comprendí su fastidio, pero le aseguré que no había la menor alusión a ella... era una especie de chiste pergeñado sobre la cantante sueca Roxette, que en ese momento actuaba en Buenos Aires... al contrario, yo la amaba tanto... no se lo dije, tal vez debería habérselo dicho, pero creo que Oona lo sintió; en ese momento llegó Rita, la secretaria; nos miró con cierto asombro pero no quiso ocupar su escritorio y con exquisita amabilidad subió al archivo para dejarnos solos. Oona quería conversar un rato conmigo y yo le dije que viniera a las ocho de la mañana del día siguiente. No podía (no sé que compromiso había asumido); finalmente lo dejamos para el siguiente (jueves 14, lo cual me permite discernir que la tarde del reencuentro fue entonces la del 12, el 12 de mayo de 1992). Reencuentro breve, tenso, encadenados por este campo de concentración de los prejuicios, los compromisos forzados, rodeados por los alambres erizados con las púas del temor, el cansancio, la culpa por los errores cometidos durante toda una vida llenándonos de prevenciones contra nosotros mismos; reencuentro estremecido, enervados igual como en la despedida, hacían dos años y medio ya, temblando por los nervios y el desgaste de esos días, ella fumando un cigarrillo tras otro; reencuentro doloroso pero con los corazones llenos de ese amor que sobrenadaba aunque quisiéramos ahogarlo.
Ella apareció a las 8 y 10 y estuvo un momento compungida por los diez minutos de tardanza; aunque había salido a las cinco de la mañana de Rodeo no había conseguido un colectivo que llegara antes. Yo fui un momento al baño y cuando regresé encontré una escena extraña y linda. Había llegado Ramón Buitrago y estaban, Ramón y Oona, mirándose con los ojos muy abiertos, asombrados el uno del otro, ella en mi escritorio él en el suyo separados por algunos metros y de frente; me encantó esa escena con aquel muchacho de tez oscura y armónicos rasgos negroides y la muchacha con cabellos de oro luciente y ojos de un azul clarísimo, brillantes, mirándose fijamente, como fascinados el uno por el otro (en el acto se me antojó hacer un afiche para la UNESCO, broma interior, no quise bromear con Oona porque estaba muy sensible). Recién al salir ella me preguntó humildemente si no me molestaba ir a un bar para tomar algo pues no había desayunado y yo me di cuenta de que estaba transida por el frío, su rostro y las manos casi como un papel; sentí otra vez culpa y pena (lo digo porque podría haberla invitado a tomar algo en la cantina del diario pero no lo hice por miedo y también porque sabía que estaba así debido a todas las incomodidades que había debido soportar por mí). Pero no encontrábamos un bar, dimos vueltas por la Roca hasta la Jujuy y desde allí hasta la 9 de Julio, preguntamos en una pizzería pero no servían café, hasta que al fin terminamos metiéndonos en un incómodo barcito para médicos y enfermos al lado del sanatario Norte. Allí, al lado de unos tipos que nos miraban de arriba a abajo, ella se atrevió a preguntarme luego de un rato de conversación: "¿Pero cómo puedes soportar el vivir así?" (refiriéndose a mi hostil convivencia con Lucía), y yo le contesté: "Por mis hijas; debo soportar cualquier cosa, por mis hijas; ya lo intenté y no puedo irme, no puedo irme. Voluntariamente he renunciado a la libertad" *.
(Siempre estoy pensando que ya tuve la oportunidad de enamorarme, primero con Laura luego con Oona y mi ciclo vital en este sentido quedó cancelado. Ambas fueron experiencias tan intensas -aunque la primera apagada, cerrada en sí misma aun antes de la muerte de Laura mientras que la segunda inconclusa, palpitante como una herida en un costado del corazón, pero me digo también si no serán ilusiones, malabarismos de los sentidos, excitados por la velocidad de los acontecimientos.)
Más tarde fuimos a caminar por el parque. Como si voláramos nos introducimos por los caminos de laja entre las frondas reverberantes de sol. El sol se insinuaba dulcísimo desde la costanera por entre las hojas oscuras de los chopos, los sicomoros, los eucaliptos; por los costados, los alambres tejidos guardaban monitos, serpientes, cabras, tortugas; los hombres rudos que comenzaban a barrer hojas secas con escobas artesanales nos saludaron con sorpresa amable; había alegría en sus ojos, ¡cómo alegra ver a dos enamorados!; éramos felices, y hacíamos felices a quienes nos miraban...
Caminamos hasta encontrar un banquito recoleto, en una bajante muy cerca del costado final del zoológico, junto a la acequia que limita del verde ascenso hacia la avenida de circunvalación y el río. Bajo de un árbol me preguntó por cierta foto que había salido en uno de mis libros, que ella llevara a una editorial alemana. Casualmente la tenía allí, se la mostré. Oona contempló la foto con mucho cariño, "Si te sobra una, puedes dármela", me dijo, pero no se la di; era la única que tenía. Como de tantas cosas luego me arrepentiría, sintiéndome estúpidamente mezquino. Pero le había preparado una copia del video sobre la presentación de ese libro.
No sabíamos qué hacer. No sabíamos qué decir. Entonces nos besamos. Larga, dulcemente, nos besamos. Sentí sobre mi rostro nuevamente sus lágrimas. Por arriba transcurrían los autos. Le pedí que me dejara cortar un mechoncito de sus queridos cabellos, lo hice con un poco de brusquedad y a ella le dolió. Pero se prestó con dulce sumisión a esa molestia. Por esos tiempos yo estaba estudiando un poco de magia y quería hacer sortilegios con su pelo para que no me olvidara y de hecho más tarde los hice, pero enseguida me preguntaba ¿para qué? Ni siquiera sé lo que va a ser de mi vida hoy.
Estuvimos allí hasta cerca de las diez de la mañana, entonces sugerí que debíamos volver. Regresamos por otro camino pisando las hojas doradas, ella estaba feliz, lo noté... yo también. Al salir por un angosto sendero Oona se agachó para tomar agua desde una canilla en el suelo... llevado por la inercia caminé unos pasos más, luego me volví... justamente para encontrar su figura larga que se extendía hacia mí echándome agua con la mano para hacerme una broma... un instante este movimiento bellísimo quedó suspendido con lentitud contra la cortina de árboles, entre cuyas hojas filtraban espadas de sol... las gotas avanzando lentamente hacia mí y transparentando el sol, ella desenvolviéndose graciosamente en un paso de baile avanzando con su torso y su mano derecha hacia mí, su pelo a través de las gotas, entre un as de luz... su sonrisa... su amor... éramos felices, oh qué felices fuimos en esos extensos segundos.
Caminamos luego contándonos chistes por el angosto sendero que pasa frente a la Industrial, yo me subí al cordón mientras nos acordábamos de sucesos chistosos de nuestro pasado común... recordé una noche en que, mientras trataba de escalar la ventana de la habitación donde dormía Oona salió un tipo y se puso a mear... de repente levantó la cabeza somnolienta y me vio... ¡se quedó desconcertado! Durante unos largos segundos estuvo dudando, con el pito en la mano acerca de qué hacer... los dos mirándonos; yo sin dejar de subir, llegué al ancho alfeizar... entonces el tipo resolviendo de golpe, como quien espanta un ensueño con un manotazo, se dio vuelta bruscamente y entró. Nos reímos de la anécdota que compartíamos por primera vez.
Cuando llegamos a la esquina de Libertad y 25 de Mayo venía un auto lujoso desde el norte... nos detuvimos en la esquina... pero el hombre que guiaba -alto, maduro- nos miró como sorprendido, y con un gesto de respetuosa cortesía, detuvo el vehículo en medio de la esquina para dejarnos pasar... nos miraba como asombrado.... ¡brillábamos!...
Al llegar a la puerta nos despedimos. Con un abrazo. Oona me dijo "Te quiero... -susurrando después: -¡mi amigo!..."
Subí a la sala de dibujo donde por entonces armábamos los originales del suplemento cultural, del cual prefería ocuparme personalmente. Era una tarea artesanal, había que pegar imágenes y textos en una plantilla que luego sería fotografiada, y con su negativo harían una plancha, para imprimirla por miles después, ya sobre el papel. Estaba tan soliviantado por los sentimientos que mi cuerpo parecía flotar. Abismado, me puse a trabajar en la página que interrumpiera la tarde anterior, entonces noté que por una casualidad la semana anterior Ariel Doria me había dado un poema que como estaba en su lecho de muerte yo quería publicar inmediatamente (además no abundan los poetas en Santiago); la leí y nuevamente el corazón me dio un salto... ¡parecía hablar de nosotros! "Hoy, jueves...", decía... ¡y era precisamente jueves!... Hoy, jueves, /...no sé si te quedaste conmigo/o si yo salí contigo... **
Noté que tenía el cuerpo como insensibilizado, me sentía incorpóreo, un puñado de energía evanescente, pugnando por desintegrarse, sin masa... no expresaba nada, posiblemente, hacia el exterior, estaba como sumido en esa maraña voltaica en que me había convertido... tenía el rostro ardiente... me quedé allí, armando la página cultural y escuchando música a un volumen muy alto -para que nadie me hablase- hasta el mediodía.
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* Sin embargo... sin embargo... Creo que constantemente he estado haciendo esfuerzos para amar a Lucía. Seguramente insuficientes, pues no solamente jamás conseguí suscitar en mí esa espontaneidad necesaria al amor de pareja, tampoco logré hacerla verdaderamente feliz con cierta constancia. Sí, debo felicitarme por haber logrado su sonrisa o cierta felicidad en muchos momentos, esto es justo. Ello era mi propósito deliberado. Varias veces me cuestioné acerca de esta actitud, diciéndome que era una especie de actuación teatral y por lo tanto mentirosa. Sin embargo, dependía de su eficiencia la estabilidad emocional de nuestra familia. ¿Puedo buscar mi propia felicidad si con ello pongo en peligro la de mis hijas? (Además, ¿no será esto el verdadero amor? ¿Acaso no es el amor la absoluta voluntad de darse, sin importar las aspiraciones o falta de ellas que puedan existir en nuestro interior?, me preguntaba.) Rudolf Steiner dice que las impulsiones de Lucifer actúan desde dentro de nosotros, llevándonos a desear ciertos objetivos que nos prometen satisfacción. ¿No será lo que llamamos "amor" (esa atracción ingobernable que sentimos por el sexo opuesto) tan sólo un engaño de Lucifer? Y el verdadero amor, la voluntad de hacer el bien y dar felicidad a quien se ha asociado con nosotros para construir una familia, a pesar de que no nos atraiga. Y ese mismo concepto, nuestro rechazo de la mujer con quien convivimos, quizá sea sólo una excusa para liberar los deseos más brutales y egoístas de un sentimiento de culpa. Tales eran algunos de los argumentos para sostener mi doloroso compartir la casa jornada tras jornada con Lucía. Pero ello tuvo sus frutos deliciosos, felices, durante la mayor parte del año 1995. Liberado de vínculos ocultos, aquel periodo quedaría en mi vida como un amanecer
...fulgurante (intenté describir su esencia, en Fulgor de los Damascos, 1998):
Un pote de miel, un platito de cerámica portando nueces, un paquetito con un compact adentro y junto a él un papel florido, escrito con un mensaje amoroso, todo ello sobre el pequeño mantel. La disposición de los objetos ha consistido para mí otro lenguaje aprendido a lo largo de toda la vida -una vida moldeada en sus inicios por las artes visuales. Esta disposición me emociona, es pura armonía, condición que devela siempre al amor. Amor no merecido (siento, aunque no quiero decírmelo, temo con ello mancillar el don impalpable, ese magnetismo inmanente de la disposición cósmica de los objetos que dicta en las manos, para componer, el amor). En realidad nada de lo más hermoso que nos sucede puede ser merecido, esto es, no puede ser premio a nuestro afán por obtenerlo, pues el solo habernos propuesto obtenerlo degradaría su calidad, convirtiéndolo en mero objeto de nuestro egoísmo. Por ello sorprende, suscita esa sensación de bondad infinita y pequeñez, torpeza extrema, desvalida inepcia y nuestros ojos lloran. El paquete tiene un compact de Miles Davis que de inmediato pongo (en el ínterin he trasladado el reproductor portátil hasta bien cerquita de donde ya he puesto la pava -sobre una esterilla artesanal-, y el mate, y la cucharita para tomar la miel); los primeros sonidos -perfectos, vibrantes-, vuelven a emocionarme mojando otra vez mis pestañas (todo muy en voz baja, todo con meticulosa prudencia pues Lucía y las cuatro chiquitas duermen). Chiquitas digo pero la mayor (la de antes de la cárcel) ya cumple 23 años y las que siguen (las de después de la cárcel) tienen 14, 13 y 10. Estas tres últimas no han presentado esa actitud extremadamente individualista de los adolescentes, sino conservan la unidad magnética de los equipos armónicos, bien constituidos. Ellas duermen pero han dejado las cosas dispuestas para que yo a las seis de la mañana sea feliz con el mate, el disco y la tarjeta que me han regalado, con su amor flotando alrededor y dentro de mí: es el día del Padre (luego vendrán más regalos, más afecto: veo en la elección del disco también un gesto generosamente conciliatorio, mi esposa no puede haber olvidado que es uno de los músicos cuyos temas me regalase, para su furia, aquella muchacha alemana que casi desbarata nuestra familia, no puede haber olvidado Lucía el haberme obligado a quemar toda aquella música sólo seis años atrás).
** ... La cuestión es que te estoy
hablando todo el tiempo con amor y
bronca por esta lluvia que no me deja
oír tu regreso...
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